Annie Besant y Charles W. Leadbeater introduccióN




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FORMAS DE PENSAMIENTO

Annie Besant y Charles W. Leadbeater

INTRODUCCIÓN



El texto de este libro se debe a mi colaboración con M. C. W. Leadbeater. Una de sus partes ya había sido publicada en un artículo del Lucifer (después Theosophical-Review), mas el resto es completamente inédito. Los dibujos y la pintura de las formas de pensamiento observados, sea por M. Leadbeater o por mí misma, o bien en común, han sido trazados por tres de nuestros amigos: M. John Varley, M. Prime y miss Mac-Farlane, a los que expresamos nuestro más cordial agradecimiento.

Representar por medio de los opacos colores terrenos las formas de luz viviente de los mundos del más allá es en verdad una tarea muy ardua y desagradable, y ésta es una razón más para estar reconocidos a quienes han intentado hacerlo. Para representar con un poco de exactitud estas imágenes habría sido necesario servirse del fuego multicolor y no de la gama limitada de nuestros colores terrenos. Del mismo modo agradecemos a M. P. Bligh Bond el habernos permitido citar su trabajo sobre Las figuras producidas por las vibraciones, así como la prestación de sus delicados dibujos. Otro amigo, el cual nos ha enviado notas y algunos croquis, quiere permanecer anónimo; y respetando su deseo, le expresamos nuestra gratitud.

Abrigamos la esperanza -y aun la certidumbre- de que este libro será una clara lección para todos aquellos que lo estudien, permitiéndoles comprender el poder del pensamiento, así como su misma naturaleza, que obra como un estimulante de todo lo que es noble.

Lo lanzamos al mundo, pues, confiados en nuestros propósitos y en la buena acogida del lector.

ANNIE BESANT



PRÓLOGO
A medida que el conocimiento se acrecienta, la actitud de la ciencia respecto del mundo invisible sufre considerables modificaciones. La tierra, con todo cuanto en sí contiene, así como los mundos físicos que por doquiera la rodean, no son los únicos que atraen la atención de los sabios; éstos se ven obligados a ir en sus investigaciones más lejos todavía, y recurrir a las hipótesis acerca de la naturaleza de la materia y de las fuerzas que se encuentran en las regiones donde no penetran los instrumentos de que disponen. El éter forma al presente parte integrante del dominio científico, dejando de ser una mera hipótesis. El mesmerismo, bajo su nuevo nombre de hipnotismo, no es ya desechado por la ciencia oficial. Se desconfía de los experimentos de Reichenbach, pero no se los condena del todo. Los rayos X han transformado algunas de las antiguas ideas referentes a la materia, mientras que el radio las modifica y conduce a la verdadera ciencia más allá de las fronteras del éter, a los confines del mundo astral.

Los muros que existían' entre la materia animada y la inanimada han sido derruidos. Se ha descubierto que los imanes poseen poderes casi peligrosos, capaces de comunicar cierta clase de enfermedades de un modo todavía inexplicable, pues las hipótesis resultan poco satisfactorias. La telepatía, la clarividencia y la transmisión de la energía sin contacto no forman aún parte de la ciencia, pero no tardarán en ocupar el lugar que les corresponde.

La ciencia ha llevado sus investigaciones tan lejos, ha demostrado un ingenio tan agudo en su penetración de la naturaleza, ha manifestado una paciencia tan incansable en todas sus investigaciones, que por último ha obtenido la recompensa dada a todos aquellos que indagan con inquebrantable fe. Las fuerzas y los seres del plano de la naturaleza más inmediato al nuestro comienzan a manifestarse en el extremo límite de nuestro horizonte físico. "La naturaleza no da saltos", y a medida que el sabio se aproxima a los confines de un reino, es deslumbrado por las luces que le llegan de un nuevo plano, unido íntimamente al suyo.

El sabio se ve obligado a especular acerca de las entidades invisibles para encontrar una explicación racional de los fenómenos físicos que no puede negar; poco a poco es llevado mucho más allá, y aun sin darse cuenta está ya en contacto con el plano astral.

