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Capítulo 3.
El viaje


Con la mano en la culata de la pistola, colgada del cinturón, Kiliaen van der Meer, con el torso hinchado bajo una profusión de encajes, vigilaba a sus hombres, que se ocupaban de los últimos preparativos antes de la partida.

Amarrada en el muelle de Lachine, la flotilla del holandés era impresionante: cuatro canoas mayores de más de treinta y cinco pies de largo por cinco de ancho y capaces de transportar tres toneladas de mercancía además de diez o doce hombres; seis canoas del norte, un poco menores, en las que podían acomodarse seis hombres.

Las tribus algonquinas habían concebido esos extraordinarios esquifes de corteza de abedul amarillo sin los cuales los cursos fluviales del país no hubieran sido accesibles para los blancos que se dedicaban al comercio de pieles. A pesar de su asombrosa solidez, eran frágiles. Así pues, los hombres que los maniobraban habían de tener cuidado y evitar los escollos que podían rasgarlos.

Todas las canoas de la flotilla llevaban en la proa un águila pintada de rojo, emblema de la compañía de Van der Meer. Varios fardos de noventa libras estaban cuidadosamente repartidos, colocados sobre unas planchas de cedro que los elevaban ligeramente del fondo para que no estropearan el fino casco y quedaran protegidos de la humedad. Estos paquetes contenían las mercancías que se iban a cambiar y provisiones para el viaje, que tenía que durar cinco semanas a razón de catorce horas de remo con zagual al día.

Una multitud abigarrada se había reunido para asistir a las ceremonias propias de esa gran partida anual. Esposas, hermanas, amantes, hijos y amigos participaban en el picnic que ofrecía el comerciante y se apretujaban en las inmediaciones de la orilla, admirando, abrazándose y bendiciendo a los que marchaban. Engullendo un trozo de salmón ahumado que regó con burdeos, Van der Meer señalaba con el dedo una estiba un poco suelta o un bulto mal calzado. Enseguida se corregía la situación. El fastidioso trabajo de cargar las canoas había empezado un poco antes del amanecer.

De pie junto a la embarcación en la que tenía que viajar, agobiado por los zumbidos de las voces, Alexander contemplaba el espectáculo como en un sueño. Los olores de las carnes asadas de las que se atiborraban los notables venidos a la fiesta le cosquilleaban en la nariz y le hacían salivar. Munro, sentado en una estrecha bancada, sonreía.

—¡Embarcamos! —gritó una voz.

—¡Ha llegado el gran día! —anunció Munro, agarrando su zagual de cedro rojo, que había pintado alegremente con vivos colores.

—Sí —farfulló Alexander, saliendo de su ensoñación y metiendo con cautela el pie en la embarcación, cuya regala apenas sobresalía seis pulgadas del nivel del agua.

El timonel se instaló de pie en la popa, sujetando con firmeza el timón con su mano callosa. Le llamaban el Rana. Alexander había comprendido por qué en cuanto había visto sus ojos de batracio. En la proa ya estaba sentado el piloto, vestido con un capote azul engalanado con plumas de oca teñidas de vivos colores. Sébastien Lemieux era un hombre bastante taciturno, que nunca intervenía activamente en las conversaciones, pero que era capaz de seguir tres de ellas al mismo tiempo, por lo que se decía.

Además de Alexander y Munro, otros seis remeros ocupaban la canoa mayor, que se llamaba Canoa de Montreal. Todos estaban de buen humor. Con el zagual en la mano, esperaban la señal de marcha que daría el burgués. Jacob Solomon se instaló frente a Alexander, a quien saludó al pasar. El escocés le respondió con una sonrisa.

Ready? —preguntó Solomon a la tripulación.

—¡Oh! ¡Otro de Boston! —gruñó un remero detrás de Alexander—. ¡Joder, ni siquiera son capaces de hablar francés!

Mathurin Joly no ocultaba su aversión hacia los burgueses anglófonos y no había dejado de quejarse respecto a la nueva asociación del holandés con el americano. Solomon, que había aprendido algunas palabras en francés desde su llegada a Montreal, se giró mostrando una amplia sonrisa.

—¡No de Boston, de New York, amigo!

—De Nueva York o de Boston, todos son iguales —refunfuñó el otro en voz baja.

