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Elisabeth Kubler-Ross

SOBRE

LA MUERTE

Y LOS

Moribundos:


(AUTOAYUDA y SUPERACKSÑ)
grijalbo

ELISABETH KUBLER-ROSS

SOBRE LA MUERTE

Y

LOS MORIBUNDOS


Traducción de Neri Daurella

CUARTA EDICIÓN

gríjalbo

Queda rigurosamente prohibida, sin la

autorización escrita de los titulares del

copyright, bajo las sanciones establecidas por las

leyes, la reproducción total o parcial de esta obra

por cualquier medio o procedimiento,

comprendidos la reprografía y el tratamiento

informático, así como la distribución de ejemplares

de la misma mediante alquiler o préstamo públicos.

Título original

ON DEATH AND DYING

Traducido de la edición de The MacmiUan Publishing Company,

Nueva York, 1972

Cubierta: Blanca Marqués

© 1969,ELISABETHKÜBLER-ROSS

© 1975,1989,1993, EDICIONES GRIJALBO, S.A.

Aragó, 385, Barcelona

Cuarta edición (Segunda en esta colección)

ISBN: 84-253-2445-9

Depósito legal: B. 7.836-1994

Impreso en Hurope, S.A., Recared, 2, Barcelona

A la memoria

de mi padre

y de Seppli Bucher.

Índice
Agradecimiento 9

Prefacio 11

1. Sobre el miedo a la muerte 13

2. Actitudes con respecto a la muerte y al moribundo . . 25

3. Primera fase: negación y aislamiento 59

4. Segunda fase: ira 73

5. Tercera fase: pacto 111

6. Cuarta fase: depresión 115

7. Quinta fase: aceptación 147

8. Esperanza 179

9. La familia y el paciente 203

10. Algunas entrevistas con pacientes moribundos 233

11. Reacciones ante el seminario sobre la muerte y los

moribundos 307

12. Terapia del enfermo de muerte 337

Bibliografía 349

Agradecimiento

Hay demasiadas personas que han contribuido

directa o indirectamente en esta obra para manifestarles

mi agradecimiento individualmente. El doctor

Sydney Margolin fue quien sugirió la idea de entrevistar

a los pacientes desahuciados en presencia de

los estudiantes como interesante método de aprendizaje

y enseñanza.

El Departamento de Psiquiatría del Billings Hospital

de la Universidad de Chicago ha proporcionado

el marco y las facilidades para hacer técnicamente posible

un seminario como éste.

Los sacerdotes Hermán Cook y Cari Nighswonger

han colaborado en las entrevistas de modo muy útil

y estimulante, ayudándonos a encontrar pacientes en

unos momentos en que era inmensamente difícil. Wayne

Rydberg y los primeros cuatro estudiantes, con

su interés y curiosidad, me permitieron superar las

dificultades iniciales. También conté con la ayuda de

9
los miembros del Seminario Teológico de Chicago. El

reverendo Renford Gaines y su esposa Harrief han

pasado innumerables horas revisando el manuscrito

y han mantenido mi fe en el valor de este tipo de

empresa. El doctor C. Knight Aldrich ha apoyado esta

obra durante los últimos tres años.

El doctor Edgar Draper y Jane Kennedy revisaron

parte del manuscrito. He de agradecer a Bonita

McDaniel, Janet Reshkin y Joyce Carlson que mecanografiaran

los capítulos.

Mi agradecimiento a los muchos pacientes y a

sus familias quizá quede mejor expresado con la publicación

de sus palabras.

Hay muchos autores que han inspirado esta obra,

y por último debería dar las gracias a todos aauellos

que han hecho a los enfermos desahuciados objeto

de su pensamiento y de su atención.

Agradezco al señor Peter Nevraumont la sugerencia

de escribir este libro, y al señor Clement Alexandre,

de la Macmillan Company, su paciencia y comprensión

mientras el libro estaba en preparación.

En último lugar, aunque no menos importante,

deseo agradecer a mi marido y a mis hijos su paciencia

y constante apoyo que me permiten ejercer una

profesión que requiere un horario completo además

de ser esposa y madre.

