UtopíA : Palabra creada por Tomás moro, del prefijo griego ou, «no», y topos, «lugar»




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títuloUtopíA : Palabra creada por Tomás moro, del prefijo griego ou, «no», y topos, «lugar»
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Waslala Gioconda Belli

Gioconda Belli


WASLALA.



UTOPÍA: Palabra creada por Tomás MORO, del prefijo griego ou, «no», y topos, «lugar». Literalmente: «lugar que no es».
«Hay quienes quieren llegar a la luna, mientras nosotros aún estamos tratando de llegar a la aldea.»

(Julius NYERERE, presidente de Tanzania, refiriéndose al estado de las comunicaciones en África.)
Come, my friends.

'This not too late to seek a newer world.

Push off, and sitting well in arder smite

The sounding furrows; for my purpose holds

To sail beyond the sunset, and the baths

Of all the western stars, until I die.

It may be that the gulfs will wash us down;

It may be we shall touch the Happy Isles, and see the great Achilles, whom we knew.

To much is taken, much abides; and to'

We are not now the strength which in old days

Moved earth and heaven, that which we are, we are, One equal temper of heroic hearts, Made weak by time and fate, but strong in will

To strive, to seek, to find and not to yield.
Lord Alfred TENNYSON, «Ulysses»

Viajeros en el río.




1
Era una lástima que cuando se fuera no pudiese llevarse el río anudado a la garganta como una estola de agua. Le era difícil imaginar la vida sin aquel caudal cuya tumultuosidad o mansedumbre marcaba las estaciones, el decurso del tiempo.

El río era su memoria. Le bastaba fijar los ojos en la corriente oscura que, atrapando el reflejo del sol, se lo llevaba y convertía en un líquido mercurial, para evocar la historia de cuanto la circundaba.

Recorrió con la mirada el trecho que era su paisaje, las aguas aún un poco turbias por la resaca del invierno. Frente a la hacienda el río era ancho. En medio de la corriente, islotes cubiertos de vegetación, de palmeras, arbustos y carrizales daban la impresión de un camino que los árboles abrieran para pasar a saltos desde el otro lado. La vegetación espesa, follaje, troncos, tallos multitudinarios, lucía, a esa hora de la mañana, envuelta en un aire blancuzco y misterioso de cielo bajado a la tierra. En la orilla opuesta, sobre las copas más altas, la bruma se deshilachaba en cabelleras frondosas.

El río era reconfortante, un gran manso animal doméstico, pero también era su criatura mítica: la serpiente con alas verdes sobre cuyo lomo cabalgaría muy pronto cuando al fin saliera a descifrar los acertijos que la rodeaban desde la infancia. ¡Ah! Si tan sólo se dejara montar, ella le pondría bridas y juntos se abrirían paso hacia las tierras del interior.

Se imaginó a horcajadas. Imaginó la sensación de agua entre las piernas; el río sosteniéndola, llevándola; la brisa contra su cara. Echó la cabeza hacia atrás, alzó los brazos y, sentada sobre el muelle, se desperezó arqueando el cuerpo.

En la ribera las garzas hundían su pico largo en el agua moviéndose sobre sus piernas altas y delgadas como muchachas que temieran mojarse las faldas.

Tenía el presentimiento de que los contrabandistas llegarían ese día. Ya el bongo de Pedro había bajado a recogerlos a Greytown. Era la época, además. Las lluvias amainaban. Se levantó ágil, sacudiéndose las palmas sobre las caderas. Vestía mono azul. Era joven, delgada, fuerte. El pelo rojo pajizo, corto, enmarcaba su cara espolvoreada de pecas donde sobresalían los ojos verdes, la nariz larga y bien definida y la boca pequeña, de labios carnosos. La fisonomía de su rostro era a la vez graciosa y extraña. Su abuelo decía que era una combinación de ave y felino.

Se acomodó sobre la cintura la bolsa de herramientas y se dirigió hacia la casa por un sendero bordeado de cocoteros enanos.

2

Mercedes, una mujer mayor de rotundos brazos morenos y cara redonda, el pelo recogido en trenza, se mecía con expresión ausente siguiendo el lampazo con que metódicamente limpiaba el piso de la amplia sala-comedor. Retornó de su ensimismamiento cuando la sintió llegar.

