En busca del tiempo perdido




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boches. ¿Por qué la restitución de Alsacia-Lorena le pareció a Francia un motivo insuficiente para hacer la guerra, un motivo suficiente para continuarla, para decla­rarla de nuevo cada año? Usted parece creer que la victoria está ya segura para Francia; yo lo deseo de todo corazón, no lo dude. Pero, en fin, desde que los aliados, con razón o sin ella, se creen seguros de vencer (naturalmente, yo estaría en­cantado de esta solución, pero veo, sobre todo, muchas vic­torias en el papel, victorias pírricas, con un costo que no nos dicen) y los boches no se creen ya seguros de vencer, vemos a los alemanes tratando de acelerar la paz, a Francia prolon­gando la guerra, esa Francia que es la Francia justa y tiene razón para hacer oír palabras de justicia, pero que es tam­bién la dulce Francia y debería hacer oír palabras de piedad, aunque sólo fuera por sus propios hijos y porque las flores que renazcan cada primavera iluminen otra cosa que no sean tumbas. Sea franco, querido amigo, usted mismo me hizo una teoría sobre las cosas que sólo existen gracias a una creación perpetuamente recomenzada. La creación del mundo no se hizo de una vez para siempre, me decía usted; se hace necesariamente cada día. Pues bien, si usted es de buena fe, no puede exceptuar de esta teoría la guerra. Por más que nuestro excelente Norpois escriba (sacando uno de esos accesorios de retórica que tan caros le son, «el alba de la victoria» y «el General Invierno»): «Ahora que Alemania ha querido la guerra, la suerte está echada», la verdad es que cada mañana se declara de nuevo la guerra. Luego el que quiere continuarla es tan culpable como el que la empezó, quizá más, pues el primero quizá no preveía todos sus horrores. Y nada nos dice que una guerra tan prolongada, aunque su resultado sea victorioso, carezca de peligro. Es difícil hablar de cosas que no tienen precedente y de las reper­cusiones sobre el organismo de una operación que se intenta por primera vez. Cierto que, generalmente, las novedades que nos alarman se pasan muy bien. Los republicanos más prudentes pensaban que era una locura la separación de la Iglesia. Ha pasado sin dificultad. Dreyfus, rehabilitado; Pic­quart, ministro de la Guerra, sin que nadie se llame a escán­dalo. Pero ¡qué no puede temerse de una fatiga como la de una guerra ininterrumpida durante varios años! ¿Qué harán los hombres a la vuelta? ¿No les habrá enloquecido o destro­zado la fatiga? Todo eso podría resultar mal, si no para Fran­cia, al menos para el gobierno, puede que hasta para la for­ma de gobierno. Usted me dio a leer en otro tiempo el admirable libro Aimée de Coigny, de Maurras. Me extrañaría mucho que alguna Aimée de Coigny no esperara del de­sarrollo de la guerra que hace la República lo que en 1812 es­peró Aimée de Coigny de la guerra que hacía el Imperio. Si existe la Aimée actual, ¿se realizarán sus esperanzas? Yo no lo deseo. Volviendo a la guerra misma, el primero que la em­pezó ¿es el emperador Guillermo? Lo dudo mucho. Y silo es, qué otra cosa ha hecho que Napoleón, por ejemplo, cosa que a mí me parece abominable, pero que me asombra que ins­pire tanto horror a los turiferarios de Napoleón, a los que el día de la declaración de guerra exclamaron como el general Pau: «Esperaba este día desde hace cuarenta años. Es el más hermoso de mi vida». Dios sabe que nadie protestó con más energía que yo cuando se dio en la sociedad un lugar desproporcionado a los nacionalistas, a los militares, cuan­do todo amigo de las artes era acusado de ocuparse de cosas funestas ala patria, cuando toda civilización no belicosa era deletérea. Un hombre del auténtico gran mundo apenas contaba al lado de un general. Una loca estuvo a punto de presentarme a monsieur Syveton. Me dirá usted que lo que yo me esforzaba por mantener no eran más que las reglas mundanas. Pero estas reglas, a pesar de su aparente frivoli­dad, quizá hubieran impedido muchos excesos. Yo he hon­rado siempre a los que defienden la gramática o la lógica. Pa­sados cincuenta años, la gente se da cuenta de que ha conjurado grandes peligros. Nuestros nacionalistas son los más germanófobos, los más intransigentes de los hombres. Pero al cabo de quince años su filosofía ha cambiado por completo. En realidad, propugnan la continuación de la gue­rra. Pero no es más que por exterminar una raza belicosa y por amor a la paz. Pues una civilización guerrera, que hace quince años les parecía tan hermosa, ahora les horroriza; no sólo reprochan a Prusia haber hecho predominar en ella el elemento militar, sino que en todo tiempo piensan quedas civilizaciones militares fueron destructoras de todo lo que ahora les parece tan valioso, no sólo las artes, sino hasta la galantería. Basta que uno de sus críticos se convierta al na­cionalismo para que resulte, sin más, un amigo de la paz. Está convencido de que en todas las civilizaciones guerreras la mujer tenía un papel humillado y bajo. No se atreven a contestarle que las «damas» de los caballeros de la Edad Me­dia y la Beatriz de Dante estaban quizá en un trono tan ele­vado como las heroínas de monsieur Becque. Yo espero en­contrarme un día de éstos sentado a la mesa después de un revolucionario ruso o simplemente después de uno de nues­tros generales que hacen la guerra por odio a la guerra y para castigar a un pueblo por cultivar un ideal que, hace quince años, ellos mismos consideraban el único tonificante. Hace unos meses todavía se honraba al infortunado zar porque reunió la conferencia de La Haya. Pero ahora que se saluda a la Rusia libre se olvida el título que permitía glorificarle. Así gira la rueda del mundo. Y, sin embargo, Alemania emplea las mismas expresiones que Francia hasta tal punto que pa­rece que la cita; no se cansa de decir que «lucha por la exis­tencia». Cuando leo: «Luchamos contra un enemigo impla­cable y cruel hasta obtener una paz que nos garantice en el futuro contra toda agresión y para que la sangre de nuestros bravos soldados no haya corrido en vano», o bien: «Quien no está con nosotros está contra nosotros», no sé si esta frase es del emperador Guillermo o de monsieur Poincaré, pues, con algunas variantes, uno y otro la han pronunciado veinte veces, si bien debo confesar que, en este caso, ha sido el em­perador quien ha imitado al presidente de la República. Si Francia no hubiera seguido siendo débil, quizá no habría te­nido tanto empeño en prolongar la guerra, pero, sobre todo, Alemania no habría tenido acaso tanta prisa por terminarla si no hubiera dejado de ser fuerte. De ser tan fuerte, pues fuerte ya verá usted que lo es todavía.

