Amarse con los ojos abiertos jorge bucay y silvia salinas




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títuloAmarse con los ojos abiertos jorge bucay y silvia salinas
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CAPÍTULO 2

Estacionó el auto frente al edificio de departamentos donde vivía Cristina. Estaba inusualmente alegre, sentía que había llegado hasta allí sin historia.
Planeaba un encuentro nuevo, una nueva propuesta: una pareja estructurada en función del mutuo crecimiento.

Sonaba maravilloso.
Se miró en el espejo retrovisor y ensayó su mejor sonrisa, luego bajó del auto y al llegar al portero eléctrico tocó el 4º A.

- ¿Sí?... -atendió Cristina.
- Soy yo -dijo Roberto.
- Bajo -dijo ella.

Roberto se apoyó sobre el marco de la puerta y desenfocó la mirada hacia la calle; los autos pasaban, algunos aceleraban adelantándose a los que, por el contrario, se desplazaban a paso de hombre. Unos y otros se detenían en el semáforo de la esquina.
Se le ocurrió pensar que así era su vida, muchísimos hechos pasando desenfocados, algunos increíblemente rápidos, otros demasiado lentos, pero todos pasando y pasando en incansable caravana.
"Qué tonto sería que un hecho se quedara detenido, en mitad del camino, interrumpiendo el paso de los que siguen -pensó-, y sin embargo, a veces, mi vida se parece mucho a un gran atascamiento..."

Cristina tardaba demasiado.

Me lo hace a propósito -pensó-, se está haciendo la interesante".
Empezó a irritarse.

"La puta madre, yo vengo con la mejor onda y ella me..."

Se interrumpió.

"Qué me pasa a mí -recordó-, por qué me irrita tanto estar esperándola. Por qué me irrita tanto esperar.
También me molesta esperar al cliente que no llama... y la respuesta de un mensaje... y a que me atiendan en un bar... y a que se encienda la computadora. Me molesta esperar... -y siguió- ¿Qué me pasa que me molesta esperar?"

Siempre le había fastidiado la sensación de estar perdiendo el tiempo.
Recordó al mercader del Principito, vendía pastillas para no tener que perder tiempo tomando agua. Uno podía ahorrar hasta 20 minutos en una semana, promocionaba el mercader. Y el principito había pensado: "Si yo tuviera 20 minutos libres, los usaría para caminar lentamente hacia una fuente.

'Perdiendo el tiempo... -se dijo-. ¿Cómo se puede perder lo que no se posee? ¿Cómo se puede conservar lo que no es posible retener?"

"Si pudiera elegir... ¿Qué querría hacer si dispusiera de 20 minutos de más?"

Sonrió.

"Sería muy buena inversión usarlos en esperar el encuentro con la persona amada."

Reacomodó su espalda contra la pared y siguió mirando la calle. Vio los autos que circulaban más espaciados; uno gris, otro azul y otro blanco, una camioneta marrón, una moto, un auto enormemente negro; y luego, por unos instantes, nada.
De pronto, la calle vacía de autos.
De pronto, su mente vacía de pensamientos.
Se sintió sereno, y su sonrisa se extendió a cada músculo de su cara.
Cristina tardó todavía algunos minutos más, quince... veinte..., quién sabe.
Roberto no registraba el paso del tiempo, todo su universo estaba conformado por él, la calle y el descubrimiento del vacío.
La voz de Cristina lo interrumpió.

- Aquí estoy.
- Hola -contestó Roberto intentando volver al mundo de lo tangible.
- Como siempre llegas tarde... -se justificó ella- me puse a hacer otras cosas y entonces, cuando viniste temprano, no estaba lista.

Roberto ya sabía cómo seguía esta discusión.

- Yo no llegué temprano -habría dicho él- llegué a horario.
- En vos, querido -habría dicho ella-, llegar a horario es llegar temprano.

Y el habría contestado

- ¿Todavía que te tuve que esperar más  de media hora me querés echar la culpa a mí?

Cristina, fastidiada por quedar al descubierto, seguramente hubiera optado por el contraataque.

Mira Roberto -siempre lo llamaba por su nombre cuando se enojaba-, con todas la veces que yo te esperé, podes esperar una vez y callarte la boquita.

Y todo hubiera seguido como siempre.

-Yo no dije nada, vos empezaste cuando quisiste "enchufarme" que tu tardanza se debía a mis
llegadas tarde.
- Sí, empezaste con ese hola de mierda con que me recibiste.
Y ese habría sido el comienzo del fin. Cristina habría continuado.

- Si me invitaste a salir para esto, te hubieras quedado en tu casa
 Y Roberto hubiera cerrado con
- Tenés razón ¡ Chau!

Ella habría subido murmurando algunas palabrotas y él habría dejado el auto allí estacionado para caminar algunas cuadras hasta dejar la mufa o hasta animarse -se diría- a terminar con esta relación; echándole la culpa a ella de su infelicidad y sabiendo que Cristina lo responsabilizaría de todo a él.

Pero esta vez no, esta vez era diferente. Estaba dispuesto a explorar hasta el final lo que había aprendido.

"Ella está defendiéndose, justificándose, agresiva, como protegiéndose de mi enojo", pensó. "Pero ¿qué me pasa a mí? ¿Estoy enojado? Absolutamente no", se contestó.

Quizás su "hola" había sonado a reproche, o acaso Cristina había bajado esperando el reproche y leyó como tal cualquier cosa que él dijera. En todo caso valdría la pena aclararlo.

- Tranquila Cristina -dijo-, está todo bien.
- No seas sarcástico -acusó ella.
- No lo estoy siendo -agregó Roberto-, la verdad es que estuve pensando algunas cosas y ni me di cuenta de tu tardanza.
- Te odio cuando tenés ese aire de superado -insistió Cristina buscando la pelea perdida-, además no te creo una palabra.
¿Así que yo tardé cuarenta y cinco minutos y vos ni si siquiera lo notaste...? ¡¡¡Ge!!!