El estudio del pensamiento es una de las partes más interesantes del reino que existe entre el mundo físico y el mundo astral. Nuestros sabios se entregan con preferencia al estudio de la anatomía y fisiología del cerebro, tratando de establecer la base de una psicología sana. Luego pasan a la región de los sueños, de las ilusiones y de las alucinaciones; desde el momento en que tratan de crear una ciencia experimental con objeto de establecer clasificaciones y leyes, penetran inmediatamente en el plano astral. El doctor Baraduch, de París, ha estado a punto de franquear este límite, fotografiando las imágenes astro-mentales, y obtuvo reproducciones de lo que, desde el punto de vista materialista, sería el resultado de las vibraciones de la sustancia gris del cerebro.

Todos aquellos que han estudiado seriamente este problema saben que las impresiones fotográficas de que hablamos son producidas por los rayos ultravioleta que provienen de los objetos y que los rayos del espectro solar no permiten distinguir. Se han podido comprobar las afirmaciones de ciertos clarividentes por la aparición de sensibles placas fotográficas de figuras y objetos imperceptibles a los ojos físicos, pero que los clarividentes, sin embargo, veían y describían.

A una persona de buena fe le es imposible desechar en conjunto las afirmaciones hechas por hombres serios que han podido comprobarlas muchas veces.

Nosotros tenemos investigadores que se han dedicado a obtener imágenes de formas sutiles, inventando métodos especiales para hacer reproducciones exactas. El doctor Baraduch parece haber sido uno de los más afortunados en sus experimentos, y ha publicado un libro
donde relata sus investigaciones y el cual contiene reproducciones de las fotografías obtenidas por él. Este sabio nos dice que investiga las fuerzas sutiles, por medio de las cuales el alma -que según dice es la inteligencia que actúa entre el cuerpo y el espíritu- trata de manifestarse. Se ha esforzado. en comprobar estos movimientos por medio de un instrumento que hace mover una aguja sobre un cuadrante e impresionando placas sensibles con estas vibraciones luminosas, aunque invisibles. En sus experimentos ha llegado a evitar los errores que podrían derivarse del calor o de la electricidad. Podemos fijarnos menos en sus estudios sobre biometría, o medición de la vida por el movimiento, y detenernos un instante en sus investigaciones iconográficas. Se trata de la reproducción de corrientes invisibles que, según él, participan de la naturaleza de la luz, de la cual el alma se sirve para producir las formas que han podido impresionar las placas fotográficas. Algunas de estas fotografías representan, bajo sus formas etéreas o magnéticas, los resultados de fenómenos físicos. No nos detendremos a estudiarlos, a pesar del interés que por sí mismos despiertan, porque no tienen una relación directa con el tema especial que nos ocupa. Pensando enérgicamente en un objeto, el doctor Baraduch dio origen a una forma de pensamiento que fijó en una placa sensible: de este modo trató de reproducir la imagen mental de una señora a la cual había conocido en otro tiempo, y muerta ya en la época del experimento. Obtuvo así un clisé que recordaba un dibujo suyo, en el cual había reproducido los rasgos de esta misma persona en su lecho de muerte. Además, dice con razón que la creación de un objeto proviene de la fijeza de una imagen al salir del pensamiento, en el momento en que se materializa, y procura comprobar el efecto químico producido en las sales de plata por esta imagen nacida del pensamiento. Es un ejemplo sorprendente el que presenta esta fuerza dirigida hacia el exterior (en una plegaria verdadera por ejemplo).

En otra plegaria se parecerá en su forma a las hojas de un helecho; otra podrá compararse a la curva del agua al salir de una fuente. Tres personas, pensando en el cariño que las unía, proyectaron un pensamiento comparable a una masa ondulante de forma alargada. Un muchacho que lloraba ante el cuerpo de un pájaro muerto, fue rodeado de una corriente de emoción en forma de hilos curvados que se interpenetraban. Un sentimiento de profunda tristeza se asemeja a un fuerte torbellino. Si se observan con atención estas interesantes reproducciones se comprende fácilmente que lo que se obtiene no es la imagen de la forma de pensamiento, sino el efecto causado en la materia etérea por la vibración que la acompaña; por consiguiente, es necesario conocer del todo el pensamiento que se examina para comprender los resultados obtenidos.

