Ruta: Madrid-Argamasilla de Alba- km 180; tiempo estimado 2h20’-Ossa de Montiel Km. 43; tiempo estimado 0,53’




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VIAJE A LAS LAGUNAS DE RUIDERA
Madrid a 21 de junio (viernes)

Ruta: Madrid-Argamasilla de Alba- Km 180; tiempo estimado 2h20’-Ossa de Montiel Km. 43; tiempo estimado 0,53’.
Partimos desde Madrid con destino al Parque Natural de las Lagunas de Ruidera a las 17,00 horas por la A4 (Andalucía), pasado Puerto Lapice cogemos la nueva autovía A-43 (Comunidad Valenciana) y enseguida estamos ente el Castillo de Peñarroya, que será nuestra primera parada.

El parking de autocaravanas en el Castillo de Peñarroya pertenece a la localidad de Argamasilla de Alba (Ciudad Real) se encuentra situado en el entorno del embalse de Peñarroya, desde donde se domina una impresionante perspectiva sobre el río Guadiana. Las coordenadas GPS del lugar corresponden con N 39.061586 // W 3.00730.

El aparcamiento se encuentra situado a la entrada al Parque Natural de las Tablas de Daimiel, según nos informa el guarda que cuida el castillo no existe prohibición para poder pernoctar en el lugar auque esta un poco solitario y no esta claro si el lugar esta verdaderamente afectado.

El castillo de Peñarroya constituye la defensa estratégica de todo el alto del Guadiana, esta edificado sobre un acantilado rocoso en el margen derecha del río. En la actualidad con la construcción de la presa parece más la casa del guarda para el mantenimiento del pantano que la posición defensiva en la época de la expulsión musulmana.

La planta del castillo describe un cuadrilátero irregular de aproximadamente unos cincuenta metros de lado, formando altos muros almenados con torres en las esquinas, destaca la torre principal o del homenaje, a su lado esta la puerta de entrada a la fortaleza, se accede al patio de armas con estancias habitables a los dos lados destinados a la guardia, tiene una aljibe para la recogida del agua de lluvia.

A comienzos del siglo XIII este tipo de fortalezas hicieron grandes reformas para servir con los mismos fines y menos guarnición y para ello se construyó el recinto exterior de protección con una doble muralla y hacerla más segura. Esta provisto de nuevas torres y un foso de protección con una puerta de acceso más alejada del recinto principal. En la actualidad este recinto exterior ha desaparecido casi totalmente.

La Torre del Homenaje es de planta cuadrada formado por grandes muros de mampostería y sillarejos, de su antigua construcción ha desaparecido la parte que ocupaba la terraza, su acceso primitivo era por la puerta situada en el primer piso pero en el siglo XVI se abrió una nueva puerta a nivel del suelo.

En el recinto principal del castillo y dentro del patio de armas se encuentra la ermita de Nuestra Señora de Peñarroya. El interior tiene una sola nave con una bóveda de cañón con lunetos, la cabecera tiene una semicúpula con forma de casquete esférico, en ambos lado de la nave tiene unos frescos que imitan un tapiz flamenco con orlas de grutescos que junto con el altar mayor fue construido en el siglo XVIII, en la escena superior encontramos al Arcángel San Gabriel, entre nubes y ángeles orantes, ceñida su frente con una diadema de oro y piedras preciosas. Con la mano izquierda sujeta un ramo de azucenas blancas. La escena inferior, esta mejor conservada que la opuesta a pesar de los graffiti que se aprecian sobre la misma, representa la muerte de San José, asistido por Cristo y la Virgen. Un ambiente celeste, entre nubes y ángeles músicos o cantores, rodea la escena. Detrás esta el camarín de la virgen decorado con pinturas que representan escenas de la vida de la virgen y paisajes bíblicos, la talla de la virgen se perdió durante la guerra española y la actual fue de esa época.

El retablo mayor es de estilo barroco tardío, construido con cuatro columnas salomónicas decoradas con motivos vegetales y ángeles. Algunos de ellos portan instrumentos musicales. La calle central tiene en la parte inferior un rectángulo con un bajorrelieve con forma de jarrón, sobre esta la hornacina donde se sitúa la imagen de la Virgen a ambos lados penden dos huevos de avestruz y dos lámparas doradas.

La antigua imagen de Nuestra Señora de la Encarnación de estilo bizantino es la imagen de la Virgen Majestad con trono y el hijo, bestia un manto azul adornado con estrellas blancas, bao el manto tiene una tunica rosa ceñida con un cinturón estrecho. El niño estaba sentado sobre el regazo de la Virgen, en posición frontal, no tenia ningún contacto intimo con su madre, con una mano esta bendiciendo y sobre la otro sujeta la bola del mundo, vestía una sencilla tunica verde, estos dato se han sacado de la descripción del pueblo y de la única fotografía que se conserva.

Por la descripción se ha llegado a la conclusión que la talla era del siglo XIII en un estilo románico tardío con influencias del nuevo gótico

Más cerca de la presa hay otra pequeña emita llamada del Despeñadero, tiene una cancela aunque esta muy restaurada y pudiera ser la antigua ermita original de época medieval.

