Índice




descargar 2.24 Mb.
títuloÍndice
página50/56
fecha de publicación11.02.2016
tamaño2.24 Mb.
tipoDocumentos
med.se-todo.com > Derecho > Documentos
1   ...   46   47   48   49   50   51   52   53   ...   56

TERCERA PARTE
El reposo del guerrero
(1768-1769)



Cuando uno no encuentra el reposo en sí mismo, es inútil buscarlo en otro lugar.

La Rochefoucauld

La fuerza del alma es preferible a la belleza de las lágrimas.

Eurípides

Capítulo 19.
Regreso a las fuentes


Mientras echaba una mirada a su alrededor, Isabelle escuchaba a Gabriel que recitaba el alfabeto en la estancia contigua, que ahora servía tanto de aula como de estudio de dibujo. Aunque tenía el horario muy cargado, el señor Labonté había tenido la amabilidad de aceptar al chiquillo de alumno durante el invierno, para enseñarle las bases de la lectura y la escritura. Pero Isabelle tenía pocas esperanzas de que su hijo supiera escribir su nombre antes de la primavera: se equivocaba continuamente con las letras m y n, al confundirlas, y casi siempre se olvidaba de la letra y. ¡Era tan distraído!

Se ajustó el chal e intentó sumergirse en su lectura. Las palabras desfilaban bajo la luz gris de ese final de mañana de febrero. Le costaba concentrarse para captar bien el significado y con demasiada frecuencia tenía que releer algunos fragmentos. Al cabo de un rato, cerró el libro con un golpe seco y murmuró:

—¡Ah! ¡Mi querido Rousseau! Lo siento, pero hoy no tengo el día. Vos que sufristeis la soledad y la incomprensión podéis entender mi estado de ánimo y perdonarme.

Dejó La nueva Eloísa sobre el baúl, en el que todavía estaba guardada la plata, que no le había parecido necesario desembalar. ¿Para qué? Hubiera hecho la decoración más cargada de lo que ya le parecía… Se levantó y anduvo algunos pasos en el salón, dándose unas friegas. Sus tacones resonaban sobre el parqué helado. El invierno era duro. Como no había podido conseguir una cantidad suficiente de leña, tenía que economizar la que Basile había encargado en otoño. Los dos criados, que tan sólo utilizaban tres estancias de la casa, no habían hecho gran acopio. ¡Bueno! ¡Así era! En la colina del río Rojo, se oía silbar el viento glacial por las ventanas mal calafateadas de la cabaña.

La mujer se quedó inmóvil frente al clavicordio, que todavía estaba tapado con una vieja sábana. Puso un dedo encima, cerró los párpados y se dejó llevar por la melancolía al recordar la pequeña posesión situada en la colina del río Rojo.

—e, f, g, h, i, j, k, l, n, m, o…

—¡Señor Larue!

Extraída de sus tristes ensoñaciones por la voz aguda del preceptor, Isabelle esbozó una leve sonrisa al imaginar la mueca de hastío de su hijo.

—¡M, N, O, P!

—¡Está mejor! Ahora, volved desde el principio y procurad no equivocaros, os lo ruego.

Och!

Cuando escuchaba a Gabriel utilizar las expresiones propias de la lengua de su padre se le partía el corazón. Crispó los dedos sobre la sábana. Apareció una punta del mueble, oscura y lustrosa. Se fijó un momento en una rosa pintada entre una maraña de hojas. Hacía mucho tiempo que no tocaba un instrumento de música…

Tiró bruscamente de la tela, y ésta se deslizó a sus pies, descubriendo totalmente el clavicordio, que ella contempló largo rato. Su forma evocaba un ala de pájaro desplegada. Recordó que de niña afirmaba que era por eso por lo que el clavicordio cantaba. Entonces, su padre le respondía: «¡Pues que cante, caramba! ¡Tú lo chinchas tan maravillosamente, mi niña, que él sólo puede responder de forma divina!».

Dio la vuelta al instrumento y lo acarició con la punta de los dedos siguiendo los arabescos que lo decoraban. Al tropezar con el taburete, bajó los ojos y se fijó en que el barniz estaba gastado en algunos sitios. Frunció ligeramente el ceño.

—¡También tú envejeces!

Retiró el asiento y se sentó, pensativa. Hacía años que no mandaba afinar su clavicordio. No obstante, se atrevió a posar los dedos sobre las teclas para tocar algo. No hacía falta levantar la tapa. Con soltura, inició un concierto de Bach.

—¡Vaya! ¡Un macillo que se me escapa!

Decepcionada, volvió a empezar, esa vez ejecutando una escala ascendente. Entonces, se dio cuenta de que varias teclas consecutivas se quedaban mudas. Intrigada, levantó la tapa del instrumento: había un sobre dentro. Lo cogió, volvió a sentarse y examinó la inscripción: «Para Isabelle».

Al reconocer la escritura fina y nítida de su madre, la asaltaron unos sentimientos mitigados. Había recibido una carta de su hermano Ti'Paul a finales de verano, que había llegado con el último barco proveniente de Francia. El joven le anunciaba una gran noticia: daba el gran salto, se iba a casar. Su futura esposa, Julienne Maufils, era hija de un teniente segundo de la caballería ligera de Orleans. ¡Pobre Paul! ¡El que había soñado tanto con aventuras militares…, por fin! No era algo tan alejado de a lo que él había aspirado. Estaba acabando sus estudios de ingeniería militar en el colegio de ingeniería militar de Mézières, y le habían ofrecido un puesto en las Antillas para la reconstrucción del fuerte Bourbon. Después de las buenas noticias, llegaba la mala: el 8 de junio, a la edad de cincuenta y cuatro años, su madre había fallecido entre los muros húmedos y fríos de un convento de la región de La Rochelle.

