¿Por qué es tan difícil el diálogo hombre-mujer?




descargar 1.01 Mb.
título¿Por qué es tan difícil el diálogo hombre-mujer?
página1/31
fecha de publicación27.08.2016
tamaño1.01 Mb.
tipoDocumentos
med.se-todo.com > Derecho > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   31



Tú No
me Entiendes

Deborah Tannen
¿Por qué es tan difícil el diálogo hombre-mujer?

Javier Vergara Editor S.A.

Buenos Aires / Madrid / México Santiago de Chile / Bogotá / Caracas
Título original

YOU JUST DON'T UNDERSTAND
Edición original

William Morrow and Company, Inc.

Traducción

Adelaida Susana Ruiz

© 1990 by Deborah Tannen, Ph.D.

© 1991 by Javier Vergara Editor S.A.

Tacuarí 202 - P. 8º / Buenos Aires / Argentina.
ISBN 950-15-1109-X
Impreso en la Argentina/Printed in Argentine. Depositado de acuerdo a la Ley 11.723

Esta edición terminó de imprimirse en VERLAP S.A. - Producciones Gráficas Vieytes 1534 - Buenos Aires - Argentina en el mes de junio de 1993.

Índice
Prefacio 4

1. Distintas palabras, distintos mundos 8

2. Asimetrías: Mujeres y hombres hablando en sentidos opuestos 21

3. "¡Deja ese periódico y háblame!"

Conversaciones afectivas y conversaciones informativas 34

4. Chismes 46

5. "Te lo voy a explicar": el que diserta y el que escucha 61

6. Unidad o lucha: un conflicto de estilos 76

7. "¿Quién está interrumpiendo?"

Cuestiones de dominio y control 98

8. Te odio cuando haces eso 114

9. "¡Mírame cuando te hablo!

Conversaciones diferentes en todas las edades 130

10. Conviviendo con las asimetrías: abramos líneas de comunicación 150

Prefacio
La vida de las personas es como una serie de conversaciones. El objeto de estudio más importante en mi carrera como sociolingüista han sido, precisamente, las conversaciones de todos los días y sus efectos sobre las relaciones entre las personas. En este libro me dedico a escuchar las voces de los hombres y de las mujeres. Trato de encontrar cuál es el sentido de tantos malos entendidos que parecen sin sentido y que, sin embargo, entorpecen nuestras relaciones. Muestro cómo los hombres y las mujeres suelen interpretar las mismas conversaciones de una manera distinta, aun cuando no haya malentendidos evidentes. Explico también por qué muchas veces intentos sinceros de comunicarse no logran su objetivo y sugiero formas para prevenir o paliar de algún modo la frustración que estas cosas acarrean.

Mi libro That's not what I Menat! mostraba cómo las distintas personas tienen distintos estilos en sus conversaciones. Cuando conversan entre sí gentes que tienen distintos orígenes geográficos, sociales o raciales, muchas veces cada uno falla al interpretar lo que las palabras del otro significan exactamente. Sin embargo, no es tan frecuente que interactuemos con personas de distintos orígenes. En cambio, lo más frecuente es que sí lo hagamos con personas del otro sexo. La mayoría lo hacemos durante largos períodos de tiempo o por toda nuestra vida. Muchos de nosotros (aunque cada vez menos) podemos pasar largos períodos de nuestra vida sin relacionarnos con personas de orígenes culturales muy distintos del nuestro, pero en cambio muy pocos, ni aun aquellos que no tienen pareja o cuyas relaciones primarias son con personas del mismo sexo, pueden evitar el contacto con personas del otro sexo, sea como compañeros de trabajo, familiares o amigos.

That's not what I Meant! tenía diez capítulos, de los cuales solamente uno trataba sobre las diferencias de sexo en el estilo conversacional. Sin embargo, cada vez que se trataba de hacerme un reportaje, pedirme que diera una conferencia o entrevistarme por televisión, el noventa por ciento de las preguntas se centraban en el diez por ciento de mi libro: el capítulo sobre las diferencias entre hombres y mujeres. Todos querían saber más sobre el sexo y el estilo conversacional.

Yo también quería averiguar más. Uno de los hechos que me había decidido a dedicarme a la lingüística había sido un curso dictado por Robin Lakoff, que incluía su investigación sobre sexo y lenguaje. Mi primer trabajo importante fue un estudio sobre diferencias sexuales y culturales y su influencia en el uso de las indirectas. Además, yo estaba familiarizada con otras investigaciones sobre el tema. Es decir que yo había estado acercándome a este tópico en muchas ocasiones, pero sin comprometerme con él muy directamente, tal vez porque se trataba de una cuestión demasiado controvertida.

