2° eje: Del Estado intervencionista al Estado burocrático-autoritario




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Clase 8


Hoy nos toca finalizar con los temas de El Estado, los actores sociales y la economía ante la coyuntura desarrollista y la crisis de mediados de los años 60. Más en particular, el punto que nos atañe es el de la crisis de mediados de los años 60, tema que –como habrán notado- nos introduce también en el primer punto de la unidad 5, que veremos en profundidad la clase que viene.

La bibliografía obligatoria para esta clase es la siguiente:

Portantiero, Juan Carlos; “Economía y política en la crisis argentina (1958-1973)” en Ansaldi, Waldo y Moreno, José Luis; Estado y sociedad en el pensamiento nacional, Cántaro, Buenos Aires, 1989. (Material digitalizado)

Carpeta de Trabajo, pp. 141-146.

El capítulo siguiente del libro El ciclo de la ilusión y el desencanto. Un siglo de políticas económicas argentinas de Gerchunoff y Llach es aquel titulado “Una primavera económica” (1963-1973). Dado que estos autores nos proporcionan un panorama complementario al que ofrece Portantiero y, al mismo tiempo, constituye una excelente adelanto de los temas de la siguiente unidad, recomiendo no postergar su lectura.
En la clase 5, nosotros habíamos visto los distintos posicionamientos políticos de los actores del período, lo cual unido al panorama que presenta Daniel James en su texto nos acercaba ya al problema de los graves conflictos sociales, políticos e institucionales presentes en esos años. Me gustaría centrarme en esta clase en el texto de Juan Carlos Portantiero, en pos de explicitar algunas nociones centrales que constituyen el marco teórico del mismo.

Portantiero comienza este texto anunciando lo siguiente:
Una imagen de sentido común preside este trabajo: la convicción generalizada acerca de la carencia , desde hace tiempo, de un verdadero orden político en la Argentina; la obvia certeza sobre la incapacidad que ostensiblemente muestran sus clases dominantes para construir alguna forma de dominación legítima sobre una sociedad progresiva y dramáticamente desintegrada en círculos de fuego.

Ciertamente, este comienzo no debería crearnos falsas expectativas: si bien es cierto que esa “imagen de sentido común” recorre todo el texto, el análisis mediante el cual el autor da cuenta de la situación que responde a esa imagen está guiado por una concepción teórica compleja de las relaciones entre el Estado y la Sociedad.

Apenas unos párrafos más adelante, el mismo autor “traduce” esa imagen de sentido común en términos teóricos: se trata de una “crisis de hegemonía: incapacidad de un sector que deviene predominante en la economía para proyectar sobre la sociedad un orden político que lo exprese legítimamente y lo reproduzca”.

Para entender cabalmente esta frase (y, en rigor, el análisis posterior que presenta el artículo de Portantiero) es necesario explicitar algunas nociones básicas con las que él trabaja. Les adelanto desde ya que todo el texto de Portantiero se sostiene a partir de la reelaboración de las nociones de Estado, Sociedad Civil y hegemonía que realizó el lúcido filósofo marxista, Antonio Gramsci (1891-1937) a principios de siglo.

Pero remontémonos un poco más atrás en esta historia. ¿Cómo habían sido definidas esas nociones de Estado y Sociedad Civil? Básicamente, la diferenciación entre Estado y Sociedad civil había sido planteada por un filósofo inglés, considerado por algunos como “el padre del liberalismo”. Me refiero a John Locke (1632-1704). Principalmente en el segundo de sus Tratados sobre el gobierno civil, guiado por su oposición a la monarquía absoluta como forma de gobierno, este autor distingue entre:

Sociedad civil: el conjunto de individuos libres e iguales que conviven en determinado espacio y han decidido aceptar cierto conjunto de normas que regulan esa convivencia.

Estado: concentra la autoridad reconocida como “poder legítimo” que tiene la misión de asegurar la protección y la defensa de los derechos de los individuos libres que constituyen la sociedad civil. Partiendo de esta definición, suele decirse que el Estado es aquel que tiene el “monopolio de la fuerza legítima”, es decir, es el único autorizado a utilizar la fuerza para obligar a todos a ceñirse a la ley.

Hacia fines del siglo pasado, estas definiciones habían sido reelaboradas por algunos teóricos marxistas, siguiendo en parte algunas de las sugerencias de Marx: desde esta perspectiva, la sociedad civil se veía fundamentalmente como el conjunto de fuerzas económicas, de relaciones materiales que se dan en el interior de una sociedad en determinado momento del desarrollo de las fuerzas productivas; y el Estado, por lo general, era contemplado como un instrumento de coacción, manipulado por las clases dominantes, en pos de mantener su lugar de privilegio frente a otras clases.

Quiero aclarar que, obviamente, estoy simplificando mucho estas cuestiones –ríos de tinta han corrido en torno a Marx y el marxismo de fin de siglo-, pero mi propósito fundamental es que se entienda cuáles son las novedades que introduce Gramsci a propósito de la nociones de Estado, Sociedad Civil y hegemonía.

