Muchas vidas, muchos maestros




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títuloMuchas vidas, muchos maestros
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Pasaron dieciocho meses de psicoterapia intensiva; Catherine venía a verme una o dos veces por semana. Era buena paciente: verbalmente expresiva, capaz de penetrar en lo psíquico y muy deseosa de mejorar.

En ese tiempo exploramos sus sentimientos, sus ideas y sus sueños. El hecho de que supiera reconocer los patrones de conducta recurrentes le proporcionaba penetración y entendimiento. Recordó muchos otros detalles importantes de su pasado, tales como las ausencias de su padre, que era marino mercante, y sus ocasionales arrebatos violentos después de beber en exceso. Comprendía mucho mejor sus relaciones turbulentas con Stuart y expresaba el enojo de manera más apropiada. En mi opinión, por entonces debería haber mejorado mucho. Los pacientes mejoran casi siempre cuando recuerdan influencias desagradables de su pasado, cuando aprenden a reconocer y corregir patrones de conducta inadaptada y cuando desarrollan la capacidad de ver sus problemas desde una perspectiva más amplia y objetiva. Pero Catherine no había mejorado.

Aún la torturaban los ataques de ansiedad y pánico. Continuaban las vividas pesadillas recurrentes y todavía la aterrorizaban el agua, la oscuridad y estar encerrada. Aún dormía de manera interrumpida, sin descansar. Sufría palpitaciones cardíacas. Continuaba negándose a tomar medicamentos por temor a ahogarse con las píldoras. Yo me sentía como si hubiera llegado a un muro: por mucho que hiciera, el muro seguía siendo tan alto que ninguno de los dos podía franquearlo. Sin embargo, este sentimiento de frustración me dio todavía mayor decisión: de algún modo ayudaría a Catherine.

Y entonces ocurrió algo extraño. Aunque tenía un intenso miedo a volar y debía darse coraje con varias copas al subir a un avión, Catherine acompañó a Stuart a un congreso médico que se realizó en Chicago, en la primavera de 1982. Mientras estaban allí, insistió para que él la llevara a visitar la exposición egipcia del museo de arte, donde hicieron un recorrido en grupo con un guía.

Catherine siempre había sentido interés por los objetos y las reproducciones de reliquias provenientes del antiguo Egipto. No se la podía considerar erudita en el tema y nunca había estudiado ese período histórico, pero en cierto modo las piezas le parecían familiares.

Cuando el guía comenzó a describir algunos de los objetos expuestos, ella se descubrió corrigiéndolo... ¡y tenía razón! El guía estaba sorprendido; Catherine, atónita. ¿Cómo sabía esas cosas? ¿Por qué estaba tan segura de tener razón como para corregir al hombre en público? Tal vez eran recuerdos olvidados de la infancia.

En su visita siguiente me contó lo ocurrido. Meses antes yo le había sugerido la hipnosis, pero ella tenía miedo y se resistía. Debido a su experiencia en la exposición egipcia, aceptó, aunque a regañadientes.

La hipnosis es una excelente herramienta para que un paciente recuerde incidentes olvidados durante mucho tiempo. No encierra misterio alguno: se trata sólo de un estado de concentración enfocada. Siguiendo las instrucciones de un hipnotista bien preparado, el paciente relaja el cuerpo, con lo que la memoria se agudiza. Yo había hipnotizado a cientos de pacientes; me resultaba útil para reducir la ansiedad, eliminar fobias, cambiar malos hábitos y ayudar a rememorar material reprimido. Ocasionalmente había logrado la regresión de algún paciente a la primera infancia, hasta cuando tenía dos o tres años de edad, despertando así recuerdos de traumas muy olvidados que trastornaban su vida. Confiaba en que la hipnosis ayudaría a Catherine.

Le indiqué que se tendiera en el diván, con los ojos entrecerrados y la cabeza apoyada en una almohadita. Al principio nos concentramos en su respiración. Con cada exhalación liberaba tensiones y ansiedad acumuladas. Al cabo de varios minutos, le dije que visualizara sus músculos relajándose progresivamente: desde los de la cara y la mandíbula, pasando por los del cuello, los hombros, los brazos, la espalda y el estómago, hasta los de las piernas. Ella sentía que todo su cuerpo se hundía más y más en el diván.

Luego le di instrucciones de visualizar una intensa luz blanca en lo alto de su cabeza, dentro de su cuerpo. Más adelante, después de haber hecho que la luz se extendiera poco a poco por su cuerpo, la luminosidad relajó por completo todos los músculos, todos los nervios, todos los órganos, el cuerpo entero, llevándola a un estado de relajación y paz cada vez más profundo. Gradualmente sentía más sueño, más paz, más serenidad. A su debido tiempo, siguiendo mis indicaciones, la luz llenó completamente su cuerpo y la envolvió.

Conté hacia atrás, lentamente, de diez a uno. A cada número, Catherine entraba en un nivel de mayor relajación. Su trance se hizo más profundo. Podía concentrarse en mi voz, excluyendo cualquier otro ruido. Al llegar a uno, estaba ya en un estado de hipnosis moderadamente profundo. Todo el proceso había requerido unos veinte minutos.

