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el Escocés. Trabaja para Philippe Durand. ¿Por qué? ¿Andas reclutando gente?

«Jean el Escocés», repitió mentalmente Étienne. ¿Se habría equivocado? A no ser que el tipo utilizara un seudónimo…, lo que era muy posible. Se volvió hacia el lugar donde se había quedado petrificada Isabelle: había desaparecido. No, no se había equivocado. El hombre que había vislumbrado era efectivamente el antiguo amante de su hermana. Tosió y se movió para contener el creciente nerviosismo.

—¡Ejem…!, no. En fin…, quizá. ¿Qué dices, que trabaja para Durand?

—De hecho, es su hombre de confianza. Vive con su hermana, la hermosa Marie-Anne. La viuda de Michaud, ¿te acuerdas?

—¡Hummm!, sí. Gracias, Gabriel.

—Yo salía para tomarme una última copa con el holandés, en el albergue Dulong. ¿Quieres unirte a nosotros?

—¿Con Van der Meer?

—Sí, he de verlo. Tengo a un hombre que busca un socio. Ese Solomon del que te he hablado.

—En otra ocasión, tal vez. Buenas noches, amigo.

Unos minutos después, Étienne se encontraba en la calle oscura. La nieve recién caída cubría el barrizal que era la calle Saint-Paul y relumbraba como un lecho de estrellas. Examinó un instante las huellas marcadas. El barro todavía no se había cristalizado en los bordes. Así que las siguió.

Junto a la Puerta de San Martín, que conducía al suburbio de Quebec, estaba esperando un coche. Tres individuos discutían. Oculto en las sombras de las murallas, Étienne los espió. Reconoció la silueta del que se hacía llamar el Escocés. El hombre subió al coche. Otro lo siguió, mientras que el tercero se sentó en el asiento delantero y empuñó las riendas. El látigo restalló sobre las grupas nevadas, acompañado de un «¡arre!». El coche se estremeció y, con un chirrido, dio media vuelta y tomó la calle Santa María, en dirección hacia el este. Con la mano todavía crispada sobre el cuchillo, Étienne contempló la masa oscura del coche hasta que la oscuridad y las nubes de nieve que flotaban detrás se la tragaron completamente.

—Volveremos a vernos, Escocés. Por Marcelline.

—¿Estáis lista, querida?

Pierre sujetaba por el codo a Isabelle, que apenas se sostenía sobre sus piernas flojas.

—Sí.

Era más un maullido que una palabra. La joven cerró los ojos para atenuar el vértigo y se apoyó en la pared para no caer de cara. Le vino una náusea. Al percibir su tez grisácea, Pierre apretó el paso. El coche estaba esperando. Un poco confusa, Isabelle puso mal el píe en un escalón y resbaló.

—¡Oooh! —exclamó, agarrándose al brazo de su marido—. Estoy…, estoy…

—Un poco ebria, diría yo —completó Pierre la frase, sonriendo—. Ese joven Frobisher no ha parado de ir y venir de la fuente de ponche a vos. Me temo que lo habéis hechizado. No os lo reprocho… ¿Cómo iba un hombre a resistirse a vuestros encantos, señora Laure? Erais la más… divina de todas las hadas de primavera… ¡Hummm! Inspiráis amor. Psique debe de estar muerta de celos.

Isabelle hipó con una expresión irónica.

—¿De ver…, verdad? En fin…, ¡si vos lo decís!

La joven se echó a reír. El único hombre al que ella hubiera querido realmente gustar e inspirar algo se había eclipsado en cuanto la había visto. Sin embargo, la mirada que ella había sorprendido carecía de toda animosidad. Incluso le había parecido… serena. Eso la había dejado perpleja; más aún, inquieta. Si la había amado, sin duda habría tenido que manifestar resentimiento hacia ella, que lo había traicionado tan vergonzosamente… Habría tenido que mostrarle, al menos, una legítima frialdad. Ella lo hubiera entendido y aceptado. Pero que hubiese estado tan… calmado y sonriente… ¿Tanto se había equivocado ella respecto a sus sentimientos?

