II. hacia una representación gráfica del amor




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“-¿Amor y sufrimiento van unidos? ¿Se vive más feliz sin estar enamorado?

-Hay distintos niveles de felicidad. Cada uno tiene un riesgo y una aventura.

Hay felicidad de vegetal, de almeja, de egoísta, de amante...

Cada cual debe aspirar a una.

El cerdo a la felicidad de cerdo.

El insensible a la felicidad del insensible”

J.A. Marina

Queremos centrarnos en la causa objetiva de este estado del amor: el yo, que necesita morir para afirmar el ‘tú’, parecía muerto pero no lo está tanto como creía estarlo. El amor-crítico corresponde a un período de muerte, de muerte al yo. Por lo tanto, un período que necesita tal historia de amor para crecer.

 

Es preciso realizar una correcta lectura de las crisis. La crisis no es síntoma de que ya no vive el amor; la crisis no significa que ese amor ya ‘no sirve’, sino todo lo contrario. No hay crisis sin vida, por lo que la crisis es síntoma de que hay vida, de que hay amor. Pero es precisamente la vitalidad de ese amor la que exige, en un momento determinado, que se depure ese amor de adherencias mortecinas, de esquemas pequeños, egoístas o desgastados.

Por eso, toda crisis, sea la que sea, es una posibilidad de ascender en la calidad del amor. Las crisis son fuente de vida. Y, a veces, necesarias fuentes de vida. Como solemos decir de tantas cosas en la vida:

Crecer o morir.

 

Como dice Guitton,

"En el fondo de todo amor existe sin duda una eterna repetición,

 una monotonía implacable.

Para que el automatismo que lo acecha no pueda destruirlo,

necesita cambios de tiempo, de lugar, de estructura,

 alternativas de partida y de retorno,

descubrimientos sucesivos,

crisis inofensivas.

Y la fidelidad consiste en integrar en sí todos estos accidentes y nutrirse de ellos.

El amor de la pareja no puede subsistir sin superarse, sin elevarse,

 sin volver a encontrarse en un plano más elevado".

De ordinario, no valoramos debidamente las crisis. No somos justos con ellas. Hablar de crisis es hablar de algo grande en la vida de una persona: de algo -por colorearlo- de tonos rojos. Suponen, por un lado, crecimiento, conquista de nuevas cotas, cambio enriquecedor; y, por otro, sangre, combate, esfuerzo y lucha. No somos justos con las crisis, porque nos ha dado por pintarlas de negro -o, en el mejor de los casos, de marrón- y por vestirlas de dudas e interrogantes.

Las "crecederas" duelen, pero ¿qué sería de alguien que por ahorrarse ese dolor eligiese ser en el futuro un enano?

Las crisis duelen, y son positivas. Y no escribo duelen "pero" son positivas, porque el mismo dolor es uno de los ingredientes que hace positiva la crisis.

Cuando el amor se hace insufrible

“La mitad de los fracasos de la vida

se deben a que tiramos de las riendas

cuando nuestro caballo está en pleno salto”

J. William Hare

El salto de un nivel del amor al siguiente es delicado y doloroso, es crítico. Y muchas veces la crisis la identificamos con una especie de sentencia que viene a decir algo así como: ‘la muerte de mi relación de amor ha empezado’.

¿Qué es lo que realmente ocurre? La estabilidad en la que se encontró antes la relación se ha perdido: una nueva situación –por enfermedad, trabajo, o discrepancia en formas de ver las cosas-, una experiencia subjetiva –sentir la monotonía, el aburrimiento o la falta de libertad- o una circunstancia especial –como pueden ser el cansancio, la atracción de otra persona,...- han roto el equilibrio en el que vivíamos, y esa situación es dolorosa.

Así, durante los momentos en los que sufrimos parece como si se disparase un dispositivo que soltara una avalancha de preguntas en torno al sentido de lo que hacemos: si vale la pena, si es lo mío, por qué esto y no otra cosa, hasta cuándo… No es más que el lógico y natural rechazo al dolor que todos experimentamos: de manera instintiva huimos del dolor, del sufrimiento.

