Memorias de Adriano




descargar 0.69 Mb.
títuloMemorias de Adriano
página7/22
fecha de publicación15.08.2016
tamaño0.69 Mb.
tipoMemorias
med.se-todo.com > Derecho > Memorias
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   22
Humanitas, Felicitas, Libertas: no he inventado estas bellas palabras que aparecen en las monedas de mi reinado. Cualquier filósofo griego, casi todos los romanos cultivados, se proponen la misma imagen del mundo. Frente a una ley injusta por demasiado rigurosa, he oído gritar a Trajano que su ejecución ya no respondía al espíritu de la época. Pero tal vez sería yo el primero que subordinara conscientemente mis actos a ese espíritu de la época, haciendo de él otra cosa que el sueño nebuloso de un filósofo o la vaga aspiración de un buen príncipe. Y daba gracias a los dioses por haberme dejado vivir en una época en la que mi tarea consistía en reorganizar prudentemente un mundo, y no en extraer del caos una materia aún informe, o en tenderme sobre un cadáver para tratar de resucitarlo. Me congratulaba de que nuestro pasado fuese lo bastante amplio para proporcionarnos ejemplos, sin aplastarnos con un exceso de peso; de que el desarrollo de nuestras técnicas hubiera llegado al punto de facilitar la higiene de las ciudades y la prosperidad de los pueblos, sin exceder de la medida y abrumar a los hombres con adquisiciones inútiles; y de que nuestras artes, árboles fatigados ya por la abundancia de sus dones, fueran todavía capaces de dar algunos frutos deliciosos. Me alegraba de que nuestras vagas y venerables religiones, decantadas de toda intransigencia o de todo rito salvaje, nos asociaran misteriosamente a los más antiguos sueños del hombre y de la tierra, pero sin vedamos una explicación laica de los hechos, una visión racional de la conducta humana. Me placía, por fin, que aquellas palabras de Humanidad, Libertad y Felicidad no hubieran sido todavía devaluadas por un exceso de aplicaciones ridículas.

Advierto una objeción a todo esfuerzo por mejorar la condición humana: la de que quizá los hombres son indignos de él. Pero la desecho sin esfuerzo: mientras el sueño de Calígula siga siendo irrealizable y el género humano no se reduzca a una sola cabeza ofrecida al cuchillo, tendremos que tolerarlo, contenerlo, utilizarlo para nuestros fines; nuestro interés bien entendido será el de servirlo. Mi manera de obrar se basaba en una serie de observaciones sobre mí mismo, hechas desde mucho tiempo atrás; toda explicación lúcida me ha convencido siempre, toda cortesía me conquista, toda felicidad me da casi siempre la cordura. Y sólo escuchaba a medias a los bien intencionados que afirman que la felicidad relaja, que la libertad reblandece, que la humanidad corrompe a aquellos en quienes se ejerce. Puede ser; pero en el estado actual del mundo, eso equivale a no querer dar de comer a un hombre exánime por miedo de que dentro de unos años sufra de plétora. Cuando hayamos aliviado lo mejor posible las servidumbres inútiles y evitado las desgracias innecesarias, siempre tendremos, para mantener tensas las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos, la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros ensueños — todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las cosas. Tengo que confesar que creo poco en las leyes. Si son demasiado duras, se las transgrede con razón. Si son demasiado complicadas, el ingenio humano encuentra fácilmente el modo de deslizarse entre las mallas de esa red tan frágil. El respeto a las leyes antiguas corresponde a lo que la piedad humana tiene de más hondo; también sirve de almohada a la inercia de los jueces. Las más remotas participan del salvajismo que se esforzaban por corregir; las más venerables siguen siendo un producto de la fuerza. La mayoría de nuestras leyes penales sólo alcanzan, por suerte quizá, a una mínima parte de los culpables; nuestras leyes civiles no serán nunca lo suficientemente flexibles para adaptarse a la inmensa y fluida variedad de los hechos. Cambian menos rápidamente que las costumbres; peligrosas cuando quedan a la zaga de éstas, lo son aún más cuando pretenden precederlas. Sin embargo, en esta aglomeración de innovaciones arriesgadas o de rutinas añejas, sobresalen aquí y allá, como sucede en la medicina, algunas fórmulas útiles. Los filósofos griegos nos han enseñado a conocer algo mejor la naturaleza humana; desde hace varias generaciones, nuestros mejores juristas trabajan en pro del sentido común. Yo mismo llevé a cabo algunas de esas reformas parciales, las únicas duraderas. Toda ley demasiado transgredida es mala; corresponde al legislador abrogaría o cambiarla, a fin de que el desprecio en que ha caído esa ordenanza insensata no se extienda a leyes más justas. Me proponía la prudente eliminación de las leyes superfluas y la firme promulgación de un pequeño cuerpo de decisiones prudentes. Parecía llegado el momento de revaluar todas las antiguas prescripciones, en interés de la humanidad.

