2° eje: Del Estado intervencionista al Estado burocrático-autoritario




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Clase 10


Continuamos hoy con los temas referidos a Estado, Economía y Sociedad en la Argentina entre 1966 y 1983. Balances y alternativas. Tal como está anunciado en el Plan de Trabajo, el objetivo de esta clase es centrarnos en aquellos procesos que desembocan en la llamada crisis de la deuda.

La bibliografía obligatoria para esta clase es la siguiente:

Bekerman, Marta. “Los flujos de capital hacia América Latina y la reestructuración de las economías centrales”, en Desarrollo Económico 111, vol. 28, octubre-diciembre de 1988.

Carpeta de Trabajo, pp. 169-182.

Gerchunoff, Pablo y Llach, Lucas; El ciclo de la ilusión y el desencanto. Un siglo de políticas económicas argentinas, los capítulos titulados: “Una primavera económica (1963-1973)” y “Vértigo económico en tiempos violentos (1973-1983)”. Dado que los autores se centran particularmente en los procesos económicos, la lectura de este material (que, como dijimos en la clase pasada, corresponde a toda la unidad 5) resulta imprescindible para una mejor comprensión del tema en cuestión.
Tal como habíamos visto en la clase pasada, durante este período 1966-1983 se suceden ciclos de ascenso y descenso de la economía, fluctuación que acompaña el desarrollo y la profundización de la crisis de dominación política, visible en la Argentina de esos años. No obstante esto, de acuerdo al planteo de Gerchunoff y Llach, podemos distinguir dos subperíodos –claramente diferenciados en el libro ya desde el título mismo de los capítulos-:

El primer subperíodo, marcado por un alto índice de crecimiento, comienza 1963 y finaliza en 1973, aunque podemos incluir también el año siguiente, 1974, año en el cual a pesar de haber empeorado el problema de la inflación y el de las cuentas externas, se mantuvo el crecimiento del PBI.

El segundo subperíodo abarca desde 1974 hasta 1983, fueron años de recesión y estancamiento.

Claramente, la situación de crisis y estancamiento de la economía en este segundo subperíodo está estrechamente vinculada a la crisis política: la muerte de Perón y la falta de una dirigencia política que tome su lugar, desencadena el desmoronamiento del Estado, como sujeto capaz de imponer ciertas normas al resto de la sociedad civil. Es decir, la alianza de poder ya era tan débil que descansaba en la persona Perón; su deceso pone en evidencia el hecho de que, prácticamente, había desaparecido el Estado: no hay poder legítimo que regule ni la lucha por los intereses en el campo económico, ni los enfrentamientos propiamente políticos que culminan en una escalada de violencia. Nuevamente, los militares se sienten llamados a intervenir en ese escenario, y en marzo de 1976, un nuevo golpe militar derroca al gobierno de Isabel Perón.

¿Cuáles eran los objetivos del llamado “Proceso de organización nacional”? Tal como aparece en la Carpeta de Trabajo y en el texto de Gerchunoff y Llach, podemos señalar rápidamente dos objetivos fundamentales, intrínsecamente relacionados:

En primer lugar, la eliminación de los grupos armados, en particular el ERP y Montoneros, objetivo que se alcanza rápidamente (mediante la tortura, las detenciones clandestinas, el asesinato o el exilio): ya a principios de 1978, la aniquilación de estos grupos era un hecho.