Esta experiencia, que se da en todos los aspectos de la vida, solemos denominarla "crisis".

Evidentemente, las crisis no tienen siempre la misma fuerza o intensidad, ni el mismo fundamento objetivo. Hay crisis despertadas por motivos muy serios y nada fáciles de encauzar (en la vida matrimonial, por ejemplo, crisis por infidelidad, por faltas graves de respeto, por sentir –creer, sospechar o estar absolutamente seguro- que no te quiere, crisis por alcohol...): son crisis que merecen ser tratadas una a una. Pero no es éste nuestro propósito. Nos limitamos a hacer algunas consideraciones generales, a proponer un modo de enfocarlas acorde con la naturaleza propia del amor.

Sin embargo, el proceso crítico se repetirá cada vez que la vida exija más: todo crecimiento irá acompañado de su correspondiente crisis de sufrimiento.

Puede haber momentos en los que el sufrimiento puede ser insufrible; o mejor, puede parecernos insufrible. No son momentos para tratar de entender el porqué de las cosas. Es fácil decirlo, y duro vivirlo. Pero es lógico que hasta que pase no será posible tener la luz, saber qué es lo bueno que me deparará esa situación dolorosa.

E. Mounier llega a escribir refiriéndose a estas situaciones que está padeciendo personalmente:

La angustia se vale de nosotros a veces: ya te he contado. Hay momentos en que hasta los santos dudan de todo, de su amor y de Dios. Ninguna luz se entrega sin esta noche. Cristo ha cargado en una sola noche de angustias y de dudas (‘Padre, ¿por qué me has abandonado?’) todas nuestras noches oscuras...

...No se es decididamente grande... hasta que la vida no te ha puesto en la prueba de negarte rotundamente y sin apelación algo que deseabas con todas tus ganas...[26]

Ernesto Sabato, ya anciano, publica su testamento espiritual, refiriendo los sucesos más significativos de su vida. Un capítulo lo centra en su mujer, y le canta un emotivo agradecimiento por haber sabido esperar en los momentos de amor-crítico por los que pasaron. De modo explícito refiere uno de esos momentos, singularmente crítico para ella: una ocasión en la que le abandona para irse con otra mujer:

“Con enorme desconsuelo pienso en todo lo que ella debió soportar por mi culpa. Recuerdo la tarde en que la dejé en París, para irme con una mujer que había sido condesa en los años previos a la Revolución Rusa. Me la había presentado un príncipe que entonces trabajaba de taxista, con quien hablábamos sobre Chejov, Dostoievski, Tolstoi. La agitación que vivía durante el período surrealista era tal que, finalmente, abandoné a Matilde en el puerto, con el pequeño Jorge en brazos, cometiendo un acto horrendo que jamás ha dejado de atormentarme. Por eso, cuando en la calle, en el tren, se me acercan a darme la mano, o algunas mujeres y hasta ancianas religiosa me dicen: ‘Que Dios lo mantenga por muchos años todavía’, me pregunto si lo merezco. Tantos fueron mis abandonos a aquella mujer que dio su alma y su vida por mí...”[27]

Y es que el amor siempre puede vencer. La espera, la fidelidad incluso en situaciones de este tipo, le permite escribir al final en su vejez:

Porque siempre necesité que me apuntalaran como a una casa vieja o mal construida.

En sus años finales, cuando la he visto desolada por su enfermedad, es cuando más profundamente la quise. Y pienso en el valor con que sufrió mi vida complicada, azarosa, contradictoria. A su lado pasé momentos de peligro, de amor, de amargura, de pobreza, de desengaños políticos y de tristísimos alejamientos, en que esperaba siempre a que el barco sacudido por oscura tempestades regresara a la calma, y yo volviera a divisar el cielo estrellado, esa Cruz del Sur que marcaba nuevamente el rumbo, la misma que tantas veces, cuando éramos muchachos, habíamos contemplado desde algún banco de la plaza. Y muchos, muchísimos años antes, el supremo misterio, la recuerdo cuando me farfulló aquellos versos de Manrique:

‘cómo se pasa la vida

cómo se pasa la muerte

tan callando...’[28]

 

 

Aprender a vivir las crisis

Las verdaderas crisis son momentos verdaderamente buenos –aunque dolorosos-: son el camino que hay que andar para alcanzar nuevas emociones, una nueva panorámica, una mayor plenitud del amor, un amor-tranquilo más ‘sabroso’ y estable.