Al cabo de un rato comencé a iniciarla en la regresión, pidiéndole que rememorara recuerdos de edades cada vez más tempranas. Podía hablar y responder a mis preguntas, siempre manteniendo un profundo nivel de hipnosis. Recordó una experiencia traumática con el dentista, ocurrida cuando ella tenía seis años. Tenía vívida memoria de la aterrorizadora experiencia de los cinco años, al ser empujada a una piscina desde un trampolín; en aquella ocasión había sentido náuseas, y había tragado agua hasta asfixiarse; mientras lo narraba, empezó a dar arcadas en mi consultorio. Le indiqué que la experiencia había pasado, que estaba fuera del agua. Las arcadas cesaron y la respiración se hizo normal. Aún estaba en trance profundo.

Pero lo peor de todo había ocurrido a los tres años de edad. Recordó haber despertado en su dormitorio, a oscuras, consciente de que su padre estaba en el cuarto. Él apestaba a alcohol en aquel momento, y Catherine volvía a percibir ahora el mismo olor. El padre la tocó y la frotó, incluso «ahí abajo». Ella, aterrorizada, comenzó a llorar; entonces el padre le tapó la boca con una mano áspera, que no la dejaba respirar. En mi consultorio, en mi diván, veinticinco años después, Catherine sollozaba.

Tuve la certeza de que ya contábamos con la información, que ya teníamos la clave de lo que sucedía. Estaba seguro de que sus síntomas se aliviarían con enorme rapidez. Le indiqué, suavemente, que la experiencia había terminado: ya no estaba en su dormitorio, sino descansando apaciblemente, aún en trance. Los sollozos cesaron. La llevé hacia delante en el tiempo, hasta su edad actual. La desperté después de ordenarle, por sugestión posthipnótica, que recordara todo cuanto me había dicho.

Pasamos el resto de la sesión analizando ese recuerdo, súbitamente vivido, del trauma ocasionado por su padre. Traté de ayudarla a que aceptara y asimilara su «nuevo» conocimiento. Ahora ella podía comprender su relación con el padre, por qué provocaba en él determinadas reacciones y frialdad, por qué ella le tenía miedo. Cuando salió del consultorio aún estaba temblando, pero yo sabía que la comprensión ganada compensaba el haber sufrido un malestar pasajero.

En el drama de descubrir sus dolorosos recuerdos, profundamente reprimidos, había olvidado por completo buscar la posible conexión infantil con los objetos egipcios. Pero, cuando menos, comprendía mejor su pasado. Había recordado varios acontecimientos aterrorizantes. Yo esperaba una importante mejoría de sus síntomas.

Pese a esa nueva comprensión, a la semana siguiente me informó de que sus síntomas se mantenían intactos, tan graves como siempre. Eso me sorprendió. No lograba entender qué fallaba. ¿Era posible que hubiera ocurrido algo antes de los tres años? Habíamos descubierto motivos sobrados para que temiera a la asfixia, al agua, a la oscuridad y al estar encerrada; sin embargo, los miedos penetrantes, los síntomas, la ansiedad desmedida aún devastaban su vida consciente. Sus pesadillas eran tan terroríficas como antes. Decidí llevarla a una regresión mayor.

Mientras estaba hipnotizada, Catherine hablaba en un susurro lento y claro. Gracias a eso pude anotar textualmente sus palabras y las he citado sin alteraciones. (Los puntos suspensivos representan pausas en su relato no correcciones u omisiones de mi parte. No obstante, parte de las repeticiones no han sido incluidas.)

Poco a poco, llevé a Catherine hasta la edad de dos años, pero no recordó nada importante. Le di instrucciones firmes y claras:

—Vuelve a la época en que se iniciaron tus síntomas.

No estaba en absoluto preparado para lo que sucedió a continuación:

—Veo escalones blancos que conducen a un edificio, un edificio grande y blanco, con columnas, abierto por el frente. No hay puertas. Llevo puesto un vestido largo... un saco hecho de tela tosca. Tengo el pelo rubio y largo, trenzado.

Yo estaba confundido. No estaba seguro de lo que estaba ocurriendo. Le pregunté qué año era ése, cuál era su nombre.

—Aronda... Tengo dieciocho años. Veo un mercado frente al edificio. Hay cestos... Esos cestos se cargan en los hombros. Vivimos en un valle... No hay agua. El año es 1863 a. de C. La zona es estéril, tórrida, arenosa. Hay un pozo; ríos, no. El agua viene al valle desde las montañas.

Después de escucharla relatar más detalles topográficos, le dije que se adelantara varios años en el tiempo y que me narrara lo que viera.

—Hay árboles y un camino de piedra. Veo una fogata donde se cocina. Soy rubia. Llevo un vestido pardo, largo y áspero; calzo sandalias. Tengo veinticinco años. Tengo una pequeña llamada Cleastra... Es Rachel. (Rachel es actualmente su sobrina, con la que siempre ha mantenido un vínculo muy estrecho.) Hace mucho calor.

