Muchas vidas, muchos maestros




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Semana a semana, nuevas capas de temores y ansiedades neuróticas se desprendían de Catherine. Semana a semana se la veía un poco más serena, un poco más suave y paciente. Tenía más confianza en sí misma y atraía a la gente. Daba más amor y los demás se lo devolvían. El diamante interior que era su verdadera personalidad brillaba, luminoso, a la vista de todos.

Las regresiones de Catherine abarcaban milenios. Cada vez que entraba en un trance hipnótico, yo no tenía idea alguna de dónde emergerían los hijos de sus vidas. Desde las cuevas prehistóricas hasta los tiempos modernos, pasando por el antiguo Egipto, ella había estado en todas partes. Y todas sus existencias habían sido amorosamente custodiadas por los Maestros, desde más allá del tiempo. En la sesión de ese día apareció; en el siglo XX, pero no como Catherine.

—Veo un fuselaje y una pista aérea, una especie de pista de aterrizaje —susurró suavemente.

—¿Sabes dónde estás?

—No veo... ¿alsaciana? —Luego, con más decisión —: Alsaciana.

—¿En Francia?

—No sé, sólo alsaciana... Veo el nombre Von Marks, Von Marks (ortografía fonética). Una especie de casco marrón o un gorro... un gorro con gafas. La tropa ha sido destruida. Parece ser una zona muy remota. No creo que haya una ciudad cercana.

—¿Qué ves?

—Veo edificios destruidos. Veo edificios... La tierra está destrozada por... los bombardeos. Es una zona muy bien oculta.

—¿Qué haces tú?

—Ayudo con los heridos. Se los están llevando.

—Obsérvate. Descríbete. Mira hacia abajo y dime qué ropa vistes.

—Llevo una especie de chaqueta. Pelo rubio. Ojos azules. Mi chaqueta está muy sucia. Hay mucha gente herida.

—¿Te han formado para que ayudes a los heridos?

—No.

—¿Vives ahí o te han llevado a ese sitio? ¿Dónde vives?

—No sé.

—¿Qué edad tienes?

—Treinta y cinco años.

Catherine tenía veintinueve; sus ojos no eran azules, sino color avellana. Continué con el interrogatorio.

—¿No tienes nombre? ¿No está en la chaqueta?

—En la chaqueta hay unas alas. Soy piloto... algún tipo de piloto.

—¿Pilotas aviones?

—Sí, tengo que hacerlo.

—¿Quién te obliga a volar?

—Estoy de servicio y debo volar. Es mi trabajo.

—¿También dejas caer las bombas?

—En el avión tenemos un artillero. Hay un navegante.

—¿Qué tipo de aviones pilotas?

—Una especie de helicóptero. Tiene cuatro hélices. Es un ala fija.

Eso me llamó la atención, pues Catherine no sabía nada de aviones. Me pregunté qué entendería por «ala fija». Pero en la hipnosis poseía amplios conocimientos, como la técnica para hacer mantequilla o para embalsamar cadáveres. Sin embargo, sólo una fracción de esos conocimientos le era accesible a su mente consciente y cotidiana. Insistí.

—¿Tienes familia?

—No está conmigo.

—Pero ¿ellos están a salvo?

—No sé. Tengo miedo... miedo de que vuelvan. ¡Mis amigos están muriendo!

—Tienes miedo de que vuelvan, ¿quiénes?

—Los enemigos.

—¿Quiénes son?

—Los ingleses... las Fuerzas Armadas americanas... los ingleses.

—Sí. ¿Recuerdas a tu familia?

—¿Si la recuerdo? Hay demasiada confusión.

—Retrocedamos en la misma vida a un momento feliz, antes de la guerra, por la época en que estabas en tu hogar, con tu familia. Puedes verlo. Sé que es difícil, pero quiero que te relajes. Trata de recordar.

Catherine hizo una pausa. Luego susurró:

—Oigo el nombre de Eric... Eric. Veo una criatura rubia, una niña.

—¿Es hija tuya?

—Sí, ha de serlo... Margot.

—¿Está cerca?

—Está conmigo. Estamos de picnic. El día es hermoso.

