Muchas vidas, muchos maestros




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títuloMuchas vidas, muchos maestros
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Dos meses después de nuestra última sesión, Catherine llamó para pedir una entrevista, diciendo que tenía algo muy interesante que contarme.

Cuando entró en el consultorio me sorprendió por un instante la presencia de la nueva Catherine, feliz, sonriente, irradiando una paz interior que la hacía refulgir. Por un momento pensé en la Catherine de un principio, en lo mucho que había progresado en tan corto tiempo.

Catherine había ido a visitar a Iris Saltzman, una conocida astróloga psíquica que se especializaba en lectura de vidas pasadas. Eso me sorprendió un poco, pero comprendí la curiosidad de Catherine y su necesidad de buscar alguna confirmación de lo que había experimentado. Me alegró que sintiera la suficiente confianza como para hacer eso.

En tiempos recientes, una amiga le había hablado de Iris. Llamó para pedirle una entrevista, sin decir nada a Iris de lo que había ocurrido en mi consultorio.

Iris le pidió sólo la fecha, la hora y el lugar de su nacimiento. Según le explicó, con eso construiría una carta astral que, en conjunción con sus propios dones intuitivos, le permitiría discernir detalles de las vidas pasadas de Catherine.

Era la primera experiencia de mi paciente con una parapsicóloga y no sabía qué esperar. Para asombro suyo, Iris corroboró la mayor parte de lo que ella había descubierto bajo hipnosis.

La psíquica fue pasando gradualmente de un estado alterado de conciencia; lo conseguía hablando y tomando anotaciones en el gráfico astrológico, apresuradamente construido. Minutos después de haber entrado en ese estado, Iris se llevó la mano al cuello y anunció que, en una vida anterior, Catherine había sido estrangulada y degollada. El degüello se había producido en tiempos de guerra; Iris veía llamas y destrucción en la aldea, muchos siglos antes; dijo que, por entonces, Catherine era un hombre joven.

Con ojos vidriosos, la describió acto seguido como un hombre joven vestido de uniforme naval, con pantalones negros, cortos, y zapatos de hebillas extrañas. De pronto se apretó la mano izquierda y experimentó un dolor palpitante, exclamando que algo agudo le había atravesado la mano, y que le dejaría una cicatriz permanente. Había grandes batallas marítimas frente a la costa inglesa. Pasó a describir una vida de navegación.

Describió otros fragmentos de vida. Hubo una breve existencia en París, como niño, que murió joven y en la pobreza. En otra ocasión fue una india americana en la costa sudoeste de Florida; por entonces era curandera y caminaba descalza; su piel era oscura y tenía ojos extraños. Aplicaba ungüentos a las heridas y daba medicamentos preparados con hierbas; era muy psíquica. Le encantaba llevar una joya con piedras azules, mucho lapislázuli, y una piedra roja entre ellas.

En otra vida Catherine fue española y vivió de la prostitución; su nombre comenzaba con la letra L. Vivía con un hombre mayor.

En otra fue la hija ilegítima de un caballero adinerado, que tenía muchos títulos. Iris vio el escudo de la familia en las jarras de la casa grande. Dijo que Catherine era muy rubia y que tenía dedos largos, finos. Tocaba el arpa. Su matrimonio fue convenido. Amaba a los animales, especialmente a los caballos, y los trataba mejor que a las personas que la rodeaban.

En una breve vida fue un niño marroquí que murió en la juventud, a consecuencia de una enfermedad. Una vez vivió en Haití, dedicada a prácticas mágicas.

En una vida antigua fue egipcia y estuvo relacionada con los ritos fúnebres de esa cultura. Era mujer, de pelo trenzado.

Había vivido varias veces en Francia y en Italia. Pasó una de esas existencias en Florencia, dedicada a la religión. Más tarde se trasladó a Suiza, donde tuvo algo que ver con un monasterio; era mujer y tenía dos hijos varones; le gustaban el oro y las esculturas de ese material; llevaba una cruz de oro. En Francia había estado encarcelada en un lugar frío y oscuro.