Yo me llevé un sobresalto. Tenía un nudo en el estómago y sentía frío. Las visualizaciones y el recuerdo de Catherine parecían muy definidos. No vacilaba en absoluto. Nombres, fechas, ropas, árboles... ¡todo visto con nitidez! ¿Qué estaba ocurriendo ahí? ¿Cómo era posible que su hija de entonces fuera su actual sobrina? Pero la confusión era mayor que el sobresalto. Había examinado a miles de pacientes psiquiátricos, muchos de ellos bajo hipnosis, sin tropezar jamás con fantasías como ésa, ni siquiera en sueños. Le indiqué que se adelantara hasta el momento de su muerte. No sabía con seguridad cómo interrogar a un paciente en medio de una fantasía (¿o evocación?) tan explícita, pero estaba buscando hechos traumáticos que pudieran servir de base a sus miedos y sus síntomas actuales. Los acontecimientos que rodearan la muerte podían ser especialmente traumáticos. Al parecer, una inundación o un maremoto arrasaba la aldea.

—Hay olas grandes que derriban los árboles. No tengo hacia dónde correr. Hace frío; el agua está fría. Debo salvar a mi niña, pero no puedo... sólo puedo abrazarla con fuerza. Me ahogo; el agua me asfixia. No puedo respirar, no puedo tragar... agua salada. La pequeña me es arrancada de los brazos.

Catherine jadeaba y tenía dificultad para respirar. De pronto, su cuerpo se relajó por completo; su respiración se volvió profunda y regular.

—Veo nubes... Mi pequeña está conmigo. Y otros de la aldea. Veo a mi hermano.

Descansaba; esa vida había terminado. Permanecía en trance profundo. ¡Yo estaba estupefacto! ¿Vidas anteriores? ¿Reencarnación? Mi mente clínica me indicaba que Catherine no estaba fantaseando, que no inventaba ese material. Sus pensamientos, sus expresiones, su atención a los detalles en particular, todo se diferenciaba de su estado normal de conciencia. Por la mente me cruzó toda la gama de diagnósticos psiquiátricos posibles, pero su estado psíquico y su estructura de carácter no explicaban esas revelaciones. ¿Esquizofrenia? No; Catherine nunca había dado muestras de trastornos cognitivos o de pensamiento. Nunca había sufrido alucinaciones auditivas ni visuales (no oía voces ni tenía visiones estando despierta), ni ningún tipo de episodios psicopáticos. Tampoco se trataba de una ilusión (perder el contacto con la realidad). No tenía personalidad múltiple ni escindida. Sólo había una Catherine, y su mente consciente tenía perfecta conciencia de eso. No demostraba tendencias sociopáticas o antisociales. No era una actriz. No consumía drogas ni sustancias alucinógenas. Su consumo de alcohol era mínimo. No padecía enfermedades neurológicas o psicológicas que pudieran explicar esa experiencia vivida e inmediata en estado de hipnosis.

Ésos eran recuerdos de algún tipo, pero ¿de dónde procedían? Mi reacción instintiva era que acababa de tropezar con algo de lo que sabía muy poco: la reencarnación y los recuerdos de vidas pasadas.

«No puede ser», me decía; mi mente, científicamente formada, se resistía a aceptarlo. Sin embargo, estaba ocurriendo delante de mis ojos. Aunque no pudiera explicarlo, tampoco me era posible negar su realidad.

—Continúa —dije, algo nervioso, pero fascinado por lo que ocurría—. ¿Recuerdas algo más?

Ella recordó fragmentos de otras dos vidas.

—Tengo un vestido de encaje negro y encaje negro en la cabeza. Mi pelo es oscuro, algo canoso. Es 1756 (d. de C.). Soy española. Me llamo Luisa y tengo cincuenta y seis años. Estoy bailando. Hay otros que también bailan. (Larga pausa.) Estoy enferma; tengo fiebre, sudores fríos... Hay mucha gente enferma; la gente se muere... Los médicos no lo saben, pero fue por el agua.

La llevé hacia delante en el tiempo.

—Me recobro, pero aún me duele la cabeza; aún me duelen los ojos y la cabeza por la fiebre, por el agua... Muchos mueren.

Más adelante me dijo que en esa vida era prostituta, pero que no me había dado esa información porque la avergonzaba. Al parecer, en estado de hipnosis podía censurar algunos de los recuerdos que me transmitía.

Puesto que había reconocido a su sobrina en una vida anterior, le pregunté impulsivamente si yo estaba presente en alguna de sus existencias. Sentía curiosidad por conocer mi papel, si acaso lo tenía, en sus recuerdos. Me respondió con prontitud, en contraste con las evocaciones anteriores, muy lentas y pausadas.

—Tú eres mi maestro; estás sentado en un saliente de roca. Nos enseñas con libros. Eres anciano, de pelo gris. Usas un vestido blanco (una toga) con bordes dorados... Tú te llamas Diógenes. Nos enseñas símbolos, triángulos. Eres realmente muy sabio, pero yo no comprendo. El año es 1568 a. de C.

(La fecha era aproximadamente mil doscientos años anterior al famoso Diógenes, filósofo cínico de Grecia. El nombre no era muy insólito.)

