El calendario circular diario




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DE LA TECNOLOGÍA



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EL CALENDARIO AZTECA

EN PIEDRA, SIGLO XV D.C.


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MI BÚSQUEDA

DE LOS MAYAS

DURANTE 33 ANOS
Aunque en este libro escribí cosas que pueden parecer culturalmente remotas, o trascendentalmente cósmicas, sería una equivocación pensar que los mayas son inasequibles. Como lo he conocido a través de mi vida, la experiencia maya con su riqueza de sabiduría artística y científica, no es tan ajena o diferente como extrañamente familiar, igual que las numerosas coincidencias de la palabra Maya y los términos análogos a ella, que se encuentran esparcidos a través del mundo civilizado. Y sin embargo, al mismo tiempo, la experiencia Maya o el Factor Maya como lo he llamado, es vasto, indudablemente vasto, y con implicaciones que se extienden en gran parte más allá de los dominios de nuestra imaginación.

Ahora tengo 47 años, y me ha tomado 33 años el comprender plenamente que aún en su inmensidad, el Factor Maya es amigable, accesible, y comunicable. Con el objeto de permitir que otros entren a este mundo, me gustaría relatar de manera abreviada, mi propia llegada al Factor Maya. Para empezar por el principio, fui concebido en Méjico, y aunque nacido en los Estados Unidos, viví en Méjico mis primeros cinco años. El hecho de que el apartamento de mis padres estuviese localizado en el número 100 de la calle Tula, Ciudad de Méjico, me conmovió más tarde como una curiosa sincronicidad, ya que el nombre Tula es la forma tolteca de Tulan o Tollan, nombre del centro o lugar donde los mayas tuvieron su origen.

Fue, en 1953, año determinado por el destino para el descubrimiento del código genético, y los cinturones de radiación Van Allen, campo magnético de la tierra, cuando encontré, por primera vez a los mayas. En aquel verano, mi padre nos llevó a Méjico a mí y a mi hermano gemelo. Esta fue la ocasión perfecta para un chico de catorce años. Yo no había estado en Méjico desde que lo abandoné a los cinco años de edad, pero la Ciudad de Méjico aún era como mi recuerdo infantil de una capital colonial. Aunque no fuimos más allá de Cuernavaca, muy cerca aún de la Ciudad de Méjico, en el Museo Nacional de Antropología recibí una impresión lo suficientemente fuerte como para agitar sentimientos profundos y antiguos. Pero el museo, con su fantástica ostentación de objetos artísticos, incluyendo el gran Calendario en Piedra de los Aztecas, no fue, nada comparado a mi experiencia en la ciudad de la gran pirámide de Teotihuacan, “Lugar Donde los Dioses Tocan la Tierra”.

Mientras subía a la pirámide del Sol, y miraba hacia las montañas abigarradas y ensombrecidas debajo del cielo azul claro de aquellos tiempos, surgió en mí un sentimiento profundo, un deseo vehemente de saber. Yo sabía que no era solamente un conocimiento de las cosas que yo anhelaba tan fuerte y seriamente, sino un conocimiento que viene desde el interior de las cosas. Mientras descendí las escalas, dominado por el respeto y lleno de admiración hacia la monumentalidad armónica de la ciudad de Teotihuacán, me hice una promesa. Y la promesa fue esta: que sea lo que fuere lo que hubiese ocurrido aquí, yo habría de saberlo, no precisamente como un observador exterior o como un arqueólogo, sino como un verdadero conocedor, como un vidente.

Y fue en ese otoño de 1953, mientras estaba trabajando en la biblioteca pública de Rochester, Minnesota, cuando apareció el siguiente eslabón. Yo archivaba libros, empleo que disfrutaba grandemente por la oportunidad que me brindaba para encontrar ideas nuevas y diferentes. Y entre todos los libros que me atraían, y que llevaban mi mente más allá de ella misma, había dos en particular: el Tertium Organum de P.D. Ouspensky, y Los Antiguos Mayas de SyIvanus Griswold Morley.

