Comedia dramática en tres actos




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SAVERIO EL CRUEL

Comedia dramática en tres actos

ROBERTO ARLT


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Personajes
SUSANA DUEÑA DE LA PENSIÓN

JUAN HOMBRE 1º

PEDRO HOMBRE 2º

JULIA JUANA

LUISA ERNESTO

MUCAMA DIONISIA

SAVERIO DEMETRIO

SIMONA ROBERTO

CADDIE MARÍA

IRVING ESSEL HERALDO

ERNESTINA

INVITADAS - INVITADOS - VOCES

ACTO PRIMERO

Antecámara mixta de biblioteca y vestíbulo. A un costado escalera, enfrente puerta interior, al fondo ventanales.
ESCENA I

PEDRO, JULIA, SUSANA y JUAN de edades que oscilan entre 20 y 30 años. JULIA teje en la rueda.
SUSANA (separándose bruscamente del grupo y detenién­dose junto a la escalera). - Entonces yo me detengo aquí y digo: ¿De dónde ha sacado usted que yo soy Susana?

JUAN. - Sí, ya sé, ya sé ...

SUSANA (volviendo a la rueda). - Ya debía estar aquí.

PEDRO (consultando su reloj). - Las cinco.

JUAN (mirando su reloj). - Tu reloj adelanta siete minu­tos. (A SUSANA). - ¡Bonita farsa la tuya!

SUSANA (de pie, irónicamente). - Este año no dirán en la estancia que se aburren. La fiesta tiene todas las pro­porciones de un espectáculo.

JULIA. - Es detestable el procedimiento de hacerle sacar a otro las castañas del fuego.

SUSANA (con indiferencia). - ¿Te parece? (JULIA no con­testa. SUSANA a JUAN.) No te olvides.

JUAN. - Noo. (Mutis de SUSANA.)

PEDRO. - ¡Qué temperamento!

JULIA (sin levantar la cabeza del tejido). -Suerte que ma­má no está. No le divierten mucho estas invenciones.

PEDRO. - Mamá, como siempre, se reiría al final.

JULIA. -¿Y ustedes no piensan cómo puede reaccionar el mantequero cuando se dé cuenta que lo han engañado?

PEDRO. - Si es un hombre inteligente festejará el ingenio de Susana.

JUAN (irónico). - Vas muy bien por ese camino.

JULIA. - Dudo que un hombre inteligente se sienta agra­decido hacia los que se burlan de él.

JUAN. -En cierto modo me alegro que la tía no esté. Diría que era yo el armador de esta fábrica de mentiras.

JULIA. - Mamá tendría razón. Vos y Susana han compa­ginado esta broma canallesca.

PEDRO. - Julia, no exageres.

JUAN. - Evidentemente, Julia, sos una mujer aficionada a las definiciones violentas. Tan no hay intención per­versa en nuestra actividad, que si el mantequero se pres­ta para hacer un papel desairado, el nuestro tampoco lo es menos.

JULIA. -Para divertirse no hay necesidad de llegar a esos extremos ...

PEDRO (a JUAN). -Verdaderamente, si no la estimularas tanto a Susana.

JUAN (fingiendo enojo).-Tendrás la audacia de negarle temperamento artístico a Susana ...

JULIA. -Aquí no se discute el temperamento artístico de Susana. Lo que encuentro repugnante, es el procedi­miento de enredar a un extraño en una farsa malin­tencionada.

JUAN. - ¡Oh, discrepancia! ¡Oh, inocencia! Allí está lo gracioso, Julia. ¿Qué interés encerraría la farsa si uno de los que participa no ignora el secreto? El secreto es en cierto modo la cáscara de banana que caminando pisa el transeúnte distraído.

ESCENA II

Bruscamente entra LUISA, en traje de calle. Tipo frívolo.
LUISA. -Buenas, buenas, buenas ... ¿qué tal Juan? ¿Llegó el mantequero? (Se queda de pie junto a la silla de PEDRO.)

JULIA. -Del mantequero hablamos. (Silencio.)

LUISA. -¿Qué pasa? ¿Consejo de guerra? ¿Bromas do­mésticas? ¿Y Susana?

JULIA. -¿Te parece razonable la farsa que estos locos han tramado?

LUISA. -¡Qué fatalidad! Ya apareció la que toma la vida en serio. Pera hija, si de lo que se trata es de divertir­nos buenamente.

JULIA. -¡Vaya con la bondad de ustedes!

LUISA. -¿No te parece, Juan?

JUAN. -Es lo que digo.