Cada vez que yo hablaba de las diferencias entre hombres y mujeres en el estilo conversacional, se suscitaban discusiones. La mayoría de las personas exclamaban que lo que yo decía era verdad. Y lo corroboraban con sus propias experiencias. Se sentían aliviados al comprender que los problemas que ellos tenían se debían a cuestiones generales y que no había nada terrible en ellos, en sus parejas o en sus relaciones. Ahora podían ver de otro modo los problemas que tenían al comunicarse con sus parejas: la manera de hablar del otro provenía de un sistema diferente. Y la manera de hablar de ellos mismos, por la que habían sido criticados durante años, podía ser vista ahora como lógica y razonable.

Pero, aunque la mayor parte de las personas asegura que mis explicaciones acerca de las diferencias entre los sexos en la manera de hablar son correctas y lo reafirman con sus propias experiencias, ofreciendo ejemplos personales para corroborar lo que yo digo, algunos se alteran en cuanto escuchan una referencia a las diferencias sexuales. Unos pocos se enojan ante la más leve sugerencia respecto de que los hombres y las mujeres son distintos, y esta reacción proviene tanto de hombres como de mujeres.

Algunos hombres, cuando escuchan afirmaciones sobre hombres y mujeres que provienen de una mujer, se sienten acusados.

Esta es, en realidad, una manera sencilla de lavarse las manos. Escuchan como si se dijera "¡Ustedes, los hombres!" y creen que el solo hecho de hablar de ellos significa transformarlos en objetos o calumniarlos.

Pero no son solamente los hombres quienes se quejan de las afirmaciones acerca de hombres y mujeres. Algunas mujeres temen justificadamente que cualquier afirmación acerca de las diferencias entre ambos sexos implique que son ellas las que son diferentes de un estándar, que es siempre el masculino. El hombre es la norma, la mujer es quien se aparta de ella y hay solamente un paso muy corto, y quizás inevitable, entre "distinto" y "peor".

Cuando se muestra que los estilos de las mujeres y los hombres son diferentes, habitualmente se supone que son ellas las que deben cambiar. He visto cómo esto ocurría en respuesta a mi propio trabajo. En un artículo que escribí para The Washington Post, presentaba una conversación que había sostenido una pareja mientras viajaba en su automóvil. La mujer había preguntado: "¿Te gustaría parar para beber algo?" El hombre había contestado "No" y simplemente no habían parado. Sólo más tarde el hombre se dio cuenta de que su mujer estaba molesta porque ella realmente deseaba parar para beber. El se preguntaba: "Por qué ella no me dijo directamente que quería parar? ¿Por qué da tantas vueltas?" La esposa, en cambio, estaba disgustada, no por no haberse salido con la suya, sino porque sus deseos ni siquiera habían sido tenidos en cuenta. Desde su punto de vista, ella se había preocupado por los deseos de su esposo y él, en cambio, ni siquiera había reparado en los de ella.

Mi análisis enfatizaba que los esposos de este caso tenían estilos diferentes pero igualmente válidos. Pero mi punto de vista no aparecía claramente en una versión de mi artículo que fue editada en The Toronto Star, donde yo aconsejaba: "La mujer debe darse cuenta que cuando él dice sí o no, no está planteando una exigencia que no se pueda negociar. El editor del Star había eliminado el párrafo inmediatamente anterior, que decía: "Para comprender qué fue lo que no funcionó, el hombre ha de caer en la cuenta de que cuando la mujer le pregunta a él si le gustaría parar, no está simplemente requiriendo una información acerca de los deseos de él, sino que más bien está comenzando una negociación entre los deseos de ambos. Por su parte, la mujer debe comprender que..." Las tijeras del editor habían transformado mi aseveración de que el hombre y la mujer deben ambos hacer esfuerzos de ajuste en un señalamiento unilateral hacia la mujer, para que comprenda al hombre. Decirle a la mujer que ella sola debe "darse cuenta" implica suponer que el hombre está en lo correcto y la mujer es quien está equivocada. Esta versión fue luego reimpresa en un libro de texto y el error proliferó.