Monsieur de Charlus había tomado la costumbre de ha­blar muy alto, por nerviosismo, por buscar salidas para unas impresiones de las que -no habiendo cultivado nin­gún arte- tenía que desprenderse, como un aviador de sus bombas, aunque fuera en pleno campo, allí donde sus pa­labras no llegaban a nadie, y sobre todo en el mundo don­de caían también al azar y donde le escuchaban por sno­bismo, porque creían en él, y, hasta tal punto tiranizaba al auditorio, puede decirse que por fuerza y hasta por miedo. En los bulevares esta arenga era, además, una prueba de desprecio por los transeúntes, que no le hacían bajar la voz, como no le hacían desviar su camino. Pero llamaba la atención, sorprendía, y sobre todo hacía inteligibles a unas personas que volvían la cabeza aquellas palabras que podían hacernos detener por derrotistas. Se lo dije a mon­sieur de Charlus sin otro resultado que el de provocar su hilaridad.

-Reconocerá usted que sería gracioso -dijo-. Después de todo -añadió-, quién sabe, cualquiera de nosotros está ex­puesto cada noche a salir en los sucesos del día siguiente. En fin, ¿por qué no me van a fusilar a mí en los fosos de Vincen­nes? Lo mismo le ocurrió a mi tío abuelo el duque de En­ghien. La sed de sangre noble enloquece a cierto populacho, que en esto se muestra más refinado que los leones. Ya sabe usted que a estos animales les bastaría, para echarse sobre ella, que madame Verdurin tuviera un arañazo en las nari­ces. En lo que, en mi juventud, llamaríamos sus napias.

Y se echó a reír a carcajadas como si estuviéramos solos en un salón.