—¿Hay alguien más ahí? ¿Además de Margot?

—Veo una mujer de pelo castaño, sentada en la hierba.

—¿Es tu esposa?

—Sí..., no la conozco —agregó, refiriéndose a las personas que conocía en su vida actual.

—¿Conoces a Margot? Observa mejor a Margot. ¿La conoces?

—Sí, pero no estoy segura... La conocí en alguna parte...

—Ya lo recordarás. Mírala a los ojos.

—Es Judy —respondió.

En la actualidad, Judy era su mejor amiga. Se habían entendido desde el primer momento, entablando una sincera amistad; cada una confiaba sin reservas en la otra; se adivinaban los pensamientos y las necesidades antes de expresarlos verbalmente.

—¿Judy? —repetí.

—Judy, sí. Se parece a ella... sonríe como ella.

—Sí, qué bien. ¿Eres feliz en tu hogar o hay problemas?

—No hay problemas. (Larga pausa.) Sí. Sí, es una época de disturbios. Hay un profundo problema en el gobierno alemán, la estructura política. Hay demasiada gente que quiere avanzar en demasiadas direcciones. Eso, con el tiempo, nos hará pedazos... Pero debo combatir por mi país.

—¿Amas mucho a tu país?

—No me gusta la guerra. Creo que matar está mal, pero debo cumplir con mi deber.

—Ahora vuelve, vuelve a donde estabas antes, al avión en tierra, los bombardeos, la guerra. Es más adelante; la guerra ya ha empezado. Ingleses y americanos están tirando bombas cerca de ti. Regresa. ¿Ves otra vez el avión?

—Sí.

—¿Aún sientes lo mismo sobre el deber, la guerra y matar?

—Sí. Moriremos por nada.

—¿Qué?

—Que moriremos por nada —repitió, con un susurro más alto.

—¿Por nada? ¿Por qué por nada? ¿No hay gloria en eso? ¿No es por defender a tu patria ni a tus seres amados?

—Moriremos por defender las ideas de unas cuantas personas.

—¿Aunque sean los líderes de tu país? Pueden equivocarse...

Me interrumpió con prontitud:

—No son los líderes. Si fueran líderes, no habría tanto forcejeo interno... en el gobierno.

—Algunos dicen que están locos. ¿Te parece cierto eso? ¿Están locos por el poder?

—Todos debemos de estar locos para dejarnos manejar por ellos, para permitir que nos impulsen... a matar. Y a matarnos.

—¿Te queda algún amigo?

—Sí, aún quedan algunos con vida.

—¿Hay alguien con quien tengas una amistad especial? ¿Entre los tripulantes de tu avión? Tu artillero y tu navegante, ¿viven aún?

—No los veo, pero mi avión no lo han destruido.

—¿Vuelves a pilotar el avión?

—Sí. Tenemos que darnos prisa para despegar con lo que queda del avión... antes de que regresen.

—Sube a tu avión.

—No quiero ir. —Parecía querer negociar conmigo.

—Pero tienes que despegar.

—Es tan inútil...

—¿Qué tipo de profesión tenías antes de la guerra? ¿Lo recuerdas? ¿Qué hacía Eric?

—Era segundo piloto... de un pequeño avión, un avión de carga.

—¿También eras piloto entonces?

—Sí.

—¿Y pasabas mucho tiempo fuera de casa?

Respondió con mucha suavidad, con melancolía:

—Sí.

—Adelántate en el tiempo —le indiqué—, hasta el próximo vuelo. ¿Puedes hacerlo?

—No hay próximo vuelo.

—¿Te ocurre algo?

—Sí.

Su respiración era acelerada; empezaba a agitarse. Se había adelantado hasta el día de su muerte.

—¿Qué ocurre?

—Huyo del fuego. El fuego está destrozando a mi grupo.

—¿Sobrevives a eso?

—Nadie sobrevive... nadie sobrevive a una guerra. ¡Me estoy muriendo! —Su respiración era trabajosa—. ¡Sangre! ¡Hay sangre por todas partes! Me duele el pecho. Me han herido en el pecho... y la pierna... y el cuello. Me duele mucho.

