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PRIMERA PARTE
Los caminos del olvido
(1764-1767)



¿Sólo unos acres de nieve, señor Voltaire?

La Autora

El odio es el invierno del corazón.

Victor Hugo

Capítulo 1.
Nuevas despedidas


Christina Gordon encendió una vela y la dejó en el centro de la mesa. Sonrió a Finlay, su marido, que estaba llenando una jarra de cerveza de la barrica colocada sobre un caballete. La lluvia había parado, pero el cielo permanecía gris y sumía en la penumbra la estancia que hacía las veces de vivienda. Mary, la hija mayor, se puso a chillar. Al levantarse, empujó a su hermana Jane, que se echó a llorar. Su madre acababa de sentarse para atacar el montón de prendas que había que zurcir. La joven suspiró y cerró los ojos mientras se frotaba el vientre bien redondeado.

—Deja, Christina —dijo quedamente Finlay, colocando la jarra frente a sus amigos, sentados a la mesa—. Has hecho demasiado por hoy. Ya me encargo yo.

Alexander contemplaba la escena familiar con el corazón encogido: él nunca sabría lo que era eso. Finlay y Christina eran felices. Pobres, pero felices. ¿Qué más podían desear que esas dos maravillosas hijitas, un tercer hijo que iba a nacer y el amor que los unía? Se volvió y miró por la ventana que daba a una empalizada de madera. El silencio volvió a adueñarse de la estancia. Finlay, después de resolver el litigio que enfrentaba a las dos hermanas, volvió a sentarse, chasqueando la lengua y dando unas palmadas.

—¡Y bien! —gritó, y sirvió cerveza a cada uno de ellos—. ¿A la salud de quién bebemos esta vez?

—¡Por la libertad! —exclamó Munro, levantando su vaso.

Slàinte! —gritaron todos a una.

Los vasos entrechocaron y unas salpicaduras de cerveza aterrizaron sobre la mesa. Finlay secó el líquido con la manga y volvió a llenar los vasos, ya vacíos.

—¡Por el futuro y la buena suerte!

—¡Por la buena suerte! —repitieron todos a la vez.

—Yo quiero añadir a eso la amistad —anunció Munro.

—¡Por la amistad!

—Que sea larga, a pesar de…

Finlay no pudo continuar; le embargó la emoción y se le hizo un nudo en la garganta. Carraspeó.

—Sí… —dijo Alexander, dándole una palmada en el hombro—. A pesar de nuestra partida.

A ello siguió un largo silencio. Detrás, tan sólo se oía el parloteo de las niñas. Christina se enjugó una lágrima con el chal y, sorbiendo por la nariz, clavó la aguja en una media.

—El país es ancho. ¡Que cada uno se labre su lugar! —continuó Alexander con una voz que pretendía mostrar firmeza.

—El único que se escaquea es Coll —constató Munro, con una pizca de amargura—. ¿Por qué regresar a Escocia, amigo, si aquí hay tanto que hacer?

—¡Vamos, Coll! —insistió Finlay, volviendo a llenar el vaso de su amigo—. ¿Qué tienes que perder? Dentro de unos años, serás lo suficientemente rico como para comprarte una buena tierra y, quién sabe, ¡una hermosa mujercita de regalo!

—Se lo prometí a Peggy, ya lo sabéis… —farfulló Coll, metiendo la nariz en el vaso.

Fuich!
1 —dijo Alexander—. Las promesas… ¡Si quieres que te dé mi opinión, eso son chorradas!

El hombre se bebió la mitad de su cerveza de un trago y después dejó ruidosamente su vaso encima de la mesa. Luego, mirando a su hermano a la cara, continuó:

—Cierto. ¿Por qué te empeñas en regresar a Escocia? ¿De verdad crees que tu prometida te habrá estado esperando todos estos años? ¡Vente conmigo y con Munro!

—No seas tan amargado, Alas. No acuses a todas las mujeres… Ella me escribió para decirme que me seguía esperando.