Su pie patinó sobre la piedra cubierta de barro y su risa devino un gritito. ¿La más hermosa de las hadas? De momento, los hechizos del hada no valían de mucho, y se habría estampado contra la nieve si Pierre no la hubiera sujetado con mano firme. Notó como si la empujaran sobre el asiento del coche.

—¡Basile!

—¿Sí, señor?

—Conducidnos al cerro de San Luis.

—Bien, señor.

Isabelle clavó una mirada vidriosa en su marido, que cerraba la portezuela.

—¿El cerro de San Luis? ¿Con este tiempo? Yo preferiría ir a dormir… —gimió ella, bostezando.

—El aire puro os sentará bien, querida, y pronto rayará el alba. Ya veréis, el amanecer es magnífico desde lo alto de la montaña.

—Magnífico —repitió Isabelle con un débil murmullo y luchando contra el sueño y las náuseas.

Efectivamente, el aire fresco le sentó muy bien y la vista de la ciudad bajo el cielo que palidecía con tonos pastel apaciguó su desasosiego. «Una visión… Tan sólo ha sido una visión», se decía, con los ojos perdidos en las cintas azules por encima de ella. No era posible que Alexander hubiera estado en ese baile. Era un hombre que se parecía a él; nada más. Pero el azul intenso de la mirada y la línea tan particular de su sonrisa le venían a la mente y sembraban dudas que la conmocionaban.

Pierre, a su lado, con la barbilla apoyada en su hombro, la envolvía con sus brazos. Su aliento le calentaba la mejilla. Ella cerró los ojos y se dejó mecer por el gorjeo de los pájaros, que se despertaban después de una noche fría. ¡Qué noche! La señora Larue se había divertido de lo lindo, moviendo el esqueleto con ligereza. Pero su corazón le pesaba demasiado y se había aburrido.

—¿Va mejor la cabeza?

Tierno Pierre, siempre tan condescendiente y atento. ¿Cómo iba a confesarle el motivo de su conmoción?

—Un poco.

—¿Queréis que caminemos un poco más?

—Basile debe de estar impaciente… Tal vez deberíamos regresar.

—Basile hace lo que le pedimos, Isabelle —susurró Pierre, haciéndola girar entre sus brazos para mirarla a la cara—. Él se ha pasado toda la velada durmiendo. Y yo no tengo ganas de volver a casa…, al menos, enseguida. A no ser que tengáis frío.

—No tengo frío.

Un montón de nieve cayó junto a ellos. La suavidad del aire desguarnecía las ramas de los pinos de sus galas inmaculadas. Desde donde se encontraban, podían admirar la ciudad y sus suburbios. El de San José, al sudoeste de las murallas, estaba a sus pies, al final del camino sinuoso y abrupto de la montaña. Después, la ciudad, a la que se accedía por la Puerta de los Recoletos. Al mirar hacia el nordeste, se vislumbraba la costa de Saint-Laurent y sus huertos, que no tardarían en perfumar la campiña. Isabelle llevaría allí a Gabriel de picnic. Al niño le encantaba divertirse en la naturaleza, correr tras las mariposas.

Siguiendo el delgado hilillo escarchado del Pequeño Río que bordeaba las murallas de la ciudad, la mirada de Isabelle alcanzó el suburbio de Quebec, rodeado de pedazos de landas pantanosas y de campos adormecidos bajo la nieve. El nombre de ese lugar le hizo pensar en su ciudad, que tanto echaba de menos, con sus mareas, su viento marino ligeramente yodado y su gran isla de Orleans. Por fin, dentro de unas semanas regresaría allí. Sería la primera vez desde hacía más de tres años. Gabriel ya era lo suficientemente mayor como para soportar un viaje tan largo.

Pierre, poniéndose mimoso, acariciaba sus hombros y su nuca con la mano enguantada. Ella notaba su cuerpo cálido y sólido apretarse contra el suyo. En los salones de Montreal, envidiaban a la señora Larue por haberlo pescado en las redes del matrimonio. Ella sabía perfectamente que se burlaban de las pasadas aventuras del atractivo notario. Así, ella se había enterado de que Pierre había sido bastante galante con el género femenino. Le contrariaba un poco saber que algunas de esas mujeres conocían a su marido tan íntimamente como ella. No era que estuviera celosa, pero la incomodaba verse convertida en motivo de burla de esas encantadoras damas de la buena sociedad.