El primer libro, con vertiginosas descripciones de las posibilidades de un infinito número de mundos paralelos, fue suficiente para enviar mí imaginación hasta una condición de apacible transcendencia, ¿o era un recuerdo?. Realmente no podría decirlo. Por una u otra razón, el libro de Morley, que trataba sobre los mayas, me produjo el mismo efecto. O más bien, mientras me abría perspectivas hacia una experiencia cultural de dimensiones superiores, el libro de Morley me proporcionó una descripción sobre las probabilidades terrestres para cimentar las experiencias cósmicas que Ouspensky relató en el Tertium Organum.

En todo caso, el libro de Morley me causó una impresión imborrable. Las fotografías de los mayas vivientes, las singulares descripciones antropológicas de los mayas en relación con los demás miembros de la raza mongólica, los diagramas de los lugares donde están los antiguos templos, y las reproducciones de la escultura en piedra, la cual posee un misterio, una armonía, y una delicadeza extraordinarias, todo eso me había cautivado por completo.
= 1 Pero nada me fascinó más que el sistema numérico

= 5 y matemático de los mayas. Rápidamente lo aprendí:

Un punto es igual a uno o a una unidad de un múltiplo

= 0 de veinte; una barra es cinco o un múltiplo de cinco

veces veinte; y una concha es cero o la conclusión.

Todo era tan fantásticamente simple y fluido. Y luego estaban los nombres de los valores: kin, las unidades; vinal, los 20; tun, los 400; katún, los 8.000; y baktún, los 160.000. Durante largas horas, me maravillé de la maestría que dicho sistema representaba, y del misterio que pudo haber sido su verdadero propósito. Evidentemente, Morley no lo supo. Tan grande como era su aprecio por los remanentes que aún quedan de los mayas, él, como casi la totalidad de los arqueólogos (como lo descubrí más adelante), juzgó a los mayas según los parámetros de la tecnología materialista. Además Morley consideró que los mayas estaban en la edad de piedra. No conocieron la metalurgia ni usaron la rueda. Y sin embargo, en la opinión de Morley, y en gran manera para su asombro, sin estos artefactos materiales, se las ingeniaron para crear una ciencia y una arquitectura de una belleza armónica, proporcionalmente igual a las más grandes civilizaciones del mundo antiguo. Para Morley, que escribió en 1947, los mayas constituían una “excepción intratable”... Pocas son las culturas, si es que las hay, con rasgos primitivos comparables... que se han centrado en un grado tal de adelanto intelectual.

Mi descontento con las limitaciones de Morley se aumentaba con mi propia falta, de experiencia y conocimiento, que a su vez serían necesarios para formular el motivo” real de ese descontento. A medida que me introducía en la tradición matemática, astron6mica y calendárica, tal como había sido descifrada por arqueólogos iguales a Morley y sus colegas, encontraba un velo más allá del cual mi experiencia no podía penetrar. Aquí, yo me refugiaría en los ensueños o en la fantasía. Y una fantasía siempre volvería a presentarse: la de un viaje a la jungla, a las tierras cálidas de Mesoamérica en donde, por medio de alguna experiencia catártica y transfigurativa, yo saldría pero no como yo había sido, sino como portador de conocimiento, como vidente. Este ensueño, esta comunicación tan frecuente, me guió en mi búsqueda de los mayas.

Los mayas fueron para mi sólo un pasatiempo en mis años de colegio, y especialmente en la escuela de grado. Me gradué en historia del arte, pero la Universidad de Chicago no ofrecía en ese entonces ningún curso de arte pre-colombino. Sin embargo me valí de todos los recursos en la biblioteca de la universidad, como también en el Instituto de Arte de Chicago, y en el Field Museum. Al aplicar los conocimientos prácticos y la disciplina que estaba aprendiendo en el estudio formal de la historia del arte, avancé rápidamente en mi propio estudio del arte Maya y pre-colombino en general, En su mayor parte, este fue un curso satisfactorio. Yo tenía libertad para sumergirme en lo que realmente era mi área favorita en la historia del arte. Y sin embargo, a medida que lela, estudiaba, y observaba, se hizo claro que había algo erróneo. Nadie parecía llegar al grano. Todos los arqueólogos trataban a la civilización Maya como si fuera una feliz aberración de la edad de piedra. Sospeché que la razón por la cual los arqueólogos estudiaron a los mayas, fue precisamente porque sus mentes autocomplacientes nunca lograrían llegar a ella, y en cambio, pensarían que los mayas tenían la culpa de que ellos no lo hubieran logrado.