¿Qué es lo que le preocupa a Gramsci? Hacia principios de este siglo, desde un horizonte marxista, se esperaba una pronta caída del capitalismo, dado que se suponía que este sistema no podría soportar las crisis recurrentes que él mismo generaba. Gramsci se enfrenta con el hecho de que esta expectativa está lejos de cumplirse, debido al hecho de que el capitalismo aparecía contradictoriamente más fortalecido después de cada una de esas crisis. Esta es una de las aporías que lleva a Gramsci a reflexionar acerca de cómo se constituye, entonces, la dominación burguesa.

El resultado de esta reflexión es una ampliación del concepto de Estado, que va a plasmar en la siguiente fórmula: Estado = sociedad política + sociedad civil, es decir hegemonía acorazada de coerción. ¿Qué significa esta fórmula? Vamos a ir planteando por pasos esta cuestión.

En primer lugar, Gramsci advierte que el fenómeno de la dominación en las sociedades capitalistas modernas es un proceso complejo en el que, además de los aparatos de coerción –que representan una especie de “límite último” que garantiza la pervivencia del orden burgués- intervienen toda una serie de mecanismos de transmisión ideológica tendientes a lograr un consenso que otorga bases sólidas a la dominación. Como decíamos en la clase anterior, no hay dominación verdadera que solo se asiente en el uso de la fuerza. Es necesario que la coerción está acompañada por el consenso. Lo que con mayor énfasis quiere destacar Gramsci es que la clase dominante ejerce su poder no sólo por medio de la coacción, sino además porque logra imponer su visión del mundo –una filosofía, una moral, unas costumbres, un “sentido común”- que favorecen el reconocimiento de su dominación por las clases dominadas. Es decir, ¿qué hace la clase dominante? Convence a las demás clases que ella es la más idónea para asegurar el desarrollo de la sociedad: eso es conseguir una supremacía hegemónica.

En este sentido, para Gramsci, la supremacía de la burguesía en el capitalismo desarrollado no se debe únicamente a la existencia de un aparato de coerción (el Estado en sentido restringido), sino que logra mantener su poder mediante una compleja red de instituciones y organismos que, en el seno de la sociedad civil, organizan el consenso de las clases subalternas para la reproducción del sistema de dominación. La existencia del sufragio universal, de partidos de masas, de sindicatos obreros, de variadas instituciones intermedias, además de la escuela y la iglesia, para Gramsci, son todas formas en que se expresa la sociedad civil capitalista de Occidente. Y hablan de un denso entramado de relaciones sociales que el desarrollo de las fuerzas productivas ha permitido construir. En este sentido, el Estado no está constituido solamente como aparato represivo, abarca al conjunto de la sociedad civil, dado que desde sus instituciones también se asegura la legitimidad del poder del Estado. De ahí que la sociedad civil se introduzca en esta nueva definición ampliada de Estado.

Ahora, ¿a qué se refiere el término sociedad política que también se introduce en esa fórmula? Remite a lo siguiente: la posibilidad de difusión de ciertos valores de la clase dominante está determinada por las relaciones de compromiso que esa clase efectúa con otras fuerzas sociales, expresadas en el Estado. El Estado aparece como el lugar privilegiado donde se establecen las luchas al interior de aquellos sectores que pugnan por consagrarse como “clase dominante”, es allí donde se materializan correlaciones de fuerzas cambiantes en equilibrios inestables por definición entre grupos fundamentalmente antagónicos. Es en esta instancia donde se hace presente la política de alianzas para la conformación hegemónica de una clase social.

Un núcleo clave para entender la proposición gramsciana en torno a la “ampliación” del concepto de Estado es lo siguiente: si bien la fórmula propone la síntesis entre coerción y consenso, en algunos momentos puede primar la coerción y en otros, el consenso. Esto va a depender de: a) las condiciones de desarrollo de las fuerzas productivas y de los regímenes de acumulación vigentes en cada sociedad y en cada momento histórico; b) la voluntad-posibilidad de las clases dominantes de “hacer concesiones” en el plano económico y político; c) de la capacidad de las clases subalternas para modificar la correlación de fuerzas a su favor.

Vayamos ahora al texto de Portantiero para ver cómo utiliza las categorías gramscianas a fin de analizar la situación argentina entre 1958 y 1973. Tal como habíamos citado, el autor detecta por esos años una “crisis de hegemonía”: esto es, “la incapacidad de un sector que deviene predominante en la economía para proyectar sobre la sociedad un orden político que lo exprese legítimamente y lo reproduzca”. El problema es por qué en esa coyuntura la clase dominante no puede cumplir los roles tradicionales que la hacen ser, precisamente, clase dominante; esto es: convencer al resto de la sociedad que ella es la más idónea para asegurar su desarrollo. Ciertamente, uno puede sentir la tentación de deslizarse hacia explicaciones psicosociales (del siguiente tipo: tan inútiles eran que ni comprendieron lo que tenían que hacer para asegurar su propio predominio), pero el autor nos invita más bien a pensar cuáles son las bases estructurales de esa crisis de hegemonía.

