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«Hello, grandpa!» para daros cuenta? Os han contagiado, Pierre.

Rojo de ira, Pierre fulminó a Isabelle con la mirada. Ciertamente, a menudo le preguntaba su opinión sobre algunas cuestiones políticas y sociales, y toleraba incluso que sus opiniones fueran diferentes de las suyas. ¡Pero de ahí a que las expusiera en plaza pública y se enfrentara a él ante sus amigos! ¡Eso era demasiado!

En el grupo se hizo un silencio embarazoso. Al adivinar los pensamientos que alteraban las facciones de su marido, Isabelle comprendió que hubiera hecho mejor en callarse. Apartó los ojos y se cruzó con la mirada ambarina de Jacques Guillot. Se oyeron algunos carraspeos, y después la conversación continuó con otro tema. No obstante, al cabo de un rato, Isabelle se eclipsó discretamente para dirigirse a las puertas que daban a los bellos jardines de los Sarrazin. Había bajado los seis escalones de piedra que conducían al paseo de grava cuando un puño firme la agarró y la hizo girar.

—¿Cómo os atrevéis? ¿Cómo os atrevéis a humillarme así?

—Lo siento, Pierre. No era mi intención, os lo aseguro…

—¿Seguro?

Sin embargo, tal vez fuera una pequeña venganza no premeditada… Él había carecido de discreción con Caroline, lo sabía, aunque no hubiese cometido ninguna torpeza que la hubiera puesto en una situación embarazosa. Pero ¿qué tenía que decir ella? ¿Acaso no era ella la que le había impuesto esa situación tan dura?

—No me he dado cuenta. Perdonadme.

Él soltó el brazo, y ella se lo friccionó, apartándose. La cúpula celestial se había engalanado de colores sublimes. Los violetas vespertinos se reflejaban en el tafetán de color crema de su vestido. Ante la belleza de su mujer, Pierre notó que su cólera disminuía y dejaba lugar a la amargura. ¡Cuánto la deseaba! Comparada con ella, Caroline no era más que una sombra.

—Las mujeres no deberían meterse en asuntos de política. Es un tema que…

—¿Que no encuentra eco en la cabeza hueca de un florero? ¿Eso es lo único que soy, Pierre, una porcelana sobre una cómoda? ¿Hermosa, pero inútil?

¿Era en eso en lo que se había convertido? ¿Era ésa su vida? ¿Mirar, observar, escuchar en silencio? Ella ya veía que Pierre dedicaba reverencias a los ingleses que hacían tintinear el oro en sus narices, pero no creía que fuera tan codicioso como para no reaccionar ante la amenaza de un gobierno inglés totalitario.

Una risa proveniente del extremo de la alameda puso fin a sus pensamientos: se acercaba una pareja. El susurro de la seda de los vestidos se mezclaba con los murmullos de la conversación. Pierre esperó a que los enamorados estuvieran fuera del alcance de su voz.

—No es eso lo que yo quería decir…

Por nada en el mundo Pierre quería envenenar las relaciones con Isabelle, que ya eran bastante difíciles. Levantó la mano para acariciar el rostro convulso, pero su mujer se zafó.

—Os lo ruego, Isabelle.

—¡Pierre! ¿Vos, un canadiense, os acoquináis con unos comerciantes ingleses que lo único que conocen es la codicia, que no son más que sanguijuelas? ¿Por qué? Esa gente quiere instaurar una asamblea legislativa elegida e impedir que voten los católicos. ¿Es ése el gobierno al que aduláis? ¿Qué haréis cuando eso suceda, eh? ¿De qué pueblo formaréis parte? ¿Os convertiréis? Sabéis que el señor Guillot tiene razón.

—No tenemos elección, Isabelle. Debemos asociarnos con ellos y a la inversa; tenéis que comprenderlo.

—Me pedís demasiado, me temo.

—¡Isabelle!

Pierre suspiró. ¿Qué podía decir? No podía rebatir las razones de su mujer, pero al mismo tiempo pensaba que al nadar a contracorriente se corría el riesgo de ahogarse. Durante un instante se quedaron inmóviles mirándose. Después, él deslizó su mano por el hombro desnudo de Isabelle, la pasó por los encajes que tapaban su nuca y la atrajo hacia sí. Ella cerró los ojos.

—Querida mía, para domesticar mejor al lobo, hay que aprender a conocerlo.

—¿Qué queréis decir?

—Por supuesto que Jacques tiene razón. Pero yo combato a mi manera. Mostrar abiertamente nuestro desprecio, gritar alto y fuerte nuestro odio no nos ayudará. Los cimientos de nuestro país son sólidos, Isabelle. Hay que hacérselo notar. Tienen que entender que no pueden arrasarlos así como así. Debemos conseguir que los utilicen para erigir una nueva nación, que construyan encima. Para ello, tenemos que meter el pie en la argamasa mientras todavía está fresca. Nunca podrán dirigir este país sin nosotros.

