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Ochone! Alas! ¡¿Es realmente eso lo que has creído durante tantos años?!

Alexander, intrigado por la actitud de su hermano, bajó ligeramente el arma. Pero la imagen de la boca del cañón escupiendo fuego regresó a su mente. La rabia volvió a invadirlo. Lanzó su fusil con furia, se abalanzó sobre John y le dio un puñetazo en la mandíbula. A su hermano, todavía bajo el impacto de aquella revelación, no le dio tiempo de evitarlo y se vio atrapado bajo su peso. Alexander levantó el brazo. Respiraba ruidosamente. Transcurrieron unos segundos. De repente, el puño se abatió sobre la hierba, a tan sólo unas pulgadas de la cabeza de John.

Alexander liberó a su hermano con rudeza, se apartó y tiró violentamente del cuello de la camisa para descubrir su hombro y mostrar la pálida cicatriz que todavía la marcaba.

—¿Y esto? ¿Acaso es mi imaginación?

John se levantaba lentamente.

—No… ¡Pero te equivocas, Alas! ¡Santo Dios! Yo no te disparé. Fue un soldado del regimiento de Pulteney.

—Pulteney… ¡Mientes, John! ¿Cómo voy a creer a un hombre que ha deshonrado a su clan desertando?

—¡Una cosa no tiene nada que ver con la otra!

—¡Claro que sí!

—¡No era mi guerra, Alas!

—¡La mía tampoco! Y sin embargo, me quedé…, igual que Coll y que Munro…

—Yo me negué a hacer sufrir a esa gente lo que nos hicieron sufrir a nosotros, Alas. ¡Yo no podía hacer eso! ¡Así que elegí mi propio campo!

—¡Estamos muy lejos de las batallas por la gloria de los Estuardo! ¿Crees que luchábamos por lo que creíamos? ¡No! ¡Se trataba de los intereses de Inglaterra y de Francia! ¡Todos lo sabíamos! Nosotros, los simples soldados, no éramos más que unos instrumentos, igual que los campesinos canadienses. Intercambiábamos víveres e informaciones… ¡Intentábamos sobrevivir, nada más! ¡El honor, la moral y la lealtad, desde luego! ¡Pero cuando la panza está llena, John! ¿Por qué no me dices simplemente que huiste de mí?

—¿De qué hablas? ¡De acuerdo! No podía soportar durante más tiempo tu indiferencia respecto a mí. ¿Puedes imaginarte por un instante lo que he vivido todos estos años preguntándome cada día qué te habría pasado? Después, te encuentro vivo en el mismo barco que yo, pero busco en vano tu mirada, sin comprender tu actitud. ¡Era demasiado! También pensé que mi ausencia te permitiría estrechar más la relación con Coll…

—¡Oh! ¡Por supuesto, el recuerdo de tu odioso gesto no tenía nada que ver con ello!

—¿Qué odioso gesto? ¡Yo no te disparé, Alas!

—¡Mientes! Justo antes de apretar el gatillo, me miraste directamente a los ojos. ¡Tú lo sabías, y por eso me disparaste! ¡Me disparaste porque sabías la verdad!

—¿Qué verdad?

—¡Sabes perfectamente de qué hablo, John! El día en que el abuelo Liam murió… ¡Tú sabes perfectamente lo que sucedió! ¡En la batalla de Culloden, te aprovechaste de la confusión para actuar!

—Era una tontería, Alas… No hubiera debido, lo sé…

—¿Dispararme, una tontería?

—¡No, a la Guardia Negra!