—Tengo la sensación de que nuestros visitantes vendrán hoy —anunció Melisandra—. Será mejor que nos cercioremos de que nada nos hace falta.

—No hay razón para apurarse —dijo Mercedes dejando su tarea, caminando tras ella—. No sé por qué este año te has puesto tan nerviosa con los preparativos. Siempre estamos listas. A mí me parece que no han terminado de irse cuando ya están de vuelta.

Melisandra tomó las llaves que colgaban de un clavo cerca del refrigerador. Abrió el pesado candado con un movimiento preciso y corrió las puertas de madera. La despensa olía a humedad. Era un cuarto largo de paredes con anaqueles. Grandes sacos de granos se apilaban sobre tarimas de madera en el suelo. Dio un tirón al cordel con que se encendía la bujía. Su memoria de las provisiones estaba tan organizada que le bastaba echar allí una mirada para saber lo que debía mandar a traer al pueblo río arriba.

—Nos hará falta café —dijo—.Toman mucho café.

—No creo —dijo Mercedes, acercándose a la reserva de café—. Me parece que hay suficiente.

—¿Ya arregló las camas Helena?

—Ya, hija. Hasta flores puse yo en los floreros.

—¿Recogieron los huevos?

—Claro que sí.

—¿Los baños están limpios?

—Ya te dije que todo está listo. Anda, arréglale los papeles a tu abuelo. No debe tardar en volver.

Salieron de la despensa. Melisandra echó una mirada a su alrededor. El ambiente central de la casa de techo alto y con tejas estaba rodeado de habitaciones. Frente al río, abriéndose hacia el corredor, se encontraban la suya, el estudio y la habitación de su abuelo. El piso de ladrillos de barro rojos relucía. Olía a limpio. Mercedes había hecho bien su trabajo. Se encaminó al estudio. A diario sacudía los papeles del abuelo procurando no alterar el desorden que él repetía sistemáticamente. Pasó el plumero por el escritorio y acomodó en nítidas pilas los legajos emborronados de notas de sus numerosos proyectos. Dejó que sus ojos se detuvieran aquí y allá. Su mirada se posó sobre el libro de tapas negras que él publicara quién sabe cuánto tiempo atrás, abierto sobre un atril en un pasaje subrayado: «La soledad es cada vez mayor y más bella en el río. Tal vez el río se pueble un día como pensaba Squier; naveguen barcos y gasolinas; pasten caballos y ganados de raza en sus llanos y en los gramales de las lomas; se miren en sus orillas hermosas casas tropicales y en muchas de ellas libros y retratos de poetas. Tal vez la soledad y la belleza primitiva queden sólo en los libros. Tal vez la selva vuelva a cubrirlo todo. Todo depende». Sintió un escalofrío de belleza y compasión. Leyendo el texto era imposible saber si él deseaba o no que el río se poblara. No se comprometía ni con una posibilidad ni con la otra. La duda era el tema constante de la vida de su abuelo. Creía firmemente y con la misma firmeza descreía. Soñaba, pero temía los sueños. Empezaba los proyectos y a medio camino los abandonaba. Acomodó los legajos. Cuánta investigación, cuántos planes de poemas, cuentos, novelas, ensayos, descubría sobre su mesa. El solo hecho de concebirlos, de verlos ya realizados en esquemas, sinopsis y anotaciones infinitas, parecía serle suficiente. Hablaba de ellos. Se entusiasmaba imaginando aportes, rupturas, innovaciones. Jugaba. Luego pasaba a otra cosa. La curiosidad insaciable era su mayor encanto. Quizás no le hacía falta culminar lo propio. Encontraba, al parecer, igual gozo en el trabajo bien logrado de otros. O quizás temía enfrentarse a su talento; enfrentarse a la posibilidad de que la obra terminada no alcanzara a ser lo que, potencialmente, podría haber sido. Era lo que, a juicio de ella, debió sucederle con Waslala. Él mismo admitía que sus dudas fueron quizás las responsables de que nunca pudiera volver, de que su engendro se le evadiera de puntillas, yéndose a vivir su propia, autónoma, oculta realidad. Nunca pudo encontrar el camino de regreso. Waslala se le convirtió en una obsesión. Tanta energía dedicó a la recreación de la quimera que toda aquella casa estuvo a punto de naufragar en la nostalgia por un lugar que sólo él conociera. Era un maestro de la palabra y sus vívidas evocaciones producían un anhelo tan intenso que al fin ella llegó a comprender, y quizás hasta perdonar, el abandono de sus padres desaparecidos en la búsqueda. Con suerte, esta vez ella también se iría. Emprendería el viaje. Desde la muerte de su abuela lo estaba planeando. Cada año se lo proponía sólo para que a última hora le flaqueara la voluntad y el valor para enfrentar el rostro del abuelo. La sola idea de tener que decírselo le producía malestar físico. Su soledad la desgarraba aun cuando él hiciera lo posible por convencerla de cuan bien la toleraba. Se encerraba horas y horas en el estudio. A ratos tomaba notas frenético, a ratos simplemente se quedaba absorto, quieto, sosteniendo un libro entre las manos como si le bastara el contacto silencioso para volver a experimentar el apretujamiento de las palabras en la página.

