II. hacia una representación gráfica del amor




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C. LA DISCIPLINA DEL AQUí:

“No hay más ‘turris eburnea’ fecunda y humana, que el propio hogar;

encerrarse en él

es una de las mejores y más hondas maneras de

comunicarsecon el mundo”

Unamuno, Carta a P. Corominas

 

Ejercitarse obligándose a vivir aquí, en lo mío, en mi sitio, con los míos, con mi amor. Obligarse a quitar la mirada que nos saca de nuestra ‘burbuja’. Considero errónea la connotación negativa que se le ha dado a la expresión de “vivir metido en una burbuja”. Pienso que lejos de ser algo negativo, si la burbuja en la que se vive es la propia, la de uno... es un gran acierto.

El diccionario define la burbuja como el globo de aire que se forma en el interior de un líquido. El amor es una burbuja, un espacio vital afectivo en el que vivimos dos. Mi verdadero mundo lo encontraré en mi burbuja. Esto no se riñe con otras amistades o intereses. Pero la cabeza y el corazón... aquí: en la burbuja.

Es cierto que en la vida podría haber optado a otros amores... o a ninguno. Cuando amé hice una opción. Y esa, para mí, es la mejor. Es tontería llevar la mirada fuera del ‘aquí’: mi vida está aquí, aquí soy necesario, y aquí llegaré a ser yo. Para ser feliz, para realizarme en plenitud... ¡sólo necesito el aquí!; aunque a veces ‘sienta’ que es lo único que me estorba para alcanzar mi felicidad.

 

Amar con todo.-

Que el amor sólo es amor cuando es total, no es una teoría de la que se parte y a la que hay que llegar, sino lo contrario: es la descripción de cómo es ese fenómeno complejo que llamamos amor, es la descripción de lo único que funciona bien, es la descripción del comportamiento natural cuando el amor está sano.

El amor, o es total o no es amor. Amar con todo significa invertir el ejercicio de todos mis sentidos –vista, gusto, olfato, tacto y oído- en mi relación de amor, en mi burbuja.

Podemos distinguir dos mundos: el de los sentidos –la realidad externa- y el mundo íntimo –el de la realidad interior-; el mundo interior es el que realmente vale en el amor. Es cierto. Pero si de esto deducimos que lo que haga con los sentidos no importa, caemos en un error antropológico importante que necesariamente daña el amor. Octavio Paz expresa bellamente esta verdad:

 

“El testimonio poético nos revela otro mundo dentro de este mundo, el mundo ‘otro’ que es este mundo. Los sentidos, sin perder sus poderes, se convierten en servidores de la imaginación y nos hacen oír lo inaudito y ver lo imperceptible. (...) Hay una pregunta que se hacen todos los enamorados y en ella se condensa el misterio erótico: ¿quién eres? Pregunta sin respuesta... Los sentidos son y no son de este mundo. Por ellos, la poesía traza un puente entre el ‘ver’ y el ‘creer’. Por ese puente la imaginación cobra cuerpo y los cuerpos se vuelven imágenes”[58].

Octavio Paz

 

El corazón convierte los sentidos en servidores de la imaginación, en servidores del mundo interior; y, entonces, los sentidos pasan a ser y a no ser de este mundo externo de los sentidos. Con un ejemplo nos explicaremos mejor. Si distinguimos entre ver y mirar –ver como el ejercicio del sentido de la vista corporal sin más, y mirar como el ver en el que también se asoma el corazón-, podríamos decir que la disciplina del aquí lleva a estar pendiente de mirar sólo dentro de la burbuja, pues en cuanto llevo la mirada fuera de la burbuja ya estoy sacando mi corazón fuera de mi relación de amor. No mirar más que mi amor, no imaginar más que con mi amor. Imaginación, recuerdos, fantasías... van detrás del mirar, y cuando se dirigen fuera del aquí, son traiciones a mi amor total. Debemos estar atentos a cortar todo aquello que ocurre en nuestro mundo interior y que nos saca de nuestro aquí:

‘Ojalá el otro no fuese así’. ‘Ojalá no hubiese hecho lo que he hecho, porque entonces...’ ‘Recuerdo con aquel cómo eran las cosas’. ‘Si estuviese con esta otra persona...’

