La Amenaza Fantasma, o lo que hay que hacer para vender un sistema antimisiles




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fecha de publicación24.08.2017
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La Amenaza Fantasma, o lo que hay que hacer para vender un sistema antimisiles.





Fernando Hernández Holgado


El presente trabajo pretende contribuir a aclarar la confusión de datos e informaciones que ha rodeado la reciente decisión del nuevo gobierno de G.W. Bush de ejecutar el ambicioso proyecto militar denominado NMD, Programa Nacional de Defensa contra Misiles- y consistente en la creación de una infraestructura de radares y plataformas de lanzamiento de proyectiles que puedan interceptar y destruir hipotéticos misiles lanzados contra el territorio de Estados Unidos.

La coincidencia en la amenaza




La primera gira europea de los recién nombrados Donald Rumsfield y Colin Powell, secretarios de Defensa y Estado respectivamente de la nueva administración de George W. Bush, se ha caracterizado por algunos curiosos y elocuentes detalles. El primero de ellos no es, sin embargo, insólito: los dos responsables, cada uno en su papel –el primero con aires de duro, el segundo aparentemente más conciliador- se han ocupado de señalar a sus aliados europeos que el despliegue del multimillonario proyecto militar denominado Programa Nacional de Defensa contra Misiles (NMD, National Missile Defense), en una versión todavía más ambiciosa que la aprobada por Clinton en julio de 1999, es algo innegociable e indiscutible, en la más pura tradición política de hechos consumados. Haciendo un vigoroso ejercicio de política-ficción, resultaría sencillamente grotesco imaginar a cualquier otro aliado occidental tomando una decisión unilateral de tanta enjundia, y seguramente también de tan graves consecuencias para las relaciones del bloque atlántico con potencias como la Federación Rusa o China, al margen del propio Consejo Atlántico de la OTAN.
El segundo detalle no ha sido otro que el descaro con que los responsables estadounidenses han procurado arrancar, tanto a sus socios europeos como al primer mandatario ruso, el reconocimiento de que existen graves amenazas en el mundo de la posguerra fría, con lo que teóricamente quedaría justificada la ejecución de la NMD. Al respecto los ejemplos son de una machaconería e insistencia que rozan el ridículo, e ilustran bien a las claras la apasionada necesidad de la administración Bush de imaginar a los Estados Unidos y a sus aliados en un universo preñado de peligros y enemigos de toda laya y condición, lejos ya de aquella caricatura de mundo feliz que pergeñaba Fukuyama con la epifánica victoria del liberalismo y del libremercado. A principios de febrero Rumsfield se presentaba en Europa para anunciar el despliegue de la NMD, y apuntaba que tanto Europa como EEUU compartían las mismas amenazas de hipotéticos ataques con armas de destrucción masiva por parte de los Rogue States: Estados “bribones”, “granujas”, o “irresponsables”, que incluirían a Corea del Norte, Libia, Irak e Irán. Dado que, según esta tenebrista visión de la situación internacional, los aliados europeos de la OTAN también se hallaban de hecho amenazados de una manera efectiva, el jefe del Pentágono llegaba incluso a plantear la posibilidad de que colaboraran en la instalación de la infraestructura del nuevo sistema antimisiles. Una posibilidad más que probable por aquellas fechas, al menos por lo que se refería al gobierno británico, ya que apenas dos semanas después un diario conservador filtraba el dato de que el gobierno Blair había decidido la autorización de un nuevo despliegue de misiles estadounidenses en territorio británico, permitiendo además la instalación de una estación de observación de radar al norte de Inglaterrai.
