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Capítulo 22.
En el nombre del padre, del hijo y de un sueño


Desde hacía varios minutos, sus manos temblorosas trituraban la carta. La tinta, por la que tantas veces había pasado los dedos, se había difuminado e incluso borrado en algunos lugares. Aquel trozo de papel no era más que un pingajo. Pero eso ya no tenía ninguna importancia hoy, ya que conocía el mensaje de memoria. Era la confesión de su hijo John, que estaba muerto; acababan de decírselo.

Duncan oyó voces detrás de la puerta de su habitación. Desde hacía varios días ya no salía de ella. Su viejo corazón que a duras penas hacía circular la vida por sus venas amenazaba con capitular. Pero él se agarraba, agradeciendo al cielo que le hubiera otorgado este aplazamiento que le permitiría reconciliarse con su conciencia antes de partir a reunirse con Marión.

El silencio había vuelto a la casa; transcurrían los minutos. Por un momento, pensó que Alexander había vuelto a irse. Presa del pánico, intentó levantarse. Pero sus piernas no lo aguantaron y se desplomó en el suelo con un gemido.

—¡Puta mierda!

Un rayo de luz intensa se estiró sobre el suelo hasta llegar directamente a él. De repente se sintió más ligero. Un puño sólido lo elevaba suavemente y volvía a colocarlo en la silla situada junto a su cama. Miró las manos que lo movían. Largas y rudas, llevaban las marcas de una vida llena de pruebas. Eran unas manos de hombre y él no las reconocía. Contuvo un sollozo.

—¡Joder!

La última vez que había cogido esas manos entre las suyas todavía tenían la redondez y la suavidad de la infancia, no estaban manchadas de sangre. Se agarró a la chaqueta de su hijo, negándose a soltarlo, por miedo a que desapareciera antes de que hubiera podido decirle todo. Levantó con prudencia los ojos hacia Alexander, entornándolos en la penumbra de la estancia.

—¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias, Dios mío!

Al descubrir el rostro de ese hijo largo tiempo esperado, recibió un impacto. En sus facciones magulladas, veía a John y a Marión. También se reconocía a sí mismo. Frente a los ojos azules que lo miraban, pensó que su viaje no había sido en balde. Había valido la pena. Con la boca abierta por la emoción, vio, detrás de una neblina de lágrimas, unas imágenes surgidas de un pasado lejano y buscó en aquel hombre que tenía enfrente el niño que había perdido.

—Padre… —dijo Alexander, con un nudo en la garganta.

—Alas…, Alasdair… ¡Por fin, hijo mío!

Profundamente conmovido, Alexander se quedó mirando a ese viejo en el que se había convertido su padre. El sufrimiento deformaba sus facciones, velaba su mirada y alteraba el timbre de su voz. Al ayudarlo a levantarse, había notado sus huesos frágiles y sus músculos atrofiados a causa de la edad y la enfermedad. Ahora, agachado frente a él, se fijaba en los colores del tartán que llevaba cruzado en su pecho jadeante, en la penumbra de una habitación, lejos de los ingleses. Al diablo con esa maldita proscripción. Acarició la tela, absorto en los recuerdos que evocaban los colores de Glencoe.

—Fue un regalo de tu hermano Angus antes de mi partida. Está fabricado clandestinamente en una hilatura de Glasgow.

Embargado por la emoción, Duncan gimió agarrándose con más fuerza a su hijo.

—¡Alasdair, Dios mío!

Alexander elevó sus ojos húmedos. Su padre le parecía tan viejo… ¿Qué edad tendría? ¿Setenta años? ¿Un poco más? Las facciones antaño tan viriles se hundían. Representaba diez o veinte años más. Era un verdadero milagro que hubiera sobrevivido a la ardua travesía.

—¿Os duele algo, padre?

Una débil risita se escapó de los labios grisáceos de Duncan.

—¿Doler? Claro que me duele algo. El alma, sobre todo. Como el de mi madre, mi corazón está cansado y me abandona. No he heredado la solidez de mi padre, que sin duda todavía estaría…

Se interrumpió bruscamente y empuñó en su mano temblorosa el papel arrugado y gastado. Llegaría al final, se lo había jurado. Prosiguió con voz trémula:

—John me explicó todo… La razón por la que no regresaste después de Culloden, la muerte del abuelo Liam…

—Yo soy responsable, padre.

Duncan bajó la cabeza frunciendo el ceño y crispando los dedos sobre la carta.

—Pero también eso es lo que dice John… Confiesa haber disparado contra la Guardia Negra y haber provocado la escaramuza.

Recordando el violento enfrentamiento que había tenido con su hermano gemelo, Alexander bajó los ojos murmurando:

—Lo sé… A mí me dijo lo mismo. Pero yo también disparé a los soldados, padre.

Bajando la línea blanca de sus espesas cejas, Duncan se quedó pensativo.

—Dos disparos, hubo dos disparos… Eso es lo que yo pensé. El tiempo entre los dos era demasiado corto para que el segundo fuera el eco del primero. Tu hermano creía que tú habías adivinado que él había disparado, y viceversa.

Alexander asintió con la cabeza, esquivando la mirada de su padre que expresaba tristeza. El anciano posó su mano sobre la de su hijo.

—De acuerdo, fue un accidente. Pero ¿por qué? ¿Qué sucedió exactamente?