‘Si llego a conocerle antes a tal que a cual... ahora las cosas estarían así o asá...’

Vivir en el aquí que es mi burbuja, es tanto como decir vivir mi amor con pureza: impuro es lo que mancha, lo que quita entereza, lo que resta fuerza. Escapar de mi burbuja con los ojos, con los oídos, con el olfato, el gusto o el tacto, con la memoria y la imaginación, como buscando algo fuera de ella, no puede llevar a ningún final feliz.

He dejado de mentir, me he metido en el papel

De quererte y no quiero salir

Que se cierren bien las puertas

Esta vez me quedo dentro

Pueden apagar las luces fuera

Que se cierren los paraguas

Mientras yo me mojo el pelo

No me importa lo que digan de mí

(...) Y dejar atrás todo lo que no me deja ser feliz

Y beber un poco más de ti.

Ella baila sola, Mientras mueves el arroz

Es experiencia universal que por aquí empiezan casi todos los males del amor: salir de mi mundo, salir de mi aquí.

No importa ser célibe o madre, esposo o novia... El Aquí – escrito con mayúscula intencionadamente- sirve para todos. Es medicina para todos.

Recuerdo el caso de una joven. Era divertida, original, independiente y feliz. Se casó, y todos fuimos alegrándonos con ella a medida que iba teniendo sus cuatro niñas: era la mujer más feliz del mundo –así se definía ella-, aunque no le quedaba tiempo para nada. Hasta que tuvo una ligera enfermedad de piel. La cosa se torció con el masajista de turno, hasta el punto de dejar a su familia e irse a vivir con éste. Al hablar con ella, lo único que decía era: ‘-Vivía esclava de mi familia, y eso no era disfrutar de la vida’. Tenía razón... y no tenía razón. Dentro de la burbuja... uno es esclavo de su burbuja. Pero... ¿acaso no estaba fabricando otra? ¿o acaso se puede vivir felizmente sin relación afectiva cerrada con alguien?

 

D. LA DISCIPLINA DE LA AMABILIDAD:

El amor no basta. Obligarse es buscar siempre formas nuevas que hagan fácil que me amen.

Cuando llego a situaciones en las que los comportamientos de amor tengo que exigirlos a los demás, ¿no será que tengo que exigirme a mí comportamientos amables?

‘¡Tienes que quererme! Tienes obligación de sonreirme... ¡Acompáñame!’

Si a la persona amada no le sale espontáneo darme muestras de amor... quizá es que ya no encuentra en mí lo que encontró: puede ser que me esté convirtiendo en una persona ‘in-amable’, insoportable.

Tocar la música del otro.-

 

“Un día, el célebre músico Kung Ming-yi tocó música clásica ante una vaca. El animal continuó pastando, inmutable. ‘No es que la vaca no oiga mi música:  es que no le interesa’,

se dijo Kung Ming-yi para sus adentros.

Se puso entonces a imitar con su ‘chin’ el zumbido de las moscas y el mugido de los terneros. Al instante la vaca levantó las orejas y, balanceando la cola, se acerecó al músico para escuchar hasta el final su melodía,

que esta vez tenía significado para ella”

Narración folklórica china de más de dos mil años de antiguedad[59]

 

Ejercitarse en la disciplina de la amabilidad supone un contínuo esfuerzo por tocar la música para el otro, de buscar el mundo de sus intereses, de adaptarse a la necesidad o preferencia del otro.

 

Contra el acostumbramiento.-

No dejar de hacernos amables. ¿Por qué dejar de querer agradar con mi vestido? ¿Por qué ahorrar las manifestaciones de alegría al recibir al otro, aunque le haya recibido ya en varios miles de ocasiones? ¿Por qué no seguir buscando sorpresas gratas, ahora que le conozco mejor? ¿Por qué no procurar atraer sus sentidos? ¿Por qué dejar de celebrar los aniversarios de aquello que vivimos por primera vez? Los sentimientos no pueden ser los mismos –ingenuos, pasionales y explosivos-, pero la amabilidad mantenida aviva unos sentimientos de amor-tranquilo mucho más espirituales, mucho más verdaderos.