La primera sesión había terminado. Le sucederían otras aún más asombrosas.
* * *
Cuando Catherine se hubo ido, y durante varios días más, reflexioné mucho en los detalles de la regresión hipnótica. Reflexionar es natural en mí. Muy pocos de los detalles que emergieran de una hora de terapia, incluso de las «normales», escapaban a mi obsesivo análisis mental, y esa sesión difícilmente podía considerarse «normal». Por añadidura, era muy escéptico con respecto a la vida después de la muerte, la reencarnación, las experiencias de abandono del cuerpo y los fenómenos de ese tipo. Después de todo, según pensaba la parte lógica de mi persona, eso podía ser fantasía de Catherine. En realidad, me sería imposible demostrar la veracidad de sus aseveraciones o visualizaciones. Pero yo también tenía conciencia, aunque mucho más difusa, de un pensamiento menos emocional. «Mantén la mente abierta —me decía ese pensamiento—, la verdadera ciencia comienza por la observación.» Sus «recuerdos» podían no ser fantasías ni imaginación. Podía haber algo más de lo que estaba a la vista... o al alcance de cualquier otro sentido. «Mantén la mente abierta. Consigue más datos.» Otro pensamiento me importunaba. Catherine, tan propensa a temores y ansiedades desde siempre, ¿no tendría demasiado miedo de volver a someterse a la hipnosis? Resolví no llamarla. Que ella también digiriera la experiencia. Esperaría a la semana siguiente.
3
Una semana después, Catherine entró alegremente en mi consultorio para la siguiente sesión de hipnosis. Hermosa de por sí, estaba más radiante que nunca. Me anunció, feliz, que su eterno miedo a ahogarse había desaparecido. El miedo a asfixiarse era algo menor. Ya no la despertaba la pesadilla del puente que se derrumbaba. Aunque había recordado los detalles de su vida anterior, aún no tenía el material realmente asimilado.

Los conceptos de vidas pasadas y reencarnación eran extraños a su cosmología; sin embargo, sus recuerdos eran tan vívidos, las visiones, los sonidos y los olores tan claros, tan poderosa e inmediata la certeza de estar allí, que debía haber estado. La experiencia era tan abrumadora que ella no lo ponía en duda. Pero se preguntaba cómo conciliar eso con sus creencias y su educación.

Durante esa semana, yo había repasado el libro de texto de un curso de religiones comparadas que había seguido en mi primer año en la Universidad de Columbia. Había, ciertamente, referencias a la reencarnación en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. En el año 325 d. de C., el emperador romano Constantino el Grande, junto con Helena, su madre, había eliminado las referencias a la reencarnación contenidas en el Nuevo Testamento. El segundo Concilio de Constantinopla, reunido en el 553, confirmó ese acto y declaró herética la idea de la reencarnación. Al parecer, consideraban que esta idea debilitaría el creciente poder de la Iglesia, al conceder a los seres humanos demasiado tiempo para buscar la salvación. Sin embargo, las referencias originarias habían existido; los primeros padres de la Iglesia aceptaban el concepto de la reencarnación. Los primitivos gnósticos —Clemente de Alejandría, Orígenes, san Jerónimo y muchos otros— estaban convencidos de haber vivido anteriormente y de que volverían a hacerlo.

Pero yo no había creído nunca en la reencarnación. Ni siquiera había pensado mucho en el tema. Aunque mi temprana educación religiosa hablaba de una vaga existencia del «alma» después de la muerte, la idea no me convencía.

Yo era el mayor de cuatro hijos, todos los cuales se llevaban tres años entre sí. Pertenecíamos a una conservadora sinagoga judía de Red Bank, una pequeña ciudad próxima a la costa de Nueva Jersey. Yo era el pacificador y el hombre de estado de la familia. Mi padre se dedicaba más a la religión que el resto de nosotros. La tomaba muy en serio, como todo en la vida. Los éxitos académicos de sus hijos eran las grandes alegrías de su existencia. Cualquier discordia doméstica lo alteraba con facilidad; entonces se retiraba, dejando que yo interviniera como mediador. Aunque ésa resultó ser una excelente práctica preparatoria para hacer carrera en la psiquiatría, mi niñez estuvo más cargada de responsabilidades de lo que yo, retrospectivamente, habría querido. Salí de la infancia convertido en un joven muy serio, habituado a tomar sobre sí demasiadas responsabilidades.

Mi madre se pasaba la vida mostrando amor. No había límites que se le interpusieran. Era más simple que mi padre; utilizaba la culpa, el martirio, la pena llevada al extremo y la identificación con sus hijos como instrumentos de manipulación, todo sin segundas intenciones. Pero rara vez se mostraba triste o malhumorada y siempre se podía contar con su amor y su apoyo.

Mi padre tenía un buen trabajo como fotógrafo industrial; pero, aunque siempre tuvimos comida en abundancia, el dinero escaseaba mucho. Peter, mi hermano menor, nació cuando yo tenía nueve años. Tuvimos que repartir a seis personas en un pequeño apartamento de dos dormitorios con un jardín en la planta baja.

En esa pequeña vivienda, la vida era febril y ruidosa. Yo buscaba refugio en mis libros. Cuando no leía interminablemente, jugaba al béisbol o al baloncesto, las otras pasiones de mi niñez. Sabía que el estudio era el modo de salir de esa pequeña ciudad, por cómoda que fuera, y siempre ocupaba el primer o el segundo puesto de mi clase.

