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Capítulo 2.
El contrato


Aquella tarde, el cielo era hermoso, y el aire, agradablemente tibio, entraba por las ventanas que se habían abierto para airear la casa. Marie acababa de colocar las galletas en un plato, que dejó sobre la bandeja. Élise, como habían convenido, se había marchado de casa de los Larue al día siguiente de los desagradables acontecimientos. Estaba hecha un mar de lágrimas. La pequeña salvaje se encontraba momentáneamente con más labores que atender, pero no rechistaba.

—Deja —dijo Isabelle, levantándose en un impulso de compasión—. Ve mejor a buscar a Gabriel y ayúdalo a que se asee un poco antes de la merienda. Yo misma llevaré la bandeja al despacho de mi marido. ¿Cuántos son?

—Tres. Cuatro con el señor Larue, señora.

—Bien —dijo Isabelle, al mismo tiempo que cogía cuatro tazas del aparador.

Agradecida, Marie le sonrió y salió por la puerta que daba al patio. Isabelle la observó mientras se marchaba. «¡Qué chiquilla tan extraña!», pensó. Mohawk de nacimiento, había sido raptada a los cinco años. Su padre, alcohólico, pegaba a su esposa y a sus hijas mayores, de las que tal vez también hubiera abusado. Así pues, para protegerla, Marie había sido apartada de los suyos y recogida por las religiosas del hotel de Dios de Montreal.

Cuando la niña cumplió nueve años, el comerciante Mercier la tomó a su servicio para que ayudara a su esposa, que había caído enferma tras el nacimiento de su noveno hijo. Marie hablaba poco, pero tenía mano con los pequeños. Sin embargo, la mujer falleció. El viudo, enfermo y arruinado, era incapaz de ocuparse de su prole. Se resignó a colocar a sus hijos en casa de familiares y se deshizo de la criada. La suerte quiso que fuera Pierre quien redactara el inventario de los bienes de la pareja Mercier. Se quedó con Marie, que entró a su servicio.

Los días siguientes al despido de Elise, todos se adaptaron a la nueva situación. Afortunadamente, la llegada de un nuevo animal doméstico distraía a Gabriel, que se interesaba por la suerte de la sirvienta desaparecida. Pierre, como había prometido, le había traído una gata. El animal estaba precisamente en ese momento apoltronado sobre el alféizar de una ventana, exponiendo su vientre inmaculado a los cálidos rayos del sol. Gabriel la había bautizado con el nombre de Arlequine, por su pelaje abigarrado, naranja, negro y blanco.

Por extraño que pudiera parecer, Pierre no había mostrado ningún resentimiento hacia Isabelle. Estaba presente en todas las comidas cuando se encontraba en la casa, y participaba, como siempre, en las conversaciones. Gabriel no se había dado cuenta de nada: simplemente estaba contento por tener un nuevo amigo y por ver a su padre de nuevo en la mesa familiar.

Unos gritos provenientes del despacho de Pierre hicieron que Isabelle volviera a la realidad. La joven cerró la puerta a aquel sol cegador. Después, colocó la tetera humeante sobre la bandeja y, cargada, se dirigió al despacho.

Mientras dejaba vagar su mirada con curiosidad por las elegantes estanterías de madera donde el notario guardaba sus libros y documentos, Alexander escuchaba distraídamente la conversación de los otros ocupantes de la estancia y el canto de los pájaros que venía de la calle, por la ventana entreabierta. Encuadernaciones de cuero, fruslerías de loza, objetos valiosos que respiraban buen gusto y riqueza… Apretó los dientes y se juró que también él poseería algún día un lugar tan confortable y lujoso como aquél. Su encuentro con el comerciante canadiense Van der Meer le abría las puertas a un futuro prometedor.

El holandés acababa de leer el contrato que lo comprometía con su nuevo socio, Jacob Solomon. Satisfecho, dejó el documento sobre la gran mesa de roble y tomó la pluma que le tendía el notario con gesto elegante.