Aparte de Morley, quizás el más sobresaliente arqueólogo-escritor e intérprete de los mayas, es un hombre llamado J.E.S. Thompson. Admirable compilador de dos tomos monumentales, La Escritura Jeroglífica de los Mayas y Un Catálogo de Jeroglíficos Mayas, lo mismo que de otros textos más generales como El Ascenso y la Caída de la Civilización Maya, Thompson, más que otro cualquiera, escribió sobre los mayas como si ellos hubieran sido sabios idiotas; expertos, sabrá Dios porqué motivo, en una incomprensible matemática astronómica, que va hasta el extremo de la obsesión diabólica, pero no hacia ningún fin racional. Aún más que Morley, Thompson juzgó a los mayas según la medida y los valores de la civilización europea del renacimiento. Las discusiones de Thompson sobre el arte Maya revelan una intolerancia condescendiente. Debido a que los arqueólogos como Thompson ni sospechan lo que fueron los mayas, generalmente imputan lo peor, proyectándose penosamente con sus hábitos modernos en un sistema extraño y fatalista. Así pues, cuando afronta lo que realmente es el rasgo más enigmático de la civilización Maya, es decir, su repentina decadencia en el siglo IX, Thompson prefiere ver en ello una revuelta de esclavos contra gobernantes despóticos. Sin embargo como lo explica Morley, “es difícil creer que una civilización tan sólidamente establecida, pudiese haber sido trastornada repentinamente.... si los descontentos se hubiesen acumulado lentamente a través de los siglos, hubieran dejado alguna señal por la cual pudieran ser identificado”.

Durante, el verano de 1964, como estos rumores poco satisfactorios atravesaban mi cabeza de parte a parte, preparé mi próximo viaje a Méjico. la fascinación romántica ,”del luga” era siempre muy fuerte en todo tiempo. El viajar en carro, como lo había hecho con mi padre diez años antes, me, di6 el tiempo suficiente par contemplar los paisajes infinitos de las montañas y el cielo. Para mí, aquella región era mística, viviente, y poseía grandes secretos. Mí actitud de apertura al misterio del lugar y de la geografía, fue complementada por el descubrimiento de otros puntos de vista, puntos de vista más amplios que los de los arqueólogos materialmente obcecados. El principal entre ellos era el de la escritora Laurette Sejourné.

Yo ya estaba familiarizado con su libro, Pensamiento y Religión en el Méjico Antiguo el cual era como aire fresco en contraste con los escritos de los arqueólogos, porque Sejourné tomó en serio las aptitudes mentales y espirituales de los antiguos. En Ciudad de Méjico leí su obra, El Universo de Quetzalcoatl. En la introducción a este libro, el eminente historiador de la religión Mircea Eliade escribió sobre el

QUETZALCOATL, LA SERPIENTE EMPLUMADA, XOCHICALCO,

SIGLO X D.C.

acercamiento de Sejourné, que para ella, “la cultura forma una unidad orgánica.... y siendo así, ella debe estudiarse desde su centro, y no desde sus aspectos periféricos”. Esta perspectiva vibró profundamente, acorde con mis propios sentimientos. Comencé a percibir que el problema para llegar a un acuerdo con los mayas y con la antigua civilización mejicana en general, era realmente el problema de nuestra propia civilización. Sea lo que fuere lo que yo había empezado a sentir en 1953, ahora se me introdujo aún más profundamente.

Además de Teotihuacán, visité ahora los antiguos emplazamientos de Tula y Xochicalco, en las tierras montañosas mejicanas. Armado con algo de conocimiento, mi intuición penetró más en las piedras mudas. Fue particularmente en Xochicalco donde se me juntaron con intensidad inquietante las sensaciones de premonición o de recuerdos. Xochicalco está elevado y distante en el enclave montañoso del estado de Guerrero.