Cuando la Universidad de Columbia me otorgó una beca completa, yo era ya un joven serio y estudioso. El éxito académico siguió siendo fácil. Terminé los estudios de química y me gradué con honores. Decidí entonces dedicarme a la psiquiatría, pues esa actividad combinaba mi interés por la ciencia con la fascinación que sentía por el funcionamiento de la mente humana. Por añadidura, la carrera médica me permitía expresar mi interés y mi compasión por el prójimo. Mientras tanto, había conocido a Carole durante unas vacaciones pasadas en un hotel de Catskill Mountain, donde yo trabajaba de camarero y ella se hospedaba. Ambos experimentamos una inmediata atracción mutua, una fuerte sensación de familiaridad y bienestar. Intercambiamos cartas, nos frecuentamos, nos enamoramos y, cuando empecé mi carrera, ya estábamos comprometidos. Ella era inteligente y hermosa. Todo parecía estar acomodándose. Pocos jóvenes se preocupan por la vida, la muerte y la vida después de la muerte, menos aún cuando todo marcha con facilidad.

Yo no era la excepción. Estaba dedicado a la ciencia; aprendía a pensar de manera lógica y desapasionada, a exigir demostraciones.

La carrera de medicina y la residencia en la Universidad de Yale hicieron que cuajara todavía más en mí el método científico. Mi tesis de investigación versó sobre la química del cerebro y el papel de los neurotransmisores, que son los mensajeros químicos del tejido cerebral. Me incorporé a la nueva raza de psiquiatras biológicos, los que mezclaban las teorías psiquiátricas tradicionales y sus técnicas con la nueva ciencia de la química cerebral. Escribí muchos artículos científicos, di conferencias locales y nacionales y me convertí en un verdadero personaje dentro de mi especialidad. Era un poco obsesivo, empecinado e inflexible, pero estos rasgos resultaban útiles para un médico. Me sentía completamente preparado para tratar a quienquiera que se presentara en mi consultorio en busca de terapia.

Y en aquel momento Catherine se convirtió en Aronda, una joven que había vivido en el año 1863 a. de C. ¿O acaso era al revés? Y allí estaba otra vez, feliz como nunca la había visto antes.

Una vez más, temí que Catherine tuviera miedo de continuar. Sin embargo, se dispuso, ansiosamente para la hipnosis y se distendió rápidamente.

—Estoy arrojando guirnaldas de flores al agua. Es una ceremonia. Tengo el pelo rubio y trenzado. Llevo un vestido pardo y dorado y sandalias. Alguien ha muerto, alguien de la casa real... la madre. Yo soy una sirvienta de la casa real y ayudo con la comida. Ponemos los cuerpos en salmuera durante treinta días. Cuando se secan, se extraen las partes. Lo huelo, huelo los cadáveres.

Había vuelto espontáneamente a la vida de Aronda, pero a una parte diferente, en la que su función consistía en preparar los cadáveres después de la muerte.

—En un edificio aparte —continuó—, puedo ver los cuerpos. Estamos envolviendo cadáveres. El alma pasa al otro lado. Cada uno se lleva sus pertenencias, a fin de prepararse para la vida siguiente, más grandiosa.

Estaba expresando algo que parecía el concepto egipcio de la muerte y el más allá, diferente de todas nuestras creencias. En esa religión, uno podía llevarse sus pertenencias consigo.

Dejó esa vida y descansó. Hizo una pausa de varios minutos antes de entrar en un tiempo que parecía antiguo.

—Veo hielo, colgando de una cueva... rocas... —Describió vagamente un sitio oscuro y miserable. Se sentía visiblemente incómoda. Más adelante detalló lo que había visto de sí misma—: Era fea, sucia y maloliente.

Y partió hacia otro tiempo.

—Hay algunos edificios y un carro con ruedas de piedra. Tengo el pelo castaño, cubierto con un paño. La carreta contiene paja. Soy feliz. Allí está mi padre... Me abraza. Es... es Edward (el pediatra que le aconsejó insistentemente que consultara conmigo). Es mi padre. Vivimos en un valle con árboles. En el patio hay olivos e higueras. La gente escribe en papeles. Están cubiertos de marcas raras, parecidas a letras. La gente escribe todo el día para hacer una biblioteca. Estamos en el 1536 a. de C. La tierra es estéril. Mi padre se llama Perseo.

El año no correspondía exactamente, pero tuve la seguridad de que estaba en la misma vida sobre la que me había informado en la sesión anterior. La llevé hacia delante en el tiempo, sin apartarla de esa vida.

—Mi padre te conoce (se refería a mí). Tú y él conversáis sobre las cosechas, la ley y el gobierno. Dice que eres muy inteligente y que yo debería prestarte atención.

La adelanté un poco más.

—Él (su padre) está tendido en una habitación oscura. Es viejo y está enfermo. Hace frío... me siento tan vacía...

Siguió hasta el momento de su muerte.

—Ahora yo también soy vieja y débil. Allí está mi hija, cerca de mi cama. Mi esposo ya ha muerto. Mi yerno está allí, y también sus hijos. Hay muchas personas a mi alrededor.