—¡Pero si fui yo el que disparó a la Guardia Negra, tonto! ¿Tú no te acuerdas? Tú te quemaste al coger el mosquete que yo había soltado mientras huía. Yo te mentí. Te conté que había oído un disparo y que había encontrado el arma, cuando en realidad…

—¡Sabía que no sólo habías encontrado el arma, bobalicón! Había visto que la llevabas aquella mañana. Te seguí hasta las montañas para ir contigo. ¿Te creías que yo no sabía que ibas a aprovecharte de la ausencia de padre para ir a cazar a pesar de la prohibición? ¡Desde luego, tenías un don para desobedecer, Alas! Yo tenía ganas de acompañarte aquel día. Pero antes de encontrarte vi al destacamento de la Guardia…

John se interrumpió. Alexander esperaba la continuación. Al ver que su hermano dudaba en proseguir el relato, tomó él la palabra:

—¿Viste que disparaba a los soldados, es eso?

—¡Te digo que fui yo el que disparó, imbécil!

—¡Es que… yo también disparé! —insistió Alexander, que ya no entendía nada—. ¡Joder! ¡Esta historia no tiene ningún sentido! Sólo se oyó un disparo…

—Y su eco… —añadió John, abstraído en sus pensamientos.

Volvió a hacerse el silencio. Los dos hombres asimilaban lentamente las últimas informaciones que se habían intercambiado. Alexander escrutaba el semblante descompuesto de su hermano en busca de un indicio. Finalmente, prosiguió, con un tono más calmado:

—De acuerdo: yo disparé y tú disparaste, por lo que no soy más culpable que tú de la muerte del abuelo. Dicho esto, me gustaría que me explicaras por qué me disparaste en Drummossie Moor.

John suspiró con tristeza.

—¡No te disparé, Alas!

—¡Sí!

—¡Es falso! ¡Maté al soldado de Pulteney que te hirió!

Estremecido, Alexander cerró los párpados para concentrarse en sus recuerdos. Se acordaba de los hechos a retazos, pero permanecían terriblemente presentes: unos heridos se agarraban a su kilt, una bala aterrizaba muy cerca y lo lanzaba por los aires, el olor de la sangre y el de la pólvora se pegaban en su garganta…

—Había cañones… Un estrépito infernal… Yo corría por el campo de batalla y tú me perseguías gritando.

—Padre había dado unas órdenes estrictas.

—Sí, ya lo sé. ¡Pero no podía conformarme con mirar cómo combatían contra esos malditos sassannachs!

Alexander, de rodillas, miraba fijamente sus palmas abiertas, como buscando la verdad en las líneas de sus manos. John soltó una carcajada sarcástica.

—¡Eso era muy propio de ti! ¡Nunca tenías miedo de nada, siempre desafiabas la autoridad!

Alexander se tapó el rostro con las manos e intentó recordar la continuación de aquellos acontecimientos. Su hermano lo perseguía por el campo de batalla, llamándolo, exhortándolo a retroceder. Él se volvió para gritar que lo dejaran… Fue entonces cuando vio el cañón del mosquete de su hermano apuntándole. Presa del pánico, reemprendió su carrera.

John seguía llamándolo. El disparo había resonado, todavía lo oía, destacando por encima de los demás. Lo había alcanzado en el hombro izquierdo y lo había proyectado con fuerza contra el suelo, de espaldas… ¡De espaldas! ¡Había caído de espaldas cuando se alejaba de John! Ahora recordaba la escena con mayor claridad. .. En el instante en que había notado que la bala le atravesaba el hombro, en esa fracción de segundo en que se había visto derribado, había cruzado la mirada estupefacta de su padre detrás de la del enemigo. El enemigo… Unos ojos claros en medio de un rostro cubierto de hollín lo miraban fijamente…

—¡El soldado del regimiento de Pulteney! ¡Era el soldado de Pulteney!

Su hermano tenía razón. Él se había confundido: los ojos azules de O'Shea con los del soldado de Pulteney, las direcciones, los mosquetes… ¿Había fundado toda su vida en falsas ideas? ¡Qué hábil arquitecto de su propia prisión, de su propia desgracia había sido! Resultaba que el andamiaje de todo lo que se había imaginado respecto a los acontecimientos se desmoronaba de golpe y lo dejaba completamente desorientado.

