En busca del tiempo perdido




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Marcel Proust
En busca del tiempo perdido

7. El tiempo recobrado

Por otra parte, no tendría por qué extenderme sobre aquella estancia mía cerca de Combray, y que quizá fue el momento de mi vida en que menos pensé en Combray, a no ser porque, precisamente por esto, encontré allí una com­probación, siquiera provisional, de ciertas ideas que antes tuve sobre Guermantes, y también de otras ideas que tuve sobre Méséglise. Todas las noches reanudaba, en otro senti­do, nuestros antiguos paseos a Combray, cuando íbamos to­das las tardes por el camino de Méséglise. Ahora comíamos en Tansonville a una hora en que antes, en Combray, llevá­bamos ya mucho tiempo durmiendo. Y como era la estación estival y, además, porque, después del almuerzo, Gilberta se ponía a pintar en la capilla del castillo, no salíamos de paseo hasta unas dos horas antes de la comida. El deleite de anta­ño, ver, al regreso, cómo el cielo de púrpura encuadraba el Calvario o se bañaba en el Vivonne, lo sustituía ahora el de salir de noche, cuando ya no encontrábamos en el pueblo más que el triángulo azulado, irregular y movedizo de las ovejas que volvían. En una mitad de los campos se ponía el sol; en la otra alumbraba ya la luna, que no tardaba en ba­ñarlos por entero. Ocurría que Gilberta me dejaba caminar sin ella, y yo me adelantaba, dejando atrás mi sombra, como un barco que sigue navegando a través de las superficies en­cantadas; generalmente me acompañaba. Estos paseos solían ser mis paseos de niño: ¿cómo no iba a sentir más vivamente aún que antaño camino de Guermantes el sentimiento que nunca sabría escribir, al que se sumaba otro, el de que mi imaginación y mi sensibilidad se habían debilitado, cuando vi la poca curiosidad que me inspiraba Combray? ¡Qué pena comprobar lo poco que revivía mis años de otro tiempo! ¡Qué estrecho y qué feo me parecía el Vivonne junto al cami­no de sirga! No es que yo notase grandes diferencias mate­riales en lo que recordaba. Mas, separado de los lugares que atravesaba por toda una vida diferente, no había entre ellos y yo ninguna contigüidad en la que nace, incluso antes de dar­nos cuenta, la inmediata, deliciosa y total deflagración del recuerdo. Seguramente, sin comprender bien cuál era su na­turaleza, me entristecía pensar que mi facultad de sentir y de imaginar debía de haber disminuido, puesto que aquellos paseos ya no me deleitaban. La misma Gilberta, que me comprendía menos aún de lo que me comprendía yo mismo, aumentaba mi tristeza al compartir mi asombro. «Pero ¿no le hace sentir nada -me decía- tomar ese repecho que subía en otro tiempo?» Y ella misma había cambiado tanto que ya no me parecía bella, que no lo era ya en absoluto. Mientras caminábamos, veía cambiar el paisaje, había que subir cues­tas, bajar otras. Gilberta y yo hablábamos, muy agradable­mente para mí. Pero no sin dificultad. Hay en tantos seres varias capas diferentes: el carácter del padre, el carácter de la madre; atravesamos una, luego la otra. Pero al día siguiente ha cambiado el orden de superposición. Y al final no se sabe quién distribuirá las partes, de quién podemos fiarnos para la sentencia. Gilberta era como esos países con los que otros países no se atreven a aliarse porque cambian demasiado a menudo de gobierno. Pero en el fondo es un error. La me­moria del ser más sucesivo establece en él una especie de identidad y le hace no querer faltar a unas promesas que re­cuerda, aun en el caso de no haberlas firmado. En cuanto a la inteligencia, la de Gilberta, con algunos absurdos de su ma­dre, era muy viva. Pero, y esto no afecta a su valor propio, re­cuerdo que, en aquellas conversaciones que teníamos en el paseo, varias veces me causó gran extrañeza. Una de ellas, la primera, diciéndome: «Si no tuviera usted mucha hambre y si no fuera tan tarde, tomando ese camino de la izquierda y girando luego a la derecha, en menos de un cuarto de hora estaríamos en Guermantes». Es como si me hubiera dicho: «Tome a la izquierda, después a la derecha, y tocará lo intan­gible, llegará a las inaccesibles lejanías de las que, en la tierra, no se conoce nunca más que la dirección, que el “hacia”» -lo que yo creí antaño que podría conocer solamente de Guer­mantes, y quizá, en cierto sentido, no me engañaba-. Otra de mis sorpresas fue ver las «fuentes del Vivonne», que yo me figuraba como algo tan extraterrestre como la Entrada a los Infiernos, y que no era más que una especie de lavadero cuadrado del que salían burbujas. Y la tercera fue cuando Gilberta me dijo: «Si quiere, podremos de todos modos sa­lir un día después de almorzar y podemos ir a Guermantes, yendo por Méséglise, que es el camino más bonito», frase que, trastrocando todas las ideas de mi infancia, me enseñó que uno y otro camino no eran tan inconciliables como yo creía. Pero lo que más me chocó fue lo poco que, en aquella temporada, reviví mis años de otro tiempo, lo poco que de­seaba volver a ver Combray, lo estrecho y feo que me pareció el Vivonne. Mas cuando Gilberta comprobó para mí algunas figuraciones mías del camino de Méséglise, fue en uno de aquellos paseos, nocturnos al fin aunque fuesen antes de la comida -¡pero ella comía tan tarde!-. Al bajar al misterio de un valle perfecto y profundo tapizado por la luz de la luna, nos detuvimos un instante, como dos insectos que van a cla­varse en el corazón de un cáliz azulado. Gilberta, quizá sim­plemente por una fina atención de ama de casa que lamenta nuestra próxima partida y que hubiera querido hacernos mejor los honores de esa región que parecemos apreciar, tuvo entonces una de esas palabras con las que su habilidad de mujer de mundo sabe sacar partido del silencio, de la senci­llez, de la sobriedad en la expresión del sentimiento, haciéndo­nos creer que ocupamos en su vida un lugar que ninguna otra persona podría ocupar. Derramando bruscamente hacia ella la ternura que me embargaba por el aire delicioso, por la bri­sa que se respiraba, le dije:

-El otro día hablaba usted del repecho. ¡Cómo la amaba entonces!

Me contestó:

-¿Por qué no me lo decía? Yo no me lo figuraba. Yo le ama­ba. Y hasta por dos veces me insinué a usted.

-¿Cuándo?

-La primera vez en Tansonville. Iba usted de paseo con su familia, yo volvía; nunca había visto un mocito tan guapo. Tenía la costumbre -añadió en un tono vago y púdico- de ir a jugar con unos amiguitos en las ruinas de la torre de Rous­sainville. Y dirá usted que yo estaba muy mal educada, pues había allí chicas y chicos de todo género que se aprovecha­ban de la oscuridad. El monaguillo de la iglesia de Combray, Teodoro, que hay que reconocer que era muy simpático (¡qué bien estaba!) y que se ha vuelto muy feo (ahora está de farmacéutico en Méséglise), se divertía con todas las aldea­nitas de las cercanías. Como me dejaban salir sola, en cuanto podía me escapaba corriendo. Cuánto me hubiera gustado verle llegar a usted; recuerdo muy bien que, como no dispo­nía más que de un minuto para hacerle comprender lo que deseaba, exponiéndome a que me vieran sus padres y los míos, se lo indiqué de una manera tan cruda que ahora me da vergüenza. Pero usted me miró de tan mala manera que comprendí que no quería.

De pronto pensé que la verdadera Gilberta, la verdadera Albertina, eran quizá las que se entregaron en el primer momento en su mirada, una delante del seto de espinos rosa, la otra en la playa. Y fui yo el que, sin comprenderlo, sin haber­lo revivido hasta más tarde en mi memoria, después de un intervalo en el que, por mis conversaciones, toda una distan­ciación de sentimiento les hizo temer ser tan francas como en el primer momento, lo estropeé todo con mi torpeza. Las «fallé» más completamente -aunque, en realidad, el relativo fracaso con ellas fuera menos absurdo- por las mismas ra­zones que Saint-Loup a Raquel.

-Y la segunda vez -prosiguió Gilberta- fue, muchos años después, cuando le encontré en su puerta, el día que le volví a ver en casa de mi tía Oriana; no le reconocí en el primer mo­mento, o más bien le reconocía sin saberlo, porque tenía la misma gana que en Tansonville.