—Al veros llegar por Rannoch Moor, empecé a subir por el sendero que conduce a Coire na Tulaich con la intención de esconderme… Fue entonces cuando vislumbré al destacamento de la Guardia Negra que venía por la dirección opuesta. Fui siguiendo su progresión, por curiosidad… Después, de repente, se me ocurrió disparar. No fue un accidente, padre. Yo quería vengarme de lo que los soldados habían hecho a la tía Frances… Pero…, ese día, os desobedecí, una vez más…

Alexander se confesaba con una voz casi inaudible y con la cabeza inclinada. Duncan apretó las mandíbulas e hizo una mueca amarga. Adoptó un tono un poco rudo.

—Es cierto. Yo me había fijado en que el mosquete viejo había desaparecido y había supuesto que me habías desobedecido. ¡Te aseguro que no me faltaban ganas de molerte a palos! ¡Te merecías una buena paliza! Pero tu madre me había hecho prometer que nunca más te levantaría la mano. De todos modos, todos teníamos una parte de culpa en cuanto a la muerte del abuelo Liam. Además, eso ya nos pesaba mucho. Por mi parte, siempre me reproché no haberlo hecho transportar rápidamente hacia el valle. Perdió demasiada sangre… y…

Dio un largo suspiro y se recostó en el respaldo de la silla. Curiosamente, sus facciones o su actitud no denotaban ninguna cólera, ningún resentimiento.

—¡Oh, Alas! Eras un chico tan imprevisible… Tenías el don de enfurecerme, a veces. ¿Por qué tenías que meterte en situaciones dramáticas?

—¿Os referís a cuando se ahogaron Marcy y el pequeño Brian?

—¡Hummm!, y el famoso castigo que te di. Pero… me niego a pensar que sea una u otra culpa, todas ellas pesadas para tu conciencia, lo que explique tu ausencia, ese rechazo a volver con tu clan, Alas.

Alexander contrajo la mandíbula. Se levantó lentamente y se puso a caminar de arriba abajo delante de Duncan, que lo observaba atentamente con aspecto agobiado.

—Tenéis razón, padre.

Él se quedó inmóvil, mirando por la ventana a los niños que se divertían cazando insectos en el jardín. Con la cabeza en otra parte, contempló después las largas cintas verdosas de los trigales que se extendían hasta el bosque. Finalmente, regresó junto a su padre y se dejó caer pesadamente sobre la cama suspirando.

—La verdadera razón, padre, es que el chaval de catorce años que yo era se inventó una historia…

Una vez que hubieron salido las primeras palabras, lo demás siguió más fácilmente. Alexander alivió su corazón, se deshizo de su amargura como una nave en peligro de naufragio echa por la borda su carga para evitar el naufragio. Duncan escuchaba la confesión de su hijo triturando nervioso con sus dedos la carta de John, un gesto que se había convertido en cotidiano. Cuando Alexander hubo terminado su relato, permaneció un momento en silencio. Después, con hastío, repitió las últimas palabras:

—Un soldado del regimiento de Pulteney…

—Sí, padre. Durante todos estos años, pensé que John…

Alexander se ahogó en un sollozo y no consiguió acabar. Duncan, mudo, clavaba la mirada cansada en su tartán, que acariciaba con mano vacilante.

—Yo pensé que John… estaba resentido conmigo y había querido vengar la muerte del abuelo Liam. Él me conocía tan bien… Sabía que ese día yo había desobedecido al coger el mosquete sin vuestro permiso… En Culloden, creyendo que podría expiar mi falta a los ojos del abuelo Liam, que yo sabía que estaban posados en mí, me lancé a la batalla a pesar de vuestras órdenes. ¡La primera lección no me había bastado! ¡Qué imbécil! ¡No conseguí nada!

—Un soldado del regimiento de Pulteney…

—¿Padre?

Alexander, al percibir el aire ausente de Duncan, se preocupó. Su padre incorporó ligeramente la espalda y levantó hacia él sus ojos llorosos.

—No era el soldado del regimiento de Pulteney.

Estaba muy pálido, manifiestamente trastornado por algo. Arrugaba la carta con una mano y et plaid con la otra.

—¿Queréis un vaso de whisky, padre? ¿Agua?

—El soldado, no, Alas.

—Padre…, era el soldado, lo sé. No podía tratarse de John. Ahora estoy convencido de ello. La bala vino de la dirección opuesta.

Duncan parecía acurrucar ahora su frágil cuerpo en lo poco que le quedaba de vida. Este hombre, que Alexander siempre veía en sus recuerdos sólo como la roca que formaba las montañas de las Highlands, este guerrero, cuyas hazañas había escuchado con orgullo con motivo de las numerosas incursiones en las tierras de los Campbell, este padre, cuya atención siempre había querido atraer y al que constantemente había intentado imitar…, se moría.

Las lágrimas rodaban por la piel apergaminada y delgada del rostro de Duncan, y convergían en la horrible herida que le había dejado en la mejilla una hoja inglesa…, la misma hoja que había segado la vida de su hermano pequeño, Ranald, en Sheriffmuir, en 1715. El anciano levantó la cabeza.

—Todas estas guerras, todas estas batallas para acabar en una cama muerto de vergüenza… He luchado con valor y he honrado mi nombre. Pero aquel día… ¡Oh, hijo mío! Aquel día, en Drummossie Moor, hubiera tenido que morir con las lamentaciones de las cornamusas… Dios me obligó a vivir para asistir a la muerte lenta de nuestras tradiciones, de tu madre y para… Marión nunca me perdonó que os llevara conmigo al campo de batalla, a John y a ti. Me había suplicado que os dejara en Glencoe con ella. Pero yo no la escuché y os arrastré a esa maldita guerra. Quería daros la posibilidad de creer en algo. Y sin embargo, lo único que conseguí… ¡Oh, Dios mío! ¿Podrás perdonarme algún día, Alex? Yo nunca supe hablarte como mi madre. Hubiera debido intentarlo, explicarte por qué te habíamos alejado de la familia durante un tiempo. La enfermedad se había llevado a tu hermana Sarah y ya había atacado a Coll y John. Temíamos por tu vida.