En esta dirección, uno de los problemas centrales que identifica Portantiero son las “recurrentes dificultades que enfrentan para elaborar una coalición estable las capas más concentradas de las burguesías urbana y rural”. Tal como habíamos visto en Gramsci, la clase burguesa se divide en capas con intereses contradictorios, signados por la competencia del capitalismo. Pero se supone una de esas capas, la más dinámica, es capaz de establecer relaciones de compromisos y alianzas con las otras capas: esto es la sociedad política, el sistema político o el orden político que se expresa en el Estado. Es decir, mediante el compromiso se asegura la supervivencia de todos esos intereses contradictorios y, al mismo tiempo, la clase burguesa consigue su unidad, se constituye como una clase dominante. La impresión que deja el artículo de Portantiero es que esa unidad nunca llega a constituirse, porque tanto la burguesía rural como la burguesía urbana están permanentemente en puja para dar vuelta la situación a su favor (en pos de que las medidas tomadas por el Estado favorezcan al agro, o bien al sector urbano industrial).

A esta situación, se agrega la introducción de un nuevo actor en los años de Frondizi y el desarrollismo: el capital extranjero radicado en la industria, que pronto se transforma en el sector más dinámico de la economía, desplazando tanto a la burguesía industrial local como a la burguesía pampeana. Tal como sugiere Portantiero: la caída de Frondizi arrastra el desprestigio de los partidos políticos, el ascenso de la burocracia sindical y el surgimiento de una “tecnoburocracia” que, además de representar intereses directos de distintas fracciones del capital, ofrecen sus servicios en pos de articular proyectos políticos de mayor alcance.

Ahora, ¿por qué cae Illia y se produce el golpe militar de Onganía? Por un lado, la Unión Cívica Radical sencillamente no vio la necesidad de otorgar un papel relevante a esa élite tecnoburocrática, de tal modo desde allí pudiera implementar un sistema de alianzas con otros sectores, tendientes a reconstruir la hegemonía. Y, por otro lado, estaban allí los militares, quienes –tal como apunta Portantiero- sí se identificaban con ese proceso de modernización capitalista. En este sentido, resulta significativa la cita de Mariano Grondona que transcribe el autor. Allí, el conocido columnista de La Nación sostiene que el golpe tenía la función de consolidar en la Argentina “una oligarquía político-militar-empresaria, empeñada en asegurar el proceso de industrialización a través de grandes inversiones en la infraestructura y dispuesto a contener, por lo tanto, las prematuras presiones de los sectores populares”.

Se suponía que esta era una salida rápida: un momento de fuerte acumulación de riqueza y de poder por parte de estos sectores más modernos del capitalismo, apoyados en la protección de un régimen militar; para luego, dejar paso a una segunda etapa de distribución de la riqueza y apertura del sistema democrático.

Me gustaría que nos detengamos unos minutos a considerar una cuestión: tenemos que tratar de entender un poco la lógica del enemigo, porque un enemigo demonizado no sirve de mucho: ¿Cuál era el razonamiento de los militares, sostenido en toda esa ideología de la “seguridad de la patria”? Asegurar un crecimiento intensivo de la economía argentina. Desde aquí se entiende la alianza que, con este sector, buscaron establecer los sectores capitalistas más modernos, es decir, aquellos ligados al capital extranjeros. Pero aquí viene una dificultad: estos sectores necesitaban imponer ciertos valores, sobre todo aquellos relacionados con la eficiencia, la productividad, la racionalización del Estado, etc. Esta estrategia suponía también disciplinar a aquellas ramas menos dinámicas de la economía, frecuentemente asociadas al capital local. El problema es que todo este proceso –de introducir ciertos valores, de disciplinar a los otros sectores, etc.- lleva tiempo, un tiempo que en ese entonces parecía un exceso conceder al sistema político, parecía un derroche innecesario.

¿A qué se debe el fracaso de este proyecto? Precisamente al hecho de que ese Estado autoritario era un Estado demasiado vulnerable frente a los sectores de la sociedad civil excluidos del mismo. Onganía consiguió situar al Estado fuera de las presiones de la sociedad civil (para colocarlo, tal como subraya Portantiero, al servicio del proyecto hegemónico de la fracción más moderna del capitalismo), pero desde este lugar de exterioridad el Estado solo consiguió generar resistencias: resistencia de la pequeña y mediana industria urbana, resistencia de la burguesía agraria, resistencia de los trabajadores. Es decir, al no construirse desde el Estado una alianza con todos los sectores de poder, esos sectores se volcaron desde la Sociedad Civil contra el Estado. Nuevamente, el problema que vio Gramsci: asegurar la dominación y el predominio de un sector o de una clase supone mucho más que la coerción, supone más bien el poder de generar consensos en torno a ciertas pautas, valores y prioridades que ese sector o clase considera esenciales.
Me gustaría terminar esta clase proponiendo la realización de la siguiente actividad:

Indique cuáles son los tres subperíodos que propone Portantiero para explicar los procesos que tuvieron lugar entre los años 1966 y 1973. Explique cuáles son las modificaciones que caracterizan a cada uno de esos tres subperíodos.
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