"Asombroso" -pensó Roberto y sonrió otra vez al recordar la sensación de la calle vacía dentro de él.
- Lamento que no me creas, Cristina -empezó a explicar-, pero la verdad es que no estoy enojado. En todo caso si tengo que decirte cómo estoy respecto de vos y de la tardanza, la palabra sería agradecido.
- ¿Agradecido? -preguntó Cristina- ¿Agradecido?
-  Agradecido.

Roberto se acercó y le dio un beso en la mejilla.
Después la miró largamente mientras la sostenía con suavidad por los brazos.

- Valía la pena la tardanza -dijo Roberto-, estás hermosa.

Se abrazaron con ternura. Luego, él la tomó del hombro guiándola hacia el auto.

No se durmieron hasta las cinco de la mañana. La charla con Cristina fue muy interesante y trascendente.
Leyeron juntos los dos e-mail de Laura y pasaron por alto las previsiblemente largas explicaciones sobre el origen de los textos.
Cristina se mostró bastante escéptica respecto del contenido. Acordaba con muchas cosas pero tenía -dijo-algunos desacuerdos.
Hablaron mucho sobre esos desacuerdos. Roberto se encontró siendo inusualmente respetuoso de las posturas de ella.
Por un lado, Cristina decía que el planteo le parecía un consuelo para tontos.

- Esto de aliviarse porque lo que yo no tengo no lo tiene nadie me parece estúpido... Además -dijo- me parece demasiado "psicologismo" pensar nada más que en lo de uno. ¿Y si el otro realmente está equivocado? ¿Y si el otro está objetivamente actuando mal, dañinamente o agresivamente o inadecuadamente?...
Por otro lado, ella sostenía que la propuesta partía de una idea conformista. Repitió dos o tres veces la frase "hagamos lo Posible" acentuando su crítica en "lo posible".
- ¿Quién sabe qué es "lo posible"? ¿Por qué debería dejar de buscar mi compañero ideal Para tener juntos una relación maravillosa? -concluyó.
Algunos comentarios de ella hicieron que Roberto se diera cuenta de sus propias contradicciones.
Él siempre había vivido criticando a los que se conformaban sin luchar y, de alguna manera, el planteo, escuchado en boca de Cristina, se parecía a "resignarse a la mediocridad".
"Tiene razón", pensó Roberto, y a diferencia de otras veces, se lo dijo.

- Tenés razón, no lo había pensado.

Esa frase fue la llave que abrió una puerta interior en Cristina. A partir de allí la Conversación se volvió más jugosa y más esclarecedora.
Estuvieron de acuerdo en que ni el amor ni la pareja deben dañarse para salvar al otro. Acordaron que en su propia relación intentarían poner más el acento en mirar qué le pasaba a cada uno en todo momento.

- Es verdad -dijo Cristina-, por ejemplo anoche, cuando bajé, pensaba encontrarte enojado. Y en lugar de ver lo que me pasaba a mí, actué como si realmente me estuvieras reprochando la tardanza. Ahora puedo ver que en realidad era yo la que estaba enojada cuando te vi.
- Bueno -dijo Roberto-, ya fue.
- Valió la pena -dijo Cristina.
- Valió LA PENA -remarcó Roberto.

Esa noche hicieron el amor gloriosamente. Y a pesar de que Roberto sentía que nunca había estado tan en contacto con su propio placer, con sus propias sensaciones y ocupado en su propio orgasmo, le pareció que Cristina también había disfrutado del sexo más que otras veces.

Confirmó esa sensación cuando apagó el velador de su lado y vio cómo Cristina se incorporaba en la cama, lo miraba con una sonrisa y le decía esa frase, que en el folklore lúdico interno de esa pareja era señal de máxima aprobación:
- Muy bien Gómez.... muy bien.
Roberto le devolvió la sonrisa y le guiñó un ojo. Ella lo miró todavía una vez más y se dio vuelta, apagó la luz, se acurrucó en la cama cerca del cuerpo de él y cerró los ojos.
Unos segundos después susurraba entre dormida, como hablándose a sí misma:

- ...muy bien.

Alrededor de las dos de la tarde, apenas sintió que estaba despierto, Roberto tanteó la cama buscándola pero no la encontró.
Si bien Cristina le había avisado que al mediodía se iría al asado en casa de Adriana, Roberto se había dormido seguro de que ella dejaría plantada a su amiga, como tantas otras veces, y se quedaría con él.
Se levantó bufando y con el mismo humor calentó el café que había quedado de la noche. Revolvió el renegrido líquido y hundió en el remolino del centro su sensación de conquista del paraíso.
Ella se había ido. Ella prefería ese estúpido asado a un maravilloso reencuentro.
"¡Carajo!", masculló.
Tomó el café sin animarse a sentirle el gusto. ¿Qué diría Laura de todo esto?
Encendió la computadora, buscó entre los mensajes recibidos y... ahí estaba.


Entonces ¿para qué estar en pareja?
Usamos nuestros ojos para vernos y reconocernos.
Podemos mirarnos las manos, los pies y el ombligo...
Sin embargo, hay partes de nosotros que nunca nos hemos visto directamente, como nuestro rostro, tan importante e identificatorio que cuesta creer que nunca lo podremos percibir con nuestros propios ojos...
Para conocer visualmente estas partes ocultas a nuestra mirada necesitamos un espejo.
Del mismo modo, en nuestra personalidad, en nuestra manera de ser en el mundo, hay aspectos ocultos a nuestra percepción.
Para verlos necesitamos, aquí también, un espejo... y el único espejo donde podríamos llegar a vernos es el otro. La mirada de otro me muestra lo que mis ojos no pueden ver.
Así como sucede en la realidad física, la precisión de lo reflejado depende de la calidad del espejo y de la distancia desde donde me mire. Cuanto más preciso sea el espejo, más detallada y fiel será la imagen. Cuanto más cerca esté para mirar mi imagen reflejada, más clara será mi percepción de mí mismo.
El mejor, el más preciso y cruel de los espejos, es la relación de pareja: único vínculo donde podrían reflejarse de cerca mis peores y mis mejores aspectos.