Siguiendo los pasos de Rumsfield, el nuevo secretario de Estado Colin Powell se presentaba en Europa hacia finales de febrero y volvía a valorar como un hecho positivo que los aliados de la OTAN coincidieran con la nueva administración Bush en que “existía una amenaza” por parte de los Rogue States: una evidente forma de poner en sordina la incomodidad y el disgusto que la NMD había suscitado en estados europeos de tanto peso como Francia o Alemania, en contraste con la abierta complacencia de Gran Bretaña. Powell visitaba a los aliados pocos días después de que Blair acudiera a Washington a cumplimentar al nuevo presidente, afirmando simbólicamente el vigor de la histórica relación especial entre los dos países después de la última campaña de bombardeos contra Irak: datos todos ellos que, por lo demás y a modo de paréntesis, sirven para diagnosticar el pésimo estado de salud del cada vez más irrealizable proyecto de una genuina política europea de seguridad y defensa, nuevamente postergado en la reciente cumbre europea de Niza en diciembre del año anterior. Pero el secretario de Estado Powell no solamente intentó apoyarse en los aliados europeos para justificar la tesis norteamericana de la “coincidencia en la amenaza”, sino que procuró hacer lo mismo con el gobierno ruso. Ignorando las repetidas protestas del gobierno de Vladímir Putin al proyecto de la NMD, que se remontaban al último periodo de la administración Clinton, Powell prefirió resaltar que incluso Rusia compartía esa visión de un mundo de la posguerra fría preñado de nuevas amenazas, con lo que, añadía el general estadounidense de su propia cosecha, Estados Unidos estaba en perfecto derecho de defenderse a través de la NMD. Según esta interesada lectura, si el gobierno ruso había propuesto a la OTAN –pocos días antes de la visita de Powell a Moscú del 24 de febrero- un sistema antimisiles alternativo al estadounidense, a desplegar en territorio europeo y en el que podría colaborar la propia Rusiaii, resultaba obvio que incluso el máximo detractor de la NMD estaba reconociendo implícitamente que existía un peligro de ataques nucleares sobre territorio occidental, clave de bóveda en la que se fundamentaba públicamente el ambicioso proyecto norteamericano. Un oportuno reconocimiento con el que Washington se mostró plenamente satisfecho y que irónicamente ha servido desde entonces para seguir apuntalando la decisión de la NMD.
A manera de remate, y como no podía ser menos, el secretario general de la OTAN, George Robertson –antiguo ministro de Defensa con Tony Blair- se ha ocupado de publicitar en diversas declaraciones el discurso de la “amenaza mayor” de los Rogue States sobre el bloque occidental, que exigiría una respuesta militar que evitara la proliferación de misiles balísticosiii, esto es, la NMD. Ocurre sin embargo que, según la mayor parte de los expertos consultados, dicho medio provocaría un efecto contrario al presuntamente perseguido. La ejecución de la NMD exigirá a buen seguro la modificación del tratado antimisiles balísticos (ABM) firmado entre EE.UU. y la URSS en 1972 -una pretensión, por cierto, ya perseguida por la administración Clinton en sus últimos años- con lo que, en teoría, el precario equilibrio de la recíproca disuasión nuclear quedaría roto. Es muy probable que la renegociación del Tratado se presente acompañada de una reducción unilateral del arsenal norteamericano de misiles intercontinentales –a modo de efecto maquillaje- pero indudablemente la puesta en marcha del NMD generará un doble y pernicioso efecto: incentivará en los países que se vean perjudicados por el mismo –China y Rusia, que sobre el papel no constituyen las amenazas contra las que presuntamente se dirige el escudo antimisiles- el desarrollo de nuevos y más complejos proyectos armamentísticos a manera de respuesta, y, en consecuencia, empujará al alza el gasto militar mundial.

