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perdido tanta sangre cuando nació Gabriel… No obstante, el médico Larthigue le había asegurado que no tenía por qué preocuparse, que todo estaba bien curado. Pierre quería al niño como si fuera su propio hijo, pero Isabelle suponía que deseaba tener hijos propios. Ella no tenía prisa por tener otros. Sin embargo, unas caritas con sus propias facciones mezcladas con otras que no fueran las de Alexander la ayudarían a instalarse, en cierto modo, en su nueva vida.

Isabelle dudó entre la esencia de almizcle y el espíritu de nardo, y finalmente optó por el segundo, cuyo perfume era menos mareante. Ella aborrecía esos cosméticos de los que las damas de la buena sociedad siempre estaban hablando; esas cremas a base de grasas que se enranciaban y apestaban a pesar de los aceites esenciales que llevaban incorporados; esas pomadas que se mezclaban con polvos de óxidos de metales, cuyos nombres olvidaba continuamente. Isabelle era bastante incrédula respecto a la eficacia de esos productos. La señora Hertel se había hecho preparar una nueva pomada para «atenuar las irregularidades de su tez», decía. Al cabo de una semana de tratamiento, efectivamente se había producido un cambio notable: ¡su piel estaba cubierta de placas rojas y pústulas! La pobre se había encerrado en su casa durante dos semanas, hasta que las marcas desaparecieron completamente.

Isabelle detestaba notar esas sustancias sospechosas sobre su piel. Su tez tenía una palidez natural; ella no necesitaba blanco de plomo. También prescindía de las pelucas, de las que caía el polvo sobre los hombros y bajo las cuales se sudaba tanto. La única coquetería que se permitía era un poco de polvo de bermellón sobre sus pómulos y sus labios. Esa noche, le hacía mucha falta.

Oyó unos pasos que hacían crujir las láminas del parqué de la habitación y notó una presencia detrás de ella.

—¿Estaréis pronto lista, cariño? —susurró quedamente Pierre a su oído.

Los puños de encaje de su marido le rozaron la mejilla. Una mano masculina se posó en su cuello, lo acarició suavemente y después se deslizó hacia la nuca que Élise había despejado tan hábilmente.

—¡Estáis sublime esta noche! Élise se ha superado. Seréis la más hermosa de este espantoso inicio de primavera. Todavía nieva…

Isabelle se examinó el peinado en el espejo.

—¡Hummm!

Desde luego, debía admitir que esa cabeza de chorlito de Élise tenía talento cuando le tocaba arreglarle los cabellos. Pierre había tomado a la joven a su servicio hasta que estuviera en edad de casarse. Había firmado un contrato con su padre: a cambio de sus servicios, Élise tenía que estar adecuadamente alojada y alimentada. Además, Pierre tenía que proporcionarle un ajuar completo y vestirla con ropa nueva.

La doncella acababa de cumplir diecinueve años y se dejaba cortejar por el hijo del tabernero Bernier. Así pues, pronto se marcharía, e Isabelle podría elegir a alguien con quien pudiera mantener una conversación interesante. Estaba cansada de que le explicaran los últimos chismes del mercado y le importaban muy poco los pesos de plomo del panadero Gervaise que no llevaban los sellos del rey.

Pierre desabrochó la vuelta de perlas que ella llevaba puesta al cuello.

—¿Qué estáis haciendo? —exclamó Isabelle, cuyos ojos se cruzaron con la mirada amorosa de él en el espejo.

—Esperad… Creo que esto será más apropiado.

La joya estaba fría y se deslizaba suavemente sobre la piel. Isabelle abrió los ojos como platos al ver el magnífico collar: de una cadena de oro colgaban tres nudos de oro con brillantes incrustados, cada uno de los cuales sujetaba una esmeralda en forma de lágrima. Dichoso por el efecto que producía su sorpresa, Pierre besó a su mujer detrás de la oreja pensando en la manera en que ella podría agradecérselo.

—¿Os gusta?

—Pero… ¡Es demasiado! Esto vale una fortuna, Pierre. ¡No teníais que haberlo hecho!

—Tenéis que ser la más hermosa, cariño. Pero me había olvidado… Ya sois la más bella, ¿no es así?

—¡Oh, Pierre!

