2° eje: Del Estado intervencionista al Estado burocrático-autoritario




descargar 289.09 Kb.
título2° eje: Del Estado intervencionista al Estado burocrático-autoritario
página13/14
fecha de publicación03.03.2016
tamaño289.09 Kb.
tipoDocumentos
med.se-todo.com > Derecho > Documentos
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   14

Clase 14


Continuamos hoy con los temas de El Estado democrático y la gobernabilidad. Sus efectos en la sociedad y en la economía. Más particularmente, en la clase de hoy nos vamos a centrar en los cambios que acontecen durante los años 90, bajo el mandato del Presidente Menem. Como uds. verán en el plan de trabajo, con este tema finalizamos el programa de la materia. La próxima es una clase de cierre, donde les voy a presentar el examen virtual y, entre otras cosas, también hablaremos del examen final.

La bibliografía correspondiente para esta clase es la siguiente:

Martuccelli, Danilo y Maristella Svampa. “Peronistas versus peronistas”, en: La plaza vacía. Las transformaciones del peronismo. Losada, Buenos Aires, 1997, pp. 133-189. (Material digitalizado).

Carpeta de Trabajo, pp. 214-240

Gernuchoff y Llach, El ciclo de la ilusión y el desencanto. Un siglo de políticas económicas argentinas, “Epílogo desde los 90. ¿El fin de la historia?”, pp. 421-462.
En las clases anteriores, a lo largo de diferentes textos, de una u otra manera, nos hemos referido a un problema básico del orden político en la Argentina: la crisis de dominación política. Tal como sostenía Portantiero, en un texto publicado en 1989, “Economía y política en la crisis argentina (1958-1973)”, “la convicción generalizada acerca de la carencia, desde hace tiempo, de un verdadero orden político”, a fines de los ochenta, todavía persistía como una imagen de sentido común. Es decir, la instauración de la democracia en 1983 no resuelve ese problema, tal como lo revela la renuncia adelantada de Alfonsín en 1989. Podríamos decir: en tanto el Estado no puede constituirse como el ámbito desde el cual se construyen y difunden acuerdos entre los distintos sectores y grupos de poder de la sociedad civil, esa crisis de dominación persiste, aún cuando es tramitada de manera diferente en los ochenta (los golpes militares son reemplazados por los “golpes de mercado”).

Esa situación se modifica radicalmente en los noventa. Tal como se afirma en la Carpeta de Trabajo, “por primera vez, en Argentina la clase dominante logra su aceptación democrática como clase dirigente”. Esto nos exige recordar, en primer lugar, que la clase dominante nunca es “una” por naturaleza: existen siempre diversos sectores que pugnan por hacer valer su supremacía (O´Donnell nos ha mostrado, por ejemplo, las pujas internas entre la gran burguesía urbana y la burguesía pampeana). Ahora bien, ¿cómo es que esta clase burguesa, signada por conflictos y contradicciones internas, se transforma en clase dominante? En general, uno de sus sectores más dinámicos consigue, desde el Estado, sellar una serie de alianzas y compromisos con los otros sectores, de tal modo que el conjunto de esa clase burguesa (o de sus sectores más poderosos) se decidan a apoyar determinado rumbo económico. Es decir, tal como habíamos visto, es sólo desde el Estado que es posible que la clase burguesa se constituya como UNA clase dominante. Una vez que esto se produce estamos en presencia de una clase dirigente que instaura un orden político e impone determinadas metas. En la medida en que consigue que esas metas sean asumidas por el resto de los sectores sociales –con mayor o menor resistencia, pero logrando un alto de grado de aceptación y consenso-, nos encontramos en una situación en que la hegemonía de esa clase dominante resulta visible.

Y esto es lo que aparece en la Argentina de los noventa: la alta burguesía, ligada al capital internacional, encuentra en Menem a un interlocutor político dispuesto a efectuar las profundas reformas que era necesario llevar a cabo para que, al menos, un modelo de capitalismo funcione en la Argentina. Por supuesto, esta conjunción no se dio por azar durante esos años. Intervinieron un conjunto de factores, entre los cuales podemos señalar:

El contexto económico internacional, marcado por la tendencia a la apertura comercial y financiera. Este contexto presiona sobre la situación Argentina, dado que había capitales interesados en inversiones directas en los llamados “países emergentes”. Pero una condición necesaria para atraer esas inversiones era el reordenamiento de las variables macroeconómicas: apertura de la economía, reducción del déficit fiscal, recorte del aparato estatal y estabilización.