JULIA. -Lo que ustedes se merecen es que el mantequero les dé un disgusto.

LUISA. -Lo único que siento es no tener un papel en la farsa.

JULIA. -Pues no te quejes; lo tendrás. Desde ahora me niego a intervenir en este asunto. Es francamente in­decoroso.

JUAN. -¿Hablás en serio?

JULIA. -¡Claro! Si mamá estuviera, otro gallo les canta­ra. (Levantándose.) Hasta luego. (Mutis.)
ESCENA III

LUISA, PEDRO y JUAN
JUAN. -Esto sí que está bueno. Nos planta en lo mejor.

PEDRO. -Quizá no le falte razón. ¿Qué hacemos si al man­tequero le da por tomar las cosas a lo trágico?

LUISA (despeinando a PEDRO). -No digas pavadas. Ese hombre es un infeliz. Verás. Nos divertiremos inmen­samente. ¿Quieren que haga yo el papel de Julia?

PEDRO. -¿Y tu mamá?

LUISA. -Mamá encantada.

JUAN. - A mí me parece bien. (Suena el teléfono. PEDRO corre al aparato.)

PEDRO (al teléfono). - ¿Quién? ¡Ah, sos vos! No, no llegó. Se está vistiendo. A la noche. Bueno, hasta luego. (Volviendo a la mesa.) Hablaba Esther. Preguntaba si había llegado el mantequero.

JUAN. -¡Te das cuenta! Nos estamos haciendo célebres. (Bajando la voz.) Entre nosotros: va a ser una burla brutal.

LUISA. - Todos se han enterado. ¿Dónde está Susana?

ESCENA IV

Dichos y MUCAMA, que entra.
MUCAMA. -Señor Pedro, ahí está el mantequero.

JUAN. -¿Le avisó a Susana?

MUCAMA. -No, niño.

JUAN (a LUISA). - Vamos a ver cómo te portás en tu papel de hermana consternada. (A PEDRO.) Y vos en tu pa­pel de médico. (Se levanta.) Aplomo y frialdad. (Sale.)

LUISA. - o, mejor que Greta Garbo.

PEDRO (a la MUCAMA). -Hágalo pasar aquí. (Sale la MUCAMA.)

LUISA (de improviso). -Dame un beso, pronto. (PEDRO se levanta y la besa rápidamente. Luego se sienta a la mesa, afectando un grave continente. LUISA se com­pone el cabello. Aparece SAVERIO; físicamente, es un derrotado. Corbata torcida, camisa rojiza, expresión de perro que busca simpatía. Sale la MUCAMA. SAVERIO se detiene en el marco de la puerta sin saber qué hacer de su sombrero.)

ESCENA V

SAVERIO, LUISA y PEDRO; después SUSANA
LUISA (yendo a su encuentro). -Buenas tardes. Permíta­me, Saverio. (Le toma el sombrero y lo cuelga en la percha.) Soy hermana de Susana ...

SAVERIO (moviendo tímidamente la cabeza). - Tanto gus­to. ¿La señorita Susana?

LUISA. -Pase usted. Susana no podrá atenderlo ... (Se­ñalándole a PEDRO.) Le presento al doctor Pedro.

PEDRO (estrechando la mano de SAVERIO). -Encantado.

SAVERIO. -Tanto gusto. La señorita Susana ... me habló de unas licitaciones de manteca ...

PEDRO. -Sí, el otro día me informó ... Usted deseaba colocar partidas de manteca en los sanatorios ...

SAVERIO. -¿Habría posibilidades?

LUISA. -Lástima grande, Saverio. Usted llega en tan mal momento ...

SAVERIO (sin entender). -Señorita, nuestra manteca no admite competencia. Puedo disponer de grandes partidas y sin que estén adulteradas con margarina ...

LUISA. -Es que ...

SAVERIO (interrumpiendo). -Posiblemente no le dé impor­tancia usted a la margarina, pero detenga su atención en esta particularidad: los estómagos delicados no pue­den asimilar la margarina; produce acidez, fermentos gástricos ...

LUISA. - ¿Por qué no habrá llegado usted en otro momen­to? Estamos frente a una terrible desgracia de familia, Saverio.

SAVERIO. - Si no es indiscreción ...

LUISA. - No, Saverio. No. Mi hermanita Susana ...

SAVERIO. - ¿Le ocurre algo?

PEDRO. - Ha enloquecido.

SAVERIO (respirando). - ¡Ha enloquecido! Pero, no es po­sible. El otro día cuando vine a traerle un kilo de man­teca parecía lo más cuerda ...