Todos sabemos que cada individuo es único. Sin embargo tendemos a verlos como representantes de grupos. Es una tendencia natural, ya que debemos elaborar modelos con los cuales comprender el mundo. No podríamos lidiar diariamente con las personas y las cosas si no pudiésemos hacer muchas predicciones acerca de sus comportamientos y sentir que sabemos quiénes y cómo son. Pero esta habilidad natural y útil, que nos permite elaborar modelos de similaridad, tiene algunas consecuencias desafortunadas. Reducir los individuos a categorías es ofensivo y nos puede conducir a muchos errores. Dividir a hombres y mujeres en categorías nos puede llevar a reforzar los ya existentes reduccionismos.

Las generalizaciones, si bien reflejan las similitudes, oscurecen las diferencias. Cada persona se configura de acuerdo con innumerables influencias, tales como el origen étnico, la religión, la clase social, la edad, la profesión, los lugares geográficos dónde él y sus familiares vivieron y muchas otras identidades grupales, que se van entremezclando con la personalidad individual y las preferencias. Las personas suelen agrupar a otras entre sí a partir de una sola característica o de unas pocas, tales como "beldad sureña", "intelectual judío de Nueva York" o "italiano temperamental". Aunque estas categorías pueden predecir algunos de los comportamientos de los individuos que agrupan, son más los aspectos que dejan fuera que los que pueden captar. En muchos aspectos, cada persona no se parece a ninguna otra. Ni aun a aquellas otras que pertenecen a la misma categoría.

Pese a todos estos riesgos, decidí dedicarme a este trabajo acerca de los sexos y las diferencias en el lenguaje porque pienso que el riesgo de ignorar estas diferencias es mayor que el de ponerlas de manifiesto. Limpiar una alcoba colocando grandes desperdicios debajo de la alfombra no los hará desaparecer. Más bien nos harán tropezar y caer cada vez que queramos atravesar la habitación. Negar las diferencias que realmente existen sólo contribuirá a acrecentar la confusión ya existente en esta era de cambios en las relaciones entre el hombre y la mujer.

Las mujeres se sienten heridas cuando se da por supuesto que el hombre y la mujer son iguales, ya que en realidad ellas son tratadas a partir de normas que fueron creadas por y para el hombre. También los hombres se sienten heridos cuando, con buenas intenciones, hablan con una mujer como lo harían con un hombre y sus palabras no son recibidas como ellos esperan. Incluso a veces reciben a cambio sólo resentimiento y enojo.

Una mujer indígena norteamericana, Abby Abinanti expresa esta paradoja al describir su experiencia difícil y alienante en la Facultad de Derecho:
"A la gente no le gustaba en absoluto y no aceptaba la idea de que las mujeres o los indígenas fuesen abogados. Algunos en realidad no podían decidir cuál de las dos cosas les desagradaba más. Había personas que hacían de cuenta que en realidad no existía ninguna diferencia, que todos éramos iguales. Yo también podía ser considerada como uno de los varones. Sin embargo, cualquiera de estos criterios era igualmente problemático para mí."
Es fácil suponer de qué manera podían crear problemas a una mujer indígena en la universidad aquellos que discriminaban a las mujeres o a los indígenas. Es más difícil, en cambio, darse cuenta de los problemas que le creaban aquellos que la querían tratar como a un igual. Suponer que ella era igual resultaba destructivo, simplemente porque ella no era igual. Las creencias, valores y estilos que sustentaban la identidad de los otros socavaban la de ella.

Algunos estudiosos tratan de mantener la posición de que los hombres y las mujeres son iguales y soslayar las diferencias entre los géneros porque las diferencias pueden ser utilizadas para justificar la desigualdad en el trato y las oportunidades. Aunque comprendo y simpatizo con aquellos que desearían que no existiesen diferencias entre el hombre y la mujer, tanto mi investigación y la de otros como mi experiencia personal y la de otros indican que esto no es así. Existen diferencias de género en el discurso de hombres y mujeres y debemos identificarlas y comprenderlas. Sin esta comprensión, estamos condenados a criticarnos a nosotros mismos, a los otros o a las relaciones por los efectos perjudiciales de estos estilos conversacionales distintos.

Reconocer las diferencias entre los sexos permite a los individuos liberarse del peso que implica suponer patologías individuales. Muchas mujeres y hombres se sienten insatisfechos con sus relaciones y se frustran aún más cuando tratan de hablar sobre ellas. Un abordaje sociolingüístico del problema permite explicar estas insatisfacciones sin acusar a nadie de estar loco o equivocado y sin culpar o rechazar a la relación. Si identificamos y comprendemos las diferencias entre nosotros, podremos tenerlas en cuenta, realizar los ajustes necesarios y aprender cada uno del estilo del otro.