Esa vez, su muerte fue apacible. Flotaba. ¿Flotaba? Eso me hizo pensar en los estudios del doctor Raymond Moody sobre las víctimas de experiencias de casi muerte. Sus sujetos también recordaban haber flotado antes de verse atraídos otra vez hacia el cuerpo. Yo había leído ese libro varios años antes; tomé nota mental de que debía releerlo. Me pregunté si Catherine recordaría algo más allá de la muerte, pero sólo pudo decir:

—Floto, nada más.

La desperté y di esa sesión por terminada.
* * *
Revolví las bibliotecas de medicina, con un apetito nuevo e insaciable por cualquier artículo científico que se hubiera publicado sobre la reencarnación. Estudié las obras del doctor Ian Stevenson, respetado profesor de psiquiatría en la Universidad de Virginia, quien ha publicado una extensa bibliografía psiquiátrica. El doctor Stevenson ha reunido más de dos mil ejemplos de niños con recuerdos y experiencias del tipo de la reencarnación. Muchos presentaban xenoglosia, la capacidad de hablar un idioma extranjero al que nunca habían estado expuestos. Estas historias clínicas están completas, cuidadosamente investigadas; son en verdad notables.

Leí un excelente panorama científico de Edgar Mitchell. Con gran interés, examiné los datos de percepciones extrasensoriales reunidos por la Universidad de Duke, y los escritos del profesor C. J. Ducasse de la Universidad de Brown; también analicé con atención los estudios de los doctores Martin Ebon, Helen Wambach, Gertrude Schmeidler, Frederick Lenz y Edith Fiore. Cuanto más leía, más quería leer. Comencé a comprender que, si bien me tenía por profesional bien informado con respecto a todas las dimensiones de la mente, mi instrucción era muy limitada. Hay bibliotecas enteras llenas de este tipo de investigación y bibliografía, pero son muy pocos los que las conocen. Una gran parte de esta investigación fue realizada, verificada y reproducida por respetables médicos y científicos. ¿Es posible que todos estuvieran equivocados, que se engañaran? Las pruebas parecían abrumadoramente positivas, pero yo aún dudaba. Abrumadoras o no, me costaba creer en ellas. Tanto Catherine como yo, cada uno a su modo, habíamos quedado profundamente afectados por la experiencia. Catherine mejoraba en el plano emocional; yo ensanchaba los horizontes de mi mente. Ella, atormentada por sus miedos durante muchos años, empezaba a hallar algún alivio. Ya fuera por medio de recuerdos verdaderos, o por medio de vívidas fantasías, yo había hallado el modo de ayudarla y no pensaba detenerme.

Por un breve instante pensé en todo esto, mientras Catherine caía en trance, al iniciarse la sesión siguiente. Antes de la inducción hipnótica, ella me había relatado un sueño sobre cierto juego que se jugaba en viejos peldaños de piedra, con un tablero cuadriculado en el cual había agujeros. El sueño le había parecido especialmente vívido. Le indiqué que superara los límites normales del tiempo y el espacio, que fuera hacia atrás para ver si ese sueño tenía sus raíces en alguna reencarnación previa.

—Veo escalones que llevan a una torre... da a las montañas, pero también al mar. Soy un muchacho... Tengo el pelo rubio... extraño. Visto ropas cortas, pardas y blancas, hechas de pieles de animal. En lo alto de la torre hay algunos hombres que vigilan... guardias. Están sucios. Juegan a algo parecido al ajedrez, pero no es eso. El tablero no es cuadrado, sino redondo. Juegan con piezas afiladas, semejantes a dagas, que se ajustan a los agujeros. Las piezas tienen arriba cabezas de animales. ¿Territorio de Kirustán (ortografía fonética)? En los Países Bajos, alrededor de 1473.

Le pregunté el nombre del lugar en donde vivía y si podía ver u oír un año.

—Ahora estoy en un puerto marítimo; la tierra desciende hasta el mar. Hay una fortaleza... y agua. Veo una cabaña... mi madre, cocinando en una olla de arcilla. Me llamo Johan.

Avanzó hasta su muerte. A esa altura de nuestras sesiones, yo aún buscaba un único y abrumador suceso traumático que pudiera causar o explicar sus síntomas actuales. Aun si esas visualizaciones, notablemente explícitas, eran pura fantasía (y yo no habría podido asegurarlo) lo que ella creyera o pensara podía aún servir de base a sus síntomas. Después de todo, yo había visto a pacientes traumatizados por sus sueños. Algunos no lograban recordar si un trauma de la infancia se había producido en la realidad o sólo en un sueño, pero su recuerdo todavía los obsesionaba en la vida adulta.

Lo que aún no apreciaba del todo era que el constante martilleo diario de las influencias socavadoras, como las críticas mordaces de un progenitor, podían causar traumas psíquicos incluso peores que un solo suceso traumático. Esas influencias perjudiciales, puesto que se funden con el entorno diario de la vida, son aún más difíciles de recordar y exorcizar. Una criatura criticada de manera constante puede perder tanta confianza y autoestima como quien recuerda haber sido humillado en una horrible ocasión especial. El niño nacido en una familia pobre, a quien diariamente le falta la comida en cantidad suficiente, puede sufrir con el tiempo los mismos problemas psíquicos que quien experimentó un único episodio importante en el que estuvo a punto de morir de hambre por casualidad. Pronto comprendería yo que el castigo cotidiano de fuerzas negativas debía ser reconocido y resuelto con tanta atención como la que se presta a un único y abrumador acontecimiento traumático.