En España, cerca de Tarragona, un día que visitaba solo una mina semiabandonada, un esclavo cuya larga vida había transcurrido casi por completo en los corredores subterráneos, se lanzó sobre mí armado de un cuchillo. Muy lógicamente, se vengaba en el emperador de sus cuarenta y tres años de servidumbre. Lo desarmé fácilmente, y lo entregué a mi médico; su furor se calmó, y acabó convirtiéndose en lo que verdaderamente era: un ser no menos sensato que los demás, y más fiel que muchos. Aquel culpable, que la ley salvajemente aplicada hubiera mandado ejecutar de inmediato, se convirtió para mí en un servidor útil. Casi todos los hombres se parecen a ese esclavo, viven demasiado sometidos, y sus largos períodos de embotamiento se ven interrumpidos por sublevaciones tan brutales como inútiles. Quería yo ver si una libertad bien entendida no sacaría mejor partido de ellos, y me asombra que una experiencia semejante no haya tentado a más príncipes. Aquel bárbaro condenado a trabajar en las minas se convirtió para mí en el emblema de todos nuestros esclavos, de todos nuestros bárbaros. No me parecía imposible tratarlos como había tratado a ese hombre, devolverlos inofensivos a fuerza de bondad, siempre y cuando comprendieran previamente que la mano que los desarmaba era firme. Los pueblos han perecido hasta ahora por falta de generosidad: Esparta hubiera sobrevivido más tiempo de haber interesado a los ilotas en su supervivencia; un buen día Atlas deja de sostener el peso del cielo y su rebelión conmueve la tierra. Hubiera querido hacer retroceder, evitar si fuera posible, ese momento en que los bárbaros de fuera y los esclavos internos se arrojarán sobre un mundo que se les exige respetar de lejos o servir desde abajo, pero cuyos beneficios no son para ellos. Me obstinaba en que el más desheredado de los seres, el esclavo que limpia las cloacas de la ciudad, el bárbaro hambriento que ronda las fronteras, tuviera interés en que Roma durara.

Dudo de que toda la filosofía de este mundo consiga suprimir la esclavitud; a lo sumo le cambiarán el nombre. Soy capaz de imaginar formas de servidumbre peores que las nuestras, por más insidiosas, sea que se logre transformar a los hombres en máquinas estúpidas y satisfechas, creídas de su libertad en pleno sometimiento, sea que, suprimiendo los ocios y los placeres humanos, se fomente en ellos un gusto por el trabajo tan violento como la pasión de la guerra entre las razas bárbaras. A esta servidumbre del espíritu o la imaginación, prefiero nuestra esclavitud de hecho. Sea como fuere, el horrible estado que pone a un hombre a merced de otro exige ser cuidadosamente reglado por la ley. Velé para que el esclavo dejara de ser esa mercancía anónima que se vende sin tener en cuenta los lazos de la familia que pueda tener, ese objeto despreciable cuyo testimonio no registra el juez hasta no haberlo sometido a la tortura, en vez de aceptarlo bajo juramento. Prohibí que se lo obligara a oficios deshonrosos o arriesgados, que se lo vendiera a los dueños de lenocinios o a las escuelas de gladiadores. Aquellos a quienes esas profesiones agraden, que las ejerzan por su cuenta: las profesiones saldrán ganando. En las granjas, donde los capataces abusan de su fuerza, he reemplazado lo más posible a los esclavos por colonos libres. Nuestras colecciones de anécdotas están llenas de historias sobre gastrónomos que arrojan a sus domésticos a las murenas, pero los crímenes escandalosos y fácilmente punibles son poca cosa al lado de millares de monstruosidades triviales, perpetradas cotidianamente por gentes de bien y de corazón duro, a quien nadie pensaría en pedir cuentas. Hubo muchas protestas cuando desterré de Roma a una patricia rica y estimada que maltrataba a sus viejos esclavos; un ingrato que abandona a sus padres enfermos provoca mayor escándalo en la conciencia pública, pero yo no veo gran diferencia entre las dos formas de inhumanidad.

La situación de las mujeres se ve determinada por extrañas condiciones: sometidas y protegidas a la vez, débiles y todopoderosas, son demasiado despreciadas y demasiado respetadas. En este caos de hábitos contradictorios, lo social se superpone a lo natural y no es fácil distinguirlos. Tan confuso estado de cosas es más estable de lo que parece; en general, las mujeres son lo que quieren ser; o resisten a los cambios, o los aplican a los mismos y únicos fines. La libertad de las mujeres de hoy, mayor o por lo menos más visible que en otros tiempos, no pasa de ser uno de los aspectos de la vida más fácil de las épocas de prosperidad; los principios, y aun los prejuicios de antaño, no se han visto mayormente afectados. Sinceros o no, los elogios oficiales y las Inscripciones funerarias continúan atribuyendo a nuestras matronas las mismas virtudes de industriosidad, recato y austeridad que se les exigía bajo la República. Por lo demás los cambios, reales o supuestos, no han modificado en nada la eterna licencia de las costumbres de las clases inferiores o la eterna mojigatería burguesa, y sólo el tiempo mostrará si son perdurables. La debilidad de las mujeres, como la de los esclavos, depende de su condición legal; su fuerza se desquita en las cosas menudas donde el poder que ejercen es casi ilimitado. Raras veces he visto casas donde no reinaran las mujeres; con frecuencia he visto reinar también al intendente, al cocinero o al liberto. En el orden financiero, siguen legalmente sometidas a una forma cualquiera de tutela, pero en la práctica, en cada tienda de la Suburra la vendedora de aves o la frutera es la que casi siempre manda en el mostrador. La esposa de Atiano administraba los bienes familiares con admirable capacidad de hombre de negocios. Las leyes deberían diferir lo menos posible de los usos; he acordado a la mujer una creciente libertad para administrar su fortuna, testar y heredar. Insistí para que ninguna doncella sea casada sin consentimiento: la violación legal es tan repugnante como cualquier otra. El matrimonio es la cuestión más importante de su vida: justo es que la resuelvan según su voluntad.

