Índice




descargar 2.24 Mb.
títuloÍndice
página7/56
fecha de publicación11.02.2016
tamaño2.24 Mb.
tipoDocumentos
med.se-todo.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   56
«Love you», había garabateado Alexander con prisa el fatídico día de su embarque con destino a Montreal.

—Alexander —gimió Isabelle—, yo también te quiero. Tienes que creerme. Tienes que saber que nunca quise traicionarte de esta manera. Tienes que comprender. Sí, tienes que comprender.

Cerró el cofrecito, se levantó para guardarlo y agarró su escribanía. Unos minutos después, llamaba a Marie. Hizo entrar a la muchacha en la habitación y luego cerró cuidadosamente la puerta.

—Marie, tengo una misión para ti. Necesito tu más absoluta discreción y lealtad. ¿Me juras que no le dirás nada a nadie?

Los grandes ojos negros de Marie se abrieron aún más.

—¿Una misión? Señora, os juro por mi vida que os seré leal. Si la señora me pide que no conteste a las preguntas del señor, no lo haré.

Un poco sorprendida por la inusual elocuencia de la salvaje, Isabelle se quedó muda un instante. Después, recordó la nota cuidadosamente doblada que tenía entre sus dedos.

—Sí, bien. Creo que puedo confiar en ti. Quiero que le lleves esto a un señor. Se llama Alexander Macdonald y tiene una habitación alquilada en el albergue Dulong. ¿Sabes cuál es?

—Sí, está arriba de todo de la calle Saint-Gabriel.

—Bien. Si el tal señor no está, quiero que te informes de a qué hora regresa para verlo. Es absolutamente necesario que le entregues este mensaje en persona, ¿entiendes?

Marie hizo un gesto afirmativo con la cabeza, mientras sonreía sagazmente.

—Bien. Si se diera el caso de que el señor ya hubiera liquidado su cuenta, vienes a avisarme.

—Sí, señora. No os preocupéis. No soltaré esta notita de mi mano hasta que haya visto a ese señor Alexander Macdonald. ¿Podríais describírmelo?

—¿Describírtelo? ¡Ah! ¡Sí! ¿Te acuerdas de los hombres que vinieron a ver a mi marido hace unos días? Pues es el alto que tiene el cabello casi negro, pero con reflejos de bronce.

—¿Como el plumaje de los quiscalos?

—¿De los quiscalos? Sí, eso es. Y tiene los ojos azules…, como los de Gabriel.

—Como los de Gabriel.

Isabelle se ruborizó violentamente. La comparación le había salido con toda naturalidad. Y la mirada que ahora posaba Marie en ella mostraba sin equívoco que había entendido quién era ese hombre al que ella tenía que encontrar. ¡Pues que así fuera! La joven sería cómplice de la maquinación. Pero le sería absolutamente fiel, no lo dudaba.

Étienne se cruzó con la salvaje en la entrada.

—¡Buenos días, señor Lacroix! —soltó la joven, descendiendo a toda prisa los escalones.

—Buenos días…, Marie —respondió Étienne.

Pero ella ya había desaparecido detrás de una carreta que subía por el camino de la calle de Nuestra Señora. El hermano de Isabelle se encogió de hombros y, tras cerrar la puerta, se dirigió al despacho del notario. A su llegada, Pierre, inclinado sobre un montón de documentos, lo invitó a sentarse, sin levantar la cabeza. Pero Étienne prefirió quedarse de pie. Al cabo de un rato, el hombre levantó por fin la barbilla.

—Ha venido.

—¿Estáis seguro de que se trata de…?

—¿Seguro? —tronó enérgicamente Pierre.

Después, bajó el tono de voz.

—Vuestra hermana no es sino la sombra de sí misma desde ese día. ¡Étienne! Es él, sin lugar a dudas. Además, le lanzaba unas miradas…

—Isabelle es muy guapa. Los hombres la miran igualmente.

—No se trataba precisamente de eso. Macdonald la observaba con una frialdad apenas disimulada.

Étienne asintió con la cabeza, mientras tamborileaba sobre su muslo con los dedos.

—Bien, de acuerdo. ¿Qué queréis de mí ahora?

—Arregláoslas para que ese Macdonald no vuelva a meter sus narices por aquí. Si no me equivoco, después del baile de primavera, me dejasteis bastante claro que deseabais ajustar las cuentas con él. Sé dónde se aloja: en el albergue Dulong.

Étienne tomó nota mentalmente y esperó la continuación.

—Ha firmado un contrato con Van der Meer por tres años. Eso fue hace tres días y me dejó un sobre que contiene su testamento y unos efectos para enviar a su hermano, en Escocia, si por desgracia… le ocurriera algo.

—Si por desgracia… Sí, las cosas pueden salir mal. Las expediciones a los Grandes Lagos no siempre son seguras. ¿Decís que parte con Van der Meer?

—Sí —confirmó Pierre, repantigándose en su butaca, con aspecto intrigado—. ¿Se os ocurre alguna idea?

—¡Pues igual sí! Resulta que precisamente yo también tengo que tratar un asunto con el holandés.

El semblante malvado hizo nacer algunos temores en Pierre.

—Yo no quiero inmiscuirme, Étienne, pero…

—Si me encargáis este asunto, Pierre, os implicáis de todos modos, os guste o no. Además, tal vez tengáis algo que ganar… Debo ver a unas personas; mañana volvemos a hablar de ello.