Duncan rebuscó durante unos segundos en su sporran, mientras sacudía la cabeza. Después, empuñando con firmeza la mano de su hijo, la abrió y posó en ella un objeto pesado y frío. Alexander bajó los ojos y descubrió el escudo que su abuelo le había legado hacía un cuarto de siglo. Se lo quedó mirando, un poco sorprendido.

—Es tuyo, Alas… ¿Te acuerdas de que me pediste que te lo guardara porque tenías miedo de perderlo? Pero nunca volviste a reclamarlo… Yo creía que era porque… ¡Oh, Dios mío! Alas, fui yo. ¡Fui yo, no el soldado del regimiento de Pulteney!

El anciano sollozaba. Incapaz de reaccionar, preguntándose si su padre divagaba, Alexander se lo quedó mirando sin decir nada. Entonces, una vez más, volvió a recordar aquel instante en que la bala le había atravesado el hombro. En ese instante terrible en que su vida había dado un vuelco, él se había… cruzado con la mirada estupefacta de su padre detrás de la del enemigo.

Posó su mano sobre las de su padre, que temblaban mucho. Con el aspecto desesperado de un condenado a muerte pidiendo la clemencia de sus jueces, Duncan se agarró a él.

—Nunca he podido decírselo a nadie, Alas, ni siquiera a tu madre, que ya me lo reprochaba tanto. Pero fui yo quien te herí en Drummossie Moor, ¿lo entiendes? El soldado de Pulteney te tenía, efectivamente, en su línea de tiro. Yo quería abatirlo para evitar que te alcanzara. Sólo que, en el momento en que yo apoyaba el gatillo, él ya empezaba a caer. Así que fue a ti a quien herí, Alas. ¡Fui yo, tu propio padre, quien te disparó! ¡Puta mierda, te mataba! ¡Te mataba!

Su voz se quebró. El padre, destrozado, se desmoronó en los brazos de su hijo, aterrado por aquella confesión. Alexander recibió una ducha helada. Transcurrieron varios minutos, durante los cuales manejó los sentimientos que lo embargaban. Después, el peso de aquel terrible secreto de su padre equilibró el suyo propio en su mente. ¿Cómo reprochárselo a este hombre que, igual que él, había envejecido con un dolor alimentado de remordimientos devoradores hasta convertirse en un verdadero esqueleto? Así pues, su padre, igual que John y él mismo, había construido su vida sobre un andamio de creencias erróneas y de remordimientos. ¡Era increíble, tan patético! Alexander le presionó el hombro mientras le susurraba al oído:

—Padre, ¿qué es lo que hay que perdonar?

El anciano se apartó, mostrando un semblante más liso, menos atormentado. Suspiró.

—Te busqué durante mucho tiempo, Alasdair… Tu madre estaba convencida de que estabas vivo. Yo quería creerlo así, también. Tenía la esperanza. Al mismo tiempo, tenía miedo de ver ira en tus ojos… Cuando ella murió, dejé de buscarte y esperé cobardemente a que regresaras. Durante los años siguientes, oí hablar de un tal Alasdair Dhu MacGinnis, conocido ladrón de ganado, cuya cabeza tenía un precio. Me lo describieron; incluso me explicaron que lo habían visto en una taberna de Dunoon… Tuve la impresión de que podía tratarse de ti. Sin embargo, no hice nada, continué esperando…

—Era yo.

Duncan asintió tristemente con la cabeza.

—Que Dios me castigue por no haber intentado nunca comprobarlo… Tenía sospechas… Que renegaras de tu apellido, que te obstinaras en vivir al margen del clan, todo esto reforzaba mi sentimiento de que tú habías adivinado que era yo quien te había disparado… ¡Oh, Dios mío! Lo lamento… ¡Lo lamento tanto, hijo mío! ¡Yo te empujé al exilio, Alasdair!

¿El exilio? ¡La huida, sí! Pero ¿el exilio? Alexander ya no creía que ahora fuera así. Había pasado toda la vida intentando huir de sí mismo. Sus tormentos habían formado como un grillete en su pie, lo habían lastrado. Alistarse en el ejército había sido para él una escapatoria, una boya a la que se había agarrado en un instante de lucidez antes de sumirse en el despropósito. En cierto modo, fueron las palabras de su abuela moribunda las que lo habían empujado a partir: «No dejes que te roben el alma… Per mare, per terras, no obliviscaris. Por mar, por tierra, no olvides quién eres». Estas palabras habían resonado en su mente y habían despertado su conciencia para devolverlo al buen camino.

Todavía ahora escuchaba la voz de su abuela con la misma claridad, mientras contemplaba el escudo de los Macdonald que brillaba entre sus dedos. Era un objeto pesado, cargado con el peso de toda la historia del clan. Cuidadosamente lustrado, brillaba como una moneda nueva. Alexander lo clavó en su chaqueta y, con los ojos cerrados, lo acarició con respeto.

