Muchas vidas, muchos maestros




descargar 0.56 Mb.
títuloMuchas vidas, muchos maestros
página6/12
fecha de publicación14.02.2016
tamaño0.56 Mb.
tipoDocumentos
med.se-todo.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12

7
Una semana después, cuando Catherine llegó para su próxima sesión, yo estaba listo para poner la grabación del increíble diálogo mantenido en la anterior. Después de todo, ella me estaba proporcionando poesía celestial, además de recuerdos de vidas pasadas. Le dije que me había relatado informaciones de experiencias vividas después de la muerte, aunque no tuviera ningún recuerdo del estado intermedio o espiritual. Se mostró reacia a escuchar. Asombrosamente mejorada y más feliz, no necesitaba escuchar ese material. Además, todo eso era algo «fantasmagórico». La convencí de que escuchara: era maravilloso, bello, inspirador, y venía a través de ella. Quería compartirlo con Catherine. Escuchó su leve susurro grabado sólo algunos minutos; luego me pidió que lo apagara. Dijo que era demasiado extraño y que la hacía sentirse incómoda. Yo, callado, recordé: «Esto es para ti, no para ella.»

Me pregunté cuánto tiempo durarían estas sesiones, puesto que Catherine mejoraba semana a semana. Sólo quedaba alguna pequeña onda en su estanque antes turbulento. Aún tenía miedo de los lugares cerrados; su relación con Stuart seguía siendo inestable. Por lo demás, su progreso era notable.

Llevábamos meses sin mantener una sesión de psicoterapia tradicional. No era necesario. Solíamos charlar algunos minutos para ponernos al tanto de lo acontecido en la semana; después pasábamos directamente a la regresión hipnótica. Ya fuera por los recuerdos mismos de traumas importantes o de pequeños traumas cotidianos, ya por el proceso de revivir las experiencias, Catherine estaba casi curada. Sus fobias y sus ataques de pánico habían desaparecido casi por completo. No tenía miedo a la muerte ni a morir. No le asustaba la posibilidad de perder el control. En la actualidad, los psiquiatras utilizan grandes dosis de sedantes y antidepresivos para tratar a los pacientes afectados por síntomas como los de Catherine. Además de esos medicamentos, suelen someterlos a psicoterapia intensiva o a sesiones de terapia grupal sobre fobias. Muchos psiquiatras creen que ese tipo de síntomas tienen una base biológica, que hay deficiencias en uno o varios elementos químicos cerebrales.

Mientras hipnotizaba a Catherine para llevarla a un trance profundo, pensé en lo notable y maravilloso de que, en un período de varias semanas, sin emplear medicamentos, terapia tradicional ni terapia de grupo, estuviera casi curada. No se trataba sólo de suprimir los síntomas ni de apretar los dientes y aprender a vivir con los miedos. Eso era curación, ausencia de síntomas. Y ella estaba radiante, serena y feliz más allá de mis más descabelladas esperanzas.

Su voz volvió a ser un susurro delicado.

—Estoy en un edificio, algo con techo abovedado. La bóveda es azul y dorada. Hay otras personas conmigo. Visten... un viejo... una especie de hábito, muy viejo y sucio. No sé cómo hemos llegado ahí. Hay muchas figuras en la habitación. También hay estatuas, estatuas de pie en una estructura de piedra. En un extremo de la habitación hay una gran figura de oro. Parece... Es muy grande, con alas. Es muy mala. Hace calor en la habitación, mucho calor. Hace calor porque allí no hay aberturas. Tenemos que mantenernos lejos de la aldea. Tenemos algo muy malo.

—¿Estáis enfermos?

—Sí, todos estamos enfermos. No sé qué padecemos, pero se nos muere la piel. Se pone muy negra. Siento mucho frío. El aire es muy seco, muy viciado. No podemos volver a la aldea. Tenemos que permanecer lejos. Algunos tienen la cara deformada.

Esa enfermedad parecía terrible, como la lepra. Si Catherine había tenido alguna existencia llena de placeres, aún no habíamos dado con ella.

—¿Cuánto tiempo tenéis que pasar ahí?

—La eternidad —respondió, sombría—, hasta que muramos. Esto no tiene cura.

—¿Sabes el nombre de la enfermedad? ¿Cómo se llama?