Pierre apretó los labios. Conocedor del asunto que Étienne quería saldar con el holandés, se quedó mirando, pensativo, la carpeta que contenía los contratos de los hombres en cuestión y que reposaba encima del montón cuidadosamente colocado en la esquina de la mesa del despacho. No le gustaban los métodos que gastaba su cuñado y no se engañaba en cuanto a sus intenciones. Pero…, en fin. Cerró los ojos y suspiró profundamente, reclinándose en el respaldo de la butaca.

Le había dado vueltas a esa historia durante toda la noche y no había podido pegar ojo. Van der Meer ya había elegido su suerte al negarse a devolver el dinero a los rebeldes. En lo que concernía a ese Macdonald…, el amante de su mujer, el padre natural de su hijo… ¡Joder! ¡Isabelle no tenía que enterarse absolutamente de nada de lo que se tramaba! Si no, nunca volvería a ver a Gabriel, el único hijo que tendría.

Por otro lado, al dejar que Étienne actuara, se aseguraba una cierta paz de espíritu; estaría seguro de que no volvería a cruzarse con ese Macdonald, y eso era lo único que él quería. Isabelle seguía amando a ese escocés; incluso Van der Meer lo había consultado. Si su esposa, como él suponía, esperaba el regreso de ese Macdonald, ¿cómo iba él a ganarse un día su corazón? Sin embargo, era eso lo que él quería: ser amado por quien él amaba… Nunca habría imaginado que sería capaz de hacer algo así por el amor de una mujer.

Lentamente, se incorporó y se puso de pie entre un crujido de telas y cuero. Étienne se lo quedó mirando con sus ojos oscuros hundidos en el rostro tostado y surcado de arrugas. Su cuñado debía de tener unos cuarenta años, pero aparentaba diez más. ¿Era el contacto prolongado con los salvajes lo que había vuelto su alma tan negra, o acaso era porque provenía directamente del infierno?

—Isabelle nunca tiene que saber nada —murmuró el notario, apoyándose en el respaldo de la butaca.

Una risa extraña, casi demoníaca, se elevó y le hizo estremecer. Vio que los ojos negros de Étienne brillaban de ira. Sí, venía del infierno.

—¿Queréis que os traiga un recuerdo?

—No hace falta. No quiero hacer sufrir a Isabelle más de lo necesario.

—No, por supuesto. Desembarazarse del amante es, después de todo, algo bien banal; además, sirve a vuestros intereses, Larue. Pero… si Isabelle no tiene pruebas de su… desaparición definitiva, ¿qué sentido tiene?

—No quiero cabelleras, ni orejas cortadas u otros horrores de ese tipo.

—El amor hace enloquecer, ¿eh? ¿No os parece, cuñado?

Sin responder, Pierre se pasó la mano húmeda por la cabellera.

El sol se ponía tras las murallas. Dándole la espalda, Isabelle contemplaba el río y escuchaba el chapoteo de las olitas en los guijarros y las risas de algunos marinos que descargaban las mercancías de una goleta en un muelle del puerto del mercado, a lo lejos. Unas columnas de humo se elevaban del hospital general de las hermanas grises, en la punta Callière, y de las cabañas de los salvajes, a lo largo del río Saint-Pierre.

Los ruidos de la ciudad quedaban amortiguados por los muros de piedra que tenía a su espalda, pero el viento traía hasta ella los del suburbio de Quebec, situado a su izquierda. Un perro ladró con rabia y unos niños se pusieron a gritar. Las ruedas de una carreta chirriaron.

Por encima de todo eso, oía los latidos de su corazón. Hacía casi una hora que estaba allí, esperando.

¿Seguro que le has entregado el mensaje personalmente, Marie? ¿Estás segura de que era él?

Sí, señora. Los ojos de Gabriel.

Sí, los ojos de Gabriel. ¿Y lo ha leído?

Delante de mí, señora. Y me ha dicho que nada le impedía venir.

Pero no ha confirmado que vendría.

No —respondió la criada, bajando los ojos—, no lo ha confirmado.

¿Y cómo estaba? Quiero decir… Por su semblante, ¿qué crees que puedo esperar?

Me pareció triste, señora; muy triste.

Las aguas del río reflejaban los colores del cielo, que llameaba. Frente a la joven, hendiendo el horizonte, una pinaza entraba tranquilamente en el puerto. Unas lanchas abandonaban el islote Normand13. Todo estaba inmerso en una gran quietud…, en comparación con las turbulencias de su alma. Tenía ganas de gritar, de manifestar su pena y su amargura. «Diez minutos más y me voy.» Era la tercera vez que se prometía lo mismo. Si Alexander no venía…

Oculto por el refuerzo de un muro, el hombre espiaba la silueta que le daba la espalda. ¿Cuántas veces había hecho lo misino, en Quebec, cuando esperaba a Isabelle en sus citas clandestinas? A menudo, se había preguntado por qué ella sentía interés por él, que no tenía otra cosa que ofrecerle que su corazón. Ahora que ella había tomado y había tirado su corazón, ¿qué más quería de él?

Alexander la observaba mientras luchaba contra sus ganas de ir al encuentro de ella. ¿No era preferible dejar las cosas como estaban? Él había tardado cuatro años en curar esa herida. Cuando por fin creía que lo había conseguido, volvía a verla… Desde el día de la firma del contrato, ese pasado que resurgía lo hería; Isabelle se había vuelto a convertir en su obsesión. La rabia, el asco, crispaban la totalidad de sus músculos. Se imaginaba demasiado bien a la joven en los brazos de ese Pierre Larue, que no carecía de encanto.

