Hoy comienza una nueva manera de ver las cosas




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Hoy comienza una nueva manera de ver las cosas.

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¿Cuántas veces ha intentado resolver el problema que lo tortura? Seguramente muchas, y, también seguramente, o nunca consiguió nada, o siempre recuperó lo perdido.
El tema me apasionó desde el año 1978. A partir de allí, asistiendo a miles de pacientes que comparten su problema, reflexionando sobre cada uno, comencé a darme cuenta que la cosa no era como la medicina oficial lo proclamaba, que había algo oculto diferente de la realidad.
Fue eso lo que me llevó a escribir cinco libros. Pero como los intereses son tan grandes, me fueron saboteados sistemáticamente.
Mi hijo mayor, Marcelo, experto en estas maravillas que son la computación e Internet, me persuadió de que diera a difundir mis ideas por este medio en donde la libertad de expresión es absoluta, y no tiene forma de ser censurado (quiero creer, aunque uno nunca sabe...).
Por eso, ya que el editor me ha liberado, me parecido fantástico exponer aquí mis ideas.
Luego de mucho meditar he llegado a la conclusión que sigue: VOY A PUBLICAR MI LIBRO EN INTERNET por medio de este blog, cosa que hará expandir mis ideas por todo el mundo, y me dará la posibilidad de escuchar la opinión y las dudas de TODOS en tiempo real; tal como si estuvieran enfrente mío en mi consultorio (cosa que me fascina).
Leerá, desde ahora, del prólogo al epílogo, todo lo que dice EL SECRETO DE LA OBESIDAD. Lo publicaré en forma periódica comenzando a partir de hoy con el prólogo y la introducción, rogándole me comunique cada sensación (a favor o en contra) que los textos le vayan despertando, y cada interrogante que de ellos le aparezca.

Dr. Cesáreo Rodríguez


PROLOGO 

La ciencia es fascinante.
Desde que el hombre comenzó a desarrollar a pleno su pensamiento científico, el devenir del mundo ha cambiado en forma teatral.
Los logros de la humanidad son incontables, y ha sido el escepticismo el progenitor de todos esos logros: el escepticismo es el padre de todas las ciencias, (y su madre es la curiosidad)
Pero tienen las ciencias varias asignaturas pendientes. La obesidad es una de ellas.

Desde hace décadas se ha tratado de desentrañar los misterios que la rodean. Miles de médicos (la obesidad es un asunto de médicos) se han afanado para “derrotarla”, pero ella sigue airosa, triunfante y expandiéndose en todo el orbe a su más entera satisfacción.
El “mal” –la obesidad– sigue, en estos tiempos del nuevo siglo, ganándole al “bien” –la delgadez– tan campante como si nadie se le opusiera, o, peor, como si un ejército de médicos se le hubiese aliado.
Cada uno ha pretendido imponer “su criterio” para resolver el conflicto que plantea, pero casi todos han caído en el mismo vicio: el viejo vicio del dogma.
Se han creído, y le han hecho creer al mundo, que para lograrlo usan el método científico, pero han dejado de lado el escepticismo y han adorado al dogma: y eso es la anticiencia.

“...No habían añadido ni una sola idea a los sistemas especulativos
de la antigüedad, y toda una serie de pacientes discípulos se convirtieron,
en su momento, en los maestros dogmáticos de la siguiente
generación servil”
decía Edward Gibbon. Se refería al antiguo imperio oriental, cuya capital era Constantinopla, pero podríamos decir casi lo mismo para este contemporáneo “imperio global” si nos referimos a los “progresos” logrados en el estudio, comprensión y resolución del problema que nos preocupa.

Hace veintiocho años, confieso que jamás supe el por qué, el tema se me antojó interesante. Comencé, en esas épocas, a leer todo lo que llegaba a mis manos. Advertí, a partir de allí, con estupor, que el conflicto, con el correr del tiempo, en vez de encaminarse a una futura solución, se complicaba más.
Temerariamente, en 1981, pretendí, soberbio, haber “descubierto sus secretos”, entonces publiqué un primer libro para explicar mi postura.
En 1983, creí que “había llegado al fin del problema”, cosa que expliqué en mi segundo trabajo: “Basta de dietas”.
En el 87 “le di el punto final” con mi “Adelgace para siempre”; y en el 93“todo estaba dicho” en el “Pobres gordos...!”
A pesar de todo creo que no estuve del todo errado en ninguno de los cuatro intentos. El pecado fue creer, a su tiempo, que en cada uno había logrado "la solución".
Hoy, ya maduro, me abochornan mis anteriores pretensiones, y siento, íntimamente, el temor a que dentro de unos años me sonroje con las pretensiones de hoy (porque hoy me he vuelto tan escéptico que hasta temo crear mis propios dogmas).