—No. La piel se pone muy seca y se encoge. Hace años que estoy aquí. Otros acaban de llegar. No hay modo de volver. Hemos sido expulsados... para morir. —Sufría una tristísima existencia; vivía en una cueva.

»Para alimentarnos tenemos que cazar. Veo una especie de animal salvaje que estamos cazando... con cuernos. Es pardo, con cuernos, grandes cuernos.

—¿Os visita alguien?

—No, no pueden acercarse o ellos mismos contraerán el mal. Hemos sido maldecidos... por algún daño que hemos hecho. Y éste es nuestro castigo. —Las arenas de su teología cambiaban sin cesar en el reloj de sus existencias. Solamente después de la muerte, en el estado espiritual, se presentaba una bienvenida y reconfortante constancia.

—¿Sabes qué año es ése?

—Hemos perdido la noción del tiempo. Estamos enfermos; nos limitamos a aguardar la muerte.

—¿No hay esperanza? —pregunté, contagiado por la desesperación.

—No hay esperanza. Todos moriremos. Y siento mucho dolor en las manos. Todo mi cuerpo está debilitado. Tengo muchos años. Me cuesta moverme.

—¿Qué ocurre cuando uno no puede moverse más?

—Lo llevan a otra cueva y lo dejan allí para que muera.

—¿Qué hacen con los muertos?

—Sellan la entrada de la cueva.

—¿Alguna vez se sella una cueva antes de que la persona haya muerto? —Yo buscaba una clave de su miedo a los sitios cerrados.

—No lo sé. Nunca he estado allí. Estoy en la habitación con otros. Hace mucho calor. Estoy contra la pared, tendida.

—¿Para qué sirve esa habitación?

—Para adorar... a muchos dioses. Es muy calurosa. —La hice avanzar en el tiempo.

»Veo algo blanco. Veo algo blanco, una especie de dosel. Están trasladando a alguien.

—¿Eres tú?

—No sé. Recibiré de buen grado la muerte. Me duele tanto el cuerpo...

Los labios de Catherine se tensaban por el dolor; el calor de la cueva la hacía jadear. La llevé hasta el día de su muerte. Aún jadeaba.

—¿Cuesta respirar? —pregunté.

—Sí, aquí dentro hace mucho calor... tanto calor, mucha oscuridad. No veo... y no puedo moverme.

Moría, paralizada y sola, en la cueva oscura y calurosa. La boca de la cueva ya estaba sellada. Se sentía asustada y desdichada. Su respiración se hizo más rápida e irregular. Misericordiosamente, murió, poniendo fin a esa angustiosa vida.

—Me siento muy liviana... como si estuviera flotando. Aquí hay mucha luz. Es maravilloso.

—¿Sientes olores?

—¡No!

Hizo una pausa. Quedé a la espera de los Maestros, pero ella fue rápidamente arrebatada.

—Caigo muy deprisa. ¡Vuelvo a un cuerpo!

Parecía tan sorprendida como yo.

—Veo edificios, edificios con columnas redondeadas. Hay muchos edificios. Estamos fuera. Hay árboles, olivos, en torno nuestro. Es muy bello. Estamos presenciando algo... La gente lleva máscaras muy curiosas, que le cubren la cara. Es alguna festividad. Visten largas túnicas y se cubren la cara con máscaras. Fingen ser lo que no son. Están en una plataforma... por encima de nuestros asientos.

—¿Estás presenciando una obra de teatro?

—Sí.

—¿Cómo eres? Mírate.

—Tengo el pelo castaño. Lo llevo trenzado.

Hizo una pausa. Su descripción de sí misma y la presencia de los olivos me recordaron esa vida de tipo griego, mil quinientos años antes de Cristo, en que yo había sido Diógenes, su maestro. Decidí investigar.

—¿Conoces la fecha?

—No.

—¿Te acompaña alguien que tú conozcas?

—Sí. Mi esposo está sentado junto a mí. No lo conozco (en su vida actual).

—¿Tienes hijos?

—Estoy encinta. —La elección del vocabulario era interesante, algo anticuado y en nada parecido al estilo consciente de Catherine.

—¿Está tu padre ahí?