E. K.-R.

10
Prefacio

Cuando me preguntaron si querría escribir un

libro sobre la muerte y los moribundos, yo acepté el

reto con entusiasmo. A la hora de la verdad, cuando

me senté y me pregunté en qué me había comprometido,

la cosa fue diferente. ¿Por dónde empezar? ¿Qué

incluir? ¿Cuánto podía decir a los extraños que iban

a leer el libro? ¿Cuánto podía compartir con ellos de

mi experiencia con pacientes moribundos? ¿Cuántas

cosas hay que no se comunican verbalmente, que han

de ser sentidas, experimentadas, vistas, y son muy

difíciles de expresar en palabras?

Llevo dos años y medio trabajando con pacientes

moribundos, y este libro hablará del comienzo de este

experimento, que resultó ser una experiencia importante

e instructiva para todos los participantes. No

pretende ser un manual de cómo tratar a los pacientes

moribundos, ni un estudio completo de la psicología

del moribundo. Es, simplemente, el resultado

11
de una nueva e interesante oportunidad de reconsiderar

al paciente como ser humano, hacerle participar

en diálogos, y aprender de él lo bueno y lo malo

del trato que se da al paciente en los hospitales; Le

hemos pedido que sea nuestro maestro para que podamos

aprender más sobre las etapas finales de la

vida, con todas sus angustias, temores y esperanzas.

Simplemente, cuento la historia de los pacientes que

compartieron estas angustias, esperanzas y frustraciones

con nosotros. Espero que esto anime a otros

a no apartarse de los enfermos "sin esperanza" sino a

acercarse más a ellos, ya que pueden ayudarles m^

cho durante sus últimas horas. Los que se sientan capaces

de hacer esto descubrirán, además, que es una

experiencia mutuamente compensatoria; aprenderán

mucho sobre el funcionamiento de la mente humana,

unos aspectos de la conducta humana únicos en nuestra

existencia, y saldrán de ella enriquecidos y quizá

con menos ansiedades sobre su propio final.

12
1

Sobre el miedo a la muerte

No me dejes pedir protección ante los peligros,

sino valor para afrontarlos.

No me dejes suplicar que se calme mi dolor,

sino que tenga ánimo para dominarlo.

No me dejes buscar aliados en él campo de batalla

de la vida, como no sea mi propia fuerza.

No me dejes anhelar la salvación lleno de miedo e

inquietud, sino desear la paciencia necesaria para

conquistar mi libertad.

Concédeme no ser un cobarde,

experimentar tu misericordia sólo en mi éxito;

pero déjame sentir que tu mano me sostiene

en mi fracaso.

RABINDRANATH TAGORE

Recolección de fruta
13

Las epidemias causaban gran número de víctimas

en generaciones pasadas. La muerte en la infancia

era frecuente y había pocas familias que no perdían

alguno de sus miembros a temprana edad. La medicina

ha cambiado mucho en las últimas décadas. La

difusión de las vacunas ha erradicado prácticamente

muchas enfermedades, por lo menos en Europa Occidental

y Estados Unidos. El uso de la quimioterapia,

especialmente los antibióticos, ha contribuido a reducir

cada vez más el número de muertes debidas a

enfermedades infecciosas. Un mejor cuidado y educación

de los niños ha reducido mucho la enfermedad

y la mortalidad infantil. Las numerosas enfermedades

que causaban un impresionante número de víctimas

entre personas jóvenes y de media edad han sido

dominadas. Cada vez hay más viejos, y por lo tanto,

cada vez hay más personas con enfermedades malignas

y crónicas que se asocian con la vejez.

Los pediatras tienen que tratar menos situaciones

críticas, de vida o muerte, y cada vez tienen más

pacientes con perturbaciones psicosomáticas y problemas

de adaptación y conducta. En las salas de espera

de los médicos hay más personas con problemas

emocionales que nunca, pero también hay más pacientes

ancianos que no sólo tratan de vivir con sus

facultades físicas disminuidas y sus limitaciones, sino

que además se enfrentan en soledad y aislamiento con

todos sus dolores y su angustia. La mayoría de estas

personas no acuden a un psiquiatra. Sus problemas

tienen que ser sonsacados y paliados por otros profesionales,

por ejemplo, sacerdotes y asistentas sociales.

