II. hacia una representación gráfica del amor




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-“A mis alumnos les digo que las cosas no nos aburren porque sean aburridas

sino que, porque somos aburridos, nos aburren.

Y es que ante una mirada pasiva las cosas se repiten, aunque sean nuevas y maravillosas.

Por eso, lo que caracteriza, en último termino, a la inteligencia creadora es la libertad

para decidir en cada caso el significado que quiere que tengan las cosas.”

J A Marina

‘No estoy seguro de quererle’

En cierta ocasión escuchaba el dicho: “si quieres morir sin saber de qué, átate un tonto a un pie”. A propósito del amor-tranquilo, podríamos parafrasear diciendo:

“si quieres volverte loco sin tener de qué,

 tira del hilo al sentimiento buscando un qué”.

Me parece que se entiende la advertencia que estamos haciendo. El cristal transparente está ahí, se interpone en todas las miradas, pero es incapaz de retener esas miradas sobre él mismo. La pompa de jabón está ahí, pero no resiste que se le toque. El modo de vivir el amor-tranquilo difícilmente permite ser objetivado, ser localizado: es de locos buscar su qué, es de locos  pretender notarlo expresamente. No notarlo no significa que no esté.

“No estoy seguro de quererle”. Esta situación no se resuelve examinando introspectivamente la parte del container ocupada por el sentimiento. El sentimiento no es capaz, en ese momento, de dar más información. Y cuanto más se manosee... peor. “¿Y, entonces, cómo sé que le quiero?” Es el momento de mirar a los otros elementos presentes en el amor (la unidad, la voluntad de querer –quiero amar-, la promesa hecha en el pasado y que va forjando hábitos...).

Me gusta, de vez en cuando, preguntar a niños si quieren a sus padres. Lo normal es que la contestación, espontánea y segura, sea afirmativa: “-Por supuesto”. “-¿Y... por qué?, ¿cómo lo sabes?”, vuelvo a preguntarles. Sus caras adoptan de inmediato un gesto de perplejidad: “-Pues... ¡porque sí!”. El niño es sabio.

Lo que el niño no sabe decir, lo que no es capaz de saber que sabe, es lo que la sabiduría popular ha expresado tan sencillamente:

Obras son amores, y no buenas razones

que podríamos completar con

ni sentidas emociones.

Es un error buscar la seguridad en algo tan inestable como son los sentimientos. La seguridad se encuentra en la parte objetiva del amor –donación, apreciación, necesidad-. Pero es un error aún mayor valorar solamente los sentimientos pasionales, como si el sentimiento tranquilo no fuese un sentimiento.

Poco antes de morir, Jean Guitton escribe un fingido diálogo con su difunta mujer:

-Marie-Louise, ¿por qué la pasión es el único amor que interesa a la gente?

-Es lo único sublime al alcance de cualquiera –responde ella-.[17]

Así es. El sentimiento del amor-enamorado es algo sublime. Pero, como hemos dicho, no es el único ni el mejor de los modos de sentir el amor. Ahora bien, sí es el modo de sentir el amor más fácil, el que está al alcance de cualquiera.

Sin embargo, el sentimiento del amor-tranquilo es preciso aprender a descubrirlo. ¡Atención! La diferencia entre el modo de sentir el amor-enamorado y el modo de sentir el amor-tranquilo no está en que uno es sublime y el otro no, pues los dos son sublimes; la diferencia está en que el amor-enamorado se siente ‘pasivamente’, y el amor-tranquilo se siente ‘activamente’, esto es, requiere aprender a descubrirlo, realizarlo, trabajarlo, ... requiere ¡hacer el amor!

Así lo expresa Mounier en una de sus cartas:

 

Poco a poco descubriremos los repliegues del amor.

El amor no es sólo la juventud encontrada de nuevo en una nueva infancia, ese objeto feliz tan alejado de los adultos y de sus malas maneras.

Justamente en este momento... estoy instalado en su gravedad.

¡No hay que encontrar conmigo sólo algo de intacto y de nuevo!