-Pero en el intervalo hubo los Champs-Elysées.

-Sí, pero entonces me quería usted demasiado, yo sentía una inquisición en todo lo que hacía.

No pensé en preguntarle quién era aquel muchacho con el que bajaba por la avenida de los Champs-Elysées el día en que fui por volverla a ver, el día en que me habría reconci­liado con ella cuando todavía era tiempo, aquel día que ha­bría podido cambiar toda mi vida si no me hubiera encon­trado con las dos sombras que caminaban juntas en el crepúsculo. Si se lo hubiera preguntado, quizá me habría dicho la verdad, como Albertina si hubiera resucitado. Y, en efecto, cuando, pasados los años, encontramos a las muje­res a las que ya no amamos, ¿no está la muerte entre ellas y nosotros, lo mismo que si ya no fueran de este mundo por­que el hecho de que nuestro amor no exista ya convierte en muertos a las que eran entonces o al que éramos nosotros? También podía ocurrir que no se acordara o que mintiera. En todo caso, saberlo ya no me interesaba, porque mi cora­zón había cambiado más aún que la cara de Gilberta. Esta cara ya no me gustaba mucho, pero, sobre todo, ya no me haría sufrir, ya no podría concebir, si hubiera vuelto a pensar en ello, que hubiera podido hacerme sufrir tanto encon­trar a Gilberta caminando despacio junto a un muchacho, pensando: «Se acabó, renuncio para siempre a verla». Del estado de mi alma, que, aquel lejano año, no había sido para mí más que una larga tortura, no quedaba nada. Pues en este mundo donde todo se gasta, donde todo perece, hay una cosa que cae en ruinas, que se destruye más completa­mente todavía, dejando aún menos vestigios que la Belleza: es el Dolor.

Pero, si bien no me sorprende no haberle preguntado en­tonces con quién bajaba por los Champs-Elysées, pues había visto ya demasiados ejemplos de esta misma falta de curio­sidad que el Tiempo trae, en cambio me sorprende un poco no haber contado a Gilberta que, antes de encontrarla aquel día, había vendido un jarrón chino antiguo para comprarle flores1. Pues en aquellos tiempos tan tristes que siguieron a aquel encuentro, mi único consuelo fue pensar que algún día podría contarle sin peligro aquella intención tan tierna. Pa­sado más de un año, si veía que un coche iba a chocar con el mío, mi única preocupación era morir sin contar aquello a Gilberta. Me consolaba pensando: «No hay prisa, tengo por delante toda la vida para ello». Y por esto deseaba no perder la vida. Ahora esto me habría parecido poco agradable de decir, casi ridículo, y «comprometedor».

-Además -continuó Gilberta-, incluso el día que le en­contré en su puerta, ¡seguía tan igual que en Combray, si su­piera usted qué poco había cambiado!

Volví a ver a Gilberta en mi memoria. Hubiera podido di­bujar el cuadrilátero de luz que el sol trazaba bajo los majue­los, la laya que la muchachita llevaba en la mano, la larga mi­rada que posó en mí. Sólo que yo creí, por el gesto grosero que la acompañó, que era una mirada de desprecio, porque lo que yo deseaba me parecía una cosa que las muchachitas no conocían y no hacían más que en mi imaginación, duran­te mis horas de deseo solitario. Menos aún habría creído que, tan fácilmente, tan rápidamente, casi ante los ojos de mi abuelo, una de ellas tuviera la audacia de hacer aquel gesto.

No le pregunté con quién iba de paseo por la avenida de los Champs-Elysées el día en que vendí los jarrones chinos. Lo que hubiera de real bajo la apariencia de entonces había llegado a serme por completo indiferente. Y, sin embargo, ¡cuántos días y cuántas noches sufrí preguntándome quién sería, cuántas veces tuve que reprimir el palpitar del corazón quizá más aún que cuando no volví a dar las buenas noches a mamá en aquel mismo Combray! Dicen, y esto explica la pro­gresiva atenuación de ciertas afecciones nerviosas, que nues­tro sistema nervioso envejece. Esto no es sólo cierto en cuan­to a nuestro yo permanente, que se prolonga tanto como dura nuestra vida, sino en cuanto a todos nuestros yos suce­sivos, que, en suma, le componen en parte.