Isabelle expresó su sueño con un ruidoso bostezo y se llenó los pulmones del aire fresco, que olía a la resina de las coníferas. Levantó el rostro hacia el de Pierre y se encontró con su mirada penetrante. Tenía las facciones relajadas y suaves. Posó sus labios sobre la frente de su esposa y la estrechó con fuerza contra él.

—Me colmáis de felicidad, señora Larue. Me colmáis…, Isabelle. ¿Lo sabíais? ¿Os lo había dicho antes?

Ella percibía en su voz cuan sincero era.

—No… En fin, tal vez… —murmuró ella, cerrando los párpados sobre sus ojos irritados.

Hubiera deseado tanto poder responderle lo mismo… Pero no era capaz, a pesar del gran esfuerzo que hacía.

—Os amo, mi ángel, mi amor… Os amo como amo el alba que nace a un nuevo día, como amo una noche salpicada de estrellas. Sois el astro de mi vida, Isabelle…

Con una suavidad infinita, posó su boca sobre la de Isabelle. El beso era tierno, y después devino ávido. Desconcertada, la joven se dejó llevar por aquellos brazos que la cogían por la cintura. Los movimientos sensuales de Pierre le procuraban algunas sensaciones, muy a su pesar. Ella no amaba a su marido con fogosidad, pero tampoco lo detestaba completamente. Aunque le diera vergüenza, le gustaban sus caricias, que posara sus manos sobre ella. Pierre sabía cómo hacer nacer el deseo en Isabelle. Pero sentir placer con otro hombre que no fuera Alexander hacía que se sintiera culpable.

A pesar de todos los esfuerzos que hacía por olvidar al padre de su hijo, no lo conseguía. Pero ¿todavía lo amaba? ¿Acaso no mantenía secretamente su recuerdo, para alimentar la frustración que le producía haberse visto obligada a abandonarlo? Ella había confiado en él, lo había esperado durante las semanas siguientes a su boda con Pierre Larue… Él no había dado ninguna señal de vida: la había abandonado a su suerte. Isabelle no entendía su comportamiento, y eso la entristecía profundamente. ¿No podría haber intentado volver a verla, recuperarla, si la amaba? Isabelle pensaba que Alexander no valía la pena; que, a fin de cuentas, Pierre era tal vez lo mejor que podía haberle sucedido, dada la situación en la que se encontraba. Creía que Alexander se había enterado de que ella estaba casada y se había alegrado de no tener que mantener a una mujer y a un hijo. ¡Pero lo había amado tanto! ¿Los años que pasaban deformaban la percepción que tenía de ese hombre?

Pierre se apartó, clavando su mirada enamorada en la de ella.

—Es hora de que regresemos. Venid, ángel mío, fundámonos en el calor de un abrazo antes de que amanezca totalmente… y se despierte nuestro hombrecito.

¡Y ese amor incondicional que sentía por Gabriel! Todo eso conmovía su indiferencia.

La casa todavía estaba en silencio. Los primeros resplandores del día se filtraban por la ventana y jugaban con los cabellos de Isabelle, que caían sobre sus hombros desnudos, temblorosos. Con los ojos cerrados, la joven dejaba que las manos de Pierre se ocuparan de las cintas y los corchetes que sujetaban sus ropas. Solía ser Élise la que realizaba el trabajo fastidioso de desvestirla. Pero Pierre también sabía hacerlo. Sus dedos se movían con una agilidad sorprendente y con gran delicadeza sobre la tela sedosa. Parecía como si el hombre deshojara la más frágil de las flores cogidas en los jardines del Amor.

—¡Me hacéis perder la razón, hermosa mía!

Sus caricias, las palabras que él le susurraba al oído, vencieron las últimas reticencias de Isabelle. Apostado detrás de ella, la liberó por fin del corsé y la dejó únicamente engalanada con el magnífico collar de esmeraldas que le había regalado. Entonces, él deslizó sus manos por sus costados hasta los pechos, que aprisionó en el calor de sus manos. Ella se arqueó ligeramente, emitiendo un débil gemido. La tibieza del cuerpo de Pierre a sus espaldas la atraía hacia el frescor del centro de la habitación.