Un mundo peligroso



“Este es un mundo mucho más incierto que en el pasado... Pero, aunque es un mundo incierto, estamos seguros de algunas cosas. Estamos seguros de que, a pesar de que haya muerto el imperio del mal, el mal sigue existiendo. Estamos seguros de que hay gente que no puede soportar lo que representa América... Estamos seguros de que hay locos en el mundo, y terror, y misiles”iv.
Estas palabras, pronunciadas por George W. Bush en mayo de 2000 en plena campaña electoral, traslucen la misma complacencia por vivir en un mundo “peligroso” que la insistencia con que Rumfield, Powell y Robertson nos presentaban una posguerra fría plagada de amenazas. Este discurso, tan alarmista como victimista -y por tanto legitimador de políticas agresivas de expansión del gasto militar- no es, por lo demás, privativo de las administraciones republicanas estadounidenses. Cuando la NMD se ejecute, con un desembolso previsto durante su primera fase –hasta el año 2015- de unos 30. 000 millones de dólares (casi unos seis billones de ptas)v y unos jugosos dividendos para la industria armamentística norteamericana, es muy posible que Bush hijo pase a la historia como su promotor y uno de los presidentes más agresivos y militaristas de la historia de los EE.UU, digno heredero de su padre y en aparente contraste con su antecesor Bill Clinton. Lo cual no deja de presentar su buena dosis de ironía, ya que fue precisamente Clinton quien firmó la directiva presidencial de la NMD y dio un primer impulso al proyecto, si bien en una versión algo menos ambiciosa que la de G.W. Bush. Si a ello añadimos que fue precisamente el presidente demócrata quien propuso para el año 2000 el mayor aumento del presupuesto militar norteamericano desde los tiempos de R. Reagan –12.000 millones de dólares destinados a modernización del arsenal, de un gasto adicional total de 100.000 millones a lo largo de seis años- tropezaremos con un caso similar al de J. F. Kennedy: un personaje que gozó del raro privilegio de ser popularmente considerado como un presidente inclinado al desarme y a la distensión cuando su política representó exactamente todo lo contrariovi.
Una vez firmada la mencionada directiva presidencial en julio de 1999, Bill Clinton dedicó el último período de su presidencia a preparar el terreno para el despliegue de la NMD, valorado originariamente en unos 7.000 millones de dólares, casi un billón de ptas. Y para ello recurrió también al discurso de las “nuevas amenazas” de los Rogue States. Por cierto que los argumentos empleados por Clinton durante el resto del año 1999 y el siguiente para convencer a la Federación Rusa de que aceptara una reforma del tratado ABM –que habría legitimado el despliegue del escudo antinuclear- no dejaron de acusar clamorosas contradicciones. Si por un lado se ocupaba de afirmar en sus giras internacionales que “la amenaza” existía realmente, y por tanto la NMD era necesaria, por otro lado reconocía en sus discursos de clave interna –y electoral- que los Estados Unidos nunca habían disfrutado de “una situación con tan pocas amenazas exteriores”vii. Y lo mismo le ocurría a su secretaria de Estado Albright cuando, haciendo un balance de su mandato, afirmaba haber resuelto gran parte de la amenaza nuclear de Corea del Norteviii, país que solía aparecer a la cabeza de los Rogue States gracias a sus recientes ensayos de misiles balísticos sobre territorio japonés.