Su apacible exhibición de estructuras arquitectónicas armoniosas se encuentra dominada por una presencia singular: Quetzalcoatl, la serpiente emplumada. Fechada hacia los siglos IX y X, Xochicalco, “el lugar de la casa de las flores”, representa una fusión del estilo de Teotihuacán propio de las tierras montañosas mejicanas, con el modelo clásico de los mayas. Fue aquí en Xochicalco donde se refugió y se reunió lo más selecto de los mayas y de Teotihuacán, luego de la “repentina” decadencia del periodo clásico de las civilizaciones Maya y Mejicana. Y fue aquí donde el Quetzalcóatl “histórico”, del periodo 1 Caña, nació en el año 947 D.C. El misterio se intensificaba para mí: y simultáneamente había comenzado una nueva etapa de aclaraciones.

El misterio era el de Quetzalcoatl, la Serpiente Emplumada, llamada por los mayas Kukulkán, que quiere decir, “el lugar donde habita la serpiente”. Con la lectura de la obra sintetizada de Sejourné, sobre Quetzalcóatl, estaba claro que Quetzalcóatl no fue solamente un dios, sino un dios múltiple; no sólo un hombre, sino muchos hombres, no sólo una religión, sino un complejo mítico, y una estructura mental. Y también estaba claro que este conjunto de rasgos, esta presencia múltiple, informó a casi cada aspecto del antiguo Méjico y aun de la civilización Maya. No solamente las artes, sino también la astronomía y el calendario fueron afectados por Quetzalcóatl, quien estaba estrechamente relacionado con el planeta Venus, la estrella matutina y vespertina.

Asociaciones astron6micas y celestes, tanto como su papel de una figura religiosa de la talla de un Moisés o de un Cristo, llevaron a Quetzalcóatl a la importancia profética. Y así, en el siglo X del periodo 1 Caña, Quetzalcóatl, supuesto fundador de la ciudad de Tula y revitalizador de Chichen ltza en Yucatán, habiendo profetizado su regreso en el día 1 Caña, y en el año 1 caña; fue reivindicado por la llegada de Cortés aquel mismo día, Viernes Santo año 15 19 del calendario cristiano. Este solo hecho parece haber sido suficiente para trastornar al ya nervioso Montezuma II, emperador del infortunado imperio Azteca.

Aunque en nuestra cultura muy pocos han oído hablar de Quetzalcóatl, aparte de aquellos que conocen la novela de D.H. Lawrence, La Serpiente Emplumada, los acontecimientos proféticos me dieron la convicción de que Quetzalcóatl no fue solamente una cuestión local. Más bien, yo vi en Quetzalcóatl una fuerza invisible e inmanente que sostiene y trasciende el tejido mítico de la mecanización. Fortalecido con esta intuición, una vez más regresé de Méjico con un sentido creciente de mi misión personal.

Por la época en que yo había terminado mis estudios básicos de historia del arte en 1965, había llegado a una posición más intuitiva respecto a los mayas y a las antiguas civilizaciones de Anahuac, que quiere decir “Lugar Entre las Aguas”, nombre indígena Nahuatl dado a Méjico y América Central. Los arqueólogos pudieron exhumar las piedras y catalogar, dando a sus hallazgos nombres como “dios D”, u “objeto ritual”, pero esto no dice nada respecto al aspecto vivificante de las antiguas civilizaciones. Para mí era obvio que uno tiene que desarrollar una forma mental, intuitiva, como también entrar en los estados mentales que produjeron los objetos. Y además, los objetos no son sino residuos. La realidad estaba en la cualidad mental y emotiva que iba dentro de los objetos.