Enderezó el retrato de Walt Whitman sobre la pared y terminó la limpieza justo en el momento en que escuchó el portazo que anunciaba el regreso del anciano de su caminata matutina. Nunca se acostumbraría a la puerta de cedazo con resortes que ella instalara en el corredor. Entraba y la soltaba haciendo temblar toda la casa asustándolos a todos y asustándose él más que nadie. Lo halló en el comedor preguntando a Mercedes por su paradero, apoyado en el bastón con sus dos manos, la cadera ligeramente alzada. Ni en su más avanzada edad perdía la coquetería, la prestancia, el aire aristocrático. La miró con el azul de sus ojos nublados, levantando la nariz larga y aguileña como si persiguiera un olor perdido hacía mucho.

—Buenos días, mi hija —saludó, con expresión inquisitiva—. Noto algo. ¿Qué es lo que noto diferente?

—El piso, don José —respondió Mercedes—. Generalmente lo limpio más tarde.

—Los visitantes están por regresar —intervino Melisandra—. Si mis cálculos son correctos hoy mismo deben llegar.

El viejo se sentó de medio lado sobre la banca del comedor.

Colocó el bastón contra la mesa y estiró una pierna pasándose la mano por la rodilla. Con gesto abstraído se quitó la boina vasca negra y acomodó hacia atrás el pelo blanco aún abundante.

—Mientras más viejo me pongo, más rápido pasa el tiempo.

—Es que camina sobre el río. No hace ruido —sonrió Melisandra.

—No sé por qué insisten en llamar visitantes a los contrabandistas —refunfuñó Mercedes desde la cocina donde freía huevos para el desayuno.

—Son visitantes porque nos visitan —respondió el viejo, burlón—. Además, no todos los que vienen suelen ser contrabandistas. Sería incorrecto designarlos a todos por la profesión de unos cuantos.

—La mayoría lo son —insistió Mercedes—. Sabe Dios a qué negocios raros se dedican cuando llegan al interior.

—Tenés que reconocer que no tenemos muchas alternativas —siguió don José—. Sólo los contrabandistas se atreven a no olvidar que países como Fagua aún existen. De no ser por ellos no sabríamos, ni siquiera una vez al año, qué de nuevo hay en el mundo.

Mercedes se acercó a la mesa con sendos platos.

—¿Sabías, Mercedes, que desayuno quiere decir romper el ayuno? —continuó—. Significa lo mismo en inglés: breakfast, break the fast.

—Siempre fui dura para el inglés —farfulló Mercedes—, aunque me lo metieron hasta en la sopa.

—Se equivocaron con ese método —rió Melisandra.

—Me pregunto quiénes vendrán esta vez —dijo el anciano—. Recuerdo hace muchos años un estudiante tozudo que pasó viajando hacia el Sur en una bicicleta con flotadores. ¡Qué cosas no podría contar yo sobre los viajeros del río!

Muchos viajeros habían pasado por allí desde que su mujer lo convenció de abandonar la ciudad e instalarse en la casa de madera pintada de verde y amarillo desde donde, en el crepúsculo, sentados en su corredor con barandas, contemplaban el agua fluir hacia el Atlántico. Le parecían siempre los últimos, los viajeros rezagados de las expediciones a El Dorado o a las fabulosas minas de oro en California; seres de miradas afiebradas que transitaban el río como si viajaran hacia el fin del mundo, con los mismos ojos de asombro que habrían tenido los conquistadores españoles o los piratas ingleses deslumbrados ante los árboles gigantes, la lujuria de colores, los pájaros deslizándose en el aire, altos y soberbios. En los ojos de los modernos navegantes, cuántas veces no vio él la codicia con que surcaban el río los filibusteros, los comerciantes, el comodoro Cornelius Vanderbilt, cuando instaló su Compañía del Tránsito para transportar a los buscadores de oro por una ruta corta y segura del Atlántico al Pacífico y extender su imperio naviero.