—¡Oh! —exclamó Isabelle, confusa y conmovida—. Pierre…, perdonad mi falta de juicio. Así pues, ¿hacéis alianzas, trabáis amistades con la finalidad de introduciros en los pasillos del poder?

—Desde luego, no razonáis como un florero, ni mucho menos, querida mía.

Pierre susurraba ahora con voz aterciopelada en el oído de la joven. Aunque su mente estuviera algo confundida por el alcohol, Isabelle no aflojó la guardia y se puso tensa.

—Isabelle, ángel mío, cariño…

Pierre le suplicaba, estrechándola contra sí y buscando su boca. Ella lo rechazó con firmeza. Él no insistió, al recordar lo que tendría que anunciarle en cuanto regresaran a casa. Entonces, lo necesitaría. Sus miradas se cruzaron, y lo que leyó en la de Isabelle le dio confianza. En ella ardía un fuego; pronto él sabría cómo liberarla de él. Sin decir más palabras, le ofreció su brazo para acompañarla, pero ella declinó la invitación con el pretexto de que deseaba quedarse a admirar el cielo.

—¡Vais a coger frío!

—Tan sólo unos minutos.

Un ligero movimiento bajo un cenador lleno de vides rojizas atrajo la atención de Pierre. Un aderezo de diamantes relumbró. Se había olvidado de Caroline y le sorprendió que los estuviera espiando. No obstante, decidió ir a reunirse con ella.

—¿Unos minutos? Bueno…, tengo que ir en busca de alguien por un asunto urgente. No debería de durar mucho. Esperadme en el interior.

Iba a besarla en la mejilla, pero cambió de opinión, avergonzado. El besamanos, más formal, era preferible. Se inclinó y dio media vuelta. Isabelle lo observó mientras se marchaba y dirigió su mirada al cielo antes de mirar cómo entraba.

Había faltado poco para que hubiera permitido a Pierre que dejara errar su boca por su cuello, que su mano rebuscara por entre los nudos de seda de su corpiño. Había tenido ganas de dejar que la acariciara, la besara…

Después de dar algunos pasos, pasada la emoción, la joven se dio cuenta de que efectivamente hacía fresco y se frotó con vigor los brazos. Sin embargo, no tenía ganas de regresar dentro. Ella se asfixiaba en esos bailes en los que la atmósfera estaba saturada de perfumes corporales. Además, sabía que después de su golpe de efecto, las malas lenguas debían de estar desatadas.

La noche estaba cargada de humedad. Un estanque espejeaba en el centro de los jardines, en el cruce de las avenidas que irónicamente formaban la bandera de la Unión británica. Mientras se dirigía lentamente hacia él, Isabelle pensó en lo que le había confiado Pierre. Así pues, él no renegaba de sus orígenes, ni mucho menos. Sintió una bocanada de orgullo. Su marido hacía uso de una hipocresía malvada para conseguir sus fines. Era un rasgo de carácter que ella no le conocía. «Las serpientes silenciosas son el más temible de los enemigos», había afirmado Caroline de Rouville. La joven hizo una mueca: parecía que esa hermosa dama sabía mucho más de Pierre que ella misma, su propia esposa. Se inclinó sobre el estanque y admiró su reflejo turbio aureolado por un cielo índigo. La media luna le sonreía entre dos nenúfares.

—Señora, ¿me concederíais algunos minutos de vuestra agradable compañía?

Isabelle se sobresaltó, dio media vuelta sobre sus escarpines y se encontró de cara con Jacques Guillot, que le sonreía. Al percibir su aspecto asombrado, él prosiguió:

—A menos que os moleste.

—No, señor Guillot. Estaba admirando la luna… en el agua.

—¡Ah, la luna, a la que confiamos nuestros deseos, bajo la que suspiramos de amor! Ella conoce mejor que cualquiera el lado oscuro de los hombres. Es testigo de tantos complots siniestros urdidos a la luz amarillenta de las velas, de tantos ríos de lágrimas, de tantos abrazos enfebrecidos… Pero ¿tal vez os estoy aburriendo?

—En absoluto, en absoluto, señor Guillot. Continuad. ¡Es encantador!

—Dama luna, ninfa Egeria con coraza de plata cabalgando la loca noche de los hombres. Sublime soberana en su centelleante reino. Inspira los peores temores o los pensamientos más dulces. Ilumina con su luz la perfección de este mundo o lanza sombras sobre las peores infamias. ¿Sabíais, señora, que en este momento el polvo de luna os envuelve?

—¡Qué bien habláis, señor Guillot! —exclamó Isabelle, riendo para ocultar su azoramiento—. Entonces, me acordaré de este vestido que llevo como del vestido «polvo de luna». ¡Es encantador! Es cierto que esta noche el cielo está extraordinario y el tiempo particularmente suave para un mes de octubre.