Con los ojos clavados en el papel envejecido, Isabelle inclinó la cabeza y recordó las facciones de su madre. La última imagen que conservaba de ella era la de aquella mujer hermosa y fría que siempre había sido. Justine permanecía entonces de pie bajo una lluvia fina, junto al coche lleno de cajas que se disponía a partir hacia Quebec. La había besado por última vez. Sus mejillas, que habían empezado a hundirse, estaban mojadas. A Isabelle le había parecido ver una lágrima mezclada con las gotas de lluvia. ¿Su madre había llorado porque sabía que su separación era definitiva? , ¿porque no volvería a ver a su nieto? Su profunda repulsión por ese país había sido más fuerte que los vínculos de sangre. No, Justine no había llorado…

El papel amarillento crujió cuando ella lo desplegó. La fecha que aparecía arriba era el 18 de julio de 1761. Isabelle recorrió la escritura fina. Emborronadas en algunos puntos, a veces las palabras estaban rodeadas por unos cercos que ondulaban el papel. ¿La emoción? La mujer se acercó a la ventana para ver mejor y entornó los ojos.

Mi queridísima hija:

Cuando leáis estas líneas, yo ya estaré en el barco que me lleva a la vieja patria. Los preparativos de la marcha ya están casi acabados. Tan sólo faltan los accesorios que habrá que empaquetar en el último minuto. Yo esperaba desde hace muchos años este regreso a Francia. Sin embargo, tengo que confesaros que me dispongo a embarcar, hoy, con cierta tristeza.

Es la edad, me digo a mí misma. Pero no, sé que en el fondo la razón es otra… Con gran dolor de corazón…

Ahí, la escritura era ilegible. Una línea más abajo, volvía a ser nítida y apretada: la carta había sido retomada algún tiempo después.

Desde que regresé a Quebec, he tenido ocasión de hacer el balance de mi vida… De repente, me pareció de un vacío angustioso. No puedo culpar a nadie más que a mí misma. Sé que he sido la causante. Desde la muerte de vuestro padre, me doy cuenta de todo lo que hizo este pobre hombre para intentar hacerme feliz. Soy ingrata. Sí, Isabelle, lo admito: soy una ingrata y una egoísta. Siempre me negué a aceptar el amor que me ofrecía Charles-Hubert…, que, sin embargo, tenía un corazón de oro, sólo ahora lo veo.

—Y él se murió de tristeza por culpa de eso… —rezongó Isabelle.

He alimentado mi vida de rencores y resentimientos. Cada día, reforzaba de este modo mi caparazón y me aislaba más. Estaba resentida con mi padre, con Charles-Hubert. Estaba resentida con vos… Sí, Isabelle, con vos, que me devolvíais la imagen de lo que yo había sido y que ya nunca sería: una joven feliz, inconsciente y enamorada. Sin duda, os resultará difícil creerme, pero no he sido siempre ésa a la que habéis conocido. Vuestro padre se enamoró de una mujer animada por la alegría de vivir. Para su desgracia, la alegre jovencita se quedó en los muelles de La Rochelle, bajo el frío sol de una mañana de febrero de 1739. A veces, creo que me impongo este aterrador periplo hacia Francia para encontrarla y hacer las paces con ella.

Se llamaba Justine Lahaye y estaba enamorada de otro hombre, Peter Sheridan, un capitán irlandés al servicio del rey de Francia y autor de esas cartas que encontrasteis en el granero. Permitidme que os hable un poco de este amor…

Peter y Justine se conocieron casualmente, en mayo de 1738, con motivo de una fiesta organizada en honor del nuevo prefecto de La Rochelle. Ese día, cayó un diluvio en la plaza pública. Todo el mundo corrió en busca de refugio hacia las pocas tiendas y posadas cercanas. El gentío era tal que Justine se encontró encajonada entre un mostrador repleto de dulces y un soldado que le aplastaba el pie. Después de apartar furiosamente al hombre, se disponía a advertirle de cuan poco delicada era su posición cuando un hermoso rostro sonriente se giró hacia ella. Justine se mareó y se quedó muda. «Perdón, señorita —dijo él entonces—, permitidme que me presente. Peter Sheridan, segundo teniente de la Guardia francesa. Yo estoy… tremendamente confuso.» Ella se repuso un poco y consiguió responderle: «Señorita Justine Lahaye, encantadísima…». Después, los dos, sin moverse ni hablar nada más, se quedaron así, mirándose intensamente, dejando que sus miradas expresaran su conmoción.

A finales de julio de 1738, después de verse asiduamente siguiendo las normas del decoro. Peter le hizo la promesa a Justine, antes de abandonar la ciudad para dirigirse a Bretaña, de que regresaría a principios del invierno siguiente para pedir oficialmente su mano. Primero tenía que conseguir un préstamo de su padre y deseaba comprar una hermosa casa en Lorient. La joven se dedicó todo el otoño a preparar su ajuar con la ayuda de su madre y de su ama. Peter no regresó. Pasó Navidad; se inició el nuevo año. Justine conservaba la esperanza. Se decía que lo habrían enviado al extranjero y que su carta todavía no le había llegado. Entonces fue cuando se presentó Charles-Hubert…

Con treinta y seis años, vuestro padre todavía tenía buena prestancia. Las mil y una historias de viajes que me explicaba me hicieron apreciar su compañía. Entonces, olvide mi preocupación respecto al silencio de Peter. Solía acompañar a Charles-Hubert a pasear a orillas del mar o en los jardines. Pero mi corazón nunca se abrió a él. Para mí era una amistad de negocios de mi padre, nada más. Me esforzaba en parecerle agradable, a la espera de que el deshielo del gran lago canadiense le permitiera regresar a Quebec, en su lejana Nueva Francia. Yo le sonreía pensando en mi próximo matrimonio.