Antes de abandonar el castillo pregunto al guarda sobre la posibilidad de pernoctar con la autocaravana y me dice que muchas noches hay varias, la guardia civil patrulla a diario y no multa, pese a este comentario, he visto que justo antes de la entrada al castillo hay un cartel que anuncia la entrada la Parque Natural de las Lagunas de Ruidera y recuerdo haber leído en el Boletín Oficial que el Castillo de Peñarroya esta afectado por las normas del parque lo que en teoría hace una temeridad dormir en su parking; por lo que preferimos seguir visitando la Lagunas y luego pernoctar en Ossa de Montiel como teníamos previsto.

El Parque Natural de las Lagunas de Ruidera se crea en 1985 por el empeño de la Comunidad de Castilla La Mancha para conseguir el reconocimiento del patrimonio perdido por todos los españoles.

La controversia en la propiedad viene dada por que supuestamente el Estado en el siglo XIX vendió la propiedad de las Lagunas a unos particulares y se inscribieron en el registro de la propiedad de Villanueva de los Infantes, Alcaraz y Tomelloso. Una vez traspasadas las competencias sobre las aguas a la Comunidad Autónoma de Castilla La Mancha se inicia una actividad legal para la restitución al Estado de la propiedad de las aguas que declare este espacio de dominio público hidráulico. Por fin la Audiencia Provincial de Ciudad Real de 6 de noviembre de 2003 declara que las aguas de las Lagunas de Ruidera pertenecen al río Guadiana y por tanto su titularidad es pública.

Las Lagunas de Ruidera forman parte de uno de los paisajes más originales y diferenciados de toda la Península Ibérica. En contraposición del paisaje general de la Mancha caracterizado por lo llano y lo seco, sorprende encontrar un espacio lleno de agua y de vida. Según los especialistas este paisaje es único en el mundo y solamente hay un sitio parecido en Croacia en Plitvice.

Las aportaciones del agua a las lagunas no proceden directamente de ningún río, se alimentan directamente del acuífero subterráneo que esta debajo y aflora en esos puntos para llenar las lagunas mediante la descarga del agua en los mantéales, luego se las lagunas más altas van alimentado unas a otras por medio de las sucesivas cascadas hasta llegar a la última laguna Cenagosa desde donde sale para incorporarse en el río Guadiana pero antes se almacena en el embalse de Peñarroya, qué es donde acaba los dominios del Parque Natural.

La formación de las lagunas se produce por un proceso con la formación de la roca travertino que separan unas lagunas de otras. En algunas es un hilo estrecho y en otras es más ancho y rodea a la propia laguna. Es una roca muy blanda, formada la actividad química y biológica de plantas durante miles de años, las cuales van acumulando carbonatos y fabrican una especie de muros que separan unas lagunas de otras. La diferencia de otras rocas el travertino tarde muy poco en formarse, incluso en algunas todavía tienes restos de vegetales con sus manchas de color negro. Durante los años de mucha pluviosidad el agua supera estas barreras se convierten en cascadas.

En los márgenes de las lagunas hay una banda de vegetación más o menos ancha que conecta con las choperas y los encinares. En el fondo hay una extensa pradera formada por plantas acuáticas de algas llamadas ovas.

El abandono de la presión del hombre sobre buena parte del Parque Natural ha permitido la recuperación de la masa forestal natural con el crecimiento del pinar, choperas, carrascas, sabinas. En la parte de la cabecera de las lagunas están creciendo más las sabinas, en la laguna la carrasca esta creciendo más el roble. El queijido esta por todas partes y forma pequeños bosquecillos, también hay un espacio para los enebros.

Un poco más alejados a los bosque encontramos tomillares y romerales, también hay focos de espliegos, morqueras, salvias, linos.

Las especies de animales que viven en el entorno del parque destaca el aguilucho lagunero. El águila-azor-perdiguera, la garza imperial, el mirlo capiblanco, el reyezuelo sencillo, el colirrojo real, el paquituerto, el cormorán grande, la tórtola turca, el faisán; entra las aves de agua el porrón muñido, el porrón común.

Entre los mamíferos encontramos los murciélagos trogloditas, la nutria, la ardilla, el ciervo, el conejo, el meloncillo. Entre los anfibios encontramos el tritón. Los reptiles encontramos el galápago leproso, la culebrilla ciega, salamanquesas, lagartijas. Los peces encontramos el lucio, black bass, percasol.

Después de dejar el castillo de Peñarroya nos internamos en el Parque Natural de las lagunas de Ruidera; vamos en sentido contrario al cauce del agua, estamos en una carretera con algunas curvas hasta que nos encontramos con la primera laguna es llamada Cenagosa, lleva muchos sedimentos y poca profundidad por eso ha conseguido el nombre porque se parece a un verdadero cenagal, es difícil distinguirla bien porque esta cubierta de carrizos.

Seguimos el curso de la carretera hasta la laguna de la Coladilla, es muy parecida a la anterior y tiene aspecto pantanoso, hace el numero catorce de las lagunas y en sus márgenes podemos apreciar los carrizos que hacen de protección a las aves acuáticas, en esta laguna esta prohibido la pesca por ser un refugio para la fauna.

