Tensión superficial james blish




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Tensión superficial




JAMES BLISH



El doctor Chatvieux se pasaba las horas sobre el microscopio, dejando a La Ventura sin otra ocupación que la de contemplar el muerto paisaje de Hydrot. Mejor seria llamarlo marina, pensó, pues el nuevo mundo sólo presentaba un pequeño conti­nente triangular plantado en medio del océano infinito, e incluso este breve territo­rio estaba en gran parte inundado.

Los restos de la nave repobladora yacían rotos sobre el único rastro de roca que Hydrot parecía poseer, y que se elevaba a unos majestuosos siete metros por encima del mar. Desde esta eminencia. La Ventura podía ver a cuarenta millas de distancia por encima de un llano fangoso. La roja luz de la estrella Tau Ceti, titilando sobre mi­llares de pequeños lagos, lagunas, estan­ques y charcos, convertía la inundada lla­nura en un mosaico de ónice y rubí.

Si fuese un hombre religioso - dijo, de pronto, el piloto -, llamaría a esto un caso claro de venganza divina. Chatvieux emitió un pequeño gruñido interrogador.

- Es como si hubiésemos sido derribados por nuestra orgullosa arrogancia.

- ¿Lo cree así? - dijo Chatvieux, levan­tando al fin la vista -. Yo no me sentía, precisamente, henchido de orgullo en ese momento. ¿Y usted?

- Tampoco estoy muy orgulloso de mi pilotaje - admitió La Ventura -. Pero no me refiero a eso, sino, ante todo, al porqué vinimos aquí. Supone mucho orgullo el creer que uno puede sembrar hombres, o al menos cosas parecidas a hombres, por toda la faz de la Galaxia. Y se necesita aún más orgullo para hacerlo... para cargar con todo el equipo de ir de planeta en planeta e in­cluso fabricar los hombres adecuados a cada lugar en que tocamos.

- Creo que así es - dijo Chatvieux. - Pero sólo somos una entre los centenares de naves repobladoras que recorren este extremo de la Galaxia, y dudo que los dioses nos eligiesen como más pecadores - sonrió secamente -. Si así fuese, acaso nos hubiesen dejado el ultrafono, para que el Consejo de Colonización pudiese enterarse de nuestro percance. Además, Paul, tratamos de producir hombres adaptados a planetas del tipo terrestre, y no otra cosa. Tenemos suficiente sentido (humildad sufi­ciente, si lo prefiere), para saber que no podemos adaptar hombres a Júpiter o a Tau Ceti.

- Sea como sea, aquí estamos - dijo La Ventura con acento sombrío -. Y no vamos a salir de ésta. Phil me dice que ni siquiera tenemos ya nuestro banco de cé­lulas embrionarias, de modo que no podre­mos sembrar este sitio como de costumbre. Hemos sido arrojados a un mundo muerto y condenados a adaptarnos a él. ¿Qué van a hacer los panátropos... proporcionarnos aletas?

- No - dijo Chatvieux con toda calma -. Usted, yo y los demás vamos a morir. Las técnicas panatrópicas no pueden actuar sobre el cuerpo, solamente sobre los fac­tores portadores de la herencia. No podemos darle a usted alas como no podemos darle un nuevo cerebro. Creo que seremos capaces de poblar este mundo de hombres, pero no de vivir para verlo.

El piloto reflexionó sobre ello, mientras un nudo de fríos gemidos se le acumulaba en el estómago.

- ¿Cuánto tiempo nos concede? - dijo al fin.

- ¿Quién sabe? Un mes, quizás.

El amparo que conducía a la parte ave­riada de la nave estaba descorrido y dejaba penetrar un aire salino y húmedo, cargado de bióxido de carbono. Philip Strasvogel, el oficial de comunicaciones, entró dejando un rastro de barro. Como La Ventura, era ahora un hombre sin funciones, pero esto no parecía preocuparle. Se desabrochó un cinturón de lona que llevaba frascos de plástico en vez de cartuchos.

- Más muestras, doctor - dijo -; siem­pre lo mismo... agua y humedad. Hoy traigo también arena movediza en una bota. ¿Encontró algo?

- Mucho, Phil. Gracias. ¿Están los otros por ahí?

Strasvogel sacó la cabeza y llamó. Varias voces respondieron desde el llano fangoso. Minutos después, el resto de los supervi­vientes estaba reuniéndose en la cubierta del panátropo: Saltonstalí, primer ayudante de Chatvieux; Eunice Wagner, la única ecóloga que les quedaba; Eleftherios Vene­zuelos, delegado del Consejo de Colonización; y Joan Heath, un miembro de la tri­pulación cuyos deberes, como los de La Ventura y Strasvogel, carecían ya de sentido.

Cinco hombres y dos mujeres... para co­lonizar un planeta en el que estar de pie suponía pisar agua.

Entraron en silencio y buscaron asientos o lugares donde acomodarse, en los bordes de las mesas, por los rincones...

- ¿Cuál es su veredicto, doctor Chat­vieux? - dijo Venezuelos.

- Este lugar no está muerto - afirmó Chatvieux -. Hay vida tanto en el mar como en el agua dulce. En ésta, la evolución animal parece haberse detenido en los crustáceos; la forma más adelantada que he encontrado es un pequeño cangrejo de uno de los riachuelos... Estanques y charcos están bien provistos de protozoos y peque­ños metazoarios, con una maravillosamente variada población de infusorios... incluso un constructor de castillos del tipo de los floscularidae terrestres. Las plantas van desde las simples algas a las especies del tipo thallus.