Emocionada, Isabelle se giró hacia su marido y le sonrió. Él se acercó y la besó tiernamente en la boca. A ella le gustaba Pierre, e incluso a veces se sorprendía a sí misma esperando el momento en que se encontrarían a solas ante un buen vaso de vino y discutirían de esto y de lo otro. Con el tiempo, iba descubriendo a un hombre encantador, inteligente y que estaba realmente enamorado de ella. No quería herirlo y nunca le había reprochado su matrimonio de interés. Pero, en todas esas atenciones y regalos, Isabelle adivinaba la loca esperanza de hacer nacer en ella amor por él…, como su padre había esperado en vano ganarse el corazón de Justine. Un día, tal vez, si sabía ser paciente…, ella conseguiría amarlo tanto como él se merecía.

—¡Mamááá! ¡Mamááá! —llamó una vocecita en medio de los ruidos de una carrera por el pasillo.

El pequeño Gabriel apareció en el vano de la puerta, con las mejillas ardiendo y los ojos llorosos. Marie iba tras él. Isabelle se precipitó hacia ellos.

—¿Qué te pasa, mi amor? ¿Te has hecho daño? ¿Dónde tienes pupa?

—Pupa no, mamá. Es Ma'ie —gimió el pequeño, girándose con aire temeroso hacia la salvaje que se retorcía la trenza, azorada.

Frunciendo el ceño, Isabelle se inclinó hacia él entre un suave crujir de telas y encajes.

—¿Qué le pasa a Marie?

—No quiede que me quede el datón.

—El ratón —corrigió Isabelle con un poco de impaciencia—. Pero ¿de qué ratón me estás hablando? Aquí no hay ningún ratón, Gaby.

—Pues… de aquí —insistió Gabriel, mostrando una ratonera en la que estaba atrapada la cabeza sanguinolenta de un animalito.

—¡Puaj!

—He intentado quitarle el ratón, señora, pero me ha mordido —explicó Marie.

—Gabriel Larue, ¡te prohíbo que muerdas a la gente! ¿Qué modales son éstos?

Dicho eso, Isabelle agarró el bracito que sujetaba el espantoso juguete. El ratón cayó al suelo haciendo un ruido seco, y Gabriel, con la barbilla temblorosa, miró a su madre con sus ojos azules llenos de lágrimas. Pierre, conteniendo con dificultad la risa, recogió el roedor.

—Creo que ha llegado el momento de tener un gato. Cazará los ratones y se los comerá, así ya no podrás volver a jugar con ellos, hombrecito.

Con la mano libre, despeinó la pelambrera deslumbrante de Gabriel, y después, abandonó la estancia sonriendo. Marie, al ver que el asunto estaba arreglado, preguntó si podía retirarse. Isabelle asintió enseguida. Tomó a su hijo en brazos y lo llevó hasta la butaca donde se había refugiado tantas veces con él, de noche, para alimentarlo, y después para consolarlo y volver a dormirlo cuando tenía pesadillas.

—Trepa aquí —le dijo ella con una voz templada que tranquilizó al niño.

Él obedeció y se refugió en las faldas, ahora completamente arrugadas, de su madre. Isabelle, al ver en qué estado se encontraba su vestido, dio un suspiro, pero le sonrió.

—Ahora, Gabriel, vas a explicarme qué hacías con el ratón. Sabes perfectamente que esos bichos son sucios y que pueden morderte…

—Sí, mamá. Pero el datón está muerto… Yo quedía judad con él.

—Ratón. Repite, Gaby, ¡rrratón!

¡Dddatón!

—¡Santo cielo! Tu sangre escocesa…

Se interrumpió bruscamente y se llevó la mano a la boca. Se le había escapado.

—¿Qué tiene mi sangre?

—Nada, Gaby, nada. Está muy bien tu sangre. Bueno, es hora de irse a la cama.

Cogió al niño y lo dejó en el suelo. Después, lo tomó de la mano y se dirigió con él hacia la puerta.

—¿Qué es sangre cocesa, mamá?

En ese preciso momento, apareció Pierre en el vano de la puerta, sonriendo, como siempre. Ella se ruborizó violentamente, y después, al darse cuenta de que no había oído nada, le devolvió su sonrisa, con el corazón acelerado.