Mercedes Salisachas, en ‘La gangrena’, novela una historia de amor que se construye con mil detalles nimios, y que se derrumba con la falta de esos mil mismos detalles.

Podríamos decir que no se trata tanto de luchar contra la rutina en el trato, como de un continuado esfuerzo por buscar ser amable: esa es la permanente juventud en el amor.

 

Las necesarias manifestaciones.-

Donde hay confianza, da asco.

 

Me contaban de un padre que cálidamente preguntaba a su hijito: ‘-¿Con quién tienes más confianza, con papá o con mamá?’ ‘-Con Sergio’, le contestó el niño. Sergio era el nombre del jardinero. El padre, preocupado, acertadamente concluía que estaba fallando en algo. El amor debido y natural, cuando no es manifestado, es vencido por otros amores que se manifiestan más amablemente.

“Solo en el teatro, escribe Unamuno, y en las novelas se oye el ‘yo te amo’, en la vida de carne y sangre y hueso el entrañable ‘¡te quiero!’ y el más entrañable aún callárselo”[60]. Aunque esto pueda ser verdad en ocasiones, en otras el callárselo no es en absoluto entrañable, porque lo que se necesita es oírlo, lo que se necesita es decirlo.

La medicina de la amabilidad es necesaria en todos los amores, ya sea como padre o madre, como hijo hacia Dios, como novios o como esposos. Pero quiero referirme sólo de pasada a un comportamiento espantoso, y en algunos ambientes generalizado, dentro de la pareja:

 ‘Juan, como es un vago...’, ‘ya sabes, la pesada de Sonia...’, ‘Como no sabe tener dinero y es un caprichoso...’, ‘En fin, como mi marido va siempre a lo suyo...’, y mil comentarios más que nunca he escuchado entre novios. Es una buena manera de dejar de ser amable.

¡Cuántas veces decimos que ‘Calladito/a estás más guapo/a’! ¡Y es verdad! Hablando sin amabilidad nos afeamos, y nos hacemos difíciles de amar.

 

E. LA DISCIPLINA DE LA ACEPTACIóN:

“Odiarse a sí mismo es más fácil de lo que se cree”

Bernanos

Es buen ejercicio el de aceptar la verdad de las cosas. Aceptar mi ser, con sus virtudes y limitaciones; aceptar el ser de la persona amada. Quererle como es, no como quiero que sea: ¡como es!

Y aceptar mi amor en el estado en el que se encuentra; enamorado –es fácil aceptarlo-, tranquilo –en el momento puede parecer insípido- o en crisis de crecimiento –que necesariamente tiene que doler-. Aceptarlo, y darle lo que necesita. Aceptar es dejar ser, es ser fiel.

 

Con respecto al otro.-

No sé dónde escuché contar que un joven informático, sirviéndose de su conexión de internet, pidió al ordenador que le encontrase la mujer perfecta:

‘-Quiero que sea arregladita, pequeña y graciosa, que ame los deportes acuáticos y las actividades en grupo’.

El ordenador le contestó: ‘-Cásese con un pingüino’.

Quizá, lo más difícil de aceptar en el amor humano sea la limitación y ‘bastez’ propia del ser humano. La persona humana tiene una serie de interlocutores con los que mantiene un diálogo de amor: los padres, los amigos, los hijos, el cónyuge, etc. Pero ninguno de ellos es capaz de satisfacer en plenitud el ansia radical de ser comprendidos, de ser amados, que todos tenemos dentro. Como ya señalaba en ¿Sigue vivo Dios?, ese ansia es tan profunda y radical que no hay ser humano capaz de satisfacerla. Tenemos un hambre de amor infinito, necesitamos entregarnos del todo y ser poseídos del todo. Necesitamos alguien a quien podamos entregarnos desde lo más hondo, y que nos comprenda hasta lo más íntimo. Necesitamos lo que se puede llamar un Interlocutor Absoluto, que nos dé un amor sin límites.