—¡Mi diosa! Ni siquiera Botticelli podría haceros justicia. Sois tan…, tan…

La besó en los hombros, dejando que sus labios se demoraran sobre su piel, como si quisiera darle un mordisco. Después, cogiéndola por las caderas, la hizo girar y se agachó ante ella. Con la cabeza todavía aturdida por el alcohol, Isabelle se apoyó en la cabellera de Pierre para mantener el equilibrio.

—Tan… ¿qué?

—Tan…

Con un gesto elocuente, él prefirió saborear la dulzura del fruto a la de las palabras. Isabelle no pudo evitar que sus piernas flaquearan, pero él la retuvo contra su boca. Mientras unos estremecimientos estáticos la sacudían, en su mente surgieron unos jirones de recuerdos que la emocionaron. Después, y al mismo tiempo que su cuerpo, notó que su mente se derrumbaba y se encontró tumbada en la cama. La boca la recorría, la exploraba, despertaba en ella otras imágenes. Psique amada por Amor, cuyas facciones le estaba prohibido ver a riesgo de perder su alma. Mantuvo los ojos cerrados y se concentró en los gestos del amante sin rostro, que se volvía amo de su voluntad, de su cuerpo, de sus sentidos.

—Os amo…, ¡ángel mío!

Bajo esos numerosos besos, Isabelle se sintió invadida por la languidez.

—Amor mío, ángel mío… —repetía la voz, mientras el cuerpo del amante la cubría, se metía dentro de ella.

No, no abrir los ojos, no ver su cara, si no el Sueño estallaría. Las imágenes desfilaban por detrás de sus párpados, contribuyendo a su placer. Amor se apoderaba de ella, la poseía, la transportaba fuera de sí misma, arrastrándola hasta la cima del Magnífico…, donde se mantuvo en equilibrio un momento, antes de que el gran estremecimiento de la voluptuosidad se apoderara de ella. Su amante también gozó. «Alexander…, te amo…»

—Alex… —murmuraron quedamente sus labios.

Entreabrió los ojos, vagamente consciente de las palabras que se le habían escapado. Psique descubrió entonces el rostro de su amante…

Le pareció que la Tierra dejaba de girar, que los astros detenían su curso en el cielo y que el suelo se abría a sus pies. Psique la desventurada, a la que habían castigado por su belleza casándola con un hombre desconocido. El oráculo había dicho: «Su vestido de novia será su mortaja fúnebre». Psique la sufrida, la que nunca había perdido la esperanza de volver a encontrarse un día con su amor, y que por ello había sido capaz de vencer los obstáculos y caminar por el borde de los precipicios. Psique, la que había visto sus penas recompensadas al fin, al recibir la inmortalidad y vivir feliz con su bienamado hasta la eternidad… Pero ¿cuándo? ¿En el más allá? ¿Era ése su destino, el de ella, Isabelle: encontrar a Alexander en la eternidad? ¿Errar por su imaginario en busca de su amor? Esto no era sino un cuento, un mito…

Pierre, que resoplaba en su cuello, se movió y se apartó. La cama chirrió. Isabelle no se atrevía a mirar a su marido, por miedo a ver en el fondo de sus ojos la herida profunda que ella le había infligido involuntariamente. Pero al mismo tiempo tampoco podía dejarlo marchar así. Poco a poco, abrió completamente los párpados y se volvió hacia él. Sentado en el borde de la cama bajo la luz fría del día, él le daba la espalda y no se movía.

—Pierre… —articuló ella con dificultad.

Un hombro se movió ligeramente.

—Yo lo… siento… —hipó ella, ahogando un sollozo con la palma de la mano.

¿Qué iban a hacer las palabras? Se hizo un ovillo y alivió su tristeza.

—Yo lo… siento…, lo siento… —repetía entre las sábanas. Se oyó un portazo. Ella se quedó sola, terriblemente sola.