E. Mounier, Carta a J. Chevalier

 

¡No estoy seguro de quererle! Algunos confunden amar con estar emocionado, y estar seguro de amar con sentir hormigueo en los pies y la piel de gallina. Esta visión inmadura del amor olvida que el amor es algo muy prosaico; el amor de ordinario escribe en prosa, se vive en la normalidad, tiene sabor a ingrediente cotidiano.

El matrimonio tendrá siempre algo de prosaico.

El adulterio es más poético.

J. Guitton

Quien busque la seguridad de amar en el protagonismo del sentimiento amoroso, habitualmente pensará que no ama.

Creo que el amor es lo menos erótico que hay (no quisiera hacer frases);

cuantos hablan a todas horas de Amor y de la Belleza casi mayuscalizados,

se me presentan como los traga-novenas y engulle-rosarios, que se creen muy religiosos.

La verdadera oración es un modo de vivir, de vivir votivamente,

y para el hombre verdaderamente religioso es oración todo;

su hablar, su pasear, su callar, su pensar, su dormir mismo, son rezo.

Y lo mismo el amor;

es, ante todo y sobre todo, ‘con-vivencia’, en la fuerza toda de este hermoso vocablo.

 Unamuno

 

El amor-tranquilo fuera de la pareja

¡Cuántos quebraderos de cabeza y de fe tienen su origen en la misma pregunta con respecto a Dios! “No sé si le amo”. Y qué poco sabe del amor cuando continúa: “No le amo, porque si le amase... lo sabría”. A lo que se podría contestar: “O no lo sabrías, si por saberlo entiendes el sentirlo en sí mismo, porque al amor-tranquilo no se le siente en sí mismo”.

Puede resultar frío y desconcertante, pero en estas situaciones, dada la naturaleza de la persona humana y del amor, podría decirse: “Si quieres amar, ya estás amando”.

Y es que, si la forma habitual de sentir el amor es el amor-tranquilo, fuera de la pareja es más habitual si cabe, ya que el ingrediente de la atracción sexual no juega ningún papel.

Se desarrolla dentro de una ‘normalidad’ habitual extraordinaria, por ejemplo, en la familia:

He ido esta tarde a Vincennes y he andado como un bruto a través del bosque (he debido hacer más de quince kilómetros) pensando en montones de cosas. Era uno de esos domingos muy de mediodía de domingo parisino, en que la multitud que pasa a tu lado te echa la trivialidad a la cara con oleadas que te harían llorar. Todo esto ha sido compensado por un niño de siete años que me ha echado una mirada que no supo a dónde iba y por una familia de obreros: el padre y la madre jugaban con sus hijos, sanos, felices, aislados, únicos, luminosos en medio de esta multitud apagada.

E. Mounier, Carta a M. Mounier 

Lo que alimenta el amor-tranquilo

Transcribimos de nuevo unas palabras de CS Lewis:

“Es sencillamente inútil intentar conservar las emociones fuertes: eso es lo peor que se puede hacer. Dejad que esas sensaciones desaparezcan –dejad que mueran-, seguid adelante a través de ese período de muerte hacia el interés más sosegado y la felicidad que lo suceden, y descubriréis que estáis viviendo en un mundo que os proporciona nuevas emociones todo el tiempo. Pero si decidís hacer de las emociones fuertes vuestra dieta habitual e intentáis prolongarlas artificialmente, se volverán cada vez más débiles y cada vez menos frecuentes, y seréis viejos aburridos y desilusionados durante el resto de vuestra vida. Precisamente porque hay tan poca gente que comprenda esto, encontramos muchos hombres y mujeres de mediana edad lamentándose de su juventud perdida a la edad misma en la que nuevos horizontes deberían aparecérseles y nuevas puertas deberían abrirse a su alrededor. Es mucho más divertido aprender a nadar que seguir interminablemente (y desesperadamente) intentando recobrar lo que sentisteis la primera vez que os mojasteis en la orilla de pequeños[18].

Así es. Cuántas veces se oyen lamentos acerca de la juventud perdida –‘quién volviera a tener los años mozos’, ‘aprovecha ahora que eres joven’, ‘¡ay!, juventud, divino tesoro, que te vas para no volver’...-. Son exclamaciones que muchas veces gritan el fracaso de quienes se quedaron atrapados en el gozo del ‘enamoramiento’, y no han sabido descubrir las nuevas emociones del amor-tranquilo.

