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Hey! Munro! What do ye think? Ro bheag?19

Su primo, de pie detrás de él, se inclinó sobre el bicho, que pataleaba para despegarse del alimento. Después, frunció el ceño e hizo una mueca de duda.

Hum! Dinna know, Alas… Glé bheag…20 Sí, un poco pequeño, ¿no? Los nuestros son mucho más grandes.

Alexander sonrió.

—En nuestro país, Escocia, se sirven con las gachas. Es más eficaz para regular los intestinos.

Aye! ¡Mucho más eficaz, aye! —añadió Munro, reventando de risa.

—¡Hummm! —hizo Alexander, cogiendo el abejorro entre el pulgar y el índice, y metiéndoselo de nuevo en la boca ante las miradas estupefactas.

Masticó lentamente, cerrando los ojos para controlar la náusea que le venía. Después se lo tragó y chasqueó la lengua con aire satisfecho.

—¡No está mal! —espetó ante la asamblea inmóvil—. ¡Pequeño, pero sabroso!

El joven Chabot, que había regresado con el cubo de agua, se llevó una mano a la boca y volvió a marcharse corriendo hasta el lago, donde vomitó. Su reacción desató la hilaridad general, y todos se pusieron a comer. El Resucitado se inclinó, muy sonriente, hacia Alexander.

—Pues bien, Salvaje, creo que eres apto para continuar la ruta hasta Grand-Portage. Ya eres oficialmente un «comedor de panceta», como nos llaman.

El campanario de la iglesia de Saint-Anne-du-Bout-de-l’île21 se recortaba débilmente en el cielo, que se oscurecía rápidamente. Se habían dirigido al lugar de culto en cuanto había terminado la cena para hacer las ofrendas a la patrona de los viajeros, la buena santa Ana. Todos sin excepción, ya fueran católicos o protestantes, respetaban esta tradición. De regreso al campamento, Van der Meer había procedido al bautismo oficial de los nuevos, que consistía en salpicarles la cara con el agua helada del lago con la ayuda de una rama de cedro.

Un poco apartado, Alexander escuchaba a los contratados confabular amigablemente envueltos en el humo del tabaco. Se explicaban anécdotas de los viajes precedentes que no carecían de atractivo para los nuevos. Las hermosas salvajes ojibwas o chippewas, a las que describían tan bellas y refinadas como las damas de Montreal, aunque de una manera diferente, interesaban particularmente.

—Parecéis muy tranquilo, amigo —dijo una voz a la espalda de Alexander—. ¿No baja la cena?

Volviéndose enérgicamente, el hombre se cruzó con la mirada clara de Van der Meer. ¿Cuánto tiempo llevaba allí vigilándolo?

—La cena baja sin problemas. Estoy bien así, eso es todo.

—El Salvaje… ¡Hummm!, entiendo por qué han elegido ese apodo. ¿Me permitís que os haga compañía?

—Por supuesto, señor.

—Kiliaen… o Killie, si preferís. Así me llaman mis amigos.

El holandés se sentó en el suelo, sonriendo. Después, dirigió su mirada a sus hombres, agrupados alrededor del fuego.

—Habéis salido más que airoso de la iniciación, Alexander. Pero no creáis que os dejarán tranquilo tan fácilmente. No son malos… Simplemente quieren divertirse a costa de los nuevos poniéndolos a prueba. ¡Estad atento! ¿Cómo va la máquina después de este primer día?

—No va mal —respondió Alexander, girando los hombros con una mueca.

El holandés se echó a reír.

—¡Ah! ¡Así es! La primera semana es el infierno. La segunda, la piel de los pies y las manos estalla y se pela. La tercera ya estáis asado al punto por el sol. La cuarta las piernas ya no os aguantan de pie. A partir del final de la quinta semana, si los mosquitos no os han vuelto loco, estáis salvado. Pero en el camino de vuelta, todo vuelve a empezar. Hace treinta años que conozco esto, ¿sabéis?, y tan sólo ahora empiezo a acostumbrarme. ¡Os aseguro que esto forma a un hombre! —concluyó, dando una palmada en su muslo musculoso.

