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El Objeto de Acción (la Realidad bajo Modificación)

No puede haber acción si no hay un objeto de la misma, una realidad que pretenda ser transformada conveniente o adecuadamente a la situación y a las intenciones del actor. Este concepto corresponde estrictamente al de Situación Inicial, elaborado dentro de la filosofía analítica y la pragmática (por ejemplo, Dijk, 1978) y puede definirse como aquel estado de cosas1 o como aquella situación que, una vez evaluada por el actor, intenta ser transformada en otro estado de cosas u otra situación.

Al analizar este concepto debe considerarse lo mismo que se dijo al hablar del concepto de actor. el concepto estructural de objeto de acción depende muy estrechamente del concepto funcional de esfera o nivel situacional. Por ejemplo, la evaluación que haga el actor respecto a una determinada situación y sus decisiones de modificarla afectan la estructura de la acción, pero no son analizables estructuralmente sino funcionalmente (o sea, no son analizables desde el mismo punto de vista del concepto de objeto de acción, sino desde el punto de vista del concepto de esfera situacional personal, social y cultural, lo que Parsons llamó, respectivamente, Sistema de Personalidad, Sistema Social y Sistema Cultural). Esa es la razón por la que, igual que en el caso del concepto de actor, muchos de los rasgos referidos al concepto de objeto de acción no son mencionados en este punto, sino más adelante, en el punto referido a las esferas situacionales.

Por el momento, conviene tener en cuenta dos relaciones básicas que conectan al objeto de acción con el actor2: la primera es la de apropiación, derivada de los conceptos de rol (ver más adelante), de “motivación” y de “procesos de asignación e integración” (ver Parsons, 1951). De acuerdo con esta relación, el actor se apropia de la situación que es objeto de acción, la toma para sí y la incluye como parte de sus obligaciones y necesidades, es decir, la hace formar parte de su rol. La llamada “responsabilidad” de un actor, la medida en que se halle comprometido con su acción, comienza con esta relación de apropiación. Para Parsons y Shils (1962), “tiene que existir una correspondencia fundamental entre las autocategorizaciones del actor, o ‘autoimagen’, y el lugar que ocupa en el sistema de categorías de la sociedad de la cual forma parte” (p. 147), hasta el punto de que “la disyunción entre las expectativas de los roles y las disposiciones de necesidad” (p. 152) constituyen precisamente la definición del desvío o conflicto. Efectivamente, en el dominio de la “autoimagen” puede ubicarse la apropiación que hace el actor del objeto de acción, en términos de disposiciones de necesidad, y de allí pasa a ser vista por los demás en términos de expectativas de rol. Cosas como el eventual desinterés, por ejemplo, o la falta de determinación en el emprendimiento de una determinada acción podrían en muchos casos explicarse mediante una débil apropiación del objeto de acción por parte del actor.

Una segunda relación entre el actor y su objeto de acción es la de evaluación. Una vez que el actor se ha apropiado del conjunto de situaciones que lo rodean, pasa a interpretarlas desde el punto de vista de sus necesidades, conveniencias e intereses (sin perder de vista las expectativas de rol), terminando con la decisión de mantener a alguna de esas situaciones o de modificarlas. Es a partir de este momento cuando cualquiera de las situaciones en referencia pasa a convertirse en objeto de acción. Esta evaluación, que puede concebirse como una comparación entre las necesidades del actor y las características de cada situación, incluye una priorización de necesidades asociada a una jerarquización de objetos de acción.

Una tercera relación entre actor y objeto de acción es el de análisis de intenciones (en el trabajo de Parsons y Shils suele hablarse de fijación de fines o metas; muchos otros autores han también previsto esta relación como uno de los elementos básicos de la acción: O’Quist, 1989, por ejemplo, la prevé bajo la expresión de fijar objetivos, al lado de escoger medios y de simbolización expresiva). A este punto podría argumentarse que el análisis de intenciones no se halla dentro de una relación entre el actor y el objeto de acción, sino dentro de las relaciones entre el actor y las intenciones, que es otro de los componentes estructurales (ver arriba). Sin embargo, aquí las intenciones no se definen en sí mismas como simples propósitos o declaraciones de fines (ver más adelante), sino como situación perfectamente sustituta y equivalente (dado que es paradigmática, es también, en ese sentido, equivalente) a la situación objeto de acción. Las únicas diferencias esenciales entre un objeto de acción y una intención (entendida como situación deseada) es que el primero representa una situación real e insatisfactoria mientras que la segunda representa una situación ideal y satisfactoria3. Considerando que toda intención es generada a partir de un objeto de acción y que funciona como su equivalente paradigmático (como su ‘doble’, dicho en palabras simples), entonces queda justificado incluir esta relación de análisis de intenciones dentro del campo de las conexiones entre el actor y el objeto de acción. En todo caso, no debe olvidarse que ningún estudio teórico de este tipo construye categorías nítidas ni perfectamente separadas y, en tal sentido, la análisis de intenciones es una relación que tiende a ir algo más allá que las demás, incluso hacia los medios u operaciones.

