René guénon la gran tríada




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CAPÍTULO XIII
EL SER Y EL MEDIO

En la naturaleza individual de todo ser, hay dos elementos de orden diferente, que conviene distinguir bien, señalando para ello sus relaciones de una manera tan precisa como sea posible; en efecto, esta naturaleza individual procede en primer lugar de lo que el ser es en sí mismo, y que representa su lado interior y activo, y después, secundariamente, del conjunto de las influencias del medio en el que se manifiesta, que representan su lado exterior y pasivo. Para comprender cómo la constitución de la individualidad (y debe entenderse bien que aquí se trata de la individual integral, de la que la modalidad corporal no es más que la parte más exterior) es determinada por la acción del primero de estos dos elementos sobre el segundo, o, en términos alquímicos, cómo la Sal resulta de la acción del Azufre sobre el Mercurio, podemos servirnos de la representación geométrica a la que acabamos de hacer alusión cuando hemos hablado del rayo luminoso y de su plano de reflexión1; y, para eso, debemos referir el primer elemento al sentido vertical, y el segundo al sentido horizontal. En efecto, la vertical representa entonces lo que liga entre sí a todos los estados de manifestación de un mismo ser, y que es necesariamente la expresión de ese ser mismo, o, si se quiere, de su «personalidad», es decir, la proyección directa por la que ésta se refleja en todos los estados, mientras que el plano horizontal representará el dominio de un cierto estado de manifestación, considerado aquí en el sentido «macrocósmico»; por consiguiente, la manifestación del ser en ese estado estará determinada por la intersección de la vertical considerada con este plano horizontal.

Dicho esto, es evidente que el punto de intersección no es cualquiera, sino que, él mismo, está determinado por la vertical de que se trata, en tanto que ésta se distingue de toda otra vertical, es decir, en suma, por el hecho de que ese ser es lo que es, y no lo que es algún otro ser cualquiera que se manifiesta igualmente en el mismo estado. En otros términos, se podría decir que es el ser el que, por su naturaleza propia, determina él mismo las condiciones de su manifestación, bajo la reserva, bien entendido, de que esas condiciones no podrán ser en todo caso más que la especificación de las condiciones generales del estado considerado, puesto que su manifestación debe ser necesariamente un desarrollo de posibilidades contenidas en ese estado, a exclusión de las que pertenecen a otros estados; y esta reserva está marcada geométricamente por la determinación preliminar del plano horizontal.

Por consiguiente, el ser se manifestará revistiéndose, por así decir, de elementos tomados al ambiente, y cuya «cristalización» estará determinada por la acción, sobre este ambiente, de su propia naturaleza interna (que, en sí misma, debe ser considerada como de orden esencialmente supraindividual, así como lo indica el sentido vertical según el cual se ejerce su acción); en el caso del estado individual humano, estos elementos pertenecerán naturalmente a las diferentes modalidades de este estado, es decir, a la vez al orden corporal y al orden sutil o psíquico. Este punto es particularmente importante para descartar algunas dificultades que no se deben más que a concepciones erróneas o incompletas: en efecto, si por ejemplo se traduce esto más especialmente en términos de «herencia», se podrá decir que no solo hay una herencia fisiológica, sino también una herencia psíquica, y que la una y la otra se explican exactamente de la misma manera, es decir, por la presencia, en la constitución del individuo, de elementos tomados al medio especial donde su nacimiento ha tenido lugar. Ahora bien, en Occidente, algunos se niegan a admitir la herencia psíquica, porque, al no conocer nada más allá del dominio al que ella se refiere, creen que este dominio debe ser el que pertenece en propiedad al ser mismo, el que representa lo que él es independientemente de toda influencia del medio. Otros, que admiten al contrario esta herencia, creen poder concluir de ello que el ser, en todo lo que él es, está enteramente determinado por el medio, que no es ni más ni menos que lo que el medio le hace ser, porque ya no conciben tampoco nada fuera del conjunto de los dominios corporal y psíquico. Así pues, en eso se trata de dos errores opuestos en cierto modo, pero que tienen una sola y misma fuente: los unos y los otros reducen el ser entero únicamente a su manifestación individual, e ignoran igualmente todo principio transcendente en relación a ésta. Lo que está en el fondo de todas estas concepciones modernas del ser humano, es siempre la idea de la dualidad cartesiana «cuerpo-alma»1, que, de hecho, equivale pura y simplemente a la dualidad de lo fisiológico y de lo psíquico, considerada indebidamente como irreductible, de alguna manera última, y como comprendiendo a todo el ser en sus dos términos, mientras que, en realidad, éstos no representan más que los aspectos superficiales y exteriores del ser manifestado, y mientras que no son más que simples modalidades que pertenecen a un solo y mismo grado de existencia, el que figura el plano horizontal que hemos considerado, de suerte que el uno no es menos contingente que el otro, y que el ser verdadero está más allá tanto de uno como de otro.