Una mañana, mi padre me llamo a su despacho y me presentó un contrato de matrimonio. Segura de que, por fin, Peter había hecho su petición, y desconociendo totalmente los procedimientos jurídicos, firmé, muy contenta, sin leer detenidamente el documento. No me fije en el nombre del que iba a convertirse en mi marido ¿Charles-Hubert estaba al corriente entonces de que mi corazón se había prometido a otro hombre? Nunca lo sabré. En cualquier caso, Peter no dio señales de vida. Yo me embarque hacia Canadá, con el corazón hecho trizas, casada con un hombre al que no amaba.

Esta historia os recuerda otra, ¿no es así? Sabiendo ahora cuanto he sufrido con ese matrimonio impuesto, sin duda alguna os preguntareis como pude cometer la crueldad de haceros padecer la misma suerte trágica. Creía que nunca tendría que divulgar mi pesado secreto, pero creo que ha llegado el momento de revelaros la verdad, por muy dura que sea para vos.

—¿Intentáis aliviar vuestra conciencia, madre? ¡No teníais derecho a arrebatarme lo que os habían negado!

Isabelle cambió de hoja.

Hija mía, desde el inicio yo os sabía enamorada de ese soldado escocés. Hacía la vista gorda, fingía ignorar. Os mentiría si os dijera que esa relación me dejaba indiferente. Al no tener ese hombre ni grado ni fortuna, sus intenciones me inquietaban. Hubiera tenido que intervenir, poner fin rápidamente a ese idilio para evitaros esos desgarramientos. Tardé en moverme, ese fue mi terrible error. No pensaba que iría tan lejos. No contaba con la fogosidad y el arrebato del amor que nos llevan a olvidar la razón y a hacer cosas que pueden tener consecuencias terribles para nosotras, las mujeres.

Tratar este asunto difícil me hace sentir incómoda. Sin embargo, he de hacerlo. No espero obtener vuestro perdón con lo que voy a confesaros. No, lo que vais a conocer os trastornará tanto que, sin duda alguna, me odiaréis todavía más. No obstante, os debo la verdad, hija mía. También quiero que sepáis por qué actué como lo hice a partir del momento en que comprendí el triste estado en el que os había dejado el señor Macdonald.

Empezaré diciéndoos que la verdadera fecha de mi boda con Charles-Hubert es el 30 de enero de 1739 y no el 2 de julio de 1738, como consta en el contrato. Dado que Charles-Hubert había desembarcado en La Rochelle en mayo de 1738, nadie podía poner en duda la veracidad del documento. La finalidad de esta «mentira» era protegeros del oprobio que inevitablemente hubiera caído sobre vos aquí, en Quebec, de haberse sabido la verdad. Comprended, Isabelle… Yo ya os llevaba dentro de mí cuando me casé con el que siempre habéis llamado padre. Después de hacerme un sinfín de promesas, después de que le hubiera entregado mi bien más preciado, Peter me había abandonado. Por eso, cuando me enteré de que habíais cometido el mismo terrible error que yo, quise actuar rápidamente. ¿Cómo un simple soldado inglés de condición inferior a la vuestra iba a actuar de forma diferente a la de un teniente?

Me di cuenta demasiado tarde de que la rabia y la amargura me cegaban y que me había equivocado: el señor Alexander Macdonald sí regresó.

Isabelle se enjugó las lágrimas y sorbió.

—¡Oh, sí, madre! ¡No podéis imaginaros cuánto os equivocasteis! ¡Allí donde estéis, así os asfixie la tristeza!

¿Recordáis aquella carta escrita en inglés que Charles-Hubert había ocultado? Me pregunto por qué nunca la destruyó, dado su contenido. Peter me gritaba en ella su amor, que se rompía en pedazos, me injuriaba, me acusaba de traición, prometía que se embarcaría en el primer barco que se dirigiera a Nueva Francia para venir a buscarme. Decía que deseaba morir en combate para olvidar. ¿Lo veis, Isabelle?, Peter había resultado herido en un ejercicio militar. Eso era lo que le había impedido hacer el viaje hasta La Rochelle. Afirmaba que había enviado dos cartas explicando el motivo de su retraso. Pero mi padre, al constatar horrorizado que mi vientre iba creciendo y queriendo aprovechar la oportunidad que se le presentaba de establecer una alianza provechosa con Charles-Hubert, sin duda las quemó.

Ahora ya lo sabéis todo. Poco importa que Charles-Hubert no fuera vuestro padre natural En efecto, para vos fue el padre más maravilloso. Eso se lo agradeceré eternamente. Con motivo de mi último viaje a Montreal, quedé convencida de que Pierre haría lo mismo con vuestro pequeño Gabriel, al que querré toda mi vida aunque sé que no lo veré crecer. Dale un beso de mi parte, mi querida Isabelle, y pídele que rece por mi alma atormentada cuando lo arropéis por las noches.

Cuando lleguemos a Francia, Paul y yo seremos recibidos por mi prima, Isabella. Tu hermano se dirigirá inmediatamente a París, donde un pariente lo tomará a su cargo. En cuanto a mí, me llevarán a un convento…

—Siempre pensé que era el lugar que más os convenía…

… donde pasare el resto de mis días arrepintiéndome de todo el daño que os he hecho. Sé que no fui para vos la madre amante que hubiera a tenido que ser. Me recordabais tanto a aquel hombre que había amado, a aquella joven que yo había sido, a ese amor que yo había perdido. El simple hecho de posar mi mirada en vos me hería hasta el fondo del alma. No deseo para vos una vida llena de rencor como la mía. El resentimiento os aparta de todo lo que la vida sigue ofreciendo. Sé que ahora es demasiado tarde para un matrimonio por amor, por mi culpa, por ese celo que he puesto para salvaros. Al escribir esta carta, espero con todo mi corazón que a pesar de todo consigáis encontrar un poco de serenidad, de felicidad Pierre es un hombre bueno, como lo fue Charles-Hubert. A falta de poder amarlo, apreciadlo por lo que es.