En otra vida, Iris vio a Catherine como hombre de uniforme rojo, trabajando con caballos y soldados. El uniforme, rojo y dorado, parecía ruso. Pasó otra existencia como esclava nubia en el antiguo Egipto. En algún momento la capturaron y la arrojaron a la cárcel. También fue un japonés, dedicado a libros y a la enseñanza, muy erudito. Trabajaba en varias escuelas y vivió hasta edad muy avanzada.

Por fin había una vida más reciente: como soldado alemán muerto en combate.

Me fascinó la detallada exactitud de esos acontecimientos pasados descritos por Iris. Era asombroso el modo en que se correspondían con los recuerdos de la propia Catherine bajo regresión hipnótica: la herida en la mano sufrida por Christian en la batalla naval y la descripción de sus ropas; Luisa, la prostituta española; Aronda y los entierros egipcios; Johan, el joven invasor degollado por una antigua encarnación de Stuart mientras ardía la aldea de éste; Eric, el malhadado piloto alemán, etcétera.

También había coincidencias con la vida actual de Catherine. Por ejemplo: a ella le encantaban las joyas de piedras azules, sobre todo el lapislázuli. Sin embargo, no se había puesto ninguna para asistir a la entrevista con Iris. Siempre le habían gustado los animales, sobre todo los caballos y los gatos; se sentía más a salvo con ellos que con la gente. Y si hubiera podido elegir una ciudad en el mundo entero, habría elegido Florencia.

Bajo ningún concepto diría yo que esta experiencia es un experimento científico válido. No habría modo de controlar las variables. Pero ocurrió y creo que es importante relatarlo aquí.

No tengo certeza de lo que pueda haber ocurrido ese día. Tal vez Iris utilizó inconscientemente la telepatía para «leer» la mente de Catherine, puesto que las vidas pasadas ya estaban en su subconsciente. O tal vez era, verdaderamente, capaz de percibir información de vidas pasadas mediante el uso de sus poderes psíquicos. De un modo u otro, las dos obtuvieron la misma información por medios diferentes. Lo que Catherine supo por regresión hipnótica, Iris lo alcanzó por medio de canales psíquicos.

Muy pocas personas pueden hacer lo que hizo Iris. Muchos de los que se jactan de psíquicos no hacen sino aprovecharse de los miedos del prójimo, así como de su curiosidad por lo desconocido. Hoy en día, los falsos parapsicólogos parecen brotar como hongos. La popularidad de libros tales como Out on a Limb, de Shirley MacLaine, ha provocado un torrente de nuevos «médiums en trance». Muchos vagan por ahí, anunciando su presencia, y se ponen en «trance» para decirle al público, embobado y sobrecogido, lugares comunes tales como: «Si no estás en armonía con la naturaleza, la naturaleza no estará en armonía contigo.» Estas declaraciones suelen hacerse con una voz muy diferente de la habitual en un médium; con frecuencia están teñidas de algún acento extranjero. Los mensajes son vagos y aplicables a una amplia variedad de personas. Muchas veces se refieren, sobre todo, a las dimensiones espirituales, que resultan difíciles de valorar.

Es importante separar lo falso de lo cierto, para que ese campo no caiga en el descrédito. Hacen falta científicos conductistas serios para que se encarguen de este importante trabajo; psiquiatras, para que efectúen diagnósticos y descarten las enfermedades mentales, las falsedades y las tendencias sociopáticas; también los estadísticos, los psicólogos y los médicos son vitales para estas evaluaciones y las pruebas posteriores.

Los pasos importantes que se den en este campo tendrán que utilizar una metodología científica. La ciencia postula una hipótesis (supuesto preliminar hecho sobre la base de una serie de observaciones) para explicar un fenómeno. A partir de ahí es preciso poner a prueba esa hipótesis bajo condiciones controladas. Es preciso demostrar y reproducir los resultados de esas pruebas antes de formar una teoría. Una vez que los científicos obtienen una teoría aparentemente sólida, ésta debe ser puesta a prueba una y otra vez por otros investigadores, con resultados iguales.

Los estudios detallados, científicamente satisfactorios, de los doctores Joseph B. Rhine, de la Universidad de Duke; Ian Stevenson, de la Universidad de Virginia, departamento de psiquiatría; Gertrude Schmeidler, del Colegio de la Ciudad de Nueva York, y muchos otros investigadores serios, demuestran que esto es posible.
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Han pasado casi cuatro años desde que Catherine y yo compartimos esta increíble experiencia. Nos ha cambiado profundamente a ambos.

