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fecha de publicación24.10.2015
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CARLOS ALBERTO JIMÉNEZ V.

Magister Comunicación y Educación

PHD Profesor Titular Universidad Libre Seccional Pereira

EL JUEGO, EL AMOR Y LAS MOLECULAS DE LA EMOCIÓN

EL JUEGO Y EL AMOR

En el juego, al igual que en el enamoramiento, existen una serie de emociones que desembocan en respuestas corporales y mentales que tienen grandes similitudes y diferencias que se hace necesario develar para poder comprender el juego desde una forma diferente. Las emociones se forman por cambios orgánicos del cuerpo, de los músculos, y en especial, de las vísceras que proporcionan respuestas en el sistema nervioso y hacen que a través de un simple impulso lúdico o erótico existan muchos cambios a nivel de la corporalidad, como cuando se incrementa el ritmo del corazón, o los músculos se vuelven tensos.

Los impulsos nerviosos originados por las emociones se encargan de producir una cascada de neuropéptidos que invaden todo el cuerpo. Para Candace Pert (2005), cualquier péptido en el cuerpo tiene en el cerebro un receptor específico con el cual se enlaza químicamente, de allí el origen del término neuropéptido. Para esta neurocientífica norteamericana las emociones se originan en el cuerpo y luego se perciben en el cerebro y viceversa. Lo anterior nos hace deducir que tanto en el juego como en el amor, las emociones se sienten a través del cuerpo como sensaciones o impulsos y no únicamente como una cascada de sentimientos como muchos autores lo plantean.

Por otra parte, el concepto de emoción utilizado en el contexto de juego, no solo incluye experiencias lúdicas de ansiedad, miedo, asco, disgusto, felicidad, alegría, sino una serie de emociones básicas, ligadas a las sensaciones como el placer y el goce multisensorial que se originan en el juego. También durante el juego existen unos estados emocionales que difícilmente se pueden plantear sólo desde el punto de vista fisiológico, pero que tiene su existencia propia y se refieren a aquellos estados alterados de conciencia que vive el niño cuando se encuentra sumergido en el juego, ya que a través de estos fácilmente el niño puede acceder a mundos mágicos alternativos donde lo imposible se vuelve real. Lo anterior debido a la alta dosis de endorfinas y neurotransmisores como la dopamina, la cual permite la síntesis de sustancias orgánicas como la mezcalina que fortalecen la esfera de la espiritualidad humana y la posibilidad de la creación de nuevos seres fantásticos, con los cuales los niños se divierten y, lo que es más importante, construyen un sentido de la vida más ligada la felicidad y a la compasión que al simple goce multisensorial.

EL JUEGO DE LOS ENAMORADOS



Si en el momento del enamoramiento se le pudieran tomar los signos vitales a un sujeto en una clínica, inmediatamente sería traslado a la sala de cuidados intensivos ya que entre muchas otras cosas le sucede lo siguiente: la presión arterial del enamorado se incrementa y su pulso puede llegar hasta 150 pulsaciones por minuto, existe un incremento de la glucosa sanguínea, que es lo que permite que el libido lo lleve al terreno del aumento de la actividad sexual durante muchas horas. También entre otros desequilibrios bioquímicos se encuentra el aumento de las grasas corporales, temblores, mareos, sudores corporales, estreñimiento, ansiedad, euforia, risa nerviosa, insomnio, cosquilleo en el vientre; pero lo más sorprendente de este estado aparentemente enfermizo es la gran producción de feniletilamina que se genera a nivel cerebral, especialmente en la primera fase de enamoramiento, en la cual la dopamina existente en el cerebro se descontrola y se vuelve excesiva, originando de esta forma la gran estimulación motriz que requieren los músculos y el esqueleto del cuerpo para poder producir todos aquellos movimientos acelerados, sincrónicos y aparentemente animalescos que se requieren en un acto sexual.

De momento basta argumentar lo que nos dice Rita Carter: “Las sensaciones de euforia asociadas con las primeras fases del enamoramiento parecen surgir de una combinación entre la dopamina y un agente químico llamado feniletilamina. Las dos actúan probablemente sobre las vías de recompensa que van del sistema límbico hasta la corteza cerebral. El impulso de hacer el amor viene del efecto de la testosterona – tanto del hombre como en la mujer y los estrógenos – sólo en la mujer - sobre el hipotálamo. Tanto el vínculo sexual como el vínculo entre padres e hijos parecen surgir sobre todo a raíz de la acción en el cerebro de una hormona llamada occitocina” (1998:76).