Los miembros. de las parejas que nos consultan pierden mucho tiempo tratando de convencer al otro de que hace las cosas mal. La idea es que aprendan a pactar en lugar de transformarse en jueces o querer cambiar al otro.
Si te muestro permanentemente tus errores, si vivo para mostrarte cómo deberías haber actuado, si me ocupo de señalarte la forma en que se hacen las cosas, quizás consiga (quizás), que te sientas un idiota, o peor, que te vayas de mi lado, o peor aún, que te quedes para aborrecerme.
Quiero que me escuches con escucha verdadera, con la oreja que le ponemos al interés, al deseo, al amor. Si en verdad quiero ser escuchado, entonces debo aprender a hablarte de mí, de lo que yo necesito, y en todo caso, de lo que a mí me pasa con las actitudes que vos tenés. Esta sola modificación hará probablemente que te resulte mucho más fácil escucharme.

Gran parte del trabajo en la terapia de pareja consiste en ayudar a cada uno a estar siempre conectado con lo que le está pasando y no con hablar del otro. Es decir, utilizar los conflictos para ver qué me pasa a mí y para hablar de ello. La idea de esta terapia es ayudar a dos personas que se fueron cerrando para que puedan abrirse. Generalmente llegan llenos de resentimientos, de cosas no expresadas, y la tarea del terapeuta es ayudarlos a soltarse, a decir lo que tienen miedo de decir, a mostrar su dolor.
¿Cómo ayudar a que dos personas vuelvan a abrirse, a mostrarse, a confiar? Básicamente generando un clima de apertura en el consultorio, ayudándolos a aflojarse, a mostrar sus necesidades.
Uno de los objetivos de la terapia es que el encuentro se produzca. Es verdad que un encuentro no puede forzarse, se da o no se da, pero hay actitudes específicas que ayudan. Lo que hacemos los terapeutas es observar qué hace cada uno de los integrantes de la pareja para evitar el encuentro, con la idea de mostrarles cómo lo impide cada uno.
La manera de no impedir el encuentro es estar presente, en contacto con lo que me va pasando. Lo mismo en cuanto a mi pareja; ver qué está necesitando, cuál es su dolor.
Vemos otra vez cómo los conflictos son una oportunidad para descubrirme, conocerme, estar en contacto con lo que me pasa y aprender de ello.

Las parejas consultan porque están haciendo lo opuesto.
Cada vez que el vínculo entra en conflicto, cada uno comienza a interpretar al otro, a decirle lo que tiene que hacer, a responsabilizarlo de lo indeseable.
Es norma que este esfuerzo culpógeno, la mayoría de las veces, no sirve para nada, y las demás veces..., termina por arruinar todo.

La propuesta que hacemos no es novedosa pero sí fundamental:
Recuperar la responsabilidad de la propia vida.

En la práctica, que el que trae la queja de la situación sea capaz de contestarse a la pregunta: ¿Qué hago yo para que la situación se dé como se está dando?
Esto NO quiere decir que se haga único responsable de la situación, pero lo ayuda a revisar sus actitudes.
¿Qué otra cosa podría hacer para generar algo que resultara mejor?

Aquel de los dos que se quede "enganchado" en que el otro es el culpable y se sienta la víctima de las circunstancias, no evolucionará, se quedará estancado y frenará la evolución de la pareja.

Es responsabilidad de los terapeutas ayudar a los miembros de una pareja a dejar de jugar el juego de "pobrecito yo", para revisar qué otras posibilidades tienen, para encontrarle a la situación una salida creativa. Ayudarlos a usar el conflicto para ver qué pueden desarrollar por sí mismos, descubrir cuáles son los puntos ciegos en los que se pierden y en qué obstáculos se quedan atascados.

Según nuestra experiencia, esta mirada es la única que los puede llevar a pensar en sus posibilidades, volverse potentes, en el sentido de desarrollar potencialidades, sentirse más creativos y, por ende, libres.

Este es el camino en el que creemos y el que intentamos transmitir.
No esperar ni desear una vida donde no haya conflictos, sino verlos como una oportunidad para desarrollarse.
Aprender a aprovechar cada dificultad que encontramos en el camino para ahondarla más, para conectarnos con más profundidad no sólo con nuestra pareja sino también con nuestra propia condición de estar vivos.
Fritz Peris solía decir que el 80% de toda nuestra percepción del mundo es pura proyección... Y cuentan que después de decirlo miraba a los ojos al interlocutor y agregaba "... y la mayor parte del restante 20%... también".

Cuando las personas expresan sus quejas sobre lo que les ocurre, hay que investigar qué es "lo propio" en la persona que se está quejando .Si a él, por ejemplo, le molesta el egoísmo de su compañera, puede ser porque se pelea con su propia parte egoísta, porque no se anima a reconocerla o porque no se da el permiso de privilegiarse.
Su camino en todo caso pasará por revisar qué le pasa con SU egoísmo y trabajar sobre eso, dejando que el otro sea como quiera (o como pueda).

Tomemos otro tema crucial para las parejas: el reparto de tareas. Si lo que ella necesita es que él se ocupe de determinadas tareas de la casa, lo que puede hacer es negociar con él para ver qué hace cada uno y llegar a un acuerdo. Por el contrario, si en lugar de eso ella gasta su tiempo en demostrarle que es egoísta, y lo compara con su madre ("que es igual a vos"), no llegará a ningún lado (de hecho no hay nada peor que mencionar a las madres en las peleas).
Una frase apropiada sería: "Vos podes ser como quieras, pero de todas maneras pactemos y convengamos quién va al supermercado".
Abrir el sentido de la comunicación es un camino mucho más efectivo y sensato que tratar de demostrase lo egoísta o lo generoso que cada uno pueda ser.