Se odiaba a sí mismo por seguir amándola. La odiaba por haber mancillado ese amor, por haber jugado con sus sentimientos. ¿Acaso ella no sabía el efecto que tendría en él ese vestido, que realzaba su cintura, y su peinado, que despejaba tan deliciosamente su nuca y sus hombros? Ella lo había preparado todo muy bien, después de haber enviado a la pequeña salvaje con la notita que él arrugaba entre sus dedos desde esa mañana. «¡Maldita seas, Isabelle Lacroix!»

La mujer se incorporó y lanzó una mirada a su alrededor. Se estaba impacientando. El corazón de Alexander se puso a latir con fuerza. Tenía que decidirse. Saliendo finalmente de la sombra, el hombre avanzó con paso vacilante. Ella lanzó un guijarro, que se estrelló contra el espejo del agua. Él respiró hondo para reunir el valor necesario y cerró momentáneamente los ojos para grabar en su mente esa última imagen de ella. Isabelle se inclinó y cogió un guijarro plano. Después, se enderezó con agilidad y se quedó inmóvil. Tan sólo lo separaban de ella unos pasos, pero de repente le daba miedo recorrerlos.

El papel crujía en su mano. Volvió a ver la firma de Isabelle. Una flor de lis dibujada justo encima le indicaba que no se trataba de una trampa tendida por un marido celoso. Al menos…, eso era lo que él deseaba.

Se oyó un paso en la arena, y luego otro. Isabelle se dio la vuelta entre un revoloteo de faldas. Con la respiración entrecortada, ambos se miraron en medio de un silencio turbador. El guijarro que ella tenía en la mano cayó al suelo. Alexander estaba allí, delante de ella. Vestía un pantalón de un grueso tejido pardo, gastado en los muslos y las rodillas, y una camisa manchada en varios sitios. También llevaba una sobrevesta de lana gris, sobre un chaquetón negro, y un tricornio de fieltro abollado. Bien afeitado, olía a jabón.

Ella se contuvo de lanzarse a sus brazos, esos brazos que tantas veces había imaginado que la envolvían. Quería posar la mejilla en su pecho, tomar su rostro entre las manos, decirle lo vacía que era la vida sin él… Pero se refrenó por miedo a verlo desaparecer. Isabelle permaneció todo lo inmóvil que pudo, dada la tempestad de emociones que se desencadenaba en su interior.

—Has venido… —murmuró.

—Señora Larue —dijo él, inclinando ligeramente la cabeza, sin apartar los ojos de ella.

—Alex…, nosotros… tenemos que hablar. Yo creo…, en fin…, sé que estás resentido conmigo…

¿Resentido, él? ¡Qué palabra tan suave!

—¿Qué sabéis vos de mis sentimientos, señora?

Su tono cortante hizo que se estremeciera.

—No reacciones así, Alex, te lo ruego…

Él se la quedó mirando sin decir nada. Por un momento, a ella le pareció ver que una sonrisa se dibujaba en su hermosa boca. Pero no era sino una ilusión. Él permanecía con una placidez glacial que la hería como una puñalada. Qué ingenua había sido creyendo que la escucharía, que entendería que no era dueña de su destino. Una mujer obedecía y sufría. ¿Acaso él no lo sabía? Ella irguió los hombros y la barbilla, y sostuvo su mirada. Pues sería lo que él quería. ¡Si quería guerra, la tendría!

La repentina seguridad de Isabelle desestabilizó a Alexander. Para luchar contra la debilidad que se iba apoderando de él, el hombre se puso a caminar. Giró alrededor de ella como un lobo alrededor de su presa, observándola, buscando la brecha para alcanzarla. ¡Cuánto daño le hacía volver a verla! Después de pasar todos esos años aceptando las cosas, dominando el sufrimiento, tan sólo unos segundos habían bastado para reabrir la herida. Le invadía la cólera contra la mujer que le infligía esa tortura.

Isabelle le parecía todavía más hermosa que antes, más deseable. Había conservado su frescura, pero su belleza había florecido. Con su boca redondeada, su pecho que se levantaba a un ritmo precipitado y su piel de terciopelo, era de una sensualidad turbadora. ¿Era ese matrimonio lo que le sentaba tan bien? La brisa hacía revolotear sus rizos dorados, cuyo destello se veía realzado por el fuego del sol poniente. Su perfume dulzón y azucarado se mezclaba con los olores del río. Alexander cerró los ojos pura impregnarse de él.

Imágenes que él creía tener ya bien enterradas en un rincón de su memoria volvieron a surgir. Esbozó una mueca, traicionando su emoción, pero enseguida se rehízo. Sobre todo, no tenía que desvelar sus sentimientos. Ella lo había traicionado, y le importaban un rábano sus razones. Además, ¿por qué le había hecho venir sino para despertar ese sufrimiento que él había tardado tanto en adormecer? ¡No, no se lo iba a permitir! Ninguna palabra ni ningún gesto podrían reparar, borrar. ¡Nada! Delante de él estaba la señora Larue; Isabelle Lacroix había muerto, y él llevaba luto por ella.

—¿Qué queréis de mí, señora, que no pueda esperar y que requiera tanta discreción? No creo que sea vuestro… marido el que os haya enviado para pedirme que modifique algunas cláusulas de mi contrato…

—Yo quería… explicarte…, darte las razones.

—¿Las razones?

