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Auguste, ocurrido en las costas de Cap-Breton en noviembre de 1761. Había perdido a sus dos hijos y a su hermano en ese desgraciado acontecimiento. De regreso a Montreal, después de un viaje largo y difícil atravesando los bosques nevados y los ríos helados, La Corne había abandonado su proyecto de regresar a la vieja metrópoli y había decidido instalarse definitivamente en Canadá.

El segundo hombre con el que departía su hermano también estaba en el comercio de pieles y se llamaba Maurice Blondeau. Étienne había viajado con él en su última expedición. Habían regresado de Michillimackinac3 a principios del mes de octubre con el relato espeluznante del levantamiento de los ojibwas y de los chippewas, del que habían sido testigos: los salvajes habían tomado al asalto el fuerte y habían masacrado a la guarnición. Varios ataques de este tipo habían tenido lugar a lo largo del verano de 1763. Las autoridades, muy preocupadas, habían emitido una orden que prohibía a los comerciantes proporcionar víveres, armas o municiones a los salvajes de la región de los Grandes Lagos. Un jefe odawa muy influyente, Pontiac, constituía una amenaza para la paz en esa región. Evidentemente, los comerciantes de Montreal habían reaccionado y protestado contra esa injusticia: eso atentaba contra la libertad de comercio.

Su hermano la vio, le sonrió y después dirigió la atención a sus interlocutores. Ella le devolvió la sonrisa y nada más: ahora sólo se veían y hablaban en contadas ocasiones. Desde luego, Étienne la había visitado en la calle San Gabriel, e incluso había hecho amistad con Pierre, que, dado el caso, le permitía aprovecharse de sus conocimientos profesionales. Así, ella se lo encontraba, a veces, en el despacho de su marido y le servía el té con pastas. Él le preguntaba educadamente por su sobrino, al que, sin embargo, no mostraba interés por ver. Étienne nunca cambiaría. A veces, Isabelle entendía la enemistad que se había instalado entre él y Justine. Eran tal para cual…

En medio de la muchedumbre abigarrada, la joven reconoció algunos rostros familiares. Estaba Francis Maseres, que discutía con el marqués Alain Chartier de Lotbinière y su esposa, Marie-Josephte. Más alejado, vio un grupo de hombres de ley, entre los que se encontraban William Hey, Charles York y James Marriott. Junto a ellos, había unos negociantes, uno de los cuales, Thomas Walker, se reía a mandíbula batiente.

La gente se agrupaba por ambientes: capitanes de la milicia canadiense, damas de noble alcurnia, esposas de plebeyos, oficiales… Una buena parte del ejército británico había venido de Quebec. En medio de todo ese gentío, ella se sentía una flor entre cardos. En definitiva, los bailes y las cenas oficiales ya no le divertían.

Finalmente, vio a Pierre con cinco personas, tres de las cuales le eran desconocidas. El primer hombre, alto y delgado y de cierta edad, tenía un aspecto bastante austero. «Un inglés», se dijo. Sin duda, era uno de esos nuevos comerciantes que se jactaban de conocer la fórmula química para convertirlo todo en oro. Los otros dos, claramente más jóvenes, tenían el rostro rubicundo a causa del buen vino. Con toda seguridad, se trataba de dos hermanos. El parecido era sorprendente.

Con ellos estaba Edward Gray, un comerciante de la ciudad que se dedicaba a las subastas. Por último, el quinto hombre era Pierre Foretier, especulador inmobiliario, un antiguo amigo, cuya esposa, Thérèse, era bastante agradable.

Los negocios eran prósperos, y esos comerciantes que habían seguido al ejército inglés habían venido a sangrar lo que quedaba de la economía canadiense. Había que resignarse, ya que esa gente visitaba regularmente el despacho de Pierre, para llenar sus cofres. Escabullándose en medio de un sensual frufrú, con el que algunos se giraron, Isabelle llegó hasta donde estaba su esposo.

—¡Ah! —exclamó Pierre con una amplia sonrisa cuando la vio llegar—. Venid, querida, os presentaré a tres recién llegados a nuestra hermosa province of Quebec. John McCord, y Joseph y Benjamin Frobisher. Señores, mi maravillosa esposa, Isabelle.

Los hombres la saludaron y ella se inclinó educadamente, sacudiendo su abanico para ocultar la mueca que no pudo evitar. Detestaba cuando Pierre se ponía alegremente a hablar en inglés. Tomando la mano que ella le tendió a desgana y que él rozó con sus labios, Joseph Frobisher sonrió tan ampliamente que parecía un lucio a punto de morder un anzuelo.