En segundo lugar, este gobierno militar se proponía erradicar ciertos “males básicos”, males que indirectamente habían conducido a una situación de desborde y crisis social. ¿Cuáles eran esos “males”? Básicamente, una conducción estatista, que intervenía para regular el mercado e inclinaba la balanza en beneficio de uno u otro sector. Es decir, así como el sindicalismo había adquirido poder por su capacidad de presionar sobre el Estado e inducirlo a adoptar políticas de mejoras de salarios, así también el sector industrial, y en menor medida el agro. ¿Cómo disciplinar a estos sectores y lograr también una sociedad más despolitizada? Disminuyendo el rol de Estado e instaurando al mercado en el centro de la escena: una vez que el Estado renuncia a intervenir (y, eventualmente se pierden las expectativas de que efectivamente el Estado establezca alguna norma para elevar los salarios o algún subsidio para determinadas empresas), supuestamente el libre juego de las fuerzas en el mercado produciría la regulación adecuada para el crecimiento. En un escenario donde los subsidios para empresas desaparecen, donde las protección arancelaria (que, entre otras cosas, también permitía vender a precios a altos en el mercado interno) se disipa, también cae la demanda por salarios altos (no sólo porque las grandes empresas que sobrevivirían a ese proceso tenían más capacidad de presionar sobre la oferta de trabajo, sino también porque las manifestaciones populares podían ser reprimidas directamente por la fuerza). De esta idea, la que sostiene que “la mano invisible del mercado” es la única capaz de producir regulaciones duraderas y positivas, surgieron medidas tales como la apertura de la economía, la libre operación en el mercado de capitales y la eliminación de los privilegios fiscales.
Ahora, este cambio de concepciones –de la apuesta estatista al mercado- no es impulsado sólo por el contexto político argentino. Responde también a nuevas ideas que imperan en el contexto internacional, nuevas ideas que determinan también nuevas políticas y nuevos escenarios. Habíamos visto en la clase pasada que la década del sesenta es un momento de rápido crecimiento y expansión de la economía en todo el mundo occidental. Este momento estuvo atravesado por distintas variables, pero una de ellas nos remite a ciertos consensos predominantes en el contexto internacional. Gerchunoff y Llach lo explican de la siguiente manera:
“Hasta finales de los años 60 nadie cuestionaba, en esencia, el papel irrenunciable del Estado como garante del bienestar, la prioridad de los objetivos de pleno empleo y el alto crecimiento, o los instrumentos que había que usar para esos fines. Las diferencias entre republicanos y demócratas, conservadores y laboristas, demócratas cristianos y socialdemócratas, eran marginales al lado de lo que habían sido en el pasado y de lo que serían en los 70 y en los 80. Un ´capitalismo reformado´, basado en la propiedad privada pero con una presencia importante del Estado para corregir las desigualdades sociales y garantizar el pleno empleo, era aceptado por casi todos.”
Es decir, nos encontramos en la década del sesenta con un momento de gran crecimiento, impulsado en las diversas regiones de Occidente por los respectivos Estados: es decir, es un momento donde la intervención del Estado en la economía está plenamente legitimada. Por supuesto, este hecho no es azaroso, responde a determinados procesos, desencadenados fundamentalmente hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, momento a partir del cual comienza la reconstrucción de Europa bajo el auspicio y el liderazgo de Estados Unidos. En este sentido, la gran apuesta que hace Estados Unidos se orienta en la dirección del crecimiento de las economías europeas, una opción destinada a expandir su propia economía y a limitar el poder de la Unión Soviética. Esto aparece claramente subrayado en el artículo de Marta Bekerman:
El rápido crecimiento industrial registrado en el período fue el resultante de distintos factores. Los flujos financieros desde los Estados Unidos para la reconstrucción europea, bajo los auspicios del Plan Marshall, así como el proceso de integración económica de Europa occidental contribuyeron a la expansión industrial del viejo continente. Las medidas de liberalización del comercio exterior y de reducción de tarifas aduaneras ayudaron a estimular el comercio mundial en contraposición a la situación existente en la presente década. Por otro lado, se produjo un rápido avance en la difusión de nuevas tecnologías con gran crecimiento de la productividad en los países de Europa Occidental y Japón.
Junto a esto, el predominio norteamericano se afirma también en el sistema monetario internacional: en 1944, en la Conferencia de Bretton Woods, se establece al dólar como la moneda de reserva, moneda que a su vez estaba respaldada en oro; sistema similar al “patrón oro” que había predominado en las economías abiertas antes de la crisis de 1929.