—No lo veo. Tú estás presente... pero no conmigo. —Conque yo tenía razón: habíamos retrocedido treinta y cinco siglos.

—¿Qué hago ahí?

—Estás mirando, tan sólo... pero enseñas. Enseñas... Hemos aprendido de ti... cuadrados y círculos, cosas extrañas. Diógenes, eres tú ahí.

—¿Qué más sabes de mí?

—Eres anciano. Tenemos algún parentesco... Eres el hermano de mi madre.

—¿Conoces a otros de mi familia?

—Conozco a tu esposa... y a tus hijos. Tienes hijos varones. Dos de ellos son mayores que yo. Mi madre ha muerto. Murió muy joven.

—¿Y a ti te ha criado tu padre?

—Sí, pero ahora estoy casada.

—¿Y esperas un bebé?

—Sí. Tengo miedo. No quiero morir cuando nazca el niño.

—¿Eso es lo que le ocurrió a tu madre?

—Sí.

—¿Y tú temes que te pase lo mismo?

—Ocurre muchas veces.

—¿Es éste tu primer hijo?

—Sí. Estoy asustada. Será pronto. Estoy muy pesada. Me cuesta moverme... Hace frío.

Se había adelantado sola en el tiempo. El bebé estaba a punto de nacer. Catherine no había tenido hijos y yo no había asistido a ningún parto en los catorce años transcurridos desde mis prácticas de obstetricia en la escuela de medicina.

—¿Dónde estás? —pregunté.

—Tendida en algo de piedra. Hace mucho frío. Siento dolores... Alguien tiene que ayudarme. Alguien tiene que ayudarme. —Le indiqué que respirara profundamente; el bebé nacería sin dolor. Ella jadeaba y gruñía al mismo tiempo. El trabajo de parto duró varios minutos de tormento; por fin nació el niño. Tuvo una hija.

—¿Te sientes mejor ahora?

—Muy débil... ¡Mucha sangre!

—¿Sabes cómo se va a llamar la niña?

—No, estoy demasiado cansada... Quiero a mi bebé.

—Tu bebé está aquí —improvisé yo—; una niñita.

—Sí, mi esposo está complacido.

Se sentía exhausta. Le indiqué que durmiera un momento y que despertara repuesta. Al cabo de uno o dos minutos la desperté de la siesta.

—¿Te sientes mejor ahora?

—Sí... veo animales. Llevan algo en el lomo. Son cestos. En los cestos hay muchas cosas... comida... algunas frutas rojas...

—¿La región es bonita?

—Sí, con mucha comida.

—¿Sabes cómo se llama la región? ¿Cómo la llamáis cuando un forastero os pregunta el nombre de la aldea?

—Cathenia... Cathenia...

—Se diría que es una ciudad griega —sugerí.

—No sé. ¿Lo sabes tú? Tú has viajado lejos de la aldea y has regresado. Yo no.

Ésa era una novedad. Puesto que en esa vida yo era su tío, mayor y más sabio, ella me preguntaba si yo conocía la respuesta a mi propia pregunta. Por desgracia, yo no tenía acceso a esa información.

—¿Has pasado toda tu vida en la aldea?

—Sí —susurró—, pero tú viajas, para poder saber lo que enseñas. Viajas para aprender, para conocer la tierra... las diferentes rutas comerciales, para poder anotarlas y hacer mapas... Tú eres anciano. Vas con dos más jóvenes porque comprendes las cartas. Eres muy sabio.

—¿A qué cartas te refieres? ¿Cartas de las estrellas?

—Sí, tú comprendes los símbolos. Puedes ayudarlos a hacer... ayudarlos a hacer mapas.

—¿Reconoces a otras personas de la aldea?

—No los conozco... pero a ti sí.

—Bien. ¿Cómo son nuestras relaciones?

—Muy buenas. Tú eres muy bondadoso. Me gusta sentarme a tu lado, simplemente; es muy reconfortante... Nos has ayudado. Has ayudado a mis hermanas...

—Pero llega un momento en el que debo dejaros, puesto que soy viejo.

—No.

No estaba dispuesta a vérselas con mi muerte.

—Veo un pan, pan plano, muy plano y delgado.

—¿Hay gente que coma ese pan?

—Sí, mi padre, mi esposo y yo. Y otras personas de la aldea.