—Te lo explicaré otro día, Gaby —susurró al oído del chiquillo—. ¿Queréis llevarlo a la cama, Pierre? Tengo que recomponerme un poco.

—Apresuraos, el coche está listo.

Entonces, se inclinó hacia Gabriel, y continuó:

—Sé bueno, mi cariñito. Dentro de un minuto voy a darte tu besito.

Nada parecía suficiente para celebrar la llegada, muy progresiva y lenta, de la primavera. El fasto explotaba en un derroche de colores, texturas, sabores y sonidos que excitaban todos los sentidos. Sociedad hedonista, la burguesía trepaba los escalones del poder en un país donde la nobleza se había disuelto. El castillo de Vaudreuil, residencia del gobernador de Montreal, Ralph Burton, estaba situado en la calle Saint-Paul, y tan sólo se encontraba a unos pocos pasos de la casa de los Larue. No obstante, Pierre había preferido que se enganchara la berlina para que Isabelle no se manchara con la nieve y el barro de las calles surcadas por los vehículos.

La sala de baile brillaba con miles de fuegos. La orquesta tocaba una chacona, mientras que los vestidos, como flores, exhibían sus corolas tornasoladas y atraían una nube de abejas. El espectáculo cautivaba a Isabelle, un poco harta de escuchar la conversación sobre la situación de la Iglesia católica en la nueva province of Quebec.

—¡Pero eso es un auténtico escándalo! ¡Los ingleses no respetan el tratado!

—¡Desde luego! —exclamó la señora Berthelot, agitando su ancho abanico de nácar y de plumas teñidas de rosa pálido ante su cara pintada de blanco y rojo—. El gobernador Murray encontrará pronto un nuevo obispo. Este hombre es tan bueno con nosotros y tan conciliador…

Los ojitos daban vueltas en sus órbitas, bajo unas cejas negruzcas, e iban de un vestido a otro, evaluando, comparando, juzgando. Isabelle sorbía su ponche, haciendo una apuesta mental sobre cuántos segundos se aguantaría todavía la mosca de terciopelo que colgaba de la comisura de los labios de la dama.

—El artículo cuatro del tratado nos da permiso para practicar nuestro culto según sus leyes, y no las nuestras, señora Berthelot. Pero no nos permite hacer lo que queramos —advirtió Isabelle, que se sorprendía con la simpleza de espíritu de algunas de sus compatriotas—. Sabed que ese querido Murray, a pesar de su buena voluntad, no podrá cambiar nada.

«¡Eso es!» La mosca cayó en el vaso de la dama. Clavando la mirada en la cosita negra que flotaba en la superficie del líquido ambarino, Isabelle desplegó su abanico para ocultar una sonrisa.

Sin obispo tras la muerte de monseñor Pontbriand, en 1760, el clero canadiense chocaba con las autoridades británicas, que no reconocían al Papa e invocaban las leyes de Gran Bretaña para negarles el nombramiento de un nuevo dignatario. Este asunto levantaba polvareda. Además, algunos religiosos se habían convertido al protestantismo y había canadienses que se casaban con ingleses protestantes. De todas las religiosas que anteriormente habían vivido en la colonia, ahora sólo quedaban las canadienses, ya que las otras habían regresado a Francia. Como todos los sulpicianos eran franceses, las autoridades protestantes no tenían confianza en ellos. Al igual que había sucedido con los recoletos y los jesuitas, se hablaba de confiscarles todos los bienes. Había que buscar la manera de salvar la religión del vencido.

—¿Sabíais, querida amiga —continuó Isabelle con un chasquido del abanico—, que desde la firma de ese famoso tratado, nuestro clero ha perdido casi el tercio de sus efectivos en la colonia? Decidme: ¿quién formará a nuestros futuros sacerdotes si se cierran los seminarios y los colegios? El gobierno británico impide que venga cualquier sacerdote nuevo francés.

La señora Berthelot levantó la nariz. Juliette Amyot se atrevió a opinar y avanzó su cabeza de garduña.

—Dicen que el abad de La Corne se ha marchado precisamente a Londres a pedir una audiencia al rey para obtener el permiso de nombrar él mismo al obispo, señora Lame.