Munro, siempre sonriente, guiñó un ojo a Alexander. Sus zaguales se reflejaban en el agua helada del lago Saint-Louis. Doblando el lomo como los otros, estaban preparados, con el ojo clavado en el primer piloto, que levantaba los brazos. Las canoas se habían agrupado a algunos pies de la orilla, con la proa en dirección al nordeste. En un silencio ceremonioso, todos esperaban en un estado de excitación bajo el aire fresco de ese martes primero de mayo, en medio de volutas de bruma. Alexander cerró los ojos. No oía otra cosa que el agua que chapoteaba suavemente contra la corteza del esquife. Casi se imaginó que estaba solo.

—¡Adelante! —chilló por fin la voz fuerte del piloto.

Formando un baile de vivos colores, los viajeros sumergieron entonces sus zaguales en el agua con un sincronismo perfecto. Estalló un clamor de alegría, tanto en tierra firme como en las canoas que hendían la superficie lisa del lago. Alexander seguía la cadencia de la boga, unos cuarenta y cinco golpes por minuto. Le parecía ya haber vivido ese momento, haber sentido ese desgarramiento que se mudaba en exaltación a medida que la tierra firme se alejaba. Con los ojos perdidos en la inmensidad de los bosques que bordeaban las orillas, recordó las costas de Irlanda desapareciendo entre el cielo y el mar mientras el Martello hendía las aguas grises. Después, pensó en Glencoe, su valle majestuoso. Volvió a ver su paleta de verdes…, y después el verde del iris de Isabelle que nunca volvería a contemplar. Todo eso era lo que quedaba detrás de él. No eran más que recuerdos… Dobló su ardor y respiró profundamente. Luego, dirigió su mirada hacia lo desconocido, hacia el futuro.

El sol los acompañaba. Las voces de los contratados entonaban unos cantos que se elevaban por encima de las aguas. Tal vez alcanzaran a los escasos habitantes que divisaban de vez en cuando, de pie en la orilla, y que les hacían señas con la mano o con el sombrero. Entre dos pausas de algunos minutos que les permitían descansar y fumar en pipa, Alexander vio desfilar algunas casas de las que se escapaban unas columnas de humo. Después de haber entrevisto el campanario de La Presentación16, atravesaron la Gran Ensenada. La aguja de Punta-Clara se erguía, alta y recta, en la cima de su iglesia, mientras que las aspas del molino los saludaban chirriando. Pasaron por la isla de Santa Genoveva y finalmente llegaron, unas quince millas más lejos, a los primeros rápidos de su viaje: los de Santa Ana. Allí iban a pasar su primera noche.

Totalmente agotado, Alexander se dejó caer en la arena, después de haber transportado los fardos hasta la orilla. Ya no notaba los brazos y tenía unos dolorosos calambres en las piernas, que habían estado dobladas durante largas horas. En cuanto a sus riñones, le daba la impresión de que los había pisoteado un rebaño de vacas. Mientras buscaba una posición que no le produjera mucho sufrimiento, observaba distraídamente a dos hombres que, con el torso desnudo, se salpicaban alegremente con agua del lago, no lejos del joven Chabot, que estaba llenando un cubo. El mayor de ellos, un tal Dumais, era bastante imponente. Tan ancho como alto, lucía tatuajes con formas de animales de colores oscuros bajo el espeso vellón de su pecho. Salpicó riendo al jovenzuelo, que protestó con una palabrota y se enderezó enérgicamente. Chabot no tendría más de dieciocho años. Y aunque era de constitución fuerte, parecía que su juventud y su ingenua temeridad iban a hacer de él el cabeza de turco del grupo. Alexander tuvo ese repentino presentimiento.

—¡Perro muerto!17 —rezongó el joven.

—¿Qué? —dijo el peludo—. ¡Repite eso, que te vas a comer los dientes!

—He dicho… ¡Ay! ¡Ay! No sé nadar, especie de…

El resto de sus protestas se perdieron en un gorgoteo de agua que hizo sonreír a Alexander. Dumais lo había agarrado por un brazo y después, sujetándole la cabeza debajo de la axila, se había sumergido con él en el agua. Alexander notó una presencia a su lado y se giró. Un pelirrojo achaparrado luciendo un singular pico de acero en lugar de la nariz y con un sombrero redondo de fieltro deformado le sonreía. Mostraba una botella que contenía su regalía18, de la que se dio un buen trago. Alexander lo reconoció; era Hébert Chamard, llamado el Resucitado.

—¡No hay que molestar a Dumais! —le advirtió el pelirrojo, riendo sarcásticamente—. ¿Has visto su hombro?