La amenaza fantasma



Pero... ¿existe o no existe realmente una amenaza que justifique la NMD? La insistencia de las administraciones estadounidenses en ofrecer una respuesta afirmativa que sirva para legitimar el despliegue de la NMD ante sus aliados a la vez que para apaciguar al Kremlin resulta, de por sí, sospechosa. Si por amenaza se entiende la posibilidad de un disparo de un misil intercontinental de uno de los Rogue States contra territorio norteamericano, que es lo que pretende impedir el escudo antinuclear, la pregunta, más que sospechosa, es absurda, y todavía más absurdo es el hecho mismo de que se haya planteado. Hoy por hoy, pertenece al subgénero de la ciencia ficción la perspectiva de que Irán o Corea del Norte financien y desarrollen sistemas vectores –cohetes intercontinentales, submarinos nucleares- que puedan transportar una carga nuclear o química de un continente a otro: porque la clave reside, sin duda, en la capacidad de proyección de dicho armamento. Actualmente existen en el mundo menos programas de misiles balísticos en marcha que los que existían hace quince años; y de los 33 Estados con capacidad para fabricar misiles balísticos, solo seis podrían desarrollar por sí mismos misiles con un alcance superior a los mil kilómetrosix. La posibilidad de que un país de la categoría de Corea del Norte, sujeto además a periódicas crisis alimentarias, pueda llegar a fabricar un sistema vector para cargas nucleares o químicas con capacidad parra cubrir la distancia que lo separa de, pongamos por caso, Alaska –y se ha escogido el ejemplo de Rogue State más cercano geográficamente al territorio estadounidense- resulta sencillamente hilarante.
Puestos a imaginar, los riesgos o amenazas bien pueden ser de otro tipo, frente a los cuales nada podría el proyecto multimillonario de la NMD. Al respecto se ha apuntado la posibilidad de la introducción de armamento nuclear miniaturizado –una modalidad en la que, por cierto, los países del Norte gozan de una superioridad absoluta- en territorio estadounidense, amparándose en las deficiencias del sistema de aduanasx. Además, el despliegue previsto de la NMD ha suscitado ya suspicacias en potencias que sí disponen de arsenal nuclear intercontinental pero que, al menos formalmente, no son considerados como enemigos, como son los casos de China y la Federación Rusa: unas suspicacias que, a buen seguro, se traducirán en mayores inversiones en tecnología militar por parte de dichos países, en un típico escenario de ruptura del equilibrio de la teoría de la disuasión. Las consecuencias de una dinámica semejante no son difíciles de imaginar: alza del gasto en armamento por parte de las principales potencias militares del planeta y creación de focos de tensión en distintas regiones del mundo. El caso de China es, en este sentido, paradigmático: sus veinte misiles intercontinentales resultan casi simbólicos en comparación con el potencial estadounidense, pero la posibilidad de que sean interceptados por la NMD podría animar al gobierno chino a adoptar sistemas más complejos o a incrementar su número, lo cual desencadenaría a su vez una escalada armamentística en la región, afectando a Rusia, India y Pakistán como si se tratara de fichas de dominó. Por tanto, y se mire por donde se mire, la ejecución del proyecto de la NMD, presuntamente fundamentado por un clásico discurso defensivo contra unas presuntas amenazas más o menos fantasmas, en la práctica no haría otra cosa que crear riesgos de desestabilización mundial mucho más reales y efectivos, al generar una escalada militar mundial de dimensiones imprevisibles.
Utilidad de la amenaza.
Si en buena lógica no se puede hablar de una amenaza efectiva que justifique el desarrollo de la NMD, sino más bien todo lo contrario, ¿a santo de qué tanta insistencia en un mundo peligroso y preñado de amenazas y peligros, como tanto se complacieron en señalar Rumsfield y Powell en su reciente gira europea? La explicación parece residir en la utilidad que históricamente ha revelado dicho discurso para legitimar y promocionar todo tipo de proyectos de índole agresiva, en la más clásica tradición del pensamiento militaristaxi. La lista de ejemplos relacionados con la propia política estadounidense –referidos por ejemplo al período de la guerra fría- es bien larga. El inicio de la guerra fría estuvo presidido por alarmistas invocaciones a la defensa del territorio de Europa Occidental, presuntamente amenazado de invasión por una hipotética y abrumadora superioridad de las fuerzas soviéticas convencionales. Solamente el paso de los años pudo desenmascarar el carácter falaz y oportunista de un escenario de crisis semejante, que en su momento sirvió para legitimar decisiones de tanta enjundia como la creación de la Alianza Atlántica en 1949 o el primer repunte del gasto militar estadounidense desde el final de la II Guerra Mundialxii. Otro botón de muestra es el de la presunta superioridad soviética en armamento nuclear invocada por J.F. Kennedy en su campaña electoral de 1961, la llamada “brecha” o “desfase” de misiles –missile gap- que justificó a su vez el enorme incremento del gasto militar que presidió sus tres años de presidencia. Tiempo después, políticos norteamericanos tan conocedores de la situación como el propio H. Kissingerxiii no tendrían empacho en admitir que nunca había existido semejante desfase, sino una superioridad norteamericana que había que escamotear y disimular al objeto de posibilitar un nuevo impulso de rearme. En todos los casos citados era necesario, volviendo al clásico esquema del pensamiento militarista, presentar la propia posición como debilitada, en inferiores condiciones y por tanto amenazada por el Enemigo de turno. Un planteamiento que no puede menos que hacernos recordar el escenario internacional bosquejado por la propaganda de la NMD: la superpotencia estadounidense presentada como una especie de coloso con pies de barro, acosada y amenazada por múltiples frentes –los Rogue Estates- en el peligroso mundo de la posguerra fría.
Un aspecto curioso de la justificación de estos procesos de rearme reside precisamente en la información manejada, en el caso que nos ocupa, por el gobierno estadounidense y por el entramado político-económico- militar que ha venido sustentando su industria armamentística, esto es, el llamado Complejo Militar Industrial (CMI)xiv. Los estudios al uso han revelado la dinámica autista por medio de la cual los entes mencionados siempre han favorecido y manejado los informes y los datos, tanto secretos como públicos, internos como externos, que mejor se han prestado a los objetivos de inversión planteados previamente. La única información valiosa y relevante para la maquinaria de Estado que impulsó el gasto militar durante la guerra fría terminó siendo solamente aquella que magnificaba la amenaza, soviética o de cualquier otra naturaleza, y que por tanto justificaba la partida en armamento o el tipo específico de proyecto que se pretendía realizar desde un principioxv. Algo muy semejante parece haber ocurrido con la NMD y con los correspondientes informes sobre las “nuevas amenazas” que actualmente plantean como necesario su desarrollo, si atendemos a las circunstancias que han favorecido la reciente reactivación del proyecto.