Como terapeutas nos gusta proponer este pequeño "juego":

Pedimos al paciente en sesión que deje fluir las acusaciones que guarda contra ese que está sentado enfrente, que deje que se transformen en insultos: tonto, avaro, agresivo o lo que sea. Lo alentamos a que se anime, grite, apunte con su dedo índice acusatoriamente a su acompañante y deje salir los insultos guardados. Después de unos segundos le pedimos que se quede inmóvil en esa posición. Ahora dirigimos su atención hacia su mano y le mostramos un hecho simbólico y muchas veces revelador:
Mientras señala con un dedo al acusado, tres dedos señalan en dirección a sí mismo... El dedo medio, el anular y el meñique le están diciendo que quizás él mismo sea tres veces más avaro, tres veces más tonto y tres veces más agresivo que aquel a quien acusa.
Cuando algo me molesta del otro, casi siempre significa que en realidad me molesta de mí. Si yo no estoy en conflicto con ese aspecto, no me molesta que otro lo tenga. De manera que siempre mi pregunta es: ¿por qué me irrita esto del otro?, ¿qué tiene que ver conmigo?
Aprovechar los conflictos para el crecimiento personal, de eso se trata. En lugar de utilizar mi energía para cambiar al otro, utilizarla para observar qué hay de mí en eso que me molesta.

- ¡Mi egoísmo!! -le gritó Roberto a la pantalla
. ...Y apagó la computadora.
CAPÍTULO 3

Panchos.
Eso era lo único que había podido preparar con lo que le quedaba en la heladera. Seguramente Cristina estaba
disfrutando de un buen asado, divirtiéndose con sus amigas y ni siquiera pensaba en él. ¿Y él era el egoísta? Ella lo estaba pasando bárbaro mientras él tenía que dejar el envase de mostaza diez minutos boca abajo para que salieran unas míseras gotas con las que condimentar las salchichas. Y encima tenía que aguantar que esa Laura le dijera que el egoísta era él.
Dio un gran mordisco al último pancho.

- Ni me conoce.... -dijo en voz alta y con la boca llena.

¿Qué sabia ella? Como si alguien pudiera decir algo que le sirviera a todo el mundo.
Pero se había acabado, no iba a leer más esos mensajes.
Tampoco iba a escribir la nota avisando que la dirección estaba mal, y si los mail nunca le llegaban al tal Freddy, mejor. Porque igual no servían para nada.
¿De que servía olvidarse de tener una relación ideal, de qué servía no enojarse con el otro, de qué servía fijarse qué le molestaba a uno, de qué servía crecer, si al final ella igualmente se iba?
Al final ella se iba y lo dejaba solo.

Roberto se levantó de la mesa y se dirigió a la cocina para lavar las pocas cosas que había usado. Mientras
sentía en las manos el agua caliente no podía dejar de pensar que en otra época Cristina se hubiera quedado.
Tal vez ya no lo quena, es decir, no como antes; ya no lo elegía por sobre las demás cosas. Quizás él tampoco
la quería como al principio.
Cerró la canilla y se secó lentamente las manos con el repasador, como si la minuciosidad del gesto fuese el
correlato de su preocupación. Con paso incierto fue hasta su cuarto y se tiró en la cama.
Al cabo de unos segundos se levantó y se encerró en el baño. Unos minutos mas tarde y sin resultados volvió
para acostarse, pero antes de que su cabeza tocara la almohada se incorporó otra vez.
Fue a la cocina, abrió la heladera y se quedó contemplando los envases buscando algo que lo tentara.... Nada lo convencía, así que cerró la puerta verificando que los burletes no quedaran separados.
Luego salió al balcón, pasaron algunos coches, entró.
Una vez en su cuarto se quedó un momento en la puerta como si vacilara, después se sentó frente a la
computadora.
Jugó al buscaminas; no lograba concentrarse, una y otra vez terminaba por hacer explotar las pequeñas bombas.
Cerró el juego y se quedó mirando los iconos en su pantalla:
una computadora... una hoja de papel con una lapicera arriba... un mazo de cartas... un globo terráqueo... una lupa... un pequeño teléfono amarillo..., la conexión con Internet.
Miró a su alrededor como corroborando que nadie lo observaba... Estaba por hacer todo lo contrario de lo
que se había prometido.
Entró en su correo electrónico. Ya sin sorpresa encontró el mail de Laura.

Tal vez nadie podía decir algo que le sirviera a todos -se dijo a sí mismo-, pero quizás sí habría algo en este
mensaje, algo, aunque fuera una sola frase, que le sirviera a él para aclarar qué le pasaba con Cristina, si la amaba o no, por qué se enojaba con ella, y por qué empezaba a preguntarse cómo sería Laura, cuántos
años tendría, qué relación tendría con Freddy.

Querido Freddy:
Estuve pensando muchas cosas en estas semanas, pero no sabía cómo comunicarme.
¿Cómo fue tu viaje? Tengo muchas ganas de saber de vos.
Y recordaba aquello que escribiste para el congreso de Cleveland ¿te acordas?

"Amar y enamorarse.
Quizás la expectativa de felicidad instantánea que solemos endilgarle al vínculo de pareja, este deseo de
exultancia, se deba a un estiramiento ilusorio del instante de enamoramiento. En efecto, en un primer
momento el encuentro es pasional, desbordante, incontenible irracional. Las emociones nos invaden, se
apoderan de nosotros y durante un tiempo casi no podemos pensar en otra cosa que no sea la persona de quien estamos enamorados y la alegría de que esto nos esté ocurriendo."

"Estar enamorados nos conecta con la alegría que sentimos de saber que el otro existe, nos conecta con la poco común sensación de completud.
Este estado no se sostiene mucho tiempo, pero queda inscripto como un recuerdo que sostiene la relación y que es posible recrear cada tanto. Pasados algunos meses, la realidad nos invade y allí todo termina o empieza la construcción de un camino juntos."

"Cuando uno se enamora en realidad no ve al otro en su totalidad, sino que el otro funciona como una pantalla
donde el enamorado proyecta sus aspectos idealizados.

"Los sentimientos, a diferencia de las pasiones, son más duraderos y están anclados a la percepción de la
realidad externa. La construcción del amor empieza cuando puedo ver al que tengo enfrente, cuando descubro al otro. Es allí cuando el amor reemplaza al enamoramiento.
Pasado ese momento inicial comienzan a salir a la luz las peores partes mías que también proyecto en él. Amar
a alguien es el desafío de deshacer aquellas proyecciones para relacionarme verdaderamente con el otro. Este proceso no es fácil, pero es una de las cosas más hermosas que ocurren o que ayudamos a que ocurran.