LUISA. -Pues ya ve cómo las desdichas caen sobre uno de un momento para otro ...

SAVERIO. -Es increíble ...

PEDRO. - ¿Increíble? Pues, mírela, allí está espiando ha­cia el jardín.

Por la puerta asoma la espalda de SUSANA mirando hacia el jardín. De espaldas al espectador.

PEDRO. - Quiero observarla. Hagan el favor, escondámo­nos aquí.

PEDRO, LUISA y SAVERIO Se ocultan. SUSANA se vuelve. SUSANA se muestra en el fondo de la escena con el cabe­llo suelto sobre la espalda, vestida con ropas masculinas. Avanza por la escena mirando temerosamente, movien­do las ruanos como si apartase lianas y ramazones.

SUSANA (melancólicamente). -Árboles barbudos ... y si­lencio. (Inclinándose hacia el suelo y examinándolo.) Ninguna huella de ser humano. (Con voz vibrante y levantando las manos al cielo.) ¡Oh Dioses! ¿Por qué habéis abandonado a esta tierna doncella? ¡Oh! som­bras infernales, ¿por qué me perseguís? ¡Destino pa­voroso! ¿A qué pruebas pretendes someter a una tímida jovencita? ¿Cuándo te apiadarás de mí? Vago, per­dida en el infierno verde, semejante a la protagonista de la tragedia antigua. Pernocto indefensa en panora­mas hostiles . . .

Se escucha el sordo redoble de un tambor.

... siempre el siniestro tambor de la soldadesca. Ellos allá, yo aquí. (Agarrándose la cabeza.) Cómo me pe­sas ... pobre cabeza. Pajarito. (Mirando tristemente en derredor.) ¿Por qué me miras así, pajarito cantor? ¿Te lastima, acaso, mi desventura? (Desesperada.) To­dos los seres de la creación gozan de un instante de reposo. Pueden apoyar la cabeza en pecho deseado. Todos menos yo, fugitiva de la injusticia del Coronel desaforado.

Nuevamente, pero más lejano, redobla el parche del tambor.

(SUSANA examina la altura.) Pretenden despistarme. Pe­ro, ¿cómo podría trepar a tal altura? Me desgarraría inútilmente las manos. (Hace el gesto de tocar el tron­co de un árbol.) Esta corteza es terrible. (Se deja caer al suelo apoyada la espalda a la pata de una mesa.) ¡Oh, terrores, terrores desconocidos, incomunicables! ¿Quién se apiada de la proscripta desconocida? Soy casta y pura. Hasta las fieras parecen comprenderlo. Respetan mi inocencia. (Se pone de pie.) ¿Qué hacer? No hay cueva que no registren los soldados del Coronel. (Hace el gesto de levantar una mata.) Tres noches que duermo en la selva. (Se toma un pie dolorido.) ¿Pero se puede llamar dormir a este quebranto doloroso: des­pertarse continuamente aterrorizada por el rugido de las bestias, escuchando el silbido de la serpiente que enloquece la luna? (Tomándose dolorida la cabeza.) ¡Ay, cuándo acabará mi martirio!

ESCENA VI

JUAN y SUSANA

JUAN (entra en traje de calle y pone una mano en el hom­bro de SUSANA). - Tranquilizate, Susana.

SUSANA (con sobresalto violento). -Yo no soy Susana. ¿Quién es usted?

JUAN. - Tranquilícese. (Le señala la silla.) Sentémonos en estos troncos.

SUSANA. - ¿Por qué no me contesta? ¿Quién es usted?

JUAN (vacilante, como quien ha olvidado su papel). -Per­dón ... recién me doy cuenta de que es usted una mujer vestida de hombre.

SUSANA. -Y entonces, ¿por qué me llamó Susana?

JUAN. - ¿Yo la llamé Susana? No puede ser. Ha escucha­do mal, jamás pude haberla llamado Susana.

SUSANA (sarcástica). -¿Trabaja al servicio del Coronel? ¡eh!...

JUAN (fingiendo asombro). - ¿El Coronel? ¿Quién es el Coronel?

SUSANA (llevándose las manos al pecho). - Respiro. Su asombro revela la ignorancia de lo que temo. (Sonrien­do.) Tonta de mí. Cómo no reparé en su guardamon­tes.1 ¿Así que usted es el pastor de estos contornos?

JUAN. -Sí, sí... soy el pastor ...