Alexander asintió con una sonrisa. El comerciante suspiró y continuó con tono más grave:

—Yo ya no soy joven, y tenéis que saber que éste será mi último viaje… Echaré mucho de menos esta vida, aunque sea dura. Pero ya es hora de que me ocupe de mi esposa. Sally ha tenido mucha paciencia conmigo. ¿Os la he presentado?

—No —murmuró Alexander, que recordaba haber entrevisto a la mujer del holandés aquella mañana entre la gente que había ido a Lachine para desear buena suerte al grupo.

—Valiente Sally… Ha sido la estrella que me ha guiado toda mi vida. No me ha dado hijos, y yo sé que eso la entristece mucho. A veces me digo que Dios lo ha decidido así, que tiene sus razones. De todos modos, tampoco los hubiera visto crecer, dado que siempre me he marchado por largos períodos. ¿Vos tenéis una mujer e hijos?

El comerciante se quedó mirando a Alexander con interés, y éste se giró para ocultar su azoramiento.

—No.

—¡Hummm! Cuando no tenemos mujer, es porque hay demasiadas a nuestro alrededor.

Se calló un momento, antes de continuar:

—Sally es iroquesa. Más exactamente, mohawk. La conocí en la misión situada al otro lado del lago de las Dos Montañas —explicó señalando la superficie del agua con un movimiento de su barbilla, cubierta por una espesa barba blanca—. Entonces, ella sólo tenía trece años, y yo, diecinueve. No era más que una niña, pero de una belleza misteriosa. Sus hermosos ojos negros, en particular, me atrajeron irresistiblemente. Realizaba mi primer viaje en dirección al mar dulce22. Era en… 1723, si no recuerdo mal. Todavía usaba el apellido de mi madre adoptiva: Dupuis.

Intrigado, Alexander miró con ojos asombrados al holandés, que sonrió.

—Efectivamente, yo soy adoptado…, o mejor dicho, robado.

—¿Robado?

—Nací en Massachusetts. Cuando la guerra de Sucesión de España, unos franceses devastaron los pueblos de Nueva Inglaterra. Mucho antes del Tratado de París, en este continente ya se libraba una guerra perpetua. Nuestros territorios de caza son codiciados por los americanos y la llegada constante de nuevos colonos va empujando las fronteras hacia el oeste. Lo que está en juego no es obligatoriamente lo mismo que en Europa. Encajonados entre Luisiana y el Atlántico, los americanos querían meter el pie en algunos arpendes de nuestras tierras, más exactamente en el valle del Ohio. Pero los franceses se defendieron ferozmente y realizaron algunas expediciones punitivas para dejar bien claro que no lo iban a permitir. Entonces, estalló una guerra en el Viejo Continente, y aquí se despertaron antiguos rencores. Era en 1709. Evidentemente, yo era muy joven en aquella época, y no recuerdo muy bien lo que sucedió. No obstante, a veces evoco algunas imágenes. Mi padre murió de un golpe de tomahawk en pleno pecho. De eso me acuerdo perfectamente. Se había interpuesto entre, por un lado, mi madre, mis hermanas, mi hermano pequeño, que no era más que un bebé, y yo mismo, y por otro, tres salvajes y un francés que habían irrumpido en nuestra casa. Era invierno y una tormenta causaba estragos. La nieve y el frío se colaban por la puerta que había quedado abierta. Recuerdo que me había envuelto los pies con el chal de una de mis hermanas… Eran tres: Rebecca, Catherine y Joana.

El comerciante frunció el ceño, pensativo. Alexander se dio cuenta de que estaba emocionado.