—Está refrescando. Tendríais que entrar.

—No, prefiero aprovechar al máximo los últimos días de buen tiempo. El invierno se acerca tan rápidamente…

El puso mala cara. Hubiera preferido acompañarla al interior, por miedo a cruzarse con Pierre… Pero, bueno, los jardines eran anchos y evitarían los lugares más íntimos habilitados aquí y allá.

—En ese caso, paseemos por el jardín…, ¡siempre que no encontremos al lobo!

El joven le ofreció su brazo, que ella aceptó voluntariamente riendo. Caminaron en silencio durante un momento, pasando entre las grandes matas de lavanda y de cebolleta, y las filas de boj cuidadosamente cortado, escuchando los guijarros que chocaban entre sí a su paso y el murmullo alegre del baile a sus espaldas. El joven se inclinó para arrancar una hoja de menta; su ligero perfume la embriagó.

—¿Vos escribís, señor Guillot?

—¿Escribir?

—Quiero decir, versos, sonetos.

—¡Oh, no! ¡Dios me libre! Nunca osaría inmortalizar en una libreta las palabras que me sopla a veces la inspiración del momento. Si ocurre que tal vez tengo alma de poeta, desgraciadamente no tengo su pluma, me temo.

—¡Lástima! Yo que siempre he creído que el poeta vierte su alma en la pluma…

Aminorando el paso, Jacques Guillot sonrió a Isabelle, observándola, divertido.

—Sólo si una musa libera esa alma de las convenciones de una sociedad beata y cautelosa que le impiden cualquier desahogo público.

—¿Una musa?

—¡Por supuesto! Todo poeta necesita una musa, ¿no lo sabíais? Es ella la que da color a la tinta y perfuma las palabras.

—Sí, en fin… ¿Y vos todavía no habéis encontrado a la vuestra, señor Guillot?

El joven permaneció en silencio durante un momento.

—Sí, la he encontrado —murmuró—, pero espero a que ella venga a mí.

La mano de Isabelle resbaló, pero Jacques Guillot la sujetó justo en el momento en que iba a separarse del brazo.

—¡Estáis tiritando, señora! ¿Estáis segura de que queréis seguir con este paseo?

—Sí —respondió Isabelle, tras una breve vacilación.

Siguió un silencio pesado. Ella cambió de tema.

—El otoño es mi estación preferida. Los colores son tan bonitos, tan puros… La luz tiene una luminosidad dorada, cálida, particular de esta época del año. Y la tierra, los árboles y las plantas desprenden un perfume tan…, ¡hummm!, como si toda la vegetación nos ofreciera sus últimos favores.

—Sí —asintió Jacques Guillot, haciendo que olisqueaba el aire y observando las matas—. Pero cada estación tiene sus encantos. El marchitamiento de una nos hace esperar, desear la siguiente.

—Es cierto —murmuró Isabelle, que ya soñaba con el invierno.

Pronto, un espeso manto de nieve cubriría los tejados de Montreal y confinaría a sus habitantes entre las cuatro paredes de sus casas, hasta la primavera. Se acabarían los picnics en los huertos y a orillas del río Saint-Pierre. Sin embargo, la vida mundana no por ello se detendría. Las cenas y los bailes seguirían hasta cuaresma, la aturdirían como un torbellino que no le dejaría mucho respiro.

La joven recordó el último sermón del cura al respecto: «Estos infames placeres en los que la desvergüenza y el exceso envilecen las almas puras de estas pobres jóvenes que son llevadas por sus madres inmorales». El hombre de Dios no se había cortado a la hora de señalar con el dedo a la señora Dutellier, que sin embargo no había bajado la vista ante aquella afrenta pública. Después, el hombre había continuado dando algunos pasos de danza, con bastante gracia, para denunciar que esos gestos y movimientos del diablo que arrastraban hacia los placeres vergonzosos no eran más que abominación y lo único que aportaban era deshonor y enfermedades. Ella se preguntaba dónde habría aprendido a bailar tan bien.

Si Isabelle esperaba la estación fría con impaciencia febril, era sobre todo porque sabía que los viajeros regresaban de los Países del Norte, en especial, Van der Meer y sus hombres. Alexander regresaría. Aunque él había expresado con claridad su intención de no volver a verla, ella había decidido que no sería así. Ella volvería a verlo.

La voz baja de Jacques Guillot la sacó de sus pensamientos.

—Me he enterado… del accidente, señora. Eso debió de ser una experiencia terrible para vos.

—¿El accidente? ¡Ah…, sí! Todavía estoy conmocionada.

—¿La niña?

—Está muy mal. Me han avisado que no tenga muchas esperanzas.

—Es triste.

—Sí, muy triste.

—¡Oh! ¡Cuidado!