Antecedentes de la NMD



Porque la NMD, como proyecto de escudo contra misiles intercontinentales o de largo alcance, no es nueva: se inserta en una especie de tradición de armamento defensivo –pero ofensivo y agresivo en la práctica, dada su capacidad para romper el precario equilibrio de la disuasión- que se remonta precisamente a una de las épocas doradas del Complejo Militar-Industrial estadounidensexvi. Su primer y más lejano antecesor fue el programa Sentinel, impulsado en 1967 por la administración Johnson contra una hipotética amenaza de misiles intercontinentales chinos, y que presentaba un grave problema técnico: interceptaba las cabezas llegadas del exterior con pequeñas detonaciones nucleares, con lo que no resulta difícil imaginar las consecuencias en caso de que se produjera algún fallo. Sin que llegara a ejecutarse, dicho programa fue sustituido en tiempos de la administración Nixon en 1969 por otro semejante, Safeguard, que tampoco llegó a realizarse por entero debido a las presiones del Congreso sobre el gobierno para que recortara el ya hipertrofiado gasto militar. El programa original presentado por Nixon y por su secretario de Defensa, el halcón H. Jackson –firme partidario de continuar en la guerra de Vietnam- constaba de una docena de plataformas de misiles interceptores situadas a lo largo del perímetro de Estados Unidos, pero resultaba tan caro que el Congreso fue reduciendo año tras su número hasta limitarlas a dos para el presupuesto de 1972. Para entonces, y acorralado por el Congreso, Nixon logró convertir esa derrota en un modesto éxito gracias a la firma del Tratado ABM de aquel mismo año con la URSS, que establecía un límite de dos emplazamientos antimisiles por cada parte. Según el propio Kissinger, a la sazón asesor presidencial, Nixon aceptó ese tope porque, de no haberlo hecho, probablemente el Congreso habría acabado negándole también la financiación de los dos emplazamientos defensivos que le quedabanxvii. El clima político se prestaba a ello, dadas las conversaciones de desarme en vigor, la amenaza de una conflagración nuclear cada vez más probable y la desaceleración de los índices de crecimiento norteamericano, que ya preparaban el cambio de ciclo económico y el inicio de la crisis de los setenta. Podría decirse por tanto que el programa Safeguard surgió a la luz en un mal momento, cuando la política de constante estímulo de la demanda privada por medio del aumento del gasto público en armamento –el llamado keinesianismo militar- estaba causando más daños que beneficios al generar un proceso inflacionario incontrolable, como apenas un par de años después se tendría ocasión de comprobar.
Algo muy parecido ocurrió con el sucesor de Safeguard, un programa mucho más costoso y ambicioso: la Iniciativa de Defensa Estratégica –SDI en sus siglas en inglés, más conocida como Star Wars o “Guerra de las Galaxias”- anunciada por R. Reagan en 1983, y diseñada principalmente contra hipotéticos ataques de misiles intercontinentales soviéticos. La SDI amenazaba el precario equilibrio de la disuasión recíproca de los bloques –basado en la llamada Destrucción Mutua Asegurada- mucho más que cualquier otro proyecto anterior de la misma clase, debido a que podía llegar a garantizar la inmunidad para el territorio estadounidense contra cualquier agresión soviética, cubriéndose asimismo las espaldas para lanzar a su vez un ataque contra su enemigo. Además, la SDI se encajaba en una estrategia general agresiva, que seguía desarrollando el armamento ofensivo y preveía la posibilidad de una guerra nuclear limitada fuera del territorio estadounidense, que quedaría a cubierto gracias al paraguas nuclear de la propia SDI. Para colmo, el nuevo proyecto amenazaba con “militarizar el espacio”, en palabras de E.P. Thompson, ya que basaba el sistema de intercepción de los misiles atacantes en una compleja infraestructura defensiva desde el espacio, por medio de satélites. La coyuntura, sin embargo, no se presentaba favorable: si por un lado se iniciaba un nuevo período de distensión forzado por los procesos de Glasnost y Perestroika en la URSS, a través de nuevas conversaciones de desarme, el coste de la SDI se reveló demasiado exorbitante, amenazando incluso con forzar un recorte en las partidas de armamento convencional y generando tensiones con el Pentágonoxviii. Por lo demás, y al igual que había ocurrido con el programa Safeguard, tampoco el clima económico se prestaba a tales gastos, después de la crisis bursátil de 1987, el altísimo déficit comercial y las presiones a favor del recorte del gasto público en programas militares, factores todos ellos que motivaron el progresivo abandono del proyecto.