A veces, viendo a unos individuos bastante sospechosos que al paso de monsieur de Charlus salían de la sombra y se concentraban a cierta distancia de él, pensaba yo si le sería más agradable dejándole solo o no dejándole, como ocurre cuando encontramos a un viejo propenso a frecuentes ata­ques epileptiformes y, al ver por la incoherencia del paso la inminencia probable de un ataque, nos preguntamos si nuestra compañía es deseada como un apoyo o más bien te­mida como un testigo al que se quisiera ocultar la crisis y cuya sola presencia bastará quizá para apresurarla, mientras que quizá la calma absoluta lograra conjurarla. Pero la posi­bilidad del acontecimiento del que no sabemos si debemos apartarnos o no, se revela en el enfermo por las vueltas que da como un hombre borracho, mientras que, en monsieur de Charlus, estas diversas posiciones divergentes, señal de un posible incidente en el que no estaba bien seguro si el ba­rón deseaba o temía que mi presencia le impidiera producir­se, las ocupaba, como por un ingenioso truco de teatro, no el barón mismo, que seguía hacia delante muy derecho, sino todo un círculo de comparsas. De todos modos, creo que prefería evitar el encuentro, pues me llevó a una calle trans­versal, más oscura que el bulevar, y en la que, sin embargo, no dejaba éste de verter, a menos que afluyeran hacia él, solda­dos de todas las armas y de todas las naciones, aflujo juvenil, compensador y consolador para monsieur de Charlus, de aquel reflujo de todos los hombres en la frontera que, neumá­ticamente, hizo el vacío en París en los primeros tiempos de la movilización. Monsieur de Charlus no cesaba de admirar los brillantes uniformes que pasaban ante nosotros y que ha­cían de París una ciudad tan cosmopolita como un puerto, tan irreal como un decorado de pintor que sólo ha levantado unas arquitecturas como un pretexto para agrupar los trajes más variados y más esplendorosos. Conservaba todo su res­peto y todo su afecto a ciertas grandes damas acusadas de derrotismo, como en otro tiempo a las que fueron acusadas de dreyfusismo. Sólo lamentaba que, al rebajarse a hacer po­lítica, hubieran dado lugar «a las polémicas de los periodis­tas». Para él nada había cambiado en relación con ellas. Pues su frivolidad era tan sistemática que el linaje, unido a la be­lleza y a otros prestigios, era lo duradero, mientras que la guerra, como el asunto Dreyfus, eran modas vulgares y pa­sajeras. Así fusilaran a la duquesa de Guermantes por inten­to de paz separada con Austria, él la consideraría siempre tan noble y no más degradada que como vemos hoy a María Antonieta por haber sido condenada a la guillotina. En aquel momento, monsieur de Charlus, noble como una es­pecie de Saint-Vallier o de Saint-Mégrin, iba erguido, rígido, solemne, hablaba gravemente, no se le notaba, por un mo­mento, ninguna de esas maneras que denuncian a los de su gremio. Y, sin embargo, ¿por qué no puede haber ninguno que tenga alguna vez una voz absolutamente normal? Hasta cuando se aproximaba al tono más grave, la suya era desafi­nada, necesitada de un afinador. Por otra parte, monsieur de Charlus no sabía literalmente qué hacer, y levantaba a menu­do la cabeza con el pesar de no tener unos prismáticos, que por lo demás no le hubieran servido de mucho, pues, por causa de los zepelines de la víspera, que habían alertado la vigilancia de los poderes públicos, había militares en mayor número que de costumbre, los había hasta en el cielo. Los ae­roplanos que, unas horas antes, viera yo poner en el cielo azul unas manchas oscuras como insectos, pasaban ahora como luminosos brulotes en la noche, más profunda aún por la extinción parcial de los reverberos. La mayor impre­sión de belleza que nos hacían sentir aquellas estrellas hu­manas y fugaces era quizá sobre todo hacer mirar al cielo, hacia el cual levantamos poco los ojos habitualmente. En aquel París cuya belleza había visto yo, en 1914, amenazada y casi sin defensa, por el enemigo que se acercaba, había ciertamente, ahora como entonces, el mismo esplendor an­tiguo de una luna cruelmente, misteriosamente serena, que derramaba en los monumentos todavía intactos la inútil be­lleza de su luz; pero como en 1914, y más que en 1914, había también otra cosa, luces diferentes, resplandores intermi­tentes que, fueran de los aeroplanos, fueran de los reflecto­res de la torre Eiffel, sabíamos dirigidos por una voluntad in­teligente, por una vigilancia amiga que producía aquella misma clase de emoción, que inspiraba aquella misma espe­cie de gratitud y de calma que yo había experimentado en el cuarto de Saint-Loup, en la celda de aquel claustro militar donde tantos corazones fervientes y disciplinados ejercita­ban antes de que se consumase un día, sin la menor vacila­ción, en plena juventud, su sacrificio.