3

Río abajo, río arriba, viajaron los extranjeros cargando delirios de grandeza, sueños, quimeras de canales interoceánicos, mitos de lo que se podría hacer con ese país si sus habitantes se traicionaban los unos a los otros y se vendían al mejor postor, ofertas sin descanso que invariablemente resultaban en guerras, guerras que ya para estos tiempos eran endémicas, que empezaban y terminaban en ciclos inagotables y cuyas causas ya ni se indagaban, ni parecían tener importancia. Se le cansaba la memoria tratando de sacar cuentas y recordar el inicio del caos, la transformación del país en campo de batalla, nación de guerreros, de caballeros andantes y maleantes. No le era posible definir con exactitud el momento en que el desarrollo de Fagua empezó a evolucionar y el país inició su retorno a la Edad Media, perdiendo sus contornos de nación y pasando a ser, en los mapas, una simple masa geográfica como lo eran antes las selvas del Amazonas y ahora vastas regiones en África, Asia, la América del Sur, el Caribe: manchas verdes sin rasgos, sin indicación de ciudades: regiones aisladas, cortadas del desarrollo, la civilización, la técnica; reducidas a selvas, reservas forestales, a función de pulmón y basurero del mundo desarrollado que las explotó para sumirlas después en el olvido, en la miseria, condenándolas al ostracismo, a la categoría de tierras incógnitas, malditas, tierras de guerra y epidemias adonde nadie llegaba salvo los contrabandistas. Ellos eran ahora el único contacto con el mundo exterior, los únicos con quienes él saciaba su curiosidad sobre el devenir fuera de aquellas soledades. Se llevaban minerales y sabe Dios qué otras cosas de Fagua y traían a cambio armas, lotes de mercancías caducas, artefactos, objetos que en Fagua eran codiciados porque, después de todo, a cierto adelanto se habían acostumbrado antes de que se les descartara y se les declarara insalubres, un virus maligno que amenazaba, con su mera existencia, la vida civilizada, avanzada, afanada ahora con la idea de la exploración espacial, de emigrar en masa y empezar de nuevo en otra galaxia donde no se filtrara nunca por ninguna ranura la noción de otros seres humanos subsistiendo en condiciones primitivas, míseras, reproduciendo su pobreza, sus guerras, sus plagas sin control.

Y, sin embargo, en el río él leía, escribía poesía, honraba a los clásicos. Hasta tenía un retrato de Whitman en su estudio, y predicaba el amor a la belleza, al arte, a la filosofía; la nostalgia por Waslala, que algún día se llevaría a su nieta y lo dejaría sumido en aquella soledad sagrada.
Caía la tarde. Melisandra revisaba las tejas del techo de la casa cuando creyó escuchar, lejano aún, el bronco mugido de la caracola de Pedro. Un alboroto de garzas se alzó en las márgenes distantes del río. Puso el martillo a un lado. Se sacó el clavo que tenía en la boca y se aprestó a bajar. En lo alto de la escalera la detuvo el espectáculo del sol poniéndose entre la vegetación, el sol enorme, redondo, encendido, cayendo desde el cielo como el huevo de un animal mítico, atravesando sin tocar los tupidos palmares, las verdes arcadas de los árboles, las islas del centro del río con sus lagartos perezosos.

En la luz amarilla del atardecer divisó la cresta del Castillo de la Inmaculada, con sus torreones de cuento encantado sobre los que ondeaba la bandera blanca de territorio neutral que le encasquetara Mr. Davies, el ex contrabandista que se quedó a vivir allí. Recordó la ceremonia vespertina de su abuela María: al atardecer, religiosamente, hacía un alto en su trabajo, se quitaba la gorra de béisbol o el sombrero de paja, para descubrirse respetuosamente ante el sol crepuscular en un rito de Walkiria que le vendría quizás de sus abuelos alemanes. No quería pensar en ella ahora que por fin se proponía desobedecerla, emprendiendo el viaje a Waslala. Su abuela siempre se opuso a que ella se marchara en busca de sus padres. Mientras vivió nunca tuvo el valor de desafiarla. Frente a la María del Río, jamás hubo otra alternativa que la obediencia. Aun después de muerta poseía el poder de hacerse obedecer.