El abordaje sociolingüístico de este libro muestra que muchos de los choques se producen porque los niños y las niñas son educados en culturas esencialmente diferentes. La comunicación entre los hombres y las mujeres es, entonces, transcultural. Un enfoque transcultural de las diferencias en los estilos conversacionales entre ambos sexos es básicamente distinto de aquellos trabajos que sostienen que los intentos de comunicación entre hombres y mujeres fracasan porque los hombres tratan de dominar a las mujeres. Nadie puede negar que los hombres son la clase dominante en nuestra sociedad y que muchos tratan individualmente de dominar a las mujeres. Sin embargo, el dominio masculino no puede dar cuenta de todo lo que ocurre en las conversaciones entre hombres y mujeres, especialmente en aquellas en que ambos procuran relacionarse con el otro con atención y respeto. El efecto de dominar no siempre es el resultado de la intención de dominar. Esta es una de las novedades que este libro aporta.

En esta era de nuevas oportunidades, las mujeres están comenzando a ocupar lugares de autoridad. Al principio se supuso que podrían continuar hablando tal como lo habían hecho siempre. Pero muchas veces esto no funcionó. Otra posibilidad lógica sería pensar que podrían hablar como hombres, lo que tampoco es posible. Por un lado, a la mujer le resulta inaceptable ser ella quien deba realizar todo el cambio. Por otra, cuando las mujeres hablan como hombres son juzgadas habitualmente de una manera muy dura. No hay entonces otra posibilidad que la de examinar las distintas formas de hablar y sus efectos. Sólo comprendiendo el estilo del otro y el nuestro podremos escapar de la prisión de un estilo conversacional monolítico.

Los estilos conversacionales no explican todos los problemas que aparecen en las relaciones entre hombres y mujeres. A veces existen problemas psicológicos reales, verdaderas faltas de amor y cuidado y excesos de amor propio. Otras veces es genuina la influencia de la desigualdad política y social. Pero también son muchas las ocasiones en que se alega la existencia de este tipo de problemas cuando en realidad lo que ocurre es que las partes están expresando sus pensamientos y sentimientos de una manera diversa. Si podemos poner a un lado las diferencias que tienen su origen en los estilos conversacionales, estaremos en una mejor posición para comprender cuáles son los verdaderos conflictos de intereses y para encontrar un lenguaje común para negociarlos.

Al comienzo del prólogo de That's not what I Meant! yo hablaba de una estudiante que decía que el haber tomado un curso que yo dicté en la Universidad de Georgetown había salvado su matrimonio. Hace poco, la misma mujer, actualmente profesora en la universidad y aún casada, me escribió una carta. Allí me contaba que ella y su esposo se habían puesto a conversar y de alguna manera la conversación se había transformado en una discusión. En medio de la disputa él dijo, exasperado: "¡Será mejor que la Dra. Tahnnen se apure a escribir un nuevo libro, porque esta cuestión de la manera de hablar de los hombres y las mujeres parece ser uno de los problemas más grandes!" Para concluir este prólogo, le dedico mi libro. A él y a todos los hombres y mujeres que están tratando de encontrar el mejor modo de comunicarse.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   31

similar:

¿Por qué es tan difícil el diálogo hombre-mujer? iconA isabella Santo Domingo no deberían publicarle ningún libro. No...

¿Por qué es tan difícil el diálogo hombre-mujer? iconY dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su...

¿Por qué es tan difícil el diálogo hombre-mujer? icon¡Qué pedagogía tan misteriosa y tan paradógica la de nuestro Maestro Jesús!
«en conocerlo a Él y al Padre que lo envió». «Esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti»1

¿Por qué es tan difícil el diálogo hombre-mujer? iconEl color azul de los ojos en el hombre se debe a un gen recesivo...

¿Por qué es tan difícil el diálogo hombre-mujer? iconHombre de acero, mujer de kleenex

¿Por qué es tan difícil el diálogo hombre-mujer? iconColección puma para hombre y mujer

¿Por qué es tan difícil el diálogo hombre-mujer? iconO ¿Por qué sí o por qué no? 4- ¿Qué símbolos se emplean para representar...

¿Por qué es tan difícil el diálogo hombre-mujer? iconLa égloga es una composición poética estructurada en forma de diálogo...

¿Por qué es tan difícil el diálogo hombre-mujer? icon¿Qué puede utilizar la muslimah (mujer musulmana) para embellecerse?

¿Por qué es tan difícil el diálogo hombre-mujer? icon¿Cómo podrán ser los hijos de un hombre de grupo o y de una mujer...


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com