—¡Ni siquiera la reconocerás!

—Se lo prometí. Y además…, no quiero estar atado a nada por un contrato, ¿entiendes? Deseo ser libre, hacer aquello que me venga en gana. Quiero poder dormir dos días seguidos, ir a cazar o simplemente dejar pasar el tiempo… ¡Joder, Alas! ¡Hemos tenido que cumplir con un contrato durante siete larguísimos años! ¡Estoy harto! ¡No quiero firmar nada más! ¡Nunca más!

—¡Déjalo ya, Coll! Te olvidas de que el matrimonio es un contrato. .. ¡para toda la vida! ¡Los bosques, ahí está la verdadera libertad! He oído a unos tipos explicar sus aventuras. Créeme, estos parajes salvajes no carecen precisamente de interés. Además —añadió guiñando un ojo—, dicen que las mujeres de las tribus indias son muy cálidas. ¿No dejarás escapar esta oportunidad, eh?

—Alas…

—¡Tienes la cabeza dura como una piedra! Escucha: sólo te pido que te veas con el comerciante. Está organizando una expedición para la primavera. Necesita ochenta hombres y ya tiene sesenta y tres.

Mientras daba una chupada a su pipa, Coll se recostó en el respaldo de la silla y dejó que su mirada recorriera la estancia, mientras escuchaba a medias a su hermano, que se empeñaba en convencerlo. Hacía casi dos meses que se habían licenciado del ejército y desde entonces habían errado y vivido de pequeñas faenas para alimentarse de pan duro y agua estancada la mayor parte de las veces. El único que había encontrado un empleo estable era Finlay: era aprendiz de zapatero en la Ciudad Alta. Así pues, volvía a ejercer la profesión a la que se dedicaba antes de alistarse. Alexander y Munro habían decidido lanzarse a la gran aventura por la inmensidad del país. Pero eso a él no le atraía particularmente. Tras varios años de guerra, deseaba un poco de paz y tranquilidad. Su hermano estaba ahora evocando las costumbres libertinas de las salvajes. Él lo cortó bruscamente.

—¿Por qué no aceptas la oferta del maestro Dumoulin? Podrías instalarte en Quebec con Emilie. Ella no espera otra cosa: ¡que la pidas en matrimonio!

Alexander se quedó callado, mirando la superficie espumosa del líquido que temblaba en su vaso. El maestro Dumoulin era un carpintero que trabajaba en la restauración de la gran catedral de Quebec. Las ursulinas lo habían informado de sus aptitudes como escultor, y el hombre le había propuesto ocuparse de la ornamentación de los bancos. Era un trabajo bien remunerado, que le permitiría ocupar un puesto de aprendiz junto al maestro. Pero él aspiraba a otra cosa. El mercado de las pieles ofrecía mucho más que eso.

Pero estaba Emilie. La joven se recuperaba lentamente de su aborto. Era evidente que él era el padre de la criatura malograda, pero, de forma extraña, se sentía aliviado al no tener que asumir ese papel. Aunque prácticamente vivía con Emilie, no se decidía a legalizar su unión. En realidad, no la quería y no concebía casarse en esas condiciones. De hecho, se preguntaba si conseguiría amar a otra mujer que no fuera Isabelle.

Había llegado el momento de abandonar Quebec. Coll regresaba a Escocia con las primeras naves que devolvían a los soldados a casa. Su hermano había intentado en vano convencerlo de que regresara con él, pero Alexander se había resistido. A partir de ahora, su vida estaba allí. Además, deseaba ardientemente volver a ver a John. Sabía que su hermano era trampero y que tendría alguna oportunidad de encontrarlo si acompañaba al comerciante canadiense que organizaba una expedición. Sin duda, la aventura le mantendría las manos y la mente ocupadas durante algún tiempo.