Atravesamos la población de Ruidera buscando un aparcamiento pero la verdad es que no encontramos un sitio amplio y seguimos la carretera que nos devuelve al Parque Natural.

La siguiente laguna es la Morenilla hace el numero trece de las lagunas y relativamente más grande que las anteriores, tiene una superficie de 500 metros por 200 metros, esta lleno de establecimiento hoteleros, es una laguna donde esta permitida la pesca libre. Tiene una apertura en la zona de tobas creando una cueva que se la llama Morenilla.

Seguimos nuestro camino hasta llegar al parking de autocaravanas para visitar la Laguna Salvadora en el Parque Natural de las Lagunas de Ruidera dentro del término municipal de Ossa de Montiel (Albacete), es una de las más vistosas del parque. Las coordenadas GPS para la visita corresponde con N 38.98035 // W 2.85495.

El aparcamiento se encuentra sobre zona de tierra siendo un lugar idóneo para pasar el día y disfrutar del parque pero no se recomiendo la pernocta por estar expresamente prohibido.

La laguna Salvadora es una de las más vistosas del Parque sobretodo si se llega al atardecer cuando se han marchado los excursionistas, se la llamo así porque en la antigüedad se la daban efectos curativos contra el paludismo o malaria, estos humedales eran una zona endémica de vida del mosquito. Tiene una superficie de unas diez hectáreas y una profundidad máxima de veinte metros.

Nos disponemos a cenar en esta zona tan impresionante del Parque Natural desde allí nos marchamos a pernoctar a una zona urbana para evitar las multas por acampada que esta expresamente prohibido en las normas del Parque.

Tenemos a poco más de 10 km la localidad de Ossa de Montiel hacia donde nos marchamos, allí llegamos pasados las 22,00 horas y buscamos un sitio idóneo para pasar la noche.

El parking para autocaravanas en la localidad de Ossa de Montiel (Albacete) se encuentra situado en zona urbana con el fin de poder pernoctar con seguridad de no se multados por estar afectado por la permanencia al Parque Natural de las Lagunas de Ruidera, se halla en la Travesía Ramón y Cajal esquina al Paseo del Cementerio. Las coordenadas GPS del lugar corresponden con N 38.96531 // W 2.75089.

El aparcamiento esta situado en una zona residencial de la localidad, muy cerca del cuartel de la Guardia Civil y de la gran vía que conduce al cementerio, un buen lugar para una pernocta segura y tranquila.

Día 22 de junio (sábado)

Ruta: Ossa de Montiel-Lagunas de Ruidera

La noche ha sido tranquila en este el lugar solamente hemos escuchado el sonido del camión de la basura. Lo primero que hacemos es ir al Centro de Interpretación del Parque de las Lagunas de Ruidera donde nos informan como aprovechar mejor la visita al parque.

Continuamos en dirección a las Lagunas de Ruidera y a unos 6 Km. encontramos una pareja de figuras de Don Quijote y Sancho, estamos en uno de los lugares situados en la obra del Quijote, se trata de la Cueva de Montesinos.

El parking para autocaravanas para visitar la Cueva de Montesinos, pertenece al termino municipal de Ossa de Montiel (Albacete) se accede a través de la carretera C-30 donde hay una pequeño rellano de tierra con las figuras de don Quijote y Sancho. Las coordenadas GPS del lugar corresponde con N38.94003 // W 2.80785.

El aparcamiento es llano donde no se puede pernoctar por tener afectado por el dominio del Parque Natural de las Lagunas de Ruidera, es de uso público y gratuito.

La cueva de Montesinos es propiedad del municipio de Ossa de Montiel, ha sido un sitio muy degradado hasta que las visitas se hacen guiadas y con loas debidas medidas de seguridad.

Tenemos que andar desde el parking unos trescientos metros para ver la entrada a la cavidad. No ponemos los cascos de obra y encendemos las linternas frontales que nos permite bajar con seguridad. Bajamos con mucho cuidado por escalos tallados en la piedra y nos apoyamos con las manos en rocas muy grandes para evitar resbalarnos.

Estamos en una sala que según los restos encontrados ha sido habitada desde hace muchos siglos, en uno de los rincones se ve lo ennegrecida de las paredes, lo que indica que servido como lugar para cocinar. Era utilizado por los arrieros como lugar de refugio cuando las condiciones climatológicas de lugar se hacían difíciles.

Desde aquí bajamos hacia la gran sala por escalares muy resbaladizas porque están completamente humedecidas, estamos en una gran cavidad de origen kárstico de poca profundidad construida por procesos de disolución de las aguas de lluvia produciendo un hundimiento. En su interior hay una pequeña charca, sobre los techos no has estalactitas.

La visita de don Quijote a la cueva de montesinos se cita en dos capítulos de la obra:

El Capitulo XII, se da cuenta de la gran aventura en la Cueva de Montesinos, que está en el Corazón de la Mancha, a quien dio felice cima el valeroso Don Quijote.

Capitulo XII - Donde se da cuenta de la gran aventura de la Cueva de Montesinos, que está en el Corazón de la Mancha, a quien dió felice cima el valeroso Don Quijote.

