“Creación de espacios de encuentro interuniversitario con alumnos/as, docentes, y agentes sociales para el fortalecimiento de la Maestría en Cooperación Internacional de la Universidad de San Martín de la Argentina”




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Los sesenta: “la década del optimismo”


En los años sesenta, cuando se consolidó el régimen de cooperación internacional para el desarrollo, la acción contra el subdesarrollo tendía a concebirse como una derivación directa del crecimiento económico. Se entendía que el progreso en el ámbito económico terminaría por trasladarse, de manera más o menos automática, al ámbito social, difundiendo sus benéficos efectos en forma de una reducción progresiva de las carencias y privaciones que caracterizan a la pobreza y al subdesarrollo.

A comienzos de la década, la cooperación internacional comienza a tener un sello propio, inspirado básicamente en las teorías acerca del desarrollo, el subdesarrollo y el tránsito de uno al otro, englobadas bajo el concepto central de modernización. En aquellos años, la corriente rostowniana y otros analistas, percibían el proceso de desarrollo como un continuo, y por lo tanto los países en desarrollo se encontraban en una situación previa al desarrollo económico, en la cual debían superar un conjunto de obstáculos estructurales para transitar adecuadamente por la misma senda que habían transitado los países desarrollados.

Se suponía que existía un cierto desfase histórico, fundamentalmente entre países subdesarrollados y desarrollados, para lo cual había que cooperar. Estamos hablando de un período de gran movilización política en el llamado Tercer Mundo: procesos de “independencia, autonomía y revolución”. El conjunto de estas situaciones se englobaban bajo el concepto de “procesos de modernización”, y la cooperación debía colaborar para el buen tránsito hacia el "desarrollo".

Aquí hay, al menos, dos datos que son importantes: "un solo Tercer Mundo", y una visión ciertamente simplificada de los conceptos de modernización, que eran aplicados por igual a Africa, Asia y América Latina. Los fenómenos revolucionarios que se producían en países con 150 años de tradición independiente, eran tomados en tono similar a los fenómenos independentistas en países que habían sido colonias hasta pocos días antes. El concepto de Tercer Mundo y el concepto de modernización eran igualmente aplicables y, por lo tanto, los recursos estaban disponibles para todos los países, más allá de su grado de desarrollo relativo. Su asignación dependía fundamentalmente de la voluntad de reforma o, si se quiere, de la voluntad de modernización.

La acción de cooperación para el desarrollo se centró en suplir aquellas carencias que los países en desarrollo presentaban para poner en marcha una dinámica de crecimiento sostenido. En concreto, se entendía que la principal limitación a la que se enfrentaban los países en desarrollo estaba asociada a su baja capacidad de ahorro doméstico, lo que, a su vez, se traducía en la existencia de muy bajas tasas de inversión y de acumulación de capital.

Se confirmaba de este modo la circularidad del subdesarrollo: los países al ser pobres apenas podían ahorrar e invertir; y, al no invertir en cantidad suficiente, seguían siendo pobres. La ayuda se proponía romper este círculo vicioso, inyectando recursos internacionales (ahorro externo) para complementar el mínimo ahorro nacional de los países en desarrollo, al objeto de propiciar la dinámica de crecimiento deseada.

Además, se entendía que la ayuda debía centrarse en aquellos ámbitos de inversión de más difícil acceso para los países en desarrollo y en aquellos de mayores efectos de arrastre sobre las economías receptoras. Estos criterios apuntaban a la inversión en infraestructuras básicas como ámbito preferente de acción de la cooperación internacional a lo largo de la década.

Esta visión reduccionista del fenómeno del subdesarrollo se vio acompañada de una cierta desconsideración hacia las dimensiones sociales del desarrollo. No faltaban los estudios que justificaban que, acaso, fuese necesario aceptar ciertos retrocesos en los niveles de equidad social como condición para promover un más intenso crecimiento, al menos en las primeras etapas de industrialización. Por lo tanto, había una tendencia a aceptar una cierta transacción entre los objetivos de eficiencia, alcanzar el máximo crecimiento económico posible, y de equidad, distribuir adecuadamente rentas en el seno de la sociedad, argumentando que se trataba de un sacrificio de carácter temporal. De esta visión se derivaba, por tanto, una imagen relativamente confiada en los efectos benéficos del crecimiento y resignada ante los eventuales costos sociales que semejante proceso pudiera suponer.

En particular, y bajo este marco, desde los inicios de esta década los poderes coloniales usaron las políticas de ayuda para consolidar su presencia e influencia en la nueva era post-colonial y otros países industrializados comenzaron a crear y/o consolidar sus agencias y programas de ayuda y cooperación durante toda la esta década.

Otro hito, en el ámbito bilateral, que marcó los años´60 fue el programa “Alianza para el progreso” lanzada por la administración Kennedy, en Estados Unidos en 1961. Como nueva estrategia para el desarrollo de América Latina, teniendo en cuenta las variables económicas y sociales (“el que reforma, recibe”), pero sobre todo las razones políticas e ideológicas derivadas de una reciclada “Doctrina de la contención”. Paralelamente se inician programas de desarrollo especiales destinados a Vietnam del Sur y Sur Corea.