Transcurrieron unos cuantos días, sombríos. Pierre no se presentó a las comidas; se quedaba encerrado en su despacho si no tenía que salir. Isabelle respetó su aislamiento. Ella aprovechó esos días de soledad para empezar a preparar los baúles para su próximo viaje a Quebec. La perspectiva de la partida aliviaba su pena. La separación no sería sino beneficiosa. Pierre suspiraría por ellos; el tiempo haría su trabajo. Ella tenía que partir con Gabriel dentro de tres semanas, al día siguiente de su aniversario. Pronto cumpliría veinticinco años. Al pensarlo, de repente se sintió vieja.

La conmoción que había sufrido la famosa noche del baile, cuando se había cruzado con la mirada zafiro, ya no la había abandonado. Con él habían regresado unos recuerdos que no conseguía ahuyentar. Cualesquiera que hubiesen sido los esfuerzos que hubiera hecho para odiarlo, tenía que admitirlo: seguía amando a Alexander. El recuerdo de cada uno de sus besos seguía quemándole la piel; la evocación de cada una de sus caricias hacía vibrar su corazón. Para su gran desgracia…, también el de Pierre.

Sin embargo, se había casado con Pierre y con él compartiría su vida, hasta que la muerte los separara; una vida que se anunciaba terriblemente triste… Quedarse embarazada le parecía ahora la solución para acercarlos, a Pierre y a ella. Pero para ello, tendrían que volver a encontrarse en una cama.

Sentada sobre el taburete de su tocador, abstraída en sus propios pensamientos, se cepillaba el cabello. Dejó lentamente el cepillo sobre la bandeja y con el dorso de la mano enjugó una lágrima que rodaba por su mejilla. Tenía que reponerse, aunque sólo fuera por el pequeño Gabriel que no entendía por qué su padre ya no cenaba con ellos.

¿Ta… enfadado conmigo?

«Ta, no; está, amor mío, está…»

—Por supuesto que no, alegría de mi corazón. Tu papá está muy ocupado con todos esos señores que quieren contratos.

—¿Los que hablan englés?

—Inglés, Gabriel.

El niño hizo una mueca de desconcierto.

—Está bien. Un día lo conseguirás, ya lo sé.

Toda la casa estaba en silencio. Al no conseguir quedarse dormida, Isabelle se levantó e intentó leer un poco. Después, pensando en Pierre, decidió que había llegado el momento de enfrentarse a él, aunque le desagradara. Tenían que hablar y encontrar un compromiso que diera una apariencia de equilibrio a la vida de su hijo. Resuelta a ello, se levantó, se puso la bata y se deslizó por la oscuridad del pasillo. Esquivó la tabla del suelo que crujía, ante la puerta abierta de la habitación de su marido. La estancia estaba vacía: seguro que todavía estaba en el despacho.

Se ajustó la bata y bajó los peldaños, avanzando con pasos sigilosos hacia el salón. Bajo la débil luz de la luna, el clavicordio que presidía el centro de la estancia relucía. Isabelle se acercó a él y deslizó los dedos por encima, siguiendo el contorno de las rosas pintadas entre una maraña de hojas. En su cabeza se elevó la voz del instrumento. La música, cómplice de sus estados de ánimo. Hacía tanto tiempo que no se libraba a sus influencias lenitivas…

Antes de partir hacia Francia, Justine le había hecho llegar el clavicordio, único bien mueble heredado de su padre y salvado tras la venta de la casa. Pierre le había reservado un lugar de honor en el salón. Pero los dedos de Isabelle casi no habían rozado las teclas de marfil desde el terrible día en que Justine le había anunciado la boda con el notario Laure.

A la joven le vino a la mente una imagen: su madre sentada frente a ese mueble, pasando sus dedos por el teclado, casi como si volaran, salpicando la estancia con una música maravillosa. Su madre ya había tocado ese clavicordio. Pero ¿cuándo? Debía de hacer mucho de eso. El recuerdo era tan vago…

Isabelle apartó de su mente esas tristes evocaciones y se dirigió hacía el despacho, que estaba iluminado. Suavemente, empujó la puerta y pasó la cabeza por el vano. Nadie. ¿Dónde estaba Pierre? Unos murmullos ahogados, un ronquido sordo. Giró la cabeza hacia el fondo de la estancia, donde había un rincón que servía de archivo. Ella nunca había entrado allí, ya que no tenía ningún interés. Pierre debía de estar ocultando algún documento. Tal vez fuera preferible esperar al día siguiente para hablar. Estaba tan ocupado esos días… No, entonces ya no tendría el valor de hacerlo. Cerró los ojos, respirando profundamente, y se dirigió hacia el rincón para abrir con prudencia la puerta.