—Padre…, el exilio es para el que ya no es nada, Is mise Alasdair Cailean MacDhómhnuill114. Yo soy un Macdonald del clan Iain Abrach. La sangre que corre por mis venas es la de los amos de este mundo. Yo soy hijo de Duncan Coll, hijo de Liam Duncan, hijo de Duncan Og, hijo de Cailean Mor, hijo de Dunnchad Mor, y así hasta la noche de los tiempos. No, padre mío, no me perdí al marcharme. He movido las fronteras. Un Macdonald, igual que un Campbell, ya esté en Escocia, en las colonias del sur o en Canadá, siempre será un Macdonald y siempre se acordará de su grito de guerra que nunca dejará de bullir en su sangre. Cuando cierro los ojos, padre, estoy de vuelta en casa…

Alexander hizo una pausa y respiró profundamente, lo que le produjo un gran dolor en su costado herido. «Yo soy», había dicho. Le parecía que oír su propia voz afirmando su identidad lo convencía definitivamente de que seguía siendo un highlander, incluso en este país que no era el que lo había visto nacer. Prosiguió con voz grave:

—Estad en paz, padre mío. Todo lo que ha sucedido, todo lo que hemos vivido no sólo tiene que engendrar arrepentimiento… A lo largo de todas las pruebas que he vivido, he aprendido que nada es en vano, que todo tiene su razón de ser. De nada me sirve apiadarme de mi suerte y lamentar lo que no ha sido, ya que he conservado lo esencial…, mi alma.

Duncan se inclinó hacia delante emitiendo un débil gemido y se sujetó en el brazo de su hijo. Inquieto, Alexander se interrumpió.

—¿Queréis descansar, padre? Puedo…

El anciano se incorporó de golpe.

—¡No! No es nada, ya se me pasará. ¡Oh, Dios! Si he de morir en este día bendito, que así sea. Así, podré morir rodeado de los míos y con el corazón, por fin, en paz, y seré el más feliz de los hombres.

De repente, Alexander tuvo un fuerte dolor en el pecho. Se contrajo. Como una persona que se está ahogando se agarra a un trozo de madera flotando, cogió entre sus dedos el tartán de su padre y lo miró. Tenía las mejillas llenas de lágrimas. Él había imaginado este reencuentro tenso, marcado por el resentimiento. Sin embargo, no había sido así. El simple hecho de volver a ver a su padre, de poder tocarlo, calmaba sus angustias, curaba definitivamente las heridas del joven que todavía albergaba en su interior.

—¿Sabéis, padre? Cuando era pequeño, siempre deseaba complaceros, ganar vuestra estima. Quería ser merecedor de ese apellido que me habíais legado.

Duncan se rió quedamente.

—¡Eras tonto, Alas! ¡No tenías que demostrarme nada!

—El orgullo se merece, siempre me decíais…

—A través del valor. Y el valor se aprende en la adversidad, no en la complacencia. La escuela de la vida era dura para ti. Pero eras un buen alumno.

—No lo sé. Creo que fanfarroneaba más que otra cosa.

—¡Oh, Alas! ¡Siempre tan ciego! Pero ¿cómo voy a reprochártelo yo que también lo he sido? He sido ciego, sí… ¿Sabes?, ese día terrible, en Drummossie Moor… Cuando te vi correr hacia nosotros, con la espada en el puño, el rostro deformado por la rabia de vencer… Cuando te vislumbré bajo la lluvia de proyectiles, entre los nuestros que se dejaban despedazar por los sassannachs… ¡Dios del cielo! ¡Me vinieron ganas de pegarte, Alas!

—Lo sé. Me lo merecía.

El anciano sonrió.

—¡Sí, desde luego! ¡Pero al mismo tiempo, yo notaba mi corazón henchido de orgullo! ¡Tú no fanfarroneabas en absoluto, no! Eras igual que… Cuchulain en el campo de batalla. ¡El honor de los Macdonald irradiaba de ti! Pensar que mi sangre corría por tus venas… ¿Nunca te había dicho que de todos mis hijos, incluido John, eres el que te pareces más a mi padre? Yo sé cuánto admirabas al abuelo Liam y… me avergüenzo de decirlo, pero… yo no podía evitar sentirme un poco celoso.

—Padre…, sin embargo, era vuestra mirada la que yo quería atraer.

Ahora bien, de esa mirada, en este instante preciso, se alimentaban los ojos de Alexander. Su padre le devolvía el trozo de sí mismo que le faltaba: su estima. Duncan presionó su brazo.

—Yo me doy cuenta hoy, Alas, mi hijo bienamado. ¡Qué ciego he sido! Al negarme a ver mis errores, me aparté de la verdad. Me negaba a reconocer que me había equivocado al enviarte a Glenyon. Marión sufrió por ello, y tú también. Yo no quería escuchar tu grito de angustia. Me empeñaba en creer que, con tu insumisión, tu indisciplina, tus continuas extravagancias, lo único que pretendías era ponerme a prueba. Comprendí mi ceguera, mi sordera, demasiado tarde. Ese día, en el campo de batalla de Culloden, en el mismo instante en que apoyaba el gatillo y te hería, descubrí de repente, en ese resplandor que iluminaba tus ojos, que lo que yo creía que era una desobediencia obstinada era en realidad el valor que te empujaba hacia delante con la única finalidad de ganarte mi afecto. ¿Por qué tuvo que ser en ese terrible momento? No lo sé… A veces la vida nos impone unos rodeos crueles para ayudamos a comprender ciertas cosas. Ha habido tantos acontecimientos tristes… Tienes razón, no sirve de nada compadecerse. Supongo que sucedieron por una razón que se nos escapa. No obstante…, no puedo evitar pensar que todo hubiera sido diferente si lo hubiera entendido antes. Hubiera bastado tan poco para que tú supieras lo orgulloso que estaba de ti… Dos palabras. Y esas dos palabras, cada día después de Culloden, he tenido la esperanza de que Dios me otorgara la oportunidad de decírtelas. Te quiero, Alas.

Al cabo de un momento de silencio, Alexander respondió con voz tenue:

—Yo también, padre.