Estaba en agonía, pero pronto su respiración se hizo más lenta y más regular; sus músculos faciales se relajaron y adquirió un aspecto de paz. Reconocí la calma del estado de transición.

—Se te ve más cómoda. ¿Ha pasado?

Hizo una pausa, antes de responder con mucha suavidad:

—Estoy flotando... apartándome de mi cuerpo. No tengo cuerpo. Estoy nuevamente en espíritu.

—Bien. Descansa. Has llevado una vida difícil. Has pasado por una muerte difícil. Necesitas descansar. Reponerte. ¿Qué aprendiste en esa vida?

—Aprendí cosas sobre el odio...las matanzas insensatas... el odio mal dirigido... la gente que odia sin saber por qué. Se nos impulsa a eso... nos impulsa el mal, cuando nos encontramos en estado físico...

—¿Hay una obligación más elevada que la obligación para con el país? ¿Algo que hubiera podido impedir que tú mataras? ¿Pese a las órdenes? ¿Alguna obligación para consigo misma?

—Sí...

Pero no dio detalles.

—¿Ahora esperas algo?

—Sí... Espero ir a un estado de renovación. Tengo que esperar. Vendrán por mí... vendrán...

—Bien. Cuando vengan, me gustaría hablar con ellos.

Aguardamos varios minutos más. Luego, de forma abrupta, su voz sonó potente y grave. Hablaba el primero de los Espíritus Maestros, no el poeta.

—Tenías razón al suponer que éste era el tratamiento correcto para quienes están en un plano físico. Debes erradicar los miedos de sus mentes. El miedo es un derroche de energía; impide a las personas cumplir con aquello para lo cual fueron enviados. Guíate por lo que te rodea. Primero es preciso llevarlos a un nivel muy profundo... donde ya no puedan sentir el cuerpo. Allí podrás llegar a ellos. Es únicamente en la superficie... donde yacen los problemas. Muy dentro del alma, donde se crean las ideas, allí es donde hay que ir a buscarlos.

»Energía... todo es energía. Se malgasta tanta... Las montañas... Dentro de la montaña hay quietud; el centro es sereno. Pero es afuera donde está el problema. Los humanos sólo pueden ver el exterior, pero se puede ir mucho más adentro. Hay que ver el volcán. Para eso es preciso ir muy adentro.

»Estar en el estado físico es algo anormal. Cuando se está en el plano espiritual, eso nos resulta natural. Cuando se nos envía de regreso es como ser enviados otra vez a algo que no conocemos. Nos llevará más tiempo. En el mundo espiritual es preciso esperar; luego somos renovados. Hay un estado de renovación. Es una dimensión, como las otras, y tú has logrado casi llegar a ese estado...

Eso me pilló por sorpresa. ¿Cómo era posible que yo estuviera acercándome al estado de renovación?

—¿Que casi he llegado? —repetí, incrédulo.

—Sí. Sabes mucho más que los otros. Comprendes mucho más. Ten paciencia con ellos. No tienen el conocimiento que tú posees. Serán enviados espíritus en su ayuda. Pero lo que tú estás haciendo es correcto... continúa. Esta energía no debe ser malgastada. Debe liberarse del temor. Será la mayor de tus armas.

El Espíritu Maestro guardó silencio. Reflexioné sobre el significado de ese increíble mensaje. Sabía que yo estaba teniendo éxito en liberar a Catherine de sus miedos, pero ese mensaje tenía un significado más global. No se trataba de una mera confirmación de que la hipnosis era efectiva como instrumento terapéutico. Implicaba aún más que las regresiones a vidas pasadas, cosa que resultaría difícil de aplicar a la población en general, de uno en uno. No: me pareció que se refería al miedo a la muerte, el miedo muy oculto dentro del volcán. El miedo a la muerte, ese temor escondido y constante que ni el dinero o el poder pueden neutralizar: ése es el centro.