Parte de nuestros males proviene de que hay demasiados hombres vergonzosamente ricos o desesperadamente pobres. Hoy en día, por suerte, tiende a establecerse el equilibrio entre los dos extremos; las colosales fortunas de emperadores y libertos son cosa pasada; Trimalción y Nerón han muerto. Pero un inteligente reajuste económico del mundo está todavía por hacerse. Cuando subí al poder renuncié a las contribuciones voluntarias ofrecidas al emperador por las ciudades, y que no son más que un robo disfrazado. Te aconsejo que también renuncies a ellas cuando te llegue el día. La anulación completa de las deudas de los particulares al Estado era una medida más osada, pero igualmente necesaria para hacer tabla rasa después de diez años de economía de guerra. Nuestra moneda se ha devaluado peligrosamente a lo largo de un siglo, y sin embargo la eternidad de Roma está tasada por nuestras monedas de oro; preciso es, entonces, devolverles su valor y su peso, sólidamente respaldados en las cosas. Nuestras tierras se cultivan al azar; tan sólo dos distritos privilegiados —Egipto, el África, la Toscana y algunos otros— han sabido crear comunidades campesinas que conocen a fondo el cultivo del trigo o de la vid. Una de mis preocupaciones consistía en sostener esa clase, que me proporcionaría instructores destinados a las poblaciones rurales más primitivas o más rutinarias. Acabé con el escándalo de las tierras dejadas en barbecho por los grandes propietarios indiferentes al bien público; a partir de ahora, todo campo no cultivado durante cinco años pertenece al agricultor que se encarga de aprovecharlo. Lo mismo puedo decir de las explotaciones mineras. La mayoría de nuestros ricos hacen enormes donaciones al Estado, a las instituciones públicas y al príncipe. Muchos lo hacen por interés, algunos por virtud, y casi todos salen ganando con ello. Pero yo hubiese querido que su generosidad no asumiera la forma de la limosna ostentosa, y que aprendieran a aumentar sensatamente sus bienes en interés de la comunidad, así como hasta hoy lo han hecho para enriquecer a sus hijos. Guiado por este principio, tomé en mano propia la gestión del dominio imperial; nadie tiene derecho a tratar la tierra como trata el avaro su hucha llena de oro.

A veces nuestros comerciantes son nuestros mejores geógrafos y astrónomos, nuestros naturalistas más sabios. Los banqueros se cuentan entre los mejores conocedores de hombres. Utilicé las competencias; luché con todas mis fuerzas contra las usurpaciones. El apoyo dado a los armadores ha duplicado los intercambios con países extranjeros; pude así, con poco gasto, reforzar la costosa flota imperial. Con respecto a las importaciones del Oriente y África, Italia es una isla, y a falta de cosecha propia depende de los comerciantes en granos para su subsistencia. La única manera de remediar los peligros de esta situación consiste en tratar a esos indispensables negociantes como a funcionarios estrechamente vigilados. Nuestras antiguas provincias han alcanzado en los últimos años una prosperidad que aún puede ir en aumento, pero lo que importa es que la prosperidad sirva para todos y no solamente para la banca de Herodes Ático o para el pequeño especulador que acapara todo el aceite de una aldea griega. Se necesitan las leyes más rigurosas para reducir el número de los intermediarios que pululan en nuestras ciudades: raza obscena y ventruda, murmurando en todas las tabernas, acodada en todos los mostradores, pronto a mirar cualquier política que no le proporcione ganancias inmediatas. Una distribución juiciosa de los graneros del Estado ayuda a contener la escandalosa inflación de los precios en épocas de carestía, pero yo contaba sobre todo con la organización de los productores mismos, los viñateros galos, los pescadores del Ponto Euxino cuya miserable pitanza devoran los importadores de caviar y de pescado salado prontos a sacar tajada de sus fatigas y sus peligros. Uno de mis días más hermosos fue aquel en que convencí a un grupo de marineros del Archipiélago de que se asociaran formando una corporación y que trataran directamente con los vendedores de las ciudades. Jamás me sentí más útil como príncipe.