Mientras preparaba este trabajo tuve la suerte de dos encuentros. Uno con José María, un amigo al que no veía desde su boda,  cinco años atrás. “-¿Qué tal va?” “-Cinco años, y no acabo de descubrirla; es fantástica, y tiene la virtud de no dejar de sorprenderme; continúo encontrándole cosas nuevas”, fue su respuesta. Claramente hablaba en un plano no físico –las novedades en ese orden fueron descubiertas enseguida-; mi amigo había aprendido a nadar en ese mar infinito que nos ofrece cualquier espíritu humano que abre su intimidad.

El segundo encuentro fue más anónimo. Daba una sesión sobre estas cuestiones a un grupo de personas con cierta edad y experiencia. Uno intervino espontáneamente: “-Llevo veinte años casados, y pienso que ahora es cuando empiezo a amar a mi mujer. Lo de antes... no, me doy cuenta ahora de que aquello no era amor”.

-Marie-Louise, ¿por qué la gente sólo sueña con el amor romántico?

-Cada uno tiene su camino. Algunos se casan porque se aman, otros acaban amándose porque se casan. Más vale que en todo matrimonio haya de lo uno o de lo otro.

J Guitton

¿Qué alimenta el amor-tranquilo? El amor-tranquilo es omnívoro: todo lo que constituye la vida normal puede ser alimento bueno. Todo: lo positivo y lo negativo. Se alimenta de palabras, de compras, de necesidades, de ver la tele, de ir al médico, de paseos... Como se alimenta de discusiones, de aburrimiento, de malos entendidos, de fallos propios, de fallos del otro, de manías y de preferencias. Podríamos decir que el amor dispone de un aparato metabólico que es capaz de convertir en alimento incluso lo que de por sí es nocivo: la traición, el olvido, el desamor.

 

Lo monótono es el alimento habitual. Pedro Salinas explicita en una de sus cartas a Margarita, la que más tarde sería su mujer, cómo espera vivir como novedad la vida monótona -externamente monótona- que vivirán juntos:

“Hay que dejar en nuestras horas un gran espacio para lo imprevisto, lo azaroso, y lo casual.

Y así podemos soñar cómo será una tarde,

cómo será una aurora, pero no cómo será toda nuestra vida

porque sería hacerla demasiado monótona.

Nuestro cariño, Margarita, debe ser de mil matices,

 no debemos sujetarlo a un ritmo solo y único, aunque en el fondo sea un mismo y único amor.

 Y es preciso

que con toda fe y amor puesta en nuestros corazones, afrontemos toda la vida no pretendiendo

dominarla a ella, sino abandonándonos nosotros con todo amor a todo lo que nos traiga (...)

¿Te acuerdas de San Francisco de Asís?

Todas las cosas eran para él hermanas. Para mí todas son

hermanas tuyas, y la luna y los jazmines me hablan de ti con elocuencia más alta que ninguna palabra;

y de estos amores hago un gran haz de amor, que es el que te ofrezco a todas horas,

 porque si a flores y estrella amo es por amor a ti,

y a ti deben ir esos cariños”.

Cualquier acontecimiento, también la enfermedad, es buen alimento. Un buen ejemplo es el de C. S. Lewis. Poco tiempo después de su boda, Hellen -su mujer- muere de cáncer; él cuenta su experiencia:

“Cáncer, y cáncer, y cáncer. Mi madre, mi padre, mi mujer. Me pregunto quién será el siguiente en la lista.

Y sin embargo la propia Hellen, cuando se estaba muriendo de cáncer, y perfectamente consciente de la cuestión,,, dijo que había perdido gran parte del horror que antes le tenía. Cuando llegó la hora de la verdad, el hombre y la idea estaban ya desactivados en alguna medida. Y hasta cierto punto, casi lo entendí. Esto es muy importante. Nunca se encuentra uno precisamente con el Cáncer o la Guerra o la Infelicidad (ni tampoco con la Felicidad). Solamente se encuentra uno con cada hora o cada momento que llegan. Con toda clase de altibajos: cantidad de manchas feas en nuestros mejores ratos y de manchas bonitas en los peores. No abarcamos nunca el impacto total de lo que llamamos “la cosa en sí misma”. Pero es que nos equivocamos al llamarla así, La cosa en sí misma consiste simplemente en todos estos altibajos, el resto no pasa de ser un nombre o una idea. Es increíble cuánta felicidad y hasta cuánta diversión vivimos a veces juntos, incluso después de que toda esperanza se había desvanecido. Qué largo y tendido, qué serenamente, con cuánto provecho llegamos a hablar aquella última noche, estrechamente unidos”[19].