—¿Por eso… nunca regresaste? —preguntó débilmente John, atónito—. ¿Nunca regresaste a casa porque creías… que yo había querido…? ¡Santo Dios, Alas! ¡Y yo que creía que era porque yo había provocado la muerte del abuelo!

Bajo el impacto de la verdad que se imponía sin fisuras, a Alexander le faltaba la respiración y le dolía el corazón. Se dobló en dos, sujetándose el vientre con las dos manos. Ni odio, ni angustia, ni remordimientos… Tan sólo quedaba una amargura que lo asfixiaba y ese dolor creciente que lo desbordaba:

—¡Oh! ¡Dios todopoderoso! ¡Nooo!

Abatido, rompió a llorar. John, también conmovido, se acercó a él y posó una mano en su hombro. Alexander levantó el rostro hacia su gemelo, esa mitad de él. Tomó conciencia de que John había acarreado toda su vida la misma carga. Los ojos azules se encontraron y se observaron intensamente. ¡Qué extraña sensación la de sumergirse en una mirada idéntica a la propia, pero aniñada por una alma diferente! Las palabras eran inútiles. Los dos hermanos se fundieron en un abrazo.

—… y cuando el sacerdote deja la hostia en tu lengua, la dejas fundir. No la mastiques, ¿de acuerdo?

—¡Pero, mamá! ¡Yo no quiero comerme el cuerpo de Cristo! Es…, es… ¡No soy un caníbal!

Isabelle cerró el segundo baúl, que acaba de llenar, y espetó:

—¡Pero eso no se hace de verdad, Gaby! La hostia es un símbolo del cuerpo de Cristo.

—¿Qué es un símbolo?

—Algo que reemplaza lo verdadero…

—En ese caso, ¿voy a hacer ver que soy un caníbal?

—¡Gaby! De todos modos…, ya tendrás tiempo de entender todo esto antes de Navidad… Pero ¿dónde he puesto el tintero?

Gabriel saltó de su banco.

—En el primer baúl, mamá. ¿Ya puedo ir a jugar con Otemin y Duglas?

Isabelle recordó que efectivamente había guardado el escritorio en el fondo del baúl. Estaba desanimada.

—¡Oh, vaya! ¡Necesito esa tinta para escribir al señor Guillot!

—Mamá, ¿puedo ir?

—Ejem… sí. Sólo que procura no alejarte mucho. Te necesitaré para guardar tus juguetes. . ¿De acuerdo, Gaby?

El chiquillo ya se había ido y había dejado la puerta abierta de par en par.

—¡Bueno, entendido! Iré yo misma a buscar a Marie después de escribir esta carta. El amor es estupendo. ¡Pero hay que hacer el equipaje!

Después de recuperar el escritorio, lo abrió. La última carta de Madeleine estaba allí cuidadosamente guardada encima del montón de misivas recibidas desde su llegada a la colina del río Rojo. Alexander se la había entregado la mañana en que había partido con Nonyacha. Con gran nerviosismo, la cogió y la desplegó sobre sus rodillas para releerla. A veces la vida era tan sorprendente… Recorrió rápidamente las formalidades, saltó de una línea a otra y por fin encontró el pasaje que la había conmocionado.

Antes de terminar esta carta, quisiera anunciarte algo, querida Isa. Esta historia ha sucedido tan deprisa. Sin embargo, al escribirla, me doy cuenta de que no la he soñado.

Saltó algunas frases más.

¡La casa está tan llena de vida desde que llegaron! Coll no hace los trabajos a regañadientes y el padre Macdonald es un hombre encantador bajo su aspecto arisco Hay que entenderlo. Está enfermo y sufre mucho. Ha hecho este largo viaje para ver a Alexander.