Para ellos voy a intentar trazar las líneas generales

de los cambios que han tenido lugar en las

últimas décadas, cambios que son los responsables

fundamentales del creciente miedo a la muerte, del

creciente número de problemas emocionales, y de la

mayor necesidad que hay de comprender y hacer

14
frente a los problemas de la muerte y de los moribundos.

Cuando volvemos la vista atrás y estudiamos las

culturas de los pueblos antiguos, constatamos que la

muerte siempre ha sido desagradable para el hombre

y probablemente siempre lo será. Desde el punto de

vista de un psiquiatra, esto es muy comprensible,

y quizá pueda explicarse aún mejor por el conocimiento

básico de que, en nuestro inconsciente, la

muerte nunca es posible con respecto a nosotros mismos.

Para nuestro inconsciente, es inconcebible imaginar

un verdadero final de nuestra vida aquí en la

tierra, y si esta vida nuestra tiene que acabar, el

final siempre se atribuye a una intervención del mal

que viene de fuera. En términos más simples, en

nuestro inconsciente sólo podemos ser matados; nos

es inconcebible morir por una causa natural o por

vejez. Por lo tanto, la muerte de por sí va asociada

a un acto de maldad, es un acontecimiento aterrador,

algo que exige pena y castigo.

Conviene recordar estos datos fundamentales, ya

que son esenciales para entender algunas de las manifestaciones

más importantes de nuestros pacientes,

que de otro modo serían ininteligibles.

El segundo hecho que tenemos que tener en cuenta

es que, en nuestro inconsciente, no podemos distinguir

entre un deseo y un hecho. Todos sabemos

que en algunos de nuestros sueños ilógicos pueden

coexistir dos afirmaciones completamente opuestas

una al lado de la otra, cosa muy aceptable en el

sueño pero impensable e ilógica en estado de vigilia.

Así como nuestro inconsciente no puede diferenciar

entre el deseo de matar a alguien cegados por la ira

y el hecho de haberlo llevado a cabo, el niño pequeño

también es incapaz de hacer esta distinción. El niño

enojado que desea que su madre caiga muerta por no

haber satisfecho sus exigencias, quedará muy trau-

15
matizado por la muerte real de su madre, a pesar de

que este acontecimiento no sea muy próximo en el

tiempo a sus deseos destructores. Siempre se atribuirá

toda o parte de culpa de la pérdida de su madre.

Siempre se dirá a mí mismo —raras veces a

otros—: "Yo lo hice, yo soy el responsable, fui malo

y por eso mamá me abandonó." Es bueno recordar

que el niño reaccionará de la misma manera si pierde

a uno de sus padres por divorcio, separación o

abandono. A menudo, el niño no concibe la muerte

como algo permanente y, por lo tanto, no la ve muy

diferente de un divorcio en el que puede tener la

oportunidad de volver a ver a uno de sus padres.

Muchos padres recordarán observaciones de sus

hijos como ésta: "Enterraré ahora a mi perrito y la

próxima primavera, cuando vuelvan a salir las flores,

se levantará." Tal vez era un deseo semejante el que

impulsaba a los antiguos egipcios a proveer a sus

muertos de comida y objetos para tenerlos contentos,

y a los antiguos indios americanos a enterrar a sus

parientes con sus pertenencias.

Cuando nos hacemos mayores y empezamos a

darnos cuenta de que nuestra omnipotencia en realidad

no existe, de que nuestros deseos más intensos

no son tan poderosos como para hacer posible lo imposible,

el miedo de haber contribuido a la muerte

de un ser querido disminuye, y con él la sensación de

culpabilidad. Sin embargo, el miedo se mantiene atenuado

sólo mientras no se le provoque con demasiada

fuerza. Sus vestigios pueden verse a diario en los pasillos

de un hospital, en las personas relacionadas con

el difunto.