Se plantó delante de ella.

—Sí, de este… matrimonio. No me dieron elección, Alex; tienes que creerme. ¡Yo no quería, te lo juro!

Con un dedo tembloroso, ella acariciaba una redecilla de oro fino en la que estaba aprisionada una perla y que colgaba de una cintita que llevaba anudada al cuello. Él miró fijamente la joya el tiempo preciso para evaluar la calidad y su valor. Después, soltó una carcajada para ocultar su turbación.

—¡No, por supuesto! El dinero… os es indiferente. ¡Qué tonto soy! Sin embargo, señora Larue, vuestro marido es un hombre bien parecido…, que sabe engalanaros. Con todo esto, no debéis de dejar frío a ningún hombre…

—Las joyas y lo demás no me importan, Alex; ya lo sabes.

—Sí, por supuesto, ¡las joyas de cuerno o de bronce!

—¡Alex, no seas tan sarcástico! Tus palabras van más allá de tus pensamientos, estoy segura. Entiendo que quieras herirme, pero no es leal…

Pálida, Isabelle contemplaba a Alexander con una mezcla de temor y de espanto.

—¿Leal? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Pero ¿qué es la lealtad? ¿Vos, tal vez, lo sabéis?

La evocación de esa cualidad lo sacaba de quicio. Agarró a la joven por la muñeca y la estrujó entre sus dedos sin darse cuenta. Isabelle gimió e intentó soltarse, pero él la retuvo y se acercó a ella para sentir su aliento en el cuello. Olió su cabellera, que se salía de un sombrero de paja encajado en un tocado de encaje. El rosa del corpiño realzaba su piel cremosa, que adoptaba unos reflejos nacarados. Él la acarició con el pensamiento… Cerró los ojos para reponerse.

Su nariz rozó los rizos olorosos, sus labios tocaron la frente de terciopelo. Este contacto lo fulminó, y sintió que el desasosiego se apoderaba de todo su cuerpo. Ella hipó y bajó los ojos. Bajo su mano, que la prendía por la cintura, sintió que se estremecía. ¡La zorra! ¡Lo estaba provocando! ¡No tenía derecho a hacerlo sufrir así! Le dirigió una mirada glacial y se ocultó tras un inmenso desprecio.

—¿Qué queréis de mí? —espetó él—. ¿Qué esperáis de mí ahora, después de lo que habéis hecho? ¡Os habéis reído de mí! ¡Me habéis vuelto loco de amor para rechazarme luego como a un perro! Pero, con el tiempo, la herida se ha cerrado… Mi vida ha tomado otro camino, así que resulta inútil volver al pasado. ¿Creéis que sois la única mujer con la que he compartido algunos momentos de locura?

—¡Para, Alex, te lo ruego! ¡No me creo que tus sentimientos hacia mí fueran tan volátiles! Los míos siguen siendo muy profundos…

¡Tonterías! ¿Qué sentimientos podía albergar el corazón de esa traidora? Amor y deseo; con frecuencia se confundían el uno con el otro. Sin embargo, eran tan diferentes… Amor: don de sí mismo, abnegación, admiración, perdón, aceptación. Deseo: pasión, necesidad carnal, apropiación, desgarramientos.

Alexander la estrechó contra él y pasó los dedos por su columna vertebral. Isabelle suspiró echando la cabeza hacia atrás y crispó la mano sobre el chaquetón de lana. Amor de la voluptuosidad, deseo carnal… ¡Ah! ¡Por supuesto! Pero ¿no le bastaba su marido? ¿La muy traviesa deseaba vivir la locura de una aventura con un gañán de baja estofa? ¡Tenía que rechazarla, largarse corriendo! Pero, perdido como estaba en el torbellino de emociones que lo atropellaban, no conseguía separarse de ella.

—Alex…, yo te quiero… Yo te sigo queriendo.

¿Ardid? ¿Verdad? No sabía qué pensar. Ella lo había traicionado. Se había casado con otro hombre, a pesar de que estaban prometidos. ¿Por qué razón sino por la estabilidad de una fortuna que él nunca podría haberle ofrecido? El perfume a flores blancas que ella desprendía lo embriagaba, eclipsando los olores a tierra húmeda y a pescado podrido que llegaban hasta él. ¡Oh, Dios! ¿De verdad lo seguía queriendo?

Tenía tantas ganas de ella como el primer día, tantas como hacía tres días, tantas como tendría dentro de diez años. Le besó los párpados, descendió hasta el cuello. Ella gimió, acomodada entre sus brazos. Podría tomarla allí mismo, contra el muro. Ella se abandonaría a él, lo adivinaba fácilmente. Sólo que… ¿por qué había querido volver a verlo? ¿Qué esperaba de él, el exilado que no tenía título ni fortuna? La idea de que lo único que quería era aprovecharse y gozar un poco con él no lo abandonaba desde que había recibido su mensaje. ¿Qué podía aportarle él, aparte del placer físico?

Isabelle se agarró a Alexander, se tensó. Él la arrastró hacia el rincón que le había servido de escondite y la empujó contra el muro de piedra cubierto de musgo. Deslizó una rodilla entre sus piernas, empezó a arremangarle las faldas, dejándole al aire los muslos, que enseguida manoseó con ardor. Ella se arqueó y clavó los dedos en sus hombros. Cuando la mano de Alexander se deslizó hacia su intimidad, Isabelle se sacudió violentamente y notó que el vientre le ardía. Hacía tanto tiempo…

—¡Alex…! ¡Oh, Alex!