—¿A qué se debe?

—Es un... algún festival.

—¿Está tu padre ahí?

—Sí.

—¿Y tu bebé también?

—Sí, pero no conmigo. Está con mi hermana.

—Mira con atención a tu hermana —sugerí, buscando la identificación de alguna persona importante en la vida actual de Catherine.

—Sí, la conozco.

—¿Conoces a tu padre?

—Sí... sí... Edward. Hay higos, higos y aceitunas... y fruta roja. Hay pan aplanado. Y han matado algunas ovejas. Están asando las ovejas. —Hubo una larga pausa—. Veo algo blanco…

Una vez más había avanzado sola en el tiempo.

—Es blanco... es una caja cuadrada. Allí ponen a la gente cuando muere.

—¿Ha muerto alguien, entonces?

—Sí... mi padre. No quiero mirarlo. No me gusta mirarlo.

—¿Es preciso que mires?

—Sí. Se lo llevarán para enterrarlo. Estoy muy triste.

—Sí, lo sé. ¿Cuántos hijos tienes? —El periodista que había en mí no la dejaba en paz con su luto.

—Tengo tres: dos varones y una niña.

Después de responder a mi pregunta, obediente, volvió a su dolor.

—Han puesto su cuerpo bajo algo, bajo una cubierta... —Parecía muy triste.

—¿Yo también he muerto para entonces?

—No. Estamos tomando algunas uvas, uvas en copas.

—¿Cómo soy ahora?

—Muy, muy viejo.

—¿Te sientes ya mejor?

—¡No! Cuando mueras, me quedaré sola.

—¿Acaso has sobrevivido a tus hijos? Ellos cuidarán de ti.

—¡Pero tú sabes tanto! —Hablaba como una niñita.

—Lo superarás. Tú también sabes mucho. Estarás a salvo.

La reconforté; pareció descansar apaciblemente.

—¿Estás más en paz? ¿Dónde te encuentras ahora?

—No sé.

Al parecer, había cruzado al estado espiritual, aun sin haber experimentado su muerte en esa vida. Esa semana habíamos recorrido dos vidas en considerable detalle. Aguardé a los Maestros, pero Catherine continuó descansando. Al cabo de varios minutos más, le pregunté si podía hablar con los Espíritus Maestros.

—No he llegado a ese plano —explicó—. No puedo hablar mientras no llegue.

Nunca llegó a ese plano. Después de mucho esperar, la saqué de su trance.
8
Pasaron tres semanas antes de nuestra siguiente sesión. En mis vacaciones, tendido en una playa tropical, tuve el tiempo y la distancia necesarios para reflexionar sobre lo que había ocurrido con Catherine: regresión hipnótica a vidas pasadas, con observaciones detalladas y explicaciones de objetos, procesos y hechos de los que ella no tenía conocimiento en su vida normal y consciente; mejoría de sus síntomas mediante las regresiones, una mejoría que la psicoterapia corriente no había alcanzado, siquiera remotamente, en los primeros dieciocho meses de tratamiento; revelaciones escalofriantemente precisas del estado espiritual posterior a la muerte, en las que transmitía conocimientos a los que ella no tenía acceso; poesía espiritual y lecciones sobre las dimensiones posteriores a la muerte, sobre la vida y la muerte, el nacimiento y el renacimiento, dadas por Espíritus Maestros, que hablaban con una sabiduría y un estilo muy superiores a la capacidad de Catherine. Había mucho que analizar, en efecto.

En el curso de los años yo había tratado a muchos cientos, tal vez a millares de pacientes psiquiátricos, que reflejaban todo el espectro de los trastornos emocionales. Había dirigido unidades de pacientes internos en cuatro grandes escuelas de medicina. Había pasado años en salas de urgencia psiquiátrica, en clínicas para pacientes externos y en diversos lugares, diagnosticando y tratando a pacientes externos. Lo sabía todo sobre las alucinaciones auditivas y visuales, sobre las engañosas ilusiones de la esquizofrenia. Había tratado a muchos pacientes con síntomas dudosos y trastornos de carácter histérico, incluyendo la escisión o las personalidades múltiples. Había sido profesor en abuso de alcohol y drogas en una institución, fundada por el Instituto Nacional de Abuso de Drogas, y estaba familiarizado con toda la gama de los efectos de las drogas sobre el cerebro.