'Hablamos del amor en el sentido de 'que nos importe el bienestar del otro'. Nada más y nada menos. El amor
como el bienestar que invade cuerpo y alma y que se afianza cuando puedo ver al otro sin querer cambiarlo.
Más importante que la manera de ser del otro, importa el bienestar que siento a su lado y su bienestar al lado mío. El placer de estar con alguien que se ocupa de que uno esté bien, que percibe lo que necesitamos y disfruta al dárnoslo, eso hace al amor."

'Una pareja es más que una decisión, es algo que ocurre cuando nos sentimos unidos a otro de una manera
diferente. Podría decir que desde el placer de estar con otro tomamos la decisión de compartir gran parte de
nuestra vida con esa persona y descubrimos el gusto de estar juntos. Aunque es necesario saber que encontrar
un compañero de ruta no es suficiente; también hace falta que esa persona sea capaz de nutrirnos, como ya
dijimos, que de hecho sea una eficaz ayuda en nuestro crecimiento personal."

"El amor se construye de a dos, sobre la base de una química que nos hace sentir diferentes. Quizás por la
sensación mágica de ser totalmente aceptados por alguien." Estar enamorado y amar.
Qué difícil hablar de esto.
El otro día, coordinando un grupo, les contaba lo que habíamos conversado nosotros sobre la idea de amar en
términos de "que el otro me importe", y sobre la sensación física de estar con alguien que amo. Después le pedí a cada uno que dijera qué pensaba que era el amor.
Una de las respuestas que más me gustaron fue la de un muchacho de 25 años que dijo:
"Cuando amamos, vemos más allá de lo que se ve, en el amor los cánones estéticos pierden valor".

Welwood dice que el verdadero amor existe cuando amamos por lo que sabemos que esa persona puede llegar a ser, no solo por lo que es. Creo que estar enamorado y amar son estados que van y vienen en una relación. En el
inicio por lo general hay un período de pasión, donde se mezcla mucho lo que yo imagino, lo que proyecto en esa persona. Entonces coloco en ese ser humano que tengo enfrente mi hombre o mi mujer ideal.
El enamoramiento es más una relación mía conmigo mismo, aunque elija a determinada persona para proyectar lo
mío. Y entonces podríamos preguntarnos: ¿Por qué elijo a esa persona? ¿Qué pasa cuando, después de un tiempo, el otro se empieza a mostrar como es y eso no coincide con mi ideal?
Allí comienzan los conflictos. Él no es como yo había creído. La disyuntiva que aquí se plantea es ver si puedo amar a este que veo o si me quedo pegada a mi hombre ideal.
Es en la resolución de este dilema que puede empezar el amor, cuando lo veo y me doy cuenta de que lo amo así
como es. Incluso puedo llegar a amar las cosas de él que no me gustan, porque son de él y lo acepto como es.
Creo que las relaciones pasan por momentos de enamoramiento, momentos de amor, momentos de odio... En
realidad, amor y odio están muy cerca. Nunca odiamos tanto a alguien como aquel a quien amamos. Como me dijo mi hijo el otro día en medio de un ataque de furia: "Te amodio" (quiso decir te odio pero se le escapó el amor).
Es saludable aceptar que esto es así. Vamos navegando en la relación, que verdaderamente se sostiene si nos
mostrarnos, si estamos conscientes de qué nos pasa, si no lo negamos o hacernos corno que no pasa nada.

Conciencia es la gran palabra. Seamos conscientes de lo que nos esta pasando, entreguémonos a ello. Así se
cuida y se construye el vínculo.
El recurso es siempre el mismo: conciencia, centrarnos.
Solo si estoy dentro de mí puedo manejar situaciones difíciles.

Mucha gente vive arrancada de sí misma, sacada -como se dice ahora-, conectada sólo con lo que piensa y sin
idea de lo que realmente siente. Así es muy difícil entregarse al amor. Para amar es imprescindible animarse a mirar hacia adentro.
Así, sin necesidad de que haya conflicto puedo mirarme, estar conectada y ser yo misma.
Si no me muestro, nadie puede amarme.
En todo caso amarán mi disfraz. como vos decís, y eso no me sirve.

Encontré un libro de Mauricio Abadi que habla del enamoramiento. Cito tres pasajes que me interesaron:
"El enamoramiento es más bien una relación en la cual la otra persona no es en realidad reconocida como
verdaderamente otra, sino más bien sentida e interpretada como si fuera un doble de uno mismo, quizás en la versión masculina y eventualmente dotada de rasgos que corresponden a la imagen idealizada de lo que uno quisiera ser. En el enamoramiento hay un yo me amo al verme reflejado en vos."

"Enamorarme es decirte cuánto simpatizo contigo por sostener tan graciosamente el espejo en el que me
contemplo para darme cuenta de mi amor por mí."

"Pero ocurre que, a medida que el tiempo transcurre y la relación va pasando por diferentes vicisitudes, el
supuesto espejo va dejando de ser un espejo y parece optar por un natural deseo de recuperar su propia
identidad. Al comienzo era tal el deseo de sentirse amado y admirado, que a él casi no le importaba demasiado que lo tomaran por otro. Puesto que de eso se trata. Tenemos tal necesidad de amor que durante algún tiempo lo disfrutamos, también tramposamente."