Antes de dejar descansar mi pluma, os pediré una sola cosa.

Paul os escribirá para daros cuenta de los pormenores de nuestro viaje y os dará la dirección donde podréis escribirle. No espero que sintáis el deseo de escribirme. Tan sólo me gustaría que me enviarais un retrato de Gabriel cuando cumpla su primer año, y después uno por cada aniversario. Me haré cargo de los gastos que esto pueda ocasionar.

Ya está, ya lo he dicho todo. Abandono este país un poco más tranquila. ¡Adiós!

Vuestra madre que os ama con todo su ser.

Justine

Isabelle dejó caer las hojas al suelo, se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar. Fulminada por lo que acababa de leer, se quedó así un momento, mientras aquellas informaciones se iban abriendo camino, no sin dolor, en su mente.

¿Charles-Hubert no era su verdadero padre? ¡Pero qué absurdo! ¡Inverosímil! ¡La última bofetada de su madre, quien tanto había lacerado su vida! En un violento ataque de ira y de desconsuelo, la mujer se levantó de golpe y pisoteó las hojas gimiendo. Volvieron a afluir las lágrimas.

—¡No, mentís, madre! ¡Yo no soy una bastarda! ¡Eso no es más que una sarta de mentiras! Charles-Hubert era mi padre… ¡No tenéis derecho a hacerme esto! Vos…, vos… ¡Oh, Dios mío! ¡El infierno es un castigo muy suave para todo el mal que me habéis hecho! ¡Me lo habéis arrebatado todo! ¡Mi padre, mi amor, mi vida!

Con la respiración entrecortada por el intenso dolor, Isabelle se desplomó en la butaca. Las voces de Gabriel y el preceptor llegaban hasta ella amortiguadas. Una exclamación de desprecio, una risa. También oía el estruendo metálico de la cocina, la voz de Louisette que reñía a Arlequine. Todos esos ruidos familiares la calmaron, la mecieron. La cólera desapareció y cedía su lugar a nuevos sentimientos.

Con los ojos clavados en la terrible confesión que ella intentaba hacer desaparecer bajo sus escarpines, imaginó a su madre, llena de remordimientos, inclinada sobre las hojas blancas, intentando explicar. Después, recordó el día en que Gabriel, con una mueca de incomprensión y de sufrimiento, le había preguntado qué era un bastardo. Ella hubiera dado cualquier cosa por proteger a su hijo del veneno de las lenguas viperinas que atacaban su inocencia. ¿Acaso no era cierto que, para protegerlo, ella le había ocultado la verdad respecto a su verdadero padre, al igual que su propia madre había hecho con ella? De todos modos, ¿qué podía entender un niño de las tribulaciones amorosas de los adultos de las que pagaba las consecuencias? De repente, la mujer se dio cuenta de que ella había sido ese niño para una mujer que también había elegido callar.

Volvió a notar en sus labios el sabor de las lágrimas que bañaban las mejillas de su madre el día de su separación definitiva y que ella había sentido al besarlas. Ahora lo comprendía. Si el corazón de Justine era la fuente de donde habían manado, adivinaba perfectamente por qué ya no quedaba nada de él.

—¡Dios mío! ¡Mamá!

Buscó febrilmente la última página en el revoltijo. Por fin, la encontró y releyó la última línea: «Vuestra madre que os ama con todo su ser…». Esas palabras…, toda su vida había esperado oírlas de su boca. Así pues, ¿su madre la había querido? ¿Su madre había llorado por ella? Desgraciadamente, se enteraba entonces, demasiado tarde, cuando ella ya estaba muerta… sin haber podido volver a ver a cara de Gabriel. ¡Había encontrado la carta con siete años de retraso! Isabelle se desmoronó y sollozó largo tiempo, vertiendo ríos de lágrimas sobre el último pedazo de su vida rota que se le iba.

Estaba envuelta en la oscuridad cuando volvió a abrir los ojos. Se esforzó en no pensar en nada, contempló la llama vacilante de una vela que alguien había dejado sobre la mesa de juego mientras dormitaba. Le llegaba la risa de Gabriel desde la cocina. La clase había terminado. El niño debía de estar ayudando a Marie a dar de comer a Elisabeth, que expresaba mediante gritos estridentes la alegría de sentirse el centro de atención.

Los niños le recordaron sus deberes maternos y se movió para sentarse. Pero un roce detuvo su movimiento; dejó de respirar. ¿Por qué tenía a menudo la extraña sensación de que Alexander estaba ahí, espiándola? Sin embargo, ella no creía en los fantasmas. El sonido amortiguado volvió a producirse. Con el corazón acelerado, se incorporó de golpe y posó las manos en los brazos de la butaca. Desde luego, había alguien en la estancia.

—¿Estáis despierta?

Era la voz grave y suave de Jacques Guillot. El hombre, que estaba situado detrás de ella, le tocó el hombro con ternura. Azorada, ella miró fijamente su hermosa mano sin moverse. Él solía envolverla así, con su brazo protector, desde que había regresado a Montreal.

—¿Isabelle?

—¡Qué susto me habéis dado!

—Yo… lo siento. Cuando he entrado, os he encontrado ahí, con esos papeles por el suelo…

—Es una carta de mí madre que he encontrado en el interior del clavicordio.

—¡Ah! —exclamó él, visiblemente aliviado—. Me ha parecido que teníais los ojos rojos. He comprendido que habíais llorado y he preferido no despertaros. Dicen que hay que dejar reposar el desconsuelo para dominarlo mejor. Así, se ablanda.