El clima intelectual de la época que, como ya vimos, a partir de los años setenta, muestra una profunda desconfianza en torno a los efectos positivos que generaría la intervención del Estado en la economía. Más bien, desde este clima intelectual, se acentuaban las voces que cuestionaban ese rol del Estado. Desde esta óptica, se considera que el Estado como productor de bienes y servicios por lo general es ineficiente y contrae irresponsablemente gastos que no puede solventar; como planificador de la economía, sus incentivos fiscales y crediticios solo resuelven los problemas de las empresas no rentables (con lo cual, se estaría financiando la incompetencia); e, incluso, se argumenta contra el Estado de Bienestar (en una situación mundial donde se hace difícil combatir el alto nivel del desempleo, a lo que se suma la crisis de financiamiento en la que se encuentran esos Estados). En síntesis, si el Estado produce déficit, derroche de fondos públicos, corrupción e ineficiencia, ¿dónde están los agentes dinámicos de una economía? Desde esta perspectiva, en el mercado, en el libre juego de la oferta y la demanda que en los noventa se concibe abierto a un mercado internacional.

A estos dos factores generales, hay que sumarle algunas consideraciones en torno al contexto local. En 1989, la hiperinflación había agotado los recursos del Estado y, también, en gran medida, la capacidad de la resistencia de la sociedad. Por otro lado, Menem consigue rearticular los distintos sectores del partido justicialista en torno a su liderazgo, un liderazgo que institucionalmente se afirma a partir de la neutralización de las voces disidentes, de la negociación con los sindicatos, de la reforma del poder judicial y de los “decretos de necesidad y urgencia”.

Habíamos dicho, entonces, que estos factores favorecieron el encuentro entre una conducción política y ciertos sectores de alta burguesía liberal, que sí tenía un proyecto para la Argentina y hallaba un canal político adecuado para implementarlo. Ciertamente, ese proyecto no sólo era presentado como el mejor, sino más bien como el único camino viable para garantizar el crecimiento. Veamos ahora cuáles eran las principales medidas que dicho proyecto reclamaba y, a grandes rasgos, cuáles eran los argumentos en los que se sostenían:

La suspensión de los regímenes de promoción industrial, regional, de exportaciones y la preferencia de las manufacturas nacionales en las compras del Estado, medida sostenida en la ley de emergencia económica. Tal como sostienen Gerchunoff y Llach, esto era “un golpe frontal al corazón del capitalismo asistido que imperaba en la Argentina desde la posguerra”. Según lo que nosotros vimos en el texto de Jorge Schvarzer, ese “capitalismo asistido” tampoco era la panacea, porque no faltaron casos en que el subsidio del Estado en realidad dio lugar a la falta de inversión y al “vaciamiento” del capital productivo real de distintas empresas.

Una medida estrechamente relacionada con la anterior es la aceleración de la apertura de la economía, medida impulsada por la drástica reducción de los aranceles de importación. Ciertamente, la apertura frenó la escalada de precios, pero como muchas empresas nacionales no estaban en condiciones de competir con los precios internacionales, esto implicó directamente su cierre en numerosos casos.

La reforma del Estado, implementada a través de la privatización de las empresas públicas (teléfonos, aviación comercial, ferrocarriles, rutas, etc., etc.). Las principales privatizaciones fueron hechas al inicio del primer mandato de Menem, apuradas por la urgencia de conseguir fondos para un erario público devastado, lo cual seguramente influyo en la firma de acuerdos directamente salvajes. De todas formas, los problemas que acumulaban dichas empresas eran muchos: no sólo eran fuente de déficit fiscal, además claramente el servicio que proporcionaban era ineficiente. Plantas sobredimensionadas, con un considerable atraso tecnológico, no podían proporcionar las condiciones para un despegue productivo. Ciertamente, una vez privatizadas, el costo de los servicios tampoco significó una gran ayuda a ese despegue. Más allá de si hubo o no sobornos en la adjudicación de las prestaciones, la cuestión es la siguiente: en 1990, en un contexto donde todavía dominaba la inflación, ¿hubieran podido ser negociadas mejores condiciones? La respuesta es dudosa, porque el Estado necesitaba de esos fondos para poner en marcha un plan de estabilización coherente; y una empresa extranjera que se anima a hacer una gran inversión en un contexto de inestabilidad exige ciertas ventajas. No conceder esas ventajas implicaba también no conseguir los fondos y, en consecuencia, demorar la estabilización a riesgo de profundizar la crisis.

Un plan de estabilización coherente, que fue el de la convertibilidad. La paridad 1 a 1 se sostenía sobre la renuncia del gobierno a la emisión monetaria: es decir, supuestamente, pasara lo que pasara, el Banco Central debía mantener reservas en dólares, suficientes como para comprar toda la base monetaria.