El joven agarró a Isabelle por la cintura y la levantó haciendo una pirueta para evitar que metiera el pie en las inmundicias que acababan de dejar tras ellos los perritos de lanas de la señora de Varennes. Las gruesas siluetas de la dama y de su nuera se distinguían en la noche, algunos pies por delante. Isabelle se estremeció. La galantería y el encanto de Jacques Guillot la turbaban tanto como sus palabras. Ella no ignoraba que intentaba impresionarla para conquistarla. Apartó inmediatamente las manos de su jubón de terciopelo recién estrenado y carraspeó para mostrar su azoramiento.

El joven le sonrió y la invitó a continuar el paseo. Desde el día en que la había visto del brazo de Pierre Larue, en esos mismos jardines, se había enamorado. Todos los gestos de Isabelle expresaban una sensualidad natural, cándida, una gracia que no requería maquillaje. En aquella época, él trabajaba para el notario Mézières. La flecha embrujada de Cupido había atravesado su corazón. Había vuelto a ver a la mujer en algunas ocasiones, durante las semanas siguientes, pero de forma fugaz. Después, la fortuna le había sonreído: Pierre Larue buscaba un socio para que le ayudara.

Con un probable destino de albañil como su padre, Jacques Guillot no se veía toda la vida apilando ladrillos y piedras. Aunque el oficio de albañil fuera honorable, él aspiraba a otra cosa. Gracias a que poseía una inteligencia superior a la media, había aprendido a leer y escribir muy pronto, con la ayuda de un tío. Luego, mientras construía muros, había comenzado a abrirse camino en la gran sociedad, ofreciendo sus servicios de contable o escribiente. Posteriormente, tras la muerte de su padre y antes de la capitulación, había querido hacerse notario.

Mézières se había encargado de la herencia de su padre. El joven había pasado muchas horas discutiendo con él la situación de los canadienses en el nuevo gobierno británico que reemplazaba al de Vaudreuil, y la de los magistrados católicos que eran apartados. Entonces, había notado que se revelaba en él un fervor patriótico que lo había aficionado a luchar encarnizadamente para no permitir que los ingleses le robaran sus derechos.

Había entendido que ese mismo fervor, aunque algo adormecido por el aburrimiento, moraba en el corazón de Isabelle, y él deseaba despertarlo. Ese imbécil de Larue se postraría ante la élite británica que tan sólo estaba esperando el momento adecuado para aplastarlo. Isabelle tenía que espabilarlo antes de que fuera demasiado tarde, antes de que los canadienses se vieran definitivamente reducidos a ocupar cargos de segundo plano y ya no pudieran participar en las verdaderas decisiones que atañían a su propio país.

—¿Mi marido ha encontrado el contrato del comerciante Van der Meer? —preguntó Isabelle, marcando la palabra marido.

—¿El contrato de Van der Meer? ¡Ejem…, sí! Se lo había llevado él.

Continuaron su paseo, dejando un espacio entre ellos.

—¿Ah, sí? ¿Acaso el señor Van der Meer ya ha regresado a Montreal y quería modificarlo? —preguntó Isabelle con una voz cargada de esperanza.

Jacques Guillot se quedó inmóvil, mirándola con aire incierto.

—¿Vuestro marido no os ha informado de la triste noticia?

—¿La triste noticia? ¿El señor Van der Meer no regresará a Montreal para pasar el invierno?

El corazón de Isabelle se aceleraba. No quería ni imaginarse que Alexander se hubiera quedado en los Países del Norte para hibernar. Ante su preocupación evidente, el joven dudaba en continuar.

—¡Pero explicaos, Jacques! —se impacientó ella, cogiéndolo del brazo.

¡Lo había llamado por su nombre! Eso lo estimulaba tanto…

—El señor Van der Meer no regresará. Es una historia terrible, señora. El negociante y los hombres que regresaban con él han sido todos masacrados. Por unos salvajes; eso es lo que cuentan.

Isabelle se quedó un momento sin reaccionar. Después, su pecho se crispó de tal forma que ya no le entraba el aire. Iba a desfallecer. Afortunadamente, el joven, preocupado, la sujetó con un puño fuerte e hizo que se sentara en un banco de piedra.

—¿Masacrados… por unos salvajes? ¿Todos?

—Yo… no sabía que estuvierais tan unida al comerciante, señora —farfulló Jacques Guillot, incómodo—. No debería haberos dado la noticia aquí, lo siento… Hubiera tenido que dejar que vuestro marido…

Isabelle miraba fijamente la aguja brillante que adornaba la corbata del joven. ¿Alexander, muerto? ¿Asesinado, masacrado por unos salvajes? Mientras Jacques Guillot intentaba con voz dulce consolarla de una pena cuya fuente ignoraba, ella pensó en Gabriel. El niño era huérfano y no lo sabría. Seguiría viviendo feliz y nunca conocería a su verdadero padre. Alexander… Nunca volvería a verlo…

—Señora, señora, ¿puedo… ir… un vaso de alcohol? ¿Queréis que… os acompañe… a casa?, ¿… buscar… marido?