—Su majestad británica seguramente no verá con buenos ojos esa petición, creo yo. El hecho de que ahora el abad viva en Francia sin duda lo convertirá en sospechoso, y el rey Jorge lo tomará por espía o instigador de una rebelión. El celo de sus aspiraciones a la obtención de la mitra y las tendencias anglófobas de su familia no harán más que aumentar las sospechas, estoy convencida. No creerán que su demanda sea totalmente desinteresada, ni objetiva su elección de obispo.

Creyendo, no sin razón, que se intentaba hacer desaparecer el catolicismo de Quebec, el clero canadiense, por su parte, había enviado a Londres al diputado del pueblo Étienne Charest a finales del mes de octubre para que entregara al rey una petición especial. Isabelle empezaba a compartir los temores de su prima en cuanto a la invasión inglesa y deploraba la laxitud de la población canadiense, que, ocupada en complacer al nuevo amo del lugar, se olvidaba de hacer valer sus tradiciones.

La señora Berthelot se quedó mirando a Isabelle con hastío y tomó un sorbo de ponche antes de replicar:

—Pero somos más de diez mil almas católicas frente a…

—¿Doscientas almas protestantes? ¡Sea! Sólo que son las almas impías las que dirigen, querida, y harán todo lo posible para que la situación permanezca así. ¿Habéis oído hablar de la ley del Test?

—Pero… el señor Mounier es francés, y sin embargo, el nuevo gobierno lo ve con buenos ojos.

—Por supuesto, y yo sería la primera que me alegraría si el señor François Mounier no fuera hugonote. ¿No lo sabíais? —precisó Isabelle sin ocultar su impaciencia—. Y… creo que os habéis tragado vuestra mosca, señora Berthelot.

—¡Oh!

Isabelle oyó unas voces a su espalda.

—Ya puede ir hablando, ésta. Su marido se está forjando un puesto entre los grandes.

—¿Es hugonote?

—Los Larue son católicos…, de momento. Pero no me sorprendería que él hubiera realizado en secreto el juramento de abjuración. Ya se defiende bastante bien en inglés.

Isabelle dio media vuelta y fulminó con la mirada a la viuda Brodeur.

—Señora, el puesto que mi marido se está labrando a golpe de podadera es muy pequeño, ¡creedme! Además, efectivamente, mi marido es católico y así lo será, podéis estar segura. ¡Sirve, pero desde luego no reina! En cuanto a su inglés, no tiene otra elección que perfeccionarlo, aunque sólo sea para que no nos engañen.

La viuda apretó los labios y parpadeó. Sus mejillas, rojas de polvo y de cólera, destacaban sobre su tez blanca acentuada por el violeta de su vestido. Sin esperar la réplica, Isabelle, después de saludar educadamente al grupito, se dirigió con paso firme hacia el lugar donde había visto a Pierre por última vez. Tenía unas ganas repentinas de bailar y divertirse.

La orquesta empezaba un minué. La joven buscó a su marido con los ojos, pero no lo vio. No obstante, había estado allí hacía apenas diez minutos. Escrutando la multitud, buscó su hermosa cabeza rubia, que apenas había empolvado, pues sabía que ella lo detestaba: le hacía estornudar.

En el otro extremo de la sala, vislumbró a su hermano Étienne, que seguía en el negocio de las pieles. ¿Qué estaría haciendo allí, en un lugar donde la mayoría de los comerciantes llevaban apellidos como Dunn, Walker o Livingstone, él que era tan patriota? Discutía con dos señores. El más alto, distinguido y de aspecto altivo, era el señor Luc de La Corne, pariente del abad de La Corne, que era militar y comerciante en pieles. Ella lo conocía porque se había cruzado con él en una cena a la que asistió en compañía de Nicolás des Méloizes. El hombre se había distinguido a las órdenes de Montcalm, en el ataque victorioso al fuerte William-Henry y en el sitio de Carillón. Sus hazañas le habían valido la prestigiosa cruz de San Luis en 1759. Sin embargo, debido a su gran conocimiento de las lenguas y costumbres de los salvajes, a cuyo mando había estado en la batalla de Sainte-Foy, los ingleses sospechaban que fomentaba la revuelta en la región de los Grandes Lagos.

Miembro de la élite colonial, que el ocupante animaba a regresar a Francia, era uno de los pocos supervivientes del naufragio del
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