Esa es la realidad: nuestro amor se ha quedado pequeño y chirría ante algunas nuevas exigencias que ahora se presentan; para que nuestro amor sea pleno necesito crecer, necesito morir a algo más de mi yo.

Pero, ¿dónde está el problema? El problema está en que pensemos que para acabar con el sufrimiento que me causa esta crisis, y en definitiva, que me causa este amor, apliquemos aquello de ‘muerto el perro se acabó la rabia’; esto es, se rompe el amor y se acabaron los sufrimientos. Esto sería un error.

 

¡Por supuesto que en el mayor número de los casos en los que se presenta un sufrimiento

puedo cambiarme de sitio y evitarlo!

¡Evitaré ese sufrimiento!

Pero ¿crees que el nuevo sitio, que te acoge alegremente de tu huida, no te presentará nuevos sufrimientos?

Los sufrimientos son medicinales.

Siempre. Medicinales.

 

Saber leer las intenciones de ese dolor.

Saber “transver” la enfermedad que produce el dolor.

 

Cuando el cuerpo detecta algún

elemento extraño en el organismo,

ante ciertos estímulos

avisa con el dolor.

Cuando el no-cuerpo detecta algún

estado incorrecto en el espíritu,

ante ciertos estímulos

avisa con el dolor.

 

Es preciso vivir el dolor hasta sanar.

Y del mismo modo que algunas veces

el médico no puede hacer otra cosa más que esperar,

cada uno –propio médico de su espíritu-

algunas veces no podrá hacer otra cosa más que esperar:

vivir el dolor hasta sanar.

 

Los cambios son huidas.

Esquivan el sufrimiento. Sí.

Pero no sanan.

Esquivan este sufrimiento.

Y normalmente lo cambian por otro. Sí.

Pero no sanan.[29]

 

 

 Lo que se precisa es aprender a vivir las crisis. Con este fin queremos sugerir algunos puntos:

a)     Aguantar el sufrimiento.-

A una persona que nunca ha sufrido verdaderamente, el sufrimiento le hace perder la estabilidad con extraordinaria facilidad: las crisis desencadenan la búsqueda de una huida; quien la vive se deja asaltar por esos mil interrogantes que le hacen perder el norte y, con él, la paz.

Pero no queda otro remedio; es más, es tontería buscar remedios que no sean afrontar las cosas como son, vivir lo que toca vivir. Cuando toca sufrir –porque se está creciendo-, hay que sufrir. Esto no se arregla con pastillas, ni con médicos, ni con dineros, ni con enfados o gritos.

Recuerdo que el psiquiatra Vallejo-Nájera escribía que en febrero y junio –meses de exámenes en la universidad- se le llenaba su consulta de universitarios con suspensos: querían solucionar su problema –desánimo, bajón, impresión de sinsentido y fracaso en la vida- con pastillas y recetas de psiquiatra; explicaba el médico que aquello no era más que una huida, que aquello se solucionaba afrontando la realidad: hay que estudiar y trabajar, aunque haga sufrir.

Es importante la paciencia:

“La clave de todo es la paciencia.

Un pollo se obtiene empollando el huevo,

no rompiéndolo”.

Arnold Glasgow

Con la paciencia alcanzamos la madurez. La madurez -que no es el simple paso biográfico del tiempo, sino algo bien distinto- aumenta la capacidad de sufrimiento, enseña a sufrir. Es una pescadilla que se muerde la cola: el sufrimiento ayuda a madurar, y la madurez ayuda a sufrir.

b)    No dejarse engañar por deformaciones ópticas.-

Las crisis suelen deformar la forma de ver las cosas, y engañan presentando los elementos propios del amor como negativos.