—¿Quién dice eso? —preguntó la mujer, dedicándole por fin una leve sonrisa—. Es la primera vez que oigo ese dicho, si lo es.

—Yo.

Ella se puso de pie suspirando y se alisó el vestido. Mientras tanto, Jacques se inclinaba para recoger las hojas de papel.

—¿Habéis encontrado esta carta en el clavicordio? ¿Queréis decir que no habéis tocado desde…?

—¡Más de siete años, sí!

Isabelle le cogió las hojas de las manos y las posó sobre el instrumento que se había quedado abierto. Su mirada acarició las teclas de marfil. «El amor y la música permanecerán…» Vacilante, se sentó en el taburete. Después, lentamente, colocó los dedos.

Jacques la contemplaba amorosamente mientras ella empezaba a tocar. ¿Había elegido el momento adecuado? Parecía tan trastornada… Pero ¿acaso no estaba así a menudo, después de regresar de su loca escapada con ese escocés? Al verla regresar, hundida bajo el peso de sus desgracias, él había tenido que admitir que la seguía amando, a pesar de todo. Ni siquiera el nacimiento de la pequeña Elisabeth había conseguido alterar sus sentimientos por esa mujer. Habían transcurrido cinco meses. Él había esperado, se había inmerso en su trabajo. Esa mañana, se había dicho que había llegado el momento.

Las manos de Isabelle, ligeras como dos alitas de paloma, volaban por encima del teclado, engendrando un alegre torbellino de música que resonaba en la caja del clavicordio y llenaba la estancia. Jacques no podía apartar los ojos. Todavía los mantuvo c1avados unos segundos para reunir el valor. Después, cogió las alitas blancas, temeroso de que emprendieran el vuelo lejos de él. Isabelle se sobresaltó. Las últimas notas todavía resonaron un instante.

—Tengo que hablaros —empezó diciendo con suavidad, inclinándose hacia ella hasta rozarle la mejilla con los labios.

La mujer curvó ligeramente la espalda. Sabía que ese momento que tanto temía llegaría tarde o temprano.

—¿De qué? —preguntó ella, fingiendo ingenuidad.

Jacques se sentó junto a ella, estrechó con más fuerza sus manos y se las llevó a la boca para besarlas.

Nada más llegar a la ciudad, Isabelle se había tenido que enfrentar a la despiadada horda de mujeres emperifolladas que la cosían a preguntas fingiendo buenos sentimientos. No habían podido evitar extasiarse ante la pequeña Elisabeth y, sobre todo, destacar el enorme parecido con su hermano, que, de repente, ya no tenía nada de Pierre.

Jacques Guillot le había dado apoyo en esa prueba, elevándole como una muralla para protegerla de las maledicencias. La «ramera de Edimburgo», la «salvaje escocesa», había regresado a la ciudad, decían… El joven notario le había ofrecido su hombro, y ella había apoyado su frente en él cuando la tristeza y la maldad la derrumbaban.

Isabelle conocía desde hacía tiempo los sentimientos de Jacques, por lo que ya se temía cuáles eran sus intenciones. Sin animarlo, tampoco lo rechazaba. Siempre muy afectada por la muerte de Alexander, sin el cual se negaba a encarar el futuro, la compañía del notario le parecía reconfortante.

—Isabelle…, yo…, yo ya os he hecho partícipe de mis sentimientos, no lo habréis olvidado…

—No lo he olvidado, Jacques.

La mujer bajó los ojos.

—No han cambiado en absoluto. Y ahora que estáis sola con dos hijos…

A la defensiva, Isabelle retiró sus manos que sostenía el notario.

—¡No les falta nada!

Entre suspiros, él volvió a cogerle la mano y acarició su dorso.

—Lo sé, Isabelle. Pero… necesitan cierta seguridad. Hay que pensar en su futuro.

Oprimida por la angustia, ella asintió lentamente con la cabeza. Escrutó el rostro de aquel hombre. Rezumaba amor, expresaba comprensión, inspiraba confianza. Poseía esa belleza que dan ganas de inmortalizar en el mármol. Pero no era por quien latía su corazón…

—Además, estáis vos… —continuó Jacques.

—Sí, yo.

—Que estáis tan sola… y sois tan… deseable.

La mirada ambarina de Jacques atrajo la de Isabelle. La mujer ya no huía. No obstante, él no encontraba en sus ojos verdes ese destello que lo hubiera henchido de alegría. Le pasó los dedos por la mejilla. Ahora, cuando la consolaba, se atrevía a tocarla. Cada vez, ella lo esquivaba suavemente. Entonces, él se excusaba, mera formalidad. Se moría por poder franquear el espacio que lo separaba de ella, por poseerla. ¡Cuánto entendía la desesperanza y la soledad que debían de haber sido también las de Pierre!

Pero en ese instante, determinado como nunca a ir hasta el final en su intento, Jacques no se excusó en absoluto e incluso prolongó su caricia hasta la nuca.

—Yo os amo, Isabelle. Deseo tanto ocuparme de vos…, devolveros la alegría de vivir que os sentaba tan bien…

—El tiempo, Jacques… Necesito tiempo para sanar.

—Permitidme que vende vuestro corazón. Dejadme que os envuelva en ternura.

Dicho eso, se acercó y osó posar sus labios sobre los de ella, Isabelle no se zafó. Entonces, él esperó. La abrazó, la atrajo hacia sí para besarla con mayor fogosidad.

Isabelle notaba que su corazón se partía en mil pedazos. Pero por muy dura que fuera, tenía que enfrentarse a la realidad que era la suya y que Jacques acababa de resumirle. Ya no tenía fuerzas para continuar sola. El esfuerzo que requerían las labores diarias más simples le agotaban toda la energía. Pronto, ya no tendría qué ofrecer a los niños.