Con harta frecuencia el ejército considera la paz como un período de ocio turbulento entre dos combates; la alternativa de esa inacción o ese desorden es la preparación de una determinada guerra, seguida por la guerra misma. Rompí con esas rutinas; mis continuas visitas a los puestos de avanzada eran un medio entre muchos otros para mantener un ejército pacífico en estado de actividad útil. Por doquiera, en la llanura como en la montaña, al borde de la selva y en pleno desierto, la legión extiende o concentra sus edificios siempre iguales, sus campos de maniobras, sus barras construidas en Colonia para resistir a la nieve, o en Lambesis para defenderse de las tormentas de arena, sus almacenes cuyo material inútil había mandado vender, su circulo de oficiales presidido por una estatua del príncipe. Pero esta uniformidad es sólo aparente, esos cuarteles intercambiables contienen la multitud siempre diferente de las tropas auxiliares; todas las razas aportan al ejército sus virtudes y sus armas particulares, su genio de infantes, de jinetes o de arqueros. Volvía a encontrar en estado bruto aquella diversidad dentro de la unidad que constituía mi propósito imperial. Permití a los soldados que profirieran sus gritos de guerra nacionales y que las órdenes se dieran en su propio idioma; autoricé las uniones de los veteranos con mujeres bárbaras y legitimé a sus hijos. Me esforzaba así por mitigar el salvajismo de la vida rural y tratar a aquellos hombres sencillos como hombres. A riesgo de perder movilidad, quería que se afincaran en el rincón de la tierra que estaban encargados de defender; no vacilaba en regionalizar el ejército. Esperaba restablecer, en escala imperial, el equivalente de las milicias de la joven República, en las que cada hombre defendía su campo y su granja. Me esforzaba sobre todo por desarrollar la eficacia técnica de las legiones; quería servirme de esos centros militares como de una palanca civilizadora, una cuña lo bastante sólida para entrar poco a poco allí donde se embotaran los instrumentos más delicados de la vida civil. El ejército se convertía en lazo de unión entre el pueblo de la selva, la estepa y las marismas, y el habitante refinado de las ciudades; sería escuela primaria para bárbaros, escuela de resistencia y de responsabilidad para el griego ilustrado o el joven caballero habituado a las comodidades de Roma. Conocía personalmente los lados penosos de esa vida, así como sus facilidades y sus subterfugios. Anulé los privilegios, prohibí que los oficiales gozaran de licencias demasiado frecuentes; mandé que se suprimieran en los campamentos las salas de banquetes, las casas de reposo y sus costosos jardines. Aquellos edificios inútiles pasaron a ser enfermerías y hospicios para veteranos. Hasta ahora reclutábamos nuestros soldados antes de que tuvieran edad suficiente y los guardábamos hasta que eran demasiado viejos, todo lo cual era tan poco económico como cruel. Cambié ese estado de cosas. La Disciplina Augusta tiene el deber de participar en la humanidad del siglo.

Somos funcionarios del Estado, no Césares. Razón tenía aquella querellante a quien me negué cierto día a escuchar hasta el fin, cuando me gritó que si no tenía tiempo para escucharla, tampoco lo tenía para reinar. Las excusas que le presenté no eran solamente de forma. Y sin embargo me falta tiempo: cuanto más crece el imperio, más tienden a concentrarse los diferentes aspectos de la autoridad en manos del funcionario en jefe; este hombre apremiado tiene que delegar parte de sus tareas en otros; su genio consistirá cada vez más en rodearse de un personal de confianza. El gran crimen de Claudio o de Nerón fue el de permitir perezosamente que sus libertos o sus esclavos se apoderaran de la función de agentes, consejeros y delegados del amo. Parte de mi vida y de mis viajes ha estado dedicada a elegir los jefes de una burocracia nueva, a adiestrarlos, a hacer coincidir lo mejor posibles las aptitudes con las funciones, a proporcionar posibilidades de empleo a la clase media de la cual depende el Estado. Veo el peligro de estos ejércitos civiles y puedo resumirlo en una palabra: la rutina. Estos engranajes destinados a durar siglos, se estropearán si no se tiene cuidado; al amo corresponde regular incesantemente su movimiento, prever o reparar el desgaste. Pero la existencia demuestra que a pesar del infinito cuidado en la elección de nuestros sucesores, los Césares mediocres serán siempre los más numerosos, y que por lo menos una vez por siglo algún insensato llega al poder. En tiempos de crisis, la administración bien organizada podrá seguir atendiendo a lo esencial, llenar el intervalo, a veces demasiado largo, entre uno y otro príncipe prudente. Ciertos emperadores desfilan llevando a la zaga a los bárbaros atados por el cuello, en interminable procesión de vencidos. El grupo selecto de funcionarios que he decidido formar será un cortejo harto diferente. Gracias a aquellos que constituyen mi consejo, he podido ausentarme durante años de Roma y volver solamente de paso. Me comunicaba con ellos mediante los correos más veloces; en caso de peligro se usaban las señales de los semáforos. Ellos han formado a su vez a otros auxiliares útiles. Su competencia es obra mía: su actividad bien ordenada me ha permitido dedicarme a otras cosas. Me permitirá, sin demasiada inquietud, ausentarme en la muerte.

A lo largo de veinte años de poder, pasé doce sin domicilio fijo. Ocupaba sucesivamente los palacios de los mercaderes asiáticos, las discretas casas griegas, las hermosas villas provistas de baños y caloríferos de los residentes romanos de la Galia, las chozas o las granjas. Seguía prefiriendo la liviana tienda, la arquitectura de tela y de cuerdas. Los navíos no eran menos variados que los alojamientos terrestres. Tuve el mío, provisto de un gimnasio y una biblioteca, pero desconfiaba demasiado de toda fijación como para aficionarme a una residencia aunque fuera móvil. Lo mismo me servían la barca de lujo de un millonario sirio, los bajeles de alto bordo de la flota o el queche de un pescador griego. El único lujo era la velocidad y todo lo que la favorecía: los mejores caballos, los vehículos de mejor suspensión, el equipaje menos incómodo, las ropas y accesorios apropiados para el clima. Pero el gran recurso lo constituía sobre todo la perfecta salud corporal; una marcha forzada de veinte leguas no era nada, una noche de insomnio valía como una invitación a pensar. Pocos hombres aman durante mucho tiempo los viajes, esa ruptura perpetua de los hábitos, esa continua conmoción de todos los prejuicios. Pero yo tendía a no tener ningún prejuicio y el mínimo de hábitos. Gustaba de la deliciosa profundidad de los lechos, pero también el contacto y el olor de la tierra desnuda, las desigualdades de cada segmento de la circunferencia del mundo. Estaba habituado a la variedad de los alimentos, pasta de cereales británica o sandia africana. Un día llegué a probar la carne semipodrida que hace las delicias de ciertos pueblos germánicos: la vomité, pero la experiencia quedaba hecha. Claramente decidido en materia de preferencias amorosas, aun allí temía las rutinas. Mi séquito, reducido a lo indispensable o a lo exquisito, me aislaba poco del resto del mundo; velaba por mantener la libertad de mis movimientos y para que pudiera llegarse fácilmente hasta mí. Las provincias, esas grandes unidades oficiales cuyos emblemas yo mismo había elegido, la Britania en su territorio rocoso o la Dacia y su cimitarra, se disociaban en bosques donde había yo buscado la sombra, en pozos donde había bebido, en individuos hallados al azar de un alto, en rostros elegidos y a veces amados. Conocía cada milla de nuestras rutas, quizá el más hermoso don que ha hecho Roma a la tierra. Pero el momento inolvidable era aquel en que la ruta se detenía en el flanco de una montaña, a la cual subíamos de grieta en grieta, de bloque en bloque, para ver la aurora desde lo alto de un pico de los Pirineos a los Alpes.