Marido y mujer pueden llevar años peleándose,

pero cuando muera uno de los dos, el superviviente

se mesará los cabellos, gemirá y llorará sonoramente

y se dará golpes en el pecho lleno de arrepentimiento,

miedo y angustia, y a partir de entonces temerá su

16
propia muerte más que antes, creyendo todavía en

la ley del talión —ojo por ojo, diente por diente.

"Soy responsable de su muerte, y tendré que morir

de un modo cruel como castigo."

Tal vez saber esto nos ayude a entender muchas

de las antiguas costumbres y ritos que han durado

tantos siglos y cuyo objetivo era apaciguar la ira de

los dioses o de las personas, según el caso, para reducir

así el castigo previsto. Me refiero a las cenizas,

los vestidos desgarrados, el velo, las Klage Weiber de

otras épocas: todos eran medios para pedir compasión

para ellos, los que estaban de duelo, y manifestaciones

de dolor, pesar y vergüenza. Si alguien se

aflige, se da golpes en el pecho, se mesa el cabello o

se niega a comer, es un intento de autocastigo para

evitar o reducir el castigo previsto para la culpa que

ha tenido en la muerte del ser querido.

Este pesar, esta vergüenza y esta culpabilidad no

están muy alejadas de sentimientos de cólera y rabia.

El proceso del dolor siempre lleva consigo algo de

ira. Como a ninguno de nosotros le gusta admitir su

cólera respecto a una persona muerta, estas emociones

a menudo son disfrazadas o reprimidas y prolongan

el período de dolor o se manifiestan de otras

maneras. Conviene recordar que no nos corresponde

juzgar aquí estos sentimientos, calificándolos de malos

o vergonzosos, sino llegar a entender su verdadero

significado y origen como manifestaciones de conducta

humana. Para ilustrar esto, utilizaré una vez más

el ejemplo del niño, y del niño que hay en nosotros.

El niño de cinco años que pierde a su madre se culpa

a sí mismo por su desaparición y al mismo tiempo se

enoja con ella por haberle abandonado y por no satisfacer

ya más sus necesidades. Entonces la persona

muerta se convierte en algo que el niño ama y desea

mucho, pero que odia con la misma intensidad por

lo dura que se le hace su pérdida.

17
Los antiguos hebreos consideraban que el cuerpo

de una persona muerta era algo impuro y que no

había de tocarse. Los primitivos indios americanos

hablaban de los malos espíritus y disparaban flechas

al aire para dejarlos. Muchas otras culturas tienen rituales

para protegerse de la persona muerta "mala",

y todos se originan en este sentimiento de ira que

todavía existe en todos nosotros, aunque no nos guste

admitirlo. La tradición de la lápida sepulcral puede

que tenga su origen en este deseo de mantener a los

malos espíritus allá abajo, en lo hondo, y los guijarros

que muchas personas ponen sobre la tumba son símbolos

del mismo deseo. Aunque consideremos las salvas

de cañones en los funerales militares como un

último saludo, en el fondo se trata de un ritual simbólico

semejante al que usaba el indio cuando lanzaba

sus venablos y flechas al cielo.

Doy estos ejemplos para poner de relieve que el

hombre no ha cambiado básicamente. La muerte es

todavía un acontecimiento terrible y aterrador, y el

miedo a la muerte es un miedo universal aunque

creamos que lo hemos dominado en muchos niveles.

Lo que ha cambiado es nuestra manera de hacer

frente a la muerte, al hecho de morir y a nuestros pacientes

moribundos.

Al haber crecido en un país de Europa donde la

ciencia no está tan adelantada, donde las técnicas

modernas no han hecho más que empezar a utilizarse

en medicina y donde la gente todavía vive como vivía

en este país hace medio siglo, he tenido la oportunidad

de estudiar una parte de la evolución de la humanidad

en un período más breve.