Puede ser útil presentar a los estudiantes de un modo más claro de lo que han sido hasta el presente ciertos hechos que hacen más inteligibles los resultados obtenidos por el doctor Baraduch. Estos últimos son naturalmente imperfectos, pues un aparato fotográfico y las placas sensibles no son en modo alguno instrumentos a propósito para la investigación del mundo astral; sin embargo, como se podrá ver, estos resultados son del más alto interés porque sirven de lazo entre las investigaciones puramente científicas y las que son debidas a los clarividentes.

En la misma época en que escribimos, observadores ajenos a la Sociedad Teosófica tratan de explicar cómo las emociones sucesivas hacen cambiar los colores del ovoide nebuloso o aura que a todos nos rodea.

DE LAS DIFICULTADES QUE OFRECE LA REPRODUCCIÓN DE LAS FORMAS DE PENSAMIENTO
A menudo habréis oído decir que los pensamientos son cosas reales, y muchos de entre nosotros estamos persuadidos de la verdad de tal aserción. Sin embargo, pocos son los que se forman una idea clara de lo que puede ser un pensamiento; por lo tanto, este libro tiene por objeto ayudar a dilucidar este problema. Una seria dificultad se nos presenta, y ésta se deriva de la manera como nosotros comprendemos el espacio. En realidad, no lo vemos sino bajo tres dimensiones, y las limitamos a dos cuando tratamos de dibujar. En efecto, la representación misma de los objetos de tres dimensiones es forzosamente inexacta, pues dificilmente podemos reproducir con exactitud una línea o un ángulo. Si nuestro croquis representa la perspectiva. de un camino, el primer término debe ser mucho más ancho que largo, aunque en realidad la dimensión sea igual en los dos sentidos.

Si el modelo que tenemos ante nosotros es una casa, los ángulos rectos que la limitan se convierten en ángulos agudos u obtusos según el punto de vista del observador, y en el dibujo se hace aún más marcada esta diferencia. En realidad, dibujamos las cosas no como son, sino según el aspecto que tienen para nosotros: el artista se esfuerza, en efecto, en producir la ilusión de las tres dimensiones disponiendo hábil mente las líneas en una superficie plana, que no tiene sino dos.

Sucede así porque aquellos que miran los cuadros o pinturas se encuentran ya familiarizados con objetos semejantes a los que representan, y están prontos a aceptar la idea que éstos les sugieren. Una persona que no hubiese visto jamás un árbol no -podría formarse idea alguna del mismo aunque tuviese ante sí una imagen perfecta. Si a esta dificultad añadimos otra más seria aún, esto es, nuestra limitada conciencia, y si suponemos que enseñamos esta pintura a una persona que no conozca sino dos dimensiones del espacio, nos daremos cuenta de la absoluta imposibilidad de hacerle comprender el paisaje que representa nuestro cuadro. Tal es el obstáculo que encontramos en el camino, y el caso es más grave, puesto que tratamos de representar una forma de pensamiento. La gran mayoría de los que miran la imagen no tienen sino la noción de tres dimensiones, aun más: no tienen la más pequeña idea del mundo interno en el que las formas de pensamiento aparecen con toda la espléndida luz y la variedad de sus colores.

Lo más que podemos hacer, es representar una serie de formas de pensamiento, y aun todos aquellos a quienes sus facultades les permiten ver las formas de pensamiento mismas tendrán una decepción, pues verán ante sí una reproducción incompleta. Por lo tanto, aquellos que actualmente se ven en la imposibilidad de ver nada, tendrán de este modo una idea aproximada de lo que son las formas de pensamiento y sacarán un provecho real y positivo.

Todos los estudiantes saben que lo que se llama el aura del hombre es la parte externa de la sustancia etérea de sus cuerpos superiores, de aquella sustancia que los compenetra y trasciende en mucho los límites de su cuerpo físico, el más pequeño de todos. También saben que dos de nuestros cuerpos, el mental y el de deseos, son los que tienen más particularmente que ver con lo que llamamos formas de pensamiento. Pero para que este estudio sea fácil de comprender, aun para aquellos que no tienen la práctica de las enseñanzas teosóficas, es necesario que recapitulemos los elementos de esta cuestión.