—Es curioso, no consigo recordar el nombre de mi madre… Yo la llamaba mommy, como los otros. Habiendo matado a mi padre, nos llevaron a la fuerza con todos los supervivientes del pueblo, mujeres y niños en su mayoría, ya que los hombres estaban casi todos muertos. Caminamos por las montañas nevadas durante días y días. Estábamos helados y hambrientos. A los que estaban demasiado débiles para continuar y retrasaban la marcha del grupo los mataban allí mismo. Era el horror, amigo mío, ¡el horror! Recuerdo que vi a un salvaje, un abenaquis, creo, arrastrando detrás de un zarzal a mi hermana Rebecca, que no dejaba de quejarse de sus pies helados… El hombre se reunió con el grupo unos minutos después, solo. Esas son las imágenes que guardo de mi remota infancia… Veo el rostro aterrado de mi madre, los ojos llenos de angustia de mis otras hermanas, después el cuerpo de mi hermano pequeño, Karel, inerte en los brazos de mi madre. Al final de ese viaje extenuante, llegamos a un poblado indio, a orillas del río San Francisco, unas millas al sur de Trois-Rivières. Fui adoptado por una familia de autóctonos. Mis hermanas fueron vendidas a unas tribus vecinas. En cuanto a mi madre…, murió allí, al cabo de unos meses.

—¿A vuestras hermanas no volvisteis a verlas?

—No, nunca. Imagino que se casaron con hombres de las tribus que las adoptaron, como solía hacerse…, a menos que murieran antes. Yo, un año después, me fui con un grupo de franceses que vino al pueblo. Me colocaron en casa de la que iba a ser mi madre adoptiva, Marguerite Dupuis. Era la viuda de un comerciante de pieles. Tenía cuatro hijas, todas mayores que yo, pero ningún hijo. Su marido participaba en la expedición durante la cual fui raptado, y lo habían matado.

El holandés cerró los ojos y se calló. En ese momento, Alexander supo que se harían amigos. Ese hombre viejo había vivido numerosos desgarramientos, igual que él.

—¿Van der Meer es vuestro verdadero apellido?

—Sí. Yo soy de origen holandés, protestante de nacimiento. Aquí, me hicieron renegar de mi fe. Pero si queréis que os diga la verdad, eso no ha afectado mucho a mi destino. Mi padre era de un pueblo de Holanda situado en la región de Den Helder, a orillas del mar del Norte. Era carpintero. Es lo único que recuerdo respecto a él. Al morir mi madre adoptiva recuperé mi verdadero apellido; tenía entonces veinte años. Marguerite siempre me quiso como si fuera hijo suyo, pero yo no quería perder lo único que todavía me vinculaba a mis orígenes. ¿Sabéis, Alexander?, para saber adónde se va, hay que saber de dónde se viene. No lo olvidéis. Vos sois escocés, pero ¿de qué región?

—Del oeste. Yo nací en el valle de Glencoe, en el condado de Argyle.

—Conocí a un escocés llamado Smith. Era de Ayrshire, creo.

—Un lowlander —farfulló Alexander.

—Y vos sois un highlander, ¿es así? —dijo el holandés, riendo, pero sin malicia—. En fin, una cosa está clara: los escoceses poseéis ese jodido orgullo y esa voluntad de independencia que pone los pelos de punta a los ingleses. Me gusta vuestra franqueza. Os enfurecéis por nada…, salvo cuando aceptáis escuchar la voz de la sabiduría. ¿Acaso es eso lo que os ha empujado a tragaros ese bicho sin decir nada?

—Es que me he tragado cosas peores, señor.

—Killie, Alexander, por favor. ¿Tragado cosas peores…? —El comerciante escrutó los rasgos del escocés—. Sí…, me lo creo. Estabais en el ejército cuando llegasteis aquí, ¿no es así?

—Sí, los Fraser Highlanders.

—¿Podríais decirme qué es lo que os empujó a alistaros en ese regimiento?

Alexander se disponía a mentir para adornar su triste historia. Pero algo en la mirada clara del holandés le hizo presentir que el hombre se daría cuenta, y no tenía ganas de fundar su nueva vida sobre una mala base.

—Estaba en busca y captura por el asesinato de una mujer y de tres hombres, por robo de ganado y por otros delitos menores —anunció de un tirón.

El holandés no parpadeó. Sus delgados labios esbozaron una sonrisa.

—Aprecio vuestra franqueza. ¿Erais culpable?