El hombre sacudió la cabeza y cerró los ojos, aliviado. Se sentía liberado de un peso inmenso.

—¿Sabes?, me hubiera gustado que tu madre estuviera aquí. Lamento que no pudiera volver a verte una última vez antes de morir.

—Yo… también lo siento. La echo mucho de menos. A vos también, padre…, os he echado mucho de menos.

—Se lo diré cuando la vea.

—No hay prisa… ¡Coll ha conseguido una buena botella de whisky!

Alexander posó la mano sobre el hombro huesudo y encorvado de su padre y esbozó una sonrisa embaucadora para conjurar la emoción que los embargaba. Duncan se sobresaltó enérgicamente y se incorporó riendo quedamente.

—¡Siempre he pensado que no había nada mejor para mis viejos huesos que unos tragos de usquebaugh! Y aquí hay unos nietecitos que me muero por ver. El olor de los dulces que esta encantadora Maddy acaba de sacar del horno sin duda no tardará en atraerlos a la cocina. Ayúdame, quiero estar allí para recibirlos.

Sentada en un tronco de árbol naufragado y pulido por el agua, Isabelle observaba a Alexander, que caminaba por las tierras de aluvión de Beaumont, azotando el agua helada del río con sus pies desnudos. Con la marea alta, los torrentes tranquilos retomaban poco a poco posesión de su territorio, chapoteando suavemente contra los restos encallados en la arena. Una bandada de gaviotas chillaba planeando bajo una luz amarillenta que se teñía progresivamente de anaranjado y magenta.

El hombre avanzaba lentamente, se detenía con frecuencia para contemplar el paisaje. La brisa se escabullía por su plaid cuidadosamente cruzado sobre su torso y hacía volar su cabellera grisácea. Con un brazo en la espalda, que se encorvaba ligeramente hacia delante, y apoyado en una rama de fuerte roble que había empezado a adornar con esos maravillosos motivos celtas, se parecía al padre Macdonald. Los vínculos de sangre… A veces, Gabriel tenía esa misma actitud.

Al reanudar el vínculo con su padre, Alexander había deshecho ese pesado hatillo que había acarreado, desde su infancia, en su alma cada vez más magullada. Así pues, cerraba el eslabón y aseguraba la continuidad de su sangre, de su raza.

¿Era una maldición que se había abatido sobre los highlanders? ¡Si así era, que Dios librara a sus hijos! Alexander le había explicado las exacciones perpetradas por los ingleses tras la derrota de Culloden y que habían puesto a su pueblo en una situación de extremada miseria. Los soldados abatían a los hombres como si fueran animales salvajes. Al encontrarse solos y sin recursos, las mujeres y los niños morían de hambre y frío. Duncan había relatado la continuación, que encajaba con lo que Alexander temía: los ecos de la derrota de Culloden marcaban el final del sistema de clanes de los highlanders.

Después de las persecuciones, el gobierno británico se dedicó a hacer desaparecer esa sociedad que aborrecía de una manera más solapada. Tras reducir las fuerzas guerreras de los clanes, procedieron a atraer a los jefes. Estos a menudo prefirieron una carrera militar en el ejército británico a la miseria que ofrecían sus propias tierras. Dado que las autoridades prohibieron la enseñanza de la lengua gaélica escrita, los campesinos que no sabían inglés se encontraron con una generación de iletrados mucho más aislada que la anterior.

Además, después de la guerra, la demanda de bueyes disminuyó considerablemente y los precios se desplomaron. Sin embargo, ésa era la principal fuente de ingresos de los highlanders. Los jefes que no se habían unido al ejército británico estaban al borde de la quiebra. La mayoría había abandonado sus castillos húmedos para adaptar las costumbres y el estilo de vida de los aristócratas ingleses en el sur del país e Inglaterra. Pero aunque el cultivo de las patatas alimentaba a su pueblo, no llenaba sus arcas. Tenían que encontrar otra fuente de ingresos. El precio de la lana y del varec (cuyas cenizas se utilizaban para la fabricación de potasa) había aumentado, por lo que hicieron prevalecer sus derechos de señores feudales para obligar a los granjeros a abandonar los valles y establecerse en las costas. Al hacerles cultivar algas, liberaban al mismo tiempo las verdes colinas para la cría de ganado ovino.

De este modo, se inició el éxodo de un pueblo. Glencoe no escapó a esta situación. Con la esperanza de mejorar su suerte, muchos highlanders decidieron dirigirse a las grandes ciudades del sur, donde la industrialización les prometía trabajo. Otros, igual que Coll, se embarcaron hacia las colonias, no llevando consigo más que sus escasos bienes y un poco de esperanza, Angus emigró a Glasgow, junto a su hermana Mary. Así pues, de la familia de Alexander sólo quedó en el valle la viuda enferma de Duncan Og, de la que se ocupaba su hija Bessie. Ante esta situación, el padre Macdonald había tomado la terrible decisión de atravesar el océano. Sabía que sus huesos nunca reposarían junto a los de su mujer en Eilean Munde.

Alexander, al darse cuenta repentinamente de que Isabelle lo miraba, cansada de observarlo de lejos, se dirigió hacia ella. Dieron juntos algunos pasos. Chapoteando en el agua, cogidos de la mano, permanecieron un buen rato sin hablar, escuchando el restallar de las faldas de Isabelle al viento y los gritos de los pescadores que regresaban a la orilla en una pinaza. Aunque parecía sereno, Alexander estaba hundido por la reciente muerte de su padre.