SUSANA. -Sin embargo, de acuerdo a los grabados clási­cos; usted deja mucho que desear como pastor. ¿Por qué no lleva cayado2 y zampoña3?

JUAN. -Los tiempos no están para tocar la zampoña.

SUSANA (poniéndose de pie y examinándole de pies a ca­beza). - Guapo mozo es usted. Me recuerda a Tarzán. (Para sí.) Musculatura eficiente. (Mueve desolada la cabeza.) Pero no ... es mejor que se vaya ... que vuel­va al bosque de donde salió. ..

JUAN. -¿Por qué? No veo el motivo.

SUSANA (trágica). - Una horrible visión acaba de pasar por mis ojos. (Profética.) L o veo tendido en los esca­lones de mármol de mi palacio, con siete espadas clava­das en el corazón...

JUAN (golpeándose jactanciosamente los bíceps). -¿Siete espadas, ha dicho, señorita? ¡Que vengan! Al que in­tente clavarme, no siete espadas, sino una sola en el co­razón, le quebraré los dientes.

SUSANA. -Me agrada. Así se expresan los héroes. (Grave.) Pobre joven. ¿Podría albergarme en su cabaña, pocos días?

JUAN. -¿En mi cabaña? Pero usted ... tan hermosa. ¡Oh! sí ... pero le advierto que mi choza es rústica ... carece de comodidades ...

SUSANA. -Descuide. No le molestaré. Necesito resolver tan graves problemas. (Sentándose.) Si usted supiera. Estoy tan cansada. Mi vida ha dado un tumbo horrible. (Para sí.) Parece un sueño todo lo que sucede. ¿Es ca­sado usted?

JUAN. -No, señorita.

SUSANA. -¿Tiene queridas?

JUAN. - Señorita, soy un hombre honrado.

SUSANA. -Me alegro. (Se pasea.) Esto simplifica la cues­tión. Las mujeres lo echan todo a perder. A ver, déje­me que le vea el fondo de los ojos. (Se inclina sobre él.) Su rostro sonríe. En el fondo de sus ojos chispea el temor. (Sarcástica.) ¡No está muy seguro de su fideli­dad, eh!

JUAN. -¡Susana! ...

SUSANA. -Ya reincidió otra vez... ¿Quién es Susana? ¿Su novia?

JUAN (vacilante). - Confundo... perdone... usted me re­cuerda una pastora que vivía en los contornos. Se lla­maba Susana.

SUSANA. -¿No hay peligro de que nos escuche algún es­pía del Coronel?

JUAN. -Los perros hubieran ladrado.

SUSANA. -¿Es capaz de guardar un secreto?

JUAN. -Sí, señorita.

SUSANA (meneando la cabeza con desesperación). -Pero no ... no ... Seguirme es tomar rumbo hacia la muerte. Soy un monstruo disfrazado de sirena. Escúchame, pas­torcito, y tú, quien seas que me oyes: huye de mí. Aún estás a tiempo.

JUAN (golpeándose los bíceps). -Que vengan los peligros. Les romperé las muelas y les hincharé los ojos.

SUSANA. - Dudo. Tu alma es noble. Pueril. (Se pasea irresoluta. Se detiene ante él.) Evidentemente, tus ojos son francos. El rostro de líneas puras retrata una vida inocente. No perteneces a ese grupo de granujas a quie­nes agrada enredar a los ingenuos en las mallas de sus mentiras.

JUAN (tartamudeando). -Claro que no, señorita. Soy un hombre honrado.

SUSANA. -Y sin queridas. Perfectamente. ¿Sabes quién soy?

JUAN. -Aún no, señorita.

SUSANA. -Apóyate, que te caerás.

JUAN. - La impaciencia me mantiene tieso. No puedo caerme.

SUSANA. -Caerás. Soy... la reina Bragatiana.

JUAN. -¿La reina? ¿Vestida de hombre? ¿Y en el bosque?

SUSANA. - Ha caído un rayo, ¿no?

JUAN. -Tal me suena la noticia.

SUSANA. -Me lo figuraba, querido pastorcito. Vaya si me lo figuraba. No todos los días, a la vuelta del monte, tropieza un cabrero con una reina destronada.

JUAN. -Mi suerte es descomunal.

SUSANA. -¿Comprendes, ahora, la inmensidad de mi des­gracia?

JUAN. -Majestad ... la miro y creo y no creo . . .

SUSANA. -Me has llamado majestad. ¡Oh sueño! ¡Oh de­licia! . . . ¡Cuántos días que estas palabras no suenan en mis oídos!

JUAN
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