La sobredosis de dopamina como ya hemos precisado, hace que dicha sustancia se desdoble químicamente en noradrenalina y mezcalina (principio activo del peyote), y de esta manera el sujeto enamorado entra a estados alterados de conciencia, similares a cuando un niño juega. Estos estadios son muy semejantes a la ingesta de sustancias sicodélicas, en las cuales se incrementa la percepción de las cosas y se producen sensaciones de flotamiento o elevamiento, que causa que todo a su alrededor adquiera una belleza inusitada que hace ver lo feo hermoso. Lo anterior es quizás uno de los signos del amor que contribuyen más al apego y a la atracción sexual, así la otra persona no tenga cualidades estéticas.

La primera fase del enamoramiento, según Helen Fisher, corresponde a una etapa erótica y lujuriosa, debido a la feniletilamina y a la oxitocina que proporcionan a nivel físico todos estos cambios bioquímicos, que originan el enamoramiento y no una aparente enfermedad terminal como lo demuestran los signos vitales y los cambios bioquímicos ya mencionados.

Posteriormente sigue una fase de pertenencia, según esta antropóloga norteamericana, se da después de los cuatro años cuando los amantes o los enamorados segregan endorfinas, sustancias estas muy similares a los opioides que producen a diferencia de la feniletilamina un estado de tranquilidad marina y un efecto anestésico similar a la morfina y al opio, que proporcionan en las parejas un estado muy diferente a la lujuria, al éxtasis y al eros, de los primeros estadios de enamoramiento.

Esta fase, a diferencia de la anterior, se encuentra regulada por la empatía, el sosiego y la tranquilidad que buscan muchas parejas de enamorados. Estos procesos bioquímicos son similares a la producción cerebral de la serotonina que también produce una tranquilidad marina similar a la descrita. No hay que olvidar que las investigaciones de esta antropóloga hechas a nivel mundial demuestran que la mayoría de los divorcios o separaciones de los enamorados se producen alrededor de los cuatro años.

EL JUEGO Y LAS EMOCIONES

En el juego sucede algo similar a lo descrito en el enamoramiento y se refiere específicamente a fases similares de alteración emocional y bioquímica, que suceden cuando el niño se impulsa naturalmente al juego y este actúa sobre toda su corporalidad y no solamente como un estímulo relacionado con la mente o con el cerebro humano.

Cuando jugamos, nuestros pensamientos, sentimientos, emociones y actuaciones no son posibles sin la intervención de una serie de sustancias mensajeras (Neurotransmisores- Neurohormonas, etc.), como la dopamina que es la encargada de iniciar el proceso creativo y desbordante de una acción lúdica. Recordemos que la dopamina también se puede convertir en noradrenalina que es la sustancia neurotransmisora secretada por el sistema nervioso simpático encargada de generar un estado de ánimo alegre, libertario y espontáneo que necesita el sujeto lúdico en su acción de jugar. El impulso lúdico del juego provoca la liberación de otro tipo de sustancias mensajeras como la acetilcolina que transporta nuestros pensamientos, los procesos lógicos, nuestros juicios y nuestra capacidad de hacer análisis críticos cuando interactuamos con juegos de alto nivel de pensamiento.

También en el juego, se producen neurotransmisores como la serotonina que baja el estrés del niño, sumergiéndolo en un estado tranquilo, melancólico y contemplativo, para que de esta forma el niño en el juego no llegue a los límites de la locura. Para Zehentbauer:”La serotonina actúa como un calmante emocional, haciendo perder un poco la conciencia, y como somnífero; la dopamina excita de forma emocional y sexual, activa la conciencia, la fantasía y la creatividad; la acetilcolina hace posible la memoria y los conocimientos intelectuales, agudiza las percepciones y es el neurotransmisor de nuestros pensamientos; la noradrenalina hace estar despierto y tener claridad de conocimientos, activa al estar alerta, pero también las reacciones agresivas; el GABA actúa como tranquilizador y relajante”(1995:55).