Y es verdad que es una trampa, como Abadi dice, porque en realidad esa pasión enamorada no es para vos sino
para ese aspecto proyectado del otro.
Quizás deberías rechazar el halago de la carta donde te confiesan su amor incondicional y ciego y saber leer en
el sobre el nombre del destinatario que no es el tuyo.
Pero, ¿quién podría?
De todas maneras, hagamos lo que hagamos, en unos instantes o en pocas semanas (cinco minutos a tres
meses, como vos decís), el otro nos irá mostrando su realidad que no podrá ocultar, y empezará a ver nuestro verdadero yo que no podremos esconder para siempre, por halagador que nos resulte su enamoramiento y por hermoso que sea sentirnos enamorados.
Es como despertar de un sueño. Aparecerá poco a poco una persona asombrosamente diferente de aquella con la
que creíamos habernos unido. Es gracioso escuchar a los que abandonan su estado pasional y creen que el otro ha cambiado, que ya no es el mismo, cuando en realidad sólo han cambiado los ojos con los que miran.
Uno descubre las diferencias y estas desembocan en confrontación.
Cuando él se te parecía tanto, era muy difícil discutir, pero también era complicado reconocer su verdadera existencia.
Recién ahora, uno puede descubrirse acompañado. Hay que buscar las diferencias e intentar unirse a través de
ellas. No como antes, que nos unían sólo las semejanzas.
Adoro esa frase que te escuché una vez en un reportaje:

Enamorarse es amar las coincidencias, y amar, enamorarse de las diferencias.

El enamoramiento no es un sentimiento compartido porque no existe aún el sujeto con quien compartir.
El enamoramiento es una locura gratuita y casi inevitable, técnicamente un cuadro de confusión delirante con exaltación maníaca.
El amor, en cambio, es un producto cuerdo y costoso.
Es más duradero y menos turbulento, pero hay que trabajar duro para sostenerlo.
Releo esta carta y siento que ya no estoy muy segura de estar de acuerdo con lo que yo misma escribí, pero está
dicho. Haceme saber tu opinión.

¿Vos en qué andas, Fred? ¿Disfrutando del calor de España?
Te mando un beso.
Laura


Cuando Roberto terminó de leer estaba sonriendo. Se sentía satisfecho con su actitud de obedecer a su
intuición y abrir el mail. Eso era justamente lo que le estaba pasando: la relación con Cristina ya no era la misma, ya no estaban enamorados. Pero a él le gustaba estar enamorado.

Poco a poco la sonrisa fue dando lugar a una mueca de profunda concentración. No sabia si quería ese cambio
de intensidad por profundidad del que hablaba Laura, pues lo que él más disfrutaba era nada menos que esa
intensidad, esa pasión, ese desborde. Pero lo cierto era que eso se había acabado, habían comenzado a verse
como realmente eran y no había nada que pudieran hacer para evitarlo.

¿Y ahora?
Ahora todo terminaba...
De repente dudó. Todo termina o empieza la construcción de un camino juntos, sugería Laura.
Se preguntó cuál de las dos posibilidades sería aplicable a su historia con Cristina: ¿el final o el comienzo de algo menos intenso pero más profundo?
Y después se corrigió...
¿Cuál de las dos posibilidades quiero yo?
CAPÍTULO 4

Por supuesto, Cristina llamó el lunes como si nada pasara.

- ¿Qué tal el asado? -preguntó él mecánicamente.
- Bien -contestó ella, sorprendida por su frialdad- ¿Qué te pasa?
- Estoy fastidioso -dijo Roberto con sinceridad.
-¿Tengo que ver? -preguntó ella en un intento, que pronto confirmaría vano, de quedarse afuera.
- Por supuesto que tenés que ver... -Roberto hizo una pausa y luego continuó, mientras se preguntaba para qué estaba diciendo todo eso- ¡Últimamente con TODO lo malo que me pasa tenés que ver!
- Pero si habíamos estado tan bien ayer...
- ...tan bien... ¡que te fuiste a ese puto asado!
- Pero Roberto, vos sabías.
- ¿Y eso qué? Si yo sé que me vas a clavar un cuchillo ¿entonces la herida no me duele?
- ¿No estás exagerando un poco con la comparación?
- No.
- Voy para allá.
- No. No quiero.
- Voy igual -dijo ella cortando antes de escuchar la respuesta.
- No voy a estar -amenazó él al vacío.

Roberto se quedó un rato con el teléfono en la mano; pensaba si debía irse antes de que Cristina llegara.
Debió estar muy indeciso porque cuando sonó el timbre todavía no había colgado el tubo.
Abrió la puerta sin mirar quién era y giró a fa cocina a calentarse un café, cosa que hizo ignorando olímpicamente a Cristina. Ella lo esperó de pie en la sala.
- ¿Podrías saludarme, no? -le recriminó.

Roberto la miró con furia y ensayó su más falsa sonrisa, una ampulosa reverencia completó a burla.
Cristina se sentó en el sillón doble:

- No puedo entender lo que te pasó -comenzó diciendo.

Pero él no contestó. Se acercó a la ventana y miró displicente hacia la calle.

- No podés hacer todo este escándalo porque me fui a un asado, ¿no te parece? -continuó genuinamente
sorprendida.
- Puedo hacer el escándalo que quiera.
- ¿Me podés decir qué es lo que tanto te molesta?
- Mira, silo tengo que explicar, entonces no vale la pena.
- ¿Qué pasó con lo que me enseñaste de "vale la pena'?
- ¡Me lo olvidé!
- ¡Estás imposible!
- ¡Vos sos imposible!

Cristina tomó aire y decidió intentarlo por última vez.

- ¿Podemos hablar?...

Roberto aflojó el gesto y se sentó en el sillón.

- ¿Qué es lo que te pasa? -insistió ella.
- Pasa que no entiendo, estaba todo maravilloso, teníamos el mejor encuentro de nuestra vida y vos te tuviste que ir a ese puto asado. No entiendo... ¿tan importante era esa comida como para rifar todo lo conquistado?
- Pero Rober... el asado no me importaba para nada. Si vos me hubieses pedido yo me habría quedado...
- ¿Si YO te hubiese pedido??
- Sí, ¿por qué no?
- ¿Tengo yo que pedirte ser más importante en tu vida que un estúpido almuerzo?
- ¿Tengo yo que adivinar qué es lo que vos necesitás para darte cuenta de que sos importante para mí?
- No sé, no sé, todo está podrido...
- No seas así, Roberto, no arruines todo por una boludez.
- Vos lo arruinaste, Cristina, no yo. Esta vez fuiste vos, vos lo arruinaste esta vez.
- Lo lamento, la verdad es que lo lamento mucho...
- Yo también... yo también.