Algunos hombres habían recorrido la tierra antes que yo: Pitágoras, Platón, una docena de sabios y no pocos aventureros. Por primera vez el viajero era al mismo tiempo el amo, capaz de ver, reformar y crear al mismo tiempo. Allí estaba mi oportunidad, y me daba cuenta de que tal vez pasarían siglos antes de que volviera a producirse el feliz acorde de una función, un temperamento y un mundo. Y entonces me di cuenta de la ventaja que significa ser un hombre nuevo y un hombre solo, apenas casado, sin hijos, casi sin antepasados, un Ulises cuya Itaca es sólo interior. Debo hacer aquí una confesión que no he hecho a nadie: jamás tuve la sensación de pertenecer por completo a algún lugar, ni siquiera a mi Atenas bienamada, ni siquiera a Roma. Extranjero en todas partes, en ninguna me sentía especialmente aislado. A lo largo de los caminos iba ejerciendo las diferentes profesiones que integran el oficio de emperador: entraba en la vida militar como en una vestimenta cómoda a fuerza de usada. Volvía a hablar sin trabajo el idioma de los campamentos, ese latín deformado por la presión de las lenguas bárbaras, sembrado de palabrotas rituales y bromas fáciles; me habituaba nuevamente al pesado equipo de los días de maniobra, a ese cambio de equilibrio que determina en todo el cuerpo la presencia del pesado escudo en el brazo izquierdo. El interminable oficio de contable me ocupaba aún más, ya se tratara de liquidar las cuentas de la provincia de Asia o las de una pequeña aldea británica endeudada por la construcción de un establecimiento termal. Del oficio del juez ya he hablado. Me venían a la mente analogías extraídas de otras ocupaciones: pensaba en el médico ambulante que cura a las gentes de puerta en puerta, en el obrero que acude a reparar una calzada o a soldar una cañería de agua, en el capataz que corre de un extremo a otro del banco de los navíos, alentando a los remeros pero empleando lo menos posible el látigo. Y hoy, mientras desde las terrazas de la Villa observo a los esclavos que podan las ramas o escardan los arriates, pienso sobre todo en el sabio ir y venir del jardinero.

Los artesanos a quienes llevaba conmigo en mis giras me causaban preocupaciones, pues su gusto por los viajes igualaba al mío. En cambio me vi en dificultades con los hombres de letras. El indispensable Flegón tiene defectos de mujer vieja, pero es el único secretario que haya resistido al uso: todavía está ahí. El poeta Floro, a quien ofrecí una secretaría en lengua latina, dijo a todo el mundo que no hubiera querido ser César para tener que andar soportando los inviernos escitas y las lluvias bretonas. Las largas caminatas tampoco le agradaban. Por mi parte le dejaba de buen grado las delicias de la vida literaria romana, las tabernas donde sus colegas se reúnen todas las noches para repetir las mismas ocurrencias y hacerse picar fraternalmente por los mismos mosquitos. Había nombrado a Suetonio encargado de los archivos, cargo que le permitía consultar los documentos secretos que necesitaba para sus biografías de los Césares. Aquel hombre tan hábil, y tan bien apodado Tranquilo, no era concebible más que en una biblioteca; permaneció en Roma, donde llegó a ser uno de los familiares de mi mujer, miembro de ese pequeño círculo de conservadores descontentos que se reunían en su casa para criticar lo mal que anda el mundo. Como ese circulo me desagradaba, obligué a retirarse a Tranquilo, que se marchó a su pabellón de los montes sabinos para seguir soñando en paz con los vicios de Tiberio. Favorino de Arles desempeñó cierto tiempo una secretaria griega; aquel enano de voz aflautada no carecía de fineza. Era uno de los espíritus más falsos que jamás he encontrado; disputábamos, pero me encantaba su erudición. Me regocijaba su hipocondría, que lo llevaba a ocuparse de su salud como un amante de su amada. Tenía un servidor hindú que le preparaba el arroz traído con no poco gasto de Oriente; por desgracia aquel exótico cocinero hablaba muy mal el griego, y apenas sabia otros idiomas, por lo cual no pudo enseñarme nada sobre las maravillas de su país natal. Favorino se jactaba de haber realizado en su vida tres cosas bastante raras. Galo, se había helenizado mejor que nadie; hombre de baja extracción, disputaba sin cesar con el emperador sin que ello le acarreara ningún inconveniente, singularidad que en definitiva le honraba; impotente, tenía que pagar de continuo la multa aplicable a los adúlteros. Verdad es que sus admiradoras provincianas le metían en dificultades de las cuales tenía yo que andar sacándolo. Al final me cansé y Eudemón ocupó su puesto. Pero en conjunto he sido bien servido. El respeto de ese pequeño grupo de amigos y de empleados ha sobrevivido, sólo los dioses saben cómo, a la brutal intimidad de los viajes; su discreción ha sido más asombrosa, si es posible, que su fidelidad. Los Suetonios del futuro cosecharán muy pocas anécdotas sobre mí. Lo que el público sabe de mi vida, es lo que yo mismo he revelado. Mis amigos guardaron mis secretos, tanto los políticos como los otros; justo es decir que hice lo mismo con los suyos.