La reestructuración de la deuda externa.

Una reforma tributaria, que dotara al Estado de los recursos necesarios para cumplir con el “pacto fiscal”. Es decir, para cumplir mínimamente con sus obligaciones, el Estado necesitaba más recursos. En un principio, esto se obtuvieron a partir de la generalización y el aumento del impuesto al valor agregado (IVA), un impuesto considerado regresivo porque grava fundamentalmente al consumo. Progresivamente, a medida que se producía la reactivación económico, fue aumentando la participación en la recaudación de otros impuestos, como el impuesto a las ganancias.

Podríamos seguir enumerando otras medidas, pero creo que con lo dicho ya tenemos algunas pautas que nos permiten discernir a qué modelo de desarrollo apuntan estas políticas: un modelo de desarrollo que, evidentemente, no se centra en el crecimiento del mercado interno, más bien apuesta a la inserción de la economía argentina en el mercado mundial. El principal argumento que sostenían los defensores de este modelo era el siguiente: el mercado interno no podía crecer por sí mismo porque ni la sociedad ni el Estado disponían de los recursos necesarios para realizar las inversiones que activaran ese crecimiento. Era necesario atraer inversiones y capitales externos, pero esto exigía ciertas garantías: el Estado debía imponer un marco regulatorio que respondiera a las nuevas reglas de juego vigentes en el mercado internacional. Este era el proyecto de la alta burguesía ligada al capital externo, proyecto al cual Menem aportó la base política del peronismo.

Ahora bien, nosotros habíamos visto que la noción de hegemonía de una clase dominante implicaba también el consenso de las clases subalternas: la verdadera dominación es aquella que obtiene el consentimiento de aquellos sobre quienes se ejerce. Según el planteo de Gramsci, dos mecanismos complementarios activan ese consenso:

En primer lugar, esa clase dominante unificada desde el Estado impone a los otros sectores su propia visión del mundo. Es decir, a través de los diversas instituciones de la sociedad civil, esa visión del mundo queda fijada como una imagen de sentido común. En el período que estamos estudiando, es evidente que esa clase dominante, unificada como tal desde el Estado, logró el consenso necesario para llevar adelante ese proyecto. La imagen de que ese proyecto era el único camino posible, fue una imagen ampliamente difundida y –nos guste o no- aceptada. Esto explica, por ejemplo, algunos cambios institucionales de peso, como la reforma de la Constitución.

En segundo lugar, para que esa clase dominante "convenza" a las demás clases de que es la más idónea para asegurar el desarrollo de la sociedad -es decir que sus intereses particulares se confunden con el interés general- es necesario que favorezca, al interior de la estructura económica, el desarrollo de las fuerzas productivas, y la elevación -relativa- del nivel de vida de las masas populares. Y esto también se logró en los primeros años de la convertibilidad: el crecimiento general de la economía de 1991 a 1994 fue espectacular, impulsado por la inversión externa el PBI creció a un ritmo del 7, 7 % anual. La solución del problema de la inflación significó una mejora del poder adquisitivo de los salarios, la reaparición del crédito, el incremento del poder de compra y un horizonte de estabilidad prácticamente desconocido para la sociedad argentina. La contracara de esta bonanza fue un índice creciente de desempleo, que la expansión económica no alcanzó siquiera a atenuar. Tanto las privatizaciones como la quiebra de empresas nacionales, liberaron al mercado una cantidad importante de mano de obra desocupada. Y la reactivación, además, no fue tan intensiva en trabajo como en capital. En consecuencia, este sería uno de los principales problemas estructurales de ese modelo.
De todos modos, durante esos años, fue posible la consolidación hegemónica de la clase dominante: mediante la coerción directa e indirecta, pero sobre todo mediante el consenso. Hoy está de moda referirse a la convertibilidad como el emblema de un “modelo perverso”, que generó exclusión social, desempleo, marginación de muchos sectores de la sociedad, etc., etc. Creo que estas frases son verdaderas, pero ocultan lo esencial y no proporcionan claves explicativas para entender lo que pasó. Porque, de hecho, no hubo cacerolazos masivos y enfrentamientos con la policía para impedir las privatizaciones, y Menem consiguió el aval de las mayorías para su reelección en 1995. Y más aún, en 1999, la Alianza gana las elecciones en gran parte porque De La Rúa aparecía como un candidato más confiable que Duhalde para garantizar la continuidad de las líneas fundamentales de ese modelo. Esto nos da la pauta de que, por fin, la clase dominante había conseguido legitimar su proyecto ante la mayoría de la sociedad, tal vez no como el mejor de los mundos posibles, pero sí como la única solución viable. Es decir, logró imponer su propia visión del mundo, en muchos casos sus preferencias, sus valores, sus pautas de consumo. Y es cierto que ese modelo generaba exclusión social, pero también expectativas de estabilidad y crecimiento.