El hombre verdadero, el Pensador, está envuelto en un cuerpo compuesto de innumerables combinaciones de la materia sutil del plano mental; este cuerpo es más o menos perfecto, más o menos organizado para las funciones que ha de desempeñar, según el grado de desarrollo alcanzado por el hombre. El cuerpo mental es un organismo de maravillosa belleza; la finura y plasticidad de las partes que lo constituyen le dan la apariencia de una luz viviente, y mientras más desarrollada es la inteligencia, en un sentido puro y desinteresado, más gana en esplendor y hermosura.

Todo pensamiento da origen a una serie de vibraciones que en el mismo momento actúan en la materia del cuerpo mental; una espléndida gama de colores lo acompaña, comparable a las reverberaciones del sol en las burbujas que forma un salto de agua, pero con una intensidad mil veces mayor. Bajo este impulso, el cuerpo mental proyecta al exterior una porción vibrante de sí mismo, que toma una forma determinada por la misma naturaleza de estas vibraciones. De igual modo que en un disco cubierto de arena se forman ciertas figuras bajo la influencia de una nota de determinada música, en esta operación se produce una especie de atracción de la materia elemental del mundo mental, materia de una naturaleza particularmente sutil. De este modo tenemos una forma de pensamiento pura y simple, una entidad viviente, de una actividad intensa, creada por. la idea que le dio nacimiento. Si esta forma es constituida por la materia más sutil, será tan poderosa como enérgica, y podrá, bajo la dirección de una voluntad tranquila y firme, desempeñar un papel de alta trascendencia. Más adelante daremos detalles acerca de esta determinada acción.

Cuando la energía del hombre es dirigida al exterior, hacia los objetos deseados por éste, o es empleada en actos de emoción o de pasión, esta energía tiene entonces por campo de acción una clase de materia mucho menos sutil que la del plano mental: la materia del mundo astral.

Lo que se llama cuerpo de deseos está compuesto de esta materia más densa, y es ella la que, en el hombre poco desarrollado aún, constituye la mayor parte de su aura. Cuando el hombre es de un tipo grosero, el cuerpo de deseos está formado de la materia más densa del plano astral, es opaco, los colores oscuros, y los diferentes tonos del verde y del rojo, empañados o sucios, desempeñan el papel más importante. Según la clase de pasión que se manifiesta, la voluntad hace brillar sucesivamente los colores característicos. Un hombre elevado, por el contrario, tiene un cuerpo de deseos compuesto de las clases más sutiles de materia astral; los colores son brillantes y puros tanto en lo exterior como interiormente. Este cuerpo es menos sutil, menos luminoso que el cuerpo mental; pero, sin embargo, su conjunto es espléndido, ya medida que el egoísmo se elimina, todos los tonos sombríos y oscuros desaparecen con él.

El cuerpo astral -o cuerpo de deseos- da origen a una segunda clase de entidades, semejantes en su constitución general a las formas de pensamiento que acabamos de describir, pero cuya existencia se encuentra limitada al plano astral, y no es producida por el alma sino cuando está bajo la influencia de la naturaleza inferior.

Estas formas son debidas a la actividad del manas inferior al exteriorizarse a través del cuerpo astral, como dice nuestra terminología teosófica. Son producidas por la inteligencia dominada por el deseo. En este caso, las vibraciones se establecen en el cuerpo de deseos o cuerpo astral, y bajo su influencia, este cuerpo proyecta al exterior una porción vibratoria de sí mismo, cuya forma es determinada, como en el caso precedente, por la naturaleza misma de las vibraciones; entonces se produce la atracción de la esencia elemental correspondiente al mundo astral.

Una forma de pensamiento de esta especie tiene por envoltura, pues, la esencia elemental, y por centro, el deseo o pasión que la ha engendrado. El poder de la forma de pensamiento dependerá de la cantidad de energía mental que se haya unido a este elemental de pasión o de deseo. Estas formas, lo mismo que las pertenecientes al plano mental, son llamadas elementales artificiales, y generalmente son las más comunes, pues en el hombre vulgar se hallan muy pocos pensamientos que no estén manchados por el deseo, por la pasión o la emoción.
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