Además, si los estados místicos de la mente que trasciende el tiempo eran provocados por medio de cualquier tipo de prácticas y actos de contemplación efectuados por los seguidores de Quetzalcóatl-Kukulkan, entonces, ¿qué me impedía a mí, o a quienes lo intentaran entrar en aquellos estados de la mente?. ¿R.del. Bucke, William James, y Aldous Huxley, no habían presentado argumentos lo suficientemente convincentes respecto a la unidad de los estados místicos de la mente en cualquier época y lugar?. Y, ¿no era el objetivo de las prácticas místicas el colocarlo a uno en tal condición de unidad?. De acuerdo a Sejourné, la religión de Quetzalcóatl, como tono fundamental de toda la antigua civilización mejicana, era esencialmente un proceso que conducía a la unificación mística. Ante una contemplación de los objetos más armoniosos pertenecientes a estas civilizaciones antiguas, en mi mente no había ninguna duda de que el caso era algo parecido a esto.

A finales de 1966 me embarqué en un experimento provocado en gran parte por dichas reflexiones, como también por la convicción de que si el arte había proporcionado la expresión más creativa para las experiencias místicas, entonces quizás, a través del arte, uno podía entrar en el ámbito mental que había producido las antiguas civilizaciones de los mayas y de Teotihuacán. Con seguridad, entre mis inspiraciones en el ciclo de pintura en el que yo mismo me sumergí, estaban los murales de Teotihuacán, las obras de cerámica, y los jeroglíficos de los mayas. El brillo del color, la capacidad para informar a través de estructuras simbólicas densificadas, el diseño total que reunía muchos rasgos y formas en una exposición geométrica simple, y sin embargo vibrante en ondulaciones, fueron aspectos del antiguo arte maya y mejicano que me inspiraron.

El resultado de este experimento fue una serie de grandes tableros, a los que Humphry Osmond, quien acuñó el término “psicodélico”, los vio en 1968, los llamó las “puertas de la percepción”. Para mí, lo más significativo fue el proceso de hacer estas pinturas; porque en verdad, ellas me habían proporcionado una oportunidad para entrar en aquellos lugares donde conversé con Tlacuilo, el antiguo pintor y creador de los arquetipos. Mi corazón se abrió, y los recuerdos inundaron mi ser. No puedo decir si ellos eran o no recuerdos de una vida pasada, sino que ellos eran recuerdos colectivos de la comente mental de los antiguos. Empecé a conocer desde adentro.

El buen pintor es sabio, dios está en su corazón.

Él conversa con su propio corazón.

Infunde en las cosas la divinidad.
-Proverbio Nahuatl.
Si bien la visión de los antiguos pintores mayas y mejicanos fue la que me guió durante la pintura de estas puertas de percepción, fue el estudio del I Ching el que me dio una percepción de la estructura original del cambio, que fue también la estructura básica de cada uno de los seis bastidores. Los bastidores estaban divididos en tres partes. Mientras que el tercio superior y el inferior eran estructuralmente espejos el uno del otro, la zona media representaba la zona de cambio o transformación. Esta estructura transformadora también poseía una completa simetría bilateral. Muchos años más tarde, descubrí que la estructura básica de estas puertas de percepción, era la misma de la triple configuración binaria, la imagen clave que estaba insertada en el sagrado calendario matriz de los mayas, código clave de mi libro La Tierra en Ascenso.

Habiéndome embarcado por un camino visionario, en aquella época visité de nuevo a Méjico en 1968, y además estaba mejor preparado para lo que iba a ver. Aparte de la visita al nuevo museo de antropología, el punto importante de este paso era el viaje por tierra a Monte Albán, la ciudadela Zapoteca o Pueblo Nube en lo alto de las montañas de Oaxaca. Monte Albán, que data por lo menos del año 600 A.C., representa una fusión de las influencias Maya y mejicana en su propio y único estilo cultural. Aquí están las esculturas de los Danzantes, sacerdotes-chamanes danzarines en estado de arrobamiento, y con cabezas de animales, y cuyos cuerpos están marcados en su interior con jeroglíficos. Además, al lado de ellos encontramos los caracteres del sistema matemático de los mayas, es decir, los signos del Calendario Sagrado. También aquí, en la gran plaza del centro ceremonial en la cima de la montaña, se encuentran el Observatorio de peculiar angulación. Al ascender por los alrededores, y al examinar la identidad de los danzantes y el significado de los signos del calendario recibí avises indirectos de una presencia, de seres estelares o guardianes. ¿Quiénes eran ellos? .