Enajenada, Isabelle miraba al joven sin verlo, no oía más que algunos retazos de sus palabras asustadas. Notó que sus dedos le soltaban los hombros y tuvo la sensación de que si la dejaba completamente, se echaría a volar en la noche y se perdería para siempre.

—¡No!

La joven se agarró al cuello de su chaqueta. Desorientado, lo único que se le ocurrió hacer fue cogerla entre sus brazos y acunarla. Él no entendía nada de la reacción de Isabelle; se negaba a creer que pudiera albergar sentimientos amorosos hacia el viejo. Algo se le escapaba. A pesar de ello, su pena lo enternecía. Cualquiera que fuera su estado de ánimo, Isabelle lo hechizaba.

Estrechó el cuerpo tan deseable de la mujer. Los sollozos iban disminuyendo. Ella permanecía acurrucada contra él como una gatita perdida. Jacques tenía ganas de acariciarla, pero no se atrevió. La situación ya era bastante comprometedora.

—Tenéis frío, señora. ¡Venid!

—¿Cuántos eran? ¿Conocéis los nombres de los hombres que formaban parte de la expedición? —preguntó sorbiendo por la nariz, con la ferviente esperanza de que Alexander no hubiera finalmente regresado a Montreal.

—No, es vuestro marido el que conoce los detalles del asunto. Vuestro hermano, si no me equivoco, llegó al lugar poco después del ataque. No había ningún superviviente. El señor Larue tiene que ocuparse de los testamentos.

Isabelle recordó la mirada incómoda de Étienne y los ojos huidizos de Pierre. Pierre sabía que Alexander era el padre de Gabriel, ¡y no la había informado de la trágica noticia! ¿Era por su bien, o para dejarla en la ignorancia? En cualquier caso, en cuanto regresaran a casa ella lo interrogaría hasta que le dijera toda la verdad.

No lo podía creer. ¿Alexander, muerto? Intentaba recordar los momentos vividos con el escocés en Quebec. Pero sólo se acordaba de algunas imágenes, algunas sensaciones y emociones. ¿Qué le quedaba, pues, de aquellos meses mágicos y maravillosos? Gabriel, ¿y qué más? Intentó encontrar entre sus recuerdos las facciones de Alexander. Pero su recuerdo más vivaz continuaba siendo el de su último encuentro, en el que el rostro del hombre estaba deformado por el odio y la amargura. ¿Cómo podía haber olvidado momentos tan maravillosos y recordar tan sólo fragmentos que el tiempo borraría poco a poco? Alexander tenía razón: lo único que quedaba eran recuerdos, incluso retazos de recuerdos.

—Ahora sí que quiero entrar, señor Guillot. Hace frío y estoy cansada.

—Me habéis llamado por mi nombre hace unos minutos apenas, señora. Continuad, os lo ruego.

—No sería apropiado…

—¡Al diablo con los modales! ¡Nos asfixian!

«Sí, pero impiden que nos abandonemos al pecado», pensó Isabelle, hundiendo su mirada en el oro brillante de los ojos de Jacques Guillot. Ahora bien, ese hombre era muy guapo y seductor, una tentación demasiado grande. Y si el pecado no mataba, se pagaba muy caro; ella ya lo sabía muy bien. Su respiración se aceleró, sintió pánico e intentó desprenderse, pero fue en vano.

—Señora, señora —susurró Jacques Guillot, tomándole la barbilla para obligarla a mirarlo—, no os quiero hacer daño, creedme. Yo…, yo os… tengo en demasiada estima para hacer eso.

Isabelle estaba confundida, tanto en su mente como en su cuerpo. El calor de unos brazos masculinos le procuraba consuelo, pero también otra cosa. Y eso la asustaba, ya que no amaba al joven. No obstante, se sentía devorada por esa cosa mala. Una mujer no podía sentir deseo por un hombre al que no amaba. ¡Era inconcebible, inmoral!

—Si mi marido nos sorprende aquí, os quedaréis sin trabajo, y sería terriblemente desolador para mí.

El joven abrió la boca para replicar, pero dudó. «Señora, en este mismo momento, a vuestro esposo le importa bien poco quién os acompaña», pensó el joven. Pero ¿tenía que contarle lo que había visto? Uno de los invitados había querido hablar, con el notario respecto a un problema en la venta de una parcela en la calle de Nuestra Señora, y Jacques Guillot, al ver que su amo regresaba de los jardines, había salido a su encuentro. Sin embargo, entonces Pierre Larue había cambiado bruscamente de dirección y había tomado la avenida hacia el oeste, que conducía a la rosaleda. Como no se había atrevido a llamarlo en voz alta, lo había seguido. Después, el notario había desaparecido en la sombra de una glorieta. Creyendo que se había reunido con su esposa, Jacques había retrocedido. Entonces fue cuando vio a Isabelle paseando sola hacia el estanque.