De vez en cuando ella pasa por mi consultorio para saludarme o para analizar algún problema que pueda tener. Nunca ha sentido la necesidad ni el deseo de someterse a otra regresión, ya sea para resolver un síntoma o para averiguar qué relación pueda haber tenido en el pasado con las personas a quienes acaba de conocer. La obra está terminada. Catherine está ahora en libertad para disfrutar plenamente de su vida, sin verse paralizada por sus síntomas incapacitantes. Ha hallado una felicidad y un contento que nunca había creído posibles.

Ya no teme a la enfermedad ni a la muerte. Para ella la vida tiene un significado y un objetivo, puesto que está equilibrada y en armonía consigo misma. Irradia una paz interior que muchos desean, pero pocos obtienen. Se siente más espiritual. Para Catherine, lo que ha ocurrido es muy real. No duda de la verdad de ningún fragmento, lo acepta todo como parte integrante de su persona, tal como es. No tiene interés alguno en estudiar los fenómenos psíquicos, pues considera que «sabe» como nunca podría saber mediante libros o conferencias. Muchas veces la buscan personas que van a morir o que van a perder a un miembro de su familia. Ella parece atraerlos. Se sienta a conversar con ellos y logra que se sientan mejor.

Mi vida ha cambiado casi tan drásticamente como la de Catherine. Me he vuelto más intuitivo; capto mejor las partes ocultas de mis pacientes, colegas y amigos. Al parecer, sé muchas cosas sobre ellos aun antes de lo debido. Mi sistema de valores, las metas de mi vida han adquirido un enfoque más humanista, menos acumulativo. Psíquicos, médiums, curanderos y otros aparecen en mi vida con frecuencia cada vez mayor, y he comenzado a evaluar sistemáticamente sus habilidades. Carole se ha desarrollado junto conmigo. Es especialmente capaz cuando se trata de ayudar en los casos de fallecimiento; ahora dirige grupos de apoyo para pacientes que agonizan por el sida.

He comenzado a meditar, cosa que, hasta hace poco, creía factible sólo para hindúes y californianos. Las lecciones transmitidas por medio de Catherine se han convertido en parte consciente de mi vida cotidiana. Al recordar el significado más profundo de la vida, al pensar en la muerte como parte natural de la existencia, me he vuelto más paciente, más empático, más afectuoso. También me siento más responsable de mis acciones, tanto las negativas como las elevadas. Sé que habrá que pagar un precio. Lo que va, efectivamente, vuelve.

Aún escribo artículos científicos, doy conferencias en congresos de profesionales y dirijo el departamento de Psiquiatría. Pero ahora vivo entre dos mundos: el mundo fenoménico de los cinco sentidos, representado por el cuerpo y las necesidades físicas, y el mundo mayor de los planos no físicos, representados por el alma y el espíritu. Sé que los mundos están vinculados, que todo es energía. Sin embargo, muchas veces parecen guardar gran distancia entre sí. Mi trabajo consiste en conectar esos mundos, en documentar cuidadosa y científicamente esa unidad.

Mi familia ha mejorado. Tanto Carole como Amy han descubierto en sí capacidades psíquicas que superan el promedio normal, y alentamos alegremente el desarrollo de esos poderes. Jordán se ha convertido en un potente y carismático adolescente, líder por naturaleza. Por mi parte, por fin me estoy volviendo menos serio. Y a veces tengo sueños que se salen de lo común.

En los meses que siguieron a la última sesión de Catherine, en mis sueños comenzó a aparecer una tendencia peculiar. A veces tenía un sueño vívido, en el cual me encontraba escuchando una conferencia o formulando preguntas al conferenciante. El nombre de ese maestro era Filón. Al despertar, a veces recordaba parte del material analizado y lo anotaba. Aquí incluyo algunos ejemplos. El primero era una conferencia, en la cual reconocí la influencia de los mensajes de los Maestros.

«... La sabiduría se alcanza con mucha lentitud. Esto se debe a que el conocimiento intelectual, fácilmente adquirido, debe convertirse en conocimiento "emocional" o subconsciente. Una vez transformado, la huella es permanente. La práctica conductista es el catalizador necesario para esta reacción. Sin acción, el concepto se marchita y desvanece. El conocimiento teórico sin aplicación práctica no es suficiente.