Catherine no presentaba ninguno de esos síntomas o síndromes. Lo ocurrido no era una manifestación de enfermedad psiquiátrica. Ella no era psicópata (no estaba fuera de contacto con la realidad) ni había sufrido nunca alucinaciones (no oía ni veía cosas que en realidad no existieran) o ilusiones (falsas creencias).

No consumía drogas ni tenía rasgos sociopáticos. No tenía una personalidad histérica ni tendencias disociativas. Es decir, en general actuaba con conciencia de lo que hacía y pensaba; no funcionaba con el «piloto automático» y nunca había tenido personalidad escindida o múltiple. El material que producía estaba, con frecuencia, más allá de su capacidad consciente, tanto en estilo como en contenido. Una parte era especialmente psíquica, como las referencias a sucesos específicos de mi propio pasado (por ejemplo, los conocimientos sobre mi padre y mi hijo) así como del propio. Exhibía conocimientos a los que nunca había tenido acceso ni podía haber reunido en su vida presente. Esos conocimientos, así como la experiencia en sí, eran extraños a su cultura y a su educación, además de contrarios a muchas de sus creencias.

Catherine es una persona relativamente sencilla y honesta. No es una erudita; ella no pudo haber inventado los hechos, detalles, acontecimientos históricos, descripciones y elementos poéticos que llegaban a través de ella. Como psiquiatra y científico, yo estaba seguro de que el material se originaba en alguna porción de su mente inconsciente. Era real, sin lugar a dudas. Aunque Catherine hubiera sido una consumada actriz, no habría podido recrear esos hechos. El conocimiento era demasiado exacto y específico; estaba por encima de su capacidad.

Analicé el propósito terapéutico de explorar las vidas pasadas de Catherine. Una vez que hubimos tropezado con ese nuevo reino, su mejoría fue enormemente rápida, sin necesidad de medicación. Existe en ese reino una fuerza poderosamente curativa, una fuerza al parecer mucho más efectiva que la terapia normal o los medicamentos modernos. Esa fuerza incluye recordar y volver a vivir, no sólo grandes acontecimientos traumáticos, sino también los diarios ultrajes a nuestros cuerpos, mentes y egos. En mis preguntas, mientras investigábamos vidas, yo buscaba los patrones de esos insultos, patrones tales como el abuso emocional o físico crónico, la pobreza y el hambre, la enfermedad y la incapacidad, prejuicios y persecuciones persistentes, fracasos repetidos, etcétera. También me mantenía alerta a las tragedias más penetrantes, como una traumática experiencia de muerte, violaciones, catástrofes masivas y cualquier otro suceso horripilante que pudiera haber dejado una huella permanente La técnica era similar a la de repasar una infancia en la terapia común, excepto que el marco cronológico era de varios milenios, en vez de reducirse a los diez o quince años habituales. Por lo tanto, mis preguntas eran más directas y más intencionadas que en una terapia común. Pero el éxito de nuestra poco ortodoxa exploración resultaba incuestionable. Ella (y otros que yo trataría más adelante con regresión hipnótica) se estaba curando con tremenda velocidad.

Pero ¿había otras explicaciones de los recuerdos que Catherine guardaba de vidas pasadas? ¿Era posible que esos recuerdos le fueran transmitidos por sus genes? Esa posibilidad es científicamente remota. La memoria genética requiere el paso ininterrumpido de material genético de generación en generación. Catherine vivió por toda la tierra y su linaje genético se interrumpió muchas veces. Murió en una inundación con su prole, también en la niñez, y también sin haber procreado. Su reserva genética terminó sin ser transmitida. ¿Y en cuanto a la supervivencia después de la muerte y el estado intermedio? No había cuerpo ni material genético, ciertamente; sin embargo, sus recuerdos continuaban. No, era menester descartar la explicación genética.