Habían transcurrido tres semanas después de la boda. Un día, al llevarle su traguito de la mañana, Coll había encontrado a su padre descansando en su cama, apacible y sereno. El hombre se había apagado durante la noche. Para los funerales, Alexander había sacado un pedazo de tela del plaid de Duncan para confeccionar un kilt para Gabriel. Le había explicado a su hijo el valor que otorgaban los highlanders a esta prenda, insistiendo en el hecho de que sólo lo llevaban los hombres.

El chiquillo se había resistido: no quería una falda. Terriblemente decepcionado, Alexander no había insistido. No obstante, la mañana del entierro, que se había realizado en la parroquia de Saint-Laurent, Gabriel se había presentado a desayunar con el kilt y dio las gracias en gaélico, repitiendo las palabras después de su padre y haciendo el esfuerzo de pronunciarlas correctamente aunque no comprendiera bien su sentido.

Así pues, se cerraba el aro, formando el círculo del comienzo sin fin. Ahora le tocaba al hombre hacerlo girar una y otra vez. Pero Isabelle ya no dudaba ni siquiera por un solo instante de la voluntad de su marido.

—¿En qué piensas, Alex?

Alexander aminoró el paso y levantó la cabeza, exponiendo su cara al suave calor del sol poniente. Entrecerró los párpados y aspiró el olor húmedo del río. En verdad, se decía, si el tiempo se detuviera en este mismo segundo, él sería feliz. Ya no le daba vueltas a ningún remordimiento, no deseaba nada más que lo que ya tenía. ¿Qué más podía desear? ¿Que no hubiera más guerras? Desde luego. Pero siempre habría guerras. La paz no era más que un modus vivendi. Los hombres escribían la Historia con su sangre.

—Pienso… en la paz, esa utopía.

Isabelle dirigió su mirada a lo lejos, hacia la orilla, y suspiró. Sus rizos ondulaban en la brisa vespertina, ahuyentando los mosquitos que zumbaban en sus oídos con insolencia.

—La paz para siempre… ¿Crees realmente que es posible?

—Si al menos fuera eso lo que desearan todos los hombres, a gbràidh. Pero la paz sólo enriquece el corazón y no llena los bolsillos… Por eso yo únicamente me permito soñar con ella.

—Por algo se empieza, ¿no? Sólo quien cree en sus sueños puede hacerlos realidad.

El hombre volvió hacia ella sus ojos de un azul límpido como el cielo y esbozó una extraña sonrisa.

—¿Eso es de tu Jean-Jacques Rousseau?

—¡No! ¡Es de una tal Isabelle Macdonald!

—¡Hummm! ¡Hete aquí una mujer culta dotada de un espíritu noble!

Alexander tendió su mano hacia el rostro feliz de su mujer y le acarició la mejilla redonda. Después, progresivamente, apareció la amargura en sus facciones. Suspiró.

—Realmente me gustaría creerlo, Isabelle. Pero la vida me ha enseñado que la voluntad del soñador no siempre es suficiente. De donde quiera que venga, el viento trae el olor de la guerra. Tanto en las Highlands como en otras partes, donde quiera que se encuentren, los hombres del pueblo siempre son los que pierden. Cuando los cadáveres apestan demasiado, los príncipes de la guerra trasladan sus botas llenas de sangre y de barro para ir a hollar otros lugares. El pueblo se queda solo esperando que los carroñeros, que siempre siguen a los convoyes militares, limpien todo. En el fondo de los corazones, no obstante, persisten la desesperanza, el odio y el deseo de venganza, que constituyen el único alimento para los supervivientes.

—¿Eso es lo que viviste tú tras los acontecimientos de Culloden?

—¡Hummm! ¿Sabes?, la desesperanza y el odio empujan a los hombres a cometer cosas a veces…

Se interrumpió, como si tuviera una visión. Después, sacudió la cabeza. Se volvió hacia Isabelle y prosiguió:

—Después de tomar la decisión de no regresar a Glencoe, erré solo con mi perro por las landas. Maté por primera vez a los quince años… Un soldado de la Guardia Negra, pero un hombre a fin de cuentas. ¡Oh, Dios! Fue embriagador y aterrador, al mismo tiempo. Durante más de una hora me quedé junto al cadáver. Yo temblaba, no me creía lo que había hecho… Cuando por fin me levanté, me di cuenta de que tenía el pantalón mojado. ¡Me había hecho pipí encima! Desnudé al muerto y huí a las montañas. Al día siguiente, me lavé las manos llenas de sangre seca y me dirigí al pueblo más cercano para cambiar las botas y los botones de la chaqueta por un cuenco de estofado, un mendrugo de pan y una pinta de cerveza. Llevaba más de dos meses sin comer de verdad.

Alexander gruñó e hizo una mueca. Isabelle se quedó callada, con la nariz dirigida hacia el suelo.

—¿Te lo imaginas, Isabelle? ¡Maté a un hombre por un bocado de pan! Al matar a ese soldado, tal vez convertí a una mujer y sus hijos en su viuda y sus huérfanos que, a su vez, tuvieron que cometer crímenes para alimentarse. Es la rueda implacable de la vida que nos arrastra en su movimiento perpetuo. Sea lo que sea lo que pensemos, hemos de habituarnos a sobrevivir. Entonces…, comprenderás que para mí la paz no sea más que un sueño.

—Perdona… mi ignorancia.

Al percibir la turbación de Isabelle, que removía la arena con los pies, Alexander se volvió hacía ella y la cogió por la barbilla. La boca roja se entreabrió y dejó escapar un gemido. Esquivando la mirada que se posaba en ella, la mujer mantuvo la suya clavada en el botón de cuerno que adornaba el chaleco de lona parda del hombre.