Se denota también, el perfil de los programas de ayuda por el temor al efecto dominó “post Cuba”. Como resultado, la ayuda militar superó altamente a la asistencia económica y social. Este ejemplo, que se reproduce en las políticas de otros donantes del “mix” entre visiones de desarrollo atadas a intereses egoístas o situacionalmente interdependientes, fueron dañando la calidad y el destino de la AOD.

A nivel multilateral, en el seno de la Asamblea de la ONU, los´60 fueron designados como la "Década del Desarrollo"’13. Junto con esta propuesta fue la primera vez que se realizó un llamado para incrementar los flujos de la ayuda.

En la declaración oficial de la década del desarrollo se solicitó un aumento significativo en los flujos la ayuda internacional a los países en vías de desarrollo (aproximadamente 1% de las rentas nacionales combinadas de los países económicamente avanzados).

Es pertinente distinguir en la cooperación para el desarrollo en el marco multilateral ya desde este momento dos grandes estructuras:

- Dentro de la ONU se crea el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y Desarrollo (UNCTAD), así como múltiples comités dependientes del Comité Económico y Social (ECOSOC). En estos casos, la ayuda se dirige al Estado afectado y consiste en una asistencia a los Gobiernos: de formación, prestación de tecnología, capacitación, donación de recursos alimenticios, financieros, etc., sin que la ONU suplante la actuación directa de estos. Cabe recordar que en este ámbito cada país representa un voto, y fue allí dónde los países en vías de desarrollo encontraron un foro donde al menos hacer escuchar su voz, pero en el mismo no existían los recursos para materializar la ayuda.

- Por otra parte se creó en 1960, el Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD)14 en el seno de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) con el objetivo general de garantizar la expansión del volumen global de los recursos puestos a disposición de los países en desarrollo y de coordinar los programas de los diferentes donantes, realizaba estudios para el acercamiento de criterios con un éxito moderado.

Para medir y comparar los esfuerzos realizados por cada uno de los Estados miembros, la primera dificultad surgida fue intentar homologar criterios para distinguir entre las dispares categorías de flujos oficiales hacia los Países en Vías de Desarrollo, cuáles podían tener la consideración de ayuda y cuáles debían ser excluidas.

Desde entonces el CAD se convirtió en el principal foro de donantes, donde se han venido desarrollando gran parte de los debates sobre coordinación de políticas, armonización de legislaciones y homologación de procedimientos para incrementar la calidad de la ayuda.15

Para 1969, dentro del CAD se acordó la estandarización de la terminología y como resultado la definición consensuada de la AOD que rige en la actualidad.16.

El final de los años 60 también trajo un énfasis cada vez mayor en la calidad de AOD. Un grupo internacional de expertos dirigidos por el ex primer ministro canadiense Lester Pearson presento un informe, elaborado a solicitud de la ONU en 1968. En él se establecía que la ayuda había estado basada a menudo en las presuposiciones incorrectas, poco realistas, y desafortunadas. Entre otros temas, se subrayaba que “el reparto de la ayuda bilateral se había dispensado en su mayoría para alcanzar favores políticos a corto plazo, ganar ventajas estratégicas, o promover exportaciones del donante. Entre las propuestas se resaltaba aumentar las posibilidades de comercio internacional: “Trade, not only aid”17.

Frente a las preocupaciones por la calidad de la ayuda, los estados donantes comenzaron, ya desde entonces, discusiones sobre la reducción de la confianza en los desembolsos de la ayuda que fueron atados a la compra obligatoria de mercancías y de servicios del país donatario.

Además en el marco del Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD-OCDE) se adoptaron resoluciones que promovían distribuir la ayuda a través de las agencias multilaterales, por medio de programas lo cual los hacía menos susceptibles de distorsionarse por objetivos e intereses particulares, sin estar realmente relacionados con las necesidades de los países receptores (pero estas iniciativas quedaron solo plasmadas en el papel).

Se observa también, cómo se abordaba la cuestión partiendo de una división tajante entre donantes y recipendarios. La cooperación económica-financiera estaba vinculada a la aceptación de principios básicos de la economía clásica, teniendo como línea rectora la insuficiencia del capital en los países en desarrollo. Por otra parte la cooperación técnica se fundamentaba en la errónea convicción de que era posible traspolar los modelos exitosos de los países desarrollados a sociedades en vías de desarrollo, con diferencias no sólo económicas sino, sobre todo, socio-culturales. Esta postura se sustentaba en una ampliamente difundida teoría del desarrollo que trasladaba las etapas modernizadoras por las que teóricamente habían transitado Europa Occidental y Estados Unidos. 18

Posteriormente (hacia fines de los sesenta y comienzo de los setenta), fenómenos políticos probablemente poco ligados a la cooperación, junto a la visión y a la percepción distinta de organismos internacionales y agencias de cooperación, motivaron un cambio bastante sustantivo en las condiciones y en la dirección hacia la cual apuntaban los recursos.
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