Munro le había presentado a ese hombre hacía dos semanas. Estaban bebiendo un trago en una taberna de la Ciudad Baja. Era al día siguiente del aborto de Emilie. ¡Los relatos del comerciante eran tan cautivadores! El negociante presumía de que el «oro castaño»2 reportaba grandes beneficios a los que tenían agallas. Alexander no había podido resistirse a pesar de la vergüenza que le daba abandonar a Emilie en un momento tan difícil para ella. Al mismo tiempo, tenía un motivo honesto para alejarse de la joven.

—¿Quién es ese comerciante? —preguntó Coll, exhalando una voluta de humo.

El rostro de Munro se iluminó con una sonrisa.

—Van der algo. Es de Montreal, por lo que sé.

—Es independiente y organiza las expediciones con fondos de su propia sociedad —precisó Alexander—. No tiene nada que ver con la Compañía de la Bahía de Hudson, controlada por los ingleses. Mantiene una buena relación con los americanos que pretenden apropiarse de las rutas que detentan las compañías francesas, para abrir otras nuevas al oeste de los Grandes Lagos. Ya se ha marchado hacia Montreal, pero si te tienta el asunto…

—No —murmuró Coll.

Llamaron a la puerta. Christina dejó su labor y fue a abrir. Una joven sonriente la saludó y le entregó un paquete.

—¡Buenos días, señora Gordon! Este es el vestido de mi pequeña Julia del que os he hablado.

La mujer se fijó en los hombres que la observaban en silencio y pareció un poco molesta.

—Unos amigos —explicó Christina, abriendo más la puerta—. ¿Queréis pasar un momento?

—¡Ejem! No, gracias. Muy amable, pero tengo que ir a casa de mi cuñada. Tal vez en otra ocasión.

—De acuerdo, en otra ocasión. Gracias por el vestido. Después de hacerle algunos retoques, le irá perfectamente a Mary.

Tras fijar su mirada en Coll, la joven de mejillas redondas sonrió más ampliamente. Luego, saludó al grupo y se marchó.

Coll clavó su mirada en la puerta cerrada durante un momento. Los mechones rubios le habían recordado a la hermosa Madeleine, con la que a veces se cruzaba en el mercado donde vendía sus mermeladas. Ella lo saludaba con frialdad y después apartaba inmediatamente la vista. Él no osaba acercarse a ella, todavía menos dirigirle la palabra. Comprendía su actitud. Sin embargo, una sola de sus sonrisas hubiera bastado para retenerlo en el país… ¡En fin!

Alexander, a quien la cabellera dorada había reavivado unos recuerdos dolorosos, se entristeció. Bajó la cabeza y lanzó una mirada hacia Coll, suspirando.

—Sé en quién estás pensando.

Coll frunció el ceño y se volvió hacia él.

—¿Qué estás diciendo?

—La prima de Isabelle. Estabas pensando en ella, ¿no?

Coll se encogió de hombros y se llevó el vaso a los labios. Alexander sonrió con tristeza. Así que Coll seguía secretamente enamorado de aquella gran arpía.

En dos ocasiones, a lo largo de los cuatro años que habían transcurrido desde la anulación de su pena de muerte, Alexander había intentado hablar con la prima de Isabelle. La primera vez, había tenido que armarse de valor para abordarla. La había agobiado a preguntas. De hecho, se había hecho el propósito de no preguntarle nada, pero no saber era lo peor de todo. No obstante, Madeleine se había negado a responderle. Había alegado que la estaban esperando y se había marchado. Como la había notado tan molesta como él mismo, no había intentado retenerla.

La segunda vez, torturado por la incertidumbre, no había podido evitar mostrarse un poco brusco con ella, y Madeleine había consentido en dedicarle unos minutos. Eso había sido poco tiempo después de su desmovilización. Sin embargo, ella no había respondido más que con evasivas. Lo único que le había sonsacado era que Isabelle estaba bien, que vivía feliz en Montreal y que su esposo era un próspero notario. Nada que él no supiera.