Por eso, a tantos años de distancia, tuve que retocar una imagen que recordaba tan bien, operación que me hizo bas­tante feliz demostrándome que el infranqueable abismo que entonces creía existir entre mí y cierta clase de muchachitas de dorada cabellera era tan imaginario como el abismo de Paspal, y que me pareció poético por los muchos años en el fondo de los cuales había que realizarlo. Tuve un sobresalto de deseo y de añoranza pensando en los subterráneos de Roussainville. Pero me alegraba pensar que aquella felicidad hacia la que tendían entonces todas mis fuerzas, y que ya nada podía devolverme, hubiera existido fuera de mi pensa­miento, en realidad tan cerca de mí, en aquel Roussainville del que yo hablaba tan a menudo, que veía desde el gabinete que olía a lirios. ¡Y yo no sabía nada! En suma, resumía todo lo que deseé en mis paseos hasta no poder decidirme a vol­ver a casa, pareciéndome ver que los árboles se entreabrían, se animaban. Lo que entonces deseaba tan febrilmente, ella estuvo a punto de hacérmelo gustar en mi adolescencia, a poco que yo hubiera sabido comprenderlo y conquistarlo. En aquel tiempo Gilberta estaba verdaderamente de la parte de Méséglise más aún de lo que yo creyera.

E incluso aquel día en que la encontré bajo una puerta, aunque no fuera mademoiselle de l'Orgeville, la que Rober­to había conocido en las casas de citas (¡y qué casualidad que fuese precisamente su futuro marido a quien yo le pidiera que me lo explicara!), no me había equivocado por completo sobre el significado de su mirada, ni sobre la clase de mujer que era y que ahora me confesaba haber sido. «Todo eso queda muy lejos -me dijo-; desde que me prometí con Ro­berto, ya no he pensado nunca en nadie más que en él. Y le diré que ni siquiera son esos caprichos de niña lo que más me reprocho.»

En aquella morada un poco demasiado campestre, que pa­recía sólo un lugar de siesta entre dos paseos o un refugio contra un chaparrón, una de esas moradas en las que cada salón parece un gabinete de verdor y donde en el empapela­do de las habitaciones, las rosas del jardín en una, los pájaros de los árboles en otra, nos han seguido y nos acompañan, aislados del mundo -pues eran viejos papeles en los; que cada rosa estaba lo bastante separada como para cogerla, si estuviera viva, cada pájaro para enjaularlo y domesticarlo, sin nada de esas grandes decoraciones de las estancias de hoy donde todos los manzanos de Normandía se perfilan, sobre un fondo de plata, en estilo japonés para alucinar las horas que pasamos en la cama-, yo pasaba todo el día en mi cuarto, que daba a los bellos follajes del parque y a las lilas de la entrada, a las hojas verdes de los grandes árboles a la orilla del agua, resplandecientes de sol, y al bosque de Méséglise. En realidad, si yo miraba todo aquello con deleite, era por­que me decía: «Es bonito tener tanto verde en la ventana de mi cuarto», hasta el momento en que, en el gran cuadro ver­deante, reconocí el campanario de la iglesia de Combray, pintado éste de azul oscuro, simplemente porque estaba más lejos. No una figuración de este campanario, del campana­rio mismo, que, poniendo así ante mis ojos la distancia de las leguas y de los años, había venido, en medio del luminoso verdor y de un tono muy diferente, tan oscuro que parecía solamente dibujado, a inscribirse en el cristal de mi ventana. Y si salía un momento de mi cuarto, al final del pasillo veía, porque estaba orientado de otro modo, como una banda de escarlata, la tapicería de un pequeño salón que era una sim­ple muselina, pero roja, y dispuesta a incendiarse si le daba un rayo de sol.

En aquellos paseos, Gilberta me hablaba de Roberto como apartándose de ella, mas para irse con otras mujeres. Y es verdad que había muchas en su vida, y, como ciertas cama­raderías masculinas en los hombres mujeriegos, con ese ca­rácter de defensa inútil y de lugar vanamente usurpado que tienen en la mayor parte de las casas los objetos que no pue­den servir para nada.