—No. Yo amaba a esa mujer, y los tres hombres eran compañeros míos. Simplemente me encontré en el lugar erróneo en el momento inoportuno.

—Como suele suceder. ¿Y… vuestra familia? Se quedó allí, supongo.

—Sí… —respondió Alexander, dudando, clavando la mirada en las llamas.

—Así que estáis solo aquí, aparte de vuestro primo Munro, ¿no es así?

El joven tragó con dificultad. El holandés no le quitaba la vista de encima, lo escrutaba casi como si fuera el raro espécimen de una raza a punto de desaparecer.

—Tengo un hermano.

—¡Oh! ¿Y dónde está vuestro hermano?

La irritación hizo estremecer a Alexander. Pero ¿adónde quería llegar el comerciante con su interrogatorio?

—No lo sé. La última vez que lo vi fue hace tres años.

—Es una pena que dos hermanos gemelos no se entiendan.

—¿Cómo decís? —exclamó Alexander enérgicamente mientras se giraba de golpe—. ¿Cómo…?

—Sé algunas cosas de vos, Alexander.

¿Y qué más? Un arrebato de cólera tensó sus músculos doloridos. El holandés posó su mano sobre su muslo para calmarlo.

—Solomon conoce a vuestro hermano.

—¿John?

—Se hace llamar Jean el Escocés y trabaja para un comerciante que conozco muy bien. A Solomon le resultaba extraño que vinierais a trabajar para mí siendo un hombre de Durand, de quien desconfío, así que hice una pequeña investigación.

—¿Vos hicisteis…?

Alexander tuvo que esforzarse para no darle un puñetazo en la cara al holandés.

—Al saber que habíais formado parte de un regimiento escocés, me dirigí a un oficial, el capitán Hugh Cameron, que comprobó vuestra identidad. Él me informó de que teníais un hermano gemelo desaparecido durante los días siguientes a vuestra llegada a Quebec en 1759. Al parecer, desertó, ya que sigue vivo. ¡Tenía que comprobarlo; no me lo reprochéis! Entendedme, tengo que ser prudente. Si estuviera al corriente de las intenciones de su patrón, no creo que vuestro hermano se hubiera atrevido a venir a trabajar para mí. Fue él quien intentó poner a Solomon en contacto conmigo. Hubiera sido muy estúpido por su parte; Solomon podría haberlo traicionado.

—¿Traicionado? Pero ¿por qué? ¿De qué me estáis hablando?

—Es una historia muy larga, Alexander —murmuró con hastío el comerciante—. Antes de explicárosla, quería asegurarme de vuestra verdadera identidad. Yo no conozco a vuestro hermano…, John o el Escocés…, y no puedo permitirme confiar en él. Trabaja para un hombre que intenta perjudicarme, ¿me entendéis? Pero os necesito a vos y vuestra absoluta lealtad.

—¿A mí? ¡Pero… no me conocéis! ¡Soy un perfecto extraño!

—Dejadme terminar. Sois un extraño, de acuerdo. Sin embargo, no sois francés, ni inglés, ni comerciante, y no tenéis ningún interés en el conflicto que agita los territorios del comercio de pieles. Eso es importante para mí, ya que significa que sois neutral y que podéis analizar la situación con absoluta objetividad. Me parecéis un hombre inteligente, dotado de sangre fría, eso me gusta. Os he observado, en Quebec y en Montreal. Lo que he constatado me ha convencido de que podríais desempeñar el papel de sirviente que os quiero confiar.

—Es que yo no tengo madera de sirviente, señor… —se extrañó Alexander, cuya cólera iba cediendo lugar a la curiosidad.

—Nombraros sirviente no es más que un subterfugio, un pretexto para explicar vuestra presencia a mi lado. Vos habéis vivido la rebelión, la opresión. Alexander, he oído hablar de la matanza de Culloden. ¿Qué edad teníais vos entonces?

—Catorce años.

—Entonces, sabéis hasta dónde puede llegar la gente que quiere someter a un pueblo, ¿no es así?