Pausadamente, ella se levantó, tomó su abrigo y la cartera del sofá y caminó hacia la puerta; allí se quedó unos segundos de espaldas, como esperando el llamado de Roberto. Un llamado que nunca llegó. Salió del departamento con los ojos húmedos y dejando tras de sí la puerta apenas entornada.

Estaba furioso pero no sabía muy bien por qué. Pensaba que podía haber contemporizado, que podía haberle
arrancado una disculpa más o menos sincera, podía haber salvado la pareja, podía... y había decidido no hacerlo.
¡Ella no se lo merecía!
¡Ella! pero... ¿y él? ¿Se merecía él salvar su pareja?
Cada vez estaba más enojado, apretaba los puños y los dientes con fuerza, hasta hacerse daño. ¿A quién estaba
castigando?
Recordó, de pronto, el cuento de la tristeza y la furia. La tristeza, que se disfraza de furia cuando no quiere quedar al desnudo. Para eso estaba allí su enojo: tapaba la tristeza, escondía el dolor, disimulaba su impotencia.
Sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas, y luego, cómo desde allí alguna que otra rodaba por sus mejillas
muy despacio.
Si no hubiera estado tan desbordado por la mezcla de emociones, habría podido recibir el mensaje que Laura le enviaba (sin saber, en respuesta a todo lo que le pasaba) y que lo esperaba ya en su computadora:

Resumiendo, Freddy;
La primera afirmación de la propuesta es que los problemas de pareja son problemas personales que se
expresan en la relación.
Y estos problemas sólo emergen en el vínculo amoroso, dado que estando con otro salen a la luz aspectos de
uno que estaban en la sombra. Como terapeutas, la idea es tener esta mirada frente a los conflictos, y entonces, cuando una pareja viene a la consulta, abocarnos a ver cuál es la conflictiva personal de cada uno de ellos que está interfiriendo en la relación.
Ayudamos a que cada uno trabaje su problemática personal y mostramos cómo la neurosis de uno se engancha con la del otro.

La idea principal otra vez es:
Si te molesta esta situación, ¿qué cuestión personal se refleja en el conflicto?
El tema básico está plasmado en la frase de Hugh Pratter:
"Una piedra nunca te irrita a menos que esté en tu camino".

Nos enganchamos con el famoso tema de la proyección.
Pienso en aquello que tanto nos mostró Nana en sus laboratorios:

"Proyecto en el otro las partes de mi que más rechazo".
"Cuando me doy cuenta de cómo me molesta esto en el otro, investigo cómo me molesta en mí mismo".
"Si pienso que yo no tengo nada de eso que me molesta del otro, el trabajo es darme cuenta de qué pongo yo de
lo que tengo; porque si no pusiera de lo mío no me molestaría".
Esto es básico en Gestalt y es lo que dice Jung con el tema de la sombra. Proyecto mi sombra en mi compañero y
al verla en él, la descubro.

A partir de allí tengo dos posibilidades: Intentar destruir la temida amenaza destruyéndolo a él o aceptar la oportunidad de integrarme con mi sombra y terminar para siempre con su amenaza.

Sin duda esto cambia sustancialmente la óptica y la comprensión de los problemas de pareja.
Dejo de culpar al otro por lo que hace y empiezo a ver qué estoy poniendo yo en este particular conflicto. En vez de utilizar mi energía para cambiar al otro, la utilizo para observarme. Y a partir de allí hablar de mí, de lo que yo necesito, de lo que a mí me pasa con las actitudes que él tiene.
Esto es mucho más fácil de escuchar para otro.

La llave es estar siempre conectada con lo que me está pasando y no hablar del otro. En todo caso, si no me
agrada lo que sucede ¿qué otra cosa podría hacer yo para generar algo que me guste más?
Puedo quedarme llorando y quejándome, puedo buscar otro marido, o puedo ver cómo estar lo mejor posible con el que quiero y estoy.
Puedo usar el conflicto para encontrarle una salida creativa, para ver qué puedo desarrollar de mí misma, con qué puntos ciegos me estoy enganchando.

Este es mi camino y el que transmito.
Esto es lo que me gusta de la vida, ir descubriendo sobre mí y sobre los otros; un desafío, no esperar que no haya conflictos, sino verlos como una oportunidad para desarrollarme.
Y si es cierto que una de las dificultades es lo proyectado, la otra es la dificultad para darnos cuenta de lo que verdaderamente necesitamos. Por supuesto que cuando no obtenemos lo que creemos necesitar, nos resulta más fácil reaccionar que procurarnos aquello que nos falta, aunque muchas veces estemos pidiendo cosas equivocadas.
Por ejemplo, puedo hacer un escándalo porque llegaste tarde. Así, la discusión se centra en esa pelea aparente. Pero no se trata de eso, sino de ver qué es lo que te estoy pidiendo a través de la puntualidad. Si me vuelvo loca porque llegas tarde, quizás lo que necesite no se resuelva con que llegues temprano.
Habría que ver qué me afecta tanto, qué interpretación hago de tu llegada tarde, qué es lo que necesito de
vos, qué te estoy pidiendo a través del reclamo de puntualidad... ¿Que me demuestres que te importo?, ¿que
me valores?, ¿que me consideres? ¿De qué estoy hablando cuando reacciono?
Cuando estamos demasiado centrados en nosotros mismos, no podemos ver lo que le pasa al otro y nos volvemos autos referentes.

Para el otro, desde afuera, nuestra actitud resuena por lo menos exagerada cuando no francamente irracional.
Y posiblemente lo sean porque estas actitudes tan arcaicas provienen en realidad de los primeros años de
vida, de las conductas incorporadas para defendernos de las heridas padecidas en la infancia...
John Bradshaw llama a este recuerdo de la herida primigenia "el niño herido". Es este niño herido que llevamos dentro el que nos hace actuar así. Los dolores que no pudimos expresar en nuestra infancia los cargamos como unamochila, y se expresan con nuestras reacciones antes de que nos demos cuenta, de modo que nos encontramos instalados allí antes de poder pensar. Estas reacciones son las que nos causan más problemas en las relaciones íntimas.