La joven buscó sus labios, los mordisqueó maliciosamente, lo estrechó con fogosidad. Aletargada por su calor y sus caricias, Isabelle olvidaba toda prudencia. Estaba entre los brazos de Alexander y era lo único que le importaba. Como antaño, temblaba de placer al contacto con las manos de su bienamado…

Bruscamente, Alexander le agarró una mano y la posó sobre su corazón, que latía ruidosamente.

—¿Es ésta la parte de mí que deseáis?

Mirándola con malicia, apenas podía ocultar su acritud. Continuó besándola, pero bestialmente. Volvió a acariciarla, pero con vehemencia.

—¿Os gusta, señora?

Tirando sin ninguna suavidad del corpiño, liberó un seno para morderlo delicadamente, hasta provocar ese exquisito dolor que le arrancaba gemidos. Las manos y los labios, celosos y posesivos, se deslizaban por su piel.

—¿Os gusta lo que os hago? ¿Gozáis?

Su brutalidad, su tono frío y cortante hicieron reaccionar a Isabelle. ¡No! ¡No! Él no había entendido. Ella tenía que explicarle… Desgraciadamente, todavía no podía decirle nada respecto a Gabriel. Exigiría ver al niño para manipularla o por deseo sincero de conocerlo. Sin embargo, por el equilibrio emocional de su hijo, no podía permitirlo. Era demasiado pronto…, demasiado pronto… Primero tenía que asegurarse de sus sentimientos en cuanto al niño.

Isabelle intentó rechazarlo. Estaba a punto de entregarse a un hombre que probablemente ya no la quería y que sin duda sólo pretendía abusar de ella. ¡Qué tonta era! Pero Alexander, iracundo, la retuvo con firmeza y se dispuso a desabrocharse la bragueta.

—¡No, no, Alex! ¡Esto no, así no! ¡No lo entiendes! ¡Tenemos que hablar!

—¡Oh!, por supuesto, tenéis miedo de llevar un bastardo… Pero no tenéis más que dejar que vuestro esposo honre vuestro lecho esta noche, y no se enterará de nada.

La bofetada lo sorprendió; después notó un dolor agudo en la mejilla. Soltó totalmente a la joven, se apartó y se llevó la mano donde ella lo había golpeado con violencia.

—¡Alexander Macdonald! —espetó con ira Isabelle entre dientes—. Pensaba que estarías dispuesto a escuchar lo que tenía que decirte, pero constato que no eres más que un gañán, un vicioso asqueroso que no busca más que aprovecharse de mis debilidades. Después de todo, quizá no sea más que eso lo que siempre has buscado. ¡Seguro que me encontrabas más excitante que esas chicas alegres llenas de parásitos que te pagabas en Quebec! Me he equivocado contigo, Alexander… Si uno ha utilizado a otro, ése has sido tú. Te di lo más valioso que tenía y… ahora constato que… ¡Oh! ¿Era eso lo único que querías de mí? Al final, mi padre tenía razón. ¡Para el conquistador, tomar la virtud de la hija del vencido consolida su victoria!

Ante la virulencia de aquellas palabras y el semblante convulso de Isabelle, Alexander se dio bruscamente cuenta de su error de juicio. Así que todavía lo amaba. ¡Y él lo había estropeado todo! Pero sin duda era mejor así… De todos modos, ¿qué futuro tenían? Era preferible que las cosas se quedaran como estaban.

Isabelle jadeaba de rabia. Conteniendo las lágrimas y con los puños cerrados, continuó:

—Ya no te reconozco, Alexander Macdonald. ¡Eres grosero, vulgar! Y tus «señora» por aquí, y tus «vos» por allá… ¡Eres patético! Entiendo tu amargura…, pero no tienes derecho a tratarme de esta forma. Me obligaron a casarme, ¿lo entiendes? ¡Yo no quería, te lo juro!

—¿Obligada? ¿De verdad? —gritó él otra vez, llevado por la cólera—. ¡Podías haber huido, maldita sea! A mi regreso, me hubiera reunido contigo, y…

—¿Huir para ir adónde, dime? Estaba sola, sin recursos. El país estaba en guerra. Y… yo…, ¡yo no podía! Alex, mi madre… Ella sabía lo nuestro; me amenazó con encerrarme en un convento y con… ¡Oh, Dios mío! ¡Ella me hubiera encontrado! ¡Tenía la intención de acusarte de rapto y seducción!

—¡De rapto y seducción! Mo chreach!14 —exclamó él, asombrado, antes de echarse a reír—. Pero ¿con qué pruebas? ¿Tú hubieras testificado contra mí?

—¡Para ya de decir tonterías! ¡No hubiera necesitado mi testimonio, Alex! Te hubieran colgado por eso…

—¿Colgarme?

De repente, recuperó su tono serio y la miró tristemente mientras sacudía la cabeza. Notó la cuerda que le apretaba la tráquea e impedía que pasara el aire. Tragó saliva. Colgarlo… Ya sabía lo que era, pero ella no tenía que enterarse.

—Alex, mi madre lo había organizado todo a mis espaldas: los encuentros con Pierre, el contrato que debía firmar…

—¿A tus espaldas? ¿Te burlas de mí? ¡Vi a tu prometido salir de tu casa, y tú me afirmaste, me juraste que no era más que un «amigo» que venía a ocuparse de los asuntos de tu padre! Desde luego, hay que admitir que tienes una concepción bastante extraña de la amistad. ¡Me mentiste, Isabelle!