Para volver a la herencia, debemos decir que no expresa integralmente las influencias del medio sobre el individuo, sino que constituye solo su parte más inmediatamente aprehensible; en realidad, estas influencias se extienden mucho más lejos, y se podría decir incluso, sin ninguna exageración y de la manera más literalmente exacta, que se extienden indefinidamente en todos los sentidos. En efecto, el medio cósmico, que es el dominio del estado de manifestación considerado, no puede ser concebido más que como un conjunto cuyas partes están ligadas todas entre sí, sin ninguna solución de continuidad, ya que concebirle de otro modo equivaldría a suponer en él un «vacío», mientras que este «vacío», al no ser una posibilidad de manifestación, no podría tener ningún lugar en él1. Por consiguiente, debe haber necesariamente relaciones, es decir, en el fondo, acciones y reacciones recíprocas, entre todos los seres individuales que están manifestados en ese dominio, ya sea simultáneamente, o ya sea sucesivamente2; del más cercano al más lejano (y esto debe entenderse tanto en el tiempo como en el espacio), no es en suma más que una cuestión de diferencia de proporciones o de grados, de suerte que la herencia, cualquiera que pueda ser su importancia relativa en relación a todo lo demás, ya no aparece ahí más que como un simple caso particular.

En todos los casos, ya se trate de influencias hereditarias u otras, lo que hemos dicho primeramente permanece siempre igualmente verdadero: puesto que la situación del ser en el medio está determinada en definitiva por su naturaleza propia, los elementos que toma a su ambiente inmediato, y también los que atrae en cierto modo a él de todo el conjunto indefinido de su dominio de manifestación (y esto, bien entendido, se aplica tanto a los elementos de orden sutil como a los de orden corporal), deben estar necesariamente en correspondencia con esa naturaleza, sin lo cual no podría asimilarlos efectivamente para hacer de ellos como otras tantas modificaciones secundarias de sí mismo. Es en esto en lo que consiste la «afinidad» en virtud de la cual el ser, se podría decir, no toma del medio más que lo que es conforme a las posibilidades que lleva en él, que son las suyas propias y que no son las de ningún otro ser, es decir, no toma más que lo que, en razón de esta conformidad misma, debe proporcionar las condiciones contingentes que permitan a estas posibilidades desarrollarse o «actualizarse» en el curso de su manifestación individual1. Por lo demás, es evidente que toda relación entre dos seres cualesquiera, para ser real, debe ser forzosamente la expresión de algo que pertenece a la vez a la naturaleza del uno y del otro; así, la influencia que un ser parece sufrir desde afuera y recibir de otro que él no es nunca verdaderamente, cuando se la considera desde un punto de vista más profundo, más que una suerte de traducción, en relación al medio, de una posibilidad inherente a la naturaleza propia de ese ser mismo2.

Sin embargo, hay un sentido en el que se puede decir que el ser sufre verdaderamente, en su manifestación, la influencia del medio; pero es solo en tanto que esta influencia se considera por su lado negativo, es decir, en tanto que constituye propiamente, para ese ser, una limitación. Eso es una consecuencia inmediata del carácter condicionado de todo estado de manifestación: el ser se encuentra en él sometido a algunas condiciones que tienen un papel limitativo, y que comprenden primeramente las condiciones generales que definen el estado considerado, y después las condiciones especiales que definen el modo particular de manifestación de ese ser en ese estado. Por lo demás, es fácil comprender que, cualesquiera que sean las apariencias, la limitación como tal no tiene ninguna existencia positiva, que no es nada más que una restricción que excluye algunas posibilidades, o una «privación» en relación a lo que excluye así, es decir, de cualquier manera que se quiera expresar, no es más que algo puramente negativo.

Por otra parte, debe entenderse bien que tales condiciones limitativas son esencialmente inherentes a un cierto estado de manifestación, que se aplican exclusivamente a lo que está comprendido en ese estado, y que, por consiguiente, no podrían vincularse de ninguna manera al ser mismo y seguirle a otro estado. Para manifestarse en éste, el ser encontrará naturalmente también algunas condiciones que tendrán un carácter análogo, pero que serán diferentes de aquellas a las que estaba sometido en el estado que hemos considerado en primer lugar, y que nunca podrán ser descritas en términos que convengan únicamente a estas últimas, como los del lenguaje humano, por ejemplo, que no pueden expresar otras condiciones de existencia que las del estado correspondiente, puesto que este lenguaje se encuentra en suma determinado y como confeccionado por estas condiciones mismas. Insistimos en ello porque, si se admite sin gran dificultad que los elementos sacados del ambiente para entrar en la constitución de la individualidad humana, lo que es propiamente una «fijación» o una «coagulación» de estos elementos, deben serle restituidos, por «solución», cuando esta individualidad ha terminado su ciclo de existencia y cuando el ser pasa a otro estado, así como todo el mundo puede constatarlo, por lo demás, directamente, al menos en lo que concierne a los elementos de orden corporal1, parece menos simple admitir, aunque las dos cosas estén ligadas no obstante bastante estrechamente en realidad, que el ser sale entonces enteramente de las condiciones a las que estaba sometido en ese estado individual2; y esto se debe sin duda sobre todo a la imposibilidad, no ciertamente de concebir, sino de representarse condiciones de existencia diferentes de éstas, y para las que no se podría encontrar en este estado ningún término de comparación.