Al principio, había pensado en una discusión entre los dos esposos y había creído que Pierre había preferido ir a poner el freno lejos de las miradas. Parecía tan furioso después de aquellas palabras de Isabelle… Sin embargo, al no ver a Caroline de Rouville por ningún lado, había empezado a hacerse preguntas. Pierre era muy discreto respecto a su vida privada y no ocultaba que adoraba a su esposa. Pero la curiosidad había podido más, y el joven Guillot había regresado a la glorieta… Pierre retozaba alegremente tras los setos de los Sarrazin.

—Señor Guillot, ¿podéis ir a por Pierre y decirle que no tarde, por favor?

El joven se quedó inmóvil.

—Puedo acompañaros yo mismo, señora.

—¡No! ¡No podéis! ¿Qué pensará la gente? ¡No puede ser! ¿Dónde está Pierre? Tengo que encontrarlo…

Isabelle se apartó. Tenía que hablar con Pierre; tenía que enterarse de lo de Alexander. No soportaba permanecer ignorante.

—¡No, Isabelle!

A Jacques Guillot le bastaron algunas zancadas para alcanzarla y retenerla.

—Pasemos por el jardín. Allí hay una puerta que da a la calle San Vicente. No os verá nadie.

—¡Es una insensatez! ¡No puedo irme así, sin darle las gracias a Cécile! ¡No es correcto!

—¡Os lo ruego! ¡Escuchadme! Sería mejor que fuera yo. El señor Larue…

El joven había vuelto a cogerle la mano y la estrechaba con fuerza entre las suyas. Isabelle se lo quedó mirando. Había algo sospechoso en su repentino silencio. Consciente de su torpeza, Jacques cerró los párpados, suspirando.

—¿Por qué no queréis que vaya a buscar a Pierre? ¿Qué hace mi marido que sea tan importante que me impida ir a su encuentro? Me ha dicho que tenía que verse con alguien por un asunto urgente. Su cliente… no me guardará rencor…, estoy segura…

Al ver que el joven se mordía el labio, Isabelle empezó a entender de qué tipo de asunto urgente se trataba.

—¿Caroline de Rouville?

—Yo…, yo no puedo. No me pidáis eso.

—¡Respondedme!

—Me lo ha parecido —farfulló finalmente el joven, bajando la mirada.

Como para confirmar sus palabras, se oyó un ruido de vasos rotos y después unas risas provenientes de un bosquecito, que resonaron en la avenida desierta y silenciosa. Isabelle se quedó helada. Ya no notaba nada. Fingiendo indiferencia, se soltó de Jacques Guillot, que ya no intentó retenerla.

—Traedme mi capa, os lo ruego. Os espero junto al estanque.

Acurrucada en la oscuridad, Isabelle oyó abrirse la puerta y volver a cerrarse. Charlotte, que dormitaba sobre sus rodillas levantó la cabeza cuando ella dejó de acariciarla. Pierre dio algunos pasos vacilantes. El débil resplandor de la lámpara colocada sobre la consola de la entrada proyectaba su sombra sobre la madera rojiza de la puerta, que ella había dejado entreabierta. Transcurrieron varios segundos antes de que él se decidiera a entrar en el salón. Su silueta elegante se apoyó en el montante. Al no poder descifrar sus rasgos, Isabelle no sabía si él ponía cara de arrepentimiento o de contrariedad.

—Jacques me ha dicho que os habéis sentido mal…

Tenía una voz fría.

—¿Os ha acompañado aquí?

—Sí.

—¿Ha sido correcto?

La voz de Pierre denotaba ahora su inquietud. Ella permaneció en silencio. La cólera la invadía. ¿Cómo se atrevía?

—¡Isabelle! ¿Ha sido correcto?

Ahora, ofendida ya, la joven se levantó, con el gatito bajo el brazo. Se plantó frente a su marido y lo miró con rabia y desprecio.

—¡Desde luego, más que vos!

La respiración de él era entrecortada, pero permanecía inmóvil y en silencio.

—Ya sé que tenemos un acuerdo. No obstante, si no recuerdo mal, os pedí que fuerais discreto.

Pierre apartó la vista, y la fuente de luz desveló su rostro avergonzado, que él se apresuró a ocultar con las manos. En el tiempo que él había tardado en reunirse con ella, una hora larga, Isabelle había podido reflexionar. De todos modos, siempre llegaba a la misma conclusión. Podía pedirle la separación de cuerpo, impedirle ver a Gabriel, como ya lo había amenazado. Pero sabía que quien más sufriría con esa situación sería su hijo. Ahora bien, eso era lo último que él deseaba. Pierre y ella ya dormían en habitaciones separadas, y ella no veía la utilidad en hacer sufrir todavía más a su marido. No podía ignorar que ella era, en parte, responsable de lo que sucedía.