Escucho, con esperanzas, los comentarios de la mayoría de mis colegas, pero advierto que casi todos no hacen más que repetir, servilmente, las enseñanzas de sus predecesores. Se me hace harto difícil descubrir en alguno una nueva idea brillante, luminosa, novedosa, progresista, que me haga sentir la emoción de estar delante de un “escéptico innovador del pensamiento”.

Estoy confundido:
¿Por qué tengo que pensar diferente si me eduqué en una Escuela idéntica a la de ellos, si habito su mismo mundo, si me nutro de las mismas fuentes de información, si asisto a pacientes con problemas semejantes?
Pero pienso diferente.
Quizá yo también esté errado, pero siento que pienso muy diferente, y eso me hace sentir feliz.

Estoy absolutamente convencido cuando digo que el dogma es un vicio. Y más: es el vicio que envilece a la ciencia.
La medicina lo ha padecido en toda su larga historia. Pero eso no es lo más grave: lo peor es que aún lo padece, y que ha de padecerlo por muchos años más (quiera Dios que no sean demasiados).
En el estudio de la obesidad es el dogma el que ha empañado el punto de vista de la mayoría de los investigadores, de los discípulos de maestros que lo fomentaron. Es él el que les hace ver el problema como algo solo perteneciente al cuerpo, ...es por eso que se han olvidado del alma.
Ellos pretenden que un gordo se ha de transformar en delgado solo cuando consiga un cuerpo delgado. Aún no se han percatado que un gordo se transformará en “delgado para siempre” –que eso es lo que quieren– tan solo si aprende a pensar como lo hacemos los delgados. Allí es donde hay que enfocar nuestra mira, por eso este libro no está dedicado al cuerpo de los gordos, sino al alma de todos ellos.
Se olvidan (prefiero pensar que “se olvidan”, porque me disgusta suponer que ni siquiera se han percatado) que la inmensa mayoría de los gordos lo están porque inconscientemente lo necesitan, y quieren “obligarlos” a adelgazar sin medir las consecuencias que semejante actitud –“logros”, dicen ellos– les acarrearía a su estructura mental si previamente no se los prepara para el cambio.
Quieren que lo logren “por decreto”, y por decreto no se puede adelgazar (ni amar, ni odiar, ni ser bueno, ni malo..........ni, mucho menos, escéptico). Y el “decreto” en este tema es el uso abominable del ORDEN POR EL TERROR –del que hemos de hablar más adelante–, que en medicina es la peor de las transgresiones.

Ha de leer aquí muchos conceptos que no van a gustarle.
Estoy seguro que muchos sentirán una primera sensación de enojo cuando lean ciertas cosas que aquí se dicen, pero también estoy seguro de que al final nos haremos amigos.

“...También sabemos que cruel es a menudo la verdad, y nos preguntamos
si el engaño no es más consolador” (Henri Poincaré)
Desde que leí esta sentencia, la tomé como mi lema personal. Seguramente usted ha sido engañado muchas veces (muchas más y mucho peor de lo que en realidad piensa. Después le explicaré mejor), y se sintió consolado por el engaño. Pues lo siento: estas opiniones no lo han de consolar a partir del engaño (que, como todo el mundo sabe, es el camino más fácil). El consuelo –pretendo– llegará cuando logre convencerlo de que no hay nada de que consolarse. De esa manera, si lo consigo, se convencerá, con regocijo, que en estos menesteres la verdad no es para nada cruel, como quizá aparente en una primera lectura.
Lo que pretendo es que desista del oprovioso sentimiento de culpa que siente “por haber llegado a esto”.