Catherine comenzó a hablar.

—Hay botes, parecidos a canoas, pintados de colores intensos. Zona de Providence. Tenemos armas, lanzas, hondas, arcos y flechas, pero más grandes. En el bote hay remos grandes y extraños... Todo el mundo tiene que remar. Quizás estamos perdidos; está oscuro. No hay luces. Tengo miedo. Nos acompañan otros botes (una incursión de ataque, al parecer). Temo a los animales. Dormimos sobre sucias y malolientes pieles de animales. Estamos de exploración. Tengo zapatos extraños, como sacos... atados a los tobillos... hechos también con pieles de animal. (Larga pausa.) Siento en la cara el calor del fuego. Los míos están matando a los otros, pero yo no. No quiero matar. Tengo el cuchillo en la mano.

De pronto comenzó a gorjear y a respirar trabajosamente. Informó de que un combatiente enemigo la había aferrado desde atrás, por el cuello, para degollarla con un puñal. Vio la cara del asesino antes de morir: era Stuart. El aspecto del hombre era diferente, pero ella sabía que se trataba del mismo. Johan había muerto a los veintiún años.

Luego se encontró flotando por encima de su cuerpo y observando la escena de abajo. Se elevó hasta las nubes, perpleja y confundida. Pronto se sintió atraída hacia un espacio «diminuto y cálido». Estaba a punto de nacer.

—Alguien me tiene en brazos —susurró, lenta y soñadoramente—, alguien que ayudó en el nacimiento. Lleva un vestido verde y delantal blanco. Y un sombrero blanco, doblado hacia atrás en las esquinas. Las ventanas del cuarto son muy extrañas... tienen muchas secciones. El edificio es de piedra. Mi madre tiene el pelo largo y oscuro. Quiere abrazarme. Tiene puesto un camisón extraño... áspero. Duele frotarse contra él. Es agradable estar al sol, abrigada otra vez. Es... ¡es la misma madre que tengo ahora!

En la sesión anterior, yo le había indicado que observara con atención a las personas importantes de cada vida, por si podía identificarlas con las personas importantes de su existencia actual. Según casi todos los escritores, los grupos de almas tienden a reencarnarse juntos una y otra vez, para elaborar el karma (deudas para con otros y para con uno mismo, lecciones que hay que aprender) a lo largo de muchas vidas.

En mis intentos de comprender ese extraño y espectacular drama que se desplegaba en mi tranquilo y penumbroso consultorio, sin que el resto del mundo lo supiera, yo quería verificar esa información. Sentía la necesidad de aplicar el método científico, el que había utilizado rigurosamente en los quince años de investigación previa, para evaluar ese curiosísimo material que emergía de los labios de Catherine.

Entre una y otra sesiones, la misma Catherine se iba volviendo más y más psíquica. Tenía intuiciones con respecto a personas y acontecimientos que resultaban acertadas. Durante la hipnosis había comenzado a anticiparse a mis preguntas, sin darme tiempo a formularlas. Muchos de sus sueños tenían una inclinación precognitiva o de adivinación.

En cierta ocasión en que sus padres fueron a visitarla, su padre expresó muy grandes dudas sobre lo que estaba ocurriendo. Para demostrarle que era cierto, ella lo llevó al hipódromo. Allí procedió a indicar al ganador de cada carrera. Su padre quedó atónito. Una vez demostrado lo que ella deseaba, tomó todo el dinero que había ganado y se lo entregó al primer pobre con quien se cruzó al salir del hipódromo. Sabía, por intuición, que los poderes espirituales recién obtenidos no debían ser utilizados para obtener recompensas materiales. Para ella tenían una importancia mucho más elevada. Según me dijo, esa experiencia la asustaba un poco, pero estaba tan complacida con los progresos logrados que se sentía ansiosa por continuar con las regresiones.

Por mi parte, sus habilidades psíquicas me espantaban y me fascinaban al mismo tiempo; sobre todo, el episodio del hipódromo. Era una prueba tangible: Catherine tenía el boleto ganador de cada una de las carreras. No se trataba de una coincidencia. Algo muy raro había estado pasando en esas últimas semanas, y yo me esforzaba por no perder mi perspectiva. No podía negar que la muchacha tenía aptitudes psíquicas. Y si éstas eran reales y podían producir pruebas tangibles, ¿serían verdad también sus descripciones de hechos acaecidos en vidas pasadas?

Ahora volvía a la vida en la que acababa de nacer. Esa encarnación parecía más reciente, pero no pudo identificar un año. Se llamaba Elizabeth.

—Ahora soy mayor; tengo un hermano y dos hermanas. Veo la mesa de la cena... Allí está mi padre... es Edward (el pediatra, nuevamente representando el papel de padre). Mis padres están riñendo otra vez. La comida es patatas con habichuelas, y él se ha enojado porque está fría. Discuten mucho. Él se pasa todo el tiempo bebiendo... Golpea a mi madre. (La voz de Catherine sonaba asustada y estaba visiblemente estremecida.) Empuja a los niños. No es como antes, no es la misma persona. No me gusta. Ojalá se fuera.