¿Cabía la idea de Jung sobre el inconsciente colectivo, almacén de toda la memoria y la experiencia humana, a la que ella podía estar recurriendo, de algún modo? Hay culturas divergentes que poseen, con frecuencia, símbolos similares, aun en sueños. Según Jung, el inconsciente colectivo no se adquiere personalmente, sino que se «hereda» de algún modo en la estructura cerebral. Incluye motivos e imágenes que surgen de nuevo en todas las culturas, sin necesidad de tradición histórica o propagación. Me parecía que los recuerdos de Catherine eran demasiado concretos para que el concepto de Jung les sirviera de explicación. Ella no revelaba símbolos, imágenes ni motivos universales, sino descripciones detalladas de personas y lugares determinados. Las ideas de Jung parecían demasiado vagas. Y aún quedaba por considerar el estado intermedio. En resumidas cuentas, la reencarnación era lo que tenía más sentido.

El conocimiento de Catherine no era sólo detallado y concreto, sino que estaba más allá de su capacidad consciente. Sabía de cosas que no había podido espigar de un libro para olvidarlas después pasajeramente. Sus conocimientos no podían haber sido adquiridos en la niñez y luego suprimidos o reprimidos de la conciencia de modo similar. ¿Y los Maestros y sus mensajes? Eso llegaba mediante Catherine, pero no de ella. Y su sabiduría se reflejaba también en los recuerdos que Catherine guardaba de sus vidas. Yo sabía que esa información y sus mensajes eran verdad. Lo sabía, no por mis muchos años de cuidadoso estudio de las personas, sus mentes, sus cerebros y personalidades, sino también por intuición, aun antes de la visita de mi padre y mi hijo. Mi cerebro, con todos sus años de cuidadoso estudio científico, lo sabía. Pero también tenía un fuerte presentimiento.

—Veo vasijas que contienen una especie de aceite. —Pese a la interrupción de tres semanas, Catherine había caído prontamente en un trance profundo. Estaba sumergida en otro cuerpo, en otra época.

»En las vasijas hay diferentes tipos de aceite. Eso parece una especie de depósito, un lugar para guardar cosas. Las vasijas son rojas... rojas, hechas con algún tipo de tierra colorada. Alrededor tienen bandas azules, bandas azules alrededor de la boca. Veo hombres ahí... hay hombres en la cueva. Están trasladando los jarros y las vasijas de un lado a otro, para acomodarlos y ponerlos en cierto lugar. Tienen la cabeza rapada... no tienen pelo en la cabeza. La piel es morena... piel morena.

—¿Estás tú ahí?

—Sí... Estoy sellando algunos de los jarros... con una especie de cera... sello la tapadera de los jarros con la cera.

—¿Sabes para qué se usan los aceites?

—No lo sé.

—¿Te ves a ti misma? Obsérvate. Dime cómo eres. —Hizo una pausa para observarse.

—Llevo trenza. Hay una trenza en mi pelo. Tengo una especie de... una prenda larga. Tiene un borde dorado alrededor.

—¿Trabajas para esos sacerdotes, para los hombres de cabeza rapada?

—Mi trabajo consiste en sellar los jarros con la cera. Ése es mi trabajo.

—Pero ¿no sabes para qué sirven los jarros?

—Parecen ser para algún rito religioso. Pero no sé con certeza... qué es. Hay un ungüento, algo en la cabeza... uno lo lleva en la cabeza y en las manos, las manos. Veo un pájaro, un pájaro de oro que me cuelga del cuello. Es plano. Tiene una cola plana, una cola muy plana, y la cabeza apunta hacia abajo... hacia mis pies.

—¿Hacia tus pies, Catherine?

—Sí, así es como se debe llevar. Hay una sustancia negra... negra y pegajosa. No sé qué es.

—¿Dónde está?

—En un recipiente de mármol. Ellos usan también eso, pero no sé para qué sirve.

—¿Hay algo en la cueva que puedas leer, para que me indiques el nombre del país, del lugar en donde vives o la fecha?

—En los muros no hay nada; están vacíos. No conozco el nombre.

La hice avanzar en el tiempo.

—Hay un frasco blanco, una especie de frasco blanco. El asa de la tapa es de oro; está como incrustada en oro.

—¿Qué contiene ese frasco?

—Una especie de ungüento. Tiene algo que ver con el paso al otro mundo.

—¿Eres tú la persona que va a pasar ahora?

—¡No! No es nadie que yo conozca.

—¿Éste también es tu trabajo? ¿Preparar a las personas para ese paso?