—No os pediré que me perdonéis por algo que ni siquiera yo soy capaz de perdonarme, Isabelle. Yo os amo. A pesar de vuestra frialdad, del castigo que me infligís, yo os amo y siempre os amaré. Dicho esto, no podéis pedirme que satisfaga mi deseo de vos como un frailucho en su celda. Mi única falta ha sido mi poca discreción. Sin embargo, sólo Jacques y vos sabéis…

Isabelle puso en el suelo el gatito, que pataleaba en sus brazos. La joven permanecía en silencio. Al girarse hacia Pierre, vio la puerta del estudio alumbrada del otro lado del pasillo.

—Hoy el señor Guillot buscaba el contrato del comerciante Van der Meer —dejó caer a bocajarro Isabelle.

El notario asintió con la cabeza.

—Sí…, lo sé. Me ha dicho que lo habíais ayudado a buscarlo.

Silencio. Al cabo de un momento, Pierre enderezó los hombros y se dirigió hacia su despacho. Isabelle lo siguió. La estancia olía bien, a tabaco, a cuero, a tinta y a papel. Esa mezcla de olores le recordaba a Isabelle el despacho de su padre, cuya atmósfera siempre le había dado seguridad. Sin embargo, esa noche, tenía dentro una angustia inconmensurable.

Pierre encendió una vela y cogió un gran sobre que estaba dispuesto sobre la mesa de trabajo cuidadosamente en orden. Lo hizo crujir entre sus dedos, mientras la contemplaba con aire incierto. Isabelle notó que un escalofrío le recorría la espalda, mientras el desasosiego le hacía flaquear las piernas.

—Sentaos, Isabelle.

Ella obedeció y tomó asiento en la butaquita de estilo inglés que solía estar reservada a la clientela. Pierre sopesó el sobre y finalmente volvió su mirada hacia Isabelle, enfrentándose a ella con estoicismo.

—¿Jacques os ha dicho lo del… desgraciado accidente?

Ella tenía tal nudo en la garganta que no conseguía responder.

—Sí, os lo ha dicho; me lo ha confesado. Lo sentía tanto… Creía que ya estabais al corriente…, en fin. Siento no haberos dado la noticia antes. Pero no he sido capaz de hacerlo antes del baile. Me parecía que eso hubiera sido una falta de delicadeza.

Isabelle pensó con sarcasmo que ese día Pierre realmente desbordaba de «falta de delicadeza». Pero reprimió el comentario.

—Tomad.

Le tendió el sobre, pero ella no se atrevía a cogerlo, a tocarlo, como si eso significara enterrar a Alexander, relegarlo definitivamente al estado del recuerdo. Al verla inmóvil como una estatua, fue Pierre el que abrió el sobre, cuyo contenido se deslizó por la superficie del cartapacio de secante. Isabelle se quedó sin respiración; se encontraba en estado de choque: allí, ante ella, brillaban su cruz de bautismo y el puñal de Alexander con el mango adornado con motivos tan particulares.

—Nooo… ¡Oh, Dios mío!

Sus dedos temblaban tanto que le costó mucho coger la cruz, todavía atada al cordón de cuero. Sus dedos se cerraron sobre el objeto y lo llevaron hasta su corazón. Pierre bajó los ojos invadido por un indecible sentimiento de tristeza: comprendía que el amor de Isabelle por ese escocés sobreviviría a su muerte, hiciera lo que hiciese él.

La joven jadeaba, buscando aire, mientras afluían las lágrimas e inundaban su rostro descompuesto. Un quejido largo creció en ella, llenó sus pulmones hasta hacerlos estañar y se escapó de su boca seca. Destrozada, cayó de rodillas al suelo, sacudida por grandes sollozos.

—Isabelle…, venid. Vamos, venid.

Pierre la rodeaba con sus brazos para ayudarla a levantarse.

El olor a alcohol le provocó una náusea. Sin embargo, tomó un trago. Después, Pierre la sujetó para subir por la escalera hasta su habitación. Dudó en deshacerle los lazos del vestido. Pero Louisette y Marie estaban ya durmiendo. La ayudó a desvestirse con suavidad, rozándola con delicadeza, como si fuera una figurita de porcelana resquebrajada. La vistió con el camisón, la estiró en la cama y la tapó con las sábanas, acariciando su rostro con ternura antes de salir.

Ya sola, Isabelle lloró largo tiempo, con la cruz contra su boca. Después, agotada, cayó en un profundo sueño.

Su cabeza iba de un lado a otro. Los salvajes la acosaban, la perseguían. Al ver que un tomahawk se abatía sobre ella, dio un grito y, toda sudada, abrió los ojos. Jadeante de terror, se agarró a las sábanas, y recuperó la respiración mientras escrutaba la penumbra con sus ojos. No había ni salvajes ni tomahawks. La realidad se impuso; recordó los acontecimientos, lo que le asestó un golpe terrible, peor que el del tomahawk que se había esfumado. Enloquecida, buscó entre las sábanas la cruz que se le había escurrido de las manos. Al no encontrarla, saltó de la cama, se golpeó con el taburete y gimió.