Para Candace Pert menos del 2% de la comunicación neuronal ocurre a través de la sinapsis como muchos neurocientíficos plantean. De modo similar, el cerebro del niño que juega debe ser comprendido como una bolsa llena de hormonas, porque la información que rebota del cerebro conserva cierto orden y propiedades, no debido a las conexiones de la sinapsis en las células cerebrales, sino a receptores específicos. Es así, como los péptidos circulan a través del cuerpo, para encontrar aquellos receptores específicos en regiones muchas apartadas del cuerpo, hacen que el sistema de comunicación cerebral deba ser interpretado no como lo plantea la teoría tradicional de la sinapsis cerebral, sino como un sistema parecido al endocrino, en donde las hormonas pueden viajar a lo largo y ancho de nuestro organismo.

Estos motivos llevan a Candace Pert a plantear que en el sistema endocrino, al igual que el sistema inmunológico existen pedacitos de cerebro circulando por todo el cuerpo y por consiguiente deben ser considerados inteligentes, al igual que el sistema nervioso. A lo anterior Francis Schmitt (1984) propuso un proceso denominado parasinapsis, en el cual las sustancias de información química viajan por todo el cuerpo circulando por los fluidos extracelulares para encontrar los receptores celulares que necesita específicamente. De otra manera, surgieron los primeros fundamentos científicos de la relación que debe existir entre cuerpo y mente. Para Pert:”Si aceptamos la idea de que los péptidos, y otras sustancias de información son los bioquímicos de la emoción, su distribución en los nervios del cuerpo adquiere una significación. Si Sigmund Freud viviera, se alegraría por ver sus teorías molecularmente confirmadas. ¡El cuerpo es una mente inconsciente¡---“(1997:127)

Con respecto al cerebro emocional que se sobreactiva durante el juego, no podemos afirmar que se encuentra confinado al sistema límbico (amígdala – hipocampo – hipotálamo), como único asiento de las emociones, como lo planteaba Paul McLean con su teoría de cerebro triúnico (cerebro primitivo, sistema límbico, córtex cerebral). Sino que se hace necesario comprender cómo el juego a través del cerebro emocional transforma todo el cuerpo por medio de las moléculas de la emoción que circulan a lo largo del mismo. Un aspecto claro en ese sistema de comunicación de doble vía cerebro – cuerpo, cuerpo – cerebro, es que los péptidos y otras sustancias informativas son los bioquímicos de las emociones, cuya distribución se encontraría inclusive a lo largo de los nervios, en el que el cuerpo es una mente inconsciente donde pueden existir muchos traumas a nivel neurovegetativo y síquico en el que los problemas emocionales se pueden inclusive almacenar en diferente partes del cuerpo, provocando su enfermedad o afectando la habilidad para sentir, o incluso, mover esa parte del cuerpo.

CASCADA DE MOLÉCULAS

Desde las perspectivas anteriores, lo que hemos denominado impulso lúdico no es más que una cascada de moléculas de la emoción que se descargan a nivel de toda la corporalidad, cuando el niño inicialmente desea jugar. Por lo tanto este impulso provoca la estimulación de la dopamina, la cual le permite también, entre muchas otras cosas entrar al terreno de la motricidad fina y gruesa que necesitan muchos juegos, lo mismo que introducirse al espacio de la creatividad y la fantasía.

Ahora bien, la dopamina, también se puede transformar químicamente en mezcalina, sustancia psicoactiva responsable de que en el juego, el niño tenga una serie de efectos psicodélicos similares al consumo del acido lisérgico (LSD), en el cual se producen consecuencias, como el aumento de la temperatura corporal, alta frecuencia cardíaca, presión arterial elevada, estimulación central y en ocasiones periférica. Para Josef Zehentbauer un exceso de dopamina aumenta las capacidades mentales conscientes en una experiencia irreal, también según el autor “Las inspiraciones se convierten en visiones, la conciencia en delirio y los diálogos internos en voces extrañas, que en algunas ocasiones llegan a ser oídas acústicamente por el afectado (por ejemplo órdenes divinas). Bajo los efectos de una excesiva concentración de dopamina se vive como en un sueño; se ven y oyen muchas cosas que los demás no pueden, ya que disponen tan sólo de una percepción media normal. No se debe considerar una experiencia de este tipo como algo patológico. De este modo, el artista consigue una fantasía en su creatividad superior a la de la vida real. Los niños a menudo confunden el sueño con la realidad, tiene una desbordante fantasía que los lógicos y serenos adultos no pueden llegar a entender” (1995:66).