—Las mujeres Lacroix… —murmuró Coll con apatía. El joven se agitó, incómodo, e hizo una mueca de amargura antes de proseguir—: ¿Por qué no te casas con Emilie? Quizá conseguirías…

Alexander levantó bruscamente la cabeza.

—¡Nada de mujeres! ¡Nunca!

—¡Es una estupidez! No puedes lamentarte de tu suerte indefinidamente.

Una risotada con notas sarcásticas hizo parpadear a los otros dos hombres.

—¡Yo no me lamento de mi suerte! Pero el pasado…, en fin.

La emoción le impedía hablar. El tiempo había atenuado su pena, pero no la había borrado del todo, ni mucho menos. Los recuerdos, a retazos, permanecían envueltos en la niebla. Unas veces recordaba un olor; otras una cierta sonrisa o el destello de su cabellera. Pero persistía esa inconmensurable impresión de vacío que sentía desde el terrible día en que se había enterado de que Isabelle estaba casada. Sencillamente, vivía con este vacío y olvidaba su desgracia manteniéndose ocupado. Había sobrevivido al amor, como había sobrevivido a la guerra. Tanto el uno como la otra le habían dejado cicatrices. Había aprendido la lección: no volvería a sucederle.

El silencio pesaba sobre los cuatro amigos. Munro vació su vaso y soltó un eructo sonoro, desperezándose sobre la silla mientras observaba a las niñas, que se divertían con una muñeca de trapo que les había cosido Christina.

—¿Cuándo os vais? —preguntó Coll a bocajarro, para aligerar un poco la atmósfera.

—La expedición parte de Lachine a principios de mayo. Tenemos que reunimos con el comerciante un poco antes. Creo que deberíamos irnos a Montreal dentro de dos semanas, a más tardar.

—¡Hummm!

Coll clavó la mirada en la mano de su hermano, a la que le faltaban dos dedos, y sacudió la cabeza. Le quedaban dos semanas escasas para estar con Alexander, el hermano al que había dado por muerto y con el que se había encontrado al cabo de doce años; había aprendido a conocerlo y a amarlo. Le costaba hacerse a la idea de que quizá ya no volvería a verlo. Al no poder disimular su malestar, tosió y bajó la cabeza hacia el vaso de cerveza. Tenía tantas ganas de llevarlo con él a Escocia, principalmente ante su padre… Pero Alexander había elegido quedarse para realizar sus sueños de gloria y de fortuna recorriendo Canadá.

Coll envidiaba su libertad, pero sobre todo su valor y su tenacidad. La vida lo había puesto muchas veces a prueba y le había arrebatado la felicidad cada vez que la había alcanzado. Después de aquel día siniestro en el que su existencia había pendido de un trozo de cuerda, Alexander había cambiado poco a poco. Curiosamente, había vuelto a tomarle gusto a la vida. Se había impuesto una sobriedad relativa y había jugado muy poco, por lo que ahorraba todo lo que podía. Concentraba su energía en las cosas positivas; era su búsqueda del Grial. En ese país, que renacía al mismo tiempo que él, se trazaría un camino nuevo, se forjaría un alma nueva en la soledad de los bosques. Si Peggy no lo hubiera estado esperando, Coll también se habría quedado.

La mano de Alexander lo sacó de sus reflexiones y su sonrisa sincera atenuó, en cierta medida, la tensión. Él también sonrió.

—Enviaré a padre un capote de castor y a ti un cuello de zorro para tu futura esposa.

—Cuento con ello, Alas. El zorro irá de maravilla con el castaño dorado de los cabellos y los ojos de Peggy.

Isla de Orleans

Lunes, vigésimo día de febrero

del año de gracia de mil setecientos sesenta y cuatro.

Querida prima:

Nieva en la isla y la tormenta me confina una vez más en casa. Aprovecho para escribirte estas líneas, que espero que te lleguen antes del final del invierno. El mal tiempo de estos últimos días ha retrasado las obras de la casa. Sin embargo, estoy bien instalada. No es que no apreciara la hospitalidad de la señora Pouliot, pero encontrarme «entre mis muebles» me alegra mucho.