Hablaba como una criatura.
* * *
Las preguntas que yo le hacía en esas sesiones eran por supuesto muy diferentes de las que utilizaba en la psicoterapia normal. Con Catherine actuaba casi a la manera de un guía; trataba de revisar toda una vida en una o dos horas, buscando acontecimientos traumáticos y patrones perjudiciales que pudieran explicar sus síntomas de la actualidad. La terapia corriente se realiza a ritmo mucho más detallado y lento. Se analiza cada palabra elegida por el paciente, en busca de matices y significados ocultos. Cada gesto facial, cada movimiento del cuerpo, cada inflexión de la voz deben ser tenidos en cuenta y evaluados. Cada reacción emocional merece un cuidadoso escrutinio. Se construyen minuciosamente los patrones de conducta. Con Catherine, en cambio, los años podían transcurrir en minutos. Las sesiones con ella eran como conducir un auto de carrera a toda velocidad... y tratando de distinguir las caras de la multitud.
* * *
Volví mi atención a Catherine y le pedí que avanzara en el tiempo.

—Ahora estoy casada. Nuestra casa tiene una sola habitación, grande. Mi esposo es rubio. No lo conozco. (Es decir, aún no ha aparecido en la vida actual de Catherine.) Todavía no tenemos hijos... Él es muy bueno conmigo. Nos amamos y somos felices.

Al parecer, había escapado con éxito a la opresión del hogar paterno. Le pregunté si podía identificar la zona en donde vivía.

—¿Brennington? —susurró, vacilando—. Veo libros con cubiertas antiguas y raras. El grande se cierra con una correa. Es la Biblia. Hay letras grandes y extrañas... Idioma gaélico.

En ese punto dijo algunas palabras que no pude identificar. No tengo idea de si eran o no gaélicas.

—Vivimos tierra adentro, no cerca del mar. El condado... ¿Brennington? Veo una granja con cerdos y corderos. Es nuestra. —Se había adelantado en el tiempo—. Tenemos dos varones... El mayor se casa. Veo la torre de la iglesia... un antiquísimo edificio de piedra.

De pronto le dolía la cabeza; sufría y se apretaba la sien izquierda. Dijo que se había caído en los escalones de piedra, pero se repuso. Murió a edad avanzada, en su cama, rodeada por toda la familia.

Una vez más, salió flotando de su cuerpo al morir, pero en esa ocasión no se sintió perpleja ni confundida.

—Tengo conciencia de una luz intensa. Es maravillosa; de esa luz se obtiene energía.

Descansaba tras la muerte, entre dos vidas. Pasaron en silencio algunos minutos. De pronto habló, pero no con el susurro lento que siempre había utilizado hasta entonces. Ahora su voz era grave y potente, sin vacilaciones.

—Nuestra tarea consiste en aprender, en llegar a ser como dioses mediante el conocimiento. ¡Es tan poco lo que sabemos! Tú estás aquí para ser mi maestro. Tengo mucho que aprender. Por el conocimiento nos acercamos a Dios, y entonces podemos descansar. Luego regresamos para enseñar y ayudar a otros.

Quedé mudo. Era una lección posterior a su muerte, proveniente del estado intermedio. ¿Cuál era la fuente de ese nuevo material? No sonaba en absoluto como el modo de hablar de Catherine. Ella nunca se había expresado así, con ese vocabulario y esa fraseología. Hasta el tono de su voz era completamente distinto.

En ese momento no comprendí que, si bien Catherine había pronunciado las palabras, no discurría personalmente las ideas: estaba transmitiendo lo que se le decía. Más adelante identificó como fuente a los Maestros, almas altamente evolucionadas que en esos momentos no estaban en un cuerpo. Podían hablar conmigo a través de ella. Además de poder regresar a vidas pasadas, Catherine podía ahora canalizar el conocimiento del más allá. Bellos conocimientos. Yo me esforcé por no perder la objetividad.

Se había introducido una nueva dimensión. Catherine no había leído los estudios de la doctora Elizabeth Kübler-Ross ni los del doctor Raymond Moody, que han escrito sobre las experiencias cercanas a la muerte. Ni siquiera había oído hablar del Libro tibetano de los muertos. Sin embargo, relataba experiencias similares a las que describían esos escritos. Era una prueba, en cierto modo. Lástima que no hubiera más hechos, detalles más tangibles que yo pudiera verificar. Mi escepticismo fluctuaba, pero se mantenía. Tal vez ella había leído sobre las experiencias de muerte en alguna revista, quizás había visto alguna entrevista en un programa de televisión. Aunque negara tener recuerdos conscientes de ese tipo, tal vez retenía un recuerdo subconsciente. Pero iba más allá de esos escritos anteriores a su experiencia: transmitía mensaje desde ese estado intermedio. ¡Lástima que no tuviera más datos!

Al despertar, Catherine recordó, como siempre, los detalles de sus vidas pasadas, pero no había retenido nada de lo ocurrido después de su muerte en la persona de Elizabeth. En el futuro, jamás recordaría detalle alguno de los estados intermedios. Sólo podía recordar las vidas.

«Por el conocimiento nos acercamos a Dios.»

Estábamos en el camino.
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