Los efectos alucinógenos del juego dependen de la motivación y de la intensidad que pueda proporcionar la actividad lúdica en la cual estas sustancias intervienen en el pensamiento, en las emociones y en especial en los sistemas de percepción, alerta y de atención que actúan a través de mecanismos dopaminérgicos y noradrenérgicos, un poco diferentes de los producidos por el LSD, que actúan a través de mecanismos serotoninérgicos.

Entre otros efectos de este tipo de moléculas de emoción que se producen en el juego se encuentra también el aumento de nivel de vigilia, sensación muy alta de bienestar físico, la percepción se incrementa de tal manera que las formas y los colores se vuelven muy intensos, la pupila se dilata y se contrae. De modo similar, origina a nivel físico procesos de profundidad de campo y hacen que las imágenes en todo el campo perceptual sean más nítidas y no borrosas como sucede con los primeros planos. También hay intensificación de las aferencias sensoriales, aumenta la sensibilidad del tacto cuando el niño toca un juguete, hay disminución en la inhibición, y debido a la alta producción de endorfinas y de oxtocina se facilita la sensación del afecto y de la cercanía con otras personas.

El amor y el juego como emociones básicas en la configuración de lo humano, en gran medida fue lo que permitió ayudar al desarrollo del lenguaje y por consiguiente al de la cultura humana. Todas aquellas prácticas de relaciones y de tolerancia de los primeros bípedos, como las que se refieren a la convivencia en pequeños grupos en los cuales se compartían alimentos, caricias, gestos, juegos, intimidad, vida sexual, e inclusive, la participación de los machos en la crianza de los niños tuvieron mucho sentido para la construcción de la cultura. Lo anterior combinado con el desarrollo de su historia y de su cultura en el perfeccionamiento de los instrumentos para cazar y los medios para comunicarse, hicieron que el cerebro se desarrollara para poder producir el lenguaje que hoy conocemos (el lenguaje depende del cerebro y el cerebro depende del lenguaje). En síntesis se hace necesario afirmar que fueron el amor, la cooperación y la tolerancia los que determinaran la evolución del ser humano, a diferencia de lo que planteaba Darwin sobre la selección de especies, en lo relacionado con la competencia y la adaptación de los seres vivos, que en cierta forma lo que hacen es legitimar la dominancia del cerebro reptílico, en lo relacionado con la agresividad o la animalidad.

Para Humberto Maturana el amor no es un sentimiento ni una virtud, ni mucho menos una recomendación para vivir mejor, el amor como emoción, según el autor, "Ocurre en el fluir de las conductas relacionales a través de las cuales la otra, el otro, o lo otro, surge como legítimo otro en convivencia con uno"(1997:10). Desde esta perspectiva el amor es un modo de convivir y una clase de conducta relacional entre los seres vivos. Esta es una concepción sicobiológica y no filosófica o religiosa.

Con base en experiencias emotivas y lúdicas, los seres humanos pudieron vivir y reproducirse como especie en un sentido de tolerancia y respeto de los unos por los otros. Ahora bien se podría plantear que son el amor, el lenguaje y el juego los que fundamentan el fenómeno social, y no la agresividad y la competencia (que también existieron), pues estas acciones tienden a fragmentar más que unir las especies vivas. Maturana escribe: "El amor es, hablando biológicamente, la disposición corporal bajo la cual uno realiza las acciones que constituyen al otro como un legítimo otro en coexistencia con uno".(1997:147) La anterior definición desde el plano de lo biológico y lo cultural, conduce a interpretar el amor de forma diferente, no con melosería, sino como una actividad fundamental para reconocer y respetar nuestra singularidad.

En el juego el nivel de estrés se elimina por la producción de serotonina que reduce la ansiedad y regula el estado de ánimo del jugador. Seguidamente, se convierte en un alucinógeno suave llamado bufoteina. Por último, se produce acetilcolina el cual favorece los estados de atención, aprendizaje y memoria. He ahí la gran importancia del juego creador, en lo relacionado con los procesos psicológicos superiores. De esta manera, el cerebro es una fábrica bioquímica con capacidad de fabricar muchas drogas endógenas, similares a la industria farmacéutica. .