—Casaos conmigo, Isabelle —pidió por fin Jacques, apartándose de ella—. Sed mi mujer. Iremos a vivir al señorío de Beaumont, como vos deseáis. Además, os sentará estupendamente alejaros de Montreal.

—Hay que avisar al arrendatario —dijo Isabelle a modo de respuesta, como si todo dependiera de ese hombre.

—Mañana le enviaré una carta por medio de un mensajero.

—Tardará un tiempo en encontrar dónde alojarse.

—Ya está hecho, Isabelle. No os preocupéis por él. No os preocupéis por nada. Yo me ocupo de todo. ¡Oh! ¡Isabelle! —susurró aplastándola contra su pecho—. ¡Os amo! ¡Os amo!

«¡Alex! —gritaba el corazón de Isabelle, emocionado—. ¡Vuelve! ¡No lo conseguiré! ¡No, nunca podré amar a otro!» Pero tenía que entrar en razón: Alexander ya no estaba; ella había visto el cuerpo cuando lo sacaban de entre las ruinas humeantes. Esa visión horrorosa la acompañaría ya toda su vida. ¡Oh, sí! Esa vez, estaba bien muerto. Los niños y ella estaban solos y desesperadamente vivos. Tenía que aceptar la realidad. Jacques sería un buen padre y un amante esposo.

—¡Ve a ver qué es lo que está reteniendo a Munro! —gritó Isabelle a Gabriel.

El niño la seguía de cerca. Isabelle se sopló un mechón que le caía suelto sobre los ojos irritados por el sudor mientras se dejaba caer en el asiento de la carreta, renegando presa de un último ataque de impaciencia. El silencio volvió a cernerse entonces sobre el aire inmóvil calentado por un sol intenso.

Un colibrí zumbó en sus tímpanos e hizo erguir las orejas a Bellotte, la magnífica yegua torda que le había regalado Jacques. El animal resopló, sacudió los varales y a su pasajera, y después volvió a meter los ollares entre la hierba. El ruido del salto de agua de Maillou tapaba las voces de los niños y el chirrido de la rueda de palas. Con los ojos clavados en la isla de Orleans, enfrente, Isabelle se puso a fantasear.

—Todavía dos días… El 5 de mayo, seré la señora de Jacques Guillot.

Su prometido había regresado de Montreal hacía tres días y se había vuelto a marchar hacia Quebec, donde se quedaría hasta la mañana fatídica. Prestaba ayuda al notario Saillant en un asunto complicado de cálculos de rentas de los censatarios del señorío de Beaumont. También había que proceder a la partición equitativa de la herencia del señor Charles-Marie Couillard, antiguo propietario de Beaumont, fallecido hacía dieciséis años, que todavía coleaba. Isabelle estaba encantada de que ese día viniera Madeleine a traerle su vestido de novia. La presencia de su prima le aportaría gran consuelo. La señora Fortin, la costurera, había hecho un trabajo magnífico, había que admitirlo. Sin embargo, las múltiples pruebas no habían hecho nacer ninguna alegría en su corazón, al contrario. Dejó vagar su mirada por el horizonte que se fundía en una bruma húmeda. Una bandada de manchas luminosas constelaba las aguas del río.

—Dos días…

Suspirando, hastiada, Isabelle saltó de la carreta y se puso a recorrer el terreno que bordeaba el río. El agua se lanzaba por un acantilado de ciento cincuenta pies para estrellarse contra las rocas y alimentar la rueda de palas del molino Pean. Esa construcción, situada en las orillas rocosas del río, era uno de los eslabones de la célebre Friponne, empresa fraudulenta de la camarilla le Bigot, de la que también formaba parte el señor Michel Jean Fugues Pean. Actualmente exilado en Francia, con la escandalosa fortuna amasada en Nueva Francia, el señor de Livaudière, que había comprado el vulgar molino al señor Couillard, un hombre arruinado, había confiado su explotación a su antiguo socio, Joseph Brassard Deschenaux.

La sombra de los árboles apenas ofrecía frescor. La mujer sacó su pañuelo y lo empapó en agua para humedecerse la nuca. Una suave brisa proveniente del mar acarició su piel mojada. Cerró los ojos para concentrarse en el débil escalofrío que eso le producía. Después, considerando que ya había esperado bastante, se decidió. Iba a tomar el peligroso sendero cuando aparecieron tres hombres, cargados con pesados sacos de harina. Reconoció claramente al molinero Patry, acompañado de Munro.

—¡Ya era hora!

—¡Perdonadme, señora Larue! He tenido que acompañar de urgencia a mi compañero harinero a su casa. ¡Ha tenido… un pinzamiento de espalda, el pobre! Eso me ha retrasado en el trabajo. ¡Es que el grano no se muele solo! ¡Pero aquí está, vuestro pedido está listo!

Los niños los seguían de cerca, alegre y ruidosa banda que se escurría entre los hombres y saltaba riendo en la carreta que cargaban con muchos gruñidos y suspiros.

—Gracias —farfulló Isabelle, avergonzada por haberse disparado tan deprisa.

Desde hacía cierto tiempo, todo la ponía nerviosa. Estaba irritable, cambiaba rápidamente de humor. Sin duda, una vez que se hubieran pronunciado los votos de matrimonio, las cosas volverían a su cauce. En fin, así lo esperaba ella.

Después de intercambiar los cumplidos habituales, Isabelle subió a la carreta con la ayuda de Munro, que también se acomodó. Entonando una canción de cosecha propia, el escocés hizo estallar el látigo en la grupa brillante de Bellotte. Como la alegría de los niños era contagiosa, Isabelle consiguió sonreír. Intentaba convencerse de que tenía que alegrarse de lo que tenía y no lamentar lo que no tenía.