Sonó otra vez la caracola de Pedro, esta vez más cerca, y Melisandra escuchó los resortes de la puerta de cedazo y supo que su abuelo estaría ya en el corredor, apoyado en las barandas, con su camisa blanca limpia, su bastón y su boina, atisbando el último jirón de luz que acompañaría al barco hasta el desembarcadero. Presurosa, bajó la escalera.

—Melisandra, ya se oye muy cerca la caracola de Pedro —dijo el viejo—. ¿Ves algo?

—La punta del bongo —contestó ella, refiriéndose a las grandes canoas del río—. Debe traer buen cargamento porque apenas si se le ve cuerpo en el agua.

Se situó a su lado. De la bolsa de herramientas que colgaba de su cintura sacó un viejo peine azul. Lo pasó mecánicamente por su pelo.

La embarcación avanzaba rápida y sordamente partiendo el río en dos, quebrando el reflejo enmarañado de los árboles, atravesando la tarde. La envolvía una luz de hoguera encendida en la profundidad del agua, la refulgencia del sol sumergido.

El viejo y la muchacha, quietos, asomados sobre la baranda, miraban la lenta aproximación del barco, lo veían crecer y definirse, escuchaban cada vez más cercano el golpe de los remos en el agua. Melisandra se escupió las manos, frotándoselas contra las caderas. Estaban ásperas de polvo, las uñas ennegrecidas por el trabajo. El abuelo la miró de reojo comprobando su falta de vanidad. Se parecía mucho a su mujer, quien jamás había dado importancia a su apariencia. Hasta el día de su boda vistió de pantalón caqui y por velo se amarró a la cabeza un sencillo pañuelo blanco con un nudo en cada punta. Igual que la abuela, sin embargo, la nieta emanaba una vitalidad animal, sensual. Su descuido, en vez de opacar su natural belleza, daba a ésta una calidad montaraz, primigenia, de criatura recién inaugurada, libre, perfecta. Parecía la estatua de la muchacha griega que lanza la jabalina.

El bongo se aproximó. La figura de Pedro emergió de la paneta iluminada por el rojo del cielo reflejado sobre el material transparente del cobertizo donde viajaba el pasaje. Algún personal y colonos de la hacienda aguardaban en el muelle. Fermín, joven, enjuto, cobrizo, de pantalones arremangados y descalzos pies grandes, recibió la soga que le lanzó el remero de proa y aseguró la embarcación.

Desde la casa, Melisandra y el abuelo observaron las maniobras, el movimiento de los remeros estabilizando el bongo para que descendieran los pasajeros. Pedro saltó a tierra. Era un hombre compacto y fuerte. Vestía pantalones caqui arremangados en los tobillos, botas de hule y una camiseta blanca, sin mangas, que dejaba ver sus brazos musculosos y la barriga protuberante producto de su afición por la cerveza.

Uno a uno descendieron los viajeros. Eran seis. Melisandra reconoció a Hermann, Maclovio y Morris. El resto del pasaje lo completaban un hombre y dos mujeres rubias.

Se acercaron por la vereda seguidos por los remeros con el equipaje.

—Don José, ¡qué gusto verlo! —Saludó Pedro, subiendo a zancadas los escalones de la casa alzada sobre pilotes—. ¡Y a ustedes también! —añadió volviéndose a Melisandra y Mercedes.

Subieron detrás de él los pasajeros. Pedro hizo las presentaciones de costumbre, siguiendo el protocolo respetuoso y afable que repetía cada octubre cuando dejaba descansar dos o tres días a los viajeros en la hacienda, antes de continuar el viaje río arriba hacia el interior.

Mientras las mujeres, Krista y Vera, holandesas, estrechaban la mano de don José, Raphael, un hombre alto de unos treinta y cinco años, con un aire contradictorio que lo hacía verse alerta y desgarbado a la vez, fijó su atención en Melisandra. Le sonrió con una expresión de reconocimiento, a la que ella se descubrió respondiendo cómplice.

—Raphael es norteamericano —dijo Pedro, mientras éste saludaba a don José.