En estas y otras gustosas pláticas se les pasó aquel día, y a la noche se albergaron en una pequeña aldea, adonde el primo dijo a don Quijote que desde allí a la cueva de Montesinos no había más de dos leguas, y que si llevaba determinado de entrar en ella, era menester proverse de sogas, para atarse y descolgarse en su profundidad.

Don Quijote dijo que, aunque llegase al abismo, había de ver dónde paraba; y así, compraron casi cien brazas de soga, y otro día, a las dos de la tarde, llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena de cambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas, que de todo en todo la ciegan y encubren. En viéndola, se apearon el primo, Sancho y don Quijote, al cual los dos le ataron luego fortísimamente con las sogas; y, en tanto que le fajaban y ceñían, le dijo Sancho:

Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace: no se quiera sepultar en vida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algún pozo. Sí, que a vuestra merced no le toca ni atañe ser el escudriñador desta que debe de ser peor que mazmorra.

Ata y calla –respondió don Quijote–, que tal empresa como aquésta, Sancho amigo, para mí estaba guardada.

Y entonces dijo la guía:

Suplico a vuesa merced, señor don Quijote, que mire bien y especule con cien ojos lo que hay allá dentro: quizá habrá cosas que las ponga yo en el libro de mis Transformaciones.

En manos está el pandero que le sabrá bien tañer –respondió Sancho Panza.

Dicho esto y acabada la ligadura de don Quijote –que no fue sobre el arnés, sino sobre el jubón de armar–, dijo don Quijote:

Inadvertidos hemos andado en no habernos proveído de algún esquilón pequeño, que fuera atado junto a mí en esta mesma soga, con cuyo sonido se entendiera que todavía bajaba y estaba vivo; pero, pues ya no es posible, a la mano de Dios, que me guíe.

Y luego se hincó de rodillas y hizo una oración en voz baja al cielo, pidiendo a Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella, al parecer, peligrosa y nueva aventura, y en voz alta dijo luego:

¡Oh señora de mis acciones y movimientos, clarísima y sin par Dulcinea del Toboso! Si es posible que lleguen a tus oídos las plegarias y rogaciones deste tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te ruego las escuches, que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo, ahora que tanto le he menester. Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme en el abismo que aquí se me representa, sólo porque conozca el mundo que si tú me favoreces, no habrá imposible a quien yo no acometa y acabe.

Y, en diciendo esto, se acercó a la sima; vio no ser posible descolgarse, ni hacer lugar a la entrada, si no era a fuerza de brazos, o a cuchilladas, y así, poniendo mano a la espada, comenzó a derribar y a cortar de aquellas malezas que a la boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y estruendo salieron por ella una infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan espesos y con tanta priesa, que dieron con don Quijote en el suelo; y si él fuera tan agorero como católico cristiano, lo tuviera a mala señal y escusara de encerra[r]se en lugar semejante.

Finalmente se levantó, y, viendo que no salían más cuervos ni otras aves noturnas, como fueron murciélagos, que asimismo entre los cuervos salieron, dándole soga el primo y Sancho, se dejó calar al fondo de la caverna espantosa; y, al entrar, echándole Sancho su bendición y haciendo sobre él mil cruces, dijo:

¡Dios te guíe y la Peña de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor, nata y espuma de los caballeros andantes! ¡Allá vas, valentón del mundo, corazón de acero, brazos de bronce! ¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelva libre, sano y sin cautela a la luz desta vida, que dejas por enterrarte en esta escuridad que buscas!

Casi las mismas plegarias y deprecaciones hizo el primo.

Iba don Quijote dando voces que le diesen soga y más soga, y ellos se la daban poco a poco; y cuando las voces, que acanaladas por la cueva salían, dejaron de oírse, ya ellos tenían descolgadas las cien brazas de soga, y fueron de parecer de volver a subir a don Quijote, pues no le podían dar más cuerda. Con todo eso, se detuvieron como media hora, al cabo del cual espacio volvieron a recoger la soga con mucha facilidad y sin peso alguno, señal que les hizo imaginar que don Quijote se quedaba dentro; y, creyéndolo así, Sancho lloraba amargamente y tiraba con mucha priesa por desengañarse, pero, llegando, a su parecer, a poco más de las ochenta brazas, sintieron peso, de que en estremo se alegraron. Finalmente, a las diez vieron distintamente a don Quijote, a quien dio voces Sancho, diciéndole:

Sea vuestra merced muy bien vuelto, señor mío, que ya pensábamos que se quedaba allá para casta.

Pero no respondía palabra don Quijote; y, sacándole del todo, vieron que traía cerrados los ojos, con muestras de estar dormido. Tendiéronle en el suelo y desliáronle, y con todo esto no despertaba; pero tanto le volvieron y revolvieron, sacudieron y menearon, que al cabo de un buen espacio volvió en sí, desperezándose, bien como si de algún grave y profundo sueño despertara; y, mirando a una y otra parte, como espantado, dijo:

Dios os lo perdone, amigos; que me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto, ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra y sueño, o se marchitan como la flor del campo. ¡Oh desdichado Montesinos! ¡Oh mal ferido Durandarte! ¡Oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana, y vosotras sin dicha ijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las que lloraron vuestros hermosos ojos!