- En el mar ocurre aproximadamente igual - dijo Eunice -. He encontrado al­gunos de los mayores metazoarios simples

- medusas y otros semejantes - y algunos cangrejos casi tan grandes como langostas. Pero es normal que las especies de agua salada sean más grandes que las de agua dulce.

- En resumen - dijo Chatvieux - que sobreviviremos aquí..., si luchamos.

- Un momento - intervino La Ven­tura -. Acaba de decirme que no podríamos sobrevivir. Y estaba hablando de nosotros, no de la especie, porque ya no tenemos ban­cos de células. Entonces...

- Enseguida volveremos sobre eso - dijo Chatvieux -. Saltonstall, ¿qué le parece si utilizáramos el mar? Ya salimos de él una vez; quizá podamos repetirlo.

- No lo creo - dijo inmediatamente Saltonstall -. Me gusta la idea, pero no creo que este planeta haya oído hablar nunca de Swinburne ni de Homero. Considerán­dolo como un problema de colonización, como si no nos afectase personalmente, yo no confiaría en su epí oinoma ponton. La presión evolutiva es allí demasiado alta; la competencia de las otras especies resulta prohibitiva. Repoblar el mar es lo último que debiéramos intentar. Los colonos no tendrían la menor oportunidad de aprender antes de verse destruidos.

- ¿Por qué? - dijo La Ventura. El frío de su estómago se estaba haciendo difícil de aplacar.

- Eunice, ¿hay entre sus celenterios de altura alguno semejante al «buque de gue­rra» portugués?

La ecóloga asintió.

- Ahí tiene la respuesta, Paul - dijo Saltonstall -. El mar queda descartado. Tiene que ser agua dulce, donde los seres con quienes competir son menos poderosos y hay más lugares para ocultarse

No podemos competir con una medusa preguntó La Ventura, tragando saliva

No Paul dijo Chatvieux , los panátropos fabrican adaptaciones no dioses Toman células embrionarias humanas en este caso las nuestras ya que nuestro banco quedo destruido en la caída y las modífican para conseguir criaturas que puedan vivir en cualquier medio razonable. Los resultados son humanos e inteligentes. Además, suelen mostrar el tipo de persona­lidad del donante. Pero izo podemos trans­mitir la memoria. El hombre adaptado es peor que un niño en su nuevo ambiente. Carece de historia, de técnica, de prece­dentes incluso de lenguaje. Ordinariamente, los equipos de repoblación los llevan du­rante algún tiempo a la escuela elemental antes de abandonar el planeta; pero noso­tros no vamos a sobrevivir lo suficiente para hacerlo. Tendremos que proyectar a nuestros colonos con el máximo de protecciones autónomas y situarlos en el medio más favo­rable posible, para que al menos algunos de ellos sobrevivan al proceso de aprendi­zaje.

El piloto reflexionó sobre ello, pero no se le ocurrió nada que no hiciese parecer el desastre más real e íntimo a cada segundo que pasaba

- Una de las nuevas criaturas, puede tener mi personalidad, pero no será capaz7 de recordar que he existido. ¿No es así.

- Exactamente. Acaso pueden haber dé­biles residuos... La panatropía nos ha pro­porcionado algunos datos que parece5 apoyar la vieja teoría jungiana de la memoria ancestral Pero todos nosotros vamos a morir en Hydrot, Paul. Esto es inevitable. Vamos a dejar a unas gentes que sé condu­cirán pensarán y sentirán como lo haríamos nosotros, pero que no recordarán a La Ventura ni a Chatvieux ni a Joan Heath... ni a la Tierra.

El piloto no añadió palabra. Tenía en la boca un amargo regusto.

- Saltonstall ¿qué recomienda usted en cuanto a la forma?

El panatropista se pellizcó reflexivamente la nariz.

- Desde luego, extremidades membra­nosas, con dedos fuertes y en púa como defensa hasta que la criatura tenga ocasión de aprender. Pulmones como los de los arácnidos, funcionando por espiráculos in­tercostales... Son gradualmente adaptables a la respiración atmosférica, por si alguna vez deciden abandonar el agua. También recomendaría la esporulación. Como animal acuático nuestro colono va a tener un período de vida indefinido; pero hemos de darle un ciclo natal de unas seis semanas a fin de conservar su número durante el pe­ríodo de aprendizaje. A la vez, debe haber una interrupción de cierta duración en su actividad anual. De otro modo, tendrían que enfrentarse con el problema de la po­blación antes de haber aprendido lo sufi­ciente para solucionarlo.

También seria conveniente que nues­tros colonos pudiesen invernar dentro de una fuerte concha - añadió Eunice Wagner asintiendo -. De modo que la esporula­ción es el mejor sistema. La mayoría de las criaturas microscópicas la tienen

- ¿Microscópica? - dijo Phil incrédulo.

- Naturalmente - repuso Chatvieux, divertido -. No podemos meter a un hombre de uno ochenta en una charca de sesenta centímetros. Pero esto suscita otro problema. Vamos a tener una fuerte competencia de los infusorios, y algunos de ellos no son estrictamente microscópicos. No creo que su colono medio deba tener menos de veinticinco micrones, Saltonstalí. Deles una oportunidad de vapulearlos.

