En busca del tiempo perdido




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pistières. Seguramente en su infancia no había oído la «o» y esto le había quedado. Pronunciaba, pues, esta palabra incorrectamente, pero per­petuamente. A Francisca le chocaba al principio, pero acabó por decirlo también, para quejarse de que no hubiera esas cosas para las mujeres como para los hombres. Pero su hu­mildad y su admiración hacia el mayordomo le impedían decir nunca pissotières12, sino -con una ligera concesión a la costumbre- pissetières.

Francisca ya no dormía, ya no comía, pedía que le leyeran los comunicados, de los que no entendía nada; se lo pedía al mayordomo, que apenas entendía más que ella y cuyo deseo de atormentar a Francisca quedaba a veces dominado por una alegría patriótica; decía con una risa de simpatía refi­riéndose a los alemanes: «La cosa está que arde; nuestro vie­jo Joffre está empeñado en leur tirer des plans à la comète»13. Francisca no comprendía muy bien de qué cometa se trata­ba, pero por eso mismo se daba mejor cuenta de que esta frase formaba parte de las simpáticas y originales extrava­gancias a las que una persona bien educada debe responder con buen humor, por urbanidad y encogiéndose alegremen­te de hombros como diciendo: «Siempre es el mismo», y atemperaba sus lágrimas con una sonrisa. Por lo menos es­taba contenta de que su nuevo dependiente de carnicería, que a pesar de su oficio era bastante miedoso (aunque había empezado en los mataderos), no estuviera en edad de ir a la guerra. De estarlo, Francisca habría sido capaz de ir a ver al ministro de la Guerra para pedirle que le declararan inútil.

El mayordomo no podía imaginar que los comunicados no eran excelentes y que no nos acercábamos a Berlín, pues leía: «Hemos rechazado, con grandes pérdidas para el ene­migo, etc.», acciones que él celebraba como nuevas victorias. En cambio, a mí me asustaba la rapidez con que el teatro de estas victorias se acercaba a París, y hasta me asombró que el mayordomo, viendo en un comunicado que había tenido lu­gar una acción cerca de Lens, no se preocupara al ver en el periódico del día siguiente que la situación había cambiado a favor nuestro en Jouy-le-Vicomte, cuyos accesos dominá­bamos firmemente. Sin embargo, el mayordomo conocía bien el nombre de Jouy-le-Vicomte, que no estaba tan lejos de Combray. Pero los periódicos se leen como se ama, con una venda en los ojos. No se intenta entender los hechos. Se escuchan las dulces palabras del redactor jefe como se escu­chan las palabras de la amante. El vencido está contento por­que no se cree vencido, sino vencedor.