—Me alegro de que hayáis podido redactar este nuevo contrato en un plazo tan corto de tiempo, señor. Os lo agradezco.

—De verdad, no hay de qué, señor Van der Meer. Por un cliente como vos…

Después de haberse ajustado los quevedos sobre la nariz, el holandés inclinó toda su corpulencia sobre el mueble. Sumergió la pluma en el tintero y enjugó la punta en el borde. Después, la hizo crujir aplicadamente sobre el papel, bajo la firma de Solomon. Alexander lo observaba, apoyado en un estante. Desde su llegada a Montreal, había firmado con el «burgués» Van der Meer, como se hacían llamar los comerciantes y viajantes, un primer contrato como «contratado»10 ante el notario Martel. El documento lo nombraba «centro»11 por un período de tres años, sin «hibernación»12 el primer año.

Sin explicarle los motivos, Van der Meer había insistido en que firmara un segundo contrato particular que lo vinculaba a él como sirviente personal. Los dos hombres tan sólo se conocían desde hacía un mes. Pero desde el primer momento, Van der Meer había mostrado un vivo interés hacía él. El hecho de que supiera leer y escribir en inglés no era ajeno a esta consideración. Dado que su nuevo socio era americano y no sabía francés, aparte de algunas palabras, el comerciante necesitaba un hombre que pudiera traducirle al inglés, lengua que él leía con dificultad. Gracias a Alexander, se comunicaría más fácilmente con Solomon y se aseguraría de que no lo timaran. Evidentemente, el escocés no había podido rechazar su oferta.

—¡Ya está! —exclamó el holandés, dejando la pluma—. Ahora, si pasáramos al segundo contrato con el señor Macdonald…

—Por supuesto. Aquí está —dijo el notario, exhibiendo un documento que ocupaba una esquina de la mesa, en la que reinaba un orden impecable.

Se dispuso a leerlo.

—Ante el señor Pierre Larue, notario de la provincia de Quebec en Montreal, y residente temporalmente, yo, el abajo firmante, estando presente… Tendréis que firmar el documento aquí, señor Macdonald —indicó el notario a Alexander, que se había acercado.

Después continuó:

—… me comprometo voluntariamente por el presente contrato a servir al señor Kiliaen van der Meer, de Montreal…

Alexander escuchó los términos del mencionado contrato que establecían su salario, la duración de su servicio, los efectos que recibiría, así como las obligaciones que tendría que cumplir por el plazo establecido. Al final de la lectura, el notario levantó los ojos de la hoja para lanzar una mirada hacia la puerta, que se entreabría. Después, tras firmar el documento, tendió la pluma a Van der Meer. Finalmente, le tocó el turno a Alexander.

Los alcanzaron unas voces provenientes del pasillo, donde dos mujeres cuchicheaban; sin duda, la esposa del notario y una criada. Alexander se inclinó sobre el contrato y dirigió con curiosidad la vista hacia el resquicio de la puerta. Sobrecogido, crispó los dedos sobre la pluma. Creyendo ser víctima de una alucinación, parpadeó. No, había visto bien…

—Podéis hacer una cruz, señor. Es lo que hacen casi todos…

Alexander apretó las mandíbulas y respiró profundamente para controlar las emociones que le hacían temblar la mano. Tenía calor, mucho calor. ¿Isabelle era la esposa del notario Larue? El hombre le había parecido vagamente familiar. Sin duda, era el pretendiente que un día le había dado un empujón frente a la casa de la calle de San Juan, en Quebec… Al tomar conciencia de este hecho, le entraron unas ganas terribles de matar.

—Sé leer y escribir, señor —respondió él con tono cortante—. Aunque el francés todavía me resulta a veces difícil de descifrar, me gustaría tener conocimiento de lo que me dispongo a firmar, si me hacéis el favor.

—Por supuesto —farfulló Pierre Larue—, haced, haced. Tomaos vuestro tiempo. Mi esposa viene a servirnos el té. Estaré a vuestra disposición dentro de un instante.