- Pensaba hacerlos doble de ese tamaño.

- Entonces serían los seres más grandes de su medio - señaló Eunice Wagner -, y no llegarían a adquirir la menor destreza. Además, haciéndolos de un tamaño seme­jante al del infusorio, esto les dará un incentivo para expulsar a los constructores de castillos.

- Podrán apoderarse de los castillos como vivienda.

- De acuerdo - asintió Chatvieux -, empecemos. Mientras se calibran los paná­tropos, los demás podemos pensar el men­saje que vamos a dejar a esas gentes. Los micrograbaremos en una serie de planchas metálicas a prueba de corrosión, de un tamaño que nuestros colonos puedan ma­nejar fácilmente. Algún día podrán desci­frarlas.

- Una pregunta - dijo Eunice Wagner-. ¿Vamos a decirles que son microscópicos? Yo me opongo. Eso unciría toda su historia primitiva a una mitología de dioses y de­monios sin la que vivirán mucho mejor.

Sí, se lo diremos - afirmó Chatvieux; y La Ventura advirtió en el cambio de tono que ahora hablaba como su superior -. Esas gentes serán de nuestra especie, Eunice. Queremos que sean capaces de abrirse de nuevo camino hasta la comunidad hu­mana. No son juguetes a los que haya que proteger para siempre de la verdad en un vientre de agua dulce.

- Daré a esto carácter oficial - dijo Venezuelos; y eso fue todo.

Lo esencial estaba decidido. Se pusieron en movimiento. Empezaban a tener hambre. Cuando La Ventura tuvo registrado su tipo de personalidad, quedó fuera del asunto. Se sentó solo en el extremo más lejano del arrecife, observando la puesta rojiza de Tau Ceti, arrojando guijarros al estanque más cercano y preguntándose mo­rosamente qué charca sin nombre sería su Leteo.

Naturalmente, no llegó a saberlo. Ni nin­guno de ellos.

I

El viejo Shar apartó al fin su vista de la pesada placa metálica y miró por la ventana del castillo, dejando en apariencia que sus ojos descansasen en la oscuridad con re­flejos auriverdosos de las aguas estivales. En la suave fluorescencia que caía sobre él, del Nocticulo que dormitaba impasible en la aristada bóveda de la cámara, Lavaron podía ver que era en realidad un hombre joven. Su rostro estaba tan delicadamente formado como para sugerir que no hablan pasado por él muchas estaciones desde que surgió de su espora.

Desde luego, no había ninguna raz6n para que fuese un viejo. A todos los Shar se les había denominado tradicionalmente Viejo Shar. La razón, como las de todo lo demás, se había olvidado, pero la cos­tumbre persistía, y al menos el adjetivo daba peso y dignidad al cargo.

El presente Shar pertenecía a la genera­ción XVI, y por tanto, tenía que ser cuando menos dos estaciones más joven que Lavon. Si era viejo, lo era tan sólo en el saber.

- Lavon, voy a tener que ser franco contigo - dijo Shar al cabo, todavía mi­rando por la alta e irregular ventana -. Has venido hasta mí en busca de los se­cretos de las placas metálicas, como tus predecesores vinieron a los míos. Puedo confiaros algunos de ellos... pero la mayor parte ignoro lo que significan.

- ¿Al cabo de tantas generaciones? - se sorprendió Lavon -. ¿No fue Shar III quien primero descubrió el modo de leerlas? Y eso pasó hace mucho tiempo.

El joven se volvió y miró a Lavon con ojos a los que hacían oscuros e insondables las profundidades que habían estado contemplando.

- Puedo leer lo escrito en las placas, pero la mayor parte de ello parecer carecer de sentido. Y lo peor es que están incom­pletas. ¿No lo sabías? Una de ellas se perdió en la lucha, durante la guerra final con los - Devoradores, mientras estos castillos esta­ban todavía en sus manos.

- Entonces, ¿para qué sigo aquí? - dijo Lavon -. ¿No queda nada de valor en las restantes placas? ¿Contienen realmente «la sabiduría de los Creadores» o es sólo otro mito?

- No, no; eso es cierto - dijo Shar con voz lenta - valga lo que valga.

Hizo una pausa, y ambos hombres se volvieron y contemplaron a la fantasmal criatura que había aparecido do pronto al otro lado de la ventana. Después, Shar dijo gravemente:

- Entra, Para.

El organismo en forma de chinela, casi transparente a no ser por los millares de gránulos negro y plata y las espumosas burbujas que almacenaba en su interior, se deslizó en la cámara y revoloteó, con un mudo aleteo de cilios. Permaneció un momento silencioso, probablemente ha­blando telepáticamente con el Noc que flo­taba en la bóveda, al modo ceremonioso de los protozoarios. Ningún humano había interceptado nunca uno de estos coloquios, pero no cabía duda de su realidad: los hu­manos los habían utilizado durante gene­raciones para las comunicaciones a larga distancia.

Después, los cilios de Para zumbaron una vez más. Cada excrecencia en forma de cabello vibraba a velocidad propia y cam­biante; y las ondas de sonido resultantes se difundían por el agua, intermodulándose, reforzándose o anulándose mutuamente. El agregado de ondas, cuando llegaba a alcanzar los oídos humanos, era lenguaje inteligible.

- Hemos llegado según la costumbre.