Si esta es la situación con respecto a Europa, ¿cómo benefició a América Latina en particular? Tal como señala Marta Bekerman, los países latinoamericanos sufrieron desde siempre una escasez crónica de divisas, producto del déficit de la balanza de pagos. En 1961, fecha clave, no ajena a las repercusiones de la revolución cubana, EEUU pone en marcha la llamada “Alianza para el Progreso”. Este programa implicaba recursos financieros netos que, encauzados a través de flujos oficiales, llegan a América Latina con el agregado de algunos otros flujos privados de capital. Sin duda, estos flujos jugaron un papel importante en la expansión y el crecimiento que tuvieron lugar en la década del sesenta. Pero este “mundo feliz” –como dicen Gerchunoff y Llach- se modifica sustancialmente en los setenta, por varios factores.

Antes de la crisis del petróleo en 1973, ya es evidente una desaceleración sustancial en el crecimiento del producto industrial en los principales países industrializados, desaceleración particularmente fuerte en EEUU. ¿Cuál es el problema que esto suscita? La baja de la competitividad industrial de EEUU deteriora su posición comercial, la cual contribuye a la pérdida de confianza en el dólar en el mercado internacional. Bekerman expone esto de la siguiente manera:
Ese rol especial del dólar como moneda de reserva ofrecía una contradicción intrínseca que fue señalada por Triffin (1968) y que llegaría a tener especial relevancia para el sistema financiero internacional de los años setenta. Triffin señaló que si los Estados Unidos mostraban un déficit muy grande en su balanza de pagos, ello aumentaría la liquidez internacional pero a la larga contribuiría al debilitamiento del dólar y a una situación de inestabilidad en el sistema financiero internacional. Si por el contrario este país deflacionaba su economía para reducir su déficit, ello llevaría a un fortalecimiento del dólar pero a costa de una limitación al crecimiento mundial debido a una insuficiencia de liquidez.
Vamos a explicar este párrafo en términos más sencillos ese párrafo. ¿Cuál es la “contradicción intrínseca” que recoge Marta Bekerman? El problema es el siguiente: Estados Unidos libera su economía, expande sus inversiones en el viejo continente y compra productos importados. Esto fomenta la liquidez mundial: es decir, los compradores reciben dólares, pueden colocar sus productos y expandir sus empresas, lo cual contribuye al crecimiento generalizado (dado que, como dijimos, la moneda de reserva era el dólar). Pero si la producción industrial en Estados Unidos sufre un proceso de desaceleración y crece a niveles exorbitantes el déficit en la balanza de pagos, el dólar como moneda de reserva se debilita: en 1971, los flujos especulativos contra el dólar, llevaron al gobierno de Estados Unidos a abandonar la convertibilidad por oro. Estamos ante la llamada “crisis del dólar”. ¿Cómo influye esto en la situación de América Latina? Podemos referirnos a dos de las consecuencias más relevantes, dos datos intrínsecamente relacionados:

Como dijimos, más marcadamente en Estados Unidos, pero en general en el conjunto de los países desarrollados, con la década del setenta se inicia la desaceleración de la producción industrial. A la crisis del dólar, se sucedería la crisis del petróleo, marcando el final de los precios baratos de este insumo industrial. A esto se sumaría otro problema: el crecimiento de la inflación, atribuida con frecuencia a la intromisión del Estado en la economía. ¿Por qué? Porque según la receta keynesiana, uno de los modos de asegurar la reactivación de la economía y el pleno empleo, es la emisión monetaria. Ciertamente, hay muchas teorías acerca de cómo se genera la inflación y cuáles son los mejores remedios contra ella, pero lo que me interesa marcar acá es que, tanto en el plano de las ideas como en el de las prácticas, comienza a ser cuestionada la intervención del Estado en la economía. Por eso, decíamos anteriormente que la idea de instalar al mercado como centro y regulador de la economía no es propia y exclusiva de los militares argentinos: responde también a un cambio de clima internacional, donde es evidente que empieza a ganar adeptos la posición que sostiene que la intervención del Estado, en realidad, genera más problemas que soluciones.