Como podrás constatar en la próxima primavera, la casa está como antaño. Los trabajadores que mi buen señor Mauvide ha tenido la caridad de enviarme, según nuestro acuerdo, han hecho un buen trabajo. El piso superior, no obstante, sigue tapiado, ya que no pudo terminarse su cubrimiento antes de las primeras nieves. Y es que hay tanto que hacer por aquí…, y la mano de obra escasea en otoño, cuando los trigos están maduros. Pero sería muy ingrato por mi parte quejarme. He acondicionado el salón como habitación para dormir y, de momento, así estoy estupendamente.

Esto en cuanto a la primera buena noticia. La segunda es que el abad Martel me ha encontrado un trabajo de criada en casa del señor Audet, del río Maheu. El desafortunado hombre perdió a su mujer en octubre y se ha quedado solo con sus cuatro hijos. Hasta ahora, se ha ocupado de ellos su hermana. Él vive a tan sólo una legua de aquí, lo que me permitirá regresar a casa todas las noches, después de la cena y cuando los niños se hayan acostado. Con la explotación de la azucarera y mis mermeladas de fresas, frambuesas y ciruelas, conseguiré salir adelante. ¡Pero ya te estoy oyendo eso de cuándo volveré a tener marido! ¡Ja! No tengo ninguna prisa, querida prima. Julien todavía está muy presente en mi corazón, qué quieres que te diga. Además, los partidos que se han presentado hasta el momento no me han hecho vibrar mucho. Supongo que una pobre viuda de veintiséis años ya no tiene muchos atractivos.

Pero ya está bien de hablar de mí. ¿Qué tal está el pequeño Gaby? ¿Ha hecho alguna tontería más mi ahijado desde mi visita el verano pasado? Siento mucho no haber podido estar presente con motivo de su tercer aniversario. Las obras… Le envío todo mi amor y le prometo una gran sorpresa cuando venga a verme a la isla, por primera vez, el próximo mes de mayo. ¿Y tú, mi hermosa Isa? ¿Cómo estás? No te ocultaré la alegría que me produce ver que Pierre y tú os entendéis bastante bien. Sin embargo, me entristece constatar que no lleves otro hijo en ti. No puedo evitar pensar que tal vez, en parte, soy yo la responsable: ¿recuerdas que lancé un maleficio el día de tu boda? Yo no creía en él y únicamente quería divertirme…

Noticias de Quebec. Seguramente habrás oído hablar de la horrible historia de esa mujer que a todos les gusta llamar «la bruja de Carriveau». Sucedió cuando yo todavía estaba en Montreal. El juicio se inició en el momento en que ya regresaba a la isla. Pues bien, la mujer fue condenada a la horca. Después de la ejecución, colocaron su cadáver en una jaula que se estuvo balanceando a los cuatro vientos, en el cruce de cuatro caminos de la punta Lévy. Al final, los huesos estaban totalmente blancos. La gente presentó una petición a las autoridades para que retiraran el cuerpo. Los niños tenían pesadillas y las mujeres estaban hartas de oír chirriar la jaula al moverse. Ni que decir tiene que esta horrible historia de asesinato ha dado mucho que hablar.

En diciembre, atravesé el río para visitar a algunos conocidos en Quebec. Aproveché para acercarme al hospital general. Guillaume está mejor desde principios de otoño. Me dijeron que sus alucinaciones se espaciaban y que estaba más tranquilo. Tal vez un día pueda salir de allí… Te ahorraré los detalles concernientes a sus condiciones de vida. De todos modos, debes de imaginártelas, ya que ayudaste a las agustinas a cuidar de los enfermos después de la batalla de los llanos de Abraham. Sin embargo, no parece que a Guillaume le preocupe.