- Bienvenidos - dijo Shar -. Lavon, dejemos este asunto de las placas hasta que oigamos lo que Para tiene que decimos; forma parte del saber que los Lavon deben tener cuando llegan a la mayoría de edad, y es anterior a las placas. Puedo darte al­gunos indicios de lo que somos; pero antes Para debe decirte algo de lo que no somos.

Lavon asintió, y observó al pronto mien­tras éste se posaba suavemente en la super­ficie de la mesa labrada en la que Shar había estado sentado. Había en aquel ser tal perfección y economía orgánicas, tal gracia y seguridad de movimientos, que apenas podía creer en su propia y recién adquirida madurez. Para, como todos los

protos, le hacía sentirse, no, quizá, pobre­mente ideado, pero al menos incompleto.

- Sabemos que en este universo no existe lógicamente lugar para el hombre - pro­rrumpió bruscamente el esplendente cilin­dro, ahora inmóvil sobre la mesa -. Nuestra memoria es propiedad común de todas nuestras razas. Alcanza al tiempo en que no había aquí tales criaturas. Recuerda también que cierto día las hubo de pronto, y más de una. Sus esporas cubrieron el fondo; las encontramos poco después de nuestro despertar estacional, y en ellas vimos latentes las formas de los hombres. Después, los hombres rompieron sus espo­ras y salieron de ellas. Eran inteligentes y activos, y se hallaban dotados de un rasgo, de un carácter no poseído por ninguna otra criatura de este mundo. Ni siquiera los sal­vajes Devoradores lo tenían. Los hombres nos organizaron para exterminar a los De­voradores, y eso es lo que los caracterizaba:

tenían iniciativa. Conocemos la palabra, porque vosotros nos la enseñasteis, y la aplicamos, pero aún no sabemos qué es lo que designa.

- Combatisteis junto a nosotros - dijo Lavon.

- Del mejor grado. Nunca hubiésemos pensado en esta guerra por nosotros mismos, pero era justa y salió bien. Pero seguíamos desconcertados. Veíamos que los hombres eran torpes nadando, caminando, reptando y trepando; que estaban hechos para fabri­car y utilizar herramientas, un concepto que aún no comprendemos, porque tan maravilloso don se desperdicia casi por completo en este universo, y no existe otro. ¿De qué sirven unos miembros como las manos del hombre? No lo sabemos. Parece claro que algo tan radical debería conducir a un dominio sobre el mundo mucho mayor que el que, de hecho, se ha demostrado ser posible para los hombres.

A Lavon le daba vueltas la cabeza.

- Para, no sabía que tus gentes fuesen filósofos.

- Los protos son muy viejos - dijo Shar. Se había vuelto de nuevo a mirar por la ventana, con las manos enlazadas a la es­palda -. No son filósofos, Lavon, pero sí unos lógicos impenitentes. Escucha a Para.

- Este razonamiento no podía tener más que una salida - dijo Para -. Nuestro extraño aliado, el hombre, era distinto a cuanto hay en este universo. Era y es. Estaba y está mal adaptado a él. No per­tenece a él; ha sido... adoptado. Esto nos lleva a pensar que hay otros universos además de éste, pero es imposible imaginar dónde pueden estar y cuáles pueden ser sus propiedades, sus características. Como bien saben los hombres, carecemos de imagina­ción.

¿Estaba ironizando aquella criatura? Lavon no podía afirmarlo. Dijo pensativo:

- ¡Otros universos! ¿Cómo es posible?

- No lo sabemos - susurró la voz mo­nótona de Para. Lavon esperó, pero al pa­recer el proto no tenía más que decir.

Shar había vuelto a sentarse en el ante­pecho, abrazando sus rodillas, observando el ir y venir de vagas formas en el abismo iluminado.

- Es muy cierto - dijo -. Lo escrito en las placas que quedan lo deja bien claro. Permíteme decirte ahora lo que allí se lee.

- Fuimos creados, Lavon. Fuimos hechos por hombres que no eran como nosotros, pero que, no obstante, fueron nuestros antepasados. Víctimas de algún desastre, nos crearon y pusieron aquí, en nuestro universo, para que, aunque ellos tuvieran que morir, la raza de los hombres sobrevi­viese.

Lavon se incorporó de la estera de espi­rogiras sobre la que había estado sentado.

- ¡Me tomas por tonto! - dijo con acritud.

- No. Eres nuestro Lavon; tienes derecho a conocer los hechos. Después, haz de ellos lo que quieras - Shar volvió a introducir en la cámara sus pies membranosos -. Lo que te he dicho puede ser difícil de creer, pero parece cierto; y lo que Para dice lo respalda. Nuestra inadecuación para vivir aquí es evidente. Te daré algunos ejemplos:

Los últimos cuatro Shar descubrieron que no adelantaremos en nuestros estudios hasta que aprendamos a controlar el calor. Hemos producido químicamente calor suficiente para demostrar que incluso el agua que nos rodea cambia cuando la temperatura llega a ser lo bastante alta. Pero ahí estamos detenidos.

- ¿Por qué?

- Porque el calor producido en el agua libre es arrastrado tan rápidamente como se produce. Una vez tratamos de encerrar ese calor, y lo que conseguimos fue hacer saltar todo un conducto del castillo y matar cuanto se hallaba a su alcance. El golpe fue terrible. Medimos las presiones que suponía aquella explosión y descubrimos que ninguna sus­tancia de las que conocemos podría haberla resistido. La teoría sugiere sustancias más fuertes... ¡pero necesitamos calor para pro­ducirlas!