Una segunda consecuencia, relacionada con lo anterior, afecta directamente a los países de América Latina: aquella que tiene que ver con los flujos de capital. Tal como muestra Bekerman, a medida que los problemas con la balanza de pagos de los Estados Unidos van surgiendo de manera más evidente, aumenta la presión por suspender los flujos oficiales hacia los países latinoamericanos. Pero, en contrapartida, surge la posibilidad de contraer créditos con bancos multinacionales. Bekerman, acertadamente, se pregunta: “¿qué es lo que determina este marcado endeudamiento de algunos países latinoamericanos con la banca privada internacional?”. El hecho de que los bancos decidan otorgar prestamos en buenas condiciones a países anteriormente impensables como posibles deudores se debe a una coyuntura internacional muy precisa: la liquidez internacional, generada a partir de la crisis del dólar. Básicamente, esto quiere decir: por un lado, con un dólar en crisis, todo el mundo quiere deshacerse de esta moneda; por otro lado, dado el proceso recesivo de los países centrales, baja la demanda de créditos internos; entonces, ¿dónde podían colocar los bancos ese excedente de dólares? En los países del Tercer Mundo, ávidos de créditos para cerrar sus cuentas. Esto parecía un buen negocio para ambas partes, pero en realidad no lo fue. ¿Por qué? Porque esos países periféricos quedaron endeudados más allá de los límites apropiados. Y, después de esa coyuntura especialmente favorable, un cambio en las políticas macroeconómicas de los países centrales perjudicó a los países tomadores de prestamos: tal como sostiene Bekerman, a partir de los 80, el creciente déficit comercial y fiscal de los Estados Unidos no fue financiado con políticas expansivas, sino a través de recursos provenientes del exterior atraídos por las altas tasas de interés, tasas de interés que repercuten en los servicios de la deuda en los países periféricos.
Esta situación estalla en 1982, con la llamada “crisis de la deuda”, cuando ante la amenaza de moratoria de México, se suspende la posibilidad de tomar créditos en el exterior. Gerchunoff y Llach explican muy bien esta situación y permiten visualizar más puntualmente las repercusiones del planteo de Bekerman a nivel local:
Desde el punto de vista estrictamente económico, Malvinas no fue el impacto exterior más importante de 1982. Mucho más grave resultó ser la crisis de la deuda latinoamericana. Desencadenada a partir de la amenaza de moratoria de México, cortó toda posibilidad de tomar nuevos prestamos en el exterior. “Deuda” era la palabra más leída en las secciones económicas de los diarios durante 1982, porque las había en magnitudes enormes y de todos contra todos: del sector privado al exterior y a los bancos nacionales, del sector público al financiero y al exterior, de los bancos al estado y al extranjero. No es fácil comprender cómo fue que todos se habían endeudado tan por encima de sus capacidades de pago. Es cierto que las condiciones de fines de los 70 habían sido excepcionalmente favorables para gastar tomando préstamos, y que en ese entonces era imposible prever un cataclismo como el del ´82. Pero hubo también bastante de imprevisión. En el caso del sector privado, quizás influyó la ausencia de una cultura financiera que hiciera notar que las tasas de interés ya no eran la ficción que habían sido durante años.
Tal como explican los mismos autores, tal vez no sea tan difícil de entender cómo fue posible esa situación en la que todos los sectores de la economía aparecían endeudados más allá de sus posibilidades de pago: la liberalización de los mercados, por un lado, que permitía a los sectores (tanto públicos como privados) contraer deudas indiscriminadamente, y la necesidad de los bancos internacionales de colocar su dinero. El sistema financiero “apto, competitivo y solvente” que se pretendía construir con la reforma de 1977, estaba al borde del colapso en 1982.
Me gustaría finalizar esta clase proponiendo la realización de la siguiente actividad:

De acuerdo a lo leído en los textos de la bibliografía, explique cuáles son los factores externos e internos que desatan la llamada “crisis de la deuda”.


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