Ahora bien, además del alto índice de desempleo, este modelo tenía otros problemas estructurales, entre los cuales podemos señalar los siguientes:

El aumento del consumo y la demanda de bienes importados provocaron la reaparición del déficit en la balanza comercial: por más que las exportaciones aumentaron, no alcanzaban a financiar las importaciones. Este rojo en la cuenta corriente se cubría con prestamos externos, es decir, aumentando el volumen de la deuda externa; confiando que un rápido crecimiento favorecería la expansión del producto bruto interno y el pago de esas obligaciones en el futuro.

El impacto de algunas crisis internacionales, la más profunda fue la de México, conocida como el “efecto tequila” en 1994. Esto fue una señal de alerta a los inversores externos: los llamados “mercados emergentes” ya no parecían tan confiables, lo cual unido al alza de las tasas de interés, provocó una retracción en las inversiones. La economía argentina salió airosa de esa crisis, pero ya el ritmo de la entrada de capitales fue más moderado. Otro golpe fuerte fue la devaluación brasileña en 1999: esto perjudicó seriamente tanto la competitividad de las empresas radicadas en la Argentina, como los términos de intercambio.

Para que el tipo de cambio fijo, sostenido en la ley de convertibilidad, pudiera funcionar eran necesarias ciertas condiciones: la desaceleración del consumo interno en beneficio de la inversión, la baja del dólar en el mundo y la reactivación mundial, en especial la del mercado brasileño -uno de los destinos de las exportaciones argentinas-. Estas condiciones se fueron deteriorando una a una, con lo cual la sobrevaluación del peso argentino agravó el problema del déficit en la balanza de pagos, alentando un circulo vicioso recesivo: menor volumen de exportaciones – menor producción – mayor desempleo- menor recaudación tributaria – dificultad para conseguir préstamos que financien las cuentas en rojo del Estado- colapso.
Por supuesto, esto es sólo una breve reseña de algunas de las principales dificultades estructurales del modelo, pero obviamente no constituye una explicación cabal de lo que nosotros vivimos. Es evidente que la crisis económica arrastró también a una crisis política de gran envergadura. Y lo demás, son preguntas sin respuestas: ¿se ha quebrado tanto la hegemonía como el modelo de esa clase dominante? ¿Están dadas las condiciones para el surgimiento de un proyecto alternativo? ¿Hay algún sector capaz de transformarse en clase dirigente y de imponer un nuevo modelo de crecimiento? No lo sé. Pero como dice aquella maldición china: “te tocarán vivir tiempos interesantes...”.
Para terminar esta clase, propongo la realización de la siguiente actividad:

De acuerdo a lo leído en el texto de Martucelli y Svampa que corresponde como bibliografía para esta clase, explique cuáles son las transformaciones del vínculo con la política que los autores analizan a través de las tres figuras del militante peronista. ¿Qué cambios en torno a los valores predominantes en la sociedad suponen dichas transformaciones?

1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   14

similar:

2° eje: Del Estado intervencionista al Estado burocrático-autoritario iconEstado gaseoso: Teoría cinético molecular. Ley de los gases ideales....

2° eje: Del Estado intervencionista al Estado burocrático-autoritario iconPrimero. Se modifican los anexos 10 y 11 de la Orden de 31 de marzo...
«Boletín Oficial del Estado» de 13 de enero de 1986), 28 de octubre de 1991 («Boletín Oficial del Estado» de 13 de noviembre de 1991),...

2° eje: Del Estado intervencionista al Estado burocrático-autoritario iconResumen Frecuencia de rinitis alérgica en una comunidad rural del...

2° eje: Del Estado intervencionista al Estado burocrático-autoritario iconTeoria del estado

2° eje: Del Estado intervencionista al Estado burocrático-autoritario iconQue, el numeral 7 del artículo 3 de la Constitución de la República...

2° eje: Del Estado intervencionista al Estado burocrático-autoritario iconLa modernizacion del estado mexicano

2° eje: Del Estado intervencionista al Estado burocrático-autoritario iconBoletín Oficial del Estado

2° eje: Del Estado intervencionista al Estado burocrático-autoritario iconUniversidad juarez del estado de durango

2° eje: Del Estado intervencionista al Estado burocrático-autoritario icon3 Métodos de valoración del estado nutricional

2° eje: Del Estado intervencionista al Estado burocrático-autoritario iconUniversidad juarez del estado de durango


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com