»Hoy en día se descuidan el equilibrio y la armonía; sin embargo, son las bases de la sabiduría. Todo se hace en exceso. La gente se excede en el peso porque come demasiado. Los deportistas descuidan aspectos de sí mismos y de los demás por correr en exceso. La gente parece excesivamente mezquina. Se bebe demasiado, se fuma demasiado, se está demasiado de juerga (o demasiado poco), se conversa demasiado sin satisfacción, se tienen demasiadas preocupaciones. Hay demasiadas ideas en blanco o negro. Todo o nada. La naturaleza no es así.

»En la naturaleza hay equilibrio. Los animales destruyen en pequeñas cantidades. Los sistemas ecológicos nunca son eliminados en masa. Las plantas consumidas vuelven a crecer. Las fuentes de sustento proveen y vuelven a reponerse. Se disfruta de la flor, se come la fruta, se preserva la raíz.

»La humanidad no ha aprendido el equilibrio; mucho menos lo ha practicado. Se guía por la codicia y la ambición; se conduce por el miedo. De este modo acabará por aniquilarse. Pero la naturaleza sobrevivirá, al menos las plantas.

»En verdad, la felicidad arraiga en la sencillez. La tendencia al exceso en el pensamiento y en la acción disminuye la felicidad. El exceso nubla los valores básicos. Los religiosos nos dicen que la felicidad se logra llenando el corazón de amor, fe y esperanza, practicando la caridad y brindando bondad. En verdad tienen razón. Dadas estas actitudes, habitualmente vienen el equilibrio y la armonía. Son, colectivamente, un estado del ser. En estos tiempos son un estado alterado de conciencia. Es como si la humanidad no permaneciera en su estado natural mientras vive en la Tierra. Tiene que llegar a un estado alterado a fin de llenarse de amor, caridad y sencillez, para sentir pureza, para deshacerse de sus temores crónicos.

»¿Cómo se llega a ese estado alterado, a ese otro sistema de valores? Y una vez que se llega a él ¿cómo sustentarlo? La respuesta parece simple. Es el denominador común de todas las religiones. La humanidad es inmortal; lo que hacemos ahora es aprender nuestras lecciones. Todos estamos en la escuela. Todo es muy simple, si se puede creer en la inmortalidad.

»Si una parte del ser humano es eterna (y en la historia hay sobradas evidencias para pensarlo así), ¿por qué nos tratamos tan mal? ¿Por qué pasamos por encima del prójimo en "provecho" personal, si en realidad estamos desechando la lección? Al parecer, todos vamos hacia el mismo sitio, aunque a diferente velocidad. Nadie es más grande que los demás.

»Analicemos las lecciones. Intelectualmente, las respuestas siempre han estado ahí, pero esta necesidad de actualizarlas por experiencia, de hacer permanente la huella subconsciente al "emocionalizar" y practicar el concepto, es la clave de todo. No basta memorizar en la escuela dominical. Parlotear sin practicar de nada sirve. Resulta fácil leer sobre el amor, la caridad y la fe, o conversar sobre ello. Pero practicarlos, sentirlos, requiere casi un estado alterado de conciencia. No se trata del estado transitorio inducido por las drogas, el alcohol o una emoción inesperada. El estado permanente se alcanza mediante el conocimiento y la comprensión. Se mantiene mediante la actividad física, mediante la acción y la práctica. Consiste en tomar algo casi místico y transformarlo en cosa de todos los días mediante la práctica, haciendo de eso un hábito.

»Comprendamos que nadie es mejor que otro. Sintámoslo. Practiquemos la ayuda al prójimo. Todos remamos en el mismo bote. Si no lo hacemos juntos, nuestros equipos se encontrarán muy solos.»

Otra noche, en un sueño diferente, hice una pregunta: «¿Por qué dice usted que todos somos iguales, cuando las contradicciones obvias son tan evidentes? ¿Diferencia en las virtudes, en el temperamento, el dinero, los derechos, la capacidad y el talento, la inteligencia, la aptitud para las matemáticas, y así hasta el infinito?»