¡Qué tonta era! ¿Qué sabía ella de la gente del pueblo? ¿Esos hombres con el vientre hinchado de hambre o el pantalón manchado por un miedo visceral se atrevían a soñar, a tener esperanzas? Ella sabía muy poco de ellos en realidad…, demasiado poco. Desde luego, ella también había pasado lo suyo. ¡Pero entre lo que ellos soportaban y lo que ella vivía, había un mundo!

—Isabelle —llamó Alexander con ternura—. Mírame. No se trata de ignorancia, sino más bien de oportunidad. Y a mí me alegra que tú la hayas tenido. También deseo que nuestros hijos la tengan y su sangre nunca sirva para fabricar el mortero con el que se construya un imperio.

Meneó la barbilla, prisionera en sus dedos.

—Isabelle…, desgraciadamente, en el mundo en que vivimos, los imperios se erigen y se desarrollan sobre las lápidas. Cada disparo de un cañón o de bayoneta crea un vacío en las familias, incluso aniquila familias. Yo lo conozco, y cuando vine aquí, participé en algo así. Para liberarme de esa culpa, pensé que un soldado tenía que obedecer ciegamente las órdenes de sus superiores. Eso me permitía cargar en ellos toda la culpa. Pero es una actitud estúpida y cobarde… En el fondo, yo no valgo mucho más que los hombres de Cumberland que arrasaron las Highlands. No valgo mucho más que esos carroñeros, que todos esos gusanos de comerciantes que se aprovechan de la guerra y de un plumazo convierten todo lo que arramblan en los campos de batalla en grandes cifras que anotan en sus libros de cuentas. Tampoco valgo mucho más que esos eclesiásticos que por temor a verse desposeídos de su poder terrestre sobre las almas no tienen escrúpulos a la hora de bendecir a los que atropellan a los vencidos. Francés o inglés, alemán o español, ya se consagre a Dios o al diablo, el hombre, imperfecto, es prisionero de sus debilidades. Siempre ha sido y siempre lo será. Eso me temo. Yo me avergüenzo de lo que he hecho. Mis actos pesarán en mi conciencia hasta el día del juicio final…, ya que lo único que he escuchado han sido mis debilidades.

Hizo una pausa. Isabelle dirigió su mirada a los colores cálidos del cielo que bañaban el paisaje.

—Yo creo —continuó él quedamente— que de todas las guerras, la más difícil es la que libramos cada día con nuestra conciencia, cuando intentamos olvidar algo que las circunstancias nos obligaron a hacer… Pero la rueda de la vida nos arrastra.

Isabelle elevó los ojos hacia Alexander. Con el semblante marcado por una profunda aflicción, él se la quedó mirando. Bajó los párpados.

—Así pues…, hay que aprender a aceptar nuestros errores, Isabelle. Si yo lo hubiera hecho desde el principio, tal vez mi vida hubiera sido…

Se interrumpió e inclinó la cabeza con semblante extraño.

—Pero, por otro lado…, sin duda tenía que ser así. Mi camino tenía que llevarme hasta ti, pasar por todo esto para llegar. ¡Oh, Isabelle! He venido aquí para ser amado por ti. Cualquier dirección que tome me lleva hacia ti. En mis batallas internas, cuando me hundía en la incertidumbre de lo que yo era, encontraba en el recuerdo que guardaba de ti mi verdadera tabla de salvación. A ghràidh mo chridhe, me agarré a ella con toda la fuerza que da la desesperación…, y ahora, al pensarlo, tal vez también con un poco de la esperanza del sueño. Pues se puede soñar algo que no sea la paz universal, ¿no?

En el extremo de los dedos de Alexander, Isabelle permanecía inmóvil, con semblante grave y los brazos colgando. Sonrió tímidamente.

—Así pues, ¿puedes permitirte soñar un poco?

Alexander, pensativo, puso cara de reflexionar. Con la cara aureolada por los últimos fuegos del cielo, Isabelle le recordaba aquel icono que había podido admirar en la fastuosa vivienda de un rico ganadero de Ayrshire. En una visita clandestina con sus cómplices de rapiña, había pensado que podría conseguir una buena cantidad a cambio de aquel objeto valioso. Pero la sonrisa sibilina de la madona de piel dorada le había hecho dudar… Se había conformado con la plata y algunas joyas.

A menudo, cuando había cometido actos reprensibles, se había imaginado a esa madona, como buscando el perdón en el recuerdo de su misteriosa sonrisa. ¿Acaso no era eso lo que había hecho durante toda su vida? Buscar la aceptación de lo que era en la sonrisa de las mujeres que lo habían acompañado en un momento u otro. Esta aceptación de sí mismo, que por fin creía haber encontrado en la sonrisa que sostenía en su mano, se daba cuenta de que no la encontraría más que en sí mismo… reconociendo sus límites, sus cualidades y sus defectos…, su naturaleza humana. Errare humanum est.

De repente, todo parecía tan sencillo… Al igual que a su padre, le había llevado casi toda su vida entenderse a sí mismo y hacer las paces consigo mismo. «Tampoco Cuchulain era infalible», le había dicho el viejo O'Shea. ¿Qué le había quedado de las lecciones del viejo cura? La felicidad está en uno mismo: basta con cultivarla. ¡Qué jardinero tan malo había sido él! ¡Más bien un sepulturero! Pero ¿qué iba a entender un chaval de catorce años de las enseñanzas de Aristóteles? Le había costado más de veinte años comprender un aspecto concreto. Toda la humanidad intentaba interpretar esos escritos místicos como si encerraran la Verdad, Su verdad, la de él, era que él había buscado su felicidad en la mirada de los demás. Pero la mirada de los otros le devolvía simplemente la imagen de sí mismo que intentaba desesperadamente forjar para satisfacer y ser aceptado. ¡Qué ironía!