Desafortunadamente, cuando estamos en una relación, los enojos y dolores no resueltos en el pasado los actuamos en el presente con el otro a través de nuestras reacciones.
Por lo general, estos viejos dolores no aparecen hasta que nos ponemos en pareja. El noviazgo y el matrimonio
disparan estas viejas heridas y suponemos que es nuestro compañero el que las causa.
Habitualmente no ocurre al principio, sino en la medida que nos vamos sintiendo verdaderamente unidos con el
otro.
Este niño herido que llevamos en nuestro interior es como un agujero negro que chupa todo, es como un dolor
de muelas: cuando aparece no podemos pensar en otra cosa, el dolor domina nuestra vida.
En muchos casos de separación el problema no se encuentra en la relación de uno con el otro, sino en asuntos no resueltos de uno de ellos (o de los dos) con su propio pasado.
Mi reacción genera tu reacción, y así nos vamos potenciando negativamente.

Cuando acarreamos a nuestros niños heridos tenemos la sensación de no estar nunca en el presente, siempre
estamos reaccionando por cosas que nos pasaron hace muchos años.
Esto imposibilita la relación con el otro.
Hasta que no me ocupe de este niño herido él seguirá reaccionando y empeorando mis relaciones íntimas.
Y el único que puede escucharlo soy yo mismo, cuando me ocupo de su tristeza, de su enojo. Entonces el niño no
va a reaccionar, porque está contenido.

Es necesario aclarar que no es posible descubrir algunas de estas heridas en soledad. Necesitamos de alguien que nos permita encontrar nuestras heridas, un vínculo que las dispare con una persona que las autorice, que nos permita sentir lo que sentimos sin descalificamos.
El niño herido necesita validación de su dolor.
Solo cuando la persona se siente validada en su dolor, puede expresarlo y atravesarlo.

El dolor es un proceso que ocurre a través del shock, la tristeza, la soledad, la herida, el enojo, la rabia, el remordimiento. Y toma mucho tiempo.

Para llegar al punto del dolor es fundamental salirse de culpar al otro y observar qué me pasa a mí con mis
reacciones.

Cuando establecemos una pareja hacemos un pacto inconsciente en el cual, por ejemplo, yo espero que vos seas el padre que no me va a abandonar y vos esperas que yo sea la madre que te va a aceptar incondicionalmente como sos. Y cuando esto no ocurre, porque es imposible que el otro cure mis heridas, empiezo a culparte.

En los peores casos, cuando una pareja siente ese vacío que no puede llenar el uno con el otro, deciden tener un hijo... y lo que aparentan ser dos adultos no son más que dos niños necesitados que buscan la salvación en su hijo. Parecen adultos, pero en sus relaciones interpersonales actúan como niños.
Hay personas que pueden ser brillantes en el nivel adulto, pero cuando vuelven a la intimidad de sus relaciones más comprometidas no son más que niños infinitamente necesitados que reaccionan frente a la falta de cariño, de atención o de reconocimiento.

Cuando vemos a las parejas en el consultorio, reconocemos de inmediato a los niños internos que se están expresando.
Muchas veces los adultos no se ponen de acuerdo porque en realidad cada uno está expresando a su niño herido,
cada uno está en una escena de su infancia reclamándole a su mamá o a su papá diferentes cosas, y el otro no
puede dar porque también está pidiendo lo suyo. Cuando podemos ayudarlos a darse cuenta de lo que está
pasando, la discusión pierde sentido:
Dejan a sus niños calmados, ya que les dieron espacio para expresarse, y pueden volver al presente a encontrarse.

Nuestros niños heridos necesitan un espacio para expresar su enojo y su dolor. Cuando se lo damos,
empiezan a crecer y no interfieren en nuestras relaciones íntimas.

Welwood nos inculca una lección práctica:
"Aprender a aprovechar cada dificultad que encontramos en el camino para ahondar más, para conectarnos con más profundidad; no sólo con nuestra pareja, sino también con nuestra propia condición de estar vivos."
Ojalá estés de acuerdo con incluir todo esto en el libro.
¿Qué opinas vos?
Te mando un beso.

Laura


Roberto había leído el mensaje después de estar en la cama más de 16 horas. Siempre le pasaba lo mismo:
cuando una aflicción lo invadía, su cuerpo respondía con sueño. Un sopor imprevisible lo asaltaba al despertar y le impedía levantarse aun cuando supuestamente ya no tenía ganas de seguir durmiendo.
La casa estaba sucia y llena de olores desagradables, la heladera vacía le parecía una contribución a su patética sensación interna, el desorden se enseñoreaba en su cuarto, le dolía la cabeza y la espalda.
Tambaleándose un poco llegó hasta el baño y se echó agua en la cara para despabilarse. Sin pasar por el cuarto a cambiarse se dirigió a la cocina a prepararse un café.
Había encendido la computadora mientras esperaba que el agua hirviera. Después la mezcló con el resto de café
que quedaba en la bolsa y empezó a beber el amargo líquido negro en un movimiento automático. La lectura del mail terminó de despertarlo.

Fue hasta el teléfono, la luz titilaba anunciando que había mensajes. Seguramente eran de Cristina pidiéndole
que la atendiera, que la llamara, que hablaran, etc.
Sin corroborar su fantasía y cruzando los dedos, decidió llamarla.
Sus deseos se cumplieron: atendió el contestador automático.

- No tenía que ver con vos -dejó grabado- , lo lamento.
Creo que tengo que resolver algunas cosas mías para poder merecer estar con vos. No me llames. Te llamo yo.
Un beso.
Buscó en su agenda el teléfono de su amiga Adriana, la psicóloga. Sentía que necesitaba un espejo donde
mirarse un poco.
- ¿Tendrías un ratito para mí?
Acordaron encontrarse cuarenta y cinco minutos después en el bar cercano al consultorio...


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