Una aplicación importante de lo que acabamos de indicar es la que se refiere al hecho de que un ser individual pertenezca a una cierta especie, tal como la especie humana por ejemplo: hay evidentemente en la naturaleza misma de este ser algo que ha determinado su nacimiento en esta especie más bien que en cualquier otra3; pero, por otra parte, se encuentra desde entonces sometido a las condiciones que expresa la definición misma de la especie, y que estarán entre las condiciones especiales de su modo de existencia en tanto que individuo; éstos son, se podría decir, los dos aspectos positivo y negativo de la naturaleza específica, positivo en tanto que dominio de manifestación de algunas posibilidades, negativo en tanto que condición limitativa de existencia. Únicamente, lo que es menester comprender bien, es que solo en tanto que individuo manifestado en el estado considerado el ser pertenece efectivamente a la especie en cuestión, y que, en cualquier otro estado, se le escapa enteramente y no permanece ligado a él de ninguna manera. En otros términos, la consideración de la especie se aplica únicamente en el sentido horizontal, es decir, en el dominio de un cierto estado de existencia; no puede intervenir de ninguna manera en el sentido vertical, es decir, cuando el ser pasa a otros estados. Bien entendido, lo que es verdadero a este respecto para la especie lo es también, con mayor razón, para la raza, para la familia, en una palabra para todas las porciones más o menos restringidas del dominio individual en las que el ser, por las condiciones de su nacimiento, se encuentra incluido en cuanto a su manifestación en el estado considerado1.

Para terminar estas consideraciones, diremos algunas palabras de la manera en que, según lo que precede, se puede considerar lo que se llama las «influencias astrales»; y primeramente, conviene precisar que por ello no debe entenderse exclusivamente, y ni siquiera principalmente, las influencias propias de los astros cuyos nombres sirven para designarlas, aunque estas influencias, como las de todas las cosas, tengan sin duda también su realidad en su orden, sino que esos astros representan, sobre todo simbólicamente, lo que no quiere decir «idealmente» o por alguna otra manera de hablar más o menos figurada, sino al contrario, en virtud de correspondencias efectivas y precisas fundadas sobre la constitución misma del «macrocosmo», la síntesis de todas las diversas categorías de influencias cósmicas que se ejercen sobre la individualidad, y cuya mayor parte pertenece propiamente al orden sutil. Si se considera, como se hace más habitualmente, que estas influencias dominan la individualidad, eso no es más que el punto de vista más exterior; en un orden más profundo, la verdad es que, si la individualidad está en relación con un conjunto definido de influencias, es porque es ese conjunto mismo el que es conforme a la naturaleza del ser que se manifiesta en esa individualidad. Así, si las «influencias astrales» parecen determinar lo que es el individuo, no obstante eso no es más que la apariencia; en el fondo, no le determinan, sino que solo le expresan, en razón del acuerdo o de la armonía que debe existir necesariamente entre el individuo y su medio, y sin lo cual ese individuo no podría realizar de ningún modo las posibilidades cuyo desarrollo constituye el curso mismo de su existencia. La verdadera determinación no viene de afuera, sino del ser mismo (lo que equivale a decir en suma que, en la formación de la Sal, es el Azufre el que es el principio activo, mientras que el Mercurio no es más que el principio pasivo), y los signos exteriores solo permiten discernirla, dándole en cierto modo una expresión sensible, al menos para aquellos que sepan interpretarlos correctamente1. De hecho, esta consideración no modifica ciertamente en nada los resultados que se pueden sacar del examen de las «influencias astrales»; pero, desde el punto de vista doctrinal, nos parece esencial para comprender el verdadero papel de éstas, es decir, en suma, la naturaleza real de las relaciones del ser con el medio en el que se cumple su manifestación individual, puesto que lo que se expresa a través de esas influencias, bajo una forma inteligiblemente coordinada, es la multitud indefinida de los elementos diversos que constituyen este medio todo entero. Aquí no insistiremos más en ello, ya que pensamos haber dicho bastante al respecto como para hacer comprender cómo todo ser individual participa en cierto modo de una doble naturaleza, que, según la terminología alquímica, se puede decir «sulfurosa» en cuanto a lo interior y «mercurial» en cuanto a lo exterior; y es esta doble naturaleza, plenamente realizada y perfectamente equilibrada en el «hombre verdadero», la que hace efectivamente de éste el «Hijo del Cielo y de la Tierra», y la que, al mismo tiempo, le hace apto para desempeñar la función de «mediador» entre estos dos polos de la manifestación.
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