Mientras el holandés apretaba los labios formando una mueca de amargura, Alexander se vio repentinamente bombardeado por las horribles imágenes de las masacres perpetradas por el duque de Cumberland y sus tropas. Asintió con la cabeza sin decir nada.

—Tengo una ligera idea de lo que habéis vivido. ¿Me ayudaréis? De ello depende la vida de un pueblo.

—¿Cómo podéis confiar en mí? ¿Qué os garantiza que no voy ¡i traicionaros? ¿Quién os asegura que no estoy conchabado con John, que no iré en su busca?

Cerrando los ojos a medias, el comerciante lo examinó un buen rato.

—Hace tres años que no veis a vuestro hermano, acabáis de confirmármelo.

Tras una pausa, prosiguió:

—Pero además, cuando os he hablado de él, he leído en vuestra mirada la rivalidad que mantenéis. No soy adivino, pero hasta la fecha nunca me he equivocado en mis juicios respecto a mis hombres. No obstante, para este asunto, no me puedo permitir un error. Así pues, he investigado en cuanto a vos después de que firmarais el primer contrato. El capitán Hugh Cameron me dijo que teníais un tío que era oficial de vuestro regimiento. Fui a verlo. Si todo lo que el capitán Archibald Campbell me ha dicho de vos es cierto, puedo confiar en vos. Si no, que Dios me ayude. Mañana, si todo va bien, tendríamos que detenernos en el Long Sault. Allí, vendréis a enseñarme a leer en inglés, y yo os explicaré mi problema con más detalles.

Tras un silencio preñado de los cuchicheos de los viajeros que se preparaban para ir a dormir, el holandés se levantó. Con un gesto que pretendía ser amistoso, apretó el hombro de Alexander y le dio una palmadita. Después, le deseó buenas noches y se alejó.

Alexander lo siguió con la mirada hasta su refugio, todavía conmocionado, y se quedó pensativo. Aunque pudiera entender sus razones, le molestaba que su amo hubiera investigado sobre él. Pero el hecho de saber que Van der Meer temía a John lo trastornaba mucho más. ¿Qué maquinaba ese Durand que inspiraba tantas sospechas? El viejo comerciante acababa de desaparecer bajo su refugio. A pesar de lo que sabía de su pasado, el hombre confiaba en él… Sí, él había notado una vibración entre ambos, como si cada uno comprendiera los secretos que el otro guardaba soterrados en la oscuridad de la memoria.

El Long Sault estaba situado a una legua aproximadamente al oeste de la desembocadura del río del Norte, en el Gran Río. Después de haber transportado todo el material y todas las embarcaciones en tres agotadores viajes hasta la cabeza de los rápidos, donde se había levantado el campamento, los hombres se preparaban para cenar. Alexander rebuscó discretamente en su ración de puré antes de tragarla. Después, agotado, se tumbó junto a su canoa volcada y encendió la pipa, como hacía después de cada comida desde hacía algunos años. El cielo se engalanaba con un manto centelleante. La noche sería hermosa: podía pasar sin refugio. Bajó los párpados y respiró profundamente el aire lleno del agrio olor de la goma de pino fundida.

No hacía ni un minuto que había cerrado los ojos cuando un crujido de las hierbas junto a él lo obligó a volver a abrirlos. Una silueta se recortaba sobre la bóveda estelada. Un farol se balanceaba lentamente en el extremo de un brazo e iluminaba un rostro que llevaba unos quevedos por encima de una barba nevada.

—¿No tendríais la intención de dormir tan pronto, espero, amigo mío? —espetó amigablemente la voz grave de Van der Meer.

Incorporándose deprisa, Alexander se excusó e invitó al comerciante a sentarse. El hombre dejó la linterna en el suelo y se instaló, tras lo cual le tendió un libro, sonriendo.

—Es el único libro que tengo en inglés. Era de mi hermana Joana.

Era un libro infantil, una selección de canciones en verso. Se encontraba en un estado lamentable. Al abrirlo, Alexander leyó en la primera página una dedicatoria manuscrita:
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