Pero si la gente supiera que «la vida es infinita; que jamás morimos; que nunca nacimos, en realidad», entonces ese miedo desaparecería. Si todos supieran que han vivido antes incontables veces y que volverán a vivir otras tantas, ¡cuánto más reconfortados se sentirían! Si supieran que hay espíritus a su alrededor, cuando se encuentran en estado físico; que después de la muerte, en estado espiritual, se reunirán con esos espíritus, incluidos los de sus muertos amados, ¡cuánto sería el consuelo! Si supieran que los «ángeles de la guarda» existen, en realidad, ¡cuánto más seguros se sentirían! Si supieran que los actos de violencia y de injusticia no pasan desapercibidos, sino que deben ser pagados con la misma moneda en otras vidas, ¡cuánto menor sería el deseo de venganza! Y si de verdad «por el conocimiento nos aproximamos a Dios», ¿de qué sirven las posesiones materiales y el poder, cuando son un fin en sí y no un medio para ese acercamiento? La codicia y el ansia de poder no tienen ningún valor.

Pero ¿cómo llegar a la gente con ese conocimiento? Casi todos recitan plegarias en sus iglesias, en las sinagogas, mezquitas o templos, plegarias que proclaman la inmortalidad del alma. Sin embargo, terminados los ritos del culto vuelven a sus caminos competitivos, a practicar la codicia, la manipulación y el egocentrismo. Estos rasgos retrasan el progreso del alma. Por lo tanto, si la fe no basta, quizá la ciencia ayude. Tal vez experiencias como la de Catherine conmigo deban ser estudiadas, analizadas y descritas de manera objetiva y científica por personas preparadas en ciencias físicas y conductistas. Sin embargo, por entonces nada estaba tan lejos de mi mente como la idea de redactar un artículo científico o un libro, posibilidad remota y muy improbable. Pensé en los espíritus que serían enviados para ayudarme. ¿Ayudarme a qué?

Catherine se movió y empezó a susurrar.

—Alguien llamado Gideon, alguien llamado Gideon... Gideon. Trata de hablar conmigo.

—¿Qué dice?

—Está por todo por todas partes. No se detiene. Es una especie de ángel custodio... algo así. Pero ahora está jugando conmigo.

—¿Es uno de tus ángeles de la guarda?

—Sí, pero está jugando... se limita a saltar a mi alrededor. Creo que quiere darme a entender que está a mi alrededor... por todas partes.

—¿Gideon? —repetí.

—Aquí está.

—¿Y te hace sentir más segura?

—Sí. Volverá cuando yo lo necesite.

—Bien. ¿Hay espíritus alrededor de nosotros?

Respondió con un susurro, desde la perspectiva de su mente supraconsciente.

—Oh, sí... muchos espíritus. Sólo vienen cuando así lo desean. Vienen... cuando lo desean. Todos somos espíritus. Pero otros... algunos se encuentran en estado físico; otros, en un período de renovación. Y otros son guardianes. Pero todos vamos allá. Nosotros también hemos sido guardianes.

—¿Por qué volvemos para aprender? ¿Por qué no aprendemos como espíritus?

—Son diferentes niveles de aprendizaje; algunos tienen que aprenderse en la carne. Tenemos que sentir el dolor. Cuando se es espíritu no se experimenta dolor. Es un período de renovación. El alma se renueva. Cuando se está en la carne se puede sentir el dolor, se sufre. En forma espiritual no se siente. Sólo hay felicidad, una sensación de bienestar. Pero es un período de renovación para... nosotros. La interacción entre las personas, en forma espiritual, es diferente. Cuando se está en el estado físico... se pueden experimentar las relaciones.

—Comprendo. Todo saldrá bien.

Ella había vuelto a quedar en silencio. Pasaron algunos minutos.

—Veo un coche —comenzó —, un coche azul.

—¿Un cochecito de bebé?

—No, un carruaje... ¡Algo azul! Una orla azul arriba, azul por fuera...

—¿Es un carruaje tirado por caballos?

—Tiene ruedas grandes. No veo a nadie en él; sólo dos caballos enganchados... uno gris y otro castaño. El caballo se llama Manzana, el gris, porque le gustan las manzanas. El otro es Duque. Son muy buenos. No muerden. Tienen patas grandes... patas grandes.

—¿Hay también un caballo malo? ¿Un caballo distinto?

—No, son muy buenos.