La puerta se abrió de par en par. Pierre, al verla en un estado de extremada agitación, se precipitó hacia ella.

—¡No la encuentro, no la encuentro!

Al principio, Pierre no entendió sus palabras y creyó que estaba soñando despierta. Después, al ver que tiraba de las sábanas y rebuscaba por todas partes, adivinó el porqué de su enloquecimiento.

—Esperad, calmaos, ya os la busco yo. Sentaos, así… Tened, se había caído entre la cama y la mesita de noche.

Con el corazón todavía latiendo hasta salírsele del pecho, Isabelle se apropió de la joya y la besó.

—¿Queréis que os la ponga en el cuello?

Como una niña, Isabelle asintió con la cabeza. Pierre tuvo que abrirle los dedos crispados para recuperar la cruz. El metal se deslizó por la piel ardiendo, se alojó en el canalillo de sus pechos, sobre el corazón.

—Gracias —dijo ella con sinceridad.

Con los ojos todavía clavados en la nuca de su mujer, Pierre pensó que ese Alexander permanecería entre ellos dos como una sombra, y que tenía que aceptarlo. Su silencio, preñado de remordimientos, persistía.

Al cabo de un momento, Isabelle se movió para encoger las piernas bajo la barbilla. Parecía más calmada. El movimiento del colchón sacó a Pierre de su ensoñación. Miró con tristeza los hermosos ojos que se elevaban hacia él.

—¿Él ha…, ha sufrido?

No hacía falta pronunciar el nombre del hombre. Pierre no sabía qué responder. Étienne le había explicado los detalles más horribles del ataque. Él había escuchado en silencio, asqueado por los métodos de su cuñado y por su propia perfidia. Había caído tan bajo… ¿Todo esto para qué? ¿Qué había ganado él, exactamente? En todo caso, no el amor de su mujer. Ahora lo único que sentía era desprecio de sí mismo.

—No lo sé, Isabelle; probablemente, no. Recibió un golpe mortal en la cabeza. Étienne dice que fue una emboscada… Ya sabéis que el viejo comerciante tenía muchos enemigos.

Con los ojos brillantes de lágrimas, ella asintió en silencio.

—¿Dónde está? ¿Lo enterraron allí mismo?

«Donde está, ni el diablo en persona querría encontrarse», le había afirmado Étienne, con una sonrisa en los labios. Pierre no se había atrevido a hacer preguntas; ya estaba demasiado horrorizado. Quería saber lo mínimo de ese crimen doblemente odioso, ya que todos esos hombres habían sido asesinados por nada: Étienne no había conseguido lo que quería del holandés. Van der Meer, cuyo corazón había flaqueado, había entregado su alma bajo la tortura sin revelar nada.

—Sí, los sepultaron a todos allí mismo.

Ella volvió a llorar, en silencio.

—Yo lo amaba, Pierre. Yo lo amaba y me lo han quitado. Me queda Gabriel. Siento estropearos la vida de esta manera. Pero es así. No me han dejado elegir.

—Lo sé, mi ángel, lo sé.

Isabelle se enjugó las mejillas chorreantes con su mano temblorosa y sorbió por la nariz. Pierre no le reprochaba nada. La mirada que posaba en ella, que lloraba por otro hombre, la hundió. De repente, vio a su padre mirando a su madre de la misma manera y comprendió los tormentos a los que sometía a su marido. Pierre merecía más que eso, más de lo que nunca había obtenido Charles-Hubert. Ella no quería ser como Justine. ¡No, nunca!

—Creo que ahora estoy mejor…

Un sollozo la sacudió y su rostro se crispó de dolor, contradiciéndola. Pierre abrió los brazos, y ella se acurrucó contra él, mojando su camisa con su pena infinita.

—¿Queréis quedaros conmigo esta noche? —preguntó ella entre hipos.

Pierre notó que se le hinchaba el corazón de alegría. Se tumbaron en la cama, abrazados. Sin embargo, esa pequeña victoria tenía para él un gusto amargo. Isabelle se abandonó a su marido, dejó que su mano le acariciara el pelo sedoso, su espalda temblorosa. Él la estrechó con fuerza, la besó en los párpados, esperando simplemente conseguir su estima algún día.

Los sollozos de Isabelle se fueron espaciando poco a poco y, cuando despuntaba el alba grisácea, su respiración se hizo más regular. Pierre tocó la frente tibia y mojada; después, la mejilla, más fresca. Se daba cuenta de que era el culpable del profundo desamparo de su mujer.

—Perdonadme, amor mío —murmuró entre sus cabellos perfumados.

Se lo reprochaba tanto a sí mismo… ¿Podría algún día siquiera perdonarse?


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