Me detuve en la calle Saint-Jean. Me sigue pareciendo extraño que no pueda entrar en tu antigua vivienda. Como ya seguramente sabrás, un tal señor Smith la adquirió en junio, después del fallecimiento del viejo Clément Vignau, que se la había comprado a tu madre. Afortunadamente, la casa está igual. También visité a tu hermano, en la panadería. Allí todos están bien. Te envían muchos besos. Françoise te promete un buen bollo de los que a ti te gustan cuando vengas.

Desde la firma del Tratado de París, en febrero del pasado año, no paran de desembarcar comerciantes ingleses en Quebec. Arramblan con todo lo que pueden a precios ridículos. Y es que la mayoría de los canadienses está en una situación financiera precaria, por no decir, simplemente, desesperada. ¡Esto a mí me preocupa en gran manera, mi Isa! Que un puñado de negociantes pedantes tomen al asalto nuestra economía dejando de lado a los que han contribuido a levantarla, me produce repulsa. Aunque el gobernador Murray se ha mostrado compasivo con el pueblo vencido, no deja de ser un inglés que defiende su patria.

Para terminar, a lo mejor soy la primera en darte la noticia: el regimiento de los Fraser Highlanders fue disuelto el pasado mes de diciembre. Lo único que sé es que varios oficiales han optado por quedarse en Canadá y tomar posesión de una tierra. Me he enterado de que un tal Alexander Fraser compró el señorío de La Martinière, en la parroquia de Beaumont, en julio. Ha bautizado la propiedad con el nombre de «Beauchamp». Los escoceses son muy bien acogidos en esta región desde que hicieron prueba de una gran generosidad al donar su salario de una semana a los habitantes arruinados por la guerra. Varios oficiales han conseguido de este modo concesiones en Nueva Escocia.

La época del azúcar se acerca, y pronto estaré muy ocupada. De todas formas espero que el correo me traiga noticias tuyas, lo que me daría una buena razón para sentarme unos minutos y respirar. Ahora me vuelvo a mi masa para galletas, que se ha quedado sobre la mesa, lo que me recuerda la época maravillosa en que nos divertíamos como locas las dos, en la cocina de Mamie Donie, haciendo dulces. Besos a todos de mi parte, querida prima. Dale especialmente las gracias a Pierre por su generosidad para conmigo. Te envío un beso muy fuerte y te deseo que seas tan feliz como mereces en este nuevo año de 1764.

Tu prima, tu hermana,

Madeleine Gosselin

Isabelle dobló la carta y la dejó sobre su tocador, iluminado por un candelabro de plata. Acarició el magnífico damasco brocado de color verde musgo de su vestido de baile, y posó su mirada vacía sobre el papel.

—Nada… Nunca nada…

Así era más fácil olvidar. Ella sospechaba que Madeleine tenía noticias de Alexander, pero que no le decía nada. Sin duda, su prima intentaba protegerla callando…

—Pero ¿de qué? —murmuró ásperamente, dirigiéndose a su reflejo en el espejo—. Ni siquiera intentó encontrarme. Ni siquiera me envió una notita. Como si yo ya no existiera… Así que ¿por qué iba yo a preocuparme por él?

Con un gesto maquinal, abrió un cajón del mueble, dejó la carta sobre las demás y lo cerró. Después, recorrió con la mirada la multitud de botes y botellas que cubrían el tocador. Entre ellos se encontraba el frasquito ambarino que le había regalado Nicolás des Méloizes. Un día, por casualidad, había oído en uno de los salones que frecuentaba que su antiguo enamorado vivía ahora en Francia y había obtenido la cruz de San Luis por haberse distinguido en la batalla de Sainte-Foy. Había intentado imaginar cómo habría sido su vida si hubiera aceptado casarse con él. ¿Habría sido feliz? ¿Habría tenido hijos?

Su mano se crispó sobre su vientre, que seguía desesperadamente plano. ¿Acaso ya no podría tener más hijos? Había
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