Basta con ser humanos para necesitar ese interlocutor absoluto, ese amor sin límites. Pero basta también con ser humanos para no poder ejercer ese papel de Interlocutor Absoluto. Cuando nos toca a nosotros, nos damos cuenta de que tenemos límites a la hora de amar, a la hora de comprender, a la hora de aceptar al otro tal y como es. Ninguno de nosotros, ni el marido o la mujer más amantes, comprensivos y delicados, puede ejercer ese papel, porque todos tenemos límites.

El afán de entrega y de posesión, de saberse recibido y poseído, pretende llegar a lo más íntimo. El amor busca también ‘tocar’, poseer la intimidad del otro, y ser poseído hasta en lo más íntimo por él. Pero, en el amor humano, esa plenitud de identificación es imposible de alcanzar. Está siempre presente como meta hacia la que ir avanzando, pero no se puede –y, por eso mismo, tampoco de sebe- pretender alcanzarla de modo pleno. Porque produce inevitables daños y desilusiones.[61]

Esta es la clave de todas las demás aceptaciones.

 

Con respecto a uno mismo.-

Recuerdo un viejo simpático que me comentaba en cierta ocasión:

 “El mundo se ha complicado mucho desde que en vez de rezar el ‘yo pecador’,

nos ha dado a los hombres por rezar el ‘tú pecador’.”

La formulación está hecha con tono de humor, pero es muy sabia. La disciplina de la aceptación supone el esfuerzo por reconocer, cada vez con más agilidad y menos dramatismo, que ‘yo me he equivocado’, que ‘yo tengo la culpa’. Pero no cuando solamente me he equivocado yo, y soy el único culpable y de modo absoluto; en tales casos, reconocerlo es cuestión de tener un mínimo de decencia. Se trata de admitir que prácticamente siempre que hay un error, un conflicto, un malentendido... yo podría haber hecho algo más o algo menos –aunque no tuviese porqué hacerlo- que me convierte en culpable; o si se quiere, en ‘voluntario’ y verdadero culpable.

Muchas otras aceptaciones podríamos señalar. Sólo añadimos una última: aceptar mi personal ley del yo-yo. Queremos referirnos con esto a la humana tendencia que todos compartimos a volver una y mil veces sobre nosotros mismos. Por amor, salimos de nuestro mundo, pero con facilidad –por cansancio, por dejar de exigirnos o porque ‘se nos ha cruzado la vena’- volvemos a replegarnos en nuestros egoísmos y problemas personales. El reconstituyente del amor que es la aceptación, supone que cada vez que me dé cuenta de que el yo-yo de mi interioridad se repliega sobre mí mismo... lo acepte, y sin buscar más explicaciones, que salga de mí mismo. Hasta que nos morimos, la ley del yo-yo ejerce su poder sobre nosotros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EPILOGO

Se dice que muchos amores fracasan.

Pero no. No. Seguro que no.

 

Los niños, a todo le llaman cosa.

Y por no tener nombres para referirse a los distintos objetos,

sus relaciones con el mundo son pobres:

todo lo reducen al ‘me gusta’ o al ‘no lo quiero’.

 

Los mayores aniñados, a todo le llaman amor.

Y por no tener nombres para referirse a las distintas experiencias,

sus relaciones afectivas con las otras personas son pobres:

todo lo reducen al ‘me gusta’ o al ‘no le quiero’.

 

Algún que otro amor fracasa.

Lo que ocurre es que a muchos pseudo-amores les llaman amor

y a muchos amores no sentidos les llaman desamor.

 

El amor no es rosa y transitorio; es rojo y epocal.

Unas veces se vive con la pasioón del enamoramiento.

Otras se transforma en un tranquilo ‘te quiero’.

Y otras se pasa por un doliente amor que crece y sufre por realizarlo.

 

La verdad del amor es la unión real que procura.

Continuamente descubre un mejor ‘yo’ que entregar al otro.

Continuamente descubre un mejor ‘tu’ que apreciar.

Continuamente descubre una mayor necesidad del ‘nosotros’.
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