Un clima actual más propicio



Si los años noventa representaron una época de vacas flacas para los programas de armamento nuclear en Estados Unidos, dada la desaparición del “enemigo soviético” -con la disolución del Pacto de Varsovia en 1990 y de la URSS al siguiente- y el desarrollo de los correspondientes procesos de desarme parcial, la tendencia presentó señales de invertirse en los umbrales de la nueva década. Después del hipertrofismo del gasto militar alcanzado durante la guerra fría y rematado con la primera administración Reagan, el gasto militar estadounidense había empezado a descender en 1987 para volver a repuntar tímidamente en 1999, ya hacia el final de la presidencia de Bill Clintonxix: un repunte que, como ya se ha visto más arriba, no hará más que profundizarse con la ejecución prevista de la NMD. No deja de resultar curioso que esta inversión de la tendencia haya coincidido con un proceso simultáneo de recambio del Enemigo tradicional –el comunismo soviético, China, etcétera- por un nuevo imaginario del Imperio del Mal -recogiendo la expresión citada de G.W. Bush- conformado en parte por aquella constelación de Rogue States que están sirviendo de legitimación y justificación a la NMD. Lo mismo podría decirse de las “nuevas amenazas” que han venido poblando el discurso occidental durante la década anterior –el Islam asimilado groseramente al fundamentalismo islámico, el terrorismo internacional, el narcotráfico, la “amenaza” de las migraciones del Sur sobre los países ricos del Nortexx- coincidiendo también con un renovado intervencionismo militar y con el reciclaje de la antigua OTAN de la guerra fría en una nueva Alianza todavía más poderosa y activa que la anterior, a juzgar por las campañas militares en las que se ha embarcado.
Un documento oficial muy ilustrativo sobre la invención de este “mundo peligroso”, que tan necesaria es para justificar ante la opinión pública el incremento del gasto militar estadounidense y occidental en general, es el denominado “Tendencias Globales 2015” –Global Trends 2015- que lleva camino de convertirse en el símbolo de la nueva época de la posguerra fría, como el famoso NSC68 lo fue de la etapa de rearme de los años cincuentaxxi. Elaborado por el National Intelligence Council, un centro de estudios de la CIA, a partir de estudios encargados a expertos en todo tipo de materias, el informe dibuja un panorama verdaderamente sombrío para Estados Unidos hacia el año 2015, ya que “estados desafectos, terroristas, proliferadores [de armas de destrucción masiva] y criminales organizados se aprovecharán del nuevo entorno de la información de alta velocidad y de otros avances en tecnología para integrar sus actividades ilegales y combinar sus amenazas contra la estabilidad y seguridad en todo el mundo”. Y como no podía ser menos, el informe bosqueja asimismo un escenario en el que Rusia, China, probablemente Corea del Norte e Irán estarán en condiciones de atacar con misiles nucleares el territorio estadounidense. Una previsión muy oportuna teniendo en cuenta que, según los plazos fijados para la NMD, las primeras plataformas de misiles interceptadores deberían estar listas hacia el 2006, algunas de los cuales se establecerían en territorio europeo, como ya se ha mencionado más arriba en el caso británicoxxii.
¿Quién sale ganando con la NMD?
Una vez analizado sucintamente el entorno de falsedades y amenazas fantasmas que ha rodeado el proyecto de la NMD con fines legitimadores, así como los peligros y verdaderas amenazas que entrañaría su despliegue, queda por ver quién saldrá beneficiado del proyecto. Basta con repasar superficialmente la lista de empresas contratantes para descubrir a varias de las viejas fundadoras del Complejo Militar Industrial estadounidense de los años cincuenta y sesenta, muchas de las cuales ya presionaron en su momento a favor de la inversión en los sistemas antimisiles antecesores que han sido mencionados. Boeing, por ejemplo, que ya figuraba como contratista de la Iniciativa Estratégica (SDI) de Reagan, ha vuelto a aparecer en el programa de la NMD después de haber absorbido recientemente a McDonnell Douglas, otra antigua compañera de contratos de la SDI. Lo mismo ha ocurrido con Raytheon, que se ha incorporado al nuevo proyecto después de su fusión con Hughesxxiii. Todo indica que, tras el proceso de concentración sufrido por la industria armamentística durante la década de los noventaxxiv, y coincidiendo con el nuevo repunte del gasto militar a partir del presupuesto del año 2000, la administración estadounidense ha vuelto a impulsar una política de keinesianismo militar o de estímulo de la demanda privada a través de inversiones públicas en el ámbito de la defensa, favoreciendo a las grandes corporaciones del CMI.
Estos son algunos de los claros beneficiarios del nuevo proyecto NMD. Pero no habría que olvidar al conjunto del sistema político estadounidense, que adquiere una mayor cohesión y firmeza a partir del escenario mundial amenazante que justifica dicho programa y que tanto se afanan por perfilar, como si fuera una grotesca y falaz caricatura, sus servicios de información y propaganda. Hace ahora algo más de treinta años, un comité interdisciplinar de expertos convocados por el gobierno Kennedy, al estilo de los que recientemente redactaron el informe Global Trends 2015, llegó a la conclusión de que la percepción de una amenaza por parte de una sociedad “desarrollada” favorecía su mejor vertebración y evitaba tendencias disgregadoras. Y lo expresó de la manera más cínica y aséptica posible:
“La existencia de una amenaza exterior, a la que se da crédito, es, por consiguiente, esencial a la cohesión social así como a la aceptación de una autoridad política. La amenaza debe ser verosímil, su amplitud debe estar en proporción con la complejidad de la sociedad amenazada, y debe ser presentada, cuando menos, como pesando sobre la sociedad entera”xxv.
Porque como rezaba el título del informe que recogió esas conclusiones, y que pocos años después sería filtrado a la luz pública, quizá para algunos la paz no sea nunca deseable y las guerras posean siempre alguna utilidad.