Coll está tan cambiado, en fin; yo lo veo con otros ojos Su hijita, Anna, es la criatura más linda, es la Compasión, me dirás tú. Así lo creí yo al principio. Desde luego, este padre viudo, solo con su recién nacido y acompañado de un anciano, me conmovió. Pero cuando hoy poso mi mirada en Coll, sé que no solo es la compasión lo que me empuja hacia él ¿Será que lo amo? No sabría decir en que medida. El sentimiento que albergo es muy diferente del que sentía por Julien. Pero yo sé que el amor puede adoptar distintas formas.

¡Pues, ea! Te diré que lo amo. ¡Y ya está! Nos casaremos en la iglesia de Saint-Laurent el próximo lunes 24 de octubre, en cuanto haya acabado la siega. Estoy que no quepo en mí de júbilo, pero sería absoluto si en los bancos viera tu sonrisa y la cabeza pelirroja de mi pequeño Gaby. Os echo tanto de menos… No te pediré que asistas a la boda para que no te veas obligada a rechazar…

Una lágrima se formó en el rabillo de su ojo. La enjugó con el dorso de la mano y guardó la carta.

—Allí estaré, querida Mado, allí estaré. ¡Menuda sorpresa te espera! No sabes cuánto comparto tu felicidad tan merecida…

Con resolución, empuñó una pluma, comprobó el estado de su punta y sacó una hoja de papel. Se imaginaba ya la alegría de Alexander cuando ella le diera la noticia.

Isabelle había visto que su joven criada se alejaba en dirección al bosque con Francis, por lo que dudaba en ir a buscarla. Sorprender a los enamorados en el momento inoportuno le causaría tanto embarazo como a ellos. No obstante, todavía faltaban por llenar varios baúles. Finalmente, se decidió y se escabulló entre los árboles, mientras los iba llamando para darles tiempo a acomodarse las prendas, si era necesario.

Las hojas crujían a su paso y le alcanzaba el olor un poco ácido del suelo húmedo. Pensó en la concesión de Beaumont; imaginó el arbolado que debía de bordear los campos de trigo, el río que discurría tranquilamente. La casa había sido restaurada a lo largo de los años siguientes a la conquista de los ingleses. Además, las tierras siempre habían sido muy productivas. Los graneros de « P'tit Bonheur», como había sido bautizado el lugar por el antiguo propietario. Jean Couture, siempre estaban llenos. A la muerte de su marido, que no tenía herederos, la señora Couture había puesto en venta la propiedad para irse a vivir a casa de su hermana, cerca del río Salmón.

Isabelle pensaba cada vez más en esta concesión que Pierre había comprado y que estaba alquilada. Si Alexander aceptaba…, el tiempo que tardara el arrendatario en encontrar otro alojamiento… En fin, tal vez podrían ir a instalarse antes del inicio de la siembra, el próximo verano. Un escalofrío la sacó bruscamente de sus reflexiones.

—¿Marie?

Una mano se plantó en su boca, ahogando un grito. Abrió los ojos de espanto y se debatió con furia, pero fue inútil.

—¡Cálmate, Isa! No quiero hacerte daño. Además, no quisiera tener que herir a tus amigos, ¿me entiendes?

Al reconocer la voz de su hermano, que le susurraba al oído, Isabelle se quedó petrificada. El hombre apartó la mano y la liberó con prudencia. Ella se tomó el tiempo de respirar. Después, de golpe dio media vuelta y levantó el brazo para abofetearlo. Su gesto fue rápidamente detenido. Étienne, retorciéndole la muñeca, la fulminó con una mirada tan iracunda que ella comprendió que no tenía que intentar nada más. El hombre la soltó con brusquedad y escupió una masa negruzca al suelo.

—Étienne… ¿Qué haces aquí? ¿Cómo sabías…?

El hombre dejó escapar una risita cínica que la hizo estremecer. Entornó los ojos e inclinó la cabeza.

—¡Pero, bueno, Isa! ¿Cómo lo he sabido? ¿Realmente te creías que nadie iba a encontrarte?