[Es]cuchaban el primo y Sancho las palabras de don Quijote, que las decía como si con dolor inmenso las sacara de las entrañas. Suplicáronle les diese a entender lo que decía, y les dijese lo que en aquel infierno había visto.

¿Infierno le llamáis? –dijo don Quijote–; pues no le llaméis ansí, porque no lo merece, como luego veréis.

Pidió que le diesen algo de comer, que traía grandísima hambre. Tendieron la arpillera del primo sobre la verde yerba, acudieron a la despensa de sus alforjas, y, sentados todos tres en buen amor y compaña, merendaron y cenaron, todo junto. Levantada la arpillera, dijo don Quijote de la Mancha:

No se levante nadie, y estadme, hijos, todos atentos.”

En el Capítulo XXIII. Se cita las cosas que Don Quijote contó de sus vivencias en la visita a la Cueva de Montesinos:

Las cuatro de la tarde serían cuando el sol, entre nubes cubierto, con luz escasa y templados rayos, dio lugar a don Quijote para que, sin calor y pesadumbre, contase a sus dos clarísimos oyentes lo que en la cueva de Montesinos había visto. Y comenzó en el modo siguiente:

A obra de doce o catorce estados de la profundidad desta mazmorra, a la derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella un gran carro con sus mulas. Éntrale una pequeña luz por unos resquicios o agujeros, que lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra. Esta concavidad y espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohíno de verme, pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella escura región abajo, sin llevar cierto ni determinado camino; y así, determiné entrarme en ella y descansar un poco. Di voces, pidiéndoos que no descolgásedes más soga hasta que yo os lo dijese, pero no debistes de oírme. Fui recogiendo la soga que enviábades, y, haciendo della una rosca o rimero, me senté sobre él, pensativo además, considerando lo que hacer debía para calar al fondo, no teniendo quién me sustentase; y, estando en este pensamiento y confusión, de repente y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo; y, cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté dél y me hallé en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé los ojos, limpiémelos, y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto; con todo esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo mismo el que allí estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora. Ofrecióseme luego a la vista un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y paredes parecían de transparente y claro cristal fabricados; del cual abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacía mí se venía un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por el suelo le arrastraba: ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial, de raso verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba, canísima, le pasaba de la cintura; no traía arma ninguna, sino un rosario de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo como huevos medianos de avestruz; el continente, el paso, la gravedad y la anchísima presencia, cada cosa de por sí y todas juntas, me suspendieron y admiraron. Llegóse a mí, y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente, y luego decirme: ‘‘Luengos tiempos ha, valeroso caballero don Quijote de la Mancha, que los que estamos en estas soledades encantados esperamos verte, para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña sólo guardada para ser acometida de tu invencible corazón y de tu ánimo stupendo. Ven conmigo, señor clarísimo, que te quiero mostrar las maravillas que este transparente alcázar solapa, de quien yo soy alcaide y guarda mayor perpetua, porque soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma nombre’’. Apenas me dijo que era Montesinos, cuando le pregunté si fue verdad lo que en el mundo de acá [a]rriba se contaba: que él había sacado de la mitad del pecho, con una pequeña daga, el corazón de su grande amigo Durandarte y llevádole a la Señora Belerma, como él se lo mandó al punto de su muerte. Respondióme que en todo decían verdad, sino en la daga, porque no fue daga, ni pequeña, sino un puñal buido, más agudo que una lezna.

Debía de ser –dijo a este punto Sancho– el tal puñal de Ramón de Hoces, el sevillano.

No sé –prosiguió don Quijote–, pero no sería dese puñalero, porque Ramón de Hoces fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteció esta desgracia, ha muchos años; y esta averiguación no es de importancia, ni turba ni altera la verdad y contesto de la historia.

Así es –respondió el primo–; prosiga vuestra merced, señor don Quijote, que le escucho con el mayor gusto del mundo.

No con menor lo cuento yo –respondió don Quijote–; y así, digo que el venerable Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde en una sala baja, fresquísima sobremodo y toda de alabastro, estaba un sepulcro de mármol, con gran maestría fabricado, sobre el cual vi a un caballero tendido de largo a largo, no de bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho, como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y de puros huesos. Tenía la mano derecha (que, a mi parecer, es algo peluda y nervosa, señal de tener muchas fuerzas su dueño) puesta sobre el lado del corazón, y, antes que preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso mirando al del sepulcro, me dijo: ‘‘Éste es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los caballeros enamorados y valientes de su tiempo; tiénele aquí encantado, como me tiene a mí y a otros muchos y muchas, Merlín, aquel francés encantador que dicen que fue hijo del diablo; y lo que yo creo es que no fue hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto más que el diablo. El cómo o para qué nos encantó nadie lo sabe, y ello dirá andando los tiempos, que no están muy lejos, según imagino. Lo que a mí me admira es que sé, tan cierto como ahora es de día, que Durandarte acabó los de su vida en mis brazos, y que después de muerto le saqué el corazón con mis propias manos; y en verdad que debía de pesar dos libras, porque, según los naturales, el que tiene mayor corazón es dotado de mayor valentía del que le tiene pequeño. Pues siendo esto así, y que realmente murió este caballero, ¿cómo ahora se queja y sospira de cuando en cuando, como si estuviese vivo?’’ Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz, dijo:

‘‘¡Oh, mi primo Montesinos!