Recuerdo, de cuando era niña, la muerte de un

granjero. Se cayó de un árbol y ya se vio que no duraría

mucho. Él pidió, simplemente, morir en casa,

deseo que se le concedió sin más. Pidió que entraran

sus hijas en el dormitorio y habló con cada una de

18
ellas por separado durante unos minutos. Arregló sus

asuntos tranquilamente, aunque sufría mucho, y distribuyó

sus pertenencias y su tierra, ninguna de las

cuales se había de dividir hasta que muriera también

su mujer. También pidió a cada uno de sus hijos que

compartiera el trabajo, los deberes y las tareas

que él había llevado a cabo hasta el momento del accidente.

Pidió que le fueran a ver sus amigos, para decirles

adiós. Aunque entonces yo era una niña pequeña,

no me excluyó a mí ni a mis hermanos. Nos

permitieron participar en los preparativos de la familia

y acompañarles hasta que se murió. Cuando esto

ocurrió, lo dejaron en casa, en su propia y querida

casa, que había construido él, y entre sus amigos y

vecinos, que fueron a verle por última vez, yacente

en medio de flores en el lugar donde había vivido y

que quería tanto. En ese país todavía no se emplea

embalsamamiento ni falso maquillaje para hacer ver

que el muerto duerme. Sólo las señales de enfermedades

que desfiguran mucho se cubren con vendas,

y sólo los cadáveres de infecciosos son retirados de

la casa antes del entierro.

¿Por qué describo estas costumbres "anticuadas"?

Creo que son una señal de la aceptación del desenlace

fatal, y ayudan al paciente moribundo y a su familia

a aceptar la pérdida de un ser querido. Si a un paciente

se le permite acabar su vida en el ambiente

familiar y querido, no necesita tanta adaptación. Su

familia le conoce lo suficiente como para sustituir un

sedante por un vaso de su vino favorito; o el olor de

una sopa casera que pueda despertarle el apetito para

sorber unas cucharadas de líquido, creo que es más

agradable que una infusión. No voy a negar la necesidad

de sedantes e infusiones, y sé muy bien por mi

experiencia como médico rural que, a veces, pueden

salvar una vida y a menudo son inevitables. Pero también

sé que la paciencia y las caras y alimentos cono-

19
cidos pueden reemplazar muchas veces a una botella

de líquidos intravenosos, suministrada por la sencilla

razón de que cubre una necesidad fisiológica sin movilizar

a demasiadas enfermeras.

El hecho de que se permita a los niños permanecer

en una casa donde ha habido una desgracia y se

los incluya en las conversaciones, discusiones y temores,

les da la sensación de que no están solos con

su dolor y les da el consuelo de la responsabilidad

compartida y del duelo compartido. Les prepara gradualmente

y les ayuda a ver la muerte como parte

de la vida. Es una experiencia que puede ayudarles

a crecer y a madurar.

Esto contrasta mucho con una sociedad en la que

la muerte se considera ün tabú, en la que hablar de

ella se considera morboso, y se excluye a los niños

con la suposición y el pretexto de que sería "demasiado"

para ellos. Entonces los mandan a casa de parientes,

a menudo con mentiras poco convincentes

como "Mamá se ha ido a hacer un largo viaje", u

otras historias increíbles. El niño nota que algo anda

mal, y su desconfianza hacia los adultos se multiplicará

si otros parientes añaden nuevas variaciones a

la historia, esquivan sus preguntas y sospechas y le

inundan de regalos que son pobres sustitutivos de

una pérdida que no se le permite afrontar. Tarde o

temprano, el niño se dará cuenta de que la situación

de la familia ha cambiado y, según su edad y personalidad,

mantendrá un dolor no revelado y considerará

este acontecimiento terrible y misterioso. En

cualquier caso, será una experiencia muy traumática

con unos adultos indignos de su confianza, que no

tendrá manera de afrontar.

Fue igualmente imprudente decir a una niña que

perdió a su hermano que Dios quería tanto a los niños

que se había llevado a Johnny al cielo. Cuando la niña

creció y se convirtió en mujer, nunca perdió su enojo
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