Tendría que enseñarle todo eso a su hijo.

—Sí… Creo que puedo permitirme soñar un poco —sopló Alexander, acercándose a su mujer.

—Me gustaría. Sería un buen ejemplo para los niños.

El hombre tomó sus manos y se las llevó a los labios para besarlas largo tiempo, pensando en Gabriel y Elisabeth así como en los otros hijos que vendrían… si Dios quería. Con los párpados cerrados, Isabelle se abandonó a ese momento de ternura. Alexander soltó sus manos para tomarla por la cintura y atraerla hacia él.

—¿Os había dicho alguna vez, señora, que sois hermosa? —murmuró a su oído.

—Me temo que más de una vez, marido mío. De hecho, estáis cultivando en mí el pecado de la vanidad.

—Entre otros…

—¿Acaso hay otros?

Pasó los brazos por su cuello y rió quedamente.

—¡Oh, sí! La glotonería, la lujuria…

—¡Hummm! —dijo ella con languidez y una media sonrisa—. La culpa la tienen los pepinillos con mermelada.

—¡Sobre todo, la mermelada!

Dicho esto, le acarició la nuca y la hizo estremecer. Sus labios se unieron, mientras las aguas del Saint-Laurent enlazaban sus tobillos, enraizándolos en esta tierra que había conocido el sueño de los desenvueltos franceses, del que se habían apoderado los mercantiles ingleses. Este nuevo mundo, hacia el que se volvían todas las esperanzas, sería para ellos, aunque llevara el nombre de Nueva Francia, Canadá o Quebec, el país que había visto nacer a sus hijos y los vería crecer, con sus sueños

Con este último pensamiento, Alexander estrechó a Isabelle con fogosidad. En ese momento de felicidad intensa, recordó las facciones serenas de su abuela Caitlin y volvió a escuchar sus palabras «Per mare, per terras, no obliviscaris» (por mar, por tierra, no olvides quién eres).

Como si se tratara de ganado con destino al matadero, los ingleses habían empujado a los hombres de su pueblo hasta los barcos que partían a lejanos países donde no se oirían sus gritos cuando los atravesaran las bayonetas enemigas. Al final de la guerra, cuando se habían desmantelado los ejércitos, los que habían sobrevivido habían regresado a casa. ¡Pero qué recibimiento habían reservado a los valerosos guerreros! Apenas llegados a sus valles, habían tenido que empaquetar sus miserias para volver a marcharse. En nombre del progreso, los habían despojado de su dignidad para empujarlos hacia las oscuras fábricas de Glasgow y los puertos de mar. Se desvanecían los últimos vestigios de un pueblo. Las famosas montañas pronto no serían más que silencio atormentado por los fantasmas abandonados de los grandes guerreros fiannas y los ecos de Culloden, la última batalla.

Culloden, Falkirk, Prestonpans, Sheriffmuir, Killiecrankie, Flodden, Bannockburn, Stirling Bridge. Tantas batallas que habían jalonado la historia de Escocia y segado la vida de miles de hombres en nombre de la independencia. Pero al final, cuando se esfumaban las últimas notas de las cornamusas, cuando se disipaban los últimos jirones de humo, desvelando un campo de cadáveres desollados y acribillados por el plomo, ¿qué quedaba en la memoria del mundo?¿Quién se acordaría de los nombres de los guerreros?

No. La derrota de Culloden no era el final del sueño de un pueblo. La libertad podía adoptar muchas formas. Escocia era el pedazo de tierra que había visto nacer a los highlanders, que lo había visto nacer a él, Alexander. Pero era sobre todo el alma de un pueblo, su lengua y sus tradiciones. Su espíritu. «El espíritu de un hombre es su única libertad. Ninguna ley, ninguna amenaza que pese sobre él, ninguna cadena que lo inmovilice podrá constreñirlo.» Así era también para el pueblo escocés.

Caitlin Dunn Macdonald tenía razón: «Pero llevas en ti el patrimonio de tu raza. Tú tienes que conservarla, transmitirla para perpetuar nuestras tradiciones. Es en cierto modo la misión que te confío, Alas… Pero a ti te encomiendo la tarea de realizar mi sueño». Aquella mujer menuda que había blandido el arma más temible, la de la conciencia de quiénes eran, confiaba en que él también la blandiera.

Isabelle se apartó ligeramente y levantó los ojos hacia Alexander. El verde salpicado de oro que le recordaba a él sus colinas de Escocía se sumergía en el azul que le recordaba a ella la bandera de Francia. La suave brisa los envolvía con su tibieza y jugaba con sus cabellos.

—Te amo —dijo él con infinita ternura.

I love you —le respondió ella, susurrando.

Soldados el uno al otro, flores de cardo y de lirio entrelazadas, formaban una isla desierta rodeada de las aguas majestuosas del Saint-Laurent y bañada en paz.

Probablemente, sus hijos nunca conocerían ni Escocia ni Francia. Sin embargo, sabrían de dónde provenía la sangre que corría por sus venas. Escocia echaría raíces aquí, como lo había hecho Francia, pensaba Alexander. No se abandonaba el propio país, se llevaba puesto.

Sí, él lo había entendido: igual que una madre daba la vida a su hijo y después se separaba de él, una patria daba su alma a su raza. En él, Alexander Macdonald, recaía la responsabilidad de proteger a esta última, aunque fuera en el exilio.

Por el amor de su pueblo.

Con respeto a lo que era.

«Para que se realice tu sueño, Caitlin…»
* * *


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