Efectivamente, Pierre estaba allí, pero…, pero… Se tapó la boca con la mano para no gritar y se apoyó con dificultad en el marco de la puerta, con los ojos como platos ante el espectáculo que se le ofrecía: Pierre, de espaldas, martilleaba con su pelvis el cuerpo de Élise, que gemía a cada golpe. La joven, que probablemente había descubierto la sombra de su señora, giró la cabeza y dio un gritito que se confundió con el jadeo de Pierre, arqueado y tenso de goce.

La criada, clavando sus grandes ojos de lechuza en Isabelle, se escabulló rápidamente de entre las manos de su amo, se bajó el camisón y se acurrucó en un rincón oscuro. Pierre, todavía abotargado por su placer adúltero, tardó más en reaccionar. Se quedó un momento de rodillas, jadeando, con la cabeza hacia atrás, los brazos colgando y el objeto persuasivo por completo a la vista.

Finalmente, al ver el rostro espantado de Élise, se giró con lentitud y se encontró con la expresión asombrada de su mujer. Hubo un momento de vacilación, durante el cual Isabelle sintió que el frágil vínculo que unía a ambos se rompía definitivamente. Después, Pierre, sacudido por la realidad, se desplomó en el suelo, sollozando.

—¡Oh, Dios mío! Perdonadme…

Del todo repuesta, Isabelle lo miró fríamente. Después de haber lanzado una última mirada de odio a la criada, dio media vuelta y abandonó el archivo sin decir palabra.

Sentada en su cama, rodeando con sus brazos las piernas recogidas bajo su barbilla, Isabelle esperaba. Iba a venir, a llamar a la puerta de su habitación; lo sabía. Tardó más de una hora en hacerlo. Ella levantó la cabeza. La silueta masculina apareció y se quedó en el umbral, dispuesta a salir corriendo. Ni una vela iluminaba la estancia. Mientras transcurrían los segundos, cada uno de ellos buscaba en la mirada del otro, a la luz de las llamas que se elevaban en el hogar, una señal de furia o de arrepentimiento. Pierre fue el primero en apartar la vista.

—Isabelle…, tenéis que entender…

—¿Entender qué? ¿Que no conseguís controlar vuestros bajos instintos?

—No se trata de eso, ya lo sabéis…

—Decidme, entonces, de qué se trata, ¡mi querido marido! Lo que he… visto… ¡Oh! ¡Elise se irá mañana mismo! Sólo faltaría que fuerais preñando a todas las mujeres del servicio doméstico, mientras que yo…

—¿Preñando? ¿Eso es lo único que os preocupa? ¿Que deje preñada a la criada?

Él se la quedó mirando un instante, haciendo una mueca de incredulidad y de cólera. Después, soltó una carcajada que heló a Isabelle.

—¿Preñar? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! No os preocupéis por eso, ¡no hay peligro! ¡Imposible! No podría…

Se interrumpió bruscamente, al ver que Isabelle fruncía el ceño.

—¿Y por qué estáis tan seguro de ello? ¿Sabéis algo respecto a Elise? A menos que…

Ella escrutaba las facciones de Pierre, quien, al no poder soportar por más tiempo su examen, se volvió hacia el fuego.

—Pierre, hay algo que se me escapa. ¿Queréis explicármelo? ¿Qué estáis insinuando?

—Yo… no…, no puedo… —farfulló, apoyándose en la campana de la chimenea y bajando la cabeza—. Quiero decir… Soy estéril, ¡eso es!

Un silencio pesado se hizo en la estancia, después de esa terrible confesión: Isabelle medía el significado de las palabras que acababa de oír. Notó que su vientre se crispaba dolorosamente y emitió un gemido en la palma de su mano.

«Soy estéril…, estéril.» La voz de Pierre todavía resonaba en su cabeza. ¡Le había mentido! No, no era que le hubiera mentido, porque ellos nunca habían abordado el tema de tener hijos. Pero él se había guardado muy bien de hablar de ello, lo que a sus ojos era como una mentira. La cólera la invadía. Con dificultad, se contuvo de gritar.