—No. Es el sacerdote quien debe hacer eso, no yo. Nosotros nos limitamos a suministrarle los ungüentos, el incienso...

—¿Qué edad pareces tener ahora?

—Dieciséis.

—¿Vives con tus padres?

—Sí, en una casa de piedra, una especie de vivienda de piedra. No es muy grande. Hace mucho calor. El clima es caliente y seco.

—Ve a tu casa.

—Estoy ahí.

—¿Ves a otras personas de tu familia?

—Veo a un hermano; también está ahí mi madre. Y un bebé, el bebé de alguien.

—¿Es tuyo ese bebé?

—No.

—¿Qué hay de importante ahora? Ve hacia algo importante, que explique tus síntomas en la vida actual. Necesitamos comprender. No hay riesgo en la experiencia. Ve hacia los hechos.

Ella respondió con un susurro muy suave.

—Todo a su tiempo... Veo morir a la gente.

—¿Gente que muere?

—Sí... no saben qué es.

—¿Una enfermedad?

De pronto caí en la cuenta de que ella tocaba nuevamente una vida antigua, a la que había regresado en otra oportunidad. En esa vida, una plaga transmitida por el agua había matado a su padre y a uno de sus hermanos. Catherine también había padecido la enfermedad, pero sin sucumbir a ella. La gente usaba ajo y otras hierbas para tratar de rechazar la plaga. Ella se había sentido muy inquieta porque no se embalsamaba debidamente a los muertos. Pero ahora nos enfrentábamos a esa vida desde un ángulo diferente.

—¿Tiene algo que ver con el agua?

—Eso creen. Son muchos los que mueren.

Yo conocía ya el final.

—Pero tú no mueres por eso.

—No, no muero.

—Pero enfermas mucho. Te sientes mal.

—Sí, tengo mucho frío... mucho frío. Necesito agua... agua. Creen que viene del agua... y algo negro... Alguien muere.

—¿Quién muere?

—Muere mi padre, y también un hermano. Mi madre está bien; se recobra. Está muy débil. Tienen que enterrar a la gente. Los entierran, y la gente se preocupa porque eso va contra las prácticas religiosas.

—¿Cuáles son esas prácticas?

Me maravillaba la concordancia de sus recuerdos, hecho por hecho, exactamente como había relatado esa vida varios meses antes. Una vez más, esa desviación de las costumbres funerarias normales la inquietaba mucho.

—Se ponía a la gente en cuevas. Los cadáveres eran conservados en cuevas. Pero antes debían ser preparados por los sacerdotes... Debían ser envueltos y untados con ungüento. Se los mantenía en cuevas, pero el país está inundado... dicen que el agua es mala. No bebáis el agua.

—¿Hay algún tratamiento? ¿Dio resultado algo?

—Se nos dieron hierbas, hierbas diferentes. Los olores... las hierbas y... percibo el olor. ¡Lo huelo!

—¿Reconoces el olor?

—Es blanco. Lo cuelgan del techo.

—¿Es como ajo?

—Está colgado alrededor... Las propiedades son similares, sí. Sus propiedades... se pone en la boca, en las orejas, en la nariz... El olor es fuerte. Se creía que impedía la entrada a los malos espíritus en el cuerpo. Fruta morada, o algo redondo con superficie morada, corteza morada...

—¿Reconoces la cultura en que estás? ¿Te parece familiar?

—No sé.

—Esa cosa purpúrea, ¿es una especie de fruta?

—Tanis.

—¿Te ayudará eso? ¿Es para la enfermedad?

—En ese tiempo, sí.

—Tanis —repetí, tratando, una vez más, de ver si se refería a lo que llamamos tanino o ácido tánico—. ¿Así se llama? ¿Tanis?

—Oigo... sigo oyendo «tanis».

—De esta vida, ¿qué ha quedado sepultado en tu vida actual? ¿Por qué vuelves una y otra vez aquí? ¿Qué te molesta tanto?

—La religión —susurró Catherine, de inmediato —, la religión de esa época. Era una religión de miedo... miedo. Había tantas cosas que temer... y tantos dioses...

—¿Recuerdas los nombres de algunos dioses? —dije.

—Veo ojos. Veo una cosa negra... una especie de... parece un chacal. Está en una estatua. Es una especie de guardián... Veo una mujer, una diosa, con una especie de toca.