» Piensa en nuestra química. Vivimos en el agua. Todo parece disolverse en ella, en cierta medida. ¿Cómo limitar un experi­mento químico al crisol en que lo ence­rramos? ¿Cómo mantener una solución en una disolución? No lo sé. Todos los cami­nos me llevan al mismo muro de piedra.

Somos criaturas pensantes, Lavon; pero existe algo totalmente erróneo en nuestro modo de pensar sobre este universo en que vivimos. Por eso no parece llevamos a nin­gún resultado.

Lavon se echó hacia atrás la flotante cabellera: «Quizás estés pensando en resul­tados irrazonables. No hemos tenido pro­blemas con la guerra, las cosechas u otras cosas prácticas de este tipo. Si no podemos producir mucho calor, la verdad es que la mayoría de nosotros no lo echaremos de menos; no nos hace falta para nada. ¿Cómo se supone que es el otro universo, el que habitaron nuestros antepasados? ¿Aventaja en algo a este nuestro?

- No lo sé - admitió Shar -. Era tan diferente que resulta difícil compararlos. Las placas de metal hablan de hombres que viajaban de un lado para otro dentro de un recipiente que se movía por sí solo. La única analogía que se me ocurre son las chalupas de concha de diatomeas que nuestros peque­ños utilizan para resbalar por el termoclinal; pero, evidentemente, se refiere a algo mucho más grande.

» Me imagino una enorme chalupa, ce­rrada por todos lados, y lo bastante grande para contener a muchas personas... quizá veinte o treinta. Tenía que viajar durante generaciones por alguna clase de espacio en el que no había agua para respirar, de modo que los ocupantes habían de llevar su propia agua y renovarla constantemente. No existían estaciones, ni cambio anual, ni formación de hielo en el cielo por tratarse de una chalupa cerrada; ni formación de esporas... Entonces, la chalupa se averié por alguna circunstancia. Sus ocupantes sabían que iban a morir. Nos crearon y nos pusieron aquí, como si fuésemos sus hijos. Porque iban a morir, escribieron su historia en las placas, para contarnos lo sucedido. Creo que lo comprenderíamos mejor si poseyésemos la lámina Sahr III, perdida durante la guerra, pero desgracia­damente no es así.

- Todo eso suena a parábola - dijo Lavon, encogiéndose de hombros -. O a canción. No veo por qué no lo entiendes. Lo que no comprendo es por qué te moles­tas en probar.

- Por las placas - dijo Shar -. Tú mismo las has manejado y sabes que no poseemos nada parecido. Tenemos metales toscos e impuros que hemos trabajado a golpes, metales que duran poco tiempo. Pero las placas siguen brillando generación tras generación. No cambian; nuestros mar­tillos y herramientas de grabar se rompen contra ellas; el poco calor que podemos generar no llega a afectarías. Esas placas

no fueron hechas para nuestro universo... y ese solo hecho hace que cada una de sus palabras sea importante para mí. Alguien se esforzó por hacer esas placas indestruc­tibles para legárnoslas. Alguien para quien la palabra «estrella» era lo bastante im­portante para repetirla catorce veces, a pesar de que no parece tener significado. Estoy dispuesto a pensar que si nuestros creadores repitieron la palabra aunque no fuese más que dos veces en un documento que parece capaz de durar siempre, es im­portante para nosotros saber lo que signi­fica.

Lavon se puso en pie.

- Todos esos universos exteriores y enormes chalupas y palabras sin sentido... no puedo decir que no existan, pero no veo qué pueden importamos. Los Shars de hace algunas generaciones pasaban su vida en conseguir mejores cosechas de algas para nosotros, y enseñándonos cómo cultivarlas en vez de vivir azarosamente de las bacte­rias. Eso si era un trabajo que valía la pena. Los Lavon de aquellos tiempos salieron adelante sin las placas metálicas, y procu­raron que los Shars saliesen también. En cuanto a mí, disponed de ellas, si las prefe­rís a la mejora de las cosechas... pero creo que deben ser desechadas.

- Muy bien - dijo Shar encogiéndose de hombros -. Si no las queréis, esto pone fin a la tradicional entrevista. Vamos a...

Se alzó un rumor sobre la mesa. El Para estaba levantándose, con oleadas de emo­ción cruzando sus cilios, como las olas que recorrían los fructíferos tallos de los cam­pos de delicados hongos de que estaba plantado el fondo. Había permanecido tan en silencio que Lavon lo había olvidado; y el sobresalto de Shar le indicó que otro tanto le había ocurrido a él.

- Ésta es una gran decisión - palpita­ron las ondas sonoras propagadas por aquel ser -. Todos los protos la han oído y están de acuerdo con ella. Hemos vivido mucho tiempo con el temor a esas placas metálicas, con miedo a que los hombres llegasen a entenderlas y se fuesen tras sus palabras a algún lugar secreto, dejando abandonados a los protos. Ahora ya no tememos.

- No teníais por qué temer - dijo Lavon con indulgencia.

- Ningún Lavon había hablado así

- dijo Para.-. Estamos contentos. Arro­jaremos las placas al abismo.

Y diciendo esto, la reluciente criatura se lanzó hacia la aspillera. Llevaba consigo el resto de las placas, sobre las que había es­tado posado en la mesa, suspendidas deli­cadamente en los curvos extremos de sus

flexibles cilios. Con un grito, Shar se preci­pitó cortando el agua hacia la abertura.