Pasando a otro aspecto de interés, tenemos también que las relaciones entre actor y objeto de acción quedan supeditadas a los diferentes tipos de actor, de acuerdo a los distintos alcances teóricos de este concepto, vistos antes. Así, por ejemplo, el objeto de acción puede tener un carácter institucional previamente definido (como es el caso, por cierto, de la educación, que ya porta consigo una definición previa de sus objetos de acción), el cual no deja de ser apropiado, evaluado y analizado intencionalmente también según las particularidades de cada uno de los actores individuales que conforman la institución. En síntesis, las mismas acotaciones que se hicieron antes a propósito de los alcances teóricos del término actor, valen también para una interpretación del término objeto de acción (en realidad, se trata de acotaciones aplicables a toda la acción en general, como ya se dijo).
La Situación de Acción

Las acciones tienen lugar en contextos singulares, marcados por unos puntos de tiempo, de espacio y de dinámica cognitiva e interpersonal. Un divorcio, por ejemplo, o unas nupcias se caracterizan esencialmente porque, en cuanto acciones, ocurren en sitios determinados, en fechas dadas y en tanto que episodios intra e interindividuales adscritos a la trayectoria evolutiva de unos actores puestos en relación con un entorno sociocultural. El conjunto de todos estos datos de tiempo, espacio y sociocultura que distingue una determinada acción de otras constituye la situación de acción. Frecuentemente, a través del mismo lenguaje cotidiano se revela la existencia de este concepto, así como sus diferencias con respecto a los demás componentes de la acción, cuando se dicen frases como, por ejemplo: “yo, en ese mismo caso, habría hecho otra cosa”, “no puedes actuar del mismo modo, porque la situación es distinta”, “el acusado actuó en circunstancias de mucha presión”, “no estás en condiciones de exigir”, etc.

En otros estudios sobre la acción, especialmente dentro de la teoría pragmática del lenguaje, se habla equivalentemente de contexto, marco, escenario, etc., concebido del siguiente modo:

El principal objetivo del análisis del discurso, pues, consiste en producir descripciones explícitas y sistemáticas de unidades del uso del lenguaje al que hemos denominado discurso. Estas descripciones tienen dos dimensiones principales a las que podemos denominar simplemente textual y contextual. Las dimensiones textuales dan cuenta de las estructuras del discurso en diferentes niveles de descripción. Las dimensiones contextuales relacionan estas descripciones estructurales con diferentes propiedades del contexto, como los procesos cognitivos y las representaciones o factores socioculturales. Así, estructuralmente, los sistemas lingüísticos se asemejan a diferentes formas de aplicación pronominales, que pueden ser diferentes para lenguajes diferentes. Pero un aspecto del contexto comunicativo, como el grado de formalidad de la situación o la familiaridad de los participantes en la conversación, puede determinar si debe elegirse una forma más formal o una más informal (como el término francés “vous” en vez de “tu”). Cognitivamente, pueden darse otras limitaciones en el discurso, como el uso de descripciones completamente definidas en lugar de pronombres, en aquellos casos donde los procesos de rescate de la memoria requieran algo más que la información contenida en un pronombre.(Dijk, 1990, pp. 45-46)
La palabra clave de la literatura sobre pragmática es el ambiguo término “contexto”. En ocasiones se ha sustituido por otras expresiones menos imprecisas. G. Bateson y sus seguidores han adoptado la noción de metacomunicación, inspirada en la teoría de tipos lógicos de B. Rusell, para referirse al aspecto relacional de los mensajes, cuya función es clasificarlos como tal o cual clase de comunicación; el mensaje contiene instrucciones pragmáticas que permiten interpretarlo como serio, lúdico, metafórico, etc., es decir, adscribirlo a cierto marco metacomunicativo. El concepto de marco, posteriormente desarrollado por E. Goffman, implica las nociones de “universo de sentido” (tal como lo han interpretado A. Schutz o A. Koestler) y de “situación estereotipada” en cuanto estructura cognitiva (tal como la entiende M. Minsky), pero incluye también el modo de implicación subjetiva dé los actores en la situación. No comprende sólo las instrucciones para catalogar los acontecimientos, sino también la manera de vivirlos en cuanto tal o cual tipo de realidad. Etnolingüistas y sociolingüistas como D. Hymes han propuesto la metáfora del escenario para referirse a la estructuración (“dramática”) de los acontecimientos del habla. Para S-R- Tyler el escenario es un esquema trascendental que los participantes asumen como parte del acontecimiento verbal y que viene a proporcionar un orden lógico a la experiencia interactiva; el escenario transforma las relaciones temáticas en estructuras ocurrenciales y pone en boca de personajes, reales o imaginarios, las voces del texto. Es una totalidad emergente en la que las palabras y los hechos interactúan y se implican mutuamente.(Abril, 1988, pp. 68-69).
La situación de acción engloba a todos los demás componentes de una estructura de acción, hasta el punto de que permite singularizar diferencialmente, una por una, todas las acciones de este mundo. En efecto, podemos imaginar dos acciones cuyos componentes sean idénticos. Pues bien, la situación de acción siempre será la diferencia fundamental, la que hace que sean dos acciones distintas, bien sea por razones de tiempo, de lugar o de interrelaciones cognitivas y socioculturales.