—Encantado —murmuró en francés.

—Los señores Joseph y Benjamin Frobisher han venido aquí para hacerse un sitio en el comercio de pieles. ¡Al igual que el señor McCord, quieren hacer grandes cosas aquí!

—¿No lo querrán todo? —replicó Isabelle esbozando una amplia sonrisa.

Foretier se quedó atónito, y Pierre tomó a Isabelle por el codo e hizo una ligera presión a modo de advertencia. No era cuestión de espantar a esos clientes potenciales. Ella lo sabía perfectamente y no tenía ganas de estropear la velada.

—¿Hace mucho que estáis aquí, señor McCord?

—No, pero lo suficiente para darme cuenta de que aquí el invierno es demasiado frío. A mi esposa, Margery, no le gusta mucho.

—¡Pues si no ha hecho más que comenzar! Me temo que todavía no habéis visto nada, señor McCord. ¿Sois de origen escocés?

—No, del norte de Irlanda.

—El señor McCord poseía un puesto de bebidas —precisó Pierre.

—Cerveza.

—¿Y tenéis hijos?

Yes.

—¿Les gusta esto? ¡Ejem! Do your children like live in Canadá?4

Oh, yes! Do you speak English, madam?5

—¡Un poquito! —respondió Isabelle, sonrojándose ligeramente.

—¡Oh! Ya veo. Lo habéis aprendido con un escocés, creo —constató el irlandés sin maldad—. Quizá conozcáis al teniente Alexander Fraser, del regimiento de los Fraser Highlanders. Mi hija Jane acaba de prometerse con el teniente Fraser. El señor Fraser ha comprado el señorío de La Martinière de Beaumont.

—¡Ejem!, sí. He oído algo al respecto —murmuró Isabelle, con la mirada perdida hacia un grupo de hombres que discutía más lejos.

El corazón de la mujer se puso a palpitar con tanta fuerza que se quedó momentáneamente sin respiración. Pierre, que seguía cogiéndola por el codo, la sujetó.

—¿Pasa algo, Isabelle?

—¿Eh…? Ya se me pasa…

Una giga alcanzaba sus oídos. El corsé la oprimía. Tenía la camisa empapada en sudor. Pierre se inclinó hacia ella, con el rostro arrugado por la inquietud.

—¿Estáis segura de que se os pasará, querida? Estáis tan pálida… Tal vez tendríais que sentaros un momento.

—No —respondió ella un poco secamente—. Yo… Sacadme a bailar, Pierre; os lo ruego.

El joven Joseph Frobisher se adelantó y se inclinó ante ella, con una mano en el corazón, al modo caballeresco, y aprovechándose de una deliciosa perspectiva sobre su corpiño.

—Si la señora me permite… el honor de este baile…

Isabelle se quedó un momento muda ante la audacia del joven inglés. Sin saber qué responder, interrogó en silencio a Pierre, cuyos labios apretados no eran más que una línea.

—Concedédselo, querida —murmuró bajando los ojos—. De todos modos, tengo que hablar con estos señores. El señor McCord quiere regresar al negocio de las bebidas. Le gustaría mucho instalarse en Quebec, donde la guarnición supondría una buena clientela. Intento hacerle cambiar de idea antes de que se marche hacia allí la próxima semana. No os preocupéis.

«Por supuesto, la señora divierte a los clientes mientras se discute de negocios…» Ella sonrió a Pierre, y después al joven que estaba esperando con la mano todavía sobre la chaqueta. Con la cabeza alta, Isabelle se dejó guiar por esa mano, que, según descubría con cierto asco, estaba sudada. Acompasó su paso al del caballero, mientras escrutaba a los convidados en busca de su turbadora visión. Esa cabellera de reflejos de bronce, esa nariz aguileña… El hombre vestido con un traje de paño negro le daba la espalda, pero ella había sorprendido su perfil y había reconocido su compostura. «No puede ser él… ¡Jamás iría a una velada como ésta!», pensó, sobresaltada.

Con su mirada penetrante, el hombre recorría las filas de bailarines que una ola de júbilo hacía ondular. Al parecer, Kiliaen van der Meer no estaba allí.

—Ya podemos marcharnos —declaró inclinándose hacia su compañero.

Gabriel Cotté entornó los ojos y examinó uno a uno los rostros que desfilaban ante ellos. Él era quien tenía que poner al americano en contacto con el negociante al que todos se referían como «el holandés».

—Veo a Blondeau, pero no veo a Van der Meer. Lo siento, amigo. Sin embargo, me habían asegurado que esta noche se encontraría aquí.