—¡No, era la verdad! Pierre no era más que un conocido. A mí no me interesaba, Alex. Pero él… Yo no creía que…, quiero decir…, no pensaba que mi madre fuera tan lejos. Lo hicieron todo sin mi consentimiento, y todo sucedió en pocos días. No podía hacer nada; no podía oponerme legalmente a ese matrimonio.

—¿Así que la única que sabía de tus sentimientos era tu madre? Pero ¿por qué no intentaste encontrarme después y explicármelo? Si hubieras roto ese silencio que demostraba tu culpabilidad desde mi perspectiva, habría entendido la situación. ¡Podríamos haber huido juntos! Hacia las colonias inglesas, por ejemplo; incluso tal vez a Escocia.

A decir verdad, esa idea se le había pasado por la cabeza, pero por culpa del niño Isabelle había renunciado a ella. Después, su empecinamiento en odiar a Alexander había acabado por triunfar sobre sus sentimientos. Miró con tristeza al escocés.

—¿A qué viene esto, Alex? Tú permaneciste igual de callado que yo. Esperé que vinieras…, sobre todo después de verte en el baile…

—¿En el baile?

—En el baile de primavera, en casa del gobernador. Sé que estabas allí, Alex; te vi.

Él frunció el ceño. ¿Cómo iba a haberlo visto en un baile al que él no había asistido…? ¿Cabía la posibilidad de que hubiera visto a John? Así pues, ¿su gemelo estaba en Montreal?

—¿Por qué no me diste señales de vida, Alex? No tenías más que preguntar dónde vivía…

—No era yo quien tenía que ir a verte, no era yo quien había roto el juramento, Isabelle. Pero es verdad… ¿Qué es un juramento si no va acompañado de un papel firmado?

—A pesar de lo que piensas, no he roto el juramento, Alex. ¡He cumplido todas las palabras que pronuncié!

Alexander encogió las comisuras de los labios esbozando una mueca de escepticismo.

—¿Tú…, tú las cumples? ¿De verdad? ¿Y cómo puedes hacerlo en la cama de otro? —escupió con rabia Alexander—. ¡Explícamelo, porque ahí sí que me pierdo!

—Sólo te he querido a ti. Eres el único que vive en mi corazón, para siempre.

—¡Eso es muy reconfortante! Pero, dime, ¿qué tengo yo que hacer ahora con este amor?

—Yo…, yo…

En verdad, Isabelle no sabía qué responder. Se encogió de hombros. En definitiva, se había equivocado al querer verlo de nuevo. ¡A él le importaba poco su declaración de amor! ¡Nada! Quiso huir corriendo, pero él la atrapó por el brazo y la retuvo con rudeza.

—No has respondido a mi pregunta, Isabelle —gruñó él—. Todavía no me has dicho qué querías de mí, por qué me has hecho venir.

Sin aliento, ella cerró los ojos y se apoyó contra el muro.

—No sé qué responderte, Alex. Ya no lo sé… Seguro que tienes razón: no tenía que haber intentado verte otra vez…

Isabelle notó que los dedos de Alexander se deslizaban suavemente por su mejilla, dibujaban el contorno de sus labios y descendían por el cuello, donde su boca se posó con delicadeza. Sujetó la mano sobre su corazón, que latía alocadamente, y acarició el muñón que había quedado del dedo amputado.

Se oyó el estruendo de un coche, no muy lejos de ellos. Después, unas voces de unos niños un poco más cerca. Los chavales se pusieron a reír al verlos, y luego se fueron corriendo. Alexander suspiró. «¡Mira tú —pensó con amargura— adonde me han conducido los sentimientos exaltados!», los momentos que había conseguido robar a un destino muy diferente del suyo. Coll lo había avisado: esa burguesa nunca podría pertenecerle. Pero él, cegado de amor, no lo había escuchado. No había notado bajo sus dedos la finura de la seda que llevaba ella; no había visto el destello de oro y plata que la engalanaba; no había olido la riqueza de su perfume. Sordo y ciego a todo, se había lanzado de cabeza a esa locura.

—Isabelle… —murmuró él—, de todos modos no hubiera funcionado. Todo nos separa, ¿acaso no lo ves? Nuestros mundos son demasiado diferentes, opuestos el uno al otro. Tú vives en la opulencia, mientras que yo tengo que contentarme con unas migas de pan… ¿Acaso sabes siquiera lo que es pasar hambre? ¡Claro que no! Sin embargo, eso es mi vida. No puedes imaginarte lo que yo he vivido… ¡Mi vida es demasiado diferente de la tuya! ¡Oh, Isabelle! ¿Qué queda de nosotros dos, de nuestro amor? Recuerdos… Nada más que recuerdos que se borrarán con el tiempo.

«No, mucho más que recuerdos, Alex —chilló ella en su cabeza—. ¡Nos queda un hijo!» Pero no podía confesarle eso. Al menos, no inmediatamente. Agarró a Alexander por el cuello de la chaqueta.

—¡Pues sé mi amante! Ámame, lo necesito…, te necesito. Quédate aquí… Podremos volver a vernos. Cuéntame tu vida. Quiero conocerte mejor, amarte más, siempre más.