Por otra parte es también la situación de acción lo que permite interpretar el sentido de una acción. Si nos cuentan, por ejemplo, que Charles Chaplin peleó con su mejor amigo, nunca podremos interpretar razonablemente esa acción hasta que no sepamos si la misma ocurrió en la vida real o si en cambio ocurrió en uno de sus filmes. Por citar otro ejemplo, es posible que, si la maestra le informa al representante sobre el bajo rendimiento de su hijo, aquél le pida explicaciones colaterales sobre el rendimiento promedio del curso, sobre las condiciones del aula, etc., cosas todas que remiten precisamente a la situación de acción.

Igual que en el caso de los actores, tenemos situaciones de acción institucionales e individuales, lo mismo que situaciones constantes o sistemáticas (perfiles situacionales) en oposición a situaciones casuísticas o esporádicas (relatos situacionales).

Finalmente, aunque está ya implícito en lo dicho arriba, hay que dar un énfasis especial al ambiente o ecosistema de acción, entendido como un conjunto complejo de datos espaciales, físicos, ecológicos y psicosociológicos en que se inscribe todo actor. Nos remitimos aquí a todos esos estudios que, tanto en teorías antropológicas y sociológicas como psicológicas y organizacionales, han hecho fuerte tesis sobre la importancia de las relaciones hombre-ambiente, tal como se infiere de nuevos conceptos y disciplinas ampliamente divulgadas: Ecología Humana, Ecosistemas Humanos, Ecología Cultural, Ciencias Sociales Ambientales, Clima Organizacional, Atmósfera, etc. (en general, el concepto de ambiente o ecosistema no sólo ha repercutido en el mundo de las teorías, sino también en los movimientos sociales y en las organizaciones gubernamentales, como es el caso de la Occupational Safety and Health Administration, OSHA). Para una amplia referencia a este concepto de ambiente véase Corraliza y León (1994), quienes plantean este asunto en la siguiente metáfora: “nosotros damos forma a nuestros edificios y, después, nuestros edificios nos dan forma a nosotros” (p. 48)4. Entre las posibles formas de incompatibilidad entre ambiente y acción, estos autores citan las siguientes (pp. 48-49):

La incompatibilidad entre la dimensión intencional y la requerida se produce por la existencia de distintos tipos de inadecuación entre una y otra dimensión. Esto puede producirse por fenómenos como los siguientes:

(a) La falta de información ambiental adecuada o la existencia de información ambiental inadecuada. En este caso, la incompatibilidad aparece por la pobreza informativa de un ambiente, la receptividad de la información contenida en él o la redundancia de informaciones secundarias presentes. En estas tres situaciones el ambiente obstruye o dificulta las alternativas para la acción de los individuos.

b) La capacidad restrictiva del ambiente respecto a un plan o estrategia de acción planteado por el individuo. En esta situación, el ambiente opera como un marco restrictivo de la posible gama de alternativas de acción que un sujeto tiene. Así, por ejemplo, la disposición espacial de un interior influye sobre los sentimientos de acogibilidad que a un sujeto le produzca.

c) La existencia de conflictos basados en acciones originadas en el interior del individuo. Esta categoría incluye variables y procesos de interacción entre el individuo y el ambiente, cuya inadecuación tiene su origen en patrones de acción fisiológicos de carácter patológico, o bien cuando el conflicto se produce entre distintas acciones intencionales o por falta de atención a los recursos necesarios para poner en marcha las propias intenciones.