—¿Tú estás ahí?

—Sí. Le veo el hocico. Es mucho más grande que yo.

—¿Estás en el carruaje? —Por la naturaleza de sus respuestas yo había comprendido que ella era una criatura.

—Hay caballos. También hay un niño.

—¿Qué edad tienes?

—Soy muy pequeña. No sé. Creo que no sé contar.

—¿Conoces al niño? ¿Es tu amigo, tu hermano?

—Es un vecino. Ha venido a... una fiesta. Hay... una boda o algo así.

—¿Sabes quién se casa?

—No. Nos dijeron que no nos ensuciáramos. Tengo pelo castaño... y zapatos que se abotonan por un lado, hasta arriba.

—¿Son tus ropas de fiesta? ¿Ropas finas?

—Es blanco... una especie de vestido blanco con un... con algo lleno de volantes y se ata por atrás.

—Tu casa ¿está cerca?

—Es una casa grande —respondió la niña.

—¿Es ahí donde vives?

—Sí.

—Bien. Ahora puedes mirar dentro de la casa; es correcto. Se trata de un día importante. Habrá gente bien vestida, con ropa especial.

—Están preparando comida, muchísima comida.

—¿La hueles?

—Sí. Están haciendo una especie de pan. Pan... carne... Nos dicen que volvamos a salir.

Eso me divirtió. Yo le había dicho que podía entrar sin problemas y alguien le ordenaba que volviera a salir.

—¿Te llaman por tu nombre?

—Mandy... Mandy y Edward.

—¿Edward es el niño?

—Sí.

—¿Y no os dejan entrar en la casa?

—No. Están muy ocupados.

—¿Y qué pensáis al respecto?

—No nos importa. Pero lo difícil es no ensuciarse. No podemos hacer nada.

—¿Vas a la boda? ¿Más tarde?

—Sí... veo a mucha gente. El salón está atestado. Hace calor, mucho calor. Allí hay un párroco; ha venido el párroco... con un sombrero raro... grande... negro. Le sobresale mucho sobre la cara... mucho.

—¿Es un momento feliz para tu familia?

—Sí.

—¿Sabes quién se casa?

—Mi hermana.

—¿Es mucho mayor que tú?

—Sí.

—¿La ves ahora? ¿Tiene puesto el vestido de novia?

—Sí.

—¿Y es bonita?

—Sí, muy bonita. Lleva muchas flores alrededor del pelo.

—Mírala bien. ¿La conoces de algún otro lugar? Mírale los ojos, la boca...

—Sí. Creo que es Becky... pero más pequeña, mucho más pequeña...

Becky era amiga y compañera de trabajo de Catherine. Aunque íntimas, a Catherine le molestaba la actitud crítica de Becky y el hecho de que se entrometiera en su vida y en sus decisiones. Después de todo, eran amigas y no parientes. Pero tal vez la diferencia ya no estuviera tan clara.

—Me... me tiene cariño... y por eso puedo estar bastante cerca de ella en la ceremonia.

—Bien. Mira a tu alrededor. ¿Están ahí tus padres?

—Sí.

—¿Ellos también te tienen cariño?

—Sí.

—Qué bien. Míralos bien. Primero, a tu madre. Tal vez la recuerdes. Mírale la cara.

Catherine inspiró muy profundamente varias veces.

—No la conozco.

—Mira a tu padre. Obsérvalo bien. Su expresión, sus ojos... también la boca. ¿Lo conoces?

—Es Stuart —respondió de inmediato.

Conque Stuart acababa de aparecer, una vez más. Eso valía la pena examinarlo mejor.

—¿Qué relaciones tienes con él?

—Lo quiero mucho... me trata muy bien.

Pero opina que soy un fastidio. Piensa que los niños son un fastidio.

—¿Es demasiado serio?

—No; le gusta jugar con nosotros. Pero hacemos demasiadas preguntas. Pero es muy bueno con nosotros, salvo cuando hacemos demasiadas preguntas.

—¿Eso lo enfada algunas veces?

—Sí. Debemos aprender del maestro, no de él. Para eso vamos a la escuela: para aprender.

—Esas palabras parecen de él. ¿Te dice él eso?