Isabelle se estrechó contra él, y al notar ese cuerpo flexible que lo había atormentado tantas noches, a Alexander le pareció por un instante que no habían transcurrido esos cuatro años. Con los ojos cerrados, se imaginó a orillas del río Saint-Charles, oyendo el chapoteo del agua en la playa y los latidos del corazón de Isabelle en su oído. Una nueva llamarada de deseo le devoró las entrañas. «¡Sé mi amante!»

¿Su amante? ¿El amante de la señora de Pierre Larue? Se le crispó el estómago. Desde luego que podría. Pero ¿le satisfaría? ¿Sería capaz de amarla a trozos, según el día, el humor y las circunstancias? ¿A su corazón le bastarían algunos achuchones? No, no podría oler su piel y acariciarla sin pensar que otro hombre había hecho lo mismo antes que él. Con otra, podría, pero no con Isabelle…, no. Tomó suavemente las manos de la joven entre las suyas y las apartó con lentitud de su chaquetón. Después, habló con voz profunda, pero muy calmada, para tranquilizarla.

—No, nunca, Isabelle. Yo no comparto. Conmigo, es todo o nada. En mi alma y mi conciencia, creo que lo mejor que puedes hacer es olvidarme…

Él la miraba fijamente con sus ojos de zafiro, que penetraron en ella hasta lo más profundo de su alma trastornada. ¡No, ella no quería perderlo por segunda vez! ¡No podría soportar otra separación! Le flojearon las piernas y se sujetó a él, para hundir su cara en la camisa. Su ojo vislumbró un destello en el cuello, que después desapareció bajo la tela. Rebuscó en el tejido para encontrar el objeto y lo palpó: ¡seguía llevando su cruz de plata! Isabelle rompió en sollozos.

—¡Dime que ya no me amas, Alex! ¡Dímelo; si no, no conseguiré olvidarte!

—Yo…

—¡No! —gritó ella, tapándole la boca con la mano—. No digas nada…

Él cerró los ojos para contener las lágrimas que afluían.

—Estás casada con otro, Isabelle. Es un hecho, y no podemos hacer nada… Yo… te he amado con toda mi alma. Pero hoy…

—¿Ya no me amas? ¿Es eso?

Ella casi chillaba, presa de locura ante la idea de no volver a ver nunca jamás al que amaba cuando acababa justo de reencontrarlo.

—¡Sé mi amor, mi amante, te lo suplico!

—No sería más que una aventura… No me bastaría con eso. ¡Te quiero entera, toda para mí solo! ¡O mejor dicho, te quería entera!

—Pierre no sabrá nada… No podrá oponerse…

—Isabelle, ¿cómo voy a creer ni por un instante que tu marido bendeciría nuestra relación? ¡Es ridículo!

Ella estuvo a punto de explicarle la humillación a la que él la había sometido y el acuerdo que habían alcanzado, pero se echó atrás. Se habría visto obligada a hablar de Gabriel, que era el meollo de ese acuerdo. ¿Tenía derecho a sacrificar a su hijo por una aventura? Porque Alexander tenía razón: no sería más que una aventura… ¿Era eso lo que ella quería? ¿Acaso eso no la haría todavía más infeliz? Además, ¿aceptaría Alexander ver crecer a su hijo en los brazos de Pierre?

Se apartó de ella y se acomodó sus ropas arrugadas.

—Ya es hora de que vaya a preparar mis cosas. Me marcho… mañana.

—Regresas en otoño, Alex… Tal vez…

—No. No regresaré, Isabelle. Es inútil que me esperes. Te deseo… mucha felicidad.

—¡Alex! —lo llamó ella con la mano tendida.

Alexander levantó los ojos hacia Isabelle: ¡Dios, qué hermosa era! Pero una relación entre ellos nunca saldría bien. Si no acababan por odiarse, terminarían siendo indiferentes el uno al otro. Era mejor así. Era preferible que ella viviera su vida. Al menos, conservarían bellos recuerdos de su amor, aunque fuera difícil. Su historia era algo del pasado.

Tomó suavemente la mano de Isabelle y la besó. Después, hizo una reverencia rozando la hierba con su tricornio; se giró y se alejó. Oyó cómo ella lo llamaba. ¿Por qué había aceptado verla? No le había reportado más que sufrimiento. Además, ahora le parecía ridículo haber jugado la carta del desapego para herirla. Un torrente de emociones lo invadió, y esa vez fue incapaz de contener las lágrimas. Dejó que rodaran por sus mejillas, que le mojaran la camisa. La gravilla húmeda rechinaba bajo sus pies, como las bisagras mal engrasadas de una puerta que se cerraba a una parte de su vida.

Beannachd leibh, mo chridh' ághmhor…15

De nuevo se encontraba solo, en el silencio de aquel vagabundeo que volvía a atraparlo.

Isabelle notaba un zumbido en los oídos. Se llevó las manos a la cabeza para espantarlo, pero sólo consiguió hacerse daño. Gimió.

Una mano se posó sobre su frente, con suavidad. Tomó las suyas, las apartó de la cabellera y las cruzó con delicadeza en su pecho, sobre la manta. Abrió los ojos con dificultad. Pierre estaba inclinado sobre ella y la miraba con tristeza.

—¿Qué…?