Valencia, abril de 2001



i Según datos del Daily Mail 16-2-2001, recogidos en El País 17-2-2001.

ii El proyecto alternativo de defensa antimisiles presentado formalmente por Rusia a la OTAN –y no a EE.UU.- el 20 de febrero consistía en el despliegue de un sistema de intercepción de cohetes de corto y medio alcance, no intercontinentales –como es el caso del NMD- y por tanto de menor coste.

iii Entrevista a George Robertson, El País, 4 de marzo de 2001. Días antes Robertson había declarado en rueda de prensa que “independientemente de las discrepancias que la NMD pueda suscitar, hay una coincidencia de que existe una amenaza” por parte de los Rogue States.

iv “EE.UU. frente al enemigo invisible”, en El País 11 de febrero de 2001.

v Datos de la Oficina de presupuestos del Congreso de EE.UU. con fecha de abril de 2000. La versión más ambiciosa de la NMD, que supone el desarrollo de las tres fases contempladas, sumaría unos 49.000 millones de dólares (datos oficiales en http://www.fas.org/spp/starwars/congress/2000_r/index.html).

vi El llamado Complejo Militar Industrial norteamericano (CMI) llegó a su apogeo durante la presidencia de Kennedy (1961-1963), que abordó la modernización y desarrollo masivo tanto del armamento nuclear como convencional. Para una descripción en detalle del gesto militar norteamericano durante este período, ver Senghaas, Dieter (1974): Armamento y militarismo. Siglo XXI, p. 95.

vii Declaración citada en El País 29 de enero de 2000.

viii Entrevista a Los Angeles Times recogida en El País 20 de enero de 2001.

ix Datos recogidos del artículo de Vicente Garrido Rebolledo “La guerra de las galaxias (II): ¿La amenaza fantasma?”, en El País 22 de mayo de 2000.