—¿De…, desde cuándo… lo sabéis?

—Tuve paperas a los trece años —explicó Pierre, clavando los ojos en una cajita de loza que adornaba la repisa a la que se sujetaba—. El médico…, en fin, ya sabéis… Cuando un niño contrae las paperas a esa edad…

—Trece años… Hace mucho tiempo que lo sabíais… y no me dijisteis nada —murmuró ella ásperamente—. ¡No me comentasteis nada!

Ella recordó las miradas reprobadoras de los hermanos de Pierre. Su familia sabía que ella llevaba el bastardo de otro. No podía ser de otro modo, ya que Pierre no podía procrear.

—Perdonadme, Isabelle… Hubiera tenido que decíroslo antes, ya lo sé.

Ella no respondió, inmóvil en la oscuridad, presintiendo el vacío que le reservaba el futuro. Instintivamente, posó una mano sobre su vientre plano y se dio cuenta de que así se quedaría; no sabía qué pensar. ¿Gabriel sería su único hijo? El de Alexander. De Pierre, nunca tendría hijos. Después, su mente atormentada fue presa del horror: ¿Pierre se habría casado con ella sólo porque sabía que estaba encinta? ¿Había destruido su vida, la de ella, para construir la suya, la de él? Una queja prolongada se escapó de su pecho, e Isabelle se dejó caer sobre el edredón arrugado.

Pierre se acercó a ella, tomó sus manos y las besó. Ella notó su aliento a vino y sus mejillas mojadas sobre la piel. Pero eso la dejó fría.

—Isabelle, yo os amo. Nunca he querido heriros; tenéis que creerme…

—¡Me habéis mentido!

Ella se soltó, pero él volvió a la carga y la agarró por los hombros para sacudirla.

—Isabelle, os amo y amo a Gabriel como si fuera mi propio hijo, ¿lo entendéis? El día en que os vi por primera vez… os amé inmediatamente. Entonces, no sabía nada de vuestro estado, ¡os lo juro! Vuestra madre me informó de ello un tiempo después. Al principio, me sorprendió saber que habíais tenido un amante. Pero…, por otro lado, me ofrecíais el mejor regalo, algo que yo no podría tener de otro modo. Me habéis hecho padre, Isabelle…

—Os he hecho padre… —murmuró ella—. Pero para eso he privado a Gabriel de su verdadero padre. ¡He traicionado a ese hombre! He traicionado… ¡Vos me obligasteis!

—No os obligué a nada. Vos aceptasteis, Isabelle.

—¡No! —chilló ella, apartándose—. ¡No! ¡Nunca he aceptado! Fue mi madre… ¡Fue mi madre! Ella… ¡Oh! Ella me amenazó. Yo no quería…

—Isabelle —continuó Pierre, desorientado—, ella me aseguró que habíais sido abandonada. Creía…

—¡Oh, no! ¡Oh, no! —espetó ella, balanceándose, con los párpados cerrados y las manos crispadas sobre su camisón.

Pierre la abrazó y la acunó suavemente contra él. Ella lloró durante un buen rato por todo lo que le habían robado.

—Os amo, Isabelle —murmuró Pierre, con la nariz hundida en los cabellos enmarañados de su mujer—. Lo olvidaréis; haré que lo olvidéis…

Besó a la joven en la frente y buscó su boca mientras sus manos acariciaban la fina batista. Isabelle se puso tensa y esquivó el beso girando la cabeza.

—¡No, no quiero! ¡No quiero olvidarlo!

—Tenéis que hacerlo, ángel mío. Sois mi mujer, ante la Iglesia. Me pertenecéis.

—¿Perteneceros? —preguntó ella, mirándolo fríamente—. ¿Perteneceros? Nunca os he pertenecido, Pierre Larue. Mi corazón se lo entregué a otro. Eso no puedo ocultároslo y vos lo sabéis perfectamente. Siempre será así, ya que hice un juramento ante Dios.

—¡Estupideces, sois MI esposa! —insistió Pierre, con voz más dura y atrayéndola hacia él.