—Es bueno verlo, don José. Sigue usted sin envejecer un día —se entrometió Maclovio, un argentino de barba cerrada, cincuentón, con porte de hombre joven, dado a las bromas y a los negocios turbios.

Con familiaridad, Hermann y Morris se acercaron también a saludar al abuelo y a la nieta. Hacía ya varios años que pasaban por allí. Hermann era alemán, traficante de oro; tenía pelo rubio entrecano, manos anchas y la cara cuarteada por el mucho sol que le cayera en la vida. Morris, el científico que investigaba los niveles tóxicos en los cargamentos de desechos que llegaban a Fagua, poseía un brazo metálico que, además de prótesis, estaba provisto de instrumentos que le servían para su trabajo. Era alto, negro y delgado, con andar de persona cansada y ojos que nunca dejaban de estar tristes.

—Pasen adelante, pasen adelante —dijo el anciano—. Querrán refrescarse.

Hermann, Maclovio y Morris intercambiaron sonrisas de entendidos con Melisandra ante el juego del abuelo, que invariablemente fingía una hospitalidad sin premeditación. Seguidos por los marineros con el equipaje, el grupo se desplazó hacia el interior de la casa.

—Me recuerda mucho los grabados antiguos de las colonias holandesas en los trópicos —dijo Krista, la mayor de las holandesas, ojeando a su alrededor. Se movía con brusca seguridad. Era de contextura más bien recia y llevaba el cabello rubio muy corto. Vera, la más joven, de grandes ojos azules y pelo lacio de un rubio cafezusco hasta los hombros, la seguía, asintiendo con la cabeza.

Melisandra las observó con curiosidad. Su mirada se cruzó con la de Raphael. Tuvo la sensación de que sabía exactamente lo que estaba pensando. Tenía un rostro afable. Los ojos pequeños y sagaces no descuidaban detalle. Intuyó que se sentía distante, aparte, diferente de los otros. No tenía aspecto de contrabandista. Ya habría tiempo de conocerlo cuando se recuperara del vaivén del río y la tierra firme le devolviera su verdadera naturaleza. Por lo pronto, había que despachar a los remeros. Pedro los esperaba para regresar a Greytown.
Anochecía cuando los visitantes terminaron de acomodarse en sus habitaciones. Mercedes salió a prender los faroles del corredor. Estaba contenta porque Hermann le había traído las medicinas que se aplicaban a la piel en parches y que, en un instante, le quitaban sus constantes dolores de cabeza, sin darle malestares de estómago. A la vieja doméstica le costaba entender el motivo de la fascinación de don José y la nieta con aquellas personas; la razón de las atenciones de que los hacían objeto.

Hermann y Morris le resultaban simpáticos, pero desconfiaba de las historias de Maclovio. Estaba segura que exageraba, si es que no mentía, cuando quería deslumbrarlos hablándoles de trenes que corrían sobre rieles de aire, aceras que se movían solas y máquinas que ejecutaban oficios domésticos. Lo único que la hacía pensar que fuera de Fagua el mundo cambiaba a gran velocidad era el brazo del Morris con sus instrumentos. Se quedaba alelada contemplándolo deshacer los nudos de la mochila con una destreza inverosímil o viéndolo usar las puntas de los dedos como linternas para alumbrar los recovecos del cuarto y cerciorarse de que ningún alacrán lo picaría en la noche. Se imaginaba lo práctico que podría ser un instrumento así para manejar el lampazo y fregar los pisos.

Terminó de encender los faroles y se disponía a entrar de nuevo a la casa cuando se topó con Raphael.

—¡Santo Dios! Me asustó. —Dio un respingo.

—No se asuste. Sólo venía a ver la luna —se excusó, amable, Raphael.

—No es buena hora para estar aquí afuera. Hay muchos mosquitos.

—Estoy bien protegido —la tranquilizó—. No se preocupe. He tomado tantos preventivos para las picaduras que debo tener la sangre amarga. ¿Se enferma mucho la gente por aquí? —se interesó, asomándose sobre la baranda.

—Me imagino que como en todas partes —respondió Mercedes, rehuyendo hablar de enfermedades porque era muy susceptible a sentirse aquejada por cualquier mal descrito en su presencia. Con el pretexto de que debía ocuparse de la cena, se internó en la casa.
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