En las experiencias lúdicas, es donde los niños, los jóvenes y los adultos encuentran el mayor placer del juego. De la capacidad de los juegos de producir diferentes moléculas de la emoción del cerebro, depende no sólo el placer del juego, sino la posibilidad didáctica del mismo, ya que a mayor producción de endorfinas, mayor será la zona de creatividad del ser humano, para poder producir nuevos mundos imaginarios, nuevos mundos fantásticos, nuevas criaturas, nuevas ilusiones, nuevas incertidumbres, nuevos deseos, es decir, nuevas experiencias, para estimular la inteligencia lúdica. (ver libro del autor: Inteligencia lúdica. Editorial Magisterio).

EL ROMPIMIENTO Y LA LOCURA

Con respecto a las relaciones del juego con la locura y específicamente con la esquizofrenia, podríamos plantear que el niño cuando juega, se aísla del mundo y del contexto, es decir, abre una brecha en su relación con el entorno físico, emocional y psíquico (no acepta presiones externas), para poder entrar a mundos ilusorios, imaginativos, fantasiosos que tiene una dinámica muy diferente al mundo real. Esta dimensión, es similar a los sueños, donde el niño encuentra cabida y respuesta a sus deseos y demandas inconscientes e instintivas.

En el juego, al igual que en la locura, también existe un rompimiento en la relación consigo mismo, es decir, en este estado lúdico, la realidad psíquica interna, también desaparece, entrando a un estado paradójico de distensión / locura, en el cual el sujeto jugador no se experimenta completo, sino como lo plantea Laing, en su libro “El yo divido”: “Como dos o más yos”, es decir, como si estuviera dividido, al igual que lo que ocurre con la esquizofrenia. De hecho, la diferencia estriba en que en la locura, el sujeto se sumerge en una soledad desesperante y en un completo aislamiento, mientras que en el juego el niño se introduce en un universo lúdico lleno de felicidad y de placer, acompañado de imágenes fantásticas y arquetípicas que actúan como principios organizadores de su vida psíquica.

El estado esquizoide que asume el niño en el juego, es un proceso que asume la inteligencia lúdica, para poder solucionar los diferentes problemas que tiene en su interioridad síquica, y los diferentes obstáculos que confronta en los diferentes espacios lúdicos del juego. Otros niños, jóvenes y adultos por el contrario lo utilizan en actividades ludopáticas, para poderse excitar en forma patológica en situaciones de alta peligrosidad. Para Laing “La locura es una respuesta cuerda a un ambiente social demente” (citado por Capra: 1990: 109).

La clave de la esquizofrenia a nivel neurocientífico, es que en estos estados hay mayor liberación de dopamina, igual que en el juego. Lo anterior origina bioquímicamente, grandes liberaciones de alucinaciones y trastornos del pensamiento, que se recrean en la ficción, en la fantasía o en la creación de nuevos mundos alternativos de carácter creativo. La diferencia de la producción de neurotransmisores, radica en que el juego fuera de la producción de dopamina, se incrementa la serotonina, produciendo un estado paradójico combinado entra la euforia y la calma marina. Esto, es muy diferente a la esquizofrenia, donde los niveles de serotonina son muy bajos.

El yo dividido que se produce en el juego, podría tener también una analogía, con el modelo bipolar de Berngrtröm*, el cual divide el cerebro en un extremo de información y uno de azar o de caos. Al respecto Berngrtröm dice que la interacción entre ambos aspectos genera el pensamiento y la conducta. Para Briggs y Peat en su libro “Espejo y reflejo” dice: “La víctima de la esquizofrenia adolece de un exceso de orden – orden encarcelado – que paradójicamente se manifiesta en el ataque de epilepsia, como un ataque masivo del caos” (1989:167).

En consecuencia, podríamos concluir que el caos es totalmente normal en el cerebro, cuando un niño juega, pero un caos inducido por un juego que produzca un exceso de orden puede ser muy nocivo.

CARLOS ALBERTO JIMENEZ V.

www.ludicacolombia.com

www.ludica.com.co

www.youtube.com/conexionludica

www.worldtv.com/conexionludica

carlosjimenez10@hotmail.com


* Investigador del instituto de fisiología de la universidad de Helsinki en Finlandia

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