—¿Sabes el nombre de la diosa?

—Osiris... Sirus... algo así. Veo un ojo... un ojo, sólo un ojo con una cadena. Es de oro.

—¿Un ojo?

—Sí... ¿Quién es Hathor?

—¿Qué?

—¡Hathor! ¡Quiénes!

Nunca había oído hablar de Hathor, aunque sabía que Osiris, si la pronunciación era correcta, era el hermano-esposo de Isis, la principal deidad egipcia. Hathor, según supe después, era la diosa egipcia del amor, el regocijo y la alegría.

—¿Es uno de los dioses? —pregunté.

—¡Hathor, Hathor! —Hubo una larga pausa—. Pájaro... es plano... plano, un fénix...

Guardó silencio otra vez.

—Avanza ahora en el tiempo, hasta el último día de esa vida. Ve hasta tu último día, pero antes de morir. Dime qué ves.

Respondió con un susurro muy suave.

—Veo edificios y gentes. Veo sandalias, sandalias. Hay un paño rústico, una especie de paño rústico.

—¿Qué ocurre? Ve ahora al momento de tu muerte. ¿Qué te ocurre? Tú puedes verlo.

—No veo... no me veo más.

—¿Dónde estás? ¿Qué ves?

—Nada... sólo oscuridad... veo una luz, una luz cálida. —Ya había muerto, había pasado al estado espiritual. Al parecer, no necesitaba experimentar otra vez su muerte real.

—¿Puedes acercarte a la luz? —pregunté.

—Allá voy.

Descansaba apaciblemente, esperando otra vez.

—¿Puedes mirar ahora hacia atrás, hacia las lecciones de esa vida? ¿Tienes ya conciencia de ellas?

—No —susurró.

Continuaba esperando. De pronto se mostró alerta, aunque sus ojos permanecían cerrados, como ocurría siempre que estaba en trances hipnóticos. Movía la cabeza de un lado a otro.

—¿Qué ves ahora? ¿Qué está pasando?

Su voz era más potente.

—Siento... ¡alguien me habla!

—¿Qué te dicen?

—Hablan de la paciencia. Uno debe tener paciencia...

—Sí, continúa. —La respuesta provino inmediatamente del Maestro poeta.

—Paciencia y tiempo... todo llega a su debido tiempo. No se puede apresurar una vida, no se puede resolver según un plan, como tanta gente quiere. Debemos aceptar lo que nos sobreviene en un momento dado y no pedir más. Pero la vida es infinita; jamás morimos; jamás nacimos, en realidad. Sólo pasamos por diferentes fases. No hay final. Los humanos tienen muchas dimensiones. Pero el tiempo no es como lo vemos, sino lecciones que hay que aprender.

Hubo una larga pausa. El Maestro poeta continuó.

—Todo te será aclarado a su debido tiempo. Pero necesitas una oportunidad para digerir el conocimiento que ya te hemos dado.

Catherine guardó silencio.

—¿Hay algo más que yo deba saber?

—Se han ido —me susurró —. Ya no oigo a nadie.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12

similar:

Muchas vidas, muchos maestros icon1988 Muchas Vidas, Muchos Maestros
«entes espirituales» altamente evolucionados y, a través de ellos, reveló muchos secretos de la vida y de la muerte. En pocos y breves...

Muchas vidas, muchos maestros iconD esarrollan sangre artificial que podría salvar muchas vidas

Muchas vidas, muchos maestros iconLo anterior es contrario a todas las expresiones y decisiones que...

Muchas vidas, muchos maestros iconMaestros de sus chakras, maestros de su vida

Muchas vidas, muchos maestros iconLa palabra signo en muchos casos distintos se refiere a muchos fenómenos y circunstancias

Muchas vidas, muchos maestros iconMuchas veces es necesario expresar la naturaleza de la relación existente...

Muchas vidas, muchos maestros iconCuál es la razón por la cual muchos pacientes de cáncer no pueden...

Muchas vidas, muchos maestros iconLa química presente en nuestras vidas

Muchas vidas, muchos maestros iconColección maestros ascendidos

Muchas vidas, muchos maestros iconDirección de Actualización y Centros de Maestros


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com