Después de recorrer rápidamente el documento con los ojos, Alexander firmó y dejó la pluma. A continuación, dio unos pasos hacia la ventana, dando la espalda a la estancia, y cruzó los brazos, totalmente conmocionado. Cerró los párpados. Encontrar a lsabelle allí era realmente lo último que se esperaba…, realmente lo último que hubiera deseado.

La loza tintineó cuando la joven dejó la bandeja y su voz suave resonó. Saber que lsabelle estaba casada con otro hombre ya era difícil, pero verlos a los dos juntos era demasiado para que pudiera soportarlo. Deseó que ella abandonara inmediatamente la estancia.

—Buenos días, señor Van der Meer. ¿Estáis preparando una nueva expedición? —oyó que ella preguntaba alegremente.

—Señora Larue, siempre me resulta un placer volver a veros. Me temo que es mi última expedición. La edad, ¿me entendéis?

—Y sin embargo, rebosáis energía y parece que las enfermedades os huyen.

—lsabelle, os presento al nuevo socio del señor Van der Meer, Jacob Solomon. Es norteamericano…, de Nueva York, ¿es correcto?

Yes, New York, señor. Encantado, señora Larrue.

—Encantada, señor.

Alexander adivinó que una sonrisa se dibujaba en la boca de lsabelle. A la joven siempre le habían parecido divertidas las deformaciones de su nombre.

—Y éste… es el señor Macdonald —continuó Pierre—. Entra al servicio de estos señores.

Alexander no tuvo elección. Se volvió para enfrentarse a la realidad. Descruzó los brazos, levantó la cabeza, se puso todo lo erguido que pudo. Tenía la impresión de que su pecho iba a explotar de tanto que palpitaba. Una ligera debilidad en las rodillas lo obligó a apoyarse en el respaldo de la butaca que estaba a su izquierda.

La sonrisa de Isabelle desapareció de inmediato y su rostro se quedó blanco. La joven vaciló, dio un paso atrás y se golpeó con la mesa que tenía detrás. Las tazas tintinearon sobre los platitos cuando su mano agarró la bandeja.

—Señora Larue —dijo Alexander, inclinándose con rigidez.

Los nervios se apoderaron de Isabelle. La joven quería desaparecer, huir a toda prisa de aquel lugar, de esos ojos de un azul demasiado glacial que la miraban fijamente.

—Señor Macdonald… —consiguió articular ella no sin dificultad, notando perfectamente la mirada inquisidora de su marido posada en ella.

Ella ofreció su mano, como exigían las buenas costumbres, y contuvo las lágrimas. Alexander dudó por un breve instante, pero fue lo suficientemente largo como para levantar sospechas en Pierre. Al ponerse en contacto los dedos de ambos, unas descargas eléctricas les recorrieron todo el cuerpo. Con labios temblorosos, Alexander rozó la mano de la joven al aspirarla. Después, la soltó de inmediato, como si se tratara de un tizón ardiendo.

—El señor… Macdonald acaba de firmar un contrato por tres años —anunció lentamente Pierre, insistiendo en la duración.

—Tres años… —murmuró Isabelle.

—Un contrato… no es más que un trozo de papel, ¿no os parece, señora? —lanzó Alexander, clavando la mirada con dureza en la mujer—. Yo he firmado por formalidad, porque la ley lo exige. Pero la palabra que le he dado al señor Van der Meer vale mucho más que un trazo realizado con tinta. ¿Qué opináis?

Desconcertada, Isabelle desvió su mirada de Pierre, que fruncía el ceño y apretaba las mandíbulas, y la dirigió a Alexander.

—Creo, señor, que a veces un trazo de tinta da mayor seguridad a los acuerdos que las palabras, al menos a ojos de la ley. Es lo único que obliga a las partes en cuestión a respetarlos, si se diera el caso de que surgiera… un imprevisto.