¡Detente, Para!

Pero Para se había ya marchado, tan velozmente que ni siquiera llegó a oír la lla­mada.

Shar retorció su cuerpo y se detuvo con un hombro contra la pared de la torre. No dijo nada. Bastaba con la expresión de su cara. Lavon no pudo contemplarla más de un instante.

Las sombras de ambos hombres se desli­zaron lentamente por el suelo accidentado y poblado de guijarros. El Noc descendió hacia ellos desde la bóveda, con su único y grueso tentáculo agitando el agua, su luz interna brillando y desvaneciéndose a in­tervalos irregulares. También él cruzó la aspillera en pos de su primo, y se hundió lentamente a lo lejos, camino del fondo Suavemente, su vivo resplandor fue empañándose y osciló tembloroso hasta extin­guirse.
II
Durante muchos días, Lavon pudo evitar el pensar demasiado sobre la pérdida. Había siempre mucho trabajo. El mantenimiento de los castillos, construidos por los ahora desaparecidos Devoradores y no por manos humanas, era una tarea sin fin. Sus estruc­turas, dicotómicamente ramificadas, ten­dían a derrumbarse, especialmente por sus bases, donde se desmoronaban; y ningún Shar había podido idear un mortero com­parable a la baba de infusorio que en otro tiempo los había unido. Además, la aper­tura de ventanas y la construcción de habi­taciones se hizo en los primeros tiempos al azar y con frecuencia sin una idea clara de las necesidades. Al fin y al cabo, la arqui­tectura instintiva de los infusorios no pre­tendía servir a ocupantes humanos.

Y estaban también las cosechas. Los hombres ya no se alimentaban precaria­mente de bacterias viajeras. Ahora dispo­nían de los flotantes tallos de ciertos hongos acuáticos, ricos y nutritivos, cultivados por cinco generaciones de Shars, que necesita­ban de constante atención para conservar puras las estirpes e impedir que los protos de las especies más antiguas y menos inte­ligentes pastasen en ellos. Claro que en esta última tarea cooperaban los tipos de proto más evolucionados y previsores, pero era necesaria la supervisión de los hombres.

Hubo una época, tras la guerra con los Devoradores, en la que había sido habitual el convertir en presa a las lentas y estúpidas diatomeas, cuyas exquisitas y frágiles cás­caras cristalinas resultaban tan faciles de romper, y que eran incapaces de aprender que una voz amistosa no supone necesariamente un amigo. Aún quedaban quienes cascaban una diatomea cuando no había otra cosa a la vista, pero eran considerados como bárbaros, con gran estupefacción de los protos. El confuso e ingenuo lenguaje de aquellas plantas suntuosamente decoradas las había elevado a la categoría de anima­lillos domésticos... un concepto que los protos eran totalmente incapaces de com­prender, especialmente cuando los hombres admitían que las diatomeas en su media concha estaban deliciosas.

Lavon había tenido que admitir desde un principio que la distinción era minúscula. Si bien se piensa, los humanos comían las desmidas, que sólo se diferenciaban de las diatomeas en tres detalles: que sus conchas eran flexibles, y que no podían moverse ni hablar. Sin embargo, para Lavon, como para la mayoría de los hombres, parecía residir en ello alguna clase de distinción, pudiesen verlo o no los protos, y esto era todo. Da­das las circunstancias, sintió que formaba parte de su deber como jefe de hombres el proteger a las diatomeas de los furtivos que de vez en cuando las hacian su presa, desa­fiando la costumbre, en las altas capas del cielo soleado.

No obstante, le fue imposible a Lavon estar lo bastante ocupado para olvidar el momento en que las últimas claves del ori­gen y destino del hombre fueron arrojadas a los espacios oscuros.

Sería posible solicitar de Para la devo­lución de las láminas, explicarle que había sido un error Los protos eran criaturas de una lógica implacable, pero respetaban al hombre, estaban habituados a su ilogismo y podían volver de su acuerdo si se ejercía presión sobre ellos.

Lo sentimos. Las placas fueron llevadas más allá de la barra y soltadas en el abismo. fiaremos que busquen en aquellos fondos, pero...

Con una sensación de malestar que era incapaz de reprimir, se dio cuenta de que ésta, o muy parecida, iba a ser la respuesta. Cuando los protos decidían que algo care­cía de valor, no lo escondían en una habi­tación como las viejas. Se deshacían de ello... con la máxima eficacia.

Y sin embargo, a pesar del tormento de su conciencia, Lavon seguía convencido de que las placas estaban bien perdidas. ¿Qué habían hecho nunca por el hombre, aparte proporcionar a los Shars cosas inútiles en que pensar en las últimas estaciones de su vida?

Cuanto los Shars hablan logrado en be­neficio del hombre aquí, en el agua, en el mundo, en el universo, había sido por experimentación directa. Ni un ápice de saber útil había salido nunca de las placas. Nunca hubo en ellas sino cosas en las que era me­jor no pensar. Los protos tenían razón.

Lavon cambió de postura en la fronda donde había estado sentado vigilando la recolección de una cosecha experimental de algas verdiazuladas, ricas en grasa, que flotaban en apretada masa cerca del limite del cielo, y se rascó suavemente la espalda contra el rugoso tallo. La verdad es que los protos se equivocaban rara vez. Su falta de creatividad, su incapacidad para el pen­samiento original, era un don antes que una limitación. Ello les permitía ver y sentir en todo momento las cosas como eran, no como esperaban que fuesen, pues ni siquiera tenían la capacidad de esperan

- ¡Lavon! ¡Laaa-von!