Veintiocho años de experiencia es bastante experiencia, a mi modo de ver,
Miles de pacientes, con los cuales he conversado tratando de llegar a lo más íntimo de cada uno, son los suficientes, para mi gusto, como para poder mostrar, con cierta seguridad, un cuadro de situación diferente.

Por favor: no sienta haber encarado, ya, su último intento. Deme la oportunidad de convencerlo de que el último es el que encarará de ahora en más.
Téngame paciencia.

INTRODUCCION 

Yo no soy “dietólogo” ni “dietista”, soy un simple médico clínico (también graduado en geriatría), que un día en la década de los setenta comenzó a interesarse en estos temas.

Y gracias a Dios que no soy dietólogo ni dietista, porque si lo fuese me moriría de vergüenza cada vez que me enfrentara a un oftalmólogo, a un cardiólogo, a un neurocirujano, a un genetista...
Ellos han hecho tanto por la ciencia...
Han avanzado tanto en sus conocimientos y en sus técnicas terapéuticas; han procurado tanto el bienestar de sus pacientes...
Han logrado tanto, que me amedrentaría estar frente a cualquiera de ellos con tan pocas cosas para mostrar en los avances de “mi ciencia” –si fuera yo dietólogo o dietista–.
No sabría que responderles si me preguntaran por qué después de más de ciento veinte años de investigación, todavía existen gordos en el mundo. Peor si la cuestión fuese sobre el por qué ahora hay más gordos que hace un siglo; y saldría corriendo espantado, cobarde, cuando me comunicaran su insidiosa observación sobre que los gordos cada vez están más gordos a pesar de mi ciencia y mis esfuerzos.

Pero yo no soy ni dietólogo ni dietista, por eso me siento muy tranquilo, y poco comprometido cuando me encuentro con colegas de otras especialidades que han tirado el dogma por la ventana, y que se enfrentan al próximo milenio con la frente alta, el intelecto en alza...y la conciencia en paz (“Nosotros, pensarán –digo yo–, hemos cumplido con nuestro trabajo en estas épocas de grandes logros que nos ha tocado vivir”). Qué orgullosos se sentirán...Y tienen razón de sentirse así.

Cuando atendí por primera vez a una paciente gorda, actué como hubiesen actuado todos: ella protestaba por haber llegado a esa condición, y yo la alentaba en su protesta.
Ella me comentaba que no tenía fe en verse delgada alguna vez, y yo le decía que si seguía mis consejos, esta vez sí lo lograría, ¡con total y absoluta seguridad!.
Había hecho ya muchas dietas, me contaba, y al dejarlas había vuelto al principio (aunque, me confesaba, “peor que al principio”) con la carga de culpas que cada retroceso le había impuesto...y yo alimentaba ese sentimiento de culpa.

Por esas épocas me encontraba leyendo un “curioso” libro –muy “atípico”– que me había prestado un colega. Su autor era un ex–gordo que “había encontrado” una forma, que a mi se me antojaba extravagante, para su “autocuración”, y como le había dado resultado, ahora comunicaba al mundo su fabuloso descubrimiento (años después me enteré que su “descubrimiento” no fue más que encontrar en los anaqueles de una biblioteca, un libro de casi cien años que decía las cosas que él pretendía haber pergeñado).
El autor, que era norteamericano, pregonaba algo que (¿quizá por lo antidogmático?) me atraía: decía que no son las calorías las que nos engordan, sino los hidratos de carbono. Basaba sus afirmaciones en algo que, después descubrí, es universal: sus propios logros.

Yo soportaba un conflicto: nunca había estado gordo; nunca necesité hacer nada para adelgazar. Por eso mis argumentos debían cambiar de estilo para lograr convencer a mi paciente como, se suponía, el médico de marras convencía a los suyos. (En la actualidad no entiendo por qué me preocupaba tanto, al fin y al cabo los obstetras varones nunca han estado embarazados, y lo mismo saben muy bien qué cosas hacer.)