De las consecuencias de estas situaciones de incompatibilidad pueden encontrarse múltiples ejemplos en la investigación psicoambiental. Entre ellas, es necesario destacar un conjunto de síntomas agrupados en las siguientes categorías: el estrés ambiental, la activación (arousal), la situación de sobrecarga informativa (overload) y la falta de control.
Las Intenciones de Acción

Entenderemos por intención de acción aquel estado de cosas imaginario que idealmente satisface las expectativas de un actor por referencia a un determinado objeto de acción y que queda planteado como posible término de dicha acción y que, además, describe el éxito de la misma. Este término es estrictamente sinónimo del término “objetivo”, tal como fue concebido dentro de las teorías conductistas de la instrucción (es decir, como la descripción de la conducta final que se esperaba de un estudiante al término del proceso). En ese mismo sentido es también sinónimo de expresiones como situación final esperada, propósito, fin, meta, etc., pero se diferencia de expresiones como ideal, deseo, expectativa, sueño... y otras del mismo tipo porque en éstas no se halla necesariamente implícita una acción inmediata (las situaciones descritas no son generadas a partir del análisis de unos medios u operaciones disponibles), mientras que aquél asume inmediatamente el carácter de término de una acción (esto es, término de un conjunto de medios u operaciones a ser realizadas por el actor). Es en este sentido en que Mosterín (1991, pp. 13-14) aclara lo siguiente:

Puedo tener intenciones sin fecha fija de realización, intenciones de ejecución indeterminada. Si pasa el tiempo, y se me presentan oportunidades de hacer aquello que digo que tengo la intención de hacer, y nadie ni nada me lo impide, y, sin embargo, no lo hago, se puede dudar de mi intención. Como dice el refrán castellano, «Intención sin ejecución no gana perdón». Elisabeth Anscombe no considera al mero preferir o apetecer, ayuno de intentar, como un verdadero querer. «Un síntoma principal del deseo ocioso consiste en que quien lo tiene no hace nada conducente a su realización... La señal primitiva del querer es el tratar de conseguir» (§ 36). El tratar de conseguir de un modo efectivo y en la medida de lo posible- inmediato es el intentar. Intentar es tratar de, esforzarse por, emprender, amagar, empujar, procurar, poner en obra. En este sentido se opone al mero preferir o apetecer, o al ocioso e inactivo desear. El intento es el inicio de la ejecución, la puesta en obra de los primeros pasos o etapas de la acción. Estos primeros pasos pueden ser seguidos por otros y conducir hasta los últimos, con lo cual la acción quedará realizada, pero pueden también no llegar nunca a su esperada (si de conclusión, con lo cual el intento se frustra o fracasa. En este último caso la acción queda en fiasco, el intento en intentona, y el proyectado magnicidio (si de eso se trataba) queda en atentado.

La intención tiene, entre sus funciones elementales, la de describir el éxito de la acción. Sabemos que una acción es exitosa cuando, al final de la ejecución de los medios u operaciones de acción, los resultados son idénticos a la intención predeterminada. En este caso la intención deja de ser un estado de cosas imaginario para convertirse en uno real, tangible.

La formulación de una intención depende estrictamente de las tres relaciones que se dan entre al actor y el objeto de acción, que se mencionaron arriba, y en especial de la tercera de ellas: apropiación, evaluación y análisis de intenciones. En este sentido, el actor primero se apropia de su objeto de acción, luego lo evalúa y finalmente analiza los distintos estados de cosas que podrían sustituirlo. Termina seleccionando uno de ellos y convirtiéndolo en su intención de acción.

Existen distintas clases de intención. Según un primer criterio, puede haber intenciones del actor individual e intenciones del actor institucional, lo cual puede interpretarse de dos maneras distintas: por un lado, tal diferencia puede usarse para diferenciar entre sí las acciones que forman parte de la vida cotidiana, en que el actor es sólamente actor individual (ir de vacaciones, por ejemplo), de las acciones que son específicas de las organizaciones o instituciones (legislar, por ejemplo). Por otro lado, dicha diferencia puede también usarse para estudiar los comportamientos de los miembros de una organización o institución, analizando las relaciones de consistencia, por ejemplo, que se dan entre las intenciones del individuo y las intenciones de la organización.

De acuerdo a un segundo criterio, puede haber intenciones constantes o sistemáticas (asociadas a la posibilidad de obtener un perfil intencional) al lado de intenciones casuísticas o eventuales (asociadas, a lo sumo, a la posibilidad de obtener un relato de intenciones). Igual que en los casos anteriores, las organizaciones se caracterizan por mantener perfiles intencionales bien definidos.

Según un tercer criterio, puede haber intenciones únicas e intenciones dobles. Las primeras se refieren a aquellos casos en que no hay diferencias entre la intención que se declara y la intención que se tiene en mente. Las segundas, en cambio, implican alguna sustancial diferencia entre lo que se expresa y lo que se tiene en mente. Esto se aplica tanto a las acciones engañosas o deshonestas (“intenciones inconfesables”, suele decirse; para el caso de las organizaciones, véase Etkin, 1993) como a las acciones descritas por Argyris y Schön (1978): aquéllas en que la “teoría en uso” difiere de la “teoría explícita” (para una aplicación de estos conceptos al caso de las organizaciones universitarias, véase Picón, 1994).

Conviene destacar, finalmente, que la intención mantiene importantes relaciones específicas con otros constituyentes de la acción, relaciones que se explicarán más adelante.
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