Lo postrero que os rogaba,

que cuando yo fuere muerto,

y mi ánima arrancada,

que llevéis mi corazón

adonde Belerma estaba,

sacándomele del pecho,

ya con puñal, ya con daga.’’

Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se puso de rodillas ante el lastimado caballero, y, con lágrimas en los ojos, le dijo: ‘‘Ya, señor Durandarte, carísimo primo mío, ya hice lo que me mandastes en el aciago día de nuestra pérdida: yo os saqué el corazón lo mejor que pude, sin que os dejase una mínima parte en el pecho; yo le limpié con un pañizuelo de puntas; yo partí con él de carrera para Francia, habiéndoos primero puesto en el seno de la tierra, con tantas lágrimas, que fueron bastantes a lavarme las manos y limpiarme con ellas la sangre que tenían, de haberos andado en las entrañas; y, por más señas, primo de mi alma, en el primero lugar que topé, saliendo de Roncesvalles, eché un poco de sal en vuestro corazón, porque no oliese mal, y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado, a la presencia de la señora Belerma; la cual, con vos, y conmigo, y con Guadiana, vuestro escudero, y con la dueña Ruidera y sus siete hijas y dos sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos tiene aquí encantados el sabio Merlín ha muchos años; y, aunque pasan de quinientos, no se ha muerto ninguno de nosotros: solamente faltan Ruidera y sus hijas y sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín dellas, las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora, en el mundo de los vivos y en la provincia de la Mancha, las llaman las lagunas de Ruidera; las siete son de los reyes de España, y las dos sobrinas, de los caballeros de una orden santísima, que llaman de San Juan. Guadiana, vuestro escudero, plañendo asimesmo vuestra desgracia, fue convertido en un río llamado de su mesmo nombre; el cual, cuando llegó a la superficie de la tierra y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintió de ver que os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra; pero, como no es posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando sale y se muestra donde el sol y las gentes le vean. Vanle administrando de sus aguas las referidas lagunas, con las cuales y con otras muchas que se llegan, entra pomposo y grande en Portugal. Pero, con todo esto, por dondequiera que va muestra su tristeza y melancolía, y no se precia de criar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos, bien diferentes de los del Tajo dorado; y esto que agora os digo, ¡oh primo mío!, os lo he dicho muchas veces; y, como no me respondéis, imagino que no me dais crédito, o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena cual Dios lo sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que no sirvan de alivio a vuestro dolor, no os le aumentarán en ninguna manera. Sabed que tenéis aquí en vuestra presencia, y abrid los ojos y veréislo, aquel gran caballero de quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merlín, aquel don Quijote de la Mancha, digo, que de nuevo y con mayores ventajas que en los pasados siglos ha resucitado en los presentes la ya olvidada andante caballería, por cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemos desencantados; que las grandes hazañas para los grandes hombres están guardadas’’. ‘‘Y cuando así no sea –respondió el lastimado Durandarte con voz desmayada y baja–, cuando así no sea, ¡oh primo!, digo, paciencia y barajar’’. Y, volviéndose de lado, tornó a su acostumbrado silencio, sin hablar más palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos, acompañados de profundos gemidos y angustiados sollozos; volví la cabeza, y vi por las paredes de cristal que por otra sala pasaba una procesión de dos hileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantes blancos sobre las cabezas, al modo turquesco. Al cabo y fin de las hileras venía una señora, que en la gravedad lo parecía, asimismo vestida de negro, con tocas blancas tan tendidas y largas, que besaban la tierra. Su turbante era mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras; era cejijunta y la nariz algo chata; la boca grande, pero colorados los labios; los dientes, que tal vez los descubría, mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque eran blancos como unas peladas almendras; traía en las manos un lienzo delgado, y entre él, a lo que pude divisar, un corazón de carne momia, según venía seco y amojamado. Díjome Montesinos como toda aquella gente de la procesión eran sirvientes de Durandarte y de Belerma, que allí con sus dos señores estaban encantados, y que la última, que traía el corazón entre el lienzo y en las manos, era la señora Belerma, la cual con sus doncellas cuatro días en la semana hacían aquella procesión y cantaban, o, por mejor decir, lloraban endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazón de su primo; y que si me había parecido algo fea, o no tan hermosa como tenía la fama, era la causa las malas noches y peores días que en aquel encantamento pasaba, como lo podía ver en sus grandes ojeras y en su color quebradiza. ‘‘Y no toma ocasión su amarillez y sus ojeras de estar con el mal mensil, ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses, y aun años, que no le tiene ni asoma por sus puertas, sino del dolor que siente su corazón por el que de contino tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la desgracia de su mal logrado amante; que si esto no fuera, apenas la igualara en hermosura, donaire y brío la gran Dulcinea del Toboso, tan celebrada en todos estos contornos, y aun en todo el mundo’’. ‘‘¡Cepos quedos! –dije yo entonces–, señor don Montesinos: cuente vuesa merced su historia como debe, que ya sabe que toda comparación es odiosa, y así, no hay para qué comparar a nadie con nadie. La sin par Dulcinea del Toboso es quien es, y la señora doña Belerma es quien es, y quien ha sido, y quédese aquí’’. A lo que él me respondió: ‘‘Señor don Quijote, perdóneme vuesa merced, que yo confieso que anduve mal, y no dije bien en decir que apenas igualara la señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me bastaba a mí haber entendido, por no sé qué barruntos, que vuesa merced es su caballero, para que me mordiera la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo’’. Con esta satisfación que me dio el gran Montesinos se quietó mi corazón del sobresalto que recebí en oír que a mi señora la comparaban con Belerma.