Efectivamente, Alexander se había fijado en que en uno de sus hombros Dumais llevaba un dibujo un poco diferente de los otros; se parecía vagamente a una flor de lis.

—¡Hummm!

—Lo marcaron a fuego el día en que cumplió quince años por haber fabricado moneda de papel falsa. Se enorgullece de haber crecido en la prisión. Es duro, duro. Hay que desconfiar de él y sobre todo evitar decirle tonterías.

—Lo intentaré.

Rojo de ira y chorreando, Chabot salía del agua refunfuñando. Recogió su cubo y se alejó envuelto en las risas de los espectadores. La lección había terminado.

—El chaval acaba de recibir el bautismo. Todos los novatos pasan por eso, de una manera u otra —explicó el Resucitado con aire de entendido. Después, hizo una pausa y contempló el lago con semblante pensativo.

—La verdadera partida será aquí. Hoy no ha sido más que un paseíto. Esta noche nos obsequiarán con la buena cocina de Jomé, y después iremos a la capilla para la bendición. Estoy seguro de que te gustará —concluyó, esbozando una sonrisa.

—¿Jomé?

—¡Joseph-Aimé Baby, nuestro cocinero en jefe! Le llaman Jomé, es más corto. Todo el mundo tiene un apodo. Yo soy el Resucitado. Tú, pues… el Salvaje te iría bastante bien. Sin embargo, el Gigante tampoco estaría mal. Eres un poco grande para viajar. No hay mucho sitio para patas como las tuyas en estas canoas. Pero supongo que si el holandés te ha contratado es porque tiene sus razones. Me pareces bastante fuerte. ¡Probablemente sobrevivirás al viaje!

—¡Hummm!

Efectivamente, Alexander se había fijado en que los hombres eran en su mayoría de pequeña estatura; el más alto le llegaba a la oreja. Así pues, las rodillas le rozaban continuamente con la bancada de delante, lo que dificultaba sus movimientos. Munro, más pequeño que él, lo tenía más fácil. Pero tan sólo había transcurrido un día. Todavía quedaban mil novecientos noventa y cuatro… Tendría mucho tiempo para adaptarse. Suspiró.

—Para serte franco, amigo —continuó el Resucitado—, los novatos que se rascan la barriga no se quedan mucho tiempo entre nosotros, ¡ya sabes lo que quiero decir! Y además, hay que evitar tratar a los compañeros de «perro muerto»; no hay peor insulto para un viajero.

El hombre saludó a Alexander con una sonrisa y fue a reunirse con los otros, que ponían a secar sus mocasines al fuego. El famoso Jomé estaba precisamente atareado junto a una gran marmita humeante. Daniel Chabot lo secundaba. Se había quitado la camisa, que estaba colgada de un gancho, encima de la cena que se cocía lentamente. Al darse cuenta de que también sus mocasines de corzo estaban empapados, Alexander se los quitó. Luego, se sacó las espinilleras de algodón que le tapaban las piernas. Gruñendo de satisfacción, movió los dedos gordos del pie y los hundió en la arena. ¡Se notaba fofo como una esponja! Las campañas militares eran un paseo en comparación con ese viaje. Se masajeó los hombros, y dejó que su mirada errara entre los viajeros. Las embarcaciones, liberadas de sus pesadas cargas, habían sido volcadas y colocadas en la orilla.

Unas amplias lonas enceradas las cubrían, y al mismo tiempo ofrecían un refugio para dormir.

Un poco más lejos, Munro gesticulaba en compañía de Mathurin Joly, que le explicaba las técnicas de reparación de las canoas. Aunque no dominara la lengua francesa, su primo siempre se las arreglaba para comunicarse con los que no hablaban inglés. Además, su carácter y buen humor le hacían ganar rápidamente la simpatía de los otros. Él nunca se aburría.

Bajo un toldo de lona cogido a las ramas de un árbol, Van der Meer discutía con Solomon. Estaba inclinado encima de lo que debían de ser unos mapas abiertos en el suelo. Alexander echó un trago de su regalía y fijó su mirada en el lago de las Dos Montañas, que se prolongaba hacia el oeste.

Entornó los ojos y buscó la desembocadura del Gran Río, que algunos también llamaban Ottawa o el río de Outaouais. Se decía que este curso de agua era peligroso en algunos puntos, pero también majestuoso. Para todo viajero, era la puerta de entrada hacia la libertad y los Países del Norte. Las cruces de madera clavadas en las orillas recordaban a los que osaban aventurarse allí cuan frágil era la vida. En las juergas de los días precedentes a la partida, Alexander había oído relatos de naufragios en los rápidos: los hombres se habían estrellado contra las piedras, si es que no se los había tragado el agua espumeante.