La larga llamada llegó flotando desde las dormidas profundidades. Apoyando una mano en el tronco, Lavon se inclinó y miró hacia abajo. Uno de los recolectores levan­taba la cara hacia él, sosteniendo descuida­damente la azuela con la que había estado arrancando las gelatinosas tétradas de las algas.

- Aquí estoy. ¿Qué ocurre?

- Hemos arrancado todo el cuadro ma­duro. ¿Hay que subirlo?

- Sí, subido - dijo Lavon, con gesto perezoso. Volvió a echarse hacia atrás. En el mismo instante, un brillante resplandor rojizo se produjo por encima de él y se extendió hacia las profundidades en suce­sión de mallas de finísimo oro. La gran luz que vivía sobre el cielo durante el día, bri­llando u oscureciéndose según cierta ley que ningún Shar había logrado explicar, volvió a lucir.

Pocos hombres, presos en cálido resplan­dor de aquella luz, podían resistir el deseo de mirarla; sobre todo cuando la propia cumbre de los cielos se encrespaba y son­reía lejana. Pero, como siempre, la pasmada mirada de Lavon no le trajo más que su propia imagen deformada y temblona, y el reflejo de la planta en la que des cansaba.

Allí estaba él limite superior, la tercera de las tres superficies del universo.

La primera era el fondo, donde el agua terminaba.

La segunda, el termoclinal, la invisible división entre las frías aguas profundas y las cálidas y luminosas del cielo. En el apogeo del tiempo cálido, el termoclinal era una línea tan definida que resultaba posible deslizarse por ella, y atravesarla era como cambiar de estación. Una auténtica super­ficie interna se formaba entre las frías y más densas aguas del fondo y las cálidas capas altas, y se mantenía casi durante toda la estación cálida.

La tercera superficie era el cielo. Atrave­sarlo era tan imposible como penetrar en el fondo, y tampoco existía mejor razón para intentarlo. Allí terminaba el universo. La luz que a diario jugaba sobre él, surgiendo y desvaneciéndose a su antojo, parecía ser una de sus propiedades.

Hacia el final de la estación, el agua se hacía gradualmente más fría y más difícil de respirar, a la vez que la luz disminuía y duraba períodos más cortos entre los de completa oscuridad. Lentas corrientes se Ponían en movimiento. Las aguas altas se tornaban heladas y empezaban a descender. El limo del fondo se agitaba y elevaba en nubes, arrastrando consigo las esporas de los campos de hongos. El termoclinal se suavizaba, iba fragmentándose y acababa por fundirse. El cielo empezaba a nublarse con las partículas de fango arrastradas del fondo, las paredes y los rincones del uni­verso. Al poco tiempo, el mundo entero se mostraba frío, inhóspito y constelado de criaturas amarillentas y moribundas.

Era el momento en que se enquistaban las bacterias y la mayoría de las plantas; y, poco después, también los hombres se acurrucaban en sus ambarinas conchas re­pletas de aceite. Moría el mundo hasta que la primera tímida corriente de agua tem­plada rompiese el silencio invernal.

- ¡La-von!

Apenas calló el grito, una reluciente burbuja cruzó junto a Lavon. Éste extendió el brazo y la cogió, pero ella consiguió esca­par a su fuerte garra. Las burbujas de gas que se alzaban del fondo al final del verano eran casi invulnerables, y cuando algún golpe o filo especialmente fuerte las tras­pasaba, se rompían en burbujas menores a las que nada podía tocar y volaban hacia el cielo, dejando tras de sí un acusado mal olor.

Gas. No había agua dentro de una bur­buja. El hombre que penetrase en una de ellas no tendría qué respirar.

Claro que era imposible penetrar en una burbuja. La tensión superficial era dema­siado fuerte. Tan fuerte como las placas me­tálicas de Shar. Tanto como la cumbre de los cielos.

Tan fuerte como la cumbre de los cielos... Y más allá - una vez rota la burbuja

¿Un mundo de gas en vez de agua? ¿Eran todos los mundos burbujas de agua mo­viéndose en el gas? Si así fuera, el viaje entre ellos resultaba impensable, puesto que empezaría por ser imposible penetrar en el cielo. Pero tampoco aquella cosmología en la infancia explicaba el problema del fondo del mundo. Y, no obstante, algunos de los seres conocidos se internaban en él, muy profundamente, buscando algo que estaba fuera del alcance del hombre. La finisma superficie del légamo bullía en medio del verano de diminutas criaturas para las que el barro era un medio natural. También el hombre pasaba libremente entre los dos te­rritorios acuáticos divididos por el termo­clinal, aunque muchos de los seres con quienes convivía encontraban imposible atravesar aquella línea establecida por sí sola.

Y si el nuevo universo del que Shar habla hablado existía, tenia que existir más allá del cielo, donde estaba la luz. ¿Por qué, después de todo, no iba a ser posible atra­vesar el cielo? El que las burbujas pudiesen romperse demostraba que la envoltura su­perficial formada entre agua y gas no era completamente invulnerable. ¿Se habla in­tentado alguna vez?