Y aun me maravillo yo –dijo Sancho– de cómo vuestra merced no se subió sobre el vejote, y le molió a coces todos los huesos, y le peló las barbas, sin dejarle pelo en ellas.

No, Sancho amigo –respondió don Quijote–, no me estaba a mí bien hacer eso, porque estamos todos obligados a tener respeto a los ancianos, aunque no sean caballeros, y principalmente a los que lo son y están encantados; yo sé bien que no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas y respuestas que entre los dos pasamos.

A esta sazón dijo el primo:

Yo no sé, señor don Quijote, cómo vuestra merced en tan poco espacio de tiempo como ha que está allá bajo, haya visto tantas cosas y hablado y respondido tanto.

¿Cuánto ha que bajé? –preguntó don Quijote.

Poco más de una hora –respondió Sancho.

Eso no puede ser –replicó don Quijote–, porque allá me anocheció y amaneció, y tornó a anochecer y amanecer tres veces; de modo que, a mi cuenta, tres días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la vista nuestra.

Verdad debe de decir mi señor –dijo Sancho–, que, como todas las cosas que le han sucedido son por encantamento, quizá lo que a nosotros nos parece un hora, debe de parecer allá tres días con sus noches.

Así será –respondió don Quijote.

Y ¿ha comido vuestra merced en todo este tiempo, señor mío? –preguntó el primo.

No me he desayunado de bocado –respondió don Quijote–, ni aun he tenido hambre, ni por pensamiento.

Y los encantados, ¿comen? –dijo el primo.

No comen –respondió don Quijote–, ni tienen escrementos mayores; aunque es opinión que les crecen las uñas, las barbas y los cabellos.

¿Y duermen, por ventura, los encantados, señor? –preguntó Sancho.

No, por cierto –respondió don Quijote–; a lo menos, en estos tres días que yo he estado con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo tampoco.

Aquí encaja bien el refrán –dijo Sancho– de dime con quién andas, decirte he quién eres: ándase vuestra merced con encantados ayunos y vigilantes, mirad si es mucho que ni coma ni duerma mientras con ellos anduviere. Pero perdóneme vuestra merced, señor mío, si le digo que de todo cuanto aquí ha dicho, lléveme Dios, que iba a decir el diablo, si le creo cosa alguna.

¿Cómo no? –dijo el primo–, pues ¿había de mentir el señor don Quijote, que, aunque quisiera, no ha tenido lugar para componer e imaginar tanto millón de mentiras?

Yo no creo que mi señor miente –respondió Sancho.

Si no, ¿qué crees? –le preguntó don Quijote.

Creo –respondió Sancho– que aquel Merlín, o aquellos encantadores que encantaron a toda la chusma que vuestra merced dice que ha visto y comunicado allá bajo, le encajaron en el magín o la memoria toda esa máquina que nos ha contado, y todo aquello que por contar le queda.

Todo eso pudiera ser, Sancho –replicó don Quijote–, pero no es así, porque lo que he contado lo vi por mis propios ojos y lo toqué con mis mismas manos. Pero, ¿qué dirás cuando te diga yo ahora cómo, entre otras infinitas cosas y maravillas que me mostró Montesinos, las cuales despacio y a sus tiempos te las iré contando en el discurso de nuestro viaje, por no ser todas deste lugar, me mostró tres labradoras que por aquellos amenísimos campos iban saltando y brincando como cabras; y, apenas las hube visto, cuando conocí ser la una la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras dos aquellas mismas labradoras que venían con ella, que hablamos a la salida del Toboso? Pregunté a Montesinos si las conocía, respondióme que no, pero que él imaginaba que debían de ser algunas señoras principales encantadas, que pocos días había que en aquellos prados habían parecido; y que no me maravillase desto, porque allí estaban otras muchas señoras de los pasados y presentes siglos, encantadas en diferentes y estrañas figuras, entre las cuales conocía él a la reina Ginebra y su dueña Quintañona, escanciando el vino a Lanzarote,

cuando de Bretaña vino.

Cuando Sancho Panza oyó decir esto a su amo, pensó perder el jui-cio, o morirse de risa; que, como él sabía la verdad del fingido encanto de Dulcinea, de quien él había sido el encantador y el levantador de tal testimonio, acabó de conocer indubitablemente que su señor estaba fuera de juicio y loco de todo punto; y así, le dijo:

En mala coyuntura y en peor sazón y en aciago día bajó vuestra merced, caro patrón mío, al otro mundo, y en mal punto se encontró con el señor Montesinos, que tal nos le ha vuelto. Bien se estaba vuestra merced acá arriba con su entero juicio, tal cual Dios se le había dado, hablando sentencias y dando consejos a cada paso, y no agora, contando los mayores disparates que pueden imaginarse.