Roberto fue varias veces a Tansonville mientras yo estaba allí. Era muy diferente de como yo le había conocido. Su vida no le había engordado, no le había hecho lento como a mon­sieur de Charlus, al contrario: operando en él un cambio in­verso, le dio el aspecto desenvuelto de un oficial de caballería -aunque presentó la dimisión cuando se casó- hasta un punto que nunca había tenido. A medida que monsieur de Charlus fue engordando, Roberto (claro que era mucho más joven, pero se notaba que, con la edad, se iría acercando más a este ideal), como ciertas mujeres que sacrifican resuel­tamente su cara a su tipo y, a partir de cierto momento, no salen de Marienbad (pensando que, ya que no pueden conservar a la vez varias juventudes, es la del tipo la que podrá representar mejor a las otras), se había vuelto más esbelto, más rápido, efecto contrario de un mismo vicio. Por otra parte, esta velocidad tenía diversas razones psicológicas: el temor de que le vieran, el deseo de que no se le notara este te­mor, la febrilidad que produce el descontento de sí mismo y el aburrimiento. Tenía la costumbre de ir a ciertos lugares de mala nota donde, como quería que no le vieran entrar ni sa­lir, se colaba para ofrecer a las miradas malintencionadas de los transeúntes hipotéticos la menor superficie posible, como quien se lanza al asalto. Y le había quedado este movimiento de vendaval. Quizá también esquematizaba así la intrepidez aparente de quien quiere demostrar que no tiene miedo y no quiere tomarse tiempo para pensar. Para ser completo, ha­bría que tener en cuenta el deseo, cuanto más envejecía, de parecer joven, y hasta la impaciencia de esos hombres siem­pre aburridos, siempre hastiados, que son las personas de­masiado inteligentes para la vida relativamente ociosa que llevan y en la que no se realizan sus facultades. Desde luego, la ociosidad misma de estos hombres se puede traducir en in­dolencia. Pero, sobre todo, desde el favor de que gozan los ejercicios físicos, la ociosidad ha tomado una forma deporti­va, aun fuera de las horas de deporte, y que se traduce ya no en indolencia, sino en una vivacidad febril que cree no dar tiempo ni lugar al aburrimiento para desarrollarse2.

Como cada día se iba haciendo mucho más seco -al me­nos en esta fase desagradable-, ya trataba a sus amigos, por ejemplo a mí, casi sin la menor sensibilidad. Y, en cambio, afectaba con Gilberta unas sensiblerías llevadas hasta la co­media y que resultaban enojosas. En realidad, no es que Gil­berta le fuera indiferente. No, Roberto la amaba. Pero le mentía continuamente, y continuamente se descubría su es­píritu de duplicidad, si no el fondo mismo de sus mentiras; y entonces creía que sólo podía salir del paso exagerando en proporciones ridículas la tristeza, verdadera, que le causaba apenar a Gilberta. Llegaba a Tansonville y, según decía, tenía que volver a la mañana siguiente por un asunto con cierto señor de la región que le esperaba en París; precisamente aquella noche se encontraba al tal señor cerca de Combray e involuntariamente descubría la mentira, porque Roberto no se había cuidado de advertirle, diciendo que había venido al país a descansar un mes, durante el cual no pensaba volver a París. Roberto se sonrojaba, veía la sonrisa melancólica y su­til de Gilberta, se desahogaba insultando al que le había puesto en evidencia, volvía a casa antes que su mujer, le mandaba unas letras desesperadas diciéndole que había di­cho aquella mentira por no disgustarla, para que, al verle marcharse por una causa que no podía decirle, no creyera que no la amaba (y todo esto, aunque lo escribiera como una mentira, era en el fondo verdad), después mandaba a pre­guntarle si podía entrar en su cuarto y allí, en parte por ver­dadera tristeza, en parte por desgaste nervioso de aquella vida, en parte por simulación más audaz cada día, solloza­ba, se mojaba la cara con agua fría, hablaba de su muerte próxima, a veces se derrumbaba sobre el suelo como si se desmayara. Gilberta no sabía hasta qué punto debía creer­le, pensaba que mentía en cada caso particular, pero que, en general, la amaba, y la preocupaba aquel presentimiento de una muerte próxima, pensando que quizá tenía una enfer­medad que ella ignoraba,
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