La cosa en sí misma, el amor en sí mismo son todos esos segundos que van llegando uno detrás de otro, cada uno con su carga.

Martín Descalzo publicaba un artículo que lo titulaba Veinticuatro maneras de amar.  Recojo algunas de ellas, pues me parecen un buen ejemplo de lo que es y de lo que alimenta el amor-tranquilo:

Recordar las fechas de los santos y cumpleaños...

Hacer regalos muy pequeños, que  demuestran el cariño pero no crean obligación de ser compensados con otro regalo.

Acudir puntualmente a las citas, aunque tengas que esperar tú.

Contarle las cosas buenas que alguien ha dicho de ellos.

Dar buenas noticias.

No contradecir por sistema...

Exponer nuestras razones en las discusiones, pero sin tratar de aplastar.

Mandar con tono suave. No gritar nunca.

Corregir de modo que se note que te duele el hacerlo.

Sonreir. Sonreír a todas horas. Con ganas o sin ellas.

Hacer favores. Y concederlos antes de que terminen de pedírtelos.

Olvidar las ofensas...

Tener la manía de hacer el bien, sobre todo a los que no se lo merecerían teóricamente.

Pensar, por principio, bien de todo el mundo.

Estudiar los gustos ajenos y tratar de complacerles.

 

¿Realmente amo o actúo por deber?

Aunque la experiencia del amor se vive de modo simple, desplegarlo nos permite hacer distinciones. Ahora nos interesa hacer la siguiente distinción: en el amor se da un doble movimiento, uno con dirección del yo hacia el tú, y otro con dirección del tú hacia el yo. Veamos uno y otro.

En mi yo se despierta un movimiento hacia el tú al que amo: ‘yo te amo; entre las muchas personas que se me han presentado y se me presentarán a lo largo de la vida, yo, porque me da la gana, te elijo a ti como mi bien; te amo por que me da la gana; y porque te amo te doy todo, y me entrego yo mismo, etc’. Podemos llamarlo amor activo. Al buscar una representación gráfica del amor, recurríamos a la imagen del container con sus dos cámaras, y decíamos que lo que daba unidad a los elementos objetivos y subjetivos es la voluntad: una decisión de amar. Esta decisión obliga a mi persona en relación al tú, y surge lo que llamaremos un ‘amor obligado’.

Por otra parte, el tú ejerce en mi yo un movimiento hacia ese tú. Podemos llamarlo amor pasivo. La mirada del tú, de su rostro, me obliga con respecto a él. Finkielkraut lo expresa acertadamente:

Su rostro “me inhibe cuando miro sus ojos desarmados. Me resiste y me requiere, no soy en primer término su espectador, sino que soy alguien que le está obligado. A merced mía, ofreciéndoseme, infinitamente frágil, desgarrado como un llanto suspendido, el rostro me llama en su ayuda, y hay algo imperioso en esta imploración; su miseria no me da lástima; al ordenarme que acuda en su ayuda, esa miseria me hace violencia. La humilde desnudez del rostro reclama como algo que le es debido mi solicitud y hasta se podría decir, si no temiera uno que este término hubiera sucumbido al ridículo, mi caridad. En efecto, mi compañía no le basta a la otras persona cuando esta se me revela por el rostro: ella exige que yo esté ‘para’ ella y no solamente ‘con’ ella. De modo que es el rostro en su desnudez lo que me hace desinteresarme de mí mismo. El bien me viene de afuera, lo ético me cae de arriba. El rostro del otro me intima al amor o por lo menos me prohibe la indiferencia respecto de él. El rostro me acosa, me compromete a ponerme en sociedad con él, me subordina a su debilidad, en suma, me manda amarlo”[20].
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