Después de la incursión de la antevíspera, en la que el cie­lo estuvo más agitado que la tierra, se calmó como el mar después de una tempestad. Mas, como el mar después de una tempestad, no había recobrado aún su calma absoluta. Todavía ascendían aeroplanos como cohetes a reunirse con las estrellas, y los reflectores paseaban lentamente, en el cielo parcelado como un pálido polvo de astros, de errantes vías lácteas. Pero los aeroplanos iban a insertarse en medio de las constelaciones, y al ver aquellas «estrellas nuevas» hubiéra­mos podido creernos efectivamente en otro hemisferio. Monsieur de Charlus me dijo su admiración por aquellos aviadores, y como no podía menos de dar libre curso a su germanofilia lo mismo que a sus otras inclinaciones, a la vez que las negaba, explicaba:

-De todos modos, debo añadir que admiro lo mismo a los alemanes que suben en sus gothas. Y en los zepelines, ¡qué va­lor hace falta! Son unos héroes, simplemente unos héroes. ¿Qué importa que tiren sobre civiles, puesto que las baterías ti­ran contra ellos? ¿Le dan a usted miedo los gothas y el cañón?

Le dije que no, y quizá me equivocaba. Como la pereza me había acostumbrado a ir aplazando mi trabajo para el día siguiente, me figuraba que podía ocurrir lo mismo con la muerte. ¿Cómo se va a tener miedo de un cañón cuando se está convencido de que ese día no nos alcanzará? Por otra parte, vistas aisladamente aquellas ideas de bombas lanza­das, de muerte posible, no añadían para mí nada trágico a la imagen que yo me formaba del paso de las aeronaves alema­nas, hasta que una de ellas, sacudida, segmentada a mis ojos por las oleadas de bruma de un cielo agitado, de un aeropla­no que, aunque le sabía mortífero, lo imaginaba sólo estelar y celeste, viera una noche el gesto de la bomba lanzada hacia nosotros. Pues la realidad originaria de un peligro se perci­be únicamente en esa cosa nueva, irreductible a lo que ya sa­bemos, que se llama una impresión y que muchas veces, como en este caso, se resume en una línea, una línea que describía una intención, una línea en la que había el poder latente de una realización que la deformaba, mientras que en el puente de la Concordia, en torno al aeroplano amena­zador y acorralado, y como si se reflejaran en las nubes las fuentes de los Champs-Elysées, de la plaza de la Concordia y de las Tullerías, los surtidores luminosos de los proyecto­res se doblaban en el cielo, líneas plenas de intenciones tam­bién, de intenciones previsoras y protectoras, de hombres poderosos y sabios a los que, como una noche en el cuartel de Doncières, estaba yo agradecido de que su fuerza se dig­nara tomarse el trabajo, con aquella precisión tan bella, de velar por nosotros.

La noche era tan hermosa como en 1914, y París estaba tan amenazado como entonces. La luna parecía como un suave magnesio continuo que permitía tomar, por última vez, unas imágenes nocturnas de aquellos bellos conjuntos como la plaza Vendôme, la plaza de la Concordia, a los que el miedo que yo tenía de los obuses que acaso iban a des­truirlos daba por contraste, en su belleza todavía intacta, una especie de plenitud, y como si se tendieran hacia adelan­te, ofreciendo a los golpes sus arquitecturas indefensas.

-¿No tiene usted miedo? -repitió monsieur de Charlus-. Los parisienses no se dan cuenta. Me dicen que madame Verdurin da reuniones todos los días. Sólo lo sé porque lo di­cen, yo no sé absolutamente nada de ellos, he roto por com­pleto -añadió bajando no solamente los ojos como si pasara un telegrafista, sino también la cabeza, los hombros, y levan­tando el brazo con el gesto que significa, si no «yo me lavo las manos», al menos «no puedo decirle nada» (aunque yo nada le preguntaba)-. Ya sé que Morel sigue yendo mucho a esa casa -me dijo, y fue la primera vez que volvió a hablarme de él-. Dicen que añora mucho el pasado, que desea reconci­liarse conmigo -añadió, demostrando a la vez la misma cre­dulidad del hombre del Faubourg que dice: «Se habla mucho de que Francia está tratando más que nunca con Alemania y hasta de que se han iniciado ya las negociaciones» y del ena­morado que no se da por vencido ni por los mayores sofio­nes-. En todo caso, si lo desea, no tiene más que decirlo, yo soy más viejo que él, no me toca a mí dar el primer paso.