—Un imprevisto…, sí, un imprevisto.

Alexander posó la mirada sobre el corpiño de fina estopilla azul malva que realzaba el color de los cabellos de Isabelle. Después, dejó que se deslizara por la curva de sus caderas, que un modesto miriñaque exageraba con gracia. Sus ojos subieron por la delgada cintura y volvieron a hundirse, de forma muy inconveniente, en la profundidad del escote. La tela se tensaba con algunos tirones, elevando la curva de los pechos… que él había acariciado muchas veces. Apartó finalmente la vista del pecho para volver a fijarse en la cara, que la sangre había vuelto a dar color, y se demoró en los labios temblorosos.

—¿Cuándo os marcháis? —inquirió ella, nerviosa.

—El primer día de mayo, señora Larue —respondió el holandés, que había notado que un cierto malestar se instalaba en la estancia.

—El primer día de mayo. Eso es… pronto.

—Dentro de cinco días, señora —precisó Alexander, con la mayor de las cortesías y esbozando una sonrisa.

—Tres años es mucho…, mucho tiempo, cuando se está en un país desconocido, entre gente desconocida.

—He vivido peores soledades, señora, os lo aseguro —insistió Alexander, entornando los ojos para escrutar la reacción de Isabelle.

Pierre tomó a la joven por la cintura para atraerla hacia él. Ella se puso tensa al contacto con la mano posesiva que le recordaba que le seguía perteneciendo. Isabelle levantó la barbilla y volvió a cruzarse con la mirada de Alexander. Continuaba siendo muy profunda, pero desprendía una frialdad que ella nunca le había visto antes. Se estremeció. Un carraspeo la sacó de su contemplación. Pierre la soltó, tomó los dos contratos y los deslizó en el interior de una carpeta, que dejó caer con un ruido seco sobre la superficie de la mesa del despacho.

—Bien, creo que todo está en orden —concluyó el notario, avanzando hacia el comerciante canadiense—. Señores, ¿aceptaríais una taza de té y unas pastas?

—¡Ejem…!, no, os lo agradezco —rechazó educadamente el holandés, recuperando el sombrero que había dejado sobre el velador situado cerca de la puerta—. Tengo que ocuparme de los últimos preparativos antes de la partida. Pero si tenéis necesidad de hablar conmigo, enviadme un mensaje al albergue Dulong; allí es donde nos alojamos.

—Dulong… Tomo nota. No me queda más que desearos buena suerte, señor Van der Meer. Que Dios os proteja. Señor Solomon…

—Gracias, señor Larue.

—Señor Macdonald —añadió Pierre, tendiendo la mano a Alexander—, ha sido un placer…

Alexander clavó la mirada en esa mano que habría manoseado el cuerpo de Isabelle. Levantó la barbilla y se encontró con los ojos entrecerrados del notario, que lo observaban. Finalmente, tomó la mano y la estrechó.

—Buen viaje.

Por la actitud de Pierre Larue, su voz melosa y su sonrisita calculada, Alexander adivinó que el hombre sospechaba algo. Pero ¿qué sabría exactamente?

Isabelle, paralizada por el estupor, notaba que el pánico se apoderaba de ella al ver que Alexander abandonaba el despacho. ¿Iba a dejarlo marchar así? Pero ¿qué otra cosa podía decir o hacer? Pierre la vigilaba con el rabillo del ojo, así lo hubiera jurado. Aunque nunca había visto al padre de Gabriel, sabía, a grandes rasgos, quién era y a partir de la conversación sibilina que Alexander y ella habían mantenido, había podido sacar conclusiones bastante acertadas respecto a los vínculos que existían entre su esposa y su cliente.

Alexander, marmóreo, pasó frente a ella, casi rozándola con la mano. Esa mano… La mujer dejó escapar un gemido al darse cuenta de que le faltaba un dedo. Todos se volvieron hacia ella. Alexander, que había seguido su mirada horrorizada, levantó el brazo cerrando el puño.