—¿Ha sido Jacques Guillot el que…?

—¡El pobre, se muere de amor por la desvergonzada de mi hermana! Ha bastado con que le dijera que te haría regresar para que me indicara el lugar donde enviaba tu correspondencia.

—¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me buscas? Si vienes para tomar posesión de la concesión de…

—¡Yo ya no quiero la concesión de Beaumont!

Tendió su dedo índice, con una uña larga y negra, y lo puso bajo su nariz.

—¡Sabes perfectamente lo que busco, hermanita! ¡Además, ahora mismo vas a decirme dónde voy a encontrarlo!

—Pero… ¿qué buscas? ¿De qué me estás hablando? ¡No te entiendo!

Al percibir la presencia de otros, Isabelle se volvió y se encontró de cara con tres salvajes horriblemente pintados de rojo y negro, y con un único mechón de largo cabellos en medio de la cabeza cuidadosamente rapada. Inmóviles, con un tomahawk en la mano y un puñal colgando del cuello, la contemplaban con aspecto imperturbable. Con el corazón en un puño, Isabelle volvió a dar media vuelta.

—¿Qué quieres, Étienne?

—¡El oro!

—¡Yo no sé dónde está!

Étienne puso cara de satisfacción.

—Sin embargo, por lo que parece, sabes de su existencia. Lavigueur tenía razón.

—¿Fuiste tú quien lo envió?

—Guillot me advirtió de que no sería bien recibido… Lavigueur cree que el oro se encuentra aquí. Yo he hecho un poco de investigación. Sé que está aquí, en algún lugar. Os he estado espiando durante una buena parte del verano a la espera de que tu escocés revelara el secreto del lugar donde se encuentra oculto… Pero no ha hecho nada. Lavigueur cree que está en el huerto. Como yo no podía pasarme las noches cavando, he interrogado a mucha gente y he sometido a una gran prueba su lealtad hacia Alexander. No me he enterado de nada que ya no supiera. Así pues, ahora tengo que echar mano de los grandes remedios.

—¡Yo no sé dónde está el oro, te lo juro, Étienne! ¡Por mis hijos, Gabriel y Elisabeth!

—Elisabeth, ¡hummm! ¿Le has puesto ese nombre? ¡No te da vergüenza poner el nombre de nuestra abuela a tu nueva bastarda!

La bofetada salió disparada. Tan estupefacta como Étienne por aquel gesto, Isabelle se llevó la mano un río de lava sobre la piel. La mujer hipó de espanto.

—¡Eres como tu madre! ¡Una perdida!

La mención de Justine ayudó a la mujer a recuperar la compostura.

—Curiosamente, Étienne, creo que tú te pareces mucho más a ella, con tu corazón tan seco.

El hombre no hizo caso. Se limitó a encoger las comisuras de los labios, esbozando una sonrisa cínica. El tiempo apremiaba. Quería irse de aquel lugar lo antes posible.

—De acuerdo. No sabes dónde está escondido el oro. ¡Pero tu escocés sí que lo sabe! Así pues, voy a esperarlo aquí. Tenía la esperanza de no tener que llegar a esto, pero no tengo elección.

Isabelle se lanzó sobre su hermano, sacando las garras.

—¡Eres un desalmado, Étienne Lacroix! ¡Te odio! ¡Sé que mataste al holandés y a los hombres que lo acompañaban! ¡Sé que dejaste a Alex con tus malditos salvajes para que lo torturaran!

Étienne la agarró por las muñecas apretándolas mientras sumergía su mirada malvada en los ojos velados por las lágrimas.

—¿Acaso también sabes que Pierre me había encargado un recuerdo de tu escocés, Isa? ¿Eso no te lo había dicho, eh?

Atónita, Isabelle abrió la boca. Pero ningún sonido salió de ella. Las piernas le flaquearon. Si Étienne no la hubiera sujetado, se habría desplomado a sus pies.