—Sí, tiene cosas más importantes que hacer. Tiene que administrar la finca.

—¿Es una finca grande?

—Sí.

—¿Sabes dónde está?

—No.

—¿Nunca mencionan la ciudad o el estado? ¿El nombre de la ciudad?

Ella hizo una pausa para escuchar con atención.

—No oigo eso.

Y volvió a guardar silencio.

—Bien, ¿quieres explorar más en esta vida? ¿Adelantarte en el tiempo? ¿O con esto...?

Me interrumpió:

—Basta.

Durante todo este proceso con Catherine, yo me había mostrado reacio a analizar sus revelaciones con otros profesionales. En realidad, exceptuando a Carole y a otros pocos con quienes me sentía «a salvo», no había compartido esta notable información con nadie. Sabía que el conocimiento proveniente de nuestras sesiones era verdadero y muy importante, pero me preocupaban las posibles reacciones de mis colegas profesionales y científicos; por eso guardaba silencio.

Aún me preocupaba por mi reputación, mi carrera y la opinión ajena.

Mi escepticismo personal se había ido mermando con las pruebas que recibía de labios de Catherine, semana tras semana. Con frecuencia volvía a escuchar las grabaciones y a experimentar nuevamente las sesiones, con todo su dramatismo y su fuerza directa. Pero los otros tendrían que confiar en mis experiencias; aunque intensas no serían con todo las suyas. Me sentía obligado a reunir aún más datos.

A medida que gradualmente aceptaba y daba crédito a los mensajes, mi vida se iba volviendo más simple y satisfactoria. Ya no había necesidad de fingir, desempeñar papeles ni ser otra cosa que yo mismo. Las relaciones se tornaron más francas y directas. La vida familiar era menos confusa, más descansada. La renuencia a compartir la sabiduría que me había sido dada a través de Catherine iba disminuyendo. Me sorprendió descubrir que casi todo el mundo se mostraba muy interesado y quería saber más. Muchos me hablaron de sus privadísimas experiencias de hechos parapsíquicos, ya fueran percepciones extrasensoriales, cosas vividas anteriormente, abandonos del cuerpo, sueños de vidas anteriores u otras cosas. Muchos no se habían atrevido a revelar esas experiencias ni a sus mismos cónyuges. Imperaba un miedo casi uniforme a que, al compartir sus experiencias, los otros los consideraran extraños, aun sus propios familiares.

Sin embargo, esos sucesos parapsíquicos son bastante comunes, más frecuentes de lo que la gente cree. Es sólo la renuencia a revelar los fenómenos psíquicos a otros lo que les hace parecer raros. Y los más instruidos son los más renuentes a compartirlos.

El respetado presidente de un gran departamento clínico de mi hospital cuenta con la admiración internacional por su experiencia; él habla con su padre fallecido, que varias veces lo ha protegido de peligros graves. Otro profesor tiene sueños que le proporcionan los pasos que faltan o las soluciones para sus complejos experimentos de investigación; los sueños nunca se equivocan. Otro doctor, muy conocido, suele saber quién lo llama por teléfono antes de levantar el auricular. La esposa del presidente de psiquiatría de una universidad del Medio Oeste es doctora en psicología; sus proyectos de investigación están siempre cuidadosamente planeados y ejecutados; nunca ha revelado a nadie que, cuando visitó Roma por primera vez, caminaba por la ciudad como si tuviera un mapa impreso en la memoria. Sabía, sin un fallo, lo que había a la vuelta de cada esquina. Aunque nunca había estado en Italia ni conocía el idioma, los italianos se dirigían a ella invariablemente en el idioma del país, confundiéndola con una compatriota. Su mente luchaba por asimilar esas experiencias vividas en Roma.

Comprendí por qué esos profesionales, tan bien preparados, mantenían sus experiencias en secreto. Yo era uno de ellos. No podíamos rechazar nuestras propias experiencias, los datos de nuestros sentidos. Sin embargo, nuestros estudios se oponían diametralmente, en muchos aspectos, a la información, las experiencias y las creencias que habíamos acumulado. Por eso guardábamos silencio.
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