Isabelle tenía la garganta seca y el estómago contraído. ¡Qué situación tan absurda! Ella se debatía, se ahogaba en sollozos. Pierre no la soltaba, tan obstinado como estaba, cegado por su amor, en convencerla de que tenía que amarlo. Así lucharon sobre la cama, entre un batiburrillo de sábanas, de extremidades y de cabellos. Al cabo de unos minutos, él consiguió inmovilizarla: le clavó los hombros contra el colchón y la sujetó con la totalidad de su peso. Hundiendo su mirada perdida en el verde salpicado de oro que lo miraba con rabia, el hombre afirmó con voz calmada pero firme:

—Sois mi mujer, Isabelle, hagáis lo que hagáis, digáis lo que digáis, ¿lo entendéis? Estamos casados por el rito de la Iglesia católica, apostólica y romana. No podéis hacer nada contra esto. Por lo tanto, me debéis obediencia y lealtad, hasta que la muerte nos separe. Creedme, haré todo lo posible para que así sea.

Bajó lentamente la cabeza hacia el cuello palpitante de furia de Isabelle, que el camisón dejaba entrever. Posó sus labios en él y se aventuró con una mano. La joven se movió como pudo para liberarse. Él la rechazó con rudeza y continuó donde lo había dejado, firmemente decidido a enseñarle que, como marido, podía hacer lo que quisiera con ella.

—¿No habéis tenido bastante esta noche? —espetó Isabelle con rabia—. ¿Elise no ha sido suficiente?

Él ralentizó sus impulsos hasta detenerse totalmente, con la mejilla contra su pecho. Después, tras un instante, se puso de rodillas, le levantó el camisón y se desabrochó la bragueta. Entonces, la tomó con brutalidad, impidiendo que se escapara de su asalto salvaje, aplastando sus labios contra los de Isabelle para ahogar sus protestas. Finalmente, se desplomó encima de ella. Desbordada por el dolor de su alma, Isabelle no se atrevía siquiera a moverse. Lentamente, él se incorporó apoyándose en un codo, y rodó de espaldas, hacia un lado. Lo único que se oía en la estancia era el crepitar del fuego y sus respiraciones entrecortadas por el agotamiento y la cólera. Él le tendió una mano trémula, que ella rechazó enérgicamente. Un sollozo escapó de su garganta.

—Os ruego… que me perdonéis.

—Espero que hayáis gozado mucho, marido mío —dijo Isabelle con mordacidad—, ya que es la última vez que abusáis de mí.

Él no dijo nada, ni se movió. Pero su respiración se aceleró. Ella prosiguió:

—Élise se irá mañana. Le pagaréis lo que se le debe y la enviaréis a casa de su padre con la explicación que os plazca. Nosotros seguiremos viviendo según los términos acordados en el contrato de matrimonio que me fue impuesto, pero de ahora en adelante, la puerta de mi habitación estará cerrada para vos. Seréis prudente a la hora de elegir vuestras amantes y seréis discreto con ellas. Además, no quiero volver a sorprenderos bajo nuestro techo. ¡NUNCA! Gabriel no tiene que padecer esta nueva situación, ¿lo habéis entendido? En cuanto a Marie, si me entero de que la tocáis…, os juro, Pierre, que pido la separación y que Gabriel…

—No…, no… —dijo él débilmente, levantándose—. No me quitéis a mi hijo…

—¡MI hijo!

—Isabelle, para Gabriel soy su único padre, y lo quiero, al igual que os quiero a vos… ¡Oh, Dios mío!

Desesperado, se calló y se cogió la cabeza con las manos. Consciente de que era sincero, ella no insistió. Tenía razón. Para Gabriel, él era su padre, lo amaba y lo protegía.

—A quien quiere es a vos, Pierre.

Con paso cansino, el hombre abandonó la habitación y cerró suavemente la puerta al salir. Al quedarse sola, embriagada con el tufo a lujuria y alcohol, Isabelle clavó la mirada en el techo. Se le nubló la vista. Pero cerró los párpados y se mordió el labio, para contener los sollozos que amenazaban con irrumpir. No, no lloraría. Por Gabriel, sería fuerte… Por Gabriel, que era lo único que le quedaba.


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