Con un inquietante crujido de la madera, el vehículo se sacudió y se adentró por el sendero de «P'tit Bonheur». La casa surgió en el extremo del seto de arces, sólidamente anclada en la tierra que habían cuidado amorosamente los anteriores propietarios. Reconstruida frente al río en 1765, sobre el emplazamiento de la antigua residencia, incendiada en 1759 por los soldados ingleses, la vivienda de madera estaba cubierta por una techumbre en pendiente, con cuatro aguas, cubierta de tablillas de cedro.

La entrada se encontraba a ras de suelo, en el centro de la fachada sur y enmarcada por cuatro ventanas. Una única chimenea se erguía por encima de cuatro tragaluces. Isabelle tenía la intención de hacer construir una segunda en el muro situado al oeste. Pero deberían esperar hasta el próximo verano. El pozo recién cavado en el sótano y el enlucido de las paredes interiores ya habían mermado demasiado su economía. Las reparaciones más urgentes todavía no estaban terminadas. Desde hacía un mes, vivía con los niños en una leonera. ¡Pero la vista era tan magnífica! Cuando se ponía nostálgica, se quedaba contemplándola durante horas.

La carreta se detuvo envuelta en una explosión de gritos de júbilo. Los niños brincaron enseguida para correr hacia la casa, donde les esperaban unos refrescos y algo para picar.

—¡Ha llegado la tía Mado! —gritó Gabriel al ver la silueta familiar que aparecía en el peldaño de la puerta—. ¡A Zabeth le va a encantar volver a ver a Anna!

—¡Y tú, feliz de que le tire del pelo a otro!

Después de saludar a Munro, siguió a los niños. Con una alegría realmente sincera, abrazó a Madeleine. Bajó la mirada hacia el vientre que ya no ocultaba su tesoro, y le preguntó:

—¿Ha sido buena la travesía?

—Muy buena, Isa. El río corre muy suavemente estos días.

Su prima estaba radiante. Sus ojos traslucían una gran felicidad. «La recompensa alcanza a los que saben esperar», decía ella. Isabelle también reía con esas palabras. Pero no podía evitar una pizca de amargura. Ella se alegraba por Madeleine. Después de diez años de soledad, su prima se merecía lo que tenía. Sólo que la presencia de los Macdonald no ayudaba para nada a Isabelle a olvidar su desgracia.

Muy excitada, Madeleine la arrastró hacia el interior. El vestido estaba colgado en el centro de la cocina: había sido confeccionado con un tejido suntuoso, pero el corte era simple. Así lo deseaba Isabelle, a quien ahora le horrorizaban las cintas y los encajes. Con un corte a la inglesa de estilo négligé, el vestido de tafetán verdeceladón se abría sobre una falda de seda de color marfil bordado de guirnaldas de rosas del mismo tono. En cuanto al cuerpo, tenía un escote generoso, como mandaba la moda. Un volantito bordeando el escote era la única fantasía que había permitido Isabelle, para gran desespero de la costurera. No había miriñaques; únicamente un culito marcaba la curvatura de los riñones.

Sería una boda sencilla. Después de la ceremonia se ofrecería un picnic informal en la ladera que descendía hacia el río. Isabelle, en silencio y sin atreverse a tocarlo, daba la vuelta alrededor del vestido nupcial.

—Es… precioso. La señora Fortin trabaja maravillosamente.

—¡Puesto, será todavía más bello, Isa!

—Pero ¿seré capaz de sonreír, Mado? A veces, tengo la impresión de que me equivoco. ¡Todo va tan deprisa! Me parece que…, en fin, ya no sé.

—¡Lo conseguirás, créeme!

Aunque su prima intentaba tranquilizarla, animarla, Isabelle estaba afligida. Dio la espalda al vestido y se mordió el labio para contener el desasosiego que la embargaba, muy a su pesar.

—Este vestido hubiera tenido que ser…

Al no poder reprimir por más tiempo su pena, hipó y rompió a llorar. Madeleine la tomó entre sus brazos y le habló quedamente.

—Isa, querida Isa, ya sé. Vamos, llora, cariño, llora.

—Yo no podré… ¡Es demasiado pronto! ¡No puedo casarme con Ja…, Jacques!

—Isa, será pasado mañana. Piensa en los niños. Necesitan un padre; necesitan seguridad. Además, Jacques está tan enamorado de ti… Ya no puedes dar marcha atrás.

Isabelle se enjugó las mejillas y después sorbió por la nariz. Permaneció en silencio un buen rato, con los ojos clavados en las casitas que bordeaban la isla de Orleans. Le parecía que cuanto más se esforzaba en no pensar en Alexander, más presente estaba en su mente. A pesar de todo el cariño que sentía por Jacques, no podía evitar pensar que casarse con él era un error. Pero, como no cesaban de recordarle, estaban los niños.

Bajó la mirada hacia sus manos que se torcían, nerviosas, y emitió un largo suspiro, tragándose así toda esa amargura que le formaba una pelota en la garganta.

—No, es cierto, no puedo dar marcha atrás. Por los niños.

Asintió con la cabeza, como para convencerse a sí misma, y se volvió hacia Madeleine.

—Te acuerdas…, durante el sitio, cuando tú vivías en mi casa…, yo estaba enamorada de Nicolas des Méloizes. Soñaba con una boda fastuosa. Me imaginaba una gran fiesta… en la que yo sería la reina.

—Sí, me acuerdo perfectamente de tu bello capitán —respondió Madeleine, fingiendo ignorar los comentarios respecto a la boda—. ¿Sabes cuánto te envidiaban las otras chicas, Isa? Un hombre tan atractivo e importante enamorado de ti… ¡Qué suerte tenías!