En todo caso, yo no me quedé mucho tiempo en París, sino que volví pronto a mi sanatorio. Aunque, en principio, el doctor tratara a los enfermos por el método del aislamien­to, me entregaron en dos ocasiones diferentes una carta de Gilberta y otra de Roberto. Gilberta me escribía (era aproxi­madamente en septiembre de 1914) que, a pesar de su gran deseo de quedarse en París para tener más fácilmente noti­cias de Roberto, las continuas incursiones de taubes sobre París le habían causado tal espanto, sobre todo por su niña pequeña, que huyó de París en el último tren que aún salía para Combray, que este tren ni siquiera había llegado a Combray y que pudo llegar a Tansonville gracias al carro de un campesino en el que hizo diez horas de un trayecto atroz. «Y figúrese lo que esperaba allí a su vieja amiga -me escribía Gilberta para terminar-. Me había marchado de París hu­yendo de los aviones alemanes, creyendo que en Tansonville estaría al abrigo de todo. No llevaba allí dos días cuando no se imagina usted lo que ocurría; los alemanes, que invadían la región después de derrotar a nuestras tropas cerca de La Fère, y un estado mayor alemán seguido de un regimiento que se presenta a la puerta de Tansonville y yo me veo obli­gada a alojarlo, y sin manera de escapar, ni un tren, nada.» O el estado mayor se había conducido bien en realidad, o había que ver en la carta de Gilberta un efecto por contagio del es­píritu de los Guermantes, que eran de estirpe bávara, empa­rentados con la más alta aristocracia de Alemania, pero el caso es que Gilberta contaba y no acababa sobre la perfecta educación del estado mayor, y hasta de los soldados, que sólo le habían pedido «permiso para coger uno de los —no me olvides” que crecían junto al estanque», buena educa­ción que comparaba con la violencia desordenada de los fu­gitivos franceses, que antes de que llegaran los generales ale­manes habían atravesado la finca destrozándolo todo. El caso es que, si la carta de Gilberta estaba en ciertos aspectos impregnada del espíritu de los Guermantes -otros dirían del internacionalismo judío, lo que probablemente no sería jus­to, como se verá-, la carta de Roberto que recibí bastantes meses más tarde era mucho más Saint-Loup que Guerman­tes, reflejando, además, toda la cultura liberal que Roberto había adquirido y, en suma, enteramente simpática. Desgra­ciadamente, no me hablaba de estrategia como en sus con­versaciones de Doncières y no me decía en qué medida esti­maba que la guerra confirmaba o contradecía los principios que entonces me expusiera. A lo sumo, me dijo que desde 1914 se habían sucedido en realidad varias guerras, influ­yendo las enseñanzas de cada una en la manera de conducir la siguiente. Y, por ejemplo, la teoría de la «penetración» fue completada por la tesis de que, antes de penetrar, había que machacar completamente con la artillería el terreno ocupa­do por el adversario. Pero después se comprobó que aquello imposibilitaba el avance de la infantería y de la artillería en unos terrenos donde los miles de hoyos de los obuses han producido otros tantos obstáculos. «La guerra -me decía- ­no escapa a las leyes de nuestro viejo Hegel. Está en perpe­tuo devenir.» Esto era poco para lo que yo hubiera querido saber. Pero lo que más me contrariaba era que no tenía dere­cho a citarme nombres de generales. Y, además, por lo poco que me decía el periódico, no eran aquellos de los que tanto me preocupaba en Doncières saber cuáles se comportarían con más valor en una guerra quienes conducían ésta. Geslin de Bourgogne, Galliffet, Négrier habían muerto. Pan había dejado el servicio activo casi al principio de la guerra. De Joffre, de Foch, de Castelnau, de Pétain, no habíamos habla­do nunca. «Amigo mío -me escribía Roberto-, reconozco que esas consignas, como “no pasarán” o “venceremos”, no son agradables; durante mucho tiempo me han dado tanto dolor de muelas como poilu y lo demás, y desde luego es fas­tidioso levantar una epopeya sobre unas palabras que son peor que una falta gramatical o una falta de buen gusto, son esa cosa contradictoria y atroz, una afectación, una de esas presunciones vulgares que tanto detestamos, como, por ejemplo, esa gente que cree muy ingenioso decir “la coco” en vez de “la cocaína”. Pero si tú vieras a toda esta gente, sobre todo a la gente del pueblo, a los obreros, a los pequeños co­merciantes, que no sospechaban el heroísmo que llevaban dentro y habrían muerto en la cama sin haberlo sospechado, si los vieras correr bajo las balas para socorrer a un compa­ñero, para transportar a un jefe herido, y, heridos ellos mismos, sonreír en el momento que van a morir porque el médico jefe les dice que se ha tomado la trinchera a los ale­manes, te aseguro, hijito, que esto da una hermosa idea de los franceses y que hace entender las épocas históricas que en las clases nos parecían un poco extraordinarias. La epo­peya es tan magnífica que tú pensarías como yo que las pa­labras ya no son nada. Rodin o Maillol podrían hacer una obra maestra con una materia horrible que ya no se recono­cería. En contacto con tal grandeza, poilu es para mí una cosa de la que ya ni siquiera sé si, al principio, pudo contener una alusión o una burla, como, por ejemplo, cuando leemos “chouans”. Pero ya veo poilu presto para grandes poetas, como las palabras “diluvio”, o “Cristo”, o “bárbaros”, que estaban ya penetradas de grandeza antes de que las usaran Hugo, Vigny o los demás. Te digo que el pueblo, los obreros, es lo mejor que hay, pero todo el mundo está bien. El pobre pequeño Vaugoubert, el hijo del embajador, fue herido siete veces antes de que le mataran, y cada vez que volvía de una expedición sin haber atrapado una bala, parecía que se dis­culpaba y que decía que no era culpa suya. Era una criatura encantadora. Nos hicimos muy amigos; a los pobres padres les autorizaron a venir al entierro con la condición de no ves­tir de luto y de no quedarse más de cinco minutos por causa de los bombardeos. La madre, un caballote que quizá cono­ces, quizá tenía mucha pena, pero no se le notaba nada, pero el pobre padre se encontraba en tal estado que te aseguro que yo, que me he vuelto completamente insensible a fuerza de ver la cabeza del compañero que me está hablando súbi­tamente destrozada por un torpedo y hasta separada del tronco, no me podía contener al ver el derrumbamiento del pobre Vaugoubert, que no era más que una especie de guiñapo. Por más que el general le dijera que era por Fran­cia, que su hijo se había portado como un héroe, todo esto no servía más que para aumentar los sollozos del pobre hombre, que no podía apartarse del cadáver de su hijo. En fin, por eso hay que habituarse al “no pasarán”; toda esa gen­te, como mi pobre asistente, como Vaugoubert, han impedi­do a los alemanes pasar. Quizá a ti te parece que no avanza­mos mucho, pero no hay que razonar; un ejército se siente victorioso por una impresión íntima, como un moribundo se siente perdido. Pero sabemos que conseguiremos la victo­ria y la queremos para dictar una paz justa, no quiero decir solamente justa para nosotros, verdaderamente justa, justa para los franceses, justa para los alemanes.»