Y, desde luego, no necesitaba decirlo, tan evidente era. Pero, además, ni siquiera era sincero, y por eso se sentía uno tan violento por monsieur de Charlus, pues se notaba que al decir que no le tocaba a él dar el primer paso, lo que hacía era darlo, esperando que yo me ofreciese a encargarme de la reconciliación.

Yo conocía, por supuesto, esta credulidad, inocente o fin­gida, de las personas enamoradas de alguien o que, simple­mente, no son recibidas en casa de alguien, y atribuyen a ese alguien un deseo que, sin embargo, no ha manifestado, a pe­sar de fastidiosas solicitaciones. Mas por el acento súbita­mente trémulo con que monsieur de Charlus tartamudeó es­tas palabras, por la mirada turbia que vacilaba en el fondo de sus ojos, tuve la impresión de que allí había otra cosa que una simple insistencia. No me equivocaba, y contaré en seguida los dos hechos que me lo demostraron retrospectivamente (me anticipo en muchos años al segundo de estos hechos, posterior a la muerte de monsieur de Charlus, muerte que no se produjo hasta mucho después, y tendremos ocasión de volver a verle varias veces muy diferente de como le hemos conocido, y sobre todo la última vez, en una época en que ha­bía olvidado por completo a Morel). En cuanto al primero de estos hechos, se produjo sólo dos o tres años después de la noche en que yo bajé por los bulevares con monsieur de Charlus. En fin, a los dos años de aquella noche encontré a Morel. Pensé en seguida en monsieur de Charlus, en la alegría que le daría volver a ver al violinista, e insistí para que fuera a verle, aunque sólo fuese una vez.

-Ha sido bueno con usted -le dije-, ya es viejo, puede mo­rir, hay que olvidar las viejas querellas y borrar las huellas de la riña. -Morel pareció enteramente de mi opinión en cuan­to a que la reconciliación era deseable, pero se negó categóri­camente a hacer ni una sola visita a monsieur de Charlus-. Hace usted mal -le dije-. ¿Es por testarudez, por pereza, por maldad, por amor propio mal entendido, por virtud (tenga la seguridad de que no será atacada), por coquetería?

Entonces el violinista, contrayendo la cara para una con­fesión que seguramente le costaba mucho, me contestó tem­blando:

-No, no es nada de todo eso; la virtud me tiene sin cuida­do; ¿por maldad?, al contrario, empiezo a tenerle lástima; tampoco por coquetería, setía inútil; ni por pereza, me paso días enteros sin nada que hacer. No, no es por nada de eso; es, no se lo diga nunca a nadie y soy un loco por decírselo: es, es... es... ¡por miedo! -y se echó a temblar con todos sus miembros. Le dije que no le entendía-. No, no me pregunte, no hablemos más, usted no le conoce como yo, puedo decir que no le conoce en absoluto.

-Pero ¿qué daño puede hacerle? Y menos cuando ya no habrá rencor entre ustedes. Y, además, usted sabe que en el fondo es muy bueno.

-¡Diablo, ya lo creo que lo sé! Y la delicadeza y la rectitud misma. Pero déjeme, no me hable más de eso, se lo ruego, da vergüenza decirlo: ¡tengo miedo!

El segundo hecho ocurrió después de la muerte de mon­sieur de Charlus. Me trajeron unos recuerdos que me dejó y una carta con triple sobre, escrita lo menos diez años antes de su muerte. Pero había estado gravemente enfermo, había tomado sus disposiciones, luego se restableció antes de caer más tarde en el estado en que le veremos el día de una fiesta en casa de la princesa de Guermantes. Y la carta, que esta­ba en una caja fuerte con los objetos que legaba a algunos amigos, había permanecido allí siete años, siete años duran­te los cuales olvidó enteramente a Morel. La carta, escrita con una letra fina y firme, decía así:
«Mi querido amigo: Los caminos de la providencia son desconocidos. A veces se vale del
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