Construir es colaborar con la tierra, imprimir una marca humana en un paisaje que se modificará así para siempre; es también contribuir a ese lento cambio que constituye la vida de las ciudades. Cuántos afanes para encontrar el emplazamiento exacto de un puente o una fontana, para dar a una ruta de montaña la curva más económica que será al mismo tiempo la más pura... La ampliación de la ruta de Megara transformaba el paisaje de rocas esquinorianas; los dos mil estadios de camino pavimentado, provisto de cisternas y puestos militares, que unen Antínoe al Mar Rojo, inauguraban en el desierto la era de la seguridad y acababan con la del peligro. Los impuestos de quinientas ciudades asiáticas no eran demasiados para construir un sistema de acueductos en la Tróade; el acueducto de Cartago resarcía en cierto modo de las durezas de las guerras púnicas. Levantar fortificaciones, en suma, era lo mismo que construir diques: consistía en hallar la línea desde donde puede defenderse un ribazo o un imperio, el punto donde el asalto de las olas o de los bárbaros será contenido y roto. Dragar los puertos era fecundar la hermosura de los golfos. Fundar bibliotecas equivalía a construir graneros públicos, amasar reservas para un invierno del espíritu que, a juzgar por ciertas señales y a pesar mío, veo venir. He reconstruido mucho, pues ello significaba colaborar con el tiempo en su forma pasada, aprehendiendo o modificando su espíritu, sirviéndole de relevo hacia un más lejano futuro; es volver a encontrar bajo las piedras el secreto de las fuentes. Nuestra vida es breve; hablamos sin cesar de los siglos que preceden o siguen al nuestro, como si nos fueran totalmente extranjeros; y sin embargo llegaba a tocarlos en mis juegos con la piedra. Esos muros que apuntalo están todavía tibios del contacto de cuerpos desaparecidos; manos que todavía no existen acariciarán los fustes de estas columnas. Cuanto más he pensado en mi muerte, y sobre todo en la del otro, con mayor motivo he buscado agregar a nuestras vidas esas prolongaciones casi indestructibles. En Roma utilizaba de preferencia el ladrillo eterno, que sólo muy lentamente vuelve a la tierra de la cual ha nacido y cuyo lento desmoronamiento e imperceptible desgaste se cumplen de modo tal que el edificio sigue siendo montaña aun cuando haya dejado de ser visiblemente una fortaleza, un circo o una tumba. En Grecia y en Asia empleaba el mármol natal, la hermosa sustancia que una vez tallada sigue fiel a la medida humana, tanto que el plano del entero templo se halla contenido en cada fragmento de tambor. La arquitectura tiene muchas más posibilidades de las que hacen suponer los cuatro órdenes de Vitrubio; nuestros bloques, como nuestros tonos musicales, admiten combinaciones infinitas. Para alzar el Panteón me remonté a la antigua Etruria de los divinos y los arúspices; el santuario de Venus, en cambio, redondea al sol sus formas jónicas, la profusión de columnas blancas y rosadas en torno a la diosa de carne de donde brotó la raza de César. El Olimpión de Atenas tenía que ser el contrapeso exacto del Partenón, alzarse en la llanura como aquél en la colina, inmenso allí donde el otro es perfecto: el ardor arrodillado ante la calma, el esplendor a los pies de la belleza. Las capillas de Antínoo, sus templos, habitaciones mágicas, monumentos de un misterioso pasaje entre la vida y la muerte, oratorios de un dolor y una felicidad sofocantes, eran recinto de la plegaria y la reaparición; en ellos me entregaba a mi duelo. La tumba que me he destinado a orillas del Tíber reproduce en escala gigantesca las antiguas tumbas de la Vía Appia, pero sus proporciones mismas la transforman, hacen pensar en Ctesifón y Babilonia, en las terrazas y las torres por las cuales el hombre se aproxima a los astros. El Egipto funerario ordenó los obeliscos y las avenidas de esfinges del cenotafio que impone a una Roma vagamente hostil la memoria del amigo nunca bastante llorado. La Villa era la tumba de los viajes, el último campamento del nómada, el equivalente en mármol de las tiendas y los pabellones de los príncipes asiáticos. Casi todo lo que nuestro gusto consiente ha sido ya intentado en el mundo de las formas; pasé entonces al de los colores: el jaspe, verde como las profundidades marinas; el pórfido graneado como la carne, el basalto, la taciturna obsidiana. El denso rojo de las tapicerías se adornaba con bordados cada vez más sutiles; los mosaicos de las murallas o los pavimentos no eran nunca bastante dorados, o blancos, o negros. Cada piedra era la extraña concreción de una voluntad, de un recuerdo, a veces de un desafío. Cada edificio era el plano de un sueño.