No recuerdo cómo encaré la primera charla, pero Emilia (mi primera paciente en estos menesteres del adelgazamiento) se fue convencida con una hojita manuscrita –que solo Dios sabe donde habrá ido a parar– en donde le anoté cuales eran las cosas que podía consumir, según rezaba el famoso colega estadounidense.
Cuando siete días después concurrió al primer control, nos asombramos los dos. Ella porque había bajado más de dos kilos “comiendo sin límites” ; yo, porque lo totalmente antioficial (“anticientífico”, pensaba entonces) había dado el resultado apetecido por ambos.
Y siguió adelgazando con el correr de las semanas.
Obviamente sus amigas comenzaron a consultarme, y a todas les di el mismo papelito (esta vez mimeografiado).
El éxito era espectacular: estaba orgulloso.
La cantidad de pacientes se centuplicó en muy breve tiempo, por lo que me vi en la necesidad de pedir ayuda a dos colegas amigos. Yo solo no podía manejar semejante cantidad de gente.
Sentía que había encontrado un tesoro: LA OPINION DE ALGUIEN QUE DABA LA SOLUCION DEFINITIVA A UN VIEJO PROBLEMA IRRESUELTO.
Qué inocente es uno cuando es joven.
Pero cómo añoro ser joven e inocente.

Seguramente va a encontrar en estas notas cosas totalmente opuestas a su estructura mental.
Está usted estructurado de una manera, y yo trataré de desarmar esa estructura. Procuraré convencerlo de que hay otra mejor, más racional, más productiva, saludable, divertida y con más sentido común.

Expondré mis ideas bajo el tutelar mote de HIPOTESIS (Esa palabra me suena muy tranquilizadora y me da más libertad de expresión.)
Léalas las veces que sean necesarias.
Si se convence con ellas, tengo fe en que el salir del laberinto de la obesidad que lo atormenta será algo factible.
Si no lo consigo, creerá que no soy más que algún otro médico que quiere contribuir a la confusión general.

Anhelo que ocurra lo primero.

En esta segunda entrega me parece interesante que entremos en el tema. ¡A las cosas...!:

(Si le gusta lo que ha de leer de ahora en más, difunda este blog entre todos sus amigos)

Primera Hipótesis
NUEVAS DEFINICIONESPARA ANTIGUOS TERMINOS
En este momento de la lectura, antes de adentrarse en el resto, es imprescindible que nos pongamos de acuerdo en la terminología que usaremos de aquí en adelante.
Para que comprenda más fácilmente lo que quiero transmitirle es absolutamente necesario que convengamos en eso.
Si no hablamos un idioma en común no vamos a entendernos.

En la introducción le avisaba sobre el cambio que en su estructura mental pretendo conseguir con este trabajo. Y en su estructura existe una terminología que para mi juicio está errada.
Le contaba que hace casi tres décadas vengo leyendo las opiniones de mis colegas, y, le confieso, el idioma que usan (tal como el que usé yo hace algún tiempo) me parece, ahora, un verdadero galimatías. Es más, creo que la confusión general que reina en estos temas se debe, más que al contenido de las opiniones, al confuso manejo semántico en el que nos empeñamos sus comunicadores.
Se usa la palabra “obeso” como el superlativo de “gordo”, y “flaco” como el de “delgado”. Hambre y apetito son lo mismo para casi todos (digamos que algunos creen que “apetito” no es más que el sinónimo elegante de “hambre”). En muchos he descubierto, sintiendo vergüenza ajena, que hasta confunden “comer” con “alimentarse”.
Se sigue usando la palabra dieta como comúnmente usamos la palabra penicilina.
Ahora todo lo que es “legal” ingerir ha de ser Diet, Free o Ligth. Es como si sintieran que usando vocablos de un idioma internacional, su mensaje es más global y, por lo tanto, más convincente y de resultados mucho más efectivos.

Por todo eso y mucho más, es que se me ha ocurrido exponer como Primera Hipótesis, mi modo de entender las palabras claves del intríngulis.
He desarrollado un glosario que pongo a su disposición, y que esta vez, de puro antidogmático, no estará en orden alfabético, como es la costumbre. Al fin no son tantos los términos a considerar, y tengo fe en que cuando los lea por primera vez ya quedarán grabados en su memoria de tal manera que no tenga, dentro de un tiempo, que volver a buscar, como se hace con los diccionarios, algún término “difícil” que su mente olvidó de registrar, y por lo que se le haría complejo entender el discurso.

Comencemos con una definición oficial. La encontré en un diccionario, y como me pareció correcta, creo que debe ser aceptada como en él figura.
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