Claro que el «azote» no había elevado la inteligencia de Saint-Loup por encima de sí misma. De análoga manera que el héroe de una inteligencia mediocre y trivial que escribe poemas durante su convalecencia se sitúa para describir la guerra no al nivel de los acontecimientos, que no son nada en sí mismos, sino de la vulgar estética cuyas reglas siguie­ron hasta entonces, hablando como hablarían diez años an­tes de la «sangrienta aurora», del «vuelo estremecido de la victoria», etc., Saint-Loup, por su parte, mucho más inteli­gente y artista, seguía siendo inteligente y artista, y apuntaba con buen gusto para mí algunos paisajes, mientras estaba inmovilizado al borde de un bosque pantanoso, pero como si estuviera allí cazando patos. Para hacerme comprender ciertos contrastes de sombra y de luz que habían sido «el en­canto de su madrugada», me citaba ciertos cuadros que a los dos nos gustaban y no dudaba en aludir a una página de Ro­main Rolland, hasta de Nietzsche, por esa independencia de las personas del frente que no temían, como los de la reta­guardia, pronunciar un nombre alemán, y hasta con esa punta de coquetería en citar a un enemigo que ponía, por ejemplo, el coronel Du Paty de Clam, en la sala de testigos del asunto Zola, en recitar al paso ante Pierre Quillard, poeta dreyfusista de la mayor violencia y al que, por lo demás, no conocía, unos versos de su drama simbolista La fille aux mains coupées. Si Saint-Loup me hablaba de una melodía de Schumann, daba el título en alemán y no andaba con circun­locuciones para decirme que cuando, al amanecer, oyó un primer gorgeo en la orilla de aquel bosque, sintió el mismo arrobo que si le hubiera hablado el pájaro de aquel «sublime Siegfried» que esperaba oír después de la guerra.

Y ahora, a mi segunda vuelta a París, recibí, al día siguiente de llegar, otra carta de Gilberta, que seguramente había olvi­dado la que he transcrito, o al menos su sentido, pues de su salida de París a finales de 1914 hablaba retrospectivamente de manera bastante distinta. «Quizá no sabe usted, querido amigo -me decía-, que llevo ya dos años en Tansonville. Lle­gué al mismo tiempo que los alemanes; todo el mundo que­ría impedirme que me marchara. Me llamaban loca. “Pero -me decían- está usted segura en París y se va a esas zonas in­vadidas, precisamente en el momento en que todo el mundo procura salir de ellas.” Yo no ignoraba todo lo que este razo­namiento tenía de justo. Pero qué quiere usted, yo no tengo más que una cualidad, que no soy cobarde o, si lo prefiere, que soy fiel, y cuando supe que mi querido Tansonville estaba amenazado, no quise que nuestro viejo administrador estu­viera solo para defenderlo, me parecía que mi sitio estaba a su lado. Y gracias a esta resolución he podido salvar más o me­nos el castillo -cuando todos los de las inmediaciones, aban­donados por sus propietarios enloquecidos, han quedado destruidos casi por completo-, y no sólo salvar el castillo, sino las preciosas colecciones que tanto quería mi querido papá.» En una palabra, Gilberta estaba ahora convencida de que no había ido a Tansonville, como me escribió en 1914, huyendo de los alemanes y para ponerse a salvo, sino al con­trario, para salirles al encuentro y defender contra ellos su castillo. De todos modos, no se quedaron en Tansonville, pero Gilberta no dejó de tener en su casa un vaivén constante de militares que rebasaba con mucho al que le hacía derra­mar lágrimas a Francisca en la calle de Combray, de llevar, como ella decía, esta vez con toda verdad, la vida del frente. Y los periódicos hablaban con los mayores elogios de su admi­rable conducta y se trataba de condecorarla. El final de su carta era absolutamente exacto. «No tiene usted idea, queri­do amigo, de lo que es esta guerra y de la importancia que en ella adquiere una carretera, un puente, una loma. Cuántas ve­ces he pensado en usted, en los paseos, deliciosos gracias a usted, que dábamos juntos por toda esta región hoy asolada, mientras se libran inmensos combates por la posesión de un camino, de un cerro que a usted le gustaba, adonde tantas ve­ces fuimos juntos. Probablemente, usted como yo no se ima­ginaba que el oscuro Roussainville y el aburrido Méséglise, de donde nos traían las cartas y a donde íbamos a buscar al doctor cuando usted estuvo malo, llegarían a ser lugares fa­mosos. Bueno, querido amigo, han entrado para siempre en la gloria con la misma razón que Austerlitz o Valmy. La bata­lla de Méséglise ha durado más de ocho meses, los alemanes perdieron en ella más de seiscientos mil hombres, destruye­ron Méséglise, pero no lo tomaron. El caminito que tanto le gustaba a usted, que llamábamos la Cuesta de los Majuelos y donde usted decía que se había enamorado de mí cuando era pequeño, cuando le aseguro de verdad que era yo quien esta­ba enamorada de usted, no puedo decirle la importancia que ha tomado. El inmenso campo de trigo al que va a parar es la famosa cota 307, cuyo nombre ha debido de ver muchas ve­ces en los comunicados. Los franceses volaron el puentecito sobre el Vivonne, que, decía usted, no le recordaba su infan­cia tanto como usted quisiera, y los alemanes tendieron otros; durante un año, ellos tuvieron medio Combray y no­sotros otro medio.»