La respuesta fue una metáfora: «Es como si dentro de cada persona se pudiera encontrar un gran diamante. Imaginemos un diamante de un palmo de longitud. Ese diamante tiene mil facetas, pero todas están cubiertas de polvo y brea. La misión de cada alma es limpiar cada una de esas facetas hasta que la superficie esté brillante y pueda reflejar un arco iris de colores.

»Ahora bien, algunos han limpiado muchas facetas y relucen con intensidad. Otros sólo han logrado limpiar unas pocas, que no brillan tanto. Sin embargo, por debajo del polvo, cada persona posee en su pecho un luminoso diamante, con mil facetas refulgentes. El diamante es perfecto, sin un defecto. La única diferencia entre las diferentes personas es el número de facetas que han limpiado. Pero cada diamante es el mismo y cada uno es perfecto.

«Cuando todas las facetas estén limpias y brillen en el espectro de la luz, el diamante volverá a la energía pura que fue en su origen. La luz permanecerá. Es como si el proceso requerido para hacer el diamante se invirtiera, liberada ya por toda la presión. La energía pura existe en el arco iris de luces, y las luces poseen conciencia y conocimiento.

»Y todos los diamantes son perfectos.»

A veces, las preguntas son complicadas y las respuestas, simples.

—¿Qué debo hacer? —preguntaba yo en un sueño—. Sé que puedo tratar y curar a la gente que sufre. Vienen a mí en mayor número de los que puedo atender. Estoy muy cansado. Pero ¿puedo negarme cuando me necesitan tanto? ¿Es correcto decir «Ya basta»?

—Tu papel no es el ser un salvavidas —fue la respuesta.

El último ejemplo que voy a citar fue un mensaje a otros psiquiatras. Desperté a eso de las seis de la mañana; en mi sueño había estado dando una conferencia a una vasta congregación de psiquiatras.

«En la carrera hacia la cada vez mayor incorporación de la medicación en psiquiatría, es importante que no abandonemos las enseñanzas tradicionales de nuestra profesión, aunque a veces parezcan vagas. Somos nosotros quienes aún conversamos con nuestros pacientes, con paciencia y compasión. Aún nos tomamos tiempo para hacerlo. Facilitamos el entendimiento conceptual de la enfermedad, curando con comprensión y mediante el descubrimiento inducido del conocimiento de sí mismo, no sólo con rayos láser. Aún utilizamos la esperanza para curar.

»En esta época actual, otras ramas de la medicina consideran que estos enfoques tradicionales de la curación son demasiado ineficaces, que consumen tiempo y no tienen base. Prefieren la tecnología al diálogo, la química de sangre analizada por computadora a la química personal entre el paciente y el médico, que cura al paciente y proporciona satisfacción al médico. Los enfoques idealistas, éticos, personalmente gratificantes de la medicina, pierden terreno ante los económicos, eficientes, aislantes y destructores de la satisfacción. Como resultado, nuestros colegas se sienten cada vez más aislados y deprimidos. Los pacientes, masificados y vacíos, como si nadie se ocupara de ellos.

«Debernos evitar la seducción de la alta tecnología. Antes bien, deberíamos ser modelos para nuestros colegas. Deberíamos demostrar que la paciencia, la comprensión y la compasión ayudan tanto al paciente como al médico. Reservar más tiempo para dialogar, para enseñar, para despertar la esperanza y la expectativa de curación: estas cualidades del médico-curandero, medio olvidadas, son las que debemos emplear siempre, como ejemplo para nuestros médicos colegas.

»La alta tecnología es maravillosa para la investigación y para facilitar la comprensión de la enfermedad humana. Puede ser un valioso instrumento clínico, pero jamás reemplazará las características y los métodos inherentemente personales de los verdaderos médicos. La psiquiatría puede ser la más digna de las especialidades médicas. Somos los maestros. No deberíamos abandonar este papel en aras de la asimilación: ahora, menos que nunca.»

Aún tengo ese tipo de sueños, aunque sólo ocasionalmente. Con frecuencia, mientras medito, mientras conduzco por la autopista o incluso en las ensoñaciones, me surgen en la mente frases, ideas, visualizaciones. Muchas veces se parecen muy poco a mi modo consciente y habitual de pensar o conceptualizar. Suelen ser muy oportunos para resolver cuestiones o preguntas del momento. Los uso en la terapia y en mi vida cotidiana. Considero que estos fenómenos son una expansión de mis capacidades intuitivas y me siento alentado por ellos. Para mí, son la señal de que me encamino en la dirección correcta, aunque aún me reste mucho camino por recorrer.