Siguiendo el ritmo de la música con el pie, un tercer hombre, que todavía no había dicho nada, se giró hacia ellos, mostrando una sonrisa de oreja a oreja en su delgado rostro. Con la frente redondeada y ligeramente salida y una barbilla prominente, parecía un pierrot de perfil.

—¡Peor para el holandés, a mi parecer! Estas criaturas tan encantadoras…, ¡hummm!…, divinas…

Cotté soltó una carcajada que atrajo momentáneamente la atención de los grupos cercanos. Al primer hombre le molestó.

—Van der Meer sabe dar con las más hermosas criaturas de esta ciudad, Jacob. No os preocupéis por él. Por cierto, eso debe de haber sido lo que lo ha retenido. Mira por dónde… —dijo bruscamente Cotté, señalando con un golpe de barbilla a una pareja que brincaba en la pista—. ¿No es ése uno de esos nuevos comerciantes ingleses…, Benjamin Frobisher?

—Es Joseph —corrigió Jacob Solomon, siguiendo el movimiento fluido del vestido verde musgo resplandeciente.

—¡Ah! Joseph! ¡Bendito sea! ¡No ha tardado mucho en ir a mariposear al jardín de nuestro querido notario Larue! ¡Pero menudo gancho tiene ése también! ¡Con una mujer así, no es de extrañar que le birle toda la clientela a Mézières!

—¿Quién es esa dama? —preguntó el primer hombre, cautivado por el esplendor de la mujer.

—La señora Isabelle Larue, de soltera Lacroix, Escocés. ¡Pero cuidado con el que se acerque a ella! Es la niña de los ojos del notario. Si Frobisher ha tenido el favor de bailar con ella es porque Larue debe de haber olido un buen negocio. ¡Muy astuto, este notario! Está conchabado con los comerciantes ingleses, para quienes redacta contratos, testamentos… En fin, como suele decirse, ¡aunque salga de manos asquerosas, el dinero siempre huele a rosas!

El Escocés observaba a la dama desde hacía un buen rato. De hecho, desde que había puesto el pie en la sala de baile, se había fijado en esa belleza acompañada de las esposas de los notables de Montreal. Después, la había seguido con la mirada en la pista de baile, mientras ella daba brinquitos con su caballero, que la observaba con intensidad. La gracia de sus gestos expresaba cosas que una mujer de buena cuna nunca osaría decir con palabras. Esa sensualidad que desprendía… Todos los hombres se volvían discretamente hacia ella cuando pasaba por su lado.

—Decidme, Cotté, ¿ese notario Larue no es el que redactó el contrato del holandés?

Su compañero se inclinó hacia él.

—Sí, desde luego. Pierre Larue.

—Entonces, ¿es su marido? ¡Ah! ¡Qué lástima!

—Una real hembra, ¿no? Dicen las malas lenguas que su hijo de tres años es… obra de otro —susurró—, y que tiene el pelo rojo como el fuego. Ella es de Quebec, ¿verdad? ¿Vuestros regimientos no pasaron allí el invierno, después de la capitulación?

—¡Hummm!

Un carraspeo sacó al Escocés de sus pensamientos. Ignace Maurice Cadotte estaba detrás de ellos. Tenía las mejillas sonrojadas por el frío y algunos copos de nieve todavía se amontonaban sobre su tupé.

—He encontrado al holandés —anunció, jadeante—. Está en el albergue Dulong.

—¿Y qué narices hace allí? —gruñó Cotté.

—Bueno, divertirse.

—¡Maldito Van der Meer! —espetó Solomon, dando una palmada—. ¿Preferir la compañía de los viajeros6 a la de las mujeres más hermosas del país? ¡Este tipo me desconcierta!

El Escocés sonrió. Él tan sólo conocía a Jacob Solomon desde hacía tres meses, pero el hombre le había gustado de entrada, por su sencillez y gran ánimo. Natural de Nueva York, este soldado de las tropas coloniales americanas del ejército británico se había licenciado en cuanto acabaron los conflictos. El joven judío se había mudado con su mujer y su hija a Montreal, para probar fortuna en el comercio de las pieles. Su padre, banquero, había muerto hacía menos de un año y le había legado una pequeña fortuna. Como no le interesaban en absoluto las altas finanzas, se había dejado conducir hasta allí por su gusto por la aventura.