—¡Chitón! Reposad, ángel mío…

El notario posó un dedo sobre sus labios exangües para que su mujer callara. Los ojos de un verde cobrizo rodeados de ojeras lo miraban fijamente, un poco azorados. Había faltado poco, tan poco…

La víspera, Isabelle había regresado a casa en un estado de gran agitación y se había encerrado en su habitación. Se había negado a ver a nadie, ni siquiera al pequeño Gabriel, que había pasado una parte de la velada llorando por no haber podido darle las buenas noches a su madre. Después de conseguir que su hijo se durmiera, Pierre se había dirigido a la habitación de su esposa, exigiendo que le abriera la puerta. Había sido en vano. Entre dos ruidos de vasos al romperse y dos portazos de armario, ella le había gritado que la dejara tranquila. Entonces, había interrogado a Marie para saber qué era lo que podía haberla trastornado de aquella manera. Pero la criada se había quedado muda y se había eclipsado encogiendo los hombros. A la espera de que Isabelle se calmara, impotente e inquieto, se había refugiado en su despacho para acabar la redacción de un inventario que no podía esperar.

La noche se había presentado solapadamente en la casa. Al notario le había costado concentrarse en su trabajo: el silencio que reinaba le había parecido pesado, lo había ido angustiando. Mientras hacía una estimación del importe de los bienes del matrimonio Lefrançois, no había podido evitar reflexionar, intentar comprender la actitud extraña e inusual de su mujer. Había salido, y había sucedido algo… Al final, le había venido bruscamente a la cabeza una idea que le heló la sangre: había vuelto a ver a su antiguo amante.

Loco de inquietud, se había precipitado entonces a la habitación de Isabelle. La puerta estaba cerrada con llave. Se había puesto a escuchar: siempre ese silencio. Para asegurarse de que la joven estaba allí y estaba bien, había decidido utilizar su llave maestra.

¿Isabelle?

Lo acogió un olor fétido a alcohol mezclado con algo mucho más acre; recorrió la estancia con la mirada buscando a Isabelle. El desorden era indescriptible: prendas por el suelo; el tocador volcado; botellas rotas y artículos de belleza esparcidos alrededor. Los perfumes derramados le picaban la nariz. Todo eso no era propio de Isabelle. La angustia de Pierre era creciente.

Finalmente, encontró a su mujer en el gabinete contiguo a la estancia: en camisón, los cabellos enredados, estaba acurrucada contra la bañera de cobre, al lado de una botella de orujo vacía. Su ropa estaba manchada de sangre. Enloquecido, la tomó en sus brazos para llevarla sobre la cama y pidió ayuda.

Rebuscó entre la tela empapada que se le pegaba a la piel, palpó y examinó las diferentes partes del cuerpo; buscó frenéticamente la herida que Isabelle se había infligido. Por fin descubrió que se había cortado la palma profundamente con un trozo de cristal: el recipiente del que bebía se le había roto en la mano. Entonces, lloró de tristeza mientras le vendaba la herida. Después, lloró de alivio mientras la acunaba contra él. Isabelle, su dulce Isabelle…

Por un instante había creído que ella había intentado lo imperdonable. Que había querido cometer ese gesto que condena a las llamas eternas. ¡Eso él nunca lo hubiera aceptado! ¡Ese cabrón de escocés, ese Macdonald! ¡El culpable era él! Después de haber abandonado a Isabelle, regresaba para torturarla. ¡Se lo haría pagar!

—Reposad, ángel mío —murmuró Pierre mientras besaba a la joven en la mejilla.

Isabelle salió entonces de su torpor y se incorporó de golpe en la cama dando un grito. Pierre la acogió en sus brazos para tranquilizarla. Transcurrieron unos minutos y ella se relajó un poco, recuperando una respiración normal.

Agarró con sus dedos la camisa de Pierre e hizo una mueca de dolor; dejó que su brazo izquierdo cayera sobre la manta. Tenía sabor a bilis en la boca. Bajó los ojos hacia el vendaje que le cubría la mano, se mordió el labio y recordó: había perdido el equilibrio y se había caído con el vaso, que se le había roto entre los dedos; unas esquirlas se le habían clavado en la palma… Entonces, una idea terrible se le había pasado por la cabeza.

Había cogido un fragmento de vidrio y, mientras lo deslizaba por la piel delicada de su muñeca, había dudado largamente. «Lo mejor que puedes hacer es olvidarme…» Pero ¿cómo iba a olvidar a Alexander si veía todos los días sus rasgos en su hijo? ¿Olvidarlo? Ella sólo conocía un método para conseguirlo…

Después había oído llorar a Gabriel y llamar a su puerta. Su hijo le había impedido llevar a cabo los sombríos pensamientos que había tenido en un acceso de locura y desesperación. ¿Qué había hecho? ¡Qué había hecho!

—Ya está, cariño —le susurró en voz baja y compasiva Pierre—. Os ayudaré. Saldréis adelante… Nadie más os hará daño, amor mío. Os amo, Isabelle. Creedme, os amo. ¿Por qué me rechazáis, por qué?

Al oír esas palabras, Isabelle sollozó quedamente en los brazos de su marido. Él le confesaba su amor…, mientras que ella había estado a punto de cometer un gesto imperdonable, mientras que ella lo había expulsado de su lecho. El hombre al que realmente amaba la había desterrado para siempre de su vida, y ella rehuía al que la acogía, la consolaba. Alexander ya no la amaba, y ella no amaba a Pierre… Le quedaba Gabriel, su hijo, su único amor. Sólo el niño la retenía en esta tierra. Por él, tenía que seguir viviendo.

—Perdonadme —susurró Isabelle.


1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   56

similar:

Índice iconÍndice Índice 1 Introducción 2 Desarrollo 3 Conclusiones 4

Índice iconIndice

Índice iconIndice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice

Índice iconÍndice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com