Plotinópolis, Andrinópolis, Antínoe. Adrianoterea... He multiplicado todo lo posible esas colmenas de la abeja humana. El plomero y el albañil, el ingeniero y el arquitecto presiden esos nacimientos de ciudades; la operación exige asimismo ciertos dones de rabdomante. En un mundo que los bosques, el desierto, las llanuras incultas cubren en su mayor parte, resulta bello el espectáculo de una calle pavimentada, un templo dedicado a cualquier dios, los baños y letrinas públicos, la tienda donde el barbero discute con sus clientes las noticias de Roma, la del pastelero, la del vendedor de sandalias, la del librero, la enseña de un médico, un teatro donde de tiempo en tiempo representan una pieza de Terencio. Nuestros exquisitos se quejan de la uniformidad de nuestras ciudades; lamentan encontrar en todas partes la misma estatua de emperador y el mismo acueducto. Se equivocan: la belleza de Nimes difiere de la de Arles. Pero además esa uniformidad, repetida en tres continentes, contenta al viajero como una piedra miliar; nuestras ciudades más insignificantes guardan su prestigio tranquilizador de relevo, de posta o de abrigo. La ciudad: el marco, la construcción humana, monótona si se quiere pero como son monótonas las celdillas de cera henchidas de miel, el lugar de los intercambios y los contactos, la plaza a la que acuden los campesinos para venden sus productos y donde se quedan mirando boquiabiertos las pinturas de un pórtico... Mis ciudades han nacido de encuentros: mi encuentro con mi rincón de tierra, el de mis planes de emperador con los incidentes de mi vida de hombre. Plotinópolis surgió de la necesidad de establecer nuevos centros agrícolas en Tracia, pero también del tierno deseo de honrar a Plotina. Adrianoterea está destinada a servir de emporio a los madereros del Asia Menor; al principio fue para mi el retiro estival, las cacerías en la floresta, el pabellón de troncos al pie de la colina de Atis, el torrente coronado de espuma donde nos bañábamos por las mañanas. Adrianópolis, en Epiro, reabre un centro urbano en el seno de una provincia empobrecida, y nació de una visita al santuario de Dodona. Adrianópolis, ciudad campesina y militar, centro estratégico en el linde de las regiones bárbaras, está habitada por los veteranos de las guerras sármatas; conozco personalmente lo bueno y lo malo de cada uno de ellos, su nombre, sus años de servicio y las heridas que han recibido. Antínoe, la más querida, emplazada en el lugar de la desgracia, está ceñida de una angosta faja de tierra árida, entre el río y la roca. Busqué ansiosamente enriquecerla con otros recursos, el comercio de la India, los transportes fluviales, las sapientes gracias de una metrópolis griega. En la tierra entera no hay otro lugar que menos desee volver a ver; y hay muy pocos a los cuales haya consagrado más cuidados. Antínoe es un peristilo perpetuo. Mantengo correspondencia con su gobernador, Fido Aquila, acerca de los propileos de su templo, de las estatuas de su anca; he elegido los nombres de sus barrios urbanos y de sus demos, símbolos aparentes y secretos, catálogo completo de mis recuerdos. Tracé por mí mismo el plano de las columnatas corintias que replican, a lo largo de la ribera, la alineación regular de las palmeras. Mil veces he recorrido con el pensamiento ese cuadrilátero casi perfecto, cortado por calles regulares, escindido en dos por una avenida triunfal que va de un teatro griego a una tumba.

Vivimos abarrotados de estatuas, ahítos de delicias pintadas o esculpidas, pero esa abundancia es ilusoria: reproducimos al infinito algunas docenas de obras maestras que ya no seríamos capaces de inventar. También yo he mandado copiar para la Villa el Hermafrodita y el Centauro, Niobe y Venus. He querido vivir lo más posible en medio de esas melodías de formas. Presté mi apoyo a las experiencias con el pasado, al sabio arcaísmo que vuelve a encontrar el sentido de las intenciones y las técnicas perdidas. Intenté esas variaciones consistentes en transcribir en mármol rojo en Marsias desollado de mármol blanco, devolviéndolo así al mundo de las figuras pintadas, o en transponer en el tono del mármol de Paros el grano negro de las estatuas egipcias, cambiando así el ídolo en fantasma. Nuestro arte es perfecto, es decir plenamente cumplido, pero su perfección es susceptible de modulaciones tan variadas como las de una voz pura; a nosotros nos toca jugar ese hábil juego consistente en acercarse o alejarse perpetuamente de la solución encontrada de una vez por todas, llegando al limite del rigor o del exceso, encerrando innumerables construcciones nuevas en el interior de esa hermosa esfera. Gozamos de la ventaja de tener tras de nosotros mil puntos de comparación, de poder continuar con inteligencia la línea de Scopas o contradecir voluptuosamente a Praxiteles. Mis contactos con las artes bárbaras me han llevado a creer que cada raza se limita a ciertos temas, a ciertos modos dentro de los modos posibles; y dentro de las posibilidades ofrecidas a cada raza, la época cumple además una selección complementaria. En Egipto he visto dioses y reyes colosales; los prisioneros sármatas tenían en las muñecas brazaletes que repiten al infinito el mismo caballo al galope, las mismas serpientes devorándose entre sí. Pero nuestro arte (quiero decir el griego) ha elegido atenerse al hombre. Sólo nosotros hemos sabido mostrar en un cuerpo inmóvil la fuerza y la agilidad latentes; sólo nosotros hemos hecho de una frente lisa el equivalente de un pensar profundo. Soy como nuestros escultores: lo humano me satisface, pues allí encuentro todo, hasta lo eterno. La floresta bienamada se resume para mí íntegramente en la imagen del centauro; la tempestad nunca respira mejor que en el henchido peplo de una diosa marina. Los objetos naturales, los emblemas sagrados valen tan sólo cuando están preñados de asociaciones humanas: la piña fálica y fúnebre, el tazón de fuente con palomas que sugiere la siesta al borde de los manantiales, el grifo que arrebata al cielo al bienamado.