Solomon había contactado con él a través de Philippe Durand, hermano de Marie-Anne, la mujer con la que vivía el Escocés. Ésta era la viuda de su antiguo amo, el comerciante André Michaud. Solomon era un rico negociante que buscaba un socio que conociera el país. El americano, amargado por su experiencia en el ejército británico, algo que no ocultaba, prefería un comerciante canadiense que conociera las antiguas rutas de los franceses y estuviera dispuesto a descubrir otras para un comerciante de raigambre británica.

El holandés recorría el país en busca de pieles desde hacía muchos años. Philippe, que lo conocía, se lo había sugerido enseguida a Solomon. Lo único que tenía que hacer el Escocés era poner en contacto a ambos hombres. Al asociarse con Van der Meer, el judío tendría la posibilidad de ir recomprando sus partes en la compañía: el comerciante se hacía mayor, los viajes le parecían cada vez más difíciles y había manifestado su deseo de jubilarse pronto.

El Escocés sospechaba que Philippe quería favorecer esa asociación por razones absolutamente personales. Durand enseguida le había hablado del holandés. Con motivo de su último viaje, al parecer, un grupo de comerciantes —del que formaba parte Durand— que se rebelaban contra las severas medidas tomadas por el gobierno inglés le habían confiado una misión secreta. Ahora se mostraba renuente a llevarla a cabo y se negaba a verse con el grupo antes de su regreso de Grand-Portage, a finales del próximo verano. Durante todo el invierno, las espadas habían permanecido en alto. Van der Meer tenía que rendir cuentas a toda costa: el comercio de pieles estaba muy mal.

La agitación en la región de los Grandes Lagos limitaba el territorio de comercio y había impulsado a ese grupo de comerciantes a formar una liga, con la finalidad de echar una mano a las tribus que se rebelaban contra las autoridades británicas. Evidentemente, cada uno tenía su propio interés, político para unos, comercial para otros. Pero había un objetivo común: expulsar del país a las guarniciones inglesas y recuperar la posesión de las tierras.

También se había solicitado ayuda a los franceses que seguían instalados en Luisiana7. Pero hasta ahora las gestiones sólo habían tenido un éxito mitigado. Con la esperanza de obtener su apoyo, Pontiac había hablado con el capitán Neyon de Villiers, comandante del fuerte de Chartres8. Sin embargo, éste le había aconsejado que enterrara el hacha de guerra. Estaba claro que quería obtener el favor de sus nuevos amos. Por lo tanto, no le interesaba apoyar el movimiento. No obstante, un puñado de comerciantes de origen francés de Illinois y Delaware se habían unido a ellos. Además, se sospechaba que algunos negociantes americanos, deseosos de apropiarse del prometedor mercado del oeste del continente, participaban a escondidas en la rebelión de Pontiac, aunque ninguno de ellos lo manifestara abiertamente por temor a las represalias.

Así pues, a lo largo del verano de 1763, mientras los salvajes tomaban a sangre y fuego todos los puestos avanzados fortificados del valle del Ohio y de los Grandes Lagos, un baúl lleno de luises de oro y de piastras españolas había remontado el Misisipí hasta el lago Superior, para que el holandés se hiciera cargo de él. El dinero estaba destinado a pagar las armas y las municiones que reclamaban los rebeldes canadienses. No obstante, el holandés, que como era bien sabido había regresado de la colonia comercial de Grand-Portage a finales de septiembre, estaba en paradero desconocido. No había salido de la sombra hasta hacía un mes y estaba reclutando hombres para su próxima expedición. Cuando lo habían interrogado respecto al dinero que se suponía que estaba en su poder, había declarado que lo había escondido en un lugar seguro. La tinta del Tratado de París todavía estaba fresca. Era más prudente esperar a ver qué decidía el gobierno en cuanto a los territorios de las colonias comerciales, ahora que Pontiac estaba tranquilo.

Parecía, efectivamente, que la rebelión de los salvajes se había extinguido desde que había acabado el sitio del fuerte Detroit9.

Los miembros de la liga habían aceptado, a regañadientes, la sugerencia del holandés. Pero el rencor había hecho mella y las disensiones habían dividido al grupo. Philippe Durand, que se había hecho cargo del negocio de su cuñado, André Michaud, era de los que deseaban a toda costa meter la mano en la caja. Jacob Solomon le iba de perillas, ya que su odio hacia las autoridades inglesas hacía de él un asociado ideal para conseguir sus fines.

El Escocés dejó de atender al frenesí de los bailarines y se volvió hacia el judío, que daba palmadas mientras seguía con la mirada a una joven señorita.

—¡Sea! —dijo, haciendo ademán de marcharse—. Gabriel os llevará mañana en presencia de Van der Meer. Hoy es demasiado tarde. Esta misma noche, tengo que volver a Batiscan junto a Marie-Anne. De todos modos, el holandés ya no debe de estar para hablar de negocios.