Se explicaban muchas historias de este tipo a los novatos, para desanimar a los que tan sólo buscaban fortuna y no tenían talla para la aventura. A Alexander no le habían impresionado; al contrario, se había sentido más atraído aún por el gran desafío que constituía ese viaje. Era ante todo una nueva vida lo que se le ofrecía y a la que se lanzaba. Sí, cabalgaría y domaría ese río lleno de promesas. ¡Desde luego que regresaría vivo!

Un estruendo ensordecedor lo sacó de su ensoñación. Jomé golpeaba la tapa de la marmita con un gran cucharón de acero: la comida estaba lista. Rápidamente, los hombres agarraron la escudilla y la cuchara, y formaron una fila. Estaban impacientes por recibir su porción de panceta salada y de guisantes que habían cogido de sus provisiones personales y habían echado a la marmita.

—¡Tomad, señor cura! —gritó el joven Chabot, sirviendo un cucharón del espeso puré en la escudilla de Rémi Aunay—. ¡Que aproveche!

—Gracias, pequeño.

—¿Rezaréis por mí esta noche?

El hombre que había recibido el tratamiento de «señor cura» por una razón que Alexander desconocía se quedó mirando a Daniel Chabot con los ojos como platos. Detrás de él se oyeron unas carcajadas.

—Bueno…, si quieres, chico…

—¡Venga, Aunay —se rió sarcásticamente Michel Perrault—, no sólo las señoritas merecen la protección del buen Dios! ¡Los señoritos también! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Chabot, ¿por casualidad también tienes que confesarte?

El joven ayudante se encogió de hombros.

—¡Mala suerte, monseñor Aunay!

—Perrault, si no aprendes a tenerla cerrada, te aseguro que un día me pedirás de rodillas que rece por ti —murmuró Aunay, alejándose.

—¡De rodillas, no! —protestó Perrault, riendo de lo lindo—. ¡Sobre todo, no de rodillas, señor cura!

Resonaron las carcajadas, mientras Alexander tendía su escudilla. El joven Chabot, incómodo, le sirvió un cucharón.

—¡Eh, el Salvaje!

Alexander se giró para ver quién lo llamaba, pero lo único que vio fue algunos pares de ojos que lo observaban en silencio. Un gritito devolvió su atención a Chabot, que hacía una mueca ante la ración humeante. El cocinero dirigió una mirada amenazadora a su ayudante y le puso bruscamente un cubo en las manos y lo envió a buscar agua.

—Pero…

—¡Cállate, Sin-Pelo! Si no, te quedas sin ración y además lo lavas todo tú solo, ¿entendido?

Sin que tuvieran que decírselo dos veces, Chabot obedeció lanzando una mirada inquieta hacia Alexander, que no entendía qué había hecho el joven.

—¡Ya me diréis algo! —dijo el cocinero sonriendo y tendiendo un pedazo de pan antes de indicarle educadamente con la cabeza que otro esperaba detrás.

Alexander se encogió de hombros y fue a sentarse en el tronco de un árbol, junto al fuego, donde los mosquitos eran menos abundantes. Al meter la cuchara en el puré, se quedó inmóvil y levantó la cabeza. Todos lo miraban con la boca abierta, la cuchara en el aire, como a la espera de un acontecimiento.

—¿Pasa algo? —preguntó, hastiado.

Joly sacudió la cabeza de derecha a izquierda; otros lo imitaron. Después, sumergieron todos su utensilio en la escudilla, sin apartar la mirada.

—¡Venga, pruébalo, amigo! —le ordenó casi el Resucitado, que acababa de reunirse con él en el tronco.

—¿He hecho algo?

—No. Eres nuevo, nada más. Siempre es así con los nuevos. ¡Venga, no te preocupes! ¡No te dejes intimidar!

El puré era insípido, pero nutritivo. A la quinta cucharada, algo crujió en la boca de Alexander. El hombre levantó la cabeza y vio a unas decenas de pares de ojos clavados en él mientras escupía lo que tenía en la boca.

—Pero ¿qué es esto?

Después lo entendió. Un gran abejorro chapoteaba en el puré que había escupido. Se lo quedó mirando un momento, mientras reflexionaba sobre qué actitud tenía que adoptar. Después, pescó el insecto con la cuchara y lo examinó de cerca. Nadie se movía; esperaban su reacción.

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