El arte del retrato me interesa poco. Nuestros retratos romanos sólo tienen valor de crónica: copias donde no faltan las arrugas exactas ni las verrugas características, calcos de modelos a cuyo lado pasamos de largo en la vida y que olvidamos tan pronto han muerto. Los griegos, en cambio, amaron la perfección humana al punto de despreocuparse del variado rostro de los hombres. Apenas si echaba una ojeada a mi propia imagen, a ese rostro moreno que la blancura del mármol desnaturaliza, a esos grandes ojos abiertos, a esa boca fina y sin embargo carnosa, dominada hasta el temblor. Pero el rostro de otro ser me preocupó más. Tan pronto se volvió importante para mi vida, el ante dejó de ser un lujo para convertirse en un recurso, una forma de auxilio. Impuse al mundo esa imagen: actualmente hay más retratos de aquel niño que de cualquier hombre ilustre o cualquier reina. Al comienzo me preocupé de que el escultor registrara la belleza sucesiva de un ser que está cambiando; después el arte se convirtió en una especie de operación mágica capaz de evocar un rostro perdido. Las efigies colosales parecían un medio de expresar las verdaderas proporciones que da el amor a los seres; quería que esas imágenes fueran enormes como una figura vista de muy cerca, altas y solemnes como las visiones y las apariciones de la pesadilla, aplastantes como lo ha seguido siendo ese recuerdo. Reclamaba un acabado perfecto, una pura perfección, reclamaba ese dios que todo aquel que ha muerto a los veinte años llega a ser para quienes lo amaban, y también el parecido fiel, la presencia familiar, cada irregularidad de un rostro más querido que la belleza. Cuántas discusiones para mantener la espesa línea de una ceja, la redondez un tanto mórbida de un labio... Contaba desesperadamente con la eternidad de la piedra y la fidelidad del bronce para perpetúan un cuerpo perecedero o ya destruido, pero también insistía en que el mármol, ungido diariamente con una mezcla de aire y de ácidos, tomara el brillo y casi la blandura de una carne joven. En todas partes volvía a encontrar aquel rostro único; amalgamaba las personas divinas, los sexos y los atributos eternos, la dura Diana de los bosques a Baco melancólico, el vigoroso Hermes de las palestras al dios que duerme, apoyada la cabeza en el brazo, en un desorden de flor. Comprobaba hasta qué punto un joven que piensa se parece a la viril Atenea. Mis escultores solían confundirse; los más mediocres caían aquí y allá en la blandura o en el énfasis; pero todos participaban más o menos del sueño. Están las estatuas y las pinturas del joven viviente, reflejando ese paisaje inmenso y cambiante que va de los quince a los veinte años, el perfil lleno de seriedad del niño bueno, está la estatua en que un escultor de Corinto se atrevió a fijan el abandono del adolescente que comba el vientre y adelanta los hombros, la mano en la cadera, como si parado en alguna esquina contemplara una partida de dados. Está ese mármol en el que Pappas de Afrodisia trazó un cuerpo más que desnudo, indefenso, con la frágil frescura del narciso. Y en una piedra algo rugosa, Aristeas esculpió siguiendo mis órdenes aquella pequeña cabeza imperiosa y altane..... Están los retratos posteriores a la muerte, por donde la muerte ha pasado, esos grandes rostros de labios sapientes, cargados de secretos que ya no son los míos porque ya no son los de la vida. Está el bajorrelieve donde Antoniano de Mileto transpuso en términos sobrehumanos al vendimiador vestido de seda, y el hocico amistoso del perro que se frota en una pierna desnuda. Y esa mascarilla casi intolerable, obra de un escultor de Cirene, en la que el placer y el dolor brotan y se entrechocan en el rostro como dos olas contra una misma roca. Y esas estatuillas de arcilla que valen un centavo y que sirvieron para propaganda imperial:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   22

similar:

Memorias de Adriano iconMemorias: 30

Memorias de Adriano iconMemorias de áfrica

Memorias de Adriano iconMemorias de un joven onubense

Memorias de Adriano iconMemorias mauricio castillo sánchez

Memorias de Adriano iconMemorias del Jardin Zoologico de la Plata

Memorias de Adriano iconMario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias)

Memorias de Adriano iconMemorias de idhún III: panteón libro V: Convulsión

Memorias de Adriano iconBibliografía Borroto Pentón, Yodaira [2013]. Memorias del curso Tecnología y productividad

Memorias de Adriano iconMemorias intimas de Avinareta o manual del conspirador (Replica a...

Memorias de Adriano iconMemorias de la involución: una “pequeña historia”, para padres (acomplejados),...


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com