La visión del pasado, del presente y del futuro de quien padece una crisis deforma la realidad:

1.      Se deforma la realidad pasada cargando sobre las espaldas de ese amor la causa de todas las desgracias personales.

(Después de un desengaño)

"Y sólo tengo que repetirme: Yo nunca estuve realmente enamorada de tí

y estoy tan contenta de que te largues"

The Corrs

Y esa visión deformada del pasado hace que me arrepienta de haberlo vivido:

“Miro atrás y me arrepiento

de entregar a quien no debo

todo lo que ya no tengo.

Y al volver encuentro nada.

Sólo me queda saber dónde irá lo que te dí”

Ella baila sóla

2. Se deforma el presente buscando el culpable del sufrimiento fuera de nosotros mismos. Lógicamente, hay una base real en la acusación que se hace, pero la deformación hace que ponga la causa de todos los males que se padecen en algo que es circunstancial.

3. Se deforma el futuro, cuestionando tener capacidad de aguante para soportar aquello; la realidad es que ese amor puede, tiene capacidad para aguantarlo. Necesita crecer... y ese es el momento de sufrir para crecer: no hace falta más.

“No puedo aguantar así toda la vida”

Es preciso estar atento a no creerse que las cosas son como se ven, cuando se están viendo deformadas. Aunque tengan una base real, las cosas no son así.

El matrimonio de Jean Guitton fue criticado por sus conocidos. Éste escribe este diálogo con su mujer, Marie-Louise:

-Mi querida amiga, la historia contada por estos imbéciles...

-Jean, una historia contada por imbéciles resulta vulgar.

Todo es materialmente verdadero.

Todo es espiritualmente falso.[30]

Hay que admitir que, en ocasiones, el imbécil que cuenta historias raras acerca de mi amor soy yo mismo: una historia materialmente verdadera, pero que en realidad es una historia falsa. Aunque nos fastidie admitirlo, normalmente –en el fondo- lo sabemos.

No creernos que las cosas son como las vemos en ese momento, por un lado. Por otro, puede servir el consejo que leía en una revista. Lo escribe una tal María, que firmaba ‘de Santander’:

En las dos ocasiones en que nuestro matrimonio pasó por momentos difíciles, mi marido y yo logramos superarlos, a mi juicio, porque los dos nos aferramos a los buenos momentos del pasado. Aunque ahora estemos fatal –le decía yo a mi marido-, no vas a conseguir que olvide al hombre excepcional, cariñoso y comprensivo que siempre fuiste, por más que ahora me reproches tantas cosas. Esta actitud positiva le hacía cambiar. Por eso le pido que, si está convencido de la eficacia de esta estrategia, la difunda en su espacio.

Estas deformaciones ópticas llevan a una visión casi exclusiva de lo negativo, o a ver todo en clave negativa. Algo terrible es cuando se asemeja tanto a la forma en que Goethe define al diablo:

El Espíritu que siempre niega

Debemos estar atentos al ‘siempre’. Y pienso que todos conocemos a otro diablo, del que no habla Goethe, al que podemos definir como

El Espíritu que siempre dice ‘Pero’

Quizá sea el mismo, con distinto traje.

 

c)      Aprender a vivir las crisis tiene mucho de ‘aprender a no tomarse demasiado en serio’ a uno mismo.-

Reírse uno de sus ocurrencias en esos momentos, pues no todas las ocurrencias responden a la verdad. Esforzarme por creer que la crisis me quiere enseñar algo, quiere purificar mi amor –o mejor, mi amor necesita una nueva purificación-. Cuando me haya purificado, terminará la crisis. El amor habrá ascendido, será mayor.

No tomarse en serio todo lo que se me ocurre: normalmente lo que nace es culpar al otro, a la vida o a lo que sea, pero siempre a algo que no sea yo. No tomarme demasiado en serio esos razonamientos.
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