No lejos de Monte Albán, en la pequeña villa de Teotitlan del Valle, aún se celebran antiguas ceremonias y se tejen tapices de exquisita finura geométrica y simbólica. Cuando estaba comprando en una pequeña tienda, el propietario, que hablaba inglés, (su hermano, el tejedor, sólo hablaba zapoteca) me dejó asombrado.

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Como su carta de triunfo, él sacó dos tejidos del mismo diseño, uno en rojo y negro, y otro en azul y anaranjado. El diseño de estos tejidos era digno de atención porque estaba constituido por una sola línea; sin embargo, la línea era una espiral y se proyectaba de tal manera que al dividir el paño en dos partes iguales, creaba la imagen de un mandala óctuplo. Como yo mirara asombrado, el propietario me hizo un guiño y dijo: “mire, los antiguos mejicanos también conocieron el Ying y el Yang”. A causa de la cintilación de los colores complementarios, azul y anaranjado, compré la manta, y al tomar una cerveza ceremonial con el propietario, sentí que había pasado a otra intersección de las zonas del tiempo.

Pero era 1968, una época de desasosiego y violencia en todas partes. Mientras salía de Ciudad de Méjico, escuché por la radio las noticias sobre los motines de Tlaltelolco, en los cuales murieron cerca de 400 estudiantes. Mis pensamientos se dirigían más no sólo hacia las injusticias del mundo, sino a la visión distorsionada que prevalecía en todas partes respecto al mundo no Occidental, o Tercer Mundo. Esta ocupación comenzó a informar a mi enseñanza de historia del arte, y en Davis, donde yo enseñaba en la Universidad de California, me involucré en los esfuerzos iniciales para la fundación de una universidad nativa americana - la Universidad Deganawicla - Quetzalcóatl.

Fue a través de estos esfuerzos como me encontré con dos nativos americanos que eran desertores, Tony Shearer y Sun Bear. Tony estaba muy concentrado en las profecías de Quetzalcóatl y en el Calendario Sagrado, sobre los cuales escribió muy hermosamente en un libro llamado El Señor de la Aurora. Un libro posterior suyo, Sobre la Luna y Debajo del Sol, también describe al Calendario Sagrado, e incluye la imagen a la cual yo llamo la triple configuración binaria, el diseño mágico de las 52 unidades, dentro del Calendario Sagrado matriz de 260 unidades. Por inspiración de Tony me interesé más en los estudios del Calendario Sagrado, o sea el Tzolkin, como lo han llamado. Además, fue Tony quien me enseñó lo tocante al significado de la fecha 1987 en relación con las profecías concernientes al regreso de Quetzalcóatl.

Los esfuerzos de Bear para fundar la Tribu Bear, y su evidente llamado para un regreso a la naturaleza y al modo de vida tradicional, me inspiraron grandemente en aquella época, cuando yo estaba ocupado en llevar a cabo en Davis el Primer Festival de Toda la Tierra. Y fue en 1970, en el Día de la Tierra, cuando se lanzó el movimiento ecológico. Estas actividades y ocupaciones continuaron mientras yo enseñaba en el Evergreen State College. Fue allí, y en el invierno de 1972, cuando también me encontré con el tradicional vocero Hopi, Thomas Banyaca, quien comunicó las profecías Hopi. Siempre recordé que Thomas decia: “sólo aquellos que sean espiritualmente fuertes, sobrevivirán la terminación del Cuarto Mundo y la llegada del Quinto”. Entiendo entonces que esa época está estrechamente relacionada con la fecha 1987, que Tony había compartido conmigo.

Los estudios sobre el pensamiento de los mayas y de los antiguos mejicanos me influenciaron mucho para que escribiera mi libro La Visión Transformadora (1975). Este libro es en esencia una critica a la civilización occidental, empleando la metáfora de los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro, y utilicé “el Gran Ciclo Maya” de 5.125 años, el cual empezó en el año 3113 A.C., y finalizará en el año 2012, junto con el concepto hindú de las cuatro eras o Yugas y el concepto de Yeats sobre los conos y tinturas, como encuadre para observar la moderna “tiranía del
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