Lavon no suponía que un hombre pu­diese abrirse camino a través del limite del cielo, como no podría penetrar en el suelo, pero acaso hubiese modo de orillar esta di­ficultad. Aquí mismo, a su espalda, estaba una planta que tenía la apariencia de con­tinuar más allá del cielo: sus frondas supe­riores rompían al exterior, y sólo parecían retroceder por efecto de reflexión.

Siempre se había supuesto que las plantas morían donde tocaban el cielo. Así era para la mayoría, porque con frecuencia resultaba visible la parte muerta, empapada y ama­rilla, vacíos los alvéolos de sus células, flo­tando acostada en el perfecto espejo. Pero otras parecían simplemente tronchadas, como ésta en la que ahora se apoyaba. Y quizá también esto fuese tan sólo una ilu­sión, y en vez de ello se remontasen inde­finidamente hasta algún otro lugar.. Algún lugar donde en otro tiempo pudieron nacer hombres, y podían todavía vivir.

Las placas habían desaparecido. Quedaba sólo otro modo de descubrirlo.

Decididamente, Lavon empezó a trepar hacia el cambiante espejo del cielo. Sus pies en garra se apoyaban descuidadamente en los incrustados racimos de frágiles y granu­ladas diatomeas. Las cabezas en tulipa de los Vortare, plácidos y murmuradores primos de los Para, se encogían sobresaltadas apartándose de su camino, para prorrumpir en estúpidos comadreos a su espalda.

Lavon no los oía. Seguía trepando obsti­nadamente hacia la luz, aferrándose al tallo con pies y manos.

- ¡Lavon! ¿Adónde vas? ¡Lavon!

Se inclinó hacia fuera y miró abajo. El hombre de la azuela, semejante a un dimi­nuto muñeco, le observaba desde una mancha grisazulada recortada sobre un abismo violáceo. Miró sintiendo vértigo. Jamás ha­bla estado tan alto. Reanudó su ascensión.

Al fin, tocó el cielo con la mano. Se de­tuvo a respirar. Curiosas bacterias se reu­nieron en torno a la base de su pulgar, del que escapaba la sangre por un pequeño corte, se espantaron al hacer él un movi­miento y volvieron serpenteando a la carga.

Esperó hasta recobrar el resuello y rea­nudó la ascensión. El cielo presionaba sobre su cabeza, contra su nuca, en sus hombros. Pareció ceder levemente, con una dura elas­ticidad sin roce. El agua era aquí intensa­mente brillante y totalmente incolora. Trepó un paso más, apoyando sus hombros contra aquel enorme peso.

Inútil. Era como tratar de penetrar en una roca.

Tuvo que volver a descansar. Mientras jadeaba, hizo un curioso descubrimiento. Alrededor del tallo de la planta acuática, la acerada superficie del cielo se curvaba hacia arriba, formando una especie de funda. Se dio cuenta de que podía introducir su mano... Había casi espacio suficiente para albergar también su cabeza. Aferrándose estrechamente al tallo, miró hacia arriba, al interior de aquella especie de vaina, tan­teando con su mano herida. La luz resultaba cegadora.

Hubo como una explosión silenciosa. Sintió, de pronto, su muñeca cercada por una garra intensa e impersonal, como a punto de ser cortada en dos. Con ciego asombro, dio un impulso hacia arriba.

El anillo de dolor se trasladó suavemente brazo abajo a medida que ascendía, y pasó de pronto a sus hombros y su pecho. Otro impulso, y sus rodillas sintieron el abrazo de aquella presa circular. Otro...

Sucedía algo horrible. Se aferró al tallo y trató de dar boqueadas, pero no había... nada que respirar.

El agua se precipitaba fuera de su cuerpo, de su boca, de su nariz, de los espiráculos de sus costados, brotando en tangibles sur­tidores. Un intenso y ardiente escozor in­vadía la superficie de su cuerpo. A cada espasmo, le atravesaban largos cuchillos, y escuchaba desde una lejanía cómo expul­saban agua sus pulmones en obsceno y es­pumeante espurreo.

Lavon se ahogaba.

Con una convulsión final, rechazó el astillado tronco y cayó. Sintió un fuerte impacto; y después el agua, que de tal modo se había aferrado a él cuando antes inten­taba abandonarla, le acogió con fría vio­lencia.

Braceando y tambaleándose grotesca­mente, se hundió en caída interminable.

III
Durante muchos días, Lavon yació in­sensible, arrebujado en su espora como en sueño invernal. El shock de frío experimen­tado al regresar a su universo natal había sido aceptado por su cuerpo como señal de la llegada del invierno, y lo mismo había interpretado la agonía por oxigeno de su breve estancia más allá del cielo. Las glán­dulas generadoras de esporas habían co­menzado inmediatamente a funcionan

A no ser por ello, probablemente Lavon hubiese muerto. El peligro de ahogarse desapareció por completo apenas cayo, cuando el aire salió de sus pulmones y dio paso al agua reanimadora. Pero el uni­verso acuático no tenía remedios para la desecación aguda y las quemaduras de tercer grado. La acción curativa del fluido amniótico generado por las glándulas es­poríferas, una vez rodeado por la transpa­rente esfera ambarina, era para Lavon la única posibilidad de salvación.

La rojiza esfera, quieta en el eterno in­vierno del fondo, fue advertida al cabo de unos días por una ameba merodeante. En aquellas profundidades la temperatura era de
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