—¡Ahora, escúchame bien! ¡Si explicas lo que acaba de suceder aquí, ya puedes llorar por la suerte de tus amigos! La salvaje, esa que vive con el otro escocés, es bien linda. Además, sus retoños son tan frágiles. ¿Entiendes lo que te digo?

Desbordada por tanta maldad por parte de su propio hermano, Isabelle no conseguía articular ni una sola palabra. Simplemente, asintió con la cabeza. Étienne la soltó mientras echaba una última ojeada a su alrededor. Después, sin demorarse más, se adentró con sus esbirros en las profundidades del bosque.

Isabelle cayó de rodillas y permaneció un buen rato postrada. Notaba, angustiada, la mirada del bosque que pesaba sobre ella. A partir de ahora, sabía a quién pertenecía.

La canoa se alejó de la orilla, agitando el agua de la pequeña bahía cubierta por un velo anaranjado. Los remeros entonaron un canto. Dos garzas, molestas por el ruido, emprendieron el vuelo desplegando sus largas alas, cuyos extremos dibujaron unos trazos interrumpidos sobre la superficie del agua. Alexander recogió sus cosas; John lo imitó. Después, los dos hombres se adentraron en las malezas pantanosas. Al anochecer, alcanzarían su destino.

A medida que se aproximaban, Alexander estaba cada vez más ansioso. Quiso tomar un sendero que conocía muy bien, ya que solía cogerlo con Munro cuando cazaban ocas o patos. Sabía que todavía les quedaba un buen trecho que recorrer del bosque.

Los últimos rayos del sol resplandecían en la cabellera de John, que caminaba a su derecha. ¡Qué extraña impresión volver a caminar junto a su gemelo! Extraña, pero tan emotiva…

—¿Esa mujer, Isabelle… —empezó diciendo John, lanzándole una mirada de soslayo—, sabe de mí? Quiero decir si sabe que tienes un hermano gemelo.

—No —confesó Alexander en voz baja—, no le he hablado de ti.

Dada la urgencia de la situación, sólo le había hablado a su hermano de Isabelle y de sus hijos. En cuanto a lo demás, prefería esperar. Tenía que aprender a volver a confiar en él. Así pues, ni el uno ni el otro había hecho alusión alguna al holandés ni a su último viaje. Para explicar su regreso precipitado a la colina del río Rojo, él le había explicado a John que un grupo de salvajes hostiles había sido avistado en las inmediaciones. Quería proteger a los suyos.

—¡Hummm! —dijo John, meneando la cabeza, pensativo—. Me apuesto algo a que es muy hermosa.

—¿Te acuerdas de que teníamos la costumbre nefasta de echarle el ojo siempre a la misma chica?

—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¿Que si me acuerdo? ¡La pequeña Lilidh ya no sabía qué hacer! Juraba que nos habíamos besado detrás de la granja. Eras tú, ¿eh?

Una sonrisa iluminó el rostro de Alexander, que se echó a reír antes de callarse.

—Pero tú… estás casado, por lo que he oído. Con Marie-Anne, ¿verdad?

Había aminorado el paso. John, que lo espiaba discretamente, confesó de repente:

—Lo sé, Alas. Marie-Anne me lo explicó todo.

Notando que la sangre afluía de golpe a su rostro, Alexander bajó la cabeza.

—No sé qué decir, John… Ella…, en fin. Yo estaba…

Su hermano posó la mano sobre su brazo para tranquilizarlo.

—Lo sé. En aquella época, Marie-Anne no era mi esposa. Además, es ridículo, lo sé, pero…, en realidad, enterarme de que te habías acostado con ella me abrió los ojos. Los celos, ¿entiendes? Me di cuenta de que estaba realmente encariñado con aquella mujer y que no quería perderla.

Alexander pensó en Isabelle y apretó el paso.

—¡Quiero advertirte de que no necesito esa
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