Cuando se giraba para lanzar una última mirada a la esposa de Larue, la sorprendió observándolo, inmóvil en la pista. Tenía la tez tan pálida…

—¿Señora? ¿Señora? ¿Os encontráis bien?

El corazón de Isabelle latía con tal fuerza que parecía que se le iba a salir del pecho. Ahí estaba, a tan sólo unos pies de distancia de ella, mirándola con un aspecto indescifrable. Un sofoco hizo que se tambaleara. «¡Alex…!» El hombre simplemente le dedicó una pequeña reverencia y se volvió, sin más, dejándola estupefacta en medio de los bailarines que la esquivaban. Ella se quedó allí, inmóvil, con la mirada clavada en la oscura cabellera de reflejos de bronce que desapareció en un mar de pelucas. Las lágrimas le nublaban la vista.

—¡Señora!

Una presión en el antebrazo le hizo girar la cabeza. El señor Frobisher, inclinado hacia ella, la miraba con preocupación.

—Yo… estoy confusa, señor —consiguió articular, conteniendo con gran dificultad los sollozos que la ahogaban—. Excusadme… Estoy un poco cansada. Creo que tendría que sentarme un momento. Podríais ir a buscarme un vaso de ponche; me sentaría muy bien.

—¡Ponche, sí, sí! ¡Será un placer, señora!

La voz se perdió en una nube de notas musicales, mientras Isabelle se sumía en sus recuerdos.

—¡Santo Dios! Los canadienses apenas han tenido tiempo para reponerse de los horrores de la guerra y Thomas Gage ya les pide que se alisten en la milicia para combatir a los salvajes que, en el pasado, eran sus aliados. ¡Desde luego, es increíble! —tronó Blondeau con irritación.

—Recluían a voluntarios —intervino La Corne—. Nadie está obligado a alistarse; lo sabéis perfectamente. Además, Burton se opone de forma tajante. Teme que los sulpicianos inciten a los soldados de la milicia, hombres armados, a sublevarse. ¡No anda equivocado! Por ese mismo motivo, varios comerciantes de pieles ingleses están de punta con Murray, que utiliza al clero católico para el reclutamiento. En ellos anida la cólera y el resentimiento. Todos sabemos lo influyente que es la Iglesia en el pueblo… Yo no presiento nada bueno.

—En Quebec, el viento de la sublevación no sopla con mucha fuerza —intervino Étienne—. Las listas de reclutamiento no son muy largas. Pero aquí, en Montreal, es otra historia. Los comerciantes canadienses temen la competencia de los ingleses, ¡y con razón, os lo aseguro! Los territorios autorizados para el comercio ya no ofrecen nada. Los comerciantes quieren abrir nuevas vías hacia el oeste.

—Y ese viento que sopla en Montreal, señor Lacroix, ¿podría haberos arrollado? —quiso saber La Corne, con media sonrisa.

Étienne encogió la comisura de sus labios con aire sibilino, mientras preparaba una respuesta y dejaba que sus ojos vagaran entre el gentío borbollante. De repente, su expresión se inmovilizó y entornó los ojos para escrutar mejor los rasgos del hombre que estaba junto a Gabriel Cotté, a quien acababa de entrever.

—¡Vaya! ¡Vaya! —rió sarcásticamente Blondeau, malinterpretando el aspecto atónito de Étienne—. ¡Creo que nuestro amigo Lacroix acaba de ser hechizado por una sílfide!

El hombre abandonaba la sala. Étienne farfulló unas excusas y con paso decidido atravesó la pista de baile, provocando exclamaciones y miradas reprobadoras. Isabelle estaba allí. Lívida, tenía los ojos clavados en el lugar por donde acababa de desaparecer el desconocido, lo que confirmó las sospechas de Étienne. El hombre fue junto a Cotté, que se disponía también a abandonar la sala. Lo cogió por un codo y lo empujó hacia un rincón.

—¡Ah! ¡Pero si es mi buen amigo Étienne Lacroix! ¿Qué haces en Montreal? ¿Te vas hacia los Países del Norte en mayo?

—Buenas noches, Gabriel. El hombre con quien estabas hablando hace dos minutos, ¿quién era?

El nerviosismo enronquecía la voz de Étienne más que de costumbre. Cotté frunció el ceño.

—¿El judío? Jacob Solomon. El…

—No, el otro. Un escocés, creo.

—¡Ah! ¿El Escocés? Jean
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