—¿Estáis…, estáis herido, señor Macdonald?

—Un sabañón, señora. Nada más que un sabañón. Hay cosas peores que perder un dedo, ¿no os parece?

Ella se lo quedó mirando, suplicándole con sus ojos húmedos que comprendiera lo inconcebible. ¿Cómo explicárselo? ¿Cómo pedirle perdón? ¿Podría perdonarla algún día?

—Sí, tenéis razón, señor.

Isabelle se tapó la boca con la mano y se giró. Los tres hombres pasaron por el pasillo; sus voces todavía resonaron un momento en la entrada. La idea de que Gabriel pudiera irrumpir en aquel instante la angustió. Pero la puerta se abrió, dejando que penetrara la cacofonía de la calle, y después volvió a cerrarse. Alexander se había ido. Un silencio pesado reinaba ahora en la casa. Conteniendo un sollozo, la joven iba a salir del despacho cuando Pierre le cerró el paso.

—Estáis muy pálida, esposa mía —observó él con una punta de cinismo—. ¿Será realmente por culpa de ese dedo que faltaba? ¡En cambio, la pierna amputada de nuestro buen amigo Franchère nunca os ha conmocionado tanto!

El notario se dirigió hacia su mesa, donde se encontraba la carpeta que contenía los contratos. Sacó el documento concerniente al escocés y lo recorrió con los ojos, demorándose en las firmas.

—Veamos… Alexander Macdonald… Este nombre me suena.

Hubo un largo silencio. Isabelle, que no se había movido ni un ápice, esperaba, aunque no quería más que correr a su habitación para encerrarse. Pierre avanzó hacia ella.

—Un contrato es un contrato, señora Larue —recordó el notario, exhibiendo el documento que había sacado—. Como muy bien le habéis explicado a este señor Macdonald, las partes no están obligadas a respetar un acuerdo que no se ha puesto en negro sobre blanco. Lo que no es nuestro caso, ¿verdad, querida esposa?

Con los ojos húmedos a causa de su inmensa pena, Isabelle se lo quedó mirando un instante y después se dio media vuelta. Al poco tiempo, se oyó un portazo en su habitación. Pierre se estremeció. Dejó caer el contrato sobre el escritorio y volvió a mirar un momento el nombre que estaba escrito en él. Después, guardó la hoja en la carpeta y la cerró de golpe.

—Tengo que ver a Étienne… cuanto antes —farfulló.

Durante los días siguientes, Isabelle erró por la casa como un alma en pena. Había perdido el apetito, tanto como el sueño, lo que dejaba un rastro en sus facciones. Con el pretexto de encontrarse mal, pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación, de la que no salía más que para ver a Gabriel. Pero el niño le recordaba con mayor crueldad al hombre que ella había amado. De noche, vencida por el desaliento, sola en su cama, lloraba durante horas por lo que había sido y ya no era.

Extraño derrotero el de los sentimientos. Ella ya no lo odiaba. Pero ¿de verdad lo había odiado? En todo caso, se había esforzado por que así fuera. Pero se daba cuenta de que, desde luego, nunca había dejado de amar a Alexander, y descubría que él ya no la amaba. Peor aún, la detestaba. Y eso la hería más despiadadamente que el hecho de no volver a verlo.

—Sólo dos días —murmuró acariciando el cofrecito de corladura que acababa de dejar sobre sus rodillas—. Todavía dos días, y se irá.

Sus dedos dudaban en levantar la tapa con la que había cerrado una parte de su vida. Temblando, empujaron el pasador. Entonces, contempló su tesoro secreto. Se pasó el anillo por el dedo, admiró la finura del trabajo, imaginó la magnificencia del motivo con destellos de oro y de plata. Era el trabajo de un maestro. Besó el anillo y se lo quitó; derramando una lágrima, lo devolvió a su lugar sobre el terciopelo azul oscuro. Justo al lado estaba el medallón y un naipe con las puntas dobladas: un as de corazones.
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