Presto atención a mis sueños y a mis intuiciones. Cuando lo hago, todo parece marchar bien. En caso contrario, invariablemente algo falla.

Aún siento a los Maestros a mi alrededor. No estoy seguro de que ellos influyan en mis sueños y mis intuiciones, pero sospecho que sí.
EPÍLOGO
Este libro está ya completo, pero la historia continúa. Catherine sigue curada, sin que se hayan repetido sus síntomas originarios. Al inducir a regresión a otros pacientes he puesto mucho cuidado. Me guío por la constelación particular de síntomas de cada uno y por lo refractario que se muestre a otros tratamientos, por la disposición a dejarse hipnotizar con facilidad, por su aceptación de este enfoque y por la certeza intuitiva de que es el camino a seguir. Desde el caso de Catherine he llevado en regresiones detalladas a múltiples vidas pasadas a doce pacientes más. Ninguno de ellos era psicópata, tenía alucinaciones ni padecía de personalidad múltiple. Todos mejoraron espectacularmente.

Esos doce pacientes tienen personalidades y antecedentes muy dispares. Un ama de casa judía, de Miami, recuerda vívidamente haber sido violada por un grupo de soldados romanos en Palestina, poco después de la muerte de Jesús. Administró un burdel en Nueva Orleans, en el siglo XIX; en la Edad Media vivió en un monasterio francés y tuvo una vida dolorosa en Japón. Aparte de Catherine, es la única de mis pacientes que ha podido transmitirme mensajes del estado intermedio. Esos mensajes son sumamente psíquicos. También ella apuntó hechos y datos de mi pasado. Tiene una facilidad aún mayor para predecir acertadamente acontecimientos futuros. Sus mensajes provienen de un espíritu en especial, y actualmente estoy catalogando con cuidado sus sesiones. Aún soy científico. Todo ese material debe ser analizado, evaluado y verificado.

Los otros no pudieron recordar mucho, aparte de morir, el abandono del cuerpo y flotar hasta la luz brillante. Ninguno pudo transmitirme mensajes o pensamientos. Pero todos tenían vívidos recuerdos de sus vidas anteriores. Un brillante corredor de bolsa llevó una existencia agradable, aunque aburrida, en la Inglaterra victoriana. Un artista fue torturado durante la Inquisición española. Un propietario de un restaurante, que no podía cruzar en automóvil puentes ni túneles, recordó haber sido sepultado vivo en una antigua cultura del Próximo Oriente. Un joven médico recordó su trauma en el mar, cuando era vikingo. Un ejecutivo de televisión fue atormentado en Florencia, hace seiscientos años. La lista continúa.

Todas estas personas recordaron también otras vidas. Los síntomas se resolvían al desplegarse las vidas.

En la actualidad, todos están firmemente convencidos de que han vivido anteriormente y de que volverán a vivir. El miedo a la muerte ha disminuido.

No es necesario que todo el mundo se someta a la terapia de regresión, que visite a parapsicólogos, ni siquiera que medite. Quienes padezcan síntomas molestos o incapacitantes pueden hacerlo.

En cuanto al resto, la tarea más importante consiste en mantener la mente abierta. Comprendamos que la vida no es sólo lo que tenemos a la vista. La vida va más allá de nuestros cinco sentidos. Seamos receptivos a los conocimientos y experiencias novedosos. «Nuestra misión es aprender, llegar a ser como Dios mediante el conocimiento.»

Ya no me preocupa el efecto que pueda tener este libro en mi carrera. La información que he compartido es mucho más importante; si se le presta atención, será más benéfica para el mundo que cuanto yo pueda hacer en mi consultorio, en el plano individual.

Confío en que te haya ayudado lo que has leído aquí; que tu propio miedo a la muerte haya disminuido; que los mensajes ofrecidos con respecto al verdadero sentido de la vida te den libertad para continuar viviendo la tuya en plenitud, buscando la armonía y la paz interior, ofreciendo amor a tu prójimo.
FIN
* * *


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