Isabelle hizo una mueca escéptica.

—¿Tú crees? Es verdad que el señor Des Méloizes era encantador. Me prometía una vida agradable… Pero yo sé hoy que eso no me hubiera hecho feliz. Yo lo que deseo… ¡Era tan ingenua entonces! No soñaba más que con convertirme en señora De Tal y oír doblar las campanas de la catedral por mí.

—¡Es normal! ¡Todas las jóvenes son así!

—Desde luego. Pero yo ya no soy una jovencita, Mado. Hace mucho tiempo que ya no sueño con eso. He conocido el confort y el lujo desprovisto de amor, y después la pobreza llena de riquezas del corazón. Ahora sé bien lo que quiero. Pero los sueños, el amor… ¡Se acabó! Esta va a ser mi segunda boda y, como en la primera, tengo la impresión de que me dirijo a un entierro.

—¡No digas eso! ¡Todavía eres joven y bella, vaya!

—No ayuda mucho cuando no se desea amar.

—¡Isa! ¡Sí sólo vas a hacer treinta años la próxima semana!

—No sabes la prisa que tengo por llegar a los cincuenta.

—¿Acaso te piensas que una mujer mayor no aspira al amor? El amor puede adoptar diferentes formas, Isa. Mírame. Yo nunca pensaba que pudiera amar a otro hombre aparte de mi Julien. ¡Y ahora, mírame, casada con uno de esos malditos ingleses!

—¡Has tenido nueve largos años para olvidar a tu Julien!

—¡Nueve años también para recordarlo! Es verdad, los recuerdos se suavizan. Yo no lo he olvidado, como tú nunca olvidarás a tu Alexander. ¡Pero tampoco volverás a verlo! ¡Es así de simple! Haz como yo, Isa.

—¡Ya lo sé, santo cielo! Es que todavía no he tenido tiempo de digerirlo. Además, a diferencia de ti, no amo a mi prometido… En fin, no de la misma manera. Es todo diferente, ¿no te das cuenta?

—No dejes que tus recuerdos te entierren viva. No es sano. Además, los niños…

—¡Los niños! ¡Sí, ya lo sé, los niños!

Isabelle respiró profundamente para calmarse. No quería discutir con su prima dos días antes de su boda. Prefirió, pues, cambiar de tema.

—¿Cómo está el padre Macdonald?

—Así, así. Para mí que va a aguantar hasta San Juan. Coll ha cruzado el río en busca de un médico en Quebec. Esta noche regresa a la isla. No podrá estar aquí para la boda. Pero espera que tú lo entiendas.

—Lo entiendo perfectamente… Desde luego, es mejor así —añadió Isabelle en voz baja, pensando que la presencia de Coll no haría más que aumentar su desconsuelo.

En éstas, Louisette entró en la casa con Mikwanikwe y unas bandejas vacías. Los niños las seguían de cerca reclamando más pasteles. Hubo un instante de silencio, que pronto quedó roto por unas exclamaciones de admiración. La criada, con las mejillas sonrojadas de placer, se había quedado inmóvil ante la maravilla que Isabelle había prometido que le prestaría: Basile y ella habían de casarse en cuanto acabara la siega. El cochero se había quedado en Montreal para acabar de embalar las cosas de Jacques. Tenía que llegar al día siguiente para asistir a la boda.

Otemin también se había plantado delante del vestido y abría los ojos de par en par. En cuanto a Gabriel, arrugaba la nariz con una actitud taciturna. Isabelle lo observaba. Su hijo le había expresado a su manera su opinión respecto a su unión con Jacques: había manifestado que ya no quería más papas. Por consiguiente, como un perfecto hombre de mundo, llamaba a su futuro padrastro «señor».

Unos lloros de niños distrajeron al grupo de su contemplación. Elisabeth y Anna entraban en brazos de Marie reclamando con fuerza a sus mamás. Isabelle tomó a su hija, que se calló en cuanto vio a ese extraño fantasma en el centro de la cocina. La joven mohawk también admiraba el vestido. Rozó con sus dedos la preciosa tela, los bordados y las cintas. Isabelle adivinaba los pensamientos que le ruborizaban la tez. Sin embargo, le parecía que Francis y Marie todavía eran muy jóvenes. El caribeño vivía con su hermano en el señorío de Saint-Vallier, donde ambos hombres trabajaban como mozos en las caballerizas de las hermanas hospitalarias. Esta situación calmaría un poco los ardores de Francis y le permitiría reunir un pequeño peculio.

Mikwanikwe empujó a los niños mayores hacia el exterior, al calor habitual de principios de mayo. La presencia de la ojibwa y de Munro reconfortaba a Isabelle. El escocés de aspecto huraño no se había resistido mucho a sus insistentes peticiones para que viniera a vivir a Beaumont con su familia. Así pues, se alojaba con Mikwanikwe a unas toesas de distancia, en unas dependencias que antaño habían servido de tonelería. Jacques lo había contratado para ocuparse de la tierra, que él mismo no podía hacer. Así, los niños, que se consideraban hermanos, no estaban separados.

Marie sacó súbitamente a Isabelle de sus pensamientos.

—¿Habéis pensado en las flores, señora?

—¿Las flores?

—¡Para la boda! —precisó Madeleine.

—¡Oh! —exclamó Louisette.

Nadie había pensado en las flores. Sin embargo, todavía no era tiempo de lilas ni de flores de manzano.

—¡Iré sin flores, Mado!

Las cuatro mujeres se miraron consternadas.


1   ...   46   47   48   49   50   51   52   53   ...   56

similar:

Índice iconÍndice Índice 1 Introducción 2 Desarrollo 3 Conclusiones 4

Índice iconIndice

Índice iconIndice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice

Índice iconÍndice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com