Al día siguiente de recibir esta carta, es decir, la antevíspe­ra del día en que, caminando en la oscuridad, oía el ruido de mis pasos, mientras yo rumiaba todos aquellos recuerdos, Saint-Loup, que había venido del frente y se disponía a vol­ver a él, me hizo una visita de sólo unos segundos, cuyo anuncio me emocionó violentamente. Francisca quiso pre­cipitarse sobre él, esperando que podría conseguir que de­clararan inútil al tímido dependiente de la carnicería, cuya quinta iba a ser movilizada al año siguiente. Pero ella misma se detuvo por la inutilidad de tal gestión, pues el tímido ma­tarife de animales había cambiado de carnicería desde hacía mucho tiempo. Y bien fuera porque la nuestra temiera per­dernos como clientes, bien de buena fe, le dijo a Francisca que no sabía dónde estaba empleado aquel mozo, quien, por lo demás, no sería nunca un buen carnicero. Francisca buscó por todas partes. Mas París es grande, numerosas las carni­cerías y, por más que entró en muchas, no pudo encontrar al mozo tímido y ensangrentado.

Cuando Saint-Loup entró en mi cuarto, me acerqué a él con ese sentimiento de timidez, con esa impresión de cosa sobrenatural que producían en el fondo todos los militares de permiso y que sentimos cuando entramos en casa de una persona herida de una enfermedad mortal y que, sin embar­go, se levanta, se viste y pasea todavía. Parecía (sobre todo había parecido al principio, pues para quien no había vivido como yo lejos de París llegó la costumbre que quita a las co­sas que hemos visto varias veces la raíz de impresión profunda y de pensamiento que les da su sentido real), parecía casi que hubiera algo de cruel en aquellos permisos dados a los com­batientes. Las primeras veces nos decíamos: «No querrán vol­ver a marcharse, desertarán». Y en realidad no sólo venían de lugares que nos parecían irreales porque no habíamos oído hablar de ellos más que por los periódicos y no podía­mos figurarnos que hubieran podido tomar parte en aque­llos combates titánicos y volver con sólo una contusión en el hombro; era de las riberas de la muerte, a las que iban a vol­ver, de donde venían a pasar un momento entre nosotros, incomprensibles para nosotros, llenándonos de ternura y de espanto y de un sentimiento de misterio, como esos muertos que evocamos, que se nos aparecen un segundo, a los que no nos atrevemos a interrogar y que, por lo demás, podrían a lo sumo contestarnos: «No podrías imaginarlo». Pues es ex­traordinario hasta qué punto, entre esos salvados del fuego que son los militares de permiso, entre los vivos o los muer­tos que un médium hipnotiza o evoca, el único efecto del contacto con el misterio consiste en acentuar, si ello es posi­ble, la insignificancia de las palabras. Así abordé yo a Rober­to, que tenía aún en la frente una cicatriz, más augusta y más misteriosa para mí que la huella dejada en el suelo por el pie de un gigante. Y no me atreví a preguntarle y no me dijo más que palabras sencillas. Y palabras muy poco diferentes de lo que hubieran sido antes de la guerra, como si, a pesar de ella, la gente siguiera siendo como era; el tono de las conversacio­nes era el mismo, sólo cambiaba el tema, y no mucho.

Creí entender que Roberto había encontrado en el ejército recursos que le hicieron olvidar poco a poco que Morel se había portado con él tan mal como con su tío. Sin embargo, le seguía teniendo una gran amistad y, de pronto, sentía grandes deseos de verle, pero lo iba aplazando continua­mente. A mí me pareció más delicado con Gilberta no indi­car a Roberto que, para ver a Morel, no tenía más que ir a casa de madame Verdurin.

Le dije con humildad lo poco que se notaba la guerra en París. Me dijo que hasta en París la cosa resultaba a veces «bastante inusitada». Aludía a una incursión de
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