x Ver al respecto el artículo de Edward N. Luttwak “La falacia estratégica de Clinton”, en El País, 10 de julio de 2000.

xi Utilizo aquí el término “militarismo” en un sentido amplio, y no como simple invasión de ciertas parcelas del ámbito civil por parte de las jerarquías militares. Me refiero al complejo fenómeno definido por la feminista Cynthia Enloe como militarización interna de las personas, entendido más como un proceso en constante cambio que como un hecho fijado y asentado. El militarismo o el pensamiento militarista así concebido entrañaría una maniquea visión del mundo repartida entre un Nosotros y un Ellos, dos polos presuntamente opuestos entre los que no cabría una relación de conocimiento enriquecedor sino otra de separación y exclusión, simbolizada por la violencia como único modo de resolución de los conflictos. El miedo y el odio el Otro, al Diferente y al Extraño nombrados como el Enemigo, hunden sus raíces en esta concepción. Ver Cinthia Enloe (1992): “La militarización de la vida de las mujeres”, en Papeles para la Paz, nº 44. Sobre la relación de la lógica militarista de la exclusión con la lógica etnocéntrica, Fernando Hernández Holgado (2000): Historia de la OTAN. De la guerra fría al intervencionismo humanitario. Los libros de la Catarata.

xii El trabajo de Evangelista ha descrito rigurosamente la cantidad, calidad y función de las fuerzas convencionales soviéticas desplegadas en territorio europeo hacia el final de la II Guerra Mundial y comienzos de la guerra fría, que, aparte de ser mucho menores que lo que sostenían los informes norteamericanos, no estaban ni capacitadas ni preparadas para acometer una fantasiosa invasión masiva de Europa Occidental. Ver Matthew A. Evangelista (1983): “Stalin’s postwar reappraised”, en International Security, invierno 1982/3.

xiii Henry Kissinger (1980): Mis Memorias. Ed. Atlántida, p.72.

xiv Sobre el origen del CMI durante la presidencia de Eisenhower y su posterior desarrollo y plenitud durante los años sesenta y setenta, ver Seymour Melman (1972): El Capitalismo del Pentágono. La economía política de la guerra. Siglo XXI, y el texto ya citado de Dieter Senghaas.

xv Ver Hernández Holgado, op.cit. p. 54.

xvi Un buen resumen de los distintos proyectos de defensa antimisiles ABM puede consultarse en “Pedir la luna”, de Rafael Grasa, prólogo a la edición castellana de La Guerra de las Galaxias, de E.P. Thompson, Crítica, 1986.

xvii Henry Kissinger (1996): Diplomacia. Ediciones B. p. 804.

xviii Ver el artículo citado de Edward N. Luttwak.

xix SIPRI (Stockolm International Peace Research Institute) Yearbook 1999.

xx Para un análisis sobre los nuevos imaginarios de Enemigo durante la posguerra fría, ver Hernández Holgado, op. cit.

xxi Global Trends 2015 está disponible en Internet en la siguiente dirección: http://www.odci.gov/cia/publications/global-trends2015/. El NSC 68 aparece recogido íntegramente en el estudio sobre el mismo de Steven L. Rearden (1984): The Evolution of American Strategic Doctrine. Paul H. Nitze & the Soviet Challenge. Westview Press.

xxiiSe prevé también su instalación en la base de Thule, en Groenlandia (Dinamarca) y se ha tanteado la posibilidad de utilizar incluso el territorio polaco, como nuevo socio aliado de la OTAN (“Bush deja atrás la posguerra fría”, El País 18 de febrero de 2001). .

xxiii Los nombres de las empresas contratistas de la NMD pueden consultarse en http://www.fas.org/spp/starwars/program/nmd/index.html. Los de las empresas participantes en la SDI aparecen recogidos en el prólogo de Rafael Grasa al libro citado de E.P. Thompson.

xxiv Solo entre 1991 y 1997 se efectuaron 56 fusiones en EE.UU. por un valor cercano a los 90.000 millones de dólares en transacciones: en Ives Belanger; Laurent Carroue (1997): “Las claves de la fusión de Boeing-McDonnnell Douglas”, en Le Monde Diplomatique, septiembre de 1997.

xxv La Paix Indésirable? Rapport sur l’utilité des guerres (1968). Calmann-Lévy, p. 113




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