Como te conozco, Sancho –respondió don Quijote–, no hago caso de tus palabras.

Ni yo tampoco de las de vuestra merced –replicó Sancho–, siquiera me hiera, siquiera me mate por las que le he dicho, o por las que le pienso decir si en las suyas no se corrige y enmienda. Pero dígame vuestra merced, ahora que estamos en paz: ¿cómo o en qué conoció a la señora nuestra ama? Y si la habló, ¿qué dijo, y qué le respondió?

Conocíla –respondió don Quijote– en que trae los mesmos vestidos que traía cuando tú me le mostraste. Habléla, pero no me respondió palabra; antes, me volvió las espaldas, y se fue huyendo con tanta priesa, que no la alcanzara una jara. Quise seguirla, y lo hiciera, si no me aconsejara Montesinos que no me cansase en ello, porque sería en balde, y más porque se llegaba la hora donde me convenía volver a salir de la sima. Díjome asimesmo que, andando el tiempo, se me daría aviso cómo habían de ser desencantados él, y Belerma y Durandarte, con todos los que allí estaban; pero lo que más pena me dio, de las que allí vi y noté, fue que, estándome diciendo Montesinos estas razones, se llegó a mí por un lado, sin que yo la viese venir, una de las dos compañeras de la sin ventura Dulcinea, y, llenos los ojos de lágrimas, con turbada y baja voz, me dijo: ‘‘Mi señora Dulcinea del Toboso besa a vuestra merced las manos, y suplica a vuestra merced se la haga de hacerla saber cómo está; y que, por estar en una gran necesidad, asimismo suplica a vuestra merced, cuan encarecidamente puede, sea servido de prestarle sobre este faldellín que aquí traigo, de cotonía, nuevo, media docena de reales, o los que vuestra merced tuviere, que ella da su palabra de volvérselos con mucha brevedad’’. Suspendióme y admiróme el tal recado, y, volviéndome al señor Montesinos, le pregunté: ‘‘¿Es posible, señor Montesinos, que los encantados principales padecen necesidad?’’ A lo que él me respondió: ‘‘Créame vuestra merced, señor don Quijote de la Mancha, que ésta que llaman necesidad adondequiera se usa, y por todo se estiende, y a todos alcanza, y aun hasta los encantados no perdona; y, pues la señora Dulcinea del Toboso envía a pedir esos seis reales, y la prenda es buena, según parece, no hay sino dárselos; que, sin duda, debe de estar puesta en algún grande aprieto’’. ‘‘Prenda, no la tomaré yo –le respondí–, ni menos le daré lo que pide, porque no tengo sino solos cuatro reales’’; los cuales le di (que fueron los que tú, Sancho, me diste el otro día para dar limosna a los pobres que topase por los caminos), y le dije: ‘‘Decid, amiga mía, a vuesa señora que a mí me pesa en el alma de sus trabajos, y que quisiera ser un Fúcar para remediarlos; y que le hago saber que yo no puedo ni debo tener salud careciendo de su agradable vista y discreta conversación, y que le suplico, cuan encarecidamente puedo, sea servida su merced de dejarse ver y tratar deste su cautivo servidor y asendereado caballero. Diréisle también que, cuando menos se lo piense, oirá decir como yo he hecho un juramento y voto, a modo de aquel que hizo el marqués de Mantua, de vengar a su sobrino Baldovinos, cuando le halló para espirar en mitad de la montiña, que fue de no comer pan a manteles, con las otras zarandajas que allí añadió, hasta vengarle; y así le haré yo de no sosegar, y de andar las siete partidas del mundo, con más puntualidad que las anduvo el infante don Pedro de Portugal, hasta desencantarla’’. ‘‘Todo eso, y más, debe vuestra merced a mi señora’’, me respondió la doncella. Y, tomando los cuatro reales, en lugar de hacerme una reverencia, hizo una cabriola, que se levantó dos varas de medir en el aire.

¡Oh santo Dios! –dijo a este tiempo dando una gran voz Sancho–. ¿Es posible que tal hay en el mundo, y que tengan en él tanta fuerza los encantadores y encantamentos, que hayan trocado el buen juicio de mi señor en una tan disparatada locura? ¡Oh señor, señor, por quien Dios es, que vuestra merced mire por sí y vuelva por su honra, y no dé cré-dito a esas vaciedades que le tienen menguado y descabalado el sentido!

Como me quieres bien, Sancho, hablas desa manera –dijo don Quijote–; y, como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles; pero andará el tiempo, como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas de las que allá abajo he visto, que te harán creer las que aquí he contado, cuya verdad ni admite réplica ni disputa.”

Desde la Cueva de Montesinos nos marchamos para visitar la Ermita de san Pedro, se encuentra situado a unos 700 metros en dirección a las lagunas.

El parking para autocaravanas la Ermita de san Pedro, pertenece al término municipal de Ossa de Montiel (Albacete), se encuentra situado en la carretera C